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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 27. Primera experiencia de la vida
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Le temps présent, grand Dieu!,
c'est l'arche du Seigneur.
Malheur á qui y touche.
DIDEROT

«La época actual, ¡gran Dios!, es el arca del Señor. Desgraciado quien la toque»

El lector nos perdonará que citemos muy pocos hechos claros y precisos de esta época de la vida de Julien. No es que carezcamos de datos, al contrario; pero quizá lo que él vio en el seminario es demasiado negro para el colorido suave que hemos tratado de conservar en estas páginas. Los contemporáneos que padecen ciertas cosas no pueden recordarlas sin sentir un horror ante el cual cualquier otro placer se desvanece, incluso el de leer un cuento.

Julien tuvo poco éxito en sus ensayos de hipocresía de gestos; tuvo momentos de verdadero asco y hasta de desaliento profundo. No lograba triunfar ni aun en una carrera ruin. El menor auxilio exterior hubiera sido bastante para alentar su constancia; la dificultad que había que vencer no era muy grande; pero estaba solo, como una barca abandonada en medio del océano. «Y aun cuando lograra triunfar -se decía-, ¡tener que pasar toda mi vida en tan mala compañía! ¡Glotones que no piensan más que en la tortilla con tocino que han de devorar en la comida, o curas como Castanéde, para los cuales no hay crimen demasiado negro! ¡Llegarán al poder; pero a qué precio, Dios santo!

»La voluntad del hombre es poderosa, lo leo en todas partes; ¿pero es suficiente para vencer tal repugnancia? La tarea de los grandes hombres ha sido fácil; por terrible que fuera el peligro, les parecía hermoso; y ¿quién, si no yo, será capaz de comprender la fealdad de lo que me rodea?»

Aquél fue el momento más difícil de su vida. ¡Le era tan fácil alistarse en uno de los brillantes regimientos de guarnición en Besancon! Podía hacerse profesor de latín; ¡necesitaba tan poco para vivir! Pero entonces, adiós carrera, adiós al porvenir que había soñado; esto era la muerte para él. He aquí al detalle una de sus tristes jornadas.

«¡Siempre tuve la presunción de creerme diferente de los demás jóvenes de mi clase! Pues bien, ya he visto bastante para darme cuenta de que deferencia engendra odio», se decía una mañana. Acababa de revelarle esta gran verdad uno de sus fracasos más dolorosos. Durante ocho días se había esforzado en ser grato a un alumno que vivía en olor de santidad. Se paseaba con él por el patio, escuchaba con resignación sus tonterías capaces de hacer bostezar de sueño. Súbitamente se desencadenó una tormenta, rugió el trueno y el santo alumno exclamó, rechazándole de una manera grosera:

-Oiga, en este mundo, que cada cual se valga por sí mismo; no quiero que me parta un rayo: Dios puede fulminarle como a un impío, como a un Voltaire.

Con los dientes apretados de rabia, y dirigiendo sus ojos hacia el cielo, surcado por el rayo, exclamó Julien: «¡Merecería hundirme si me durmiera durante la tormenta! Tratemos de conquistar a algún otro patán».

Sonó la campana, anunciando la clase de historia sagrada del padre Castanéde.

El padre Castanéde explicaba aquel día a aquellos jóvenes campesinos -tan asustados del trabajo penoso y de la pobreza de sus padres- que aquel ser terrible a sus ojos, el gobierno, sólo tenía poder real y legítimo en virtud de la delegación del vicario de Dios en la tierra.

-Haceos dignos de las bondades del papa por la santidad de vuestra vida, por vuestra obediencia; sed como un bastón entre sus manos -añadía- y conseguiréis un puesto soberbio, en el cual mandaréis como dueños y señores, sin fiscalización alguna;

una plaza inamovible de cuyos emolumentos el gobierno pagará una tercera parte, y los otros dos tercios, los fieles que formaréis con vuestras predicaciones.

Al salir del aula, el padre Castanéde se detuvo en el patio, y comenzó a decir a sus discípulos, que ese día prestaban más atención y formaban círculo en torno suyo:

-De un cura es de quien mejor se puede decir: «Tanto vale el hombre, tanto vale el puesto». Yo mismo he conocido parroquias de montaña que producían más beneficios que muchas parroquias de ciudad. Cobraban lo mismo en dinero, y aparte los capones cebados, los huevos, la manteca fresca y otras mil menudencias. Además, allí el cura era el primero sin discusión, y no había buena comida a la que no fuera invitado, festejado, etc.

Apenas subió a su cuarto el padre Castanéde, los alumnos se dividieron en grupos. Julien no formaba parte de ninguno; le dejaban aparte como a una oveja sarnosa. En todos los grupos veía a uno de los alumnos echar una moneda al aire, y si acertaba cara o cruz sus compañeros decidían que pronto tendría una de esas parroquias de pingües beneficios.

Luego les llegó el turno a las anécdotas. Un cura joven, que apenas llevaba un año ordenado, por regalar un conejo suyo a la criada de un viejo párroco había conseguido ser nombrado vicario, y pocos meses después, al morir el párroco, le había sustituido en la cura de almas. Otro había llegado a hacerse nombrar sustituto de la parroquia de un pueblo muy rico, asistiendo a todas las comidas del viejo párroco paralítico y trinchándole sus pollos con habilidad.

Los seminaristas, como las gentes de todas las carreras, suelen exagerar la importancia de estos medios mezquinos, que tienen para ellos algo de extraordinario e impresionan la imaginación.

«Es preciso -se decía Julien- hacerse a estas conversaciones.» Cuando no hablaban de salchichas y de buenas parroquias, se ocupaban de la parte mundana de las doctrinas eclesiásticas; de las diferencias entre los obispos y los prefectos, los alcaldes y 108 curas. Julien veía aparecer gradualmente la idea de un segundo Dios, pero un Dios mucho más de temer y mucho más poderoso que el otro; este segundo Dios era el papa. Se decían unos a otros, pero bajando la voz y cuando estaban seguros de no ser oídos por el padre Pirard, que si el papa no se tomaba la molestia de nombrar a todos los prefectos y a todos los alcaldes de Francia era porque había delegado esta función en el rey de Francia, nombrándole hijo mayor de la Iglesia.

Por esta época, Julien creyó que podría sacar partido en su favor del libro sobre el papa del señor de Maistre. A decir verdad, causó el asombro de sus compañeros; pero también en perjuicio suyo. Los desagradó exponiendo mejor que ellos sus mismas opiniones. El padre Chélan había sido imprudente con Julien, ni más ni menos que lo era consigo mismo. Después de infundirle el hábito de razonar justamente y no pagarse de palabras inútiles, se había olvidado de advertirle que, en un ser poco considerado, este hábito es un crimen; pues todo razonamiento justo ofende.

Los brillantes razonamientos de Julien constituyeron, por tanto, un nuevo crimen. A fuerza de pensar en él, sus compañeros llegaron a expresar en una sola frase todo el horror que les inspiraba: le apodaron Martín Lutero; «sobre todo -decían- a causa de esta lógica infernal de que tanto se enorgullece».

Varios de los jóvenes seminaristas tenían colores más frescos y podían pasar por más guapos que Julien, pero éste tenía las manos blancas y no podía ocultar ciertos hábitos de refinada pulcritud. Esta ventaja no era tal en aquel fatídico lugar al que le había arrojado la suerte. Los sucios campesinos entre quienes vivía declararon que tenía costumbres muy relajadas. Tememos fatigar al lector con el relato de los mil infortunios de nuestro héroe. Por ejemplo, los más vigorosos de sus compañeros quisieron tomar la costumbre de pegarle; Julien se vio obligado a armarse de un compás de hierro y a anunciar, pero por señas, que haría uso de él. Las señas no pueden figurar en el informe de un espía con tanta claridad como las palabras.