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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 28. Una procesión
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Todos los corazones estaban conmovidos.
La presencia de Dios parecía llenar aquellas
calles góticas estrechas, adornadas con
colgaduras por doquier y cuidadosamente
enarenadas por los fieles.
YOUNG

Por más que Julien procurase ser cada vez más insignificante y más estúpido, no lograba agradar, era demasiado distinto. «Sin embargo -se decía-, todos estos profesores son gente muy fina y elegidos entre mil; ¿cómo no les agrada mi humildad?» Uno solo le parecía que abusaba de su complacencia en creerlo todo y en aparentar que se dejaba engañar por todo. Era el padre ChasBernard, maestro de ceremonias de la catedral, donde esperaba desde hacía quince años una canonjía; mientras tanto, explicaba oratoria sagrada en el seminario. En la época de su ceguera, ésta era una de las clases en que Julien iba casi siempre el primero. El padre Chas se fundó en esto para demostrarle su amistad, y al salir de clase solía cogerle del brazo para dar una vuelta por el jardín.

«¿Adónde querrá ir a parar?», se decía Julien. Veía con asombro que, durante horas enteras, el padre Chas le hablaba de los ornamentos que poseía la catedral. Tenía diecisiete casullas galoneadas, además de los ornamentos fúnebres. Se tenían puestas grandes esperanzas en la anciana presidenta de Rubempré; esta señora, de noventa años de edad, conservaba, desde hacía setenta por lo menos, sus trajes de boda, de soberbias sedas de Lyon recamadas en oro.

-Figúrese usted, amigo mío -decía el padre Chas, parándose en seco y abriendo mucho los ojos-, estas telas tienen tanto oro que se sostienen de pie. Es creencia general en Besancon que gracias al testamento de la presidenta, el tesoro de la catedral aumentará por lo menos en diez casullas, sin contar cuatro o cinco capas para las grandes solemnidades. Y yo voy más lejos -agregaba el padre Chas bajando la voz-, tengo mis razones para pensar que la presidenta nos dejará ocho magníficos candelabros de plata sobredorada, que se supone fueron comprados en Italia por el duque de Borgoña, Carlos el Temerario, del que fue ministro favorito uno de sus antepasados.

«¿Pero adónde querrá ir a parar este hombre con tanta ropa vieja? -pensaba Julien-. Esta hábil preparación hace un siglo que dura, y no deja entrever nada. ¡Mucho debe desconfiar de mí! Es más sagaz que los otros, que dejan adivinar sus secretos propósitos a los quince días de hablarles. ¡Se comprende, la ambición de éste sufre desde hace quince años!»

Una tarde, durante la clase de armas, el padre Pirard llamó a Julien a su despacho y le dijo:

-Mañana es la festividad del Corpus Domini (el día de Corpus). El señor padre Chas-Bernard le necesita a usted para que le ayude a adornar la catedral; vaya, pues, y cumpla sus órdenes.

El padre Pirard le volvió a llamar y, con aire de conmiseración, agregó:

-Es cuenta suya si se le ocurre aprovechar la ocasión para perderse por la ciudad.

-Incedo per ignes (Tengo enemigos ocultos) -respondió Julien.

Al día siguiente, a las primeras horas de la mañana, Julien se dirigió a la catedral con los ojos bajos. El aspecto de las calles y la actividad que comenzaba a notarse en la ciudad le hicieron mucho bien. Por todas partes ponían colgaduras en las fachadas de las casas para el paso de la procesión. Todo el tiempo que llevaba en el seminario le pareció un instante. Su pensamiento estaba en Vergy y en aquella linda Amanda Binet, a quien podía volver a ver, pues su café estaba bastante cerca. A lo lejos, a la puerta de su querida catedral, divisó al padre Chas-Bernard; era éste un hombre gordo, de cara alegre y aire abierta. Aquel día estaba triunfante:

-Le esperaba, hijo mío -exclamó en cuanto vio a Julien-, sea bienvenido. El trabajo de hoy será largo y duro; vamos a tomar fuerzas con un primer desayuno; el segundo será a las diez, durante la misa mayor.

-Reverendo padre, desearía no quedarme solo ni un momento -le dijo Julien con gravedad-; le ruego que tenga usted presente -añadió señalando el reloj de la catedral- que llego a las cinco menos un minuto.

-¡Ah! ¡Le dan miedo esos pequeños malvados del seminario! Es usted demasiado bueno al pensar en ellos -dijo el padre Chas-. ¿Acaso un camino es menos hermoso porque hay espinas en los setos que lo orillan? Los viajeros siguen adelante, y dejan que las espinas punzantes se sequen solas. Pero, en fin, ¡manos a la obra, amigo mío, manos a la obra!

El padre Chas tenía razón al decir que la tarea sería dura. Habíase celebrado la víspera una gran ceremonia fúnebre en la catedral; no se había podido preparar nada, y había que revestir en una sola mañana, con grandes colgaduras de damasco rojo que llegaban a treinta pies de altura, todas las columnas góticas que forman las tres naves. El señor obispo había hecho acudir en el correo a cuatro tapiceros de París, pero aquellos señores no podían atender a todo y, lejos de animar a sus torpes compañeros de Besan~, redoblaban su torpeza burlándose de ellos.

Julien vio que tendría que subir él mismo a la escalera; su agilidad le fue muy útil. Se encargó de dirigir a los tapiceros de la ciudad. El padre Chas, encantado, le miraba saltar de una escalera a otra. Cuando estuvieron revestidas todas las columnas con colgaduras de damasco, hubo que colocar cinco enormes penachos de plumas sobre el gran baldaquino que cubría el altar mayor. Ocho grandes columnas de mármol de Italia sostenían un espléndido remate de madera dorada. Mas para llegar al centro del baldaquino, encima del tabernáculo, había que pasar Por una vieja cornisa de madera, carcomida quizás, y a cuarenta Pies de altura.

La sola vista de aquel difícil camino había desvanecido la alegría, tan bulliciosa hasta entonces, de los tapiceros parisienses; miraban desde abajo, discutían mucho y no subían. Julien cogió los penachos de plumas y subió la escalera corriendo. Los colocó perfectamente sobre la cúpula en forma de corona que había en el centro del baldaquino. Al bajar de la escalera, el padre Chas-Bernard le estrechó en sus brazos.

-Optime -exclamó el buen sacerdote-. Se lo contaré a monseñor.

El desayuno de las diez fue muy alegre. El padre Chas nunca había visto su iglesia tan hermosa.

-Querido discípulo -le decía a Julien-, mi madre era alquiladora de sillas en esta venerable basílica, así que me he criado en este gran edificio. El Terror de Robespierre nos arruinó; pero a los ocho años, que tenía yo entonces, ya ayudaba a misas privadas y me mantenían el día de la misa. Nadie sabía doblar una casulla mejor que yo sin segar los galones. Desde que Napoleón restableció el culto, tengo la suerte de dirigirlo todo en esta venerable iglesia metropolitana. Cinco veces al año la puedo ver luciendo estos magníficos adornos. Pero nunca ha estado tan resplandeciente, nunca han estado las colgaduras de damasco tan bien sujetas como hoy, y tan bien adosadas a las columnas.

«Por fin va a confesarme su secreto -pensó Julien-; empieza a hablarme de sí mismo; se está expansionando.» Pero aquel hombre, evidentemente exaltado, no dijo nada imprudente. «Y, sin embargo -se decía Julien-, ha trabajado mucho, está contento y no ha escatimado el buen vino. ¡Qué hombre! ¡Qué ejemplo para mí! Éste se lleva la palma.» (Una expresión chabacana que había aprendido del viejo cirujano.)

Al oír el Sanctus de la misa mayor, Julien quiso ponerse una sobrepelliz para seguir al obispo en la magnífica procesión.

-¿Y los ladrones, amigo mío, y los ladrones? -exclamó el padre Chas-. No piensa en ellos. La procesión va a salir, la iglesia quedará desierta; velaremos usted y yo. Podremos darnos por contentos si no nos faltan más que un par de varas del magnífico galón que rodea la base de las columnas. Es también un donativo de la señora de Rubempré; procede del famoso conde, su bisabuelo; es oro puro, mi querido amigo -añadió el cura, hablándole al oído con un aire evidentemente exaltado-, ¡no tiene nada de falso! Encárguese usted de vigilar el ala norte; no se mueva de allí. Me reservo el ala del mediodía y la nave central. Tenga cuidado con los confesonarios; en ellos se colocan los espías de los ladrones para acechar el momento en que estemos de espaldas.

Apenas terminó de hablar, dieron las once menos cuarto, y enseguida se oyó la campana mayor. La echaban al vuelo; su tañido, tan sonoro y tan solemne, emocionó a Julien. Su imaginación no estaba en la tierra.

El olor del incienso y de los pétalos de rosa, esparcidos ante el Santísimo Sacramento por los niños vestidos de san Juan, acabó de exaltarle.

El grave tañido de aquella campana sólo hubiera debido despertar en Julien la idea del trabajo de veinte hombres pagados a cincuenta céntimos y ayudados, quizá, por quince o veinte fieles. Debiera haber pensado en el deterioro de las cuerdas, en el de la armadura de madera, en el peligro de la misma campana, que se cae cada dos siglos, y haber discurrido los medios de disminuir el jornal de los campaneros, o de pagarles con alguna indulgencia u otra gracia sacada de los tesoros de la Iglesia y que no aligerara su bolsa.

En vez de estas sabias reflexiones, el alma de Julien, exaltada por aquellos sonidos tan viriles y graves, vagaba por los espacios imaginarios. Nunca llegaría a ser un buen sacerdote ni un buen administrador. Las almas que se emocionan de este modo son capaces, a lo sumo, de producir un artista. Aquí es fácil percibir claramente toda la presunción de Julien. Cincuenta, quizá, de los seminaristas compañeros suyos, llamados a la realidad de la vida por la hostilidad pública y el miedo al jacobinismo, del que les han hecho creer que acecha agazapado a cada paso, al oír la campana mayor de la catedral sólo hubieran pensado en el jornal de los que la tocaban. Hubieran examinado, con el genio de Baréme, si el grado de emoción del público valía el dinero que se pagaba a los campaneros. Si Julien hubiese querido ocuparse de los intereses materiales de la catedral, su imaginación, lanzándose más allá de su objetivo, habría pensado en economizar cuarenta francos en su construcción y hubiera dejado perder la oportunidad de evitar un gasto de veinticinco céntimos.

En tanto que, con el día más hermoso del mundo, la procesión recorría lentamente las calles de Besancon, deteniéndose ante los resplandecientes altares elevados a porfía por todas las autoridades, la iglesia quedó en un profundo silencio. Reinaba en ella una semioscuridad y una agradable frescura; aún estaba embalsamada por el olor del incienso y de las flores.

El silencio, la soledad, la frescura de las grandes naves hacían más dulce la ensoñación de Julien. No temía ser importunado por el padre Chas, ocupado en la parte opuesta del edificio. Su alma casi había abandonado su envoltura mortal, que se paseaba lentamente por el ala norte, confiada a su vigilancia. Estaba tanto más tranquilo, cuanto que se había asegurado de que en los confesonarios sólo quedaban algunas mujeres devotas; sus ojos miraban sin ver.

Sin embargo, vino a sacarle de su abstracción el aspecto de dos mujeres muy bien vestidas y que estaban de rodillas, una en un confesonario, y la otra, muy cerca de la primera, en un reclinatorio. Las miró sin ver; no obstante, ya por un vago sentimiento del deber, ya por la admiración que despertó en él el aspecto noble y sencillo de aquellas señoras, advirtió que en el confesionario no había ningún sacerdote. «Es extraño -pensó- que estas señoras tan elegantes no se hayan arrodillado ante un altar, si son devotas, o no se encuentren en este momento en la primera fila de un balcón, si pertenecen a la buena sociedad. ¡Qué bien cae ese vestido! ¡Con qué gracia!» Y acortó el paso para tratar de verlas.

La que estaba de rodillas en el confesonario volvió un poco la cabeza al oír el ruido de los pasos de Julien en aquel profundo silencio. De repente dio un pequeño grito y se desmayó.

Al perder el conocimiento, aquella señora, que estaba de rodillas, cayó hacia atrás; su amiga, que estaba junto a ella, se apresuró a socorrerla. Al mismo tiempo Julien vio los hombros de la dama que se había desplomado de espaldas. Un collar de gruesas perlas finas dispuestas en cordón, que conocía muy bien, atrajo su mirada. ¡Lo que sintió al reconocer la cabellera de la señora de Rénal! Era ella. La dama que trataba de sostenerle la cabeza para que no cayera por completo era la señora Derville. Julien, fuera de sí, se precipitó hacia ellas. Acaso la señora de Rénal hubiese arrastrado a su amiga, en su caída, si Julien no las hubiera sostenido. Vio la cabeza de la señora de Rénal, pálida, completamente sin sentido, que caía con desmayo sobre sus hombros. Ayudó a la señora Derville a reclinar aquella cabeza encantadora sobre una silla de paja; estaba de rodillas.

La señora Derville se volvió y le reconoció:

-¡Márchese usted, caballero, márchese usted! -le dijo indignada-. Sobre todo que no le vuelva a ver. Su presencia tiene que causarle horror, ¡era tan feliz antes de conocerle! El proceder de usted es espantoso. Huya; aléjese, si le queda un resto de vergüenza.

Estas frases fueron pronunciadas con tal acento de autoridad, y Julien se sentía tan débil en aquel momento, que se alejó. «Siempre me ha odiado», decíase pensando en la señora Derville.

En aquel mismo instante, el canto gangoso de los curas que encabezaban la procesión, ya de regreso, resonó en la iglesia. El padre Chas-Bernard llamó varias veces a Julien, que al principio no le oyó: por fin fue a cogerle del brazo detrás de una columna, donde Julien se había refugiado medio muerto. Quería presentarle al obispo.

-Se encuentra mal, hijo mío -le dijo el cura al verle tan pálido y casi sin fuerzas para andar-; ha trabajado usted demasiado.

El cura le dio el brazo.

-Venga usted, siéntese en el banquillo del que ofrece el agua bendita, póngase detrás de mí; yo le ocultaré. -En aquel momento estaban junto a la puerta principal-. Tranquilicese usted; tenemos aún más de veinte minutos antes de que aparezca monseñor. Trate usted de rehacerse; cuando pase, yo le sostendré, pues soy fuerte y vigoroso, a pesar de mi edad.

Pero cuando pasó el obispo, Julien temblaba de tal modo que el padre Chas renunció a la idea de presentarle.

-No se aflija usted demasiado, ya encontraré otra ocasión.

Por la tarde mandó a la capilla del seminario diez libras de cirios, economizados, según él, por los cuidados de Julien y la rapidez con que los habían hecho apagar. Nada más falso. El pobre muchacho sí que estaba completamente apagado; después de ver a la señora de Rénal había sido absolutamente incapaz de pensar en nada.