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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 5. La sensibilidad y una gran dama devota
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Une idée un peu vive y a l'air d'une grossiéreté, tant on y est accoutumé aux mots sans relief. Malheur á qui invente en parlant!
FAUBLAS

«Una idea un poco viva parece allí una grosería, tan acostumbrados están a las palabras sin relieve. ¡Desgraciado del que inventa al hablar!. Jean-Baptiste Louvet de Couvray, Amours du chevalier de Faublas (.Amores del caballero de Faublas.), famosa novela libertina, publicada en París, 1787-1789.

Después de varios meses de prueba, he aquí la situación de Julien el día que el administrador de la casa le entregó el tercer trimestre de su sueldo. El marqués de La Mole le había encargado llevar la administración de sus tierras en Bretaña y en Normandía. Julien realizaba frecuentes viajes a ambas regiones. Estaba encargado, con plenos poderes, de la correspondencia relativa al famoso pleito con el padre de Frilair, acerca del cual le había puesto en antecedentes el padre Pirard.

Sobre las breves notas que el marqués garrapateaba al margen de las cartas que recibía, Julien redactaba las respuestas, que casi siempre firmaba el marqués.

En la escuela de teología, sus maestros se quejaban de su falta de asiduidad, pero no por eso dejaban de considerarle como uno de los alumnos más distinguidos. Estos diferentes trabajos, emprendidos con todo el ardor de la ambición reprimida, pronto le arrebataron a Julien los vivos colores que había traído de la provincia. Su palidez era un mérito a los ojos de sus compañeros, los jóvenes seminaristas; Julien los encontraba menos perversos, y mucho menos rastreros ante un escudo que los de Besancon; ellos le creían enfermo del pecho. El marqués le había dado un caballo.

Temeroso de ser visto en sus paseos a caballo, Julien les dijo que este ejercicio le había sido prescrito por los médicos. El padre Pirard le había llevado a varias reuniones de jansenistas. Julien se quedó muy sorprendido; la idea de la religión estaba indisolublemente unida en su espíritu a la hipocresía y al afán de ganar dinero. Admiró a aquellos hombres piadosos y severos que no pensaban en el presupuesto. Varios jansenistas se habían hecho amigos suyos y le daban consejos. Un mundo nuevo se abría ante él. En las reuniones de los jansenistas conoció a un tal conde de Altamira, hombre de cerca de seis pies de estatura, liberal, condenado a muerte en su país, y devoto. Este extraño contraste, la devoción y el amor a la libertad, le chocó.

Las relaciones de Julien con el joven conde se habían enfriado. Norbert había notado que contestaba con demasiada viveza a las bromas de algunos de sus amigos. Habiendo cometido dos o tres inconveniencias, Julien se había propuesto no dirigir nunca la palabra a la señorita Mathilde. Todo el mundo seguía siendo para él de una finura exquisita en el palacio de La Mole; pero él se sentía rebajado. Su buen sentido provinciano le explicaba este efecto por el refrán popular, todo lo nuevo place.

Quizás era un poco más clarividente que los primeros días, o bien había pasado el primer entusiasmo producido por la urbanidad parisiense.

En cuanto dejaba de trabajar era presa de un mortal aburrimiento, éste es el efecto deprimente de la cortesía admirable, pero tan medida, tan perfectamente grabada según la posición de cada cual, que distingue a la alta sociedad. Un corazón algo sensible se da cuenta de su falsedad.

Es indudable que se puede reprochar a la provincia un tono vulgar o poco cortés. Pero al contestar siempre se pone algo de pasión. Julien nunca sintió herido su amor propio en el palacio de La Mole; pero muchas veces, al término de la jornada, al coger su vela en la antecámara tenía ganas de llorar. En provincias, un mozo de café se interesa por usted si al entrar en su establecimiento le ocurre algún accidente. Pero si este accidente tiene algo que puede mortificar el amor propio de usted, al compadecerle, repetirá diez veces la palabra molesta. En París tienen la atención de ocultarse para reír, pero usted se sentirá siempre como un extraño.

Pasaremos en silencio una multitud de pequeñas aventuras que hubiesen puesto en ridículo a Julien si no hubiera estado, en cierto modo, por encima del ridículo. Una sensibilidad exacerbada le hacía cometer mil torpezas. Todos sus placeres eran meras precauciones: tiraba con la pistola todos los días, siendo uno de los mejores discípulos del maestro de armas más famoso. En cuanto disponía de algún rato, en vez de dedicarse a leer como antes, se iba al picadero y pedía los caballos más resabiados. En los paseos con el picador casi siempre era derribado al suelo.

El marqués le encontraba útil a causa de su trabajo tenaz, de su silencio, de su inteligencia, y poco a poco le fue confiando los trámites de todos los asuntos difíciles de desenmarañar. En los momentos que le dejaba libre su extremada ambición, el marqués se dedicaba a los negocios con sagacidad; como estaba en condiciones de saber noticias, jugaba a la bolsa con fortuna. Compraba casas, bosques; pero se enfadaba fácilmente.

Daba centenares de luises y pleiteaba por centenares de francos. Los hombres acaudalados que tienen altas miras buscan en los negocios más la diversión que el resultado. El marqués necesitaba un jefe de estado mayor que pusiera en orden de una manera clara e inteligible todos sus asuntos de dinero.

La marquesa de La Mole, aunque de carácter tan mesurado, a veces se burlaba de Julien. Lo imprevisto que la sensibilidad trae consigo produce verdadero horror a las grandes damas, por ser la antítesis de las conveniencias. Dos o tres veces el marqués le defendió diciendo: «Si es ridículo en tu salón, en cambio triunfa en su escritorio». Julien, por su parte, creyó haber adivinado el secreto de la marquesa. Ésta se dignaba interesarse por todo en el momento en que anunciaban al barón de La Joumate. Era un ser frío, con una cara impasible. Era bajo, delgado, feo, muy bien vestido, pasaba la vida en palacio y, en general, no decía nada de nada. Ésta era su manera de pensar. La marquesa de La Mole hubiera sido apasionadamente dichosa, por primera vez en su vida, si hubiera podido convertirle en el marido de su hija.