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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 4. El palacio de La Mole
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Que fait-il ici? s'y plairait-il? penserait-il y plaire?
RONSARD

«¿Qué hace aquí? quí. ¿Se encontraría a gusto? ¿Pensaría agradar?»

Si todo le parecía extraño a Julien en el noble salón del palacio de La Mole, aquel joven pálido y vestido de negro les parecía a su vez muy singular a los que se dignaban fijarse en él. La señora de La Mole le propuso a su marido que le mandara fuera con algún encargo, cuando tuvieran a ciertos personajes invitados a comer.

-Quiero llevar la experiencia hasta el fin -respondió el marqués-. El padre Pirard pretende que estamos en un error al herir el amor propio de la gente que admitimos a nuestro lado. Uno sólo se apoya en lo que resiste, etc. Éste sólo desentona por ser una cara desconocida, por lo demás es sordomudo.

«Para poder identificarlos más fácilmente -se dijo Julien-, voy a anotar los nombres y unos cuantos rasgos sobre el carácter de las personas que voy conociendo en este salón.»

En primer término puso a cinco o seis amigos de la casa que le hacían la corte por si acaso, suponiéndole protegido por un capricho del marqués. Eran pobres peleles, más o menos insignificantes; pero, preciso es decirlo en honor de esta clase de hombres, tal y como suelen encontrarse hoy en día en los salones de la aristocracia, no eran igualmente serviles con todo el mundo- Alguno de ellos se hubiera dejado maltratar por el marqués y, en cambio, revuelto contra una palabra dura que le hubiese dirigido la señora de La Mole.

Había demasiado orgullo y demasiado hastío en el fondo del carácter de los dueños de la casa; estaban demasiado habituados a ultrajar por distraerse, para que pudiesen esperar tener amigos verdaderos. Pero, excepción hecha de los días de lluvia y de las crisis agudas de aburrimiento feroz, que eran raras, siempre se comportaban con la más exquisita cortesía.

Si los cinco o seis aduladores que le demostraban a Julien una amistad tan paternal hubiesen desertado del palacio de La Mole, la marquesa se habría visto expuesta a grandes momentos de soledad; y para las mujeres de su rango la soledad es horrible: es el símbolo de la desgracia.

El marqués era irreprochable con su mujer; procuraba que su salón estuviera suficientemente frecuentado; no por pares, pues, no encontraba a sus nuevos colegas lo bastante nobles para que fuesen a su casa como amigos, ni lo bastante divertidos para admitirlos como inferiores.

Julien no penetró en estos secretos hasta mucho más tarde. La política dirigente, que constituye el principal tema de conversación en las casas burguesas, sólo se abordaba en las de la clase del marqués en momentos de desesperación.

Tal es aún, incluso en este siglo tan aburrido, el dominio que ejerce la necesidad de divertirse, que hasta los días en que había una cena, apenas el marqués abandonaba el salón, todo el mundo desaparecía. Con tal de no hacer burlas sobre Dios, los curas, el rey, la gente del gobierno, los artistas protegidos por la corte, o cualquiera de las cosas establecidas; con tal de no hablar bien de Béranger, ni de los periódicos de la oposición, ni de Voltaire, ni de Rousseau, ni de nada que supusiera una cierta libertad de palabra; sobre todo, con tal de no hablar jamás de política, se podía libremente discutir de todo.

No hay cien mil escudos de renta ni cordón azul que puedan luchar contra tal carta constitucional de salón. La menor idea viva era considerada una grosería. A pesar del buen tono, de la cortesía más exquisita, del deseo de ser agradables, en todos los semblantes se reflejaba el hastío. Los jóvenes que iban a cumplir con una obligación social, como temían hablar de algo que permitiese sospechar que tenían alguna idea propia o que delatara alguna lectura prohibida, se callaban después de alguna frase elegante sobre Rossini y el tiempo que hacía.

Julien observó que los que solían mantener viva la conversación generalmente eran dos vizcondes y cinco barones que el marqués de La Mole había conocido en la emigración. Aquellos señores disfrutaban de seis a ocho mil libras de renta; cuatro de ellos estaban a favor de La Quotidienne y tres de la Gazette de France. Uno de ellos llevaba todos los días alguna anécdota que contar de Palacio, donde no se escatimaba la palabra admirable. Julien observó que tenía cinco cruces, y los demás, por lo general, sólo tenían tres.

Como compensación, en la antesala se veían diez lacayos de librea; y durante toda la velada se servían helados o té cada cuarto de hora; y a eso de las doce, una especie de cena, con vino de Champagne.

Ésta era la causa que hacía quedarse a Julien algunas noches hasta el final. Por lo demás, apenas comprendía que nadie pudiera escuchar en serio la conversación corriente de aquel salón tan magníficamente adornado con molduras doradas. A veces miraba a los interlocutores para asegurarse de que ellos mismos no se burlaban de lo que decían. «Mi M. de Maistre, que me sé de memoria, ha dicho cosas cien veces más interesantes -pensaba-, y así y todo es bien aburrido.»

Julien no era el único en darse cuenta de aquella asfixia moral. Unos se consolaban tomando muchos helados; otros, dándose el gusto de decir el resto de la velada: «Vengo del palacio de La Mole, donde me han dicho que Rusia, etc.».

Julíen supo por uno de los aduladores que, aún no hacía seis meses, la señora de La Mole había recompensado una asiduidad de más de veinte años haciendo prefecto al pobre barón de Le Bourguignon, que desde la Restauración era subprefecto.

Aquel gran acontecimiento había aumentado el celo de todos aquellos señores, que, si antes se molestaban por muy poca cosa, ahora ya no se molestaban por nada. Muy raras veces se demostraba una manifiesta falta de consideración, pero dos o tres veces Julien había sorprendido en la mesa algunos breves diálogos entre el marqués y su mujer, crueles para los que estaban sentados a su lado. Aquellos nobles personajes no disimulaban su sincero desprecio por todo lo que no procedía de gente que hubiera montado en la carroza del rey. Julien observó que la palabra cruzada era la única que lograba dar a sus semblantes una expresión profundamente seria, mezclada de respeto. El respeto corriente tenía siempre un cierto matiz de complacencia.

En medio de toda aquella magnificencia y de aquel aburrimiento, Julien sólo se interesaba por el marqués de La Mole; un día le oyó protestar, con gran placer, que él no había intervenido para nada en el ascenso del pobre Le Bourguignon. Era una atención para con la marquesa, Julien sabía la verdad por el padre Pirard.

Una mañana que éste trabajaba con Julien en la biblioteca del marqués, en el eterno pleito de Frilair, dijo Julien de repente:

-Señor, el comer todos los días con la marquesa, ¿es uno de mis deberes, o es una consideración que tienen conmigo?

-¡Es un gran honor! -repuso el cura, escandalizado-. El señor N..., el académico, que desde hace quince años está haciendo una corte asidua, no ha podido conseguirlo para su sobrino, el señor Tanbeau.

-Para mí, padre, es la parte más penosa de mi empleo. Me aburría menos en el seminario. Algunas veces veo bostezar incluso a la misma señorita de La Mole, que debe de estar acostumbrada, sin embargo, a la amabilidad de los amigos de la casa. Tengo miedo de quedarme dormido. Por favor, consiga que me den permiso para ir a comer por cuarenta sueldos en una humilde posada.

El padre, auténtico advenedizo, era muy sensible a la honra de comer con un gran señor. Mientras se esforzaba en hacer comprender a Julien este sentimiento, un ligero ruido les hizo volver la cabeza. Julien vio a la señorita de La Mole que le estaba escuchando. Se sonrojó. Había venido en busca de un libro y lo había oído todo; sintió cierta consideración por Julien. «Éste no ha nacido de rodillas -pensó- como este viejo cura. ¡Dios mío, qué feo es!»

Durante la comida, Julien no se atrevía a mirar a la señorita de La Mole, pero ella tuvo la bondad de dirigirle la palabra. Aquel día esperaban mucha gente, ella le instó a que se quedara. Las muchachas de París no gustan mucho de la gente de cierta edad, sobre todo cuando viste con desaliño. Julien no necesitó mucha sagacidad para darse cuenta de que los colegas del señor Le Bourguignon, que se habían quedado en el salón, tenían el honor de ser el objeto de las continuas bromas de la señorita de La Mole. Aquel día, hubiese o no afectación por su parte, fue cruel con los fastidiosos.

La señorita de ha Mole era el centro de un pequeño grupo que se reunía casi todas las noches detrás de la inmensa poltrona de la marquesa. De él formaban parte el marqués de Croisenois, el conde de Caylus, el, vizconde de Luz y otros dos o tres oficiales jóvenes amigos de Norbert, o de su hermana. Todos aquellos señores se sentaban en un gran sofá azul. Al extremo del sofá, precisamente al lado opuesto del que ocupaba la brillante Mathilde, hallábase silencioso Julien, sentado en una silla de anea bastante baja. Aquel modesto lugar era envidiado por todos los aduladores; Norbert mantenía en él decorosamente al joven secretario de su padre, dirigiéndole la palabra o nombrándole un par de veces durante la velada. Aquel día, la señorita de La Mole le preguntó cuál podría ser la altura de la montaña en que está situada la ciudadela de Besancon. Julien fue absolutamente incapaz de decir si aquella montaña era o no más alta que Montmartre. A menudo se reía de buena gana de lo que se hablaba en aquel grupo; pero se sentía incapaz de inventar nada semejante. Le parecía como una lengua extranjera, que entendiera y admirara, pero que no supiera hablar.

Los amigos de Mathilde manifestaban aquella noche una continua hostilidad contra todos los que iban llegando al gran salón. Al principio los amigos de la casa gozaron de prioridad, por ser los más conocidos. Puede suponerse que Julíen estaría atento; todo le interesaba, lo mismo el fondo de las cosas que el modo de burlarse de ellas.

-¡Ah! Ahí está el señor Descoulis -dijo Mathilde-, ya no lleva peluca; ¿será que pretende llegar a la prefectura por su talento? ¿Para ello exhibe esa calva, que según él está llena de grandes pensamientos?

-Es un hombre que conoce a todo el mundo -dijo el marqués de Croisenois-; también frecuenta la casa de mi tío el cardenal. Es capaz de cultivar una mentira en cada uno de sus amigos durante años enteros, y tiene doscientos o trescientos amigos. Su talento consiste en saber cultivar la amistad. Ahí donde le ven ustedes, a las siete de la mañana, en invierno, ya está lleno de barro, llamando a la puerta de alguno de sus amigos.

»Riñe con la gente de cuando en cuando, y escribe siete u ocho cartas con motivo del enfado. Luego se reconcilia, y escribe otras siete u ocho cartas llenas de arrebatos de amistad. Pero en donde brilla a gran altura es en la expansión franca y sincera del hombre honrado que no oculta el menor secreto en su corazón. Recurre a este procedimiento cuando tiene que pedir un favor. Uno de los vicarios generales de mi tío es admirable contando la vida y milagros del señor Descoulis desde la Restauración. Os lo traeré un día.

-¡Bah! No creería una sola palabra de todo lo que diga; ésos son celos del oficio entre gente de poca monta -dijo el conde de Caylus.

-El nombre del señor Descoulis tendrá un puesto en la historia -repuso el marqués-. Ha hecho la Restauración con el padre de Pradt, y con Talleyrand y Pozzo di Borgo.

-Es un hombre que ha manejado millones -dijo Norbert-, y no concibo cómo viene aquí a soportar los epigramas de mi padre, que suelen ser feroces. «¿Cuántas veces ha hecho usted traición a sus amigos?», le decía, días pasados, de un extremo a otro de la mesa.

-Pero, ¿es cierto que ha hecho traición? erijo la señorita de La Mole-. ¿Y quién no habrá traicionado a alguien?

-¡Cómo! -dijo el conde de Caylus a Norbert-, ¿en su casa el señor Sainclair, ese famoso liberal? ¿Y qué diablos viene a hacer aquí? Es preciso que yo le aborde, que le hable, que le haga hablar; dicen que tiene mucho ingenio.

-Pero, ¿cómo va a recibirle tu madre? -dijo el marqués de Croisenois-. Tiene unas ideas tan extravagantes, tan generosas, tan independientes...

-Miren ustedes -dijo la señorita de La Mole-, miren al hombre independiente cómo saluda a monsieur Descoulis, inclinándose hasta el suelo, y cómo le estrecha la mano. Creí que iba a besársela.

-Descoulis debe de estar con el poder en mejores relaciones de lo que nosotros nos figuramos -repuso Croisenois.

-Sainclair viene aquí para ser de la Academia -dijo Norbert-, miren cómo saluda al barón L..., Croisenois.

-Sería menos rastrero ponerse de rodillas -repuso el vizconde de Luz.

-Mi querido Sorel -dijo Norbert-, usted, que tiene talento, pero que acaba de llegar de sus montañas, procure no saludar nunca como ese gran poeta ni al mismo Dios Padre.

-Aquí tenemos al hombre de ingenio por excelencia, al barón Báton -dijo la señorita de La Mole, remedando un poco la voz del lacayo que acababa de anunciarle.

-Yo creo que hasta los criados se burlan de él. ¡Qué nombre, barón Báton! -dijo el conde de Caylus.

-«¿Qué importa el nombre?», nos decía el otro día -repuso Mathilde-. Figúrense ustedes al duque de Bouillon anunciado por vez primera: yo creo que a la gente lo que le falta es acostumbrarse un poco...

Julien se apartó del grupo del sofá. Poco sensible todavía a las encantadoras sutilezas de la burla ligera, para reírse de una broma necesitaba que tuviera fundamento. En general, en la charla de aquellos jóvenes sólo percibía el tono despectivo, y ello le molestaba. Su pudor provinciano o inglés llegaba hasta creer que encerraba un poco de envidia, en lo cual, desde luego, se equivocaba.

«El conde Norbert -se decía-, que necesita hacer tres borradores para escribir una carta de veinte líneas a su coronel, se consideraría muy dichoso si hubiese escrito en su vida una página como las del señor Sainclair.»

Logrando pasar inadvertido a causa de su poca importancia, Julien se acercó sucesivamente a varios grupos; seguía de lejos al barón Báton y quería oírle. Aquel hombre de tanto ingenio tenía un aire inquieto, y Julíen sólo le vio rehacerse un poco después de haber lanzado tres o cuatro frases punzantes. A Julien le pareció que aquella clase de talento necesitaba espacio.

El barón era incapaz de decir una frase sola; necesitaba, por lo menos, cuatro frases de seis líneas cada una para ser brillante.

-Este hombre diserta, no habla -dijo alguien detrás de Julien.

Éste se volvió y enrojeció de placer al oír nombrar al conde Chalvet. Es el hombre más fino del siglo. Julien había encontrado su nombre en el Memorial de Santa Elena y en los trozos de historia dictados por Napoleón. El conde Chalvet era parco en palabras; sus rasgos de ingenio eran como un relámpago, certeros, vivos, a veces profundos. Si hablaba de cualquier tema, al punto la discusión avanzaba un paso. Siempre aducía hechos, daba gusto oírle. Por lo demás, en política era un cínico desvergonzado.

-Yo soy independiente -decía a un señor que ostentaba tres placas, y del que, al parecer, se estaba burlando-. ¿Por qué quieren que tenga hoy la misma opinión que hace seis semanas? En este caso, mi opinión sería mi tirano.

Cuatro jóvenes graves que le rodeaban torcieron el gesto; a aquellos señores no les gustaban las bromas. El conde vio que había ido demasiado lejos. Felizmente descubrió al honrado señor Balland, tartufo de la honradez. El conde se puso a hablar con él: la gente se acercó, pues comprendieron que el pobre Balland iba a ser sacrificado. A fuerza de moral y de moralidad, aunque horriblemente feo, y después de haber iniciado su carrera en el gran mundo, de una forma muy difícil de contar, Balland se casó con una mujer muy rica, que murió; luego con una segunda mujer, también riquísima, a quien nunca se veía en sociedad. Balland disfruta con gran humildad de sesenta mil libras

de renta y, a su vez, tiene aduladores. El conde Chalvet le habló de todo esto, de una manera despiadada. Pronto se vieron rodeados por un círculo de treinta personas. Todos sonreían, incluso los jóvenes graves, esperanza del siglo.

«¿Por qué viene a casa del marqués de La Mole, si evidentemente es el hazmerreír de todos?», pensó Julien. Se acercó al padre Pirard para preguntárselo.

El señor Balland se marchó con disimulo.

-¡Bueno! -dijo Norbert-, ya se ha marchado uno de los espías de mi padre; ya sólo queda el cojo Napier.

«¿Será ésa la clave del enigma? -pensó Julien-. Pero, en este caso, ¿por qué recibe el marqués al señor Balland?»

El severo padre Pirard torcía el gesto en un rincón del salón al oír cómo los lacayos anunciaban a los que iban llegando.

-Esto es pues una caverna -decía como Basile-; sólo veo llegar a gentes taradas.

Y es que el severo cura no conocía nada de lo que rodea a la alta sociedad. Pero por sus amigos los jansenistas tenía una noción bastante exacta de aquellos hombres que sólo logran entrar en los salones gracias a su extremada destreza al servicio de todos los partidos, o a su fortuna escandalosa. Aquella noche, durante un rato, contestó con toda su alma a las preguntas insistentes de Julien, luego se calló de repente, desolado de tener siempre que hablar mal de todo el inundo y considerándolo como un pecado. Bilioso, jansenista y creyente en el deber de la caridad cristiana, su vida en sociedad era una lucha.

-¡Qué cara tiene ese padre Pirard! -comentaba la señorita Mathilde cuando Julien volvía hacia el sofá.

Julien se sentó irritado y, sin embargo, ella tenía razón. El padre Pirard era indudablemente el hombre más honrado del salón, pero su cara, llena de manchas rojas, contraída por los remordimientos de su conciencia, le hacía resultar repugnante en aquel momento. «Fíese usted de las fisonomías -pensó Julien-; cuando el padre Pirard, en su delicadeza, se reprocha algún pecadillo es cuando tiene un aspecto más odioso; en cambio, en la cara de Napier, espía reconocido por todos, se lee una expresión de felicidad pura y tranquila.» El padre Pirard había hecho, sin embargo, muchas concesiones a su partido: había tomado un criado y se vestía muy bien.

Julien notó algo raro en el salón; todas las miradas se dirigieron a la puerta y repentinamente se hizo casi el silencio. El lacayo anunciaba al famoso barón de Tolly, sobre el cual las recientes elecciones habían atraído todas las miradas. Julien se adelantó y le vio muy bien. El barón presidía un colegio electoral: tuvo la feliz idea de escamotear los cuadraditos de papel en que figuraban los votos a favor de uno de los partidos. Mas para que hubiese compensación, los reemplazaba por otros trocitos de papel en los que figuraba el nombre de un candidato que le era grato. Esta maniobra decisiva fue descubierta por unos cuantos electores, que se apresuraron a felicitar al barón de Tolly. El buen hombre estaba aún pálido a consecuencia de esta hazaña. Gentes mal intencionadas habían pronunciado la palabra galeras. El marqués de La Mole le recibió con frialdad. El pobre barón se apresuró a desaparecer.

-Si nos abandona tan pronto es porque va a casa del señor Comte1 -dijo el conde Chalvet, provocando la hilaridad general.

En medio de algunos grandes señores taciturnos, y de unos cuantos intrigantes, tarados en su mayoría, pero todos gente de talento, que aquella noche se iban sucediendo en el salón del marqués de La Mole (se decía que le iban a dar un ministerio), hacía sus primeras armas el joven Tanbeau. Si bien no tenía aún la finura de las observaciones, se desquitaba, como veremos, por la energía de sus palabras.

-¿Por qué no condenar a este hombre a diez años de presidio? -decía en el momento en que Julien se acercaba a su grupo-. A los reptiles hay que encerrarles en el fondo de un calabozo y dejarles que se mueran a la sombra, para que su veneno no se haga más fuerte y más peligroso. ¿De qué sirve imponerle mil escudos de multa? ¿Que es pobre? Bueno, tanto mejor; pero su partido pagará por él. Merecía quinientos francos de multa y diez años de calabozo.

«¡Dios santo! ¿Quién será el monstruo de quien están hablando?», pensó Julien, que admiraba el tono vehemente y los ademanes bruscos de su colega. La cara pequeña, delgada y consumida del sobrino favorito del académico era odiosa en aquel momento. Julien no tardó en descubrir que hablaban del poeta más grande de la época.

-¡Ah, monstruo! -exclamó Julien a media voz, al tiempo que se le humedecían los ojos con lágrimas generosas-. ¡Ah, miserable! Ya me pagarás este comentario.

-«¡Éstos son, sin embargo -pensaba-, los hijos pródigos del partido del que el marqués es uno de los jefes! Y este hombre ilustre, a quien calumnia, ¿cuántas cruces y sinecuras no habría acumulado si se hubiera vendido, no digo ya al ministerio ramplón del señor de Nerval, sino a cualquiera de esos ministros pasablemente honrados que hemos visto sucederse?»

El padre Pirard le hizo desde lejos una seña a Julien; el marqués de La Mole le acababa de decir algo. Pero cuando Julien, que en aquel momento escuchaba con los ojos bajos las lamentaciones de un obispo, se vio libre al fin y pudo acercarse a su amigo, lo encontró acaparado por ese abominable pequeño Tanbeau. Aquel pequeño monstruo odiaba a Pirard por considerarle el causante del favor de Julien y le hacía la corte.

«¿Cuándo nos librará la muerte de toda esta vieja podredumbre?» En estos términos de energía bíblica estaba hablando aquel ruin literato del respetable lord Holland. Su único mérito consistía en saber muy bien la biografía de todos los personajes de su época, y acababa de pasar una rápida revista a todos los que podían aspirar a ejercer alguna influencia en el reinado del nuevo rey de Inglaterra.

El padre Pirard pasó a un salón contiguo; Julien le siguió.

-El marqués no es amigo de los escritorzuelos, se lo advierto; es su única antipatía. Sepa usted latín, griego si es posible, la historia de los egipcios y de los persas, etc., y le honrará y le protegerá como a un sabio. Pero no se le ocurra escribir una página en francés, sobre todo tratando de materias graves y que estén por encima de su posición en el mundo, porque le llamaría escritorzuelo y le tomaría tirria. ¿Cómo, viviendo en el palacio de un gran señor, no sabe usted la frase del duque de Castries sobre d'Alembert y Rousseau? «¡Quieren entender de todo y no tienen mil escudos de renta!»

«¡Aquí, como en el seminario, todo se sabe! -pensó Julien. Había escrito ocho o diez páginas, bastante enfáticas: eran una especie de elogio histórico del viejo cirujano mayor, que, según él, le había hecho hombre-. ¡Y este pequeño cuaderno -se dijo Julienha estado siempre guardado bajo llave!» Subió a su cuarto, quemó el manuscrito y volvió al salón. Los brillantes sinvergüenzas se habían marchado, sólo quedaban los señores condecorados.

En torno a la mesa, que los criados acababan de traer ya servida, había siete u ocho damas muy nobles, muy devotas, muy afectadas, de treinta a treinta y cinco años. La brillante mariscala de Fervaques entró excusándose por lo tarde que llegaba; era más de medianoche. Fue a colocarse junto a la marquesa. Julien se emocionó profundamente; tenía los mismos ojos y la misma mirada que la señora de Rénal.

La señorita de La Mole, en un grupo aún nutrido de amigos, se dedicaba a burlarse del desgraciado conde de Thaler. Era hijo único del famoso judío, célebre por las riquezas que había adquirido prestando dinero a los reyes para hacer la guerra a los pueblos. El judío acababa de morirse, dejando a su hijo cien mil escudos de renta al mes y un nombre, por desgracia, demasiado conocido. Esta posición singular hubiera exigido una gran sencillez de carácter o mucha fuerza de voluntad.

Por desgracia, el conde no era más que un buen muchacho adornado con todo género de pretensiones que le inspiraban sus aduladores.

El señor de Caylus pretendía que le habían metido en la cabeza pedir en matrimonio a la señorita de La Mole (a la que cortejaba el marqués de Croisenois, que sería duque y tendría cien mil libras de renta).

-¡Ah! No le acuséis de tener voluntad -decía Norbert compasivamente.

Tal vez el principal defecto del pobre conde de Thaler era la falta de voluntad. Por esta cualidad de su carácter hubiera merecido ser rey. Aconsejándose siempre con todo el mundo, no tenía el valor de seguir hasta el fin ningún parecer.

-Su fisonomía -decía la señorita de La Mole- habría bastado por sí sola para producirle una alegría eterna.

Era una mezcla singular de inquietud y descorazonamiento; pero de vez en cuando se advertían en él algunos ramalazos de importancia y de aquel aire tajante que ha de tener el hombre más rico de Francia, sobre todo cuando posee una buena figura y no cuenta aún treinta y seis años.

-Es tímidamente insolente -decía el marqués de Croisenois.

El conde de Caylus, Norbert y otros tres o cuatro jóvenes con bigote le tomaron el pelo cuanto quisieron, sin que él se diera cuenta de ello, y finalmente le despidieron al dar la una:

-¿Son sus famosos caballos árabes los que le están esperando a usted a la puerta con el tiempo que hace? -dijo Norbert.

-No, es un tiro nuevo, mucho menos caro -respondió el conde de Thaler-. El caballo de la izquierda no cuesta cinco mil francos, y el de la derecha no vale más de cien luises; pero espero que me crean ustedes si les digo que sólo lo hago enganchar de noche, y eso porque tiene un trote exactamente igual al del otro.

La observación de Norbert hizo pensar al conde que era propio de un hombre como él tener la pasión de los caballos y que convenía que los suyos no se mojasen. Marchóse, y aquellos señores salieron un momento después, burlándose de él.

Al oír cómo se reían por la escalera, Julien se dijo: «¡He tenido ocasión de ver el extremo opuesto de mi situación! No tengo veinte luises de renta al año, y he estado codeándome con un hombre que tiene veinte luises de renta por hora, y se burlan de él... Haber visto esto es una cura contra la envidia».