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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 25. El seminario
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Trois cent trente-six diners á 83 centimes,
trois cent trente-six soupers á 28 centimes;
du chocolat á qui de droit;
combien y a-t-il á gagner sur la
soumission?
EL VALENOD DE BESANCON

«Trescientas treinta y seis comidas a 83 céntimos; trescientas treinta y seis cenas a 28 céntimos; chocolate para quienes tengan derecho a él. ¿Cuánto se saca de ganancia por la contrata?»

Desde lejos vio la cruz de hierro dorado sobre la puerta; se acercó lentamente; sintió que le flaqueaban las piernas. «¡Éste es el infierno en la tierra, del que no podré salir!» Por fin se decidió a llamar. El sonido de la campana retumbó como en un lugar solitario. Al cabo de diez minutos vino a abrirle un hombre pálido, vestido de negro. Julien le miró e inmediatamente bajó los ojos. Aquel portero tenía una fisonomía singular. Las pupilas verdes y saltonas de sus ojos eran redondas como las de un gato; el borde inmóvil de sus párpados anunciaba la imposibilidad de toda simpatía; sus labios delgados se abrían en semicírculo, dejando al descubierto unos dientes prominentes. Sin embargo, en aquella fisonomía no se reflejaba el crimen, sino más bien aquella absoluta insensibilidad que a los ojos de la juventud resulta mucho más sobrecogedora. El único sentimiento que la rápida mirada de Julien pudo adivinar en aquel largo semblante de devoto fue el más profundo desprecio por todo aquello de que quisieran hablarle y que no fuera el interés del cielo.

Julien levantó los ojos con esfuerzo, y con una voz temblorosa por la emoción que le hacía latir apresuradamente el corazón, explicó que deseaba hablar con el padre Pirard, director del seminario. Sin decir una palabra, el hombre de negro le hizo seña de que le siguiera. Subieron dos pisos por una ancha escalera con barandilla de madera, cuyos escalones, desgastados, se inclinaban del lado opuesto a la pared y parecían a punto de caerse. Una puertecilla coronada por una cruz de cementerio, de madera clara pintada de negro, se abrió con dificultad y el portero le hizo entrar en una habitación sombría y baja, cuyas paredes enjalbegadas de cal estaban adornadas con dos cuadros ennegrecidos por el tiempo. Allí se quedó solo Julien; estaba aterrado; su corazón latía con violencia; habría sido feliz si se hubiera atrevido a llorar. Un silencio de muerte reinaba en toda la casa.

Al cabo de un cuarto de hora, que le pareció un día entero, el portero de semblante siniestro reapareció en el umbral de la puerta, al otro extremo del aposento, y, sin dignarse hablar, le hizo seña de avanzar. Entró en una estancia aún más grande que la primera y muy mal iluminada. Las paredes estaban también blanqueadas; pero no había muebles. Solamente en un rincón, cerca de la puerta, vio Julien, al pasar, una cama de madera blanca, dos sillas de paja y un pequeño sillón de tablas de abeto, sin almohadón alguno. En el extremo opuesto de la habitación, junto a una ventana pequeña, de cristales amarillentos, adornada con sucios cacharros de flores, descubrió a un hombre sentado ante una mesa y vestido con una sotana muy raída; parecía estar enfadado y cogía uno a uno gran cantidad de cuadraditos de papel, que ordenaba en la mesa después de escribir algunas palabras. No advertía la presencia de Julien. Éste permanecía inmóvil en medio de la habitación, en el mismo sitio en que le dejó el portero, que se había marchado cerrando la puerta.

Así pasaron diez minutos; el hombre mal vestido seguía escribiendo. La emoción y el terror de Julien eran tales, que tuvo la sensación de que iba a caerse. Un filósofo hubiera dicho, quizás equivocándose: «Es la violenta impresión de lo feo sobre un alma hecha para amar lo bello».

El hombre que escribía levantó la cabeza. Julien no se dio cuenta hasta un momento más tarde, y aun después de haberlo visto, continuó inmóvil, como herido de muerte por la terrible mirada de que era objeto. Los ojos azorados de Julien apenas distinguían una cara larga y totalmente cubierta de manchas rojas, excepto la frente, de una palidez mortal. Entre aquellas mejillas rojas y aquella frente blanca brillaban dos ojillos negros, hechos para atemorizar al más valiente. Los vastos contornos de aquella frente estaban marcados por cabellos espesos, lisos y negros como el azabache.

-¿Quiere usted acercarse, sí o no? -dijo por fin aquel hombre con impaciencia.

Julien se acercó con paso vacilante y a punto de caer. Pálido como nunca lo estuvo en su vida, se detuvo a tres pasos de la mesa de madera blanca cubierta de cuadrados de papel.

-Más cerca -dijo el hombre.

Julien avanzó más, alargando la mano como buscando en qué apoyarse.

-¿Su nombre?

-Julien Sorel.

-Ha tardado usted mucho -le dijo, clavando nuevamente en él su mirada terrible.

Julien no pudo resistir aquella mirada; extendiendo la mano, como para sostenerse, cayó al suelo cuan largo era.

El hombre llamó. Julien sólo había perdido la facultad de ver lo que ocurría en torno suyo y la fuerza para moverse; oyó pasos que se acercaban.

Le levantaron, le colocaron en el silloncito de madera blanca. Oyó al hombre terrible que decía al portero:

-Le ha dado un ataque epiléptico, al parecer; no nos faltaba más que eso.

Cuando Julien pudo abrir los ojos, el hombre de la cara roja seguía escribiendo; el portero había desaparecido. «Hay que tener valor -se dijo nuestro héroe-, y sobre todo ocultar lo que siento -sentía unas violentas náuseas-; si me ocurre un accidente, sabe Dios lo que pensarán de mí.»

Por fin el hombre dejó de escribir y, mirando a Julien de soslayo, le dijo:

-¿Se siente usted con fuerzas para contestar a mis preguntas?

-Sí, señor -dijo Julien con voz débil.

-¡Vaya! Me alegro.

El hombre vestido de negro se había levantado a medias y buscaba con impaciencia una carta en el cajón de su mesa, que rechinó al abrirlo. La encontró, se sentó lentamente y, mirando de nuevo a Julien con aire de arrancarle la poca vida que le quedaba, le dijo:

-Me ha sido usted recomendado por el padre Chélan, el mejor párroco de la diócesis, hombre virtuoso si los hay y amigo mío desde hace treinta años.

-¡Ah! ¿Tengo el honor de estar hablando con el padre Pirard? -dijo Julien con voz apagada.

-Así parece -replicó el director del seminario, mirándole de mal humor.

Sus pequeños ojos brillaron con más intensidad, y al mismo tiempo la comisura de sus labios se fruncía con un movimiento involuntario. Era la fisonomía del tigre saboreando de antemano el placer de devorar su presa.

-La carta de Chélan es breve -dijo como si hablara consigo mismo-. Intelligenti pauca; en los tiempos que corren siempre se escribe demasiado.

Leyó en voz alta:

Le presento a Julien Sorel, de esta parroquia, a quien bauticé pronto hará veinte años; hijo de un carpintero rico, pero que no le da nada. Julien será un obrero excelente en la viña del Señor. No le faltan inteligencia ni memoria; es reflexivo. ¿Será duradera su vocación? ¿Es sincera?

-¡Sincera! -repitió el padre Pirard con asombro y mirando a Julien; pero en aquel momento la mirada del cura parecía ya menos inhumana-. ¡Sincera! -repitió bajando la voz y continuando su lectura:

Le pido a usted una beca para Julien Sorel; la merecerá después de someterse a los exámenes necesarios. Le he enseñado un poco de teología, de esta antigua y buena teología de los Bossuet, los Arnault, los Fleury. Si el muchacho no le conviene, envíemelo de nuevo; el director del asilo de mendigos, a quien usted conoce muy bien, le ofrece ochocientos francos para que sea preceptor de sus hijos. Mi espíritu está tranquilo, gracias a Dios. Me voy acostumbrando al golpe terrible. Vale et me ama.

El padre Pirard leyó más despacio al llegar a la firma y pronunció con un suspiro la palabra Chélan.

-Está tranquilo -dijo-; en efecto, su virtud merecía esta recompensa. ¡Dios quiera concedérmela a mí si llega el caso!

Miró al cielo e hizo la señal de la cruz. A la vista de aquel signo sagrado, Julien sintió que menguaba un poco el profundo horror que le había helado la sangre desde que entró en aquella casa.

-Tengo aquí trescientos veintiún aspirantes al sagrado ministerio -dijo por fin el padre Pirard con un tono de voz severo, pero no malvado-: de ellos, solamente siete u ocho me están recomendados por hombres como el padre Chélan; así que será usted el noveno entre los trescientos veintiuno. Pero mi protección no supone favor ni debilidad, sino mayor exigencia y severidad contra los vicios. Levántese y cierre esa puerta con llave.

Julien hizo un esfuerzo para andar y consiguió no caerse. Observó que una ventanita, junto a la puerta de entrada, daba al campo. Miró los árboles; su imagen le produjo el mismo bienestar que si hubiera tropezado con antiguos amigos.

-Loquerisne linguam latinam? -le preguntó el padre Pirard cuando volvía.

-Ita, pater optime -respondió Julien recobrándose poco a poco. Y ciertamente nunca hombre alguno le había parecido menos excelente que el padre Pirard desde hacía media hora.

La conversación continuó en latín. La expresión de los ojos del cura se dulcificaba; Julien recobraba un poco de sangre fría.

«¡Qué débil soy! -pensaba al sentirse cohibido por aquellas apariencias de virtud-, este hombre será un bribón, ni más ni menos que el padre Maslon.» Y Julien se felicitó de haber escondido casi todo su dinero en sus zapatos.

El padre Pirard examinó a Julien de teología, y se sorprendió de lo vasto de sus conocimientos. Su asombro fue en aumento al preguntarle en particular sobre las Sagradas Escrituras. Pero cuando llegó a interrogarle sobre la doctrina de los Santos Padres, se dio cuenta de que Julien poco menos que ignoraba los nombres de san Jerónimo, san Agustín, san Buenaventura, san Basilio, etc., etc.

«Aquí tenemos la prueba -pensó el padre Pirard- de la nefasta tendencia al protestantismo que siempre le he reprochado a Chélan. Un conocimiento profundo, demasiado profundo, de las Sagradas Escrituras.»

(Julien acababa de hablarle, sin que él le preguntara sobre este punto, de la verdadera época en que fueron escritos el Génesis, el Pentateuco, etc.)

«¿A qué conducen estos interminables razonamientos sobre las Sagradas Escrituras, como no sea al examen personal, es decir, al más odioso protestantismo? Y junto a esta ciencia imprudente, nada sobre los Santos Padres que pueda compensar esa tendencia.»

Pero el asombro del director del seminario no tuvo límites cuando, al preguntar a Julien sobre la autoridad del papa, y esperando que se atendría a las máximas de la antigua Iglesia galicana, el joven le recitó todo el libro del señor de Maistre.

«Qué hombre más singular este Chélan -pensó el padre Pirard-. ¿Le habrá enseñado este libro para enseñarle a burlarse de él?»

En vano interrogó a Julien para tratar de inquirir si creía seriamente en la doctrina del señor de Maistre. El joven sólo respondía con su memoria. A partir de aquel momento Julien estuvo realmente acertado; se sentía dueño de sí. Después de un examen muy largo creyó notar que la severidad con que le trataba el padre Pirard era puramente afectada. En efecto, sin los

principios de severidad austera que desde hacía quince años se había impuesto para con sus discípulos de teología, el director del seminario hubiera abrazado a Julien en nombre de la lógica, tanta claridad, tanta precisión, tanta exactitud había en sus respuestas.

«Es un espíritu sano y atrevido -se decía-, pero corpus debile. (El cuerpo es débil.)»

-¿Suele usted caerse así con frecuencia? -dijo a Julien en francés, señalando al suelo.

-Es la primera vez que me ocurre en toda mi vida, la cara del portero me dejó helado -añadió Julien, ruborizándose como un niño.

El padre Pirard casi le sonrió.

-Ése es el efecto de las vanas pompas del mundo; por lo que veo, está usted acostumbrado a caras risueñas, verdaderos teatros de la mentira. La verdad es austera, señor mío. ¿Pero no es también austera nuestra misión en este mundo? Habrá que velar para que su conciencia esté en guardia contra esta flaqueza: demasiada sensibilidad para las vanas apariencias del mundo.

-Si no viniera recomendado -dijo el padre Pirard, volviendo a emplear el latín con marcada complacencia-, si no viniera recomendado por un hombre como el padre Chélan, le hablaría el vano lenguaje de este mundo, al cual me parece que está usted habituado con exceso. La beca completa que solicita, le diría, es una de las cosas más difíciles de conseguir del mundo. Pero sería conceder bien poco crédito al padre Chélan si después de cincuenta y seis años de apostolado no pudiera disponer de una beca en el seminario.

Después de estas frases, el padre Pirard recomendó a Julien que no se afiliase a ninguna sociedad o congregación secreta sin su consentimiento.

-Le doy a usted mi palabra de honor-dijo Julien en un arranque de emoción propio de un hombre honrado.

El director del seminario sonrió por vez primera.

-En un sitio como éste, esta frase es inadecuada -le dijo-, recuerda demasiado el vano honor del mundo, que conduce a las gentes a tantos pecados y a menudo al mismo crimen. Me debe usted santa obediencia en virtud del párrafo diecisiete de la bula Unam ecclesiam, de san Pío Y. Yo soy su superior eclesiástico. En esta casa, muy querido hijo mío, oír es obedecer. ¿Cuánto dinero tiene?

«Ya estamos en el punto -se dijo Julien-; por esto era su muy querido hijo.»

-Treinta y cinco francos, reverendo padre.

-Apunte minuciosamente el empleo de esta cantidad; tendrá que darme cuenta de ella.

Aquella penosa sesión había durado tres horas. Julien llamó al portero.

-Alojará usted a Julien Sorel en la celda número 103 -le dijo el padre Pirard a aquel hombre.

Por deferencia extraordinaria, le concedía a Julien alojamiento separado.

-Lleve usted allí su maleta -añadió.

Julien bajó los ojos y reconoció su maleta, delante de él precisamente; la estaba mirando hacía tres horas y no la había reconocido.

Al llegar al número 103, una pequeña celda de ocho pies cuadrados en el último piso de la casa, Julien vio que daba sobre las murallas, y por encima de ellas se divisaba la hermosa llanura que el Doubs separa de la ciudad.

«¡Qué hermosa vista!», exclamó Julien; hablándose así no sabía lo que expresaban aquellas palabras. Las sensaciones tan violentas que había experimentado en el poco tiempo que llevaba en Besancon habían agotado sus fuerzas por completo. Se sentó junto a la ventana en la única silla de madera que había en la celda, y a poco quedóse profundamente dormido. No oyó la campana de la cena ni la de la oración; le habían olvidado.

Cuando a la mañana siguiente le despertaron los primeros rayos del sol, se encontró tumbado en el suelo.