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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 19. La ópera bufa
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O how this spring of love resembleth
The uncertain glory of an April day;
Which now shows all the beauty of the sun
And by, and by a cloud takes all away!
SHAKESPEARE

«¡Oh, cómo se parece este amor naciente / a la incierta gloria de un día de abril; / cuando el sol muestra toda su belleza, / y de pronto una nube lo oscurece todo!. La misma cita aparece al frente del Capítulo 17 de la primera parte. Los dos hidalgos de Verona, I, III.»

Preocupada por el porvenir y por el singular papel que le esperaba, Mathilde llegó incluso a echar de menos las discusiones áridas y metafísicas que solía tener con Julien. Cansada de tan altos pensamientos, echaba de menos también los momentos de dicha que había encontrado a su lado; el recuerdo de aquellos momentos no estaba exento de algún remordimiento, que a veces llegaba a abrumarla.

«Si se tiene una debilidad -se decía-, lo menos que puede hacer una muchacha como yo al olvidar sus deberes, es hacerlo por un hombre de verdadero mérito; nadie se atreverá a decir que han sido sus lindos bigotes, ni su destreza en montar a caballo los que me han seducido, sino sus profundas discusiones sobre el porvenir de Francia, sus ideas acerca de la semejanza que puede haber entre los acontecimientos que van a descargar sobre nosotros y la revolución de 1688 en Inglaterra. He sido seducida -respondía a sus remordimientos-, soy una débil mujer, pero por lo menos no me he dejado extraviar como una muñeca por las cualidades externas.

»Si hay una revolución, ¿por qué Julien Sorel no representaría en ella el papel de Roland y yo el de Madame Roland? Prefiero este papel al de Madame de Staël: la inmoralidad de la conducta será un obstáculo en nuestra época. Ciertamente, no me podrán reprochar una segunda debilidad: me moriría de vergüenza.»

Las cavilaciones de Mathilde no eran siempre tan serias, preciso es confesarlo, como los pensamientos que acabamos de transcribir.

Miraba a Julien de soslayo, y encontraba una gracia encantadora en el menor de sus actos.

«No cabe duda -se decía- de que he logrado destruir en él hasta la menor conciencia de sus derechos.

»El tono triste y profundamente apasionado con que el pobre muchacho me dijo aquella ingenua frase de amor hace ocho días lo prueba plenamente; forzoso es reconocer que fue una extravagancia por mi parte molestarme por unas palabras en las que se traslucía un respeto y una pasión tan grandes. ¿No soy su mujer? Aquella frase era muy natural, y preciso es confesar que muy amable. Julien me amaba todavía a pesar de las interminables conversaciones, en las cuales, con refinada crueldad, he de confesarlo, sólo le hablaba de las veleidades amorosas que el aburrimiento de la vida que llevo me había inspirado por esos jóvenes de la buena sociedad, de quienes tan celoso está. ¡Si supiera lo poco peligrosos que son para él y lo insulsos y exactamente iguales unos a otros que me parecen a su lado!»

Mientras se hacía estas reflexiones, Mathilde, para adoptar una actitud conveniente ante su madre, que la estaba observando, trazaba maquinalmente rayas con un lápiz en una hoja de su álbum. Uno de los perfiles que trazó la dejó asombrada y encantada: se parecía a Julien de un modo sorprendente. «¡Es la voz del cielo! Éste es uno de los milagros del amor -exclamó entusiasmada-: sin darme cuenta, estoy haciendo su retrato.»

Se fue corriendo a su cuarto, se encerró en él, cogió unos colores y con el mayor empeño trató seriamente de hacer el retrato de Julien, pero no pudo conseguirlo; el perfil que había trazado al azar era el que más se parecía; Mathilde quedó entusiasmada, pues vio en ello la prueba evidente de una gran pasión.

No dejó su álbum hasta muy tarde, cuando la marquesa la mandó llamar para ir a la ópera italiana. A partir de entonces su única idea fue buscar con la vista a Julien para que su madre lo obligase a acompañarlas.

Él no apareció, y aquellas damas no tuvieron en su palco más que seres vulgares. Durante todo el primer acto de la ópera, Mathilde soñó con el hombre que amaba, arrebatada por la más viva pasión. Pero en el segundo acto, una romanza de amor, cantada, preciso es confesarlo, con una melodía digna de Cimarosa, penetró en su corazón. La heroína de la ópera decía: «Tengo que castigarme por el exceso de amor que siento por él; le amo demasiado».

En el momento en que oyó aquella canción sublime, todo lo que había en el mundo desapareció para Mathilde. Le hablaban y no respondía; la reñía su madre, y apenas si podía decidirse a mirarla. Su éxtasis llegó a un estado de exaltación y de pasión comparables a las más violentas sensaciones que Julien había experimentado por ella en los últimos días. La romanza, llena de una gracia divina, en que figuraba la frase que ella encontraba tan en armonía con su situación, la ocupaba por entero cuando no pensaba directamente en Julien. Gracias a su amor por la música, aquella noche sintió por Julien lo que la señora de Rénal sentía siempre que pensaba en él. El amor cerebral tiene más carácter, sin duda, que el verdadero amor, pero sólo tiene momentos de entusiasmo; se conoce demasiado, se juzga sin cesar; lejos de extraviar la razón, se funda únicamente en razonamientos.

Al volver a casa, a pesar de las observaciones de la marquesa de La Mole, Mathilde pretextó tener fiebre, y pasó una parte de la noche repitiendo aquella romana al piano y cantando la letra de la célebre canción que tanto la había encantado:

Devo punirmi, devo punirmi, Se troppo ama¡, etc.

El resultado de aquella noche de locura fue que creyó que había logrado vencer a su amor. Esta página perjudicará en más de un concepto al desgraciado autor. Las almas frías le acusarán de indecencia. Él no pretende ofender a las jóvenes que brillan en los salones de París suponiendo que una sola de ellas sea capaz de los arranques de locura que degradan el carácter de Mathilde. Este personaje es totalmente imaginario, y hasta puede decirse que imaginado completamente al margen de las costumbres sociales que han de asegurar entre todos los siglos un puesto tan distinguido a la civilización del siglo XIX.

No es precisamente la prudencia lo que les falta a las muchachas que han constituido el principal ornamento de nuestros salones en los bailes de este invierno.

Tampoco creo que se las pueda acusar de despreciar con exceso una fortuna brillante, caballos, hermosas propiedades y todo lo que puede asegurar una posición agradable en el mundo. Lejos de no ver más que hastío en todas estas comodidades, suelen ser, en general, objeto de los más fervientes deseos, y, si hay pasión en los corazones, son ellas quienes la inspiran.

Tampoco es el amor el que se encarga de hacer la fortuna de los jóvenes dotados de algún talento como Julien; suelen arrimarse con invencible tenacidad a una camarilla, y si ésta hace fortuna, todas las cosas buenas de la sociedad llueven sobre ellos. Desgraciado el hombre de estudios que no pertenece a ninguna camarilla, pues le reprocharán hasta los éxitos más insignificantes e inciertos, y la alta virtud triunfará a costa suya. Caballero, una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino. Tan pronto refleja a nuestros ojos el azul del cielo como el fango de los cenagales del camino. ¡Y el hombre que lleva el espejo en su mochila será acusado por vosotros de inmoral! ¡Su espejo refleja el fango y acusáis al espejo! Acusad más bien al camino en que está el cenagal, o mejor aún al inspector de caminos, que permite que el agua se encharque y lo forme.

Y ahora, después de haber reconocido que el carácter de Mathilde es imposible en nuestro siglo, no menos prudente que virtuoso, no tengo tanto miedo de irritar, continuando el relato de las locuras de esta amable muchacha.

Durante todo el día siguiente, estuvo acechando las ocasiones de asegurarse el triunfo sobre su loca pasión. Su objetivo primordial era desagradar en todo a Julien, pero ninguno de sus movimientos le pasó inadvertido.

Julien era demasiado desgraciado, y sobre todo estaba demasiado agitado para adivinar una maniobra tan complicada de la pasión, y aún menos podía darse cuenta de lo que tenía de favorable para él: se limitó a ser su víctima; nunca se había sentido tan desgraciado. Su razón tenía tan poco dominio sobre sus actos, que si algún filósofo pesimista le hubiera dicho: «Procure aprovechar rápidamente las disposiciones que puedan serle favorables; en esta clase de amor cerebral que se suele ver en París la misma manera de ser no puede durar más de dos días», no lo habría comprendido. Pero, por muy exaltado que estuviese, Julien tenía honor. Su deber primordial era la discreción; así lo comprendió. Pedir consejo, contar su suplicio al primer llegado hubiera sido una suerte comparable a la del desdichado que atravesando un desierto abrasador recibiera un sorbo de agua helada del cielo. Se dio cuenta del peligro, temió responder con un torrente de lágrimas al indiscreto que le hiciera preguntas; se encerró en su cuarto.

Vio a Mathilde, que se paseaba largo rato por el jardín; cuando al fin se hubo marchado, bajó él; se acercó a un rosal del que ella había cogido una flor.

La noche era oscura, pudo entregarse a su dolor sin ser visto. Para él era evidente que la señorita de La Mole amaba a alguno de aquellos jóvenes oficiales con los que acababa de hablar tan alegremente. Le había amado a él, pero se había dado cuenta de sus escasos méritos.

«¡Efectivamente, tengo muy pocos! -se decía Julien, plenamente convencido-; en conjunto, soy un ser muy bajo y vulgar, muy fastidioso para los demás y muy insoportable para mí mismo.» Sentíase mortalmente asqueado de todas sus buenas cualidades, de todas las cosas que hasta entonces había amado con entusiasmo; y en aquel estado de imaginación trastornada pretendía juzgar la vida con su imaginación. Este error es propio de un hombre superior.

Varias veces acudió a su mente la idea del suicidio; esta imagen estaba llena de encantos, era como un descanso delicioso, era el vaso de agua helada que se ofrece al desdichado que en el desierto se muere de calor y de sed.

«¡Mi muerte aumentará el desprecio que ella siente por mí! -exclamó-. ¡Qué recuerdo dejaré!»

Sumido en este último abismo de la desgracia, un ser humano no tiene más recurso que el valor. Julien no tuvo bastante talento para decirse: «Hay que atreverse»; pero, por la noche, al mirar la ventana del cuarto de Mathilde, a través de las persianas vio que apagaba la luz: se representó aquella habitación encantadora que desgraciadamente sólo había visto una vez en la vida. Su imaginación no alcanzaba a más.

Dio la una; oír el tañido de la campana y decirse: «Voy a subir con la escalera de mano» fue cuestión de un instante.

Aquello fue un destello de genialidad, las buenas razones acudieron en tropel. «¿Puedo ser más desgraciado?», se dijo. Corrió en busca de la escalera de mano, el jardinero la había sujetado con una cadena. Con la ayuda del gatillo de una de sus pistolas, que rompió, Julien, animado en aquel momento por una fuerza sobrehumana, torció uno de los eslabones de la cadena que sujetaba la escalera; se apoderó de ella en pocos minutos y la llevó al pie de la ventana de Mathilde.

«Se va a enfadar, me abrumará con su desprecio, pero ¿qué importa? Le doy un beso, un último beso, subo a mi cuarto y me mato...; ¡mis labios habrán tocado sus mejillas antes de morir!»

Sube la escalera volando, golpea la persiana; un momento después Mathilde le oye, quiere abrir la ventana, la escalera lo impide: Julien se agarra al gancho de hierro destinado a mantener la persiana abierta y, con grave riesgo de caerse, da una violenta sacudida a la escalera y la aparta un poco. Mathilde puede abrir la persiana.

Más muerto que vivo, salta al cuarto.

-¡Eres tú! -dice ella arrojándose en sus brazos.

¿Quién podría describir la extremada felicidad de Julien? La de Mathilde fue casi tan grande como la suya.

Le hablaba contra sí misma, se acusaba ante él.

-Castígame por mi atroz orgullo -le decía, estrechándole entre sus brazos, como si fuera a ahogarle-; eres mi dueño, yo soy tu esclava, tengo que pedirte perdón de rodillas por haber querido rebelarme.

Y dejaba de estrecharle entre sus brazos para caer a sus pies.

-Sí, eres mi dueño -le decía otra vez, ebria de amor y de dicha-; manda en mí para siempre; castiga severamente a tu esclava cuando quiera rebelarse.

En otro momento, se arranca de sus brazos, enciende la vela, y Julien tiene que hacer un gran esfuerzo para impedir que se corte la mitad de sus cabellos.

-Quiero acordarme -le dijo ella- de que soy tu sierva. Si alguna vez vuelve a ofuscarme mi execrable orgullo, enséñame estos cabellos y dime: «Ya no se trata de amor, ya no se trata de la emoción que su alma pueda sentir en este momento, juró obedecerme, obedezca por su honor».

Pero será más prudente suprimir la descripción de tales muestras de extravío y felicidad.

La virtud de Julien fue igual a su dicha.

-Es preciso que salga por la ventana -le dijo a Mathilde cuando las primeras luces del alba empezaron a apuntar por la parte de oriente, detrás de las chimeneas lejanas que se erguían más allá de los jardines-. El sacrificio que me impongo es digno de usted, me privo de unas cuantas horas de la más maravillosa felicidad que pueda experimentar un ser humano; es un sacrificio que hago a su reputación: si conoce mi corazón, comprenderá la violencia que me hago. ¿Será siempre para mí lo que es en este momento? Pero el honor se impone, y esto basta. Ha de saber que, después de nuestra primera entrevista, no todas las sospechas han recaído sobre los ladrones. El marqués de La Mole ha hecho montar una guardia en el jardín. El marqués de Croisenois está rodeado de espías, se sabe lo que hace todas las noches...

-Pobre muchacho -exclamó Mathilde, y se echó a reír a carcajadas.

Su madre y una doncella de servicio se despertaron; de pronto, empezaron a llamarla desde el otro lado de la puerta. Julien la miró, ella palideció mientras reñía a la doncella, y no se dignó siquiera dirigir la palabra a su madre.

-¡Pero si se les ocurre abrir la ventana, verán la escalera de mano! -le dijo Julien.

La estrechó una vez más entre sus brazos, se lanzó a la escalera y, deslizándose más bien que bajando, en un momento estuvo en el suelo.

Tres segundos más tarde, la escalera de mano estaba bajo la avenida de los tilos y el honor de Mathilde a salvo. Julien, al recobrar su sangre fría, se encontró ensangrentado y casi desnudo; se había herido al dejarse caer sin precaución.

El exceso de felicidad había devuelto toda la energía a su carácter: en aquel momento, atacar él solo a veinte hombres que se hubieran presentado no hubiera sido más que un placer añadido. Felizmente, su valor militar no fue puesto a prueba: dejó la escalera en su sitio; colocó nuevamente la cadena que la sujetaba, y no se olvidó de borrar las huellas que la escalera había dejado en el macizo de flores exóticas, al pie de la ventana de Mathilde.

Mientras en la oscuridad Julien pasaba su mano por la tierra blanda para asegurarse de que las huellas habían desaparecido por completo, sintió que algo caía entre sus manos, era toda una parte de la cabellera de Mathilde, que ésta se había cortado y que le arrojaba.

Se había asomado a la ventana.

-Eso que te envía tu sierva -le dijo en voz bastante alta- es una prenda de obediencia eterna. Renuncio al ejercicio de mi razón, sé mi dueño.

Julien, vencido, estuvo a punto de volver a buscar la escalera y subir nuevamente a su cuarto. Pero la razón se impuso.

Entrar en el palacio desde el jardín no era cosa fácil. Consiguió forzar la puerta de un sótano; una vez dentro de la casa, se vio obligado a forzar, lo más silenciosamente que pudo, la puerta de su cuarto. En su azoramiento se había olvidado, en la pequeña habitación que tan rápidamente acababa de abandonar, la llave que llevaba en el bolsillo de su traje. «¡Con tal -pensóque a ella se le ocurra esconder todos esos despojos mortales!»

Por fin, la fatiga pudo más que la felicidad, y al salir el sol cayó en un profundo sueño.

La campana del almuerzo logró despertarle a duras penas, se presentó en el comedor. Al poco apareció Mathilde. El orgullo de Julien tuvo un momento muy dichoso al ver el amor que brillaba en los ojos de aquella muchacha tan hermosa y rodeada de tantas atenciones; pero no pasó mucho rato sin que su prudencia tuviese motivos para sentirse alarmada.

Pretextando que había tenido muy poco tiempo para peinarse, Mathilde había arreglado sus cabellos de tal modo que Julien pudiera darse cuenta al primer golpe de vista de toda la extensión del sacrificio que había hecho por él al cortarlos la noche precedente. Si algo hubiera podido afear una cara tan bonita, seguramente Mathilde lo habría conseguido; todo un lado de sus hermosos cabellos rubio ceniza había sido cortado a media pulgada de la cabeza.

Durante el almuerzo, toda la conducta de Mathilde respondió a esta primera imprudencia. Diríase que se había impuesto a sí misma la obligación de revelar a todo el mundo su loca pasión por Julien. Afortunadamente, aquel día el marqués de La Mole y la marquesa estaban muy ocupados con una nueva promoción de cordones azules que se preparaba, y en la que no figuraba el duque de Chaulnes. Hacia el fin de la comida ocurrió que Mathilde, que estaba hablando con Julien, le llamó mi dueño. Él enrojeció hasta el blanco de los ojos.

Ya fuese deliberadamente o por azar, el caso es que aquel día la marquesa de La Mole no dejó ni un momento sola a Mathilde.

Por la noche, al pasar del comedor al salón, encontró un momento para decir a Julien:

-Todos mis proyectos han sido anulados. ¿Va a creer que es un pretexto mío? Mamá ha decidido que una de sus doncellas duerma en mis habitaciones toda la noche.

Aquel día pasó como un relámpago, Julien estaba radiante de felicidad. Al día siguiente, a las siete de la mañana, ya estaba instalado en la biblioteca; esperaba que la señorita de La Mole se dignase aparecer, le había escrito una carta interminable.

No la vio hasta muchas horas después, en el almuerzo. Esta vez iba peinada con sumo cuidado; un arte maravilloso se había encargado de disimular la falta de los cabellos cortados. Miró dos o tres veces a Julien, pero con ojos tranquilos y corteses, ya no pensaba en llamarle mi dueño.

La sorpresa de Julien le había quitado la respiración... Mathilde se reprochaba casi todo lo que había hecho por él.

Después de maduras reflexiones, había llegado a la conclusión de que era un ser, si no absolutamente vulgar, por lo menos que no se salía tanto de lo corriente como para que mereciera todas las extrañas locuras que se había atrevido a cometer por él. En resumen, no pensaba apenas en el amor; aquel día estaba cansada de amar.

En cuanto a Julien, los impulsos de su corazón fueron los de un muchacho de dieciséis años. La perplejidad más espantosa, el asombro, la desesperación, le ocuparon alternativamente durante aquel almuerzo, que le pareció interminable.

En cuanto pudo levantarse de la mesa sin ser descortés, se precipitó, más bien que corrió, a la cuadra, ensilló su caballo con sus propias manos y salió al galope; temía deshonrarse con alguna debilidad. «Tengo que matar mi corazón a fuerza de cansanció físico -se decía galopando por los bosques de Meudon-. ¿Qué he hecho, qué he dicho para merecer tal desgracia?

»Hoy no debo hacer nada, ni decir nada -pensó al volver al palacio-, sino estar muerto en lo físico como lo estoy en lo moral. Julien no vive, es su cadáver el que alienta todavía.»