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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 23. Desazones de un funcionario
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Il piacere di alzar la testa tutto l'anno
é ben pagato da certi quarti d'ora che bisogna passar.
CASTI

«El placer de llevar la cabeza alta todo el año está bien pagado con algunos cuartos de hora que es preciso pasar.»

Pero dejemos a este hombre mezquino con sus pequeños temores; ¿para qué se ha llevado a su casa un hombre de corazón, cuando lo que necesitaba era un alma de lacayo? ¿Acaso no sabe elegir a su gente? La marcha ordinaria del siglo XIX es que cuando do un ser poderoso y noble encuentra un hombre de corazón, lo

mata, lo destierra, lo encarcela o lo humilla de tal forma, que el

otro comete la tontería de morirse de dolor. Por casualidad, en este caso no es todavía el hombre de corazón el que sufre. La gran desgracia de los pueblos de Francia y de los gobiernos por elección, como el de Nueva York, es el no poder olvidar que en el mundo hay seres como el señor de Rénal. En una ciudad de veinte mil habitantes, estos hombres forman la opinión pública,

y la opinión pública es terrible en un país que tiene una constitución. Un hombre dotado de un alma noble, generosa, que hubiera sido nuestro amigo, pero que vive a cien leguas, nos juzga

' por la opinión pública de nuestra ciudad, que está formada por los imbéciles que la casualidad ha hecho nacer ricos, nobles y moderados. ¡Desgraciado del que se distingue de los demás!

En cuanto acabaron el almuerzo volvieron a Vergy; pero al día siguiente Julien vio reaparecer a toda la familia en Verriéres.

No había transcurrido una hora cuando, con gran extrañeza Por su parte, descubrió que la señora de Rénal le ocultaba algo.

Interrumpía la conversación con su marido cuando él aparecía, y parecía como si deseara que se alejase. Julien no esperó a que le hiciese dos veces aquella advertencia. Se mostró frío y reservado; la señora de Rénal lo advirtió y no buscó explicación alguna: «¿Pensará darme un sucesor? -pensó Julien-. ¡Anteayer aún estaba tan íntima conmigo! Pero dicen que así se portan estas grandes damas. Son como los reyes, nunca más obsequiosos que con el ministro que al volver a su casa ha de encontrar su destitución.»

Julien notó que en esas conversaciones que cesaban bruscamente en cuanto se acercaba, se trataba a menudo de una gran casa perteneciente al municipio de Verriéres, vieja, pero amplia y cómoda y situada frente a la iglesia, en el sitio de más tráfico de la ciudad. «¿Qué puede haber de común entre esa casa y un nuevo amante?», se decía Julien. En su dolor, se repetía los hermosos versos de Francisco 1, que le parecían nuevos porque aún no hacía un mes que se los había enseñado la señora de Rénal. Y entonces, ¡cómo los desmentía con sus juramentos y sus caricias!

Souvent femme varíe,

Bien fol qui s'y fíe.

El señor de Rénal partió en la posta para Besancon. Este viaje se decidió en dos horas; el alcalde parecía muy atormentado. A la vuelta le dijo a su mujer, echando sobre la mesa un grueso envoltorio de papel gris:

-Ahí está ese maldito asunto.

Una hora después, Julien vio al cartelero que se llevaba aquel grueso envoltorio; se apresuró a seguirle. «Voy a saber el secreto en la primera esquina.»

Esperaba impaciente detrás del cartelero, que con su brocha embadurnaba el dorso del anuncio. Apenas estuvo colocado, la curiosidad de Julien pudo ver que lo que se anunciaba con todo detalle era el alquiler, en pública subasta, de aquella casa, grande y vieja, cuyo nombre aparecía con tanta frecuencia en las conversaciones del señor de Rénal y su mujer. Se anunciaba la adjudicación para el día siguiente a las dos, en la sala del Ayuntamieñto, al apagarse la tercera llama. Julien se quedó muy decepcionado; le pareció que el plazo era muy corto: ¿cómo podrían ser avisados todos los licitantes? Además, aquel anuncio, fechado quince días antes, que releyó de arriba abajo en tres sitios diferentes, no le aclaraba nada.

Fue a visitar la casa que se alquilaba. El portero, que no le vio acercarse, decía misteriosamente a un vecino:

-¡Bah! ¡Bah! Trabajo perdido. El señor Maslon le ha prometido que la tendría por trescientos francos; y como el alcalde se resistía, el vicario mayor de Frilair le mandó al obispado.

La llegada de Julien pareció molestar muchos a los dos amigos, que no pronunciaron una palabra más.

Julien no faltó a la subasta. Había mucha gente en una sala mal iluminada; pero se observaban unos a otros de un modo muy singular. Todas las miradas estaban fijas en una mesa, donde Julien vio, en una bandeja de estaño, tres cabos de vela encendidos. El ujier gritaba: «¡Trescientos francos, señores!».

-¡Trescientos francos! Esto es demasiado -dijo un hombre en voz baja a su vecino. Julien estaba entre los dos-. Vale más de ochocientos; voy a pujar.

-Es escupir al cielo. ¿Qué vas a ganar en ponerte a mal con el señor Maslon, el señor Valenod, el obispo, su terrible vicario mayor de Frilair y toda la pandilla?

-¡Trescientos treinta francos! -gritó el otro.

-¡Mala bestia! -replicó su vecino-. Y justamente ahí tienes a un espía del alcalde -añadió señalando a Julien.

Julien se volvió rápidamente para castigar aquella frase; pero los dos hijos del Franco Condado ya no le prestaban la menor atención. Su sangre fría le devolvió la suya. En aquel momento se apagaba el último cabo de vela, y la voz arrastrada del ujier adjudicó la casa en trescientos treinta francos, y por nueve años,

al señor de Saint-Giraud, jefe de negociado en la prefectura de...

En cuanto el alcalde salió de la sala, comenzaron los comentarios.

-La imprudencia de Grogeot ha hecho ganar treinta francos al Ayuntamiento -decía uno.

-Pero el señor de Saint-Giraud -respondía otro- se vengará de Grogeot. Ya lo verá.

-¡Qué infamia! -decía un hombre gordo que estaba a la izquierda de Julien-. Una casa por la que yo hubiera dado ochocientos francos para mi fábrica, y habría hecho un buen negocio.

-¡Bah! -le respondía un fabricante joven y liberal-. ¿Acaso el señor de Saint-Giraud no es de la congregación? ¿No tienen becas sus cuatro hijos? ¡Pobrecillo! Necesita que el Ayuntamiento de Verriéres le proporcione un beneficio suplementario de quinientos francos; eso es todo.

-¡Y pensar que el alcalde no ha podido impedirlo! -observaba un tercero-. Pues hay que convenir en que es reaccionario, eso allá él; pero no roba.

-¿No roba? -repuso otro-. Todo entra en un fondo común, y a fin de año se lo reparten. Pero cuidado, que ahí está el joven Sorel. Vámonos.

Julien volvió a casa de muy mal humor; allí encontró a la señora de Rénal muy triste.

-¿Viene usted de la subasta? -le dijo.

-Sí, señora, y he tenido el honor de pasar por espía del señor alcalde.

-Si me hubiese hecho caso, habría salido de viaje.

En aquel momento apareció el señor de Renal; estaba muy sombrío. El señor de Renal ordenó a Julien que les acompañase a Vergy con los niños. El viaje fue triste. La señora de Renal consolaba a su marido.

-Debería estar acostumbrado a estas cosas, amigo mío.

Por la noche estaban todos reunidos en silencio, junto al hogar; el chasquido de la leña que ardía era la única distracción. Era uno de aquellos momentos de tristeza que se producen en las familias más unidas. Uno de los niños exclamó alegremente:

-¡Llaman! ¡Llaman!

-¡Pardiez! Si es el señor de Saint-Giraud y viene a provocarme con el pretexto de darme las gracias -exclamó el alcalde-, le

diré lo que hace al caso; esto ya es demasiado. Es a Valenod a quien le debe el negocio, y yo soy quien resulta comprometido. ¿Qué voy a decir si esos malditos periódicos jacobinos intervienen en este asunto y me convierten en un hazmerreír?

Un hombre muy apuesto, con grandes patillas negras, entró en aquel momento conducido por un criado.

-Señor alcalde, yo soy el signor Geronimo. Esta carta para usted me la entregó el caballero de Beauvaisis, agregado a la Embajada de Nápoles, en el momento de mi partida, hace sólo nueve días -añadió el signor Geronimo con aire alegre, mirando a la señora de Renal-. El signor de Beauvaisis, primo suyo y amigo mío, señora, dice que usted sabe italiano.

El buen humor del napolitano cambió en alegría la tristeza de aquella velada. La señora de Rénal se empeñó en darle de cenar. Puso toda su casa en movimiento; deseaba a toda costa distraer a Julien del calificativo de espía que había tenido que oír dos veces en el mismo día. El signor Geronimo era un cantante célebre, hombre de buena sociedad y, sin embargo, muy alegre, cualidades que en Francia casi nunca son compatibles. Después de cenar cantó un pequeño duettino con la señora de Renal. Contó cuentos deliciosos. A la una de la madrugada, los niños protestaron cuando Julien les propuso irse a la cama.

-Déjenos oír otra vez esta historia -dijo el mayor.

-Es la mía, signorino -repuso el signor Geronimo-. Hace ocho años yo era, como vosotros, un alumno del conservatorio de Nápoles, quiero decir que tenía poco más o menos vuestra edad; pero no tenía el honor de ser hijo del ilustre alcalde de la bonita ciudad de Verriéres.

Aquella frase hizo suspirar al señor de Renal, que miró a su mujer.

-El signor Zingarelli -continuó el joven cantante, exagerando su acento, que aumentaba la risa de los niños-, el signor Zingarelli era un maestro excesivamente severo. Nadie le quiere en el conservatorio, pero él pretende que todo el mundo obre como si le quisieran. Yo salía lo más a menudo que podía; iba al teatrillo de San Carlino, donde oía una música de dioses: pero, ¡cielos!, ¿qué hacer para reunir los cuarenta céntimos que cuesta la entrada? Enorme suma -dijo mirando a los niños, que todavía rieron de mejor gana-. El signor Giovannone, director de San Carlos, me oyó cantar. Yo tenía dieciséis años. "Este chico es un tesoro -dijo-. ¿Quieres que te contrate?", vino a preguntarme. "¿Cuánto me va usted a dar?" "Cuarenta ducados al mes." Señores, ¡son ciento veinte francos! ¡Vi el cielo abierto! "¿Pero cómo lograré -dije a Giovannone- que me deje salir el severo Zingarelli?" "Lascia fare a me."

-¡Déjame hacer! -exclamó el mayor de los niños.

-Exactamente, señorito. El signor Giovannone me dijo: "Caro, primero vamos a hacer un contrato". Firmo: me da tres ducados. Nunca había visto tanto dinero junto. Luego me indica lo que debo hacer.

»Al día siguiente pido una audiencia al terrible signor Zingarelli. Su viejo ayuda de cámara me hace pasar. "¿Qué es lo que quieres, mal bicho?", dijo Zingarelli. "Maestro -le dije yo-, me arrepiento de mis faltas; no volveré a salir del colegio saltando la verja. Voy a redoblar mi aplicación." "Si no temiese echar a perder la más hermosa voz de bajo que he oído jamás, te encerraría a pan y agua quince días, sinvergüenza." "Maestro -repuse-, voy a ser el modelo de toda la escuela, credete a me. Pero quiero pedirle un favor; si alguien viene a buscarme para cantar fuera, no consienta usted de ninguna manera. Por favor, diga usted que no puede." "¿Y quién diablos quieres tú que venga a buscar una alhaja semejante? ¿Crees que consentiría nunca que salieses del conservatorio? ¿Es que pretendes burlarte de mí? ¡Anda, lárgate, largo de aquí! -dijo tratando de darme un puntapié en el c...- y ten cuidado con el pan seco y el encierro."

»Una hora más tarde el signor Giovannone se presentó en el despacho del director: "Vengo a pedirle que haga mi fortuna -le dice-; déjeme a Geronimo. Que cante en mi teatro y este invierno caso a mi hija." "¿Qué quieres hacer con ese mal sujeto? -le dijo Zingarelli-. No quiero; no te lo llevarás, y, además, aun cuando yo consintiera, él no querrá salir del conservatorio; acaba de jurármelo." "Si sólo se trata de su voluntad -dijo gravemente Giovannone, sacando del bolsillo mi contrato, carta canta: aquí está su firma." Entonces Zingarelli, furioso, se cuelga de la campanilla: "¡Que echen del conservatorio a Geronimo inmediatemente!", gritó, ardiendo de cólera.

»Me echaron, pues. Yo salí riendo a carcajadas. Aquella misma noche canté la canción del Moltiplico. Polichinela quiere casarse y cuenta con los dedos las cosas que necesitará en su casa, y se equivoca a cada momento.

-Por favor, caballero, ¿quiere usted cantarnos esa canción? -dijo la señora de Renal.

Geronimo cantó y todo el mundo lloraba de risa. El signor Geronimo no se fue a acostar hasta las dos de la madrugada, dejando a toda la familia encantada de sus buenos modales, de su complacencia y de su alegría.

Al día siguiente el señor y la señora de Renal le dieron las cartas que necesitaba para presentarse en la corte de Francia.

«No hay más que mentira y falsedad por todas partes -se dijo Julien-. Este signor Geronimo se va a Londres con sesenta mil francos de sueldo. Sin la habilidad del director de San Carlino, su voz divina quizá no habría sido conocida y admirada hasta diez años más tarde... A fe que preferiría ser un Geronimo a un Renal. No ocupará un puesto tan honroso en la sociedad, pero no tiene el disgusto de hacer adjudicaciones como la de hoy, y además su vida es divertida.»

Una cosa asombraba a Julien: aquellas semanas de soledad pasadas en Verriéres, en casa del señor de Renal, habían sido Para él una época dichosa. Sólo le había aquejado el hastío y la tristeza en las comidas que le dieron; en aquella casa solitaria, Podía leer, escribir y pensar sin que nadie le molestara. No veía desvanecerse a cada momento sus brillantes sueños ante la cruel necesidad de estudiar los impulsos de un alma baja, y esto a fin de engañarla con acciones o frases hipócritas.

¿Estará la felicidad tan cerca de mí?... Para una vida semejante se necesita muy poco; puedo casarme con la señorita Elisa o asociarme con Fouqué... Pero el viajero que acaba de llegar a lo alto de una montaña empinada se sienta en la cumbre y expe-

rimenta un placer perfecto al descansar. ¿Sería feliz si le obligasen a estar siempre descansando?»

El espíritu de la señora de Renal había llegado a concebir los más funestos pensamientos. A pesar de su resolución, confesó a Julien toda la historia de la subasta. «¡Llegará a hacerme olvidar todos mis juramentos!», pensaba.

Hubiera sacrificado su vida sin vacilar por salvar la de su marido, si le hubiese visto en peligro. Era una de aquellas almas nobles y románticas para las cuales entrever la posibilidad de una acción generosa y no realizarla es causa de un remordimiento casi tan grande como el que produce el crimen cometido. Sin embargo, había días funestos en que no lograba apartar de su pensamiento la idea de la felicidad inmensa que representaría para ella quedarse viuda de repente y poder casarse con Julien.

Éste amaba a sus hijos mucho más que su propio padre, y, a pesar de la severidad de su justicia, ellos le adoraban. Se daba perfecta cuenta de que casándose con Julien tendría que abandonar Vergy, cuyos umbríos parajes le eran tan queridos. Se veía a sí misma viviendo en París, donde continuaba dando a sus hijos aquella educación que despertaba la admiración de todo el mundo. Sus hijos, ella, Julien, todos eran completamente felices.

¡Extraño efecto del matrimonio tal como lo ha concebido el siglo XIX! El hastío de la vida matrimonial acaba indefectiblemente con el amor, si es que éste ha precedido al matrimonio. Y, sin embargo, como diría un filósofo, produce en las gentes lo bastante ricas para no tener que trabajar el más profundo aborrecimiento de todos los goces tranquilos. Sólo las mujeres que adolecen de una absoluta sequedad de alma logran sustraerse a su influjo, que predispone al amor.

La reflexión del filósofo me hace disculpar a la señora de Renal; pero en Verriéres nadie la disculpaba, y la ciudad entera, sin que ella se diera cuenta, sólo se ocupaba del escándalo de sus amores. Gracias a aquella ocupación apasionante, aquel otoño fue mucho menos aburrido que de costumbre.

El otoño y una parte del invierno pasaron muy deprisa. Hubo que dejar los bosques de Vergy. La buena sociedad de Verriéres empezó a indignarse al ver que sus anatemas hacían tan poco efecto en el señor de Renal. En menos de ocho días, varias personas respetables, de las que prescinden de su habitual circunspección por el placer de desempeñar esta clase de embajadas, le hicieron concebir las más crueles sospechas, pero sirviéndose de los términos más comedidos.

El señor Valenod, que iba sobre seguro, había colocado a Elisa con una familia noble y muy bien considerada, donde había cinco mujeres. Elisa, temiendo, según decía, no encontrar colocación durante el invierno, sólo había pedido a aquella familia las dos terceras partes de lo que ganaba en casa del señor alcalde. Y, espontáneamente, la muchacha tuvo, además, la excelente idea de ir a confesarse con el viejo padre Chélan, y al mismo tiempo con el nuevo párroco, para contarles a los dos, con todo detalle, los amores de Julien.

Al día siguiente de su llegada, a las seis de la mañana, el padre Chélan mandó llamar a Julien:

-No le pregunto nada -le dijo-, le ruego, y, si es necesario, le mando que no me cuente nada; le exijo que en el plazo de tres días se marche al seminario de Besancon o a casa de su amigo Fouqué, que sigue dispuesto a proporcionarle un porvenir magnífico. Lo he previsto todo, lo he arreglado todo; pero no tiene más remedio que marcharse y no volver a Verriéres en un año.

Julien no contestó; estaba pensando en si debía sentirse ofendido por el interés que el padre Chélan, que al fin y al cabo no era su padre, se tomaba por él.

-Mañana, a esta misma hora, tendré el honor de volver a verle -le dijo por fin al sacerdote.

El padre Chélan, que esperaba convencer fácilmente a un muchacho tan joven, habló mucho. Julien, encerrado en la actitud y la fisonomía más humilde, no abrió la boca.

Por fin se marchó y corrió a prevenir a la señor de Renal, a la que encontró desesperada. Su marido acababa de hablarle con cierta franqueza. La debilidad natural de su carácter, apoyada en la perspectiva de la herencia de Besancon, le había decidido

a suponerla perfectamente inocente. Acababa de comunicarle la extraña situación en que se encontraba la opinión pública de Verrieres. La gente estaba equivocada, engañada por los envidiosos; pero ¿qué hacer?

Por un momento la señora de Rénal se hizo la ilusión de que Julien podría aceptar el ofrecimiento del señor Valenod y quedarse en Verriéres. Pero ya no era la mujer sencilla y tímida del año anterior; su fatal pasión, sus remordimientos, le habían dado mayor lucidez. Al oír a su marido, no tardó en darse cuenta, con harto dolor por su parte, de que era indispensable una separación, aunque sólo fuera momentánea. «Lejos de mí, Julien volverá a caer en sus proyectos ambiciosos, tan naturales en el que nada tiene. ¡Y yo, Dios mío! ¡Soy tan rica, y de nada me sirve para ser feliz! Julien me olvidará. Siendo, como es, agradable, será amado, amará. ¡Desgraciada de mí!... ¿De qué puedo quejarme? El cielo es justo: no he tenido valor para poner fin al pecado y me ha quitado el juicio. En mi mano estaba sobornar a Elisa con dinero, nada me hubiera sido más fácil. No me he tomado siquiera la molestia de pensar un momento en lo que hacía; mis locas fantasías de amor me absorbían por completo. Me muero.»

Julien se sorprendió de una cosa: al comunicar a la señora de Renal la terrible noticia de su marcha, no se le ocurrió ninguna objeción egoísta. Ella hacía evidentes esfuerzos para no llorar.

-Necesitamos firmeza, amigo mío.

Se cortó un mechón de cabello.

-No sé lo que haré -le dijo-, pero si muero, prométeme que no olvidarás nunca a mis hijos. Estés cerca o lejos de ellos, procura que sean hombres honrados. Si hay una nueva revolución, a todos los nobles les cortarán la cabeza, su padre emigrará, quizás, a causa de aquel campesino muerto en un tejado. Vela por la familia... Dame la mano. ¡Adiós, amigo mío! Éstos son los últimos momentos. Hecho el gran sacrificio, espero que delante de la gente tendré valor para pensar en mi reputación.

Julien esperaba verla desesperada. La sencillez de esta despedida le conmovió.

-No, no me despido así de usted. Me marcharé; lo quieren así; usted también lo quiere. Pero tres días después de mi marcha volveré una noche a verla.

La vida cambió para la señora de Renal. ¡Julien tenía que amarla de verdad, puesto que espontáneamente había tenido la idea de volver a verla! Su terrible dolor se trocó en uno de los más vivos accesos de alegría que había experimentado en toda su vida. Todo le pareció fácil. La certidumbre de volver a ver a su amigo quitaba a aquellos últimos momentos todo lo que tenían de desgarrador. Desde aquel instante, la conducta y la filosofía de la señora de Renal fueron nobles, fumes y perfectamente correctas.

El señor de Renal volvió a casa temprano; estaba fuera de sí. Por fin le habló a su mujer del anónimo que había recibido dos meses antes.

-Quiero llevarlo al Casino, para demostrar a todos que es de ese infame de Valenod, a quien he sacado de la nada para convertirle en uno de los burgueses más ricos de Verriéres. Le avergonzaré públicamente y después me batiré con él. Esto ya es demasiado.

«¡Podría quedarme viuda, Dios mío! -pensó la señora de Renal. Pero casi al mismo tiempo se dijo-: Si no impido este duelo, como seguramente está en mi mano, tendré la culpa de la muerte de mi marido.»

Nunca había explotado su vanidad con tanta destreza. En menos de dos horas le hizo ver, y siempre por medio de argumentos alegados por él, que era preciso demostrar más cordialidad que nunca al señor Valenod e incluso colocar de nuevo a Elisa en la casa. La señora de Rénal tuvo que armarse de valor para decidirse a volver a ver a aquella muchacha, causa de todas sus desdichas. Pero era idea de Julien.

Finalmente, después de haberle indicado tres o cuatro veces el camino, el señor de Renal, por sí solo, llegó a concebir la idea, muy penosa desde el punto de vista económico, de que lo más desagradable para él sería que Julien, en medio de la efervescencia y de las habladurías de todo Verriéres, se quedase como preceptor de los hijos del señor Valenod. El interés de Julien era evidentemente aceptar las proposiciones del director del asilo de los pobres. Pero, por el contrario, al prestigio del señor de Renal le interesaba que Julien dejase Verriéres para entrar en el seminario de Besancon o de Dijon. Pero ¿cómo lograr que adoptara esta decisión? Y luego, ¿cómo sufragaría sus gastos?

El señor de Renal, ante la inminencia del sacrificio económico, estaba más desesperado que su mujer. En cuanto a ella, después de aquella conversación, se encontraba en la misma situación de un hombre de corazón que, cansado de la vida, ha tomado una dosis de estramonio; ya sólo se mueve como un autómata, sin tener interés por nada. Un estado igual llevó a Luis XIV a decir, ya moribundo: «Cuando yo era rey». ¡Frase admirable!

Al día siguiente, muy de mañana, el señor de Rénal recibió un anónimo. Estaba redactado en el estilo más insultante. En cada línea podían leerse las palabras más groseras aplicadas a su situación. Debía de ser obra de algún subalterno dominado por la envidia. Aquella carta le recordó su propósito de batirse con el señor Valenod. Muy pronto su valor llegó hasta el extremo de pensar en la ejecución inmediata de su idea. Salió solo y se fue a casa del armero a comprar un par de pistolas, que hizo cargar.

«En realidad -se decía-, aunque volviera a instaurarse la severa administración de Napoleón, no tendría que reprocharme ni cinco céntimos mal adquiridos. A lo sumo he hecho la vista gorda; pero, como demuestran las cartas que guardo en mi despacho, estaba plenamente autorizado para ello.»

La señora de Renal quedó aterrada ante la cólera fría de su marido; le recordaba la fatal idea de enviudar, que tanto trabajo le costaba desechar. Se encerró con él. Durante varias horas trató en vano de disuadirle de su propósito; el último anónimo le había decidido por completo. Por fin consiguió trocar el valor de dar una bofetada al señor Valenod, por el de ofrecer seiscientos francos a Julien por un año de pensión en un seminario. El señor de Renal, maldiciendo mil veces el día en que había tenido la fatal idea de llevar a su casa un preceptor, olvidó el anónimo.

Se consoló un poco con una idea que se le había ocurrido, y que tuvo buen cuidado de no decir a su mujer: con un poco de habilidad, y valiéndose del espíritu novelesco del muchacho, esperaba obligarle a rechazar los ofrecimientos del señor Valenod por una suma mucho más baja.

Mucho más trabajo le costó a la señora de Renal convencer a Julien de que, sacrificando a las conveniencias de su marido un empleo de ochocientos francos, que públicamente le ofrecía el

director del asilo, podía, sin avergonzarse, aceptar una compensación.

-Pero -decía Julien- si no he tenido ni por un momento la idea de aceptar tales ofrecimientos. Me habéis acostumbrado demasiado a la vida elegante, la grosería de esas gentes me mataría.

La cruel necesidad, con su mano de hierro, doblegó la voluntad de Julien. Su orgullo le ofrecía la ilusión de aceptar, sólo como un préstamo, la suma ofrecida por el alcalde de Verriéres, firmándole un recibo en el que se comprometía a reembolsarla en el plazo de cinco años con intereses.

La señora de Rénal aún guardaba algunos miles de francos, ocultos en la pequeña gruta de la montaña.

Se los ofreció, temblorosa, comprendiendo con toda claridad que los rechazaría indignado.

-¿Quiere hacer abominable el recuerdo de nuestros amores? -le dijo Julien.

Al fin Julien se fue de Verriéres. El señor de Rénal se alegró mucho; en el momento fatal de aceptar el dinero de aquel hombre, el sacrificio fue demasiado fuerte para Julien. Se negó en redondo. El señor de Rénal le echó los brazos al cuello con lágrimas en los ojos. Como quiera que Julien le había pedido un certificado tificado de buena conducta, no encontraba en su entusiasmo términos bastante expresivos para alabarla como se merecía. Nuestro héroe tenía cinco luises de economías y contaba con pedir otro tanto a Fouqué.

Estaba emocionadísimo. Pero a una legua de Verriéres, donde dejaba un amor tan grande, ya no pensaba más que en la dicha de ver una capital, una gran ciudad guerrera como Besancon.

Durante esta corta ausencia de tres días, la señora de Rénal fue víctima de una de las más crueles decepciones del amor. Le resultaba tolerable la vida; entre ella y la mayor desventura mediaba todavía aquella postrera entrevista que había de celebrar con Julien. Contaba las horas, los minutos que faltaban. Por fin, durante la noche del tercer día oyó a lo lejos la señal convenida. Después de arrostrar mil peligros, Julien apareció ante ella.

A partir de aquel momento, sólo tuvo un pensamiento: «Es la última vez que le veo». Lejos de corresponder al apasionamiento de su amigo, fue como un cadáver casi sin vida. Si se esforzaba en decirle que le amaba, casi le demostraba lo contrario con su turbación. Nada podía distraerla de la cruel idea de la eterna separación. El desconfiado Julien creyó por un instante que ya estaba olvidado. Sus reproches sólo fueron acogidos por gruesas lágrimas, que corrían en silencio, y apretones de manos casi convulsivos.

-¡Pero, Dios santo! ¿Cómo quiere que le crea -respondía Julien a las frías protestas de su amiga-, si demostraría un cariño mucho más sincero a la señora Derville, a un conocido cualquiera?

La señora de Rénal, petrificada, no sabía qué responder.

-Es imposible ser más desgraciada... Espero morir... Siento que mi corazón se hiela.

Tales fueron las respuestas más largas que pudo obtener.

Cuando la proximidad del día hizo necesaria la separación, las lágrimas de la señora de Renal cesaron por completo. Le vio atar a la ventana una cuerda de nudos, sin decir una palabra, sin devolverle sus besos. En vano le decía Julien:

-Hemos llegado a la situación que usted tanto deseaba. En adelante vivirá sin remordimientos. No verá a sus hijos en la tumba a la menor indisposición.

-Siento mucho que no pueda dar un beso a Stanislas -dijo ella con frialdad.

Julien acabó por sentirse profundamente impresionado con los abrazos sin calor de aquel cadáver viviente; no pudo pensar en otra cosa en muchas leguas. Su alma estaba desolada y antes de trasponer la montaña, mientras pudo divisar el campanario de la iglesia de Verriéres, se volvió muchas veces.