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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 24. Una capital
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Que de bruit, que de gens affairés!
Que d'idées pour l'avenir dans une tete de vingt ans!
Quelle distraction pour l'amour!
BARNAVE

.«¡Cuánto ruido, cuánta gente atareada! ¡Cuántas ideas para el porvenir en una cabeza de veinte años! ¡Qué distracción para el amor!»

En lo alto de una montaña lejana divisó, por fin, la negrura de unas murallas; era la ciudadela de Besancon. «¡Qué diferencia para mí -se dijo suspirando-, si llegara a esta noble ciudad guerrera para ser subteniente de uno de los regimientos encargados de su defensa!»

Besancon no es solamente una de las ciudades más hermosas de Francia; abunda en gentes de corazón y de talento. Pero Julien no era más que un pobre campesino, y carecía en absoluto de medios para acercarse a los hombres distinguidos.

En casa de Fouqué se había vestido con un traje de paisano, y así ataviado atravesó el puente levadizo. Recordando la historia del sitio de 1674, quiso ver las murallas y la ciudadela antes de encerrarse en el seminario. Dos o tres veces estuvo a punto de ser detenido por los centinelas; se metía en sitios que los ingenieros militares prohíben al público, con objeto de poder vender doce o quince francos de heno al año.

La altura de las murallas, la profundidad de los fosos, el terrible aspecto de los cañones, le habían ocupado durante varias horas, cuando se encontró delante del gran café del bulevar. Se quedó inmóvil de admiración; por más que leía la palabra café, escrita en gruesos caracteres encima de las dos inmensas puertas, no podía dar crédito a sus ojos. Hizo un esfuerzo por dominar su timidez; atrevióse a entrar, y se encontró en una sala de treinta o cuarenta pasos de largo y cuyo techo se elevaba más de veinte pies. Aquel día todo era como un encantamiento para él.

Había empeñadas dos partidas de billar. Los mozos cantaban los puntos; los jugadores corrían en torno de los billares, abarrotados de espectadores. Los torrentes de humo de tabaco que exhalaban las bocas de todos les envolvían en una nube azulada. La elevada estatura de aquellos hombres, sus hombros macizos, su andar pesado, sus enormes patillas, los largos levitones que les cubrían, todo llamaba la atención de Julien. Estos nobles hijos de la antigua Bisontium sólo hablaban a gritos, dándoselas de terribles guerreros. Julien admiraba inmóvil; consideraba la inmensidad, la magnificencia de una gran capital como Besancon. No se sentía con el valor necesario para pedir una taza de café a uno de aquellos señores de mirada altiva que cantaban los puntos del billar.

Pero la señorita del mostrador se había fijado en el rostro encantador de aquel joven burgués de pueblo que, parado a tres pasos de la estufa, con un pequeño paquete debajo del brazo, contemplaba atentamente el hermoso busto del rey, vaciado en yeso blanco. Aquella señorita, natural del Franco Condado, muy bien formada y vestida como es debido para dar crédito a un café, había dicho ya dos veces, con una vocecita que sólo procuraba ser oída por Julien:

-¡Señor, señor!

Julien se encontró con dos grandes ojos azules, muy tiernos, y vio que era a él a quien hablaban.

Se acercó rápidamente al mostrador y a la muchacha, como hubiera avanzado al encuentro del enemigo. En su movimiento brusco se le cayó el paquete.

¿Qué compasión no inspirará nuestro provinciano a los jóvenes estudiantes de París, que a los quince años ya saben entrar en un café con un porte tan distinguido? Pero esos muchachos, tan desenvueltos a los quince años, a los dieciocho caen en lo vulgar. La timidez apasionada que se encuentra en provincias, a veces puede ser superada, y entonces enseña a querer. Al acercarse a aquella muchacha tan guapa, que se dignaba dirigirle la palabra, pensó Julien que se tornaba animoso a fuerza de timidez vencida: «Es preciso que le diga la verdad».

-Señora, vengo por vez primera en mi vida a Besancon; quisiera que me dieran, pagando, un panecillo y una taza de café.

La señorita se sonrió un poco y luego se ruborizó; temía que aquel muchacho tan lindo fuese objeto de la atención irónica y de las burlas de los jugadores de billar. Quizá se asustara y no volviera más.

-Póngase aquí, a mi lado -le dijo, señalando una mesa de mármol, casi oculta por el enorme mostrador de caoba que avanzaba hacia el centro de la sala.

La señorita se inclinó fuera del mostrador, lo que le dio ocasión de lucir su soberbio talle. Julien se fijó en él; todas sus ideas variaron de curso. La hermosa señorita acababa de colocar delante de él una taza, azúcar y un panecillo. Vacilaba en llamar a un camarero para que trajera el café, comprendiendo que la llegada del camarero pondría fin a su coloquio a solas con Julien.

Julien, pensativo, comparaba aquella belleza, rubia y alegre, con ciertos recuerdos que le agitaban a menudo. La idea de la pasión que había inspirado le quitó casi toda su timidez. La hermosa señorita no podía perder el tiempo; leyó en las miradas de Julien.

-El humo de las pipas le hace a usted toser. Venga mañana a desayunar antes de las ocho de la mañana; a esa hora estoy casi sola.

-¿Cómo se llama usted? -dijo Julien con la sonrisa acariciadora de la timidez dichosa.

-Amanda Binet.

-¿Me permite que le envíe, dentro de una hora, un paquete como éste?

La bella Amanda reflexionó un poco.

-Estoy vigilada: lo que me pide puede comprometerme; sin embargo, voy a escribir mis señas en una tarjeta que puede usted colocar en el paquete. Envíemelo sin vacilar.

-Yo me llamo Julien Sorel -dijo el joven-, y no tengo parientes ni amigos en Besancon.

-¡Ah! Ya comprendo -dijo ella alegremente-, viene usted a la escuela de Derecho.

-¡Desgraciadamente, no! -respondió Julien-. Me mandan al seminario.

El más completo desencanto se pintó en los rasgos de Amanda; llamó a un camarero: ahora sí tenía valor para hacerlo. El camarero sirvió café a Julien, sin mirarle.

Amanda cobraba en el mostrador. Julien estaba orgulloso de haberse atrevido a hablar: en uno de los billares empezó una disputa. Los gritos y los mentís de los jugadores, que resonaban en aquel salón inmenso, producían una algarabía que asombraba a Julien. Amanda estaba pensativa y bajaba los ojos.

-Si quiere usted, señorita -le dijo, de pronto, con aplomo-, diré que soy primo suyo.

Aquel leve aire de autoridad fue del agrado de Amanda. «No es un joven de poco más o menos», pensó. Y le dijo, muy deprisa, sin mirarle, pues su vista estaba atenta a ver si se acercaba alguien al mostrador:

-Yo soy de Genlis, cerca de Dijon; diga usted que es también de Genlis y primo de mi madre.

-No dejaré de hacerlo.

-Todos los jueves, a las cinco, en verano, los señores seminaristas pasan por aquí, delante del café.

-Si piensa usted en mí, cuando yo pase, tenga un ramo de violetas en la mano.

Amanda le miró con aire de asombro; aquella mirada cambió el valor de Julien en temeridad. Sin embargo, se puso muy encarnado al decirle:

-Siento que la quiero a usted apasionadamente.

-Hable usted más bajo -le dijo ella, con aire asustado.

Julien trataba de recordar las frases de un tomo suelto de la Nueva Eloísa que había encontrado en Vergy. Su memoria le fue fiel; hacía diez minutos que recitaba la Nueva Eloísa a la señorita Amanda, que estaba encantada, sintiéndose él muy satisfecho con su valentía, cuando de repente la bella cajera adoptó un aire glacial. Uno de sus adoradores apareció en la puerta del café.

Se acercó al mostrador, silbando y contoneándose; miró a Julien. Al punto, la imaginación de éste, siempre proclive a los extremos, no hizo más que pensar en la posibilidad de un duelo. Palideció intensamente, apartó su taza, adoptó un aire resuelto, y miró atentamente a su rival. Mientras éste inclinaba la cabeza, sirviéndose con familiaridad un vaso de aguardiante en el mostrador, Amanda ordenó a Julien con una mirada que bajara los ojos. Él obedeció, y durante dos minutos estuvo inmóvil en su sitio, pálido y resuelto, atento únicamente a lo que iba a suceder; en aquel momento estaba verdaderamente bien. Su rival se había quedado asombrado al ver los ojos de Julien; después de apurar de un trago su vaso de aguardiente, le dijo unas palabras a Amanda, metió las manos en los bolsillos laterales de su levitón y se acercó a una mesa de billar, silbando y mirando a Julien. Éste se levantó lleno de cólera; pero no sabía cómo arreglárselas para ser insolente. Dejó su paquetito, y contoneándose todo lo que pudo se acercó al billar.

En vano le aconsejaba la prudencia: «Con un duelo nada más llegar a Besancon, puedes despedirte de la carrera eclesiástica. ¡Qué importa. Nadie podrá decirme que no castigo a un insolente!».

Amanda se dio cuenta de su valor, que formaba un hermoso contraste con la ingenuidad de sus maneras; en un momento le prefirió al corpulento joven del levitón. Se levantó y, simulando observar a alguien que pasaba por la calle, se interpuso rápidamente entre él y el billar.

-Cuidado con mirar con malos ojos a ese caballero, es mi cuñado.

-¿Qué me importa? Me ha mirado.

-¿Quiere usted hacer mi desgracia? Qué duda cabe que le ha mirado, incluso es posible que le hable. Le he dicho que era usted un pariente de mi madre, y que acaba de llegar de Genlis. Él es del Franco Condado, y no ha pasado nunca de Dôle, en el camino de Borgoña; de modo que puede usted decirle lo que quiera, no tema nada.

Julien vacilaba aún; ella añadió con viveza (su imaginación de señorita de mostrador le procuraba mentiras en abundancia):

-Desde luego que le ha mirado, pero en el momento en que me preguntaba quién era usted. Es grosero con todo el mundo, no ha tenido intención de insultarle.

La mirada de Julien siguió al presunto cuñado. Le vio comprar un número en la partida que se jugaba en la mesa de billar más distante. Julien oyó su gruesa voz, que gritaba en tono amenazador: «¡Ahora juego yo!». Julien pasó vivamente por detrás de la señorita Amanda, y dio un paso hacia el billar. Amanda le cogió por un brazo:

-Págueme usted antes -le dijo.

«Es justo -pensó Julien-; tiene miedo de que me vaya sin pagar.»

Amanda estaba tan agitada como él, y muy colorada; le dio el cambio lo más rápidamente que pudo, repitiéndole en voz baja:

-Salga usted ahora mismo del café, o si no, no le querré más, a pesar de que le quiero de veras.

Julien salió, efectivamente, pero despacio. «¿Acaso no debería -se preguntaba- mirar silbando a mi vez a ese individuo tan grosero?» Esta incertidumbre le retuvo una hora en el bulevar delante del café, esperando que saliera su hombre. No apareció, y Julien se alejó.

Hacía sólo unas horas que estaba en Besancon y ya había conquistado un remordimiento. El viejo cirujano mayor, a pesar de sus ataques de gota, le había dado, tiempo atrás, algunas clases de esgrima; ésa era toda la ciencia que Julien podía poner al servicio de su cólera. Pero este inconveniente no le habría importado si hubiera sabido demostrar su indignación de alguna otra manera que dando una bofetada; si había que llegar a las manos, su rival, hombre de enorme corpulencia, no sólo le daría una paliza, sino que le dejaría allí tendido.

«Para un pobre diablo como yo -se dijo Julien-, sin protectores y sin dinero, no debe haber gran diferencia entre un seminario y una cárcel; necesito dejar mi ropa de paisano en alguna posada, donde volveré a ponerme mi traje negro. Si algún día logro salir del seminario durante algunas horas, podré perfectamente volver a ver a la señorita Amanda vistiéndome de paisano.» El razonamiento era perfecto, pero Julien no se atrevía a entrar en ninguna de las posadas que hallaba a su paso.

Finalmente, al volver a pasar por delante del Hotel de Embajadores, sus ojos inquietos encontraron los de una mujer gorda, bastante joven aún, colorada y de aspecto alegre y feliz. Se acercó a ella y le contó su historia.

-Con mucho gusto, mi lindo y joven cura -le dijo la dueña del Hotel de Embajadores-, yo le guardaré su traje de seglar y hasta haré que lo sacudan a menudo. En este tiempo no es conveniente dejar los trajes de paño guardados sin airearlos.

Cogió una llave, y ella misma le condujo a una habitación, recomendándole que hiciese una nota especificando lo que dejaba.

-¡Dios mío! ¡Qué buen aspecto tiene usted así, señor cura Sobel! -le dijo la mujer gorda cuando bajó a la cocina-, haré que le sirvan una buena comida, y -añadió en voz baja- sólo le cobraré veinte sueldos, en vez de cincuenta, que es lo que todo el mundo paga, pues tiene usted que administrar lo mejor posible sus ahorrillos.

-Tengo diez luises -replicó Julien con cierto orgullo.

-¡Por Dios! -respondió la buena hostelera, alarmada-, no hable tan alto: hay muchos pillos en Besancon. Se lo robarán todo en menos de nada. Sobre todo no entre nunca en los cafés; están plagados de mala gente.

-¿De veras?-dijo Julien, a quien daba que pensar aquella frase.

-Venga usted a mi casa solamente, yo le haré café. Recuerde que siempre encontrará una amiga y una buena comida de veinte sueldos; esto es hablar, me parece a mí. Vaya, siéntese a la mesa, le voy a servir yo misma.

-Me sería imposible comer -le dijo Julien-, estoy demasiado emocionado; voy a entrar en el seminario en cuanto salga de su casa.

La buena mujer no le dejó salir hasta que le llenó los bolsillos de provisiones. Por fin Julien se encaminó al lugar terrible; la hostelera, desde la puerta, le indicaba el camino.