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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 3. Los primeros pasos
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Ese valle inmenso, lleno de luces esplendorosas y
de miles de hombres, deslumbra mi vista.
Ninguno me conoce.
Todos son superiores a mí. Pierdo la cabeza.
REINA (Poemi dell'av)

Al día siguiente, muy temprano, estaba Julien en la biblioteca escribiendo cartas cuando se abrió una pequeña puerta de escape, muy bien disimulada por las estanterías llenas de libros, y entró la señorita Mathilde. Mientras Julien admiraba aquel mecanismo, la señorita Mathilde parecía muy contrariada de encontrarle allí. A Julien le pareció que con los rulos tenía un aire duro, altivo y casi masculino. La señorita de La Mole poseía el secreto de robar libros en la biblioteca de su padre, sin que nadie lo notara. La presencia de Julien hacía inútil su incursión matutina, lo que la contrarió tanto más cuanto que iba a buscar el segundo tomo de La princesa de Babilonia, de Voltaire, ¡digno complemento de una educación eminentemente monárquica y religiosa, obra maestra de las monjas del Sagrado Corazón! Aquella pobre muchacha, a los diecinueve años, necesitaba ya de lo picante del ingenio para interesarse por una novela.

El conde Norbert apareció por la biblioteca a eso de las tres; iba a estudiar un periódico para poder hablar de política por la noche, y le agradó encontrar a Julien, a quien había olvidado por completo. Estuvo correctísimo con él: le invitó a montar a caballo.

-Mi padre nos da permiso hasta la hora de cenar.

Julien comprendió aquel nos y lo encontró encantador.

-¡Dios mío, señor conde! -dijo Julien-, si se tratara de derribar un árbol de ochenta pies de alto, desbastarlo y cortarlo en tablas, me atrevo a decir que lo haría bien; pero montar a caballo... no lo he hecho más de seis veces en mi vida.

-Bueno, pues hoy será la séptima -dijo Norbert.

En el fondo, Julien recordaba la entrada del rey de... en Verriéres, y creía que montaba maravillosamente a caballo. Pero al volver del bosque de Bolonia y querer esquivar bruscamente un coche en medio de la calle de Bac, se cayó, llenándose de barro. Afortunadamente tenía dos trajes. Durante la cena, el marqués, para dirigirle la palabra, le preguntó qué tal había sido el paseo. Norbert se apresuró a contestar en términos generales.

-El señor conde me abruma con sus bondades -repuso Julien-, y yo se lo agradezco en lo que vale. Se ha dignado proporcionarme un caballo manso y dócil; pero no podía atarme a él, y, a falta de esta precaución, me he caído en medio de esa calle tan larga, cerca del puente.

La señorita Mathilde intentó en vano reprimir una carcajada; luego, en su indiscreción, pidió detalles de la caída. Julien salió del paso con mucha sencillez; tuvo gracia sin darse cuenta de ello.

-Le auguro un buen porvenir a este joven cura -le dijo el marqués al académico-; ¡un sencillo provinciano, en semejante situación, es algo que no se ha visto nunca ni creo que vuelva a verse jamás! ¡E incluso se atreve a contar su desgracia delante de las señoras!

Julien logró entretener de tal modo a sus oyentes mientras hablaba de su infortunio, que al final de la comida, cuando la conversación general tomó otro rumbo, la señorita Mathilde preguntaba a su hermano detalles del desgraciado accidente. Como sus preguntas continuaban y la mirada de Julien se cruzó varias veces con la de ella, se atrevió a contestar directamente, aunque no le hubiese dirigido la pregunta a él, y los tres acabaron riendo como si fuesen tres jóvenes aldeanos que charlaran en el fondo de un bosque.

Al día siguiente, Julien asistió a dos clases de teología y volvió luego a transcribir una veintena de cartas. Encontró instalado cerca de él, en la biblioteca, a-un joven atildadamente vestido, pero de aspecto ruin y expresión en la que aparecía retratada la envidia.

Entró el marqués.

-¿Qué hace usted aquí, señor Tanbeau? -le dijo a aquel individuo en tono severo.

-Creía... -repuso el joven, sonriendo rastreramente.

-No, señor, usted no creía nada. Ha probado usted suerte, pero le ha salido mal.

El joven Tanbeau se levantó furioso y desapareció. Era un sobrino del académico amigo de la marquesa de La Mole, y quería dedicarse a las letras. El académico había conseguido que el marqués le tomara como secretario. Tanbeau, que trabajaba en un cuarto apartado, al saber el favor de que gozaba Julien, quiso compartirlo, y por la mañana fue a instalar su escribanía en la biblioteca.

A las cuatro, después de dudarlo un poco, Julien se atrevió a presentarse en los aposentos del conde Norbert. Éste se disponía a montar a caballo, y se azoró un tanto, pues era extremadamente cortés.

-Creo -le dijo a Julien- que pronto empezará usted a ir al picadero; y dentro de pocas semanas estaré encantado de montar a caballo con usted.

-Quería tener el honor de dar las gracias al señor conde por sus bondades para conmigo, y puede creerme que sé perfectamente cuánto le debo. Si su caballo no está herido a consecuencia de mi torpeza de ayer, y está libre, desearía montarlo hoy.

-Bueno, mi querido Sorel, pero por su cuenta y riesgo. Suponga usted que le he hecho todas las objeciones que aconseja la Prudencia; el hecho es que son las cuatro y no tenemos tiemPo que perder.

Una vez a caballo, Julien preguntó al joven conde:

-¿Qué hay que hacer para no caerse?

-Muchas cosas -respondió Norbert riendo a carcajadas-: por ejemplo, echar el cuerpo hacia atrás.

Julien emprendió un trote largo. Estaban en la plaza de Luis XVI.

-¡Joven temerario -le dijo Norbert-, hay demasiados coches y en su mayor parte guiados por imprudentes! Si cae usted, sus tíl- buris pasarán por encima de su cuerpo; no van a arriesgarse a estropear la boca de su caballo, parándolo en seco.

Veinte veces vio Norbert a Julien a punto de caer; pero el paseo terminó al fin sin ningún accidente. Al volver, el joven conde dijo a su hermana:

-Te presento un jinete temerario.

En la comida, hablando con su padre de un extremo a otro de la mesa, hizo justicia al atrevimiento de Julien; era lo único digno de elogio en su modo de montar a caballo. El joven conde había oído por la mañana cómo los mozos que limpiaban los caballos en el patio aprovechaban la caída de Julien para burlarse de él despiadadamente.

A pesar de tantas bondades, pronto Julien se sintió completamente aislado en medio de aquella familia. Todas sus costumbres le parecían extrañas, y no lograba adaptarse a ellas. Sus torpezas eran la diversión de los criados.

El padre Pirard se había marchado a su parroquia. «Si Julien no es más que una débil caña, que se hunda; si es un hombre de corazón, que salga adelante por su propio esfuerzo», pensaba.