Read synchronized with  English  French  German  Russian 
Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 8. ¿Cuál es la condecoración que distingue?
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Mi agua no me refresca dijo el genio sediento
Sin embargo, es el pozo más fresco de todo el Diar-Békir.
PELLICO

Un día regresaba Julien de la encantadora finca de Villequier, a orillas del Sena, que el marqués de La Mole consideraba con interés, pues era la única de todas las suyas que había pertenecido al célebre Boniface de La Mole. En el palacio se encontró a la marquesa y a su hija, que acababan de llegar de Hyéres.

Julien se había convertido en un dandi y conocía el arte de vivir en París. Ante la señorita de La Mole se comportó con la más perfecta frialdad. Parecía como si no guardara el menor recuerdo del tiempo en que ella le pedía, tan alegremente, detalles de su modo de caerse del caballo con gracia.

La señorita de La Mole le encontró más alto y más pálido. Su figura y su porte no tenían ya nada de provinciano; pero no ocurría lo mismo con su conversación, en la que aún se notaba todavía demasiada seriedad, demasiado positivismo. A pesar de estas cualidades razonables, gracias a su orgullo, su conversación no denotaba el menor rastro de servilismo; solamente se advertía que consideraba como importantes demasiadas cosas. Pero se veía que era hombre capaz de sostener sus opiniones.

-Carece de ligereza, pero no de talento -le dijo la señorita de La Mole a su padre, bromeando con él acerca de la cruz concedida a Julien-. Mi hermano se la ha pedido durante dieciocho meses, y ¡es un La Mole!

-Sí, pero Julien tiene lo imprevisto; cosa que no le ha ocurrido nunca al La Mole de que me habla.

Anunciaron al señor duque de Retz.

Mathilde se sintió invadida de un deseo irresistible de bostezar. Reconocía los antiguos dorados y los asiduos concurrentes al salón paterno. Se representaba la vida que iba a llevar en París como la imagen del más perfecto aburrimiento. Y con todo, en Hyéres echaba de menos París.

«¡Y, sin embargo, tengo diecinueve años! -pensaba-. Es la edad de la felicidad, según dicen todos esos tontos con galones dorados.» Estaba mirando ocho o diez nuevos volúmenes de poesías que se habían ido acumulando en la consola del salón durante su viaje a Provenza. Tenía la desgracia de poseer más talento que los señores de Croisenois, de Luz, de Caylus y los demás amigos. Se imaginaba ya todo lo que iban a decirle sobre el hermoso cielo de Provenza, la poesía, el mediodía, etc., etc.

Aquellos ojos tan hermosos en los que se reflejaba el aburrimiento más profundo y, lo que es peor, la más absoluta desesperanza de encontrar el placer, se fijaron en Julien. Por lo menos él no se parecía a los demás.

-Señor Sorel -le dijo con aquel tono de voz breve y vivo, tan poco femenino, que suelen emplear las jóvenes de la clase alta-, señor Sorel, ¿irá usted esta noche al baile del señor de Retz?

-Señorita, no he tenido el honor de ser presentado al señor duque.

(Se hubiera dicho que este nombre y este título le desollaban la boca al orgulloso provinciano.)

-Ha encargado a mi hermano que le lleve con él; y si va usted, podría darme algunos detalles sobre la finca de Villequier; pues parece que hemos de ir allá en la primavera. Me gustaría saber si el castillo está habitable y si los alrededores son tan bellos como dicen. ¡Hay tantas reputaciones mal adquiridas!

Julien no contestaba.

-Vaya usted al baile con mi hermano -añadió ella, muy secamente.

Julien saludó con respeto. «De modo que hasta en el baile he de rendir cuentas a todos los miembros de la familia; ¿no me pagan como hombre de negocios? -Su mal humor le hizo añadir-:

¡Dios sabe si lo que le diga a la hija no contrariará los proyectos del padre, del hermano, de la madre! Es una verdadera corte de príncipe soberano. Para vivir en ella haría falta ser una perfecta nulidad y, sin embargo, no dar a nadie derecho a quejarse.

»¡Cómo me desagrada esta alta muchacha! -pensó, mirando alejarse a la señorita de La Mole, a quien llamaba su madre para presentarle a unas amigas suyas-. Desluce todas las modas; lleva el vestido como colgado de los hombros... Está aún más pálida que antes de su viaje... ¡Qué cabellos tan descoloridos a fuerza de ser rubios; se diría que la luz los atraviesa!... ¡Cuánta altanería en la manera de saludar y en su mirada! ¡Qué gestos de reina!»

La señorita de La Mole acababa de llamar a su hermano en el momento en que éste salía del salón.

El conde Norbert se acercó a Julien:

-Mi querido Sorel -le dijo-, ¿dónde quiere usted que le recoja esta noche para ir al baile del señor de Retz? Me ha encargado expresamente que le lleve.

-Sé muy bien a quién debo tantas bondades -respondió Julien, saludando con una profunda reverencia.

Como su mal humor no encontraba nada que reprochar al tono de perfecta cortesía e incluso de interés con que le había hablado Norbert, se puso a reflexionar sobre la respuesta que él había dado a sus amables palabras. Encontraba en ella un cierto rastro de bajeza.

Por la noche, al llegar al baile, quedó deslumbrado por la magnificencia del palacio de Retz. El patio de entrada estaba cubierto de un inmenso toldo de cutí carmesí con estrellas doradas: nada más elegante. Debajo de este toldo, el patio se había transformado en un bosque de naranjos y adelfas en flor. Como habían enterrado cuidadosamente los tiestos, las adelfas y los naranjos parecían emerger del suelo. El camino que atravesaban los carruajes estaba enarenado.

Aquel conjunto causó un efecto extraordinario en nuestro Provinciano. No tenía idea de semejante magnificencia; en un momento su imaginación enfebrecida estuvo a cien leguas del mal humor. En el coche, camino del baile, Norbert se sentía feliz, y él, por el contrario, lo veía todo negro; apenas entraron en el patio, se trocaron los papeles.

Norbert sólo era sensible a ciertos detalles que habían sido descuidados en medio de tanta magnificencia. Evaluaba el coste de todo y, a medida que llegaba a un total elevado, Julien advirtió que se mostraba casi envidioso y se ponía de mal humor.

Por su parte, Julien llegó seducido, maravillado y casi tímido; por la fuerza de la emoción, al primero de los salones en que se bailaba. A la puerta del segundo la gente se agolpaba y la aglomeración era tan grande, que le fue imposible avanzar. El, decorado de este segundo salón representaba la Alhambra de Granada.

-Hay que reconocer que es la reina del baile -decía un joven con bigote, cuyo hombro se incrustaba en el pecho de Julien.

-La señorita Fourmont, que durante todo el invierno ha sido la más bonita -le contestaba su vecino-, se da cuenta de que va pasando a segundo plano; fíjate qué cara pone.

-Verdaderamente, despliega todo su arte para agradar. Mira, mira qué sonrisa tan graciosa cuando se queda sola en la contradanza. Palabra de honor, es algo extraordinario.

-La señorita de La Mole da la impresión de ser dueña del placer que le produce su triunfo, del que se da perfectamente cuenta. Diríase que teme agradar a quien le habla.

-¡Muy bien! Ése es el arte de seducir.

Julien hacía vanos esfuerzos por ver a aquella mujer tan seductora: siete u ocho individuos, más altos que él, le impedían verla.

-Hay mucha coquetería en este recato tan noble -repuso el joven de los bigotes.

-Y esos grandes ojos azules, que se cierran tan lentamente en el momento en que están a punto de traicionarse -repuso el vecino-. Nada más hábil, a fe mía.

-Mira qué aire vulgar tiene la hermosa Fourmont a su lado -dijo un tercero.

-Ese aire de recato quiere decir: ¡Qué amable sería con usted si fuese el hombre digno de mí!

-¿Y quién puede ser digno de la sublime Mathilde? -dijo el primero-; algún príncipe soberano, hermoso, espiritual, apuesto, un héroe de la guerra y con veinte años a lo sumo.

-El hijo natural del emperador de Rusia..., al cual concederían una soberanía en favor de este matrimonio..., o sencillamente el conde de Thaler, con su aire de aldeano disfrazado...

La puerta quedó libre, Julien pudo pasar.

«Puesto que a los ojos de todos estos muñecos es considerada como algo tan extraordinario, vale la pena que yo la estudie -pensó-. Así comprenderé en qué consiste la perfección para esa gente.»

Cuando la buscaba con los ojos, Mathilde le miró. «Mi deber me llama», se dijo Julien; pero sólo había mal humor en su expresión. La curiosidad le hizo avanzar con un placer que no tardó en acrecentar la vista del vestido de Mathilde, muy escotado, a la verdad, de un modo muy poco halagüeño para su amor propio. «Su belleza tiene juventud», pensó. Cinco o seis jóvenes, entre los cuales reconoció Julien a los que había oído en la puerta, se interponían entre él y ella.

-Usted, señor, que ha estado aquí todo el invierno, ¿verdad que este baile es el más bonito de la temporada? -dijo ella.

Él no contestó.

-Este rigodón, de Coulon, me parece admirable, y estas señoras lo bailan a la perfección.

Los jóvenes se volvieron para ver quién era el feliz mortal de quien se pretendía con tanto empeño una respuesta. Ésta no fue muy alentadora.

-Yo no puedo ser buen juez, señorita; me paso la vida escribiendo: éste es el primer baile de semejante magnificencia al que he asistido.

Los jóvenes de los bigotes se escandalizaron.

-Usted es un sabio, señor Sorel -repuso ella, con un interés más marcado-; ve usted todos estos bailes, todas estas fiestas, como un filósofo, como Jean-Jacques Rousseau. Estas locuras le asombran sin seducirle.

Una sola frase había bastado para apagar la imaginación de Julien y desvanecer todas sus ilusiones. Su boca adquirió una expresión de desdén, quizás un tanto exagerado.

-Jean-Jacques Rousseau -respondió- no es más que un necio, en mi opinión, cuando se pone a juzgar el gran mundo; no lo comprendía, y actuaba en él con un corazón de lacayo advenedizo.

-Escribió El contrato social -dijo Mathilde con un tono de veneración.

-Abogando por la república y predicando el derrumbamiento de las dignidades monárquicas, este advenedizo se siente ebrio de placer si un duque cambia la dirección de su paseo, después de comer, para acompañar a uno de sus amigos.

-¡Ah, sí! El duque de Luxemburgo, en Montmorency, acompaña a un tal Coidet, de París... -repuso la señorita de La Mole con el placer y el abandono del primer goce de la pedantería.

Estaba tan embriagada con su saber como el académico que descubrió al rey Feretrius. La mirada de Julien continuó penetrante y severa. Mathilde había tenido un momento de entusiasmo; la frialdad de su interlocutor la desconcertó profundamente. Su sorpresa fue tanto mayor cuanto que era ella la que acostumbraba producir este efecto en los demás.

En aquel momento, el marqués de Croisenois avanzaba con apresuramiento hacia la señorita de La Mole. Estuvo un instante a tres pasos de ella, sin poder acercarse a causa del gentío. La miraba sonriendo ante aquel obstáculo. Cerca de él estaba la joven marquesa de Rouvray: era una prima de Mathilde. Daba el brazo a su marido, que lo era desde hacía sólo quince días. El marqués de Rouvray, muy joven también, tenía aquel aire de necio enamoramiento propio de un hombre que, habiendo hecho un matrimonio de conveniencia, arreglado exclusivamente por los notarios, se encuentra con una mujer perfectamente hermosa. El marqués de Rouvray sería duque a la muerte de un tío de edad muy avanzada.

Mientras el marqués de Croisenois, que no podía atravesar la multitud, miraba sonriente a Mathilde, ella posaba sus grandes ojos azules en él y sus vecinos. «¡No puede haber nada más soso que ese grupo! -decíase a sí misma-. Ahí está Croisenois, que pretende casarse conmigo; es amable, cortés, tiene modales exquisitos como el marqués de Rouvray. Si no fueran tan aburridos estos caballeros, serían muy amables. Él también me acompañará al baile con este mismo aire obtuso y satisfecho. Al cabo de un año de matrimonio, mi coche, mis caballos, mis trajes, mi castillo a veinte leguas de París, serán los mejores que pudiera desear, capaces de hacer morir de envidia a una advenediza, a una condesa de Roiville, por ejemplo; pero, ¿y después?...»

Mathilde se aburría esperando. El marqués de Croisenois logró acercarse y le hablaba, pero ella soñaba sin escucharle. El sonido de sus palabras se confundía para ella con el bordoneo del baile. Seguía maquinalmente con la vista a Julien, que se había alejado con aire respetuoso, pero altivo y descontento. Divisó en un rincón, lejos de la multitud que circulaba, al conde de Altamira, condenado a muerte en su país, a quien ya conoce el lector. En tiempos de Luis XIV, una de sus antepasadas estuvo casada con un príncipe de Conti; este recuerdo le protegía algo contra la policía de la congregación.

«Estoy viendo que sólo la sentencia de muerte distingue a un hombre -pensó Mathilde-; es la única cosa que no se compra.

»¡Acabo de hacer una frase ingeniosa! ¡Qué lástima que no se me haya ocurrido en un momento en que pudiera lucirme!» Mathilde tenía demasiado buen gusto para colocar en la conversación una frase pensada previamente; pero tenía también demasiada vanidad para no estar encantada de sí misma. La expresión de hastío que se pintaba en sus rasgos se trocó en un aire de contento. El marqués de Croisenois, que seguía hablándole, creyó entrever el triunfo, y redobló su facundia.

«¿Qué podría objetar a mi frase un mal intencionado? -se dijo Mathilde-. Yo respondería al crítico: un título de barón o de vizconde, se compra; una cruz, se da; mi hermano acaba de conseguirla, y ¿qué ha hecho? Un grado, es algo que se consigue. Con diez años de guarnición, o un pariente ministro de la guerra, se puede ser jefe de escuadrón, como Norbert. ¡Una gran fortuna!... Esto es una de las cosas más difíciles y, por consiguiente, de las más meritorias. ¡Y qué cosa más graciosa! Es precisamente lo

contrario de lo que dicen los libros... ¡Bueno!, pues por la fortuna se casan con la hija del señor Rothschild.

»Realmente, mi frase es profunda. La sentencia de muerte es todavía la única cosa que a nadie se le ha ocurrido solicitar.»

-¿Conoce usted al conde de Altamira? -preguntó al marqués de Croisenois.

Parecía ella volver de tan lejos, y aquella pregunta tenía tan poca relación con todo lo que el pobre marqués le estaba diciendo desde hacía cinco minutos, que, a pesar de su amabilidad, quedó desconcertado. Y, sin embargo, era un hombre de talento y muy reputado como tal.

«¡Qué rarezas tiene Mathilde! -pensó-. Esto es un inconveniente, pero en cambio le proporcionará a su marido una posición social realmente envidiable. No sé cómo se las arregla este marqués de La Mole; está relacionado con lo mejor de todos los partidos; es un hombre que no puede hundirse. Y, además, esta rareza de Mathilde puede pasar por una genialidad. Con un alto nacimiento y una gran fortuna, el genio no es ridículo, sino que supone una gran distinción. Y, por otra parte, ella tiene, cuando quiere, esa mezcla de ingenio, de carácter y de oportunidad que da origen a la amabilidad más perfecta...» Como es difícil hacer dos cosas bien al mismo tiempo, el marqués contestó a Mathilde en un tono vacuo y como recitando una lección:

-¿Quién no conoce a ese pobre Altamira?

Y le contó la historia de su conspiración ridícula, absurda.

-¡Muy absurda! -respondió Mathilde, como hablando consigo misma-, pero ha hecho algo. Quiero ver a un hombre; tráigamelo -le dijo al marqués, que no salía de su asombro.

El conde de Altamira era uno de los admiradores más fervientes del aire altanero y casi impertinente de la señorita de La Mole; según él, era una de las personas más hermosas de París.

-¡Qué hermosa estaría en un trono! -le dijo al marqués de Croisenois, dejándose llevar por él sin dificultad.

No faltan gentes en el mundo que quieren sentar como principio que no hay nada de tan mal gusto como una conspiración; esto huele a jacobino. ¿Y qué cosa más fea que un jacobino sin éxito?

La mirada de Mathilde se burlaba con el marqués de Croisenois del liberalismo de Altamira, pero le escuchaba con placer.

«Un conspirador en un baile es un contraste divertido», pensaba. Le parecía que aquél, con sus negros mostachos, tenía el aspecto de un león en reposo, pero no tardó en darse cuenta de que su espíritu sólo era capaz de adoptar un punto de vista; el de la utilidad, la admiración por la utilidad.

Excepto lo que pudiera dar a su país un gobierno de (los Cántaras, el joven conde no encontraba cosa alguna que mereciera su atención. Se apartó con gusto de Mathilde, la persona más seductora del baile, porque vio entrar a un general peruano.

Desesperando de Europa, el pobre Altamira se veía reducido a pensar que cuando los Estados de la América meridional fueran fuertes y poderosos podrían devolver a Europa la libertad que Mirabeau les envió.

Un torbellino de jóvenes con bigote se acercó a Mathilde. Ésta se había dado perfecta cuenta de que Altamira no se había dejado seducir, y estaba picada por su marcha; desde lejos veía cómo brillaban sus ojos negros al hablar con el general peruano. La señorita de La Mole miraba a los jóvenes franceses con aquella seriedad profunda que ninguna de sus rivales podía imitar. «¿Cuál de ellos -pensaba- sería capaz de hacerse condenar a muerte, aun suponiendo que todas las circunstancias le fuesen favorables?»

Aquella extraña mirada halagaba a los pocos inteligentes, pero inquietaba a los demás. Temían que se tradujera en alguna frase aguda y de difícil respuesta.

«Un nacimiento ilustre da cien cualidades cuya ausencia me ofendería, lo veo por el ejemplo de Julien -pensaba Mathilde-; pero anula aquellas cualidades del alma capaces de hacerse condenar a muerte.»

En aquel momento alguien decía cerca de ella: «Este conde de Altamira es el hijo segundo del príncipe de San Nazaro-Pimentel, un Pimentel que intentó salvar a Conradino, decapitado en 1268. Es una de las familias más nobles de Nápoles».

«¡Bonita prueba de mi máxima: un ilustre nacimiento quita la fuerza de carácter necesaria para hacerse condenar a muerte! Decididamente, esta noche no hago más que disparatar. Puesto que no soy más que una mujer como las otras, hay que bailar.» Cedió a los deseos del marqués de Croisenois, que hacía una hora estaba pidiéndole un galop. Para consolarse de su fracaso en filosofía, Mathilde quiso ser extremadamente seductora: el marqués de Croisenois quedó encantado.

Pero ni el baile ni el deseo de agradar a uno de los hombres más apuestos de la corte pudieron distraer a Mathilde. Era imposible tener más éxito. Era la reina del baile; lo veía, pero con frialdad.

«¡Qué vida tan anodina pasaría con un hombre como Croisenois! -se decía cuando una hora después éste la acompañaba a su sitio-. ¿Pero qué he de hacer para divertirme -añadió tristemente-, si después de seis meses de ausencia no lo hago en un baile que sería la envidia de todas las mujeres de París? Y además me veo en él rodeada de los homenajes de una sociedad que no puede imaginarse más escogida. Aquí no hay más burgueses que algunos pares y un Julien o dos a lo sumo. Y, sin embargo -agregaba con una tristeza creciente-, ¡la suerte me ha concedido infinitos favores: ilustración, fortuna, juventud...! ¡Desgraciadamente, todo menos la felicidad!

»Las más discutibles de todas mis dotes son aquellas de las que me han hablado toda la noche. En mi talento sí creo, pues evidentemente les causo mucho miedo a todos. Si se aventuran a abordar un tema serio, al cabo de cinco minutos de conversación vienen a parar, jadeantes y como haciendo un gran descubrimiento, a una cosa que les estoy repitiendo hace una hora. Soy guapa, tengo esta cualidad, por la que Madame de Staël lo

hubiera sacrificado todo, y, sin embargo, es innegable que me muero de aburrimiento. ¿Y hay alguna razón para que me aburra menos si llego a cambiar mi nombre por el del marqués de Croisenois?

»Pero, ¡Dios mío! -añadió casi con ganas de llorar-, ¿no es acaso un hombre perfecto? Es la obra maestra de la educación de este siglo; no es posible mirarle sin que se le ocurra decir algo amable y hasta espiritual; es valiente... pero este Sorel es extraño. -Y su mirada perdía su expresión aburrida y cobraba un aire de enfado-. Le he advertido que tenía que hablarle, y no se digna presentarse ante mí.»