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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 2. Entrada en el gran mundo
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¡Ridículo y conmovedor recuerdo, el del
primer salón en el cual, a los dieciocho años,
hice mi entrada solo y sin ayuda de nadie! La mirada de una
mujer bastaba para intimidarme. Cuanto mayor era mi
deseo de agradar, más torpe resultaba. Todo lo interpretaba
mal; tan pronto me confiaba
sin motivo, como veía en cualquiera un enemigo,
porque me había mirado con gravedad. Pero en medio
de los horribles tormentos de mi timidez,
¡qué bello era entonces un hermoso día!
KANT

Julien se paraba, embobado, en medio del patio.

-Vamos, sea usted razonable -le dijo el padre Pirard-; ¡se le ocurren ideas tremendas, y luego no es usted más que un niño! ¿Dónde está el nil mirari de Horacio? (No entusiasmarse con nada.) Piense que esta turba de lacayos, al verle instalado aquí, tratará de burlarse de usted; verán en usted a un igual, al que injustamente han situado por encima de ellos. Aparentando bondad, buenos consejos, deseos de guiarle, tratarán de hacerle cometer alguna burda equivocación.

-Les desafío a ello -dijo Julien, mordiéndose los labios y recobrando toda su desconfianza.

Los salones que atravesaron estos señores en el primer piso, antes de llegar al gabinete del marqués, habrían parecido a mis lectores tan tristes como magníficos. Si os los dieran tal y como están, os negaríais a vivir en ellos; parecían la patria del bostezo y de los pensamientos tristes. En cambio, aumentaron el embeleso de Julíen. «¡Cómo puede ser desgraciado -pensaba- quien habite una mansión tan espléndida!»

Por fin, estos señores llegaron a la más fea de todas las habitaciones de aquel soberbio edificio: apenas si había luz; allí encontraron a un hombrecillo delgado, de mirada despierta y con una peluca rubia. El padre se volvió hacia Julien y le presentó. Era el marqués. A Julien le costó mucho trabajo reconocerle, tan cortés lo encontró. No era ya el gran señor, de porte altanero, de la abadía de Bray-le-Haut. A Julien le pareció que su peluca tenía demasiado pelo. Al darse cuenta de esto, no se sintió intimidado en lo más mínimo. Al principio, le pareció que el descendiente de Enrique III tenía un aspecto bastante mezquino. Estaba muy delgado y se movía mucho. Pero muy pronto advirtió que el marqués tenía una cortesía mucho más agradable para su interlocutor que la del propio obispo de Besancon. La audiencia apenas duró tres minutos. Al salir, el sacerdote le dijo a Julien:

-Ha mirado usted al marqués como si estuviese contemplando un cuadro. No soy un gran experto en lo que estas gentes llaman cortesía, pronto sabrá usted mucho más que yo; pero, en fin, la osadía de su mirada me ha parecido poco correcta.

Habían vuelto a subir al coche; el cochero se detuvo cerca del bulevar; el cura introdujo a Julien en una serie de grandes salones. Julien observó que no estaban amueblados. Estaba mirando un magnífico reloj dorado, que, a su entender, representaba un tema muy indecente, cuando se acercó a él, sonriendo, un señor muy elegante. Julien inició un saludo.

El señor sonrió y le puso la mano en el hombro. Julien se estremeció y dio un salto atrás. Estaba rojo de cólera. El padre Pirard, a pesar de su gravedad, se rió hasta que se le saltaron las lágrimas. El señor en cuestión era un sastre.

-Le dejo a usted en libertad -le dijo al salir- durante dos días; sólo entonces podrá ser presentado a la señora de La Mole. Otro quizá le vigilaría a usted como a una cándida doncella en estos primeros momentos de su estancia en esta nueva Babilonia; si ha de perderse, piérdase cuanto antes, y me veré libre de la debilidad de preocuparme por usted. Pasado mañana, por la mañana, el sastre le enviará dos trajes; dará usted cinco francos al

aprendiz que se los pruebe. Por lo demás, procure que estos parisienses no oigan el sonido de su voz. Si dice una palabra, encontrarán el medio de burlarse de usted. Es su especialidad. Pasado mañana a mediodía vaya a mi casa... Ahora vaya y piérdase... ¡Ah!, se me olvidaba, encargue unos zapatos, camisas y un sombrero en los sitios indicados aquí.

Julien miraba la letra en que estaban escritas aquellas señas.

-Es letra del marqués -dijo el padre-; es un hombre activo que todo lo prevé y que prefiere hacer a mandar. Le toma a usted a su servicio para que le ahorre esta clase de molestias. ¿Tendrá usted bastante talento para ejecutar bien todas las cosas que este hombre despierto y sagaz le indicará con medias palabras? Esto es lo que nos dirá el porvernir; ¡cuidado con lo que hace!

Julien entró sin decir una palabra en casa de los comerciantes que indicaban las, señas; observó que era recibido con respeto, y el zapatero, al escribir su nombre en su libro, puso señor Julien de Sorel.

En el cementerio del Pére-Lachaise, un señor muy obsequioso, y aún más liberal en sus palabras, se ofreció para indicar a Julien la tumba del mariscal Ney, a la que una sabia política ha privado del honor de un epitafio. Pero al separarse de aquel liberal, que con lágrimas en los ojos casi le estrechaba entre sus brazos, Julien se había quedado sin reloj. Adiestrado con esta experiencia, dos días después, a las doce del día, se presentó al padre Pirard, que le miró muy detenidamente.

-Puede que se convierta usted en un fatuo -le dijo el cura con severidad.

Julien tenía el aspecto de un hombre muy joven, vestido de luto riguroso; en realidad estaba muy bien, pero el buen cura era aún demasiado provinciano para darse cuenta de que Julien conservaba todavía aquel movimiento de hombros que en los pueblos es considerado como un signo de elegancia e importancia al propio tiempo. Al ver a Julien, el marqués juzgó sus gracias de un modo tan distinto al del buen cura, que le dijo:

-¿Pondría usted algún reparo a que el señor Sorel tomara lecciones de baile?

El padre quedó como petrificado.

-No -respondió al fin-, Julien no es sacerdote.

El marqués, subiendo de dos en dos los peldaños de una escalerilla excusada, fue en persona a instalar a nuestro héroe en una linda buhardilla que daba sobre el inmenso jardín del palacio. Le preguntó cuántas camisas se había encargado en casa del camisero.

-Dos -respondió Julien, intimidado al ver a un señor tan poderoso descender a tan pequeños detalles.

-Muy bien -repuso el marqués con aire serio y con cierto tono imperativo y breve, que dio que pensar a Julien-; ¡muy bien! Encárguese otras veintidós. Aquí tiene usted el primer trimestre de su sueldo.

Al bajar de la buhardilla, el marqués llamó a un hombre de edad.

-Arsenio -le dijo-, encárguese de servir al señor Sorel.

Pocos momentos después, Julien se encontró solo en una magnífica biblioteca; aquel momento fue delicioso. Para que no le sorprendieran en medio de su emoción, fue a ocultarse en un rincón oscuro, desde donde contemplaba en éxtasis el lomo brillante de los libros: «¡Podré leer todo esto! -se decía-. ¿Cómo podría no encontrarme a gusto aquí? El señor de Rénal se hubiera creído deshonrado para siempre con la centésima parte de lo que el marqués de La Mole acaba de hacer por mí. Pero veamos las copias que hay que hacer».

Terminado este trabajo, Julien se atrevió a acercarse a los libros; estuvo a punto de volverse loco de alegría al encontrarse con una edición de Voltaire. Corrió a abrir la puerta de la biblioteca para no ser sorprendido. Luego se dio el gusto de hojear uno por uno los ochenta volúmenes. Estaban magníficamente encuadernados, eran la obra maestra del mejor artesano de Londres. No hacía falta tanto para que llegase a su colmo la admiración de Julien.

Una hora después entró el marqués, miró las copias y notó con asombro que Julien escribía ello con i griega, eyo. «¿Será un cuento todo lo que me ha dicho el padre de su ciencia?»

El marqués, muy desencantado, le dijo con dulzura:

-¿No está usted seguro de su ortografía?

-Es cierto -dijo Julien, sin pensar ni remotamente en el daño que se hacía; estaba emocionado por las bondades del marqués, que le recordaban, por contraste, el tono áspero del señor de Rénal.

«Toda la experiencia de este buen padre del banco Condado es tiempo perdido; pero ¡tenía tanta necesidad de un hombre fiel!», pensó el marqués.

-Ello se escribe con elle -le dijo el marqués-. Cuando termine usted las copias, busque en el diccionario las palabras de cuya ortografía no esté muy seguro.

A las seis-le mandó llamar; miró con pena evidente las botas de Julien.

-Tengo que reprocharme una falta; no le he dicho que tiene que vestirse todos los días a las cinco y media.

Julien le miraba sin comprender.

-Quiero decir ponerse calzón corto y medias. Arsenio se encargará de recordárselo; hoy yo le excusaré.

Diciendo estas palabras, el marqués de La Mole hizo pasar a Julien a un gran salón resplandeciente de adornos dorados. En ocasiones semejantes, el señor de Rénal no dejaba nunca de apretar el paso para entrar el primero. La vanidad de su antiguo amo hizo que Julien caminase demasiado cerca del marqués y le pisase, haciéndole mucho daño a causa de la gota que padecía. «¡Ah!, encima es un palurdo», díjose éste. Le presentó a una señora alta y de aspecto imponente. Era la marquesa. A Julien le pareció que tenía un aire impertinente, un poco como la señora de Maugiron, la mujer del subprefecto de la circunscripción de Verriéres, cuando asistía a la comida del día de San Carlos. Un poco azorado por la magnificencia del salón, Julien no oyó lo que decía el marqués de La Mole. La marquesa apenas si se dignó mirarle. Estaban presentes varios hoces, entre los cuales Julien reconoció, con un placer indecible, al joven obispo de Agde, el que se dignara hablarle algunos meses antes en la ceremonia de Bray-le-Haut. Este joven prelado se asustó, sin duda, de las tiernas miradas que fijaba sobre él la timidez de Julien, y ni por asomo reconoció a aquel provinciano.

Julíen creyó advertir que los hombres reunidos en aquel salón tenían cierto aire triste y afectado; en París se habla bajo y no se exageran las cosas pequeñas.

Un joven guapo, con bigote, muy pálido y muy espigado, entró hacia las seis y media; tenía una cabeza muy pequeña.

-Siempre se ha de hacer esperar -le dijo la marquesa, a la que besó la mano.

Julien comprendió que aquél era el conde Norbert. Le pareció encantador desde el primer momento.

«¿Es posible -se decía- que sea éste el hombre cuyas bromas ofensivas han de echarme de esta casa?»

A fuerza de examinar al conde Norbert, Julien observó que llevaba botas altas y espuelas. «Y yo he de llevar zapatos, sin duda como signo de inferioridad.» Se sentaron a la mesa. Julien oyó a la marquesa que decía alguna palabra severa, levantando un poco la voz. Casi al mismo tiempo, vio a una joven extremadamente rubia y muy bien formada, que fue a sentarse frente a él. No le gustó; sin embargo, después de observarla atentamente, pensó que nunca había visto unos ojos tan hermosos, aun cuando reflejaban un alma muy fría. Luego Julien encontró que miraban con la expresión del aburrimiento que examina, pero que recuerda la obligación de inspirar respeto. «Los ojos de la señora de Renal también eran muy hermosos -se decía-, todo el mundo se los alababa», pero no tenían nada de común con éstos. Julien no poseía bastante conocimiento del mundo para distinguir que lo que hacía brillar de vez en cuando los ojos de la señorita Mathilde -así la oyó llamar- era el fuego de una maliciosa agudeza. Cuando los ojos de la señora de Renal se animaban, era por el fuego de la pasión o por efecto de una indignación generosa al escuchar el relato de alguna mala acción. Hacia el fin de la comida, Julien dio con una palabra que expresaba la clase de belleza de los ojos de la señorita de La Mole: «Son centelleantes», se dijo. Por lo demás, como se parecía cruelmente a su madre, la marquesa, que cada vez le gustaba menos, dejó de mirarla. En cambio, el conde Norbert le parecía admirable desde todos los puntos de vista. Julien estaba tan seducido, que no se le ocurrió sentir envidia ni odiarle porque era más noble y más rico que él.

A Julien le pareció que el marqués se aburría.

Cuando servían el segundo plato, el marqués se dirigió a su hijo:

-Norbert, solicito tus atenciones para con el señor Sorel, a quien acabo de dar un puesto en mi estado mayor y del cual pretendo hacer un hombre, si eyo es posible. Es mi secretario -le dijo el marqués a su vecino-, y escribe ello con i griega.

Todo el mundo miró a Julien, que hizo una inclinación de cabeza, quizá demasiado acentuada a Norbert; pero, en general, todo el mundo quedó satisfecho de su mirada.

El marqués debía de haber hablado sobre el género de educación que había recibido Julien, pues uno de los invitados le interpeló a propósito de Horacio: «Precisamente hablando de Horacio tuve un éxito con el obispo de Besancon -se dijo Julien-. Por lo visto no conocen más autor que ése». A partir de aquel momento, se sintió seguro de sí mismo. Este cambio de actitud le fue tanto más fácil cuanto que acababa de decidir que la señorita de La Mole no sería nunca a sus ojos una mujer. Desde su permanencia en el seminario, tenía un concepto muy bajo de los hombres, y difícilmente se dejaba intimidar por ellos. De hallarse el comedor amueblado con menos magnificencia, se hubiera sentido en posesión de toda su sangre fría. Lo que aún le intimidaba eran los enormes espejos, de ocho pies de alto cada uno, en los que veía a veces a su interlocutor hablando de Horacio. Sus frases no eran demasiado largas para un provinciano. Tenía unos hermosos ojos, cuya timidez, asustada o triunfante cuando la respuesta era feliz, duplicaba el brillo. Le encontraron agradable. Aquella especie de examen daba un poco de interés a una comida grave. El marqués animó con una seña al interlocutor de Julien para que le acorralara. «¿Será posible que sepa algo de veras?», pensaba.

Julien respondió inventando sus ideas y perdió una gran parte de su timidez para demostrar no ingenio, cosa imposible para quien no sabe el idioma que se habla en París, sino algunas ideas nuevas, aun cuando presentadas sin gracia y sin oportunidad, y se dieron cuenta de que dominaba perfectamente el latín.

El que discutía con Julien era un académico de las Inscripciones, que por casualidad sabía latín; encontró en Julien a un excelente humanista, perdió el temor de avergonzarle delante de todos y trató realmente de acorralarle. En el calor de la discusión, Julíen llegó a olvidar el magnífico mobiliario del comedor y acabó exponiendo sobre los poetas latinos unas cuantas ideas que su interlocutor no había leído en ninguna parte. Como hombre honrado que era, rindió honores al joven secretario. Felizmente, se entabló una discusión sobre si Horacio fue pobre o rico: un hombre amable, voluptuoso y despreocupado, que hacía versos por entretenimiento, como Chapelle, el amigo de Moliére y de La Fontaine, o un pobre diablo, un simple poeta laureado, que seguía a la corte y hacía odas para celebrar el cumpleaños del rey, como Southey, el acusador de lord Byron. Se habló del estado de la sociedad en las épocas de Augusto y de Jorge IV; en las dos épocas la aristocracia era todopoderosa; pero en Roma, Mecenas le había arrebatado el poder, sin ser más que un simple caballero, y en Inglaterra había reducido a Jorge 1V casi al estado de un dux de Venecia. Esta discusión pareció sacar al marqués del estado de sopor en que le había sumido el aburrimiento al principio de la comida.

Julien no entendía nada de los nombres modernos, como Southey, lord Byron, Jorge IV, que oía pronunciar por vez primera. Pero todo el mundo se dio cuenta de que, en cuanto se trataba de hechos ocurridos en Roma, y cuyo conocimiento podía deducirse de las obras de Horacio, de Tácito, de Marcial, etc., demostraba una superioridad incontestable. Julíen se apropió tranquilamente unas cuantas ideas que le había oído al obispo de Besancon en la famosa discusión que sostuvo con aquel prelado; ciertamente no fueron las menos celebradas.

Cuando se cansaron de hablar de los poetas, la marquesa, que se imponía como obligación admirar todo aquello que divertía a su marido, se dignó mirar a Julien.

-Los modales torpes de este joven clérigo ocultan quizás a un hombre instruido -le dijo a la marquesa el académico que se sentaba a su lado.

Julien oyó algo de lo que decía.

Las frases hechas eran bastante a propósito para el talento de la dueña de la casa; aceptó aquella que se refería a Julien, y se sintió muy satisfecha de haber invitado al académico a cenar. «Divierte al marqués de La Mole», pensaba.