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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 26. El mundo, o lo que le falta al rico
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Estoy solo en el mundo; nadie se digna pensar en mí.
Todos aquellos a quienes veo hacer fortuna poseen
una desvergüenza y una dureza de corazón que me
son ajenas. Me odian a causa de mi bondad instintiva.
¡Ay! Pronto voy a morir, bien sea de hambre, o por la
desgracia de ver que los hombres son tan duros.
YOUNG

Se apresuró a cepillar su traje, y bajó. Llegaba tarde. Un pasante le riñó severamente; en vez de intentar justificarse, Julien cruzó los brazos sobre el pecho:

-Peccavi, pater optime -dijo con aire contrito.

Aquel principio tuvo gran éxito. Los más listos de los seminaristas comprendieron que tenían que habérselas con un individuo que no era novato en el oficio. Llegó la hora del recreo; Julien se vio objeto de la curiosidad general. Pero sólo reserva y silencio encontraron en él. Siguiendo la norma de conducta que se había trazado, consideró como otros tantos enemigos a sus trescientos veintiún compañeros; a sus ojos, el más peligroso de todos era el padre Pirard.

Pocos días después, Julien tuvo que elegir confesor; le presentaron una lista.

«¡Válgame Dios! ¿Por quién me toman? -se dijo-. ¿Se figuran que no sé lo que me hago?» Y escogió al padre Pirard.

Aunque él lo ignoraba, aquel paso era decisivo. Un seminarista novicio, muy joven, natural de Verriéres, que desde el primer día se había declarado amigo suyo, le dijo que quizás hubiera sido más prudente escoger al pade Castanéde, subdirector del seminario.

-El padre Castanéde es enemigo del padre Pirard, al que se considera sospechoso de jansenismo -añadió el joven seminarista acercándose a su oído.

Todos los primeros pasos de nuestro héroe, que presumía de prudente, fueron, como la elección de confesor, puras torpezas. Engañado por toda su presunción de hombre imaginativo, tomaba sus intuiciones por hechos y se creía un hipócrita consumado. Su insensatez llegaba hasta el punto de reprocharse sus triunfos en este arte propio de los débiles.

«¡Por desgracia, es mi única arma! En otra época -se decíahubiera ganado el pan mediante acciones palpables ante el enemigo.»

Julien, satisfecho de su conducta, miraba en torno suyo; por todas partes encontraba la apariencia de la más pura virtud.

Ocho o diez seminaristas vivían en olor de santidad y tenían apariciones, como santa Teresa y san Francisco cuando recibió los estigmas en el monte Vernia, en los Apeninos. Pero aquello era un gran secreto, sus amigos lo ocultaban. Aquellos pobres muchachos de las apariciones estaban casi siempre en la enfermería. Un centenar de ellos, en cambio, unían a una fe robusta una aplicación infatigable. Trabajaban hasta el punto de ponerse enfermos, pero sin aprender gran cosa. Dos o tres se distinguían por un verdadero talento, entre otros uno llamado Chazel; pero Julien se sentía alejado de ellos, y ellos de él.

El resto de los trescientos veintiún seminaristas estaba compuesto únicamente de seres groseros, que no estaban muy seguros de comprender las palabras latinas que repetían a todas horas del día. Casi todos eran hijos de campesinos, que preferían ganarse el pan mascullando unos cuantos latinajos que cavando la tierra. Después de hacer esta observación en los primeros días, Julien se auguró grandes éxitos. «En todo servicio -se decía- hace falta gente inteligente, pues a fin de cuentas hay una obra que realizar. En tiempo de Napoleón yo hubiera sido sargento; entre estos futuros curas seré vicario mayor.»

«Todos estos pobres diablos -añadía-, artesanos desde su infancia, sólo han comido, hasta venir aquí, requesón y pan negro. En sus chozas, no comían carne más que cinco o seis veces al año. Al igual que los soldados romanos para quienes la guerra era una época de descanso, estos rústicos campesinos están encantados con las delicias del seminario.»

Julien no leía en sus ojos tristes más que la necesidad física satisfecha después de la comida, y el placer físico esperado antes de comer. Tales eran las gentes en medio de las cuales había que distinguirse; pero lo que Julien no sabía, lo que tenían buen cuidado de no decirle, es que ser el primero en los diferentes cursos de dogma, historia eclesiástica, etc., etc., que se siguen en el seminario, sólo era a sus ojos un pecado de ostentación. Desde Voltaire, desde el gobierno de las dos cámaras, que en el fondo sólo es desconfianza y libre examen y da al espíritu de los pueblos la mala costumbre de desconfiar, la Iglesia de Francia parece haber comprendido que los libros son sus verdaderos enemigos. A sus ojos, la sumisión de corazón lo es todo. Brillar en los estudios, aunque sean sagrados, les resulta sospechoso, y con razón. ¿Quién impedirá al hombre superior que se pase al otro lado, como Sieyés o Grégoire? La Iglesia temerosa se aferra al papa como único medio de salvación. El papa es el único que puede tratar de detener el libre examen y, por medio de la piadosa pompa de las ceremonias de su corte, impresionar el espíritu hastiado y enfermo de las gentes del mundo.

Julien, que adivinaba a medias estas diversas verdades, que sin embargo todo cuanto se dice en un seminario tiende a desmentir, cayó en la más profunda melancolía. Trabajaba mucho y conseguía aprender rápidamente cosas muy útiles para un sacerdote, muy falsas a sus ojos y en las que no ponía interés alguno. Creía que no tenía otra cosa que hacer.

«¿Pero es que todo el mundo se ha olvidado de mí?», pensaba. Ignoraba que el padre Pirard había recibido y echado al fuego varias cartas selladas en Dijon, donde, a pesar del estilo más comedido, se advertía la pasión más viva. Aquel amor parecía combatido por graves remordimientos. «Tanto mejor -pensaba el padre Pirard-, por lo menos no es una mujer impía la que ha amado este hombre.»

Un día el padre Pirard abrió una carta, que parecía medio borrada por las lágrimas; era un adiós eterno. «Por fin -le decía a Julien- el cielo me ha concedido la gracia de odiar, no al autor de mi falta, que será siempre para mí lo más querido en este mundo, sino la misma falta. El sacrificio está hecho, amigo mío. Y no sin lágrimas, como puede ver. La salvación de los seres a quienes me debo y a los que usted tanto ha querido lo exige. Un Dios justo, pero terrible, no podrá ya vengar en ellos los crímenes de su madre. Adiós, Julien, sea justo con los hombres.»

El final de esta carta era casi totalmente ilegible. Le indicaba unas señas de Dijon, aunque esperando que Julien no contestaría nunca, o por lo menos que lo haría en términos tales que una mujer arrepentida y virtuosa pudiera oír sin ruborizarse.

La melancolía de Julien, junto con la mediocre alimentación que suministraba al seminario el contratista de las comidas a 83 céntimos, empezaba a influir en su salud, cuando un día se presentó Fouqué de improviso en su cuarto.

-Por fin he logrado entrar. He venido cinco veces seguidas a Besancon, sin reproches, para verte. Siempre la misma cara de palo. He apostado una persona a la puerta del seminario; ¿por qué diablos no sales nunca?

-Es una prueba a la que me he sometido.

-Te encuentro muy cambiado. Pero por fin te vuelvo a ver. Dos relucientes monedas de cinco francos acaban de demostrarme que he sido un majadero al no haberlas ofrecido desde el primer viaje.

La conversación entre los dos amigos fue interminable. Julien cambió de color cuando Fouqué le dijo:

-A propósito, ¿sabes que la madre de tus discípulos se ha entregado a la más fervorosa devoción?

Y hablaba con aquel aire indiferente que produce una impresión tan sobrecogedora en el alma apasionada, que agita en ésta, sin sospecharlo, los más caros afectos.

-Sí, amigo mío, a la devoción más exaltada. Dicen que hace peregrinaciones. Mas, para vergüenza eterna del padre Maslon, que durante tanto tiempo ha espiado al pobre padre Chélan, la señora de Rénal no ha querido nada con él. Va a confesarse a Dijon o a Besancon.

-¿Viene a Besancon? -dijo Julien, poniéndose colorado hasta las orejas.

-Con bastante frecuencia -contestó Fouqué con aire interrogativo.

-¿Llevas ahí algún Constitucional?

-¿Cómo dices? -replicó Fouqué.

-Te pregunto si llevas algún ejemplar del Constitucional -repuso Julien en tono más tranquilo-. Aquí se venden a un franco cincuenta el número.

-¡Cómo! ¡Hasta en el seminario aparecen los liberales! -exclamó Fouqué-. ¡Pobre Francia! -añadió, adoptando la voz hipócrita y el tono dulzón del padre Maslon.

Aquella visita hubiera causado una profunda impresión a nuestro héroe si al día siguiente una palabra que le dirigió aquel joven seminarista de Verriéres, que tan niño le parecía, no le hubiese llevado a un importante descubrimiento. Desde que estaba en el seminario, la conducta de Julien había sido una serie de pasos en falso. Se burló de sí mismo con amargura.

A decir verdad, los actos importantes de su vida estaban sabiamente dirigidos; pero cuidaba poco los detalles. Así es que ya pasaba entre sus compañeros por un librepensador. Le habían traicionado una multitud de pequeños indicios.

Según ellos, era convicto de un vicio imperdonable: pensaba, juzgaba por sí mismo, en vez de seguir ciegamente la autoridad y el ejemplo. El padre Pirard no le había servido para nada; no le había dirigido la palabra ni una sola vez fuera del tribunal de la

penitencia y aun allí escuchaba más bien que hablaba. Las cosas hubieran sido de muy distinto modo de haber escogido al padre Castanéde.

A partir del momento en que Julien se dio cuenta de su locura ya no se aburrió más. Quiso conocer toda la extensión del mal, y a este efecto se decidió a salir del silencio altivo y obstinado con que había rechazado a sus compañeros. Entonces se vengaron de él. Sus avances fueron acogidos con un desprecio rayano en la burla. Reconoció que, desde su entrada en el seminario, no había transcurrido una hora, sobre todo en los recreos, que no tuviese para él consecuencias en pro o en contra, que no aumentase el número de sus enemigos o le ganase la voluntad de algún seminarista sinceramente virtuoso o un poco menos grosero que los demás. El mal que tenía que reparar era inmenso, la empresa muy difícil. Desde entonces la atención de Julien estuvo siempre en guardia; trataba de formarse un carácter completamente nuevo.

El movimiento de sus ojos, por ejemplo, le dio mucho que hacer. No sin razón los llevan bajos en tales lugares. «¡Qué presunción la mía cuando en Verriéres creía vivir!; allí sólo me preparaba para la vida; ahora estoy en el mundo, tal y como lo encontraré hasta que acabe de representar mi papel, rodeado de verdaderos enemigos. ¡Qué difícil es -agregaba- esta constante hipocresía renovada a cada momento! Es peor que los trabajos de Hércules. El Hércules de los tiempos modernos es Sixto V, que estuvo durante quince años consecutivos engañando, por su modestia, a cuarenta cardenales que le habían conocido vivo y altanero en su juventud.

»¡De modo que aquí el saber no importa nada! -se decía con despecho-; los adelantos en el dogma, en historia sagrada, etc., sólo cuentan en apariencia. Todo lo que nos dicen en este sentido no es más que un lazo para hacer caer en la trampa a unos cuantos locos como yo. ¡Desgraciadamente mi único mérito consistía en mis rápidos progresos, en la facilidad con que asimilaba todas esas monsergas! ¿Resultará acaso que en el fondo les conceden su verdadero valor? ¿Las tendrán en el mismo concepto que yo? ¡Y tenía la estupidez de sentirme orgulloso de ello! Los primeros puestos que he conseguido siempre sólo han servido para restarme puntos para los verdaderos puestos que se obtienen al salir del seminario y que son los que dan dinero. Chazel, que sabe más que yo, mete siempre en sus composiciones alguna patochada, que le hace quedar en el número cincuenta; si alguna vez obtiene el primero es por distracción. ¡Qué útil me hubiera sido una palabra, una sola palabra del padre Pirard!»

A partir del momento en que Julien se dio cuenta de su error, los largos ejercicios de devoción ascética, como el rosario cinco veces por semana, los cánticos al Sagrado Corazón, etc., etc., que le parecían tan mortalmente aburridos, se convirtieron en los momentos más interesantes de su actuación.

Reflexionando severamente sobre sí mismo, y sobre todo tratando de no sobrevalorar sus propias posibilidades, Julien no pretendió de pronto realizar a cada paso acciones significativas, es decir, que prueban un grado de perfección cristiana, como los seminaristas que servían de modelo a los demás. En el seminario hay un modo de comer un huevo pasado por agua que indica los progresos alcanzados en la vida devota.

El lector, que se ha sonreído quizá, se dignará recordar todas las faltas que llegó a cometer, tomando un huevo, el padre Delille, cuando fue invitado a almorzar por una gran dama de la corte de Luis XVI.

Julien procuró en un principio alcanzar el estado de non culpa, que es aquel en que se encuentra un joven seminarista cuya actitud, modo de mover los brazos, los ojos, etc., no tienen, en verdad, nada de mundano, pero tampoco denotan un ser absorto en la idea de la otra vida y de la pura nada de ésta.

Constantemente encontraba Julien escritos con carbón en las paredes de los corredores letreros como ése: «¿Qué son sesenta años de prueba comparados con una eternidad de delicias o una eternidad de aceite hirviendo en el infierno?». No volvió a despreciarlos; comprendió que debía tenerlos siempre presentes. «¿Qué voy a hacer durante toda mi vida? -se decía-; vender a los fieles un lugar en el cielo. ¿Cómo les haré ver que este lu-

gar existe? Por la diferencia entre mi aspecto exterior y el de un laico.»

Después de varios meses de estudio incesante aún tenía Julien el aire de pensar. Su modo de mover los ojos y la boca no denotaban la fe implícita y presta a creerlo todo y a soportarlo todo, incluso el martirio. Julien se ponía furioso al darse cuenta de que en esto le daba ciento y raya cualquier campesino de los más groseros. Había buenas razones para que no tuviesen el menor aire de pensador.

¡Cuántos esfuerzos llegó a desplegar para alcanzar aquella frente beata y estrecha, aquella expresión de fe ciega y ferviente, dispuesta a creerlo todo y a sufrirlo todo, que tan frecuentemente se encuentra en los conventos de Italia, y de la que tan perfectos modelos tenemos nosotros los laicos en los cuadros religiosos del Guercino!

Los días de las grandes solemnidades servían a los seminaristas salchicha con choucroute. Los vecinos de mesa de Julien observaron que era insensible a aquel placer; éste fue uno de sus primeros crímenes. Sus compañeros vieron en ello un odioso rasgo de la más estúpida hipocresía; no hubo cosa que le procurara más enemigos. «¡Miren el burgués, el desdeñoso -decían-, que presume de despreciar la mejor pitanza, salchichas con choucroute! ¡Vaya con el orgulloso, el mamarracho, el condenado!» Hubiera debido hacer la penitencia de dejar una parte de la comida y hacer este sacrificio mostrando la choucroute a un amigo y diciendo:

-¿Qué otra cosa puede ofrecer el hombre a un ser todopoderoso excepto el dolor voluntario?

Julien carecía de la experiencia necesaria para ver con facilidad este tipo de cosas.

-¡Ay! La ignorancia de estos jóvenes campesinos, compañeros míos, es una ventaja inmensa para ellos -exclamaba Julien en momentos de desaliento-. Cuando llegan al seminario, el profesor no tiene que arrancarles la enorme cantidad de ideas mundanas que yo traigo, y que leen en mi cara, haga lo que haga.

Julien estudiaba con atención rayana en la envidia a los más groseros campesinos que llegaban al seminario. En el momento en que les despojaban de su chaqueta de ratina, para hacerles endosar el hábito negro, su educación se constreñía a un respeto inmenso, sin límites, por el dinero líquido y neto, como dicen en el Franco Condado.

Es la manera sacramental y heroica de expresar la sublime idea del dinero contante y sonante.

Para estos seminaristas, como para los héroes de las novelas de Voltaire, la felicidad consiste ante todo en comer bien. Julien descubría en casi todos ellos un respeto innato por todo aquel que llevaba un traje de paño fino. Este sentimiento les hacía apreciar en todo su valor, y aun por debajo de su valor, la justicia distributiva, tal y como la administran nuestros tribunales. «¿Qué vais a salir ganando con llevarle la contraria a un pez gordo?», solían decir entre sí.

Ésta es la expresión con que las gentes de los valles del Jura suelen designar a una persona rica. ¡Puede imaginarse, pues, su respeto por el más rico de todos: el gobierno!

No sonreír respetuosamente al solo nombre del señor prefecto pasa por una imprudencia entre los campesinos del Franco Condado; y la imprudencia de un pobre es rápidamente castigada con la falta de pan.

Después de haberse sentido en los primeros tiempos como asfixiado por un profundo sentimiento de desprecio, Julien acabó por sentir compasión: los padres de la mayor parte de sus compañeros habían vuelto muchas veces a sus cabañas en las crudas noches de invierno, sin encontrar en ellas pan, ni castañas, ni patatas. «¿Qué tiene, pues, de extraño -se decía Julien- si para ellos el hombre feliz es, ante todo, el que ha comido bien, y después el que va bien vestido? Mis compañeros tienen una vocación firme, es decir, ven en el estado eclesiástico la continuación indefinida de esta felicidad: comer bien y tener un buen abrigo en invierno.»

Cierto día le aconteció a Julien oír a un joven seminarista, dotado de imaginación, que le decía a su compañero:

-¿Por qué no he de llegar yo a papa como Sixto V, que era porquero?

-Sólo hacen papas a los italianos -le contestó su amigo-; pero seguramente nos caerá en suerte alguna plaza de vicario general, canónigo y quizás obispo. Su Ilustrísima el obispo de Chalons es hijo de un tonelero: el mismo oficio que tiene mi padre.

Un día, durante la lección de dogma, el padre Pirard mandó llamar a Julien. El pobre muchacho tuvo una satisfacción inmensa al salir de la atmósfera física y moral en que estaba sumido.

Julien encontró en el señor director la acogida que tanto le asustara el día que entró en el seminario.

-Explíqueme lo que hay escrito en este naipe -le dijo, mirándole como si le quisiera anonadar.

Julien leyó:

«Amanda Binet, en el café de la Jirafa, antes de las ocho. Diga que es de Genlis y primo de mi madre.»

Julien se dio cuenta de la gravedad del peligro que corría; los espías del padre Castanéde le habían robado aquellas señas.

-El día que entré aquí -respondió mirando a la frente del padre Pirard, pues no podía soportar el terrible fulgor de sus ojos-, estaba aterrado: el padre Chélan me había dicho que éste era un sitio fértil en toda clase de delaciones y maldades, en el que se fomentaba el espionaje y las denuncias entre compañeros. Es la voluntad del cielo, para que los jóvenes sacerdotes conozcan la vida como es e inspirarles asco hacia el mundo y sus pompas.

-¡A mí venirme con frases! -dijo el padre Pirard, furioso-. ¡Pequeño bribón!

-En Verriéres -repuso fríamente Julien-, mis hermanos me pegaban cuando tenían algún motivo de envidia...

-¡Al grano, al grano! -exclamó el padre Pirard, casi fuera de sí.

Sin sentirse intimidado lo más mínimo, Julien reanudó su narración:

-El día de mi llegada a Besancon, hacia mediodía, tenía hambre, entré en un café. Mi corazón estaba henchido de repugnancia hacia un lugar tan profano; pero pensé que allí me costaría el almuerzo menos que en la posada. Una señora, que parecía la dueña del establecimiento, tuvo compasión de mi aire inexperto. «Besancon está lleno de mala gente -me dijo-; tengo miedo de que le ocurra algo, señor. Si se viese en un apuro, acuda a mi casa antes de las ocho. Si los porteros del seminario se niegan a traerme el recado, diga que es primo mío y natural de Genlis...»

-Toda esta cháchara va a ser comprobada -exclamó el padre Pirard, que, incapaz de estarse quieto, paseaba de un lado a otro de la habitación-. ¡Vuelva a su celda!

El padre siguió a Julien y le encerró con llave. Éste se puso inmediatamente a registrar su maleta, en el fondo de la cual estaba cuidadosamente escondida la carta fatal. No faltaba nada en la maleta, pero había varias cosas fuera de su sitio; sin embargo, él no se separaba de la llave ni un momento. «Afortunadamente -se dijo Julien-, mientras vivía cegado, no acepté jamás el permiso para salir que el padre Castanéde me ofrecía tan a menudo, con una bondad que ahora comprendo. Quizás hubiese tenido la debilidad de cambiar de traje y de ir a ver a la hermosa Amanda, y me habría perdido. Cuando han visto que no podían sacar de este informe el partido que ellos esperaban, para no desperdiciarlo lo han convertido en denuncia.»

Dos horas más tarde el director le mandó llamar.

-No ha mentido usted -le dijo con mirada menos severa-; pero guardar tales señas es una imprudencia cuya gravedad no puede usted imaginar siquiera. ¡Desgraciado! Quizás esto le perjudique todavía dentro de diez años.