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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 29. El primer ascenso
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Il a connu son siécle,
il a connu son département et il est riche.
Le Précurseur

Ha conocido su época, ha conocido su provincia, y es rico.. (El Precursor era un periódico de Lyon muy leído en París.)

Julien todavía no había vuelto en sí de la profunda ensoñación en que le había sumido el incidente de la catedral, cuando una mañana le llamó el-severo padre Pirard.

-El padre Chas-Bernard me escribe interesándose por usted. En términos generales, estoy bastante satisfecho de su conducta. Es usted imprudente en extremo, y hasta atolondrado, aunque no lo parezca; sin embargo, hasta ahora el corazón es bueno e incluso generoso; el talento, superior. En resumen, veo en usted una chispa que no hay que desatender. Después de quince años de trabajo, estoy a punto de abandonar esta casa: mi crimen consiste en haber dejado a los seminaristas a su libre albedrío y no haber protegido ni perseguido la sociedad secreta de que usted me habló en el tribunal de la penitencia. Antes de marcharme quiero hacer algo en su favor; ya lo habría hecho hace dos meses, pues usted se lo merece, sin la denuncia basada en las señas de Amanda Binet que le hallaron. Le nombro repetidor del Antiguo y Nuevo Testamento.

Julien, en un arrebato de agradecimiento, tuvo la idea de caer de rodillas dando gracias a Dios; pero cedió a un sentimiento más sincero. Se acercó al padre Pirard, y tomándole una mano se la llevó a los labios.

-¿Qué es esto? -exclamó el director con aire enojado; pero los ojos de Julien decían aún más que su acción.

El padre Pirard le miró con el asombro del hombre que desde hace muchos años ha perdido la costumbre de encontrar emociones delicadas. Esta atención traicionó al director; su voz se alteró.

-¡Pues bien, sí, hijo mío, te tengo afecto! Bien sabe Dios que es a pesar mío. Debiera ser justo y no sentir amor ni odio por nadie. Tu carrera será penosa. Veo en ti algo que ofende a lo vulgar. La envidia y la calumnia te perseguirán. Dondequiera te lleve la Providencia, tus compañeros jamás dejarán de odiarte; y si fingen tenerte cariño será para traicionarte con más facilidad. Contra esto no hay más que un remedio: confía sólo en Dios, que para castigar tu presunción te ha dado esta necesidad de ser odiado; que tu conducta sea pura, es el único recurso que veo para ti. Si te aferras a la verdad con todas tus fuerzas, tarde o temprano tus enemigos serán confundidos.

Hacía tanto tiempo que Julien no oía una voz amiga, que hay que perdonarle su debilidad: rompió a llorar. El padre Pirard le abrió los brazos; aquel instante fue muy dulce para los dos.

Julien estaba loco de alegría. Aquél era el primera ascenso que lograba; las ventajas eran inmensas. Para poder concebirlas es preciso haber estado condenado a pasar nueve meses enteros sin un momento de soledad y en contacto inmediato con compañeros cuando menos importunos y en su mayor parte insoportables. Solamente sus gritos serían suficientes para alterar un organismo delicado. Aquellos campesinos, bien alimentados y bien vestidos, no sabían disfrutar de su bulliciosa alegría, ni les parecía completa, si no gritaban con toda la fuerza de sus pulmones.

A partir de entonces, Julien comía solo, o casi solo, una hora más tarde que los demás seminaristas. Tenía una llave del jardín y podía pasearse por él a las horas en que estaba desierto.

Con gran asombro por su parte, Julien se dio cuenta de que le odiaban menos; él esperaba, por el contrario, que iba a exacerbarse el odio contra él. Aquel secreto deseo de que no le dirigieran la palabra, que era tan evidente y que le había valido tantos enemigos, ya no fue una muestra de altanería ridícula. A los ojos de los seres groseros que le rodeaban, aquello no fue más que un justo sentimiento de su dignidad. El odio disminuyó sensiblemente, sobre todo entre los más jóvenes de sus compañeros, que pasaron a ser sus discípulos, y a los que trataba con extremada cortesía. Poco a poco llegó a tener partidarios; fue de mal tono llamarle Martín Lutero.

Pero ¿para qué hablar de sus amigos y de sus enemigos? Todo esto es repulsivo, y tanto más repulsivo cuanto más verdadera es la intención. Y ésos son, sin embargo, los únicos profesores de moral que tiene el pueblo, y sin ellos, ¿qué sería de él? ¿Podrá algún día el periódico sustituir al cura?

Después de que Julien se hizo cargo de su nueva dignidad, el director del seminario se hizo el propósito de no hablarle jamás sin testigos. En esta conducta había tanta prudencia por parte del maestro como respecto al discípulo; pero había, sobre todo, el propósito de someterle a una prueba. El principio invariable del severo jansenista Pirard era: «¿Tiene un hombre algún mérito a nuestros ojos? Pues ponedle obstáculos a todo lo que desee, a todo lo que haga. Si el mérito es verdadero, vencerá los obstáculos o los esquivará».

Era la temporada de caza. Fouqué tuvo la ocurrencia de enviar al seminario un ciervo y un jabalí, de parte de los padres de Julien. Los animales muertos fueron depositados en un corredor, entre la cocina y el refectorio. Allí los vieron todos los seminaristas al ir a comer. Aquello fue objeto de gran curiosidad. El jabalí, a pesar de estar muerto, daba miedo a los más jóvenes; tocaban sus colmillos. No se habló de otra cosa durante ocho días.

Aquel regalo, que clasificaba a la familia de Julien en aquel sector de la sociedad que hay que respetar, fue un golpe mortal Para la envidia. Julien adquirió una superioridad consagrada por la fortuna. Chazel y los seminaristas más distinguidos le hicieron insinuaciones de amistad y casi estuvieron a punto de quejarse Porque no les había puesto en antecedentes de la po-

sición de su familia, exponiéndoles así a faltar al respeto al dinero.

Fueron llamados a filas los reclutas de nuevo reemplazo, del que Julien fue excluido en su calidad de seminarista. Esta circunstancia le emocionó profundamente. «Ahora sí que ha pasado para siempre el momento en que veinte años atrás habría empezado para mí una vida heroica.»

Se paseaba solo por el jardín del seminario, oyó hablar entre sí

a los albañiles que trabajaban en la tapia que rodeaba el edificio. -Ahora nos tocará marchar, han llamado una nueva quinta.

-En tiempos del otro, enhorabuena. Un albañil ascendía a oficial y llegaba a general; no sería la primera vez que se ha visto.

-¡Pero ahora hay que ver! Sólo van los pobres. El que tiene de

qué se queda en casa.

-El que ha nacido miserable, miserable se queda, y no hay más.

-¿Y es verdad lo que dicen de que el otro ha muerto? -preguntó un tercer albañil.

-Los que lo dicen son los peces gordos, ¿sabes?, porque el otro les daba miedo.

-¡Qué diferencia! ¡Cómo marchaban las cosas en su tiempo! ¡Y pensar que le hicieron traición sus mariscales! ¡Hay que ser traidor para eso!

Esta conversación consoló un tanto a Julien. Al alejarse repetía con un suspiro:

-¡El único rey cuya memoria conserva el pueblo!

Llegó la época de los exámenes. Julien contestó de un modo brillante; vio que hasta el mismo Chazel procuraba demostrar todo su saber.

El primer día, a los examinadores, nombrados por el famoso vicario general de Frilair, les contrarió mucho verse obligados a poner siempre en sus listas el primero, o, a lo sumo, el segundo, a aquel Julien Sorel, que les habían presentado como el protegido del padre Pirard. Hubo apuestas en el seminario a que en el examen general Julien obtendría el número uno, lo cual implicaba el honor de comer en casa del señor obispo. Pero al final de una sesión, en la que se trató de los Padres de la Iglesia, un examinador hábil, después de preguntarle a Julien sobre san Jerónimo y su pasión por Cicerón, empezó a hablar de Horacio, de Virgilio y de otros autores profanos. Instado por sus compañeros, Julien se había aprendido de memoria muchos trozos de estos autores. Arrastrado por su éxito, olvidó el sitio en que estaba, y, ante las reiteradas instancias del examinador, recitó y parafraseó con fuego varias odas de Horacio. Después de haberle dejado enfrascarse durante veinte minutos, de pronto el examinador modificó por completo su actitud y le reprochó con acritud el tiempo que había perdido en aquellos estudios profanos y las ideas inútiles y nocivas que se había metido en la cabeza.

-Soy un necio, reverendo padre, tiene usted razón -dijo Julien con aire modesto, al darse cuenta de la hábil estratagema de que le habían hecho víctima.

Aquella astucia del examinador se consideró una jugada sucia, incluso en el seminario, lo cual no impidió que el señor cura de Frilair, el hombre hábil que tan sabiamente había organizado la red de la congregación de Besancon y cuyos despachos a París hacían temblar a jueces, prefectos y hasta a los oficiales generales de la guarnición, pusiera, con su mano todopoderosa, el número 198 junto al nombre de Julien. Con ello tenía la satisfacción de mortificar a su enemigo el jansenista Pirard.

Desde hacía diez años, todo su afán era quitarle la dirección del seminario. Aquel sacerdote, fiel al plan de conducta que le había trazado a Julien, era sincero, piadoso, poco amigo de intrigas y cumplidor de su deber. Pero la cólera del cielo le había dado un temperamento bilioso, muy a propósito para sentir profundamente las injurias y el odio. Aquella alma ardiente no era capaz de olvidar ni un solo ultraje que se le hubiese inferido. Cien veces hubiera presentado la dimisión de su cargo, pero se creía útil en el Puesto en que le había situado la Providencia. «Estorbo los progresos del jesuitismo y de la idolatría», se decía a sí mismo.

Cuando llegó la época de los exámenes, hacía quizá dos meses que no dirigía la palabra a Julien, y, sin embargo, estuvo enfermo durante ocho días al recibir el oficio en que le anunciaban el resultado del concurso y ver el número 198 junto al nombre

del alumno que consideraba como la gloria de la casa. El único consuelo para aquel carácter severo fue concentrar en Julien toda su vigilancia. Con gran satisfacción por su parte, no pudo descubrir en él ni cólera, ni desaliento, ni proyectos de venganza.

Algunas semanas más tarde, Julien tuvo un sobresalto al recibir una carta sellada en París. «Por fin -pensó-, la señora de Rénal se acuerda de sus promesas.» Un señor que firmaba Paul Sorel, y que se decía pariente suyo, le enviaba una letra de cambio de quinientos francos. Añadía que si Julien continuaba estudiando con aprovechamiento los buenos autores latinos, recibiría igual cantidad todos los años.

«¡Es ella! ¡Es su bondad! -se dijo Julien enternecido-. Quiere consolarme; pero ¿por qué no me dice una sola palabra de cariño?»

Se engañaba respecto a aquella carta, ya que la señora de Rénal, dirigida por su amiga la señora Derville, estaba entregada en cuerpo y alma a los más profundos remordimientos. A pesar suyo, pensaba muy a menudo en aquel ser singular cuyo encuentro había trastornado su existencia; pero se habría guardado mucho de escribirle.

Si hablásemos el lenguaje del seminario, reconoceríamos como un milagro el envío de aquellos quinientos francos y diríamos que el cielo se servía del mismo padre de Frilair para hacer este regalo a Julien.

Doce años antes, el padre de Frilair había llegado a Besancon con un equipaje de lo más exiguo, el cual, según las crónicas, contenía toda su fortuna. Ahora era uno de los propietarios más ricos del departamento. En el curso de su progresivo enriquecimiento, compró la mitad de un terreno cuya otra mitad correspondió, por herencia, al marqués de La Mole. De ahí se originó un gran pleito entre estos personajes.

A pesar de su brillante existencia en París y de los puestos que desempeñaba en la corte, el señor marqués de La Mole comprendió que era peligroso luchar en Besancon contra un vicario general que pasaba por hacer y deshacer prefectos. En vez de solicitar una gratificación de cincuenta mil francos, disfrazada bajo cualquier concepto que permitiese incluirla en el presupuesto, y abandonar al padre de Frilair aquel mezquino pleito de cincuenta mil francos, el marqués se picó. Creía tener razón: ¡y razón sobrada!

Ahora bien, si se nos permite decirlo, ¿cuál será el juez que no tenga un hijo, o, por lo menos, un primo que pretenda hacer carrera?

Para dar luz a los más ciegos, ocho días después de la primera sentencia que consiguió, el señor padre de Frilair tomó el coche del obispo y fue en persona a llevar la cruz de la Legión de Honor a su abogado. El marqués de La Mole, un poco aturdido por la actitud de la parte contraria, y viendo que sus abogados flaqueaban, pidió consejo al padre Chélan, el cual le puso en relación con el padre Pirard.

Estas relaciones duraban desde hacía ya varios años en la época de nuestra historia. El padre Pirard tomó parte en este asunto con toda la pasión de su carácter. Como tenía ocasión de ver constantemente a los abogados del marqués, estudió su causa y, hallándola justa, se convirtió abiertamente en agente del marqués de La Mole en contra del todopoderoso vicario general. Semejante insolencia puso a éste fuera de sí, ¡y más aún por venir de parte de un miserable jansenista!

-¡Vean ustedes lo que es esta nobleza de la corte que pretende ser tan poderosa! -les decía a sus íntimos el padre de Frilair-; el marqués de La Mole no ha enviado ni una miserable cruz a su agente en Besancon, y va a permitir, sencillamente, que le destituyan. Y, sin embargo, según me han escrito, este noble par no deja pasar ni una sola semana sin ir a lucir su cordón azul en el salón del ministro de Justicia, sea quien fuere.

A pesar de toda la actividad del padre Pirard, y aunque el marqués de La Mole seguía estando en inmejorables relaciones con el ministro de Justicia, y sobre todo con la burocracia del ministerio, todo lo que había podido conseguir, después de seis años de preocupaciones, era no perder definitivamente el pleito.

En correspondencia constante con el padre Pirard sobre un asunto que los dos seguían con pasión, el marqués acabó por apreciar la manera de pensar y sentir del cura. Poco a poco, a pesar de la inmensa distancia que separaba su respectiva posición social, su correspondencia adquirió un tono amistoso. El padre Pirard le decía al marqués que querían obligarle a dimitir a fuerza de vejaciones. Arrastrado por la indignación que le produjo la estratagema, infame según él, urdida contra Julien, le contó su historia al marqués.

Este gran señor, aunque muy rico, no era avaro. No había podido conseguir jamás que el padre Pirard aceptase nada de él, ni siquiera el reembolso de los gastos de correo que el pleito le había ocasionado. Tuvo la ocurrencia de enviar quinientos francos a su discípulo predilecto.

El marqués de La Mole se tomó el trabajo de escribir él mismo la carta de envío. Esto le hizo pensar en el cura.

Un día éste recibió una nota invitándole a pasar sin demora por cierta posada de Besancon para un asunto urgente. Allí encontró al administrador del marqués de La Mole.

-El señor marqués -le dijo- me ha encargado que le traiga su coche. Espera que después de haber leído esta carta le interesará salir para París, a lo sumo, dentro de cuatro o cinco días. El plazo que usted me indique, lo emplearé en recorrer las tierras del señor marqués en el Franco Condado. Y el día que usted decida estaré de vuelta para que salgamos hacia París.

La carta era breve:

«Deshágase usted, mi querido amigo, de todos esos enredos provincianos y venga a París a respirar aire tranquilo. Le envío mi coche, que tiene orden de esperar cuatro días su decisión. Yo mismo le esperaré en París hasta el martes. Sólo me falta su aquiescencia para aceptar, en su nombre, una de las mejores parroquias de las cercanías de París. El más rico de sus futuros feligreses, que no le ha visto a usted nunca, pero que le estima más de lo que puede usted imaginarse, es el marqués de La Mole.»

Sin sospecharlo, el severo padre Pirard amaba aquel seminario, poblado de enemigos, al que había consagrado todos sus desvelos durante quince años. La carta del marqués de La Mole fue para él como la aparición del cirujano encargado de llevar a cabo una operación cruel y necesaria. Su destitución era cosa segura. Citó al administrador para dentro de tres días.

Durante cuarenta y ocho horas tuvo la fiebre de la incertidumbre. Por fin, escribió al marqués de La Mole y redactó una obra maestra de estilo eclesiástico, aunque un poco larga, dirigida al señor obispo. Habría sido difícil encontrar frases más irreprochables y que respirasen un respeto más sincero. Y, sin embargo, aquella carta, destinada a hacer pasar un mal rato al padre de Frilair en presencia de su superior, detallaba todos los motivos graves de queja y descendía a las intrigas más nimias y abyectas que, después de haber sufrido con resignación durante seis años, obligaban al padre Pirard a dejar la diócesis.

Le robaban la leña de su leñera, envenenaban a su perro, etc.

Terminada la carta, mandó despertar a Julien, que a las ocho de la noche ya estaba durmiendo, como los demás seminaristas.

-¿Sabe usted dónde está el obispado? -le dijo en el latín más puro-; lleve esta carta a monseñor. No debo ocultarle que le envío a la boca del lobo. Sea usted todo ojos y oídos. Nada de mentiras en sus respuestas; pero tenga en cuenta que el que le pregunta probablemente tendría una verdadera satisfacción en poder perjudicarle. Me alegro mucho, hijo mío, de proporcionarle esta experiencia antes de abandonarle, pues no debo ocultarle que la carta que va usted a llevar contiene mi dimisión.

Julien quedó inmóvil; quería al padre Pirard. Y era en vano que la prudencia le dijera: «Cuando este hombre no esté aquí, el partido del Sagrado Corazón me degradará y probablemente me hará expulsar».

No podía pensar en sí mismo. Lo que le preocupaba era una frase que quería decir de un modo cortés y para la que no lograba encontrar la fórmula apropiada.

-Bueno, amigo mío, ¿no se marcha usted?

-Es que se dice, reverendo padre -insinuó tímidamente Julien-, que durante su larga administración no ha ahorrado usted nada. Yo tengo seiscientos francos.

Las lágrimas le impidieron continuar.

-Eso también se tendrá en cuenta -dijo fríamente el ex director del seminario-. Vaya al obispado, que se hace tarde.

La casualidad quiso que aquella noche estuviera de servicio en el salón del obispado el padre de Frilair; monseñor estaba cenando en la prefectura. Así, pues, Julien entregó su carta al propio padre de F rilair, aun cuando él no sabía quién era.

Julien vio con asombro que aquel cura abría sin el menor escrúpulo la carta dirigida al obispo. El hermoso semblante del vicario general expresó muy pronto una gran sorpresa, mezclada con un vivo placer, y se hizo doblemente grave. Mientras leía, Julien, sorprendido por su buena presencia, tuvo tiempo de examinarle. Aquel rostro hubiera aparentado mayor gravedad sin la extremada finura que era perceptible en todos los rasgos, y hubiese llegado a delatar su falsedad, si el poseedor de aquel hermoso semblante hubiera dejado un instante de ocuparse de él. La nariz, muy pronunciada, estaba formada de un solo trazo perfectamente recto, dando a su perfil, por otra parte muy distinguido, un irremediable parecido con el de un zorro. Por lo demás, aquel cura, que tan interesado parecía en la dimisión del padre Pirard, iba vestido con una elegancia que agradó mucho a Julien y que nunca había visto en ningún otro sacerdote.

Julien no supo hasta más tarde cuál era el talento especial del padre de Frilair. Sabía divertir a su obispo, anciano amable, hecho para la vida de París, y que consideraba Besancon como un destierro. Aquel obispo tenía muy mala vista, y le gustaba el pescado con pasión. El padre de Frilair quitaba las espinas al pescado que le servían a Su Ilustrísima.

Julien miraba en silencio al cura, que leía y releía la dimisión, cuando de repente se abrió la puerta con estrépito. Un lacayo, ricamente vestido, entró con rapidez. A Julien sólo le dio tiempo de volverse hacia la puerta; vio aparecer a un viejecito que llevaba una cruz pectoral. Se prosternó: el obispo le dirigió una bondadosa sonrisa y pasó. El hermoso cura le siguió, y Julien se quedó solo en el salón, del que pudo admirar a sus anchas la piadosa magnificencia.

El obispo de Besancon, hombre de un espíritu puesto a prueba pero no apagado por las largas miserias de la emigración, tenía más de setenta y cinco años y no se preocupaba lo más mínimo de lo que pudiera ocurrir diez años más tarde.

-¿Quién es ese seminarista de mirada inteligente que me ha parecido ver al pasar? -preguntó el obispo-. Según mi reglamento, ¿no deberían estar ya acostados a esta hora?

-Le aseguro a monseñor que éste es muy despierto y que trae una gran noticia: la dimisión del único jansenista que quedaba en su diócesis. Este terrible padre Pirard ha comprendido, por fin, lo que quieren decir las indirectas.

-¿Pues bien? -dijo riendo el obispo-. Le desafío a que le sustituya por un hombre que valga lo que él. Y para que se convenza usted del mérito de este hombre, voy a invitarle a comer mañana.

El vicario general quiso deslizar alguna frase sobre la elección de sucesor. El prelado, poco dispuesto a hablar de cosas graves, le dijo:

-Antes de que entre el otro, tratemos de averiguar cómo se va éste. Haga pasar a ese seminarista; la verdad suele estar en la boca de los niños.

Llamaron a Julien. «Voy a encontrarme entre dos inquisidores», pensó. Nunca se había sentido tan valiente.

En el momento de entrar, dos corpulentos ayudas de cámara, mejor vestidos que el propio señor Valenod, desvestían a monseñor. Este prelado, antes de ocuparse del padre Pirard, creyó oportuno interrogar a Julien sobre sus estudios. Habló un poco del dogma, y se quedó asombrado. Muy pronto pasó a las humanidades, a Virgilio, Horacio y Cicerón. «Estos nombres -pensó Julien- me han valido el número 198. No tengo nada que perder, intentaré lucirme.» Lo consiguió; el prelado, excelente humanista, quedó encantado.

En la cena de la prefectura, una muchacha, justamente célebre, había recitado el poema de la Magdalena. Estaba en vena de hablar de literatura, y olvidó muy pronto al padre Pirard y cualquier otra cuestión, para discutir con el seminarista si Horacio era rico o pobre. El prelado citó varias odas, pero en algún momento le fallaba la memoria, e inmediatamente Julien recitaba la oda entera con aire modesto; lo que chocó al obispo fue que Julien no alteraba el tono de conversación; citaba veinte o treinta versos en latín como si hablase de lo que ocurría en el seminario. Hablaron largamente de Virgilio, de Cicerón. Finalmente, el prelado no pudo sino felicitar al joven seminarista.

-Es imposible haber hecho mejores estudios.

-Monseñor -dijo Julien-, su seminario puede presentarle ciento noventa y siete alumnos menos indignos de su superior aprobación.

-¿Cómo es eso? -preguntó el prelado, asombrado de aquella cifra.

-Puedo confirmar con una prueba oficial lo que tengo el honor de decir a monseñor. En el examen anual del seminario, contestando precisamente a las materias que me han valido la aprobación de monseñor, he obtenido el número 198.

-¡Ah! ¡Éste es el protegido del padre Pirard! -exclamó el obispo, riendo y mirando al padre de Frilair-; debíamos habérnoslo figurado; pero es en buena lid. ¿Verdad, amigo mío, que le han hecho a usted levantarse de la cama para venir aquí? -añadió dirigiéndose a Julien.

-Sí, monseñor. No he salido solo del seminario más que una vez en mi vida, para ir a ayudar al padre Chas-Bernard en el adorno de la catedral, el día de Corpus.

-Optime -dijo el obispo-. Así, pues, ¿fue usted el que dio una prueba tan grande de valor al colocar los penachos de pluma en el baldaquino? Todos los años me hacen temblar; siempre temo que puedan costar la vida a un hombre. Amigo mío, usted irá lejos; pero no quiero cortar su carrera, que será brillante, haciéndole morir de hambre.

Y cumpliendo las órdenes del obispo, trajeron bizcochos y vino de Málaga, a los cuales hizo honor Julien, y más aún el padre de Frilair, que sabía muy bien que a su obispo le gustaba ver comer con apetito y alegría.

El prelado, cada vez más contento del final de la velada, habló un poco de historia eclesiástica. Vio que Julien no entendía de aquello. El prelado pasó al estado moral del Imperio romano bajo la dominación de los emperadores del siglo de Constantino. El fin del paganismo fue acompañado del mismo estado de inquietud y de duda que en el siglo XIX aflige a los espíritus tristes y hastiados. Monseñor observó que Julien ignoraba casi hasta el nombre de Tácito.

-Cuánto me alegro -dijo el obispo-. Me saca usted de un apuro. Hace diez minutos que estoy pensando en el medio de recompensarle por la agradable velada que me ha proporcionado, y ciertamente de un modo bien imprevisto. No esperaba encontrar un doctor en un alumno de mi seminario. Aun cuando el presente no sea muy canónico, le voy a regalar un Tácito.

El prelado se hizo traer ocho volúmenes magníficamente encuadernados y quiso escribir de su puño y letra, bajo el título del primero, una frase latina elogiosa para Julien Sorel. El obispo presumía de buena latinidad. Acabó diciéndole, con un tono de seriedad, que contrastaba violentamente con el de toda la conversación:

-Joven, si es usted juicioso, un día tendrá el mejor curato de mi diócesis, y no a cien leguas de mi palacio episcopal; pero hay que tener juicio.

Cargado con sus volúmenes, salió Julien del obispado, lleno de asombro, al dar las doce.

Monseñor no le había dicho una palabra del padre Pirard. A Julien le extrañaba sobre todo la extremada cortesía del obispo. No tenía idea de semejante urbanidad en las formas, unida a un aire de dignidad tan natural. Julien notó aún más el contraste al volver a ver al sombrío padre Pirard, que le esperaba impaciente.

-Quid tibi dixerunt? (¿Qué le han dicho?) -le gritó con voz fuerte en cuanto le vio de lejos.

Julien se enredaba un poco al traducir al latín el discurso del obispo:

-Hábleme usted en francés y repítame las mismas palabras de monseñor, sin añadir ni quitar nada -dijo el ex director del seminario, con su tono duro y sus maneras tan poco elegantes.

-¡Qué regalo más raro de parte de un obispo a un joven seminarista! -decía al hojear el magnífico Tácito, cuyos cantos dorados parecían horrorizarle.

Daban las dos cuando permitió a su discípulo favorito que volviera a su celda, después de haberse hecho explicar minuciosamente los más insignificantes detalles de la entrevista.

-Déjeme el primer tomo de su Tácito, donde está la dedicatoria del señor obispo -le dijo-. Estos renglones latinos serán su pararrayos en esta casa cuando yo me vaya.

Erit tibi, fili mi, successor meus tanquam leo quoerens quem devoret.

Al día siguiente, por la mañana, Julien encontró algo extraño en el modo de hablarle de sus compañeros. Ello le hizo mostrarse más reservado. «Éste es -pensaba- el efecto de la dimisión del padre Pirard. Todos saben ya la noticia, y yo paso por su discípulo predilecto. En estos modales debe de haber algo insultante.» Sin embargo, no conseguía verlo. Por el contrario, había carencia de odio en todas las miradas con que se encontraba la suya al pasar por los dormitorios: «¿Qué querrá decir esto? Indudablemente debe ser una trampa; estaré en guardia.» Por fin, el joven seminarista de Verriéres le dijo, riendo:

-Cornelii Taciti opera omnia. (Obras completas de Tácito.)

Al pronunciar esta frase, que oyeron muchos, todos los seminaristas a porfía felicitaron a Julien, no solamente por el magnífico regalo que recibiera de monseñor, sino por la conversación de dos horas con que había sido honrado. Sabían hasta los más pequeños detalles. A partir de aquel momento no hubo más envidia; le hicieron la corte de la manera más baja: el padre Castanéde, que todavía la víspera le trataba con la mayor insolencia, le cogió del brazo y le invitó a almorzar.

Por una fatalidad del carácter de Julien, la insolencia de todos aquellos seres groseros le había hecho mucho daño; su bajeza le produjo asco, y ninguna satisfacción.

Hacia el mediodía, el padre Pirard se despidió de sus discípulos, no sin antes dirigirles una severa alocución.

-¿Queréis los honores del mundo -les dijo-, todas las ventajas sociales, el placer de mandar, el de burlar las leyes y ser insolentes con todos en la mayor impunidad, o bien queréis vuestra salvación eterna? Aun los más torpes de vosotros sólo necesitáis abrir los ojos para ver la diferencia entre los dos caminos.

Apenas salió, los devotos del Sagrado Corazón de Jesús se fueron a la capilla a entonar un Te Deum. Nadie tomó en serio en el seminario la alocución del ex director. «Está muy molesto por su destitución», decían todos. Ni un solo seminarista tuvo la inocencia de creer en la dimisión voluntaria de un cargo que ponía en relación tan directa con proveedores al por mayor.

El padre Pirard fue a alojarse en la mejor posada de Besancon; y, pretextando unos asuntos que no tenía en realidad, quiso pasar allí dos días.

El obispo le invitó a comer y, para burlarse un poco de su vicario de Frilair, trataba de hacerle lucir su ingenio. Estaban en los postres cuando llegó de París la extraña noticia de que el padre Pirard había sido nombrado rector de la magnífica parroquia de N..., a cuatro leguas de la capital. El buen prelado le felicitó cordialmente. Vio en todo aquel asunto una «buena jugada» que le puso de buen humor y le hizo formar el más alto concepto de los méritos del cura. Le dio un magnífico certificado en latín, e impuso silencio al padre de Frilair, que se permitía hacer objeciones.

Por la noche, monseñor expuso su admiración en casa de la marquesa de Rubempré. Aquello fue una gran noticia para la alta sociedad de Besancon, que se perdía en conjeturas sobre tan extraordinario favor. Ya veían obispo al padre Pirard. Los más sagaces creyeron ministro al marqués de La Mole, y aquel día se permitieron sonreír ante los aires imperativos que adoptaba el señor cura de Frilair.

Al día siguiente, por la mañana, las gentes seguían por la calle al padre Pirard, y los comerciantes salían a la puerta de las tiendas cuando fue a ver a los abogados del marqués. Por primera vez le recibieron con cortesía. El severo jansenista, indignado con todo lo que veía, trabajó largamente con los abogados que escogiera para el marqués de La Mole y salió hacia París. Tuvo la debilidad de decir a dos o tres amigos de colegio que le acompañaron hasta el coche, cuyos escudos les produjeron gran admiración, que, después de administrar durante quince años el seminario, se marchaba de Besancon con quinientos veinte francos de economías. Aquellos amigos le abrazaron llorando, y se dijeron entre sí:

-El buen padre podía haberse ahorrado esta mentira; es demasiado ridícula.

El vulgo, cegado por el amor al dinero, no era capaz de comprender que, precisamente en su sinceridad, había encontrado el padre Pirard la fuerza necesaria para luchar solo, durante seis años, contra María Alacoque, el Sagrado Corazón de Jesús, los jesuitas y el obispo.