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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 6. El modo de expresarse
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Su alta misión es juzgar con calma los pequeños incidentes de la vida cotidiana de los pueblos. Su sabiduría ha de prevenir las grandes iras por pequeñas causas o por sucesos que la voz de la fama deforma al hacerlos correr de boca en boca.
GRATIUS

Para ser un recién llegado, que por altivez jamás preguntaba, Julien no incurrió en demasiadas torpezas. Un día, obligado por un gran chaparrón a guarecerse en un café de la calle de SaintHonoré, un hombre corpulento, con levitón de castorina, extrañado de su mirada sombría, le miró a su vez, exactamente igual que un día le mirara en Besancon el amante de la señorita Amanda.

Julien se había reprochado demasiadas veces haber dejado pasar aquel primer insulto como para soportar aquella mirada. Pidió explicaciones. El hombre del levitón le dirigió entonces las injurias más soeces; toda la gente del café les rodeó; los transeúntes se detenían en la puerta. Por una precaución de provinciano, Julien llevaba siempre consigo unas pequeñas pistolas; en aquel momento su mano las empuñaba dentro del bolsillo con un movimiento convulsivo. Sin embargo, tuvo serenidad y se limitó a repetir a su hombre de minuto en minuto:

¿Sus señas, caballero? Le desprecio.

La insistencia con que repetía aquellas cinco palabras acabó Por llamar la atención de la gente.

-¡Caramba!, ese que habla solo no tendrá más remedio que darle sus señas.

El hombre del levitón, al oír repetidamente aquella decisión, arrojó a la cara de Julien cinco o seis tarjetas. Felizmente, no le alcanzó ninguna en la cara, se había propuesto no hacer uso de las pistolas más que en caso de que el otro le tocara. El hombre se marchó, no sin volverse de vez en cuando para amenazarle con el puño y dirigirle injurias.

Julien se sintió bañado en sudor. «¡De modo que el hombre más despreciable es capaz de descomponerme hasta ese punto! -se decía con rabia-. ¿Cómo extirpar esta sensibilidad tan humillante?» Le hubiera gustado poder batirse en duelo al instante. Pero se encontraba con una dificultad. ¿Dónde encontrar un testigo en aquel enorme París? No tenía ningún amigo. Había hecho varios conocidos; pero todos, regularmente, al cabo de seis semanas dé relación se alejaban de él. «Soy insociable -pensaba-, y ahora me veo cruelmente castigado.» Por fin se le ocurrió la idea de buscar a un antiguo teniente del 96.°, llamado Liéven, un pobre diablo, con quien tiraba al florete muchas veces. Julien se franqueó con él.

-No tengo inconveniente en servirle de testigo -dijo Liéven-; pero con una condición: si no hiere usted a su contrario, se batirá usted conmigo inmediatamente.

-Convenido -dijo Julien, estrechándole la mano con entusiasmo.

Y se fueron a buscar al señor C. de Beauvoisis, a las señas indicadas en su tarjeta, al final del faubourg Saint-Germain.

Eran las siete de la mañana. Al hacerse anunciar en su casa, Julien pensó que podía muy bien ser aquel joven pariente de la señora de Rénal, destinado en otro tiempo en la embajada de Roma o de Nápoles, y que le había dado una carta de recomendación al cantante Geronimo.

Julien entregó a un ayuda de cámara corpulento una de las tarjetas que le habían arrojado la víspera y una suya.

Les hicieron esperar, a él y a su testigo, más de tres cuartos de hora; por fin les pasaron a una habitación de la más exquisita elegancia. Allí se encontraron con un joven alto, de levita color salmón y blanco, ataviado como una muñeca; sus facciones tenían la perfección y la insignificancia de la belleza griega. Su cabeza, notablemente estrecha, remataba en una pirámide de cabellos de un color rubio muy hermoso. Estaban rizados con el mayor cuidado, sin que hubiera un cabello alborotado. «Se conoce que este maldito nos ha hecho esperar tanto rato para rizarse el pelo», pensó el teniente del 96°. La bata de colorines, el pantalón de mañana, todo, hasta las zapatillas bordadas, era correcto y maravillosamente cuidado. Su fisonomía, noble y vacua, reflejaba ideas convenientes y raras: el ideal del hombre amable, el horror a lo imprevisto y a la burla, mucha gravedad.

Julien, a quien su teniente del 96° había explicado que hacerle esperar tanto tiempo, después de haberle tirado groseramente las tarjetas a la cara, era una ofensa más, entró bruscamente en la habitación del señor de Beauvoisis. Tenía intención de ser insolente, pero hubiese querido al propio tiempo ser de buen tono.

Le sorprendieron tanto los exquisitos modales del señor de Beauvoisis, su aspecto a un tiempo sereno, importante y satisfecho de sí mismo, la elegancia admirable de todo lo que le rodeaba, que en un abrir y cerrar de ojos olvidó sus propósitos de ser insolente. No era el hombre de la víspera. Su asombro fue tal al encontrarse con una persona tan distinguida en lugar del individuo grosero que había encontrado en el café, que no pudo articular una sola palabra. Le presentó una de las tarjetas que le había echado a la cara.

-Ése es mi nombre -dijo el hombre de mundo, al cual el traje negro de Julien, tan de mañana, le inspiraba muy poca consideración-; pero, palabra de honor, no comprendo el motivo...

La manera de pronunciar estas últimas palabras hizo a Julien recuperar parte de su mal humor.

-Vengo a batirme con usted, caballero -y explicó el asunto de un tirón.

El señor Charles de Beauvoisis, después de maduras reflexiones, estaba bastante satisfecho del corte del traje negro de Julien. «Es de Staub, se ve claramente -se decía mientras le oía hablar-; el chaleco es de buen gusto, las botas están bien; pero, por otra parte, este traje negro, tan temprano.... Será para ofrecer

menos blanco a las balas», pensó el caballero de Beauvoisis.

Después que se hubo dado aquella explicación, volvió a su exquisita cortesía y trató casi de igual a igual a Julien. El coloquio fue bastante largo, el asunto era delicado; pero, ruralmente, Julien no pudo negarse a la evidencia. Aquel joven tan bien educado que tenía ante su vista no se parecía en lo más mínimo al personaje grosero que le había insultado la víspera.

Julien sentía una repugnancia invencible a marcharse y hacía durar la explicación. Observaba la suficiencia del caballero de Beauvoisis, así se había llamado él mismo, extrañado de que Julien le llamara sencillamente señor.

Admiraba su gravedad, mezclada con cierta fatuidad modesta, pero que no le abandonaba un solo instante. Estaba asombrado de su extraña manera de mover la lengua al pronunciar las palabras... Pero, en fin, en todo aquello no había el menor motivo para buscarle disputa.

El joven diplomático se ofrecía a batirse con mucha gracia, pero el ex teniente del 96.°, que llevaba una hora sentado, con las piernas separadas, las manos sobre las rodillas y los codos hacia fuera, declaró que su amigo el señor Sorel no era capaz de buscar pelea a la alemana con un hombre porque a éste le hubieran robado sus tarjetas de visita.

Julien salía de muy mal humor. El coche del caballero de Beauvoisis estaba esperando a la puerta, al pie de la escalinata; casualmente, Julien levantó los ojos, y en el cochero reconoció a su hombre de la víspera.

Verle, tirarle de su gran casaca, echarle abajo del pescante y darle una tanda de fustazos fue obra de un instante. Dos lacayos quisieron defender a su compañero y le dieron un par de puñetazos a Julien: pero en el mismo instante montó una de sus pistolas y disparó sobre ellos, haciéndoles emprender la huida. Todo esto ocurrió en un minuto.

El caballero de Beauvoisis bajaba la escalera con la más cómica gravedad, repitiendo con su pronunciación de gran señor:

-¿Qué es esto? ¿Qué es esto?

Sentía, evidentemente, una gran curiosidad, pero la importancia diplomática no le permitía demostrar mayor interés. Cuando se enteró de lo que ocurría, la altivez aún luchó en su semblante con la sangre fría, un tanto burlona, que no debe desaparecer nunca de la cara de un diplomático.

El teniente del 96.° comprendió que el caballero de Beauvoisis tenía ganas de batirse; quiso, diplomáticamente también, conservar para su amigo las ventajas de la iniciativa.

-¡Lo que es ahora sí que hay motivo para un duelo! -exclamó.

-Más que sobrado -repuso el diplomático-. Ese bribón queda despedido -dijo a los lacayos-; que monte otro en el pescante.

Abrieron la portezuela del coche: el caballero se empeñó en hacer los honores a Julien y a su testigo. Fueron a buscar a un amigo del señor de Beauvoisis, que indicó un lugar tranquilo. Durante el camino, la conversación estuvo muy bien. En todo aquello, lo único raro era el diplomático en bata.

«Estos caballeros, aunque muy nobles -pensó Julien-, no son fastidiosos como los que van a comer a casa del marqués de La Mole; comprendo -añadió un instante después- por qué se permiten faltar a las conveniencias.» Hablaban de las bailarinas más celebradas por el público en un baile dado la víspera. Aquellos señores hacían alusiones a anécdotas picantes que Julien y su amigo, el teniente, ignoraban en absoluto. Julien no cometió la tontería de pretender conocerlas; confesó llanamente su ignorancia. Esta franqueza agradó al amigo del caballero; le contó las anécdotas con todos sus detalles y muy bien.

Una cosa chocó sobremanera a Julien. Estaban levantando un altar en medio de una calle para la procesión del Corpus, y el coche tuvo que detenerse un instante. Aquellos señores se permitieron varias bromas; el cura, según ellos, era hijo de un arzobispo. Jamás en casa del marqués dé La Mole, que aspiraba a ser duque, se hubiera nadie atrevido a decir una frase semejante.

El duelo acabó en un momento: Julien recibió un balazo en el brazo; se lo vendaron con pañuelos empapados en aguardiente, y el caballero de Beauvoisis suplicó a Julien, con mucha cortesía, que le permitiese llevarle a su casa en el mismo coche que le había traído. Cuando Julien indicó el palacio de La Mole, hubo un cambio de miradas entre el joven diplomático y su amigo. El coche de alquiler de Julien estaba allí, pero él encontró la con versación de aquellos señores mucho más divertida que la del buen teniente del 96.°.

«¡Dios mío! ¿Y esto es un duelo? -pensaba Julien-. ¡Qué suerte haber encontrado a ese cochero! ¡Cuán grande no sería mi desgracia si hubiera tenido que soportar también este nuevo insulto en un café!»

La conversación jocosa apenas se interrumpió. Entonces comprendió Julien que la afectación diplomática sirve para algo.

«De modo -se decía- que el aburrimiento no es algo inherente a la conversación entre gente aristocrática. Éstos se burlan de la procesión del Corpus; se atreven a contar, y con detalles pintorescos, anécdotas muy escabrosas. Sólo les falta razonar justamente sobre la cosa pública, y aun esta falta está más que compensada por la gracia del tono y la exquisita propiedad de sus expresiones.» Julien sentía una viva inclinación hacia ellos. «¡Qué feliz sería si pudiese verlos con frecuencia!»

Apenas se separaron, el caballero de Beauvoisis se apresuró a pedir informes: éstos no fueron muy brillantes.

Tenía una gran curiosidad por conocer a su hombre; ¿podría dignamente hacerle una visita? Las pocas noticias que obtuvo no resultaban nada alentadoras.

-¡Todo esto es espantoso! -dijo a su testigo-. Me es imposible confesar que me he batido con un simple secretario del marqués de La Mole, y además porque mi cochero me ha robado mis tarjetas de visita. Todo esto me expone a quedar irremisiblemente en ridículo.

Aquella misma noche, el caballero de Beauvoisis y su amigo divulgaron por todas partes que el tal Sorel, un joven irreprochable, por otra parte, era hijo natural de un amigo íntimo del marqués de La Mole. La noticia corrió sin dificultad. Una vez divulgada y admitida, el joven diplomático y su amigo no tuvieron inconveniente alguno en visitar varias veces a Julien en el transcurso de los quince días que pasó en su cuarto. Julien les confesó que sólo había ido a la ópera una vez en su vida.

-¡Pero eso es espantoso, si no se va a otra parte! Es preciso que su primera salida sea para ver El Conde Ory.

En la ópera, el caballero de Beauvoisis le presentó al famoso cantante Geronimo, que alcanzaba a la sazón un éxito inmenso. Julien casi hacía la corte al caballero; aquella mezcla de respeto hacia sí mismo, de misteriosa importancia y de fatuidad de muchacho le encantaba. Por ejemplo, el caballero tartamudeaba un poco porque tenía el honor de ver con frecuencia a un gran señor que tenía este defecto. Nunca había visto Julien, reunidos en una misma persona, lo ridículo que divierte y la perfección de modales que un pobre provinciano debe tratar de imitar.

En la ópera se le veía con el caballero de Beauvoisis; esta relación hizo pronunciar su nombre.

-¿Conque -le dijo un día el marqués de La Mole- es usted hijo natural de un rico caballero del Franco Condado, íntimo amigo mío?

El marqués cortó la palabra a Julien, que quería protestar contra la sospecha de haber contribuido en lo más mínimo a propagar aquel rumor.

-El caballero de Beauvoisis no ha querido batirse con el hijo de un carpintero.

-Ya lo sé, ya lo sé -dijo el marqués de La Mole-; y ahora me toca a mí confirmar ese rumor, que me conviene. Pero tengo que pedirle a usted un favor, que no le costará más que una media hora escasa: todos los días de ópera, a las once y media, vaya usted a presenciar, en el vestíbulo, la salida de la gente del gran mundo. Conserva usted algunos modales provincianos que es preciso perder; además, no está mal conocer, siquiera sea sólo de vista, a los grandes personajes, cerca de los cuales yo puedo. cualquier día confiarle algún encargo. Vaya a la taquilla para que le conozcan; tiene reservadas las entradas.