Read synchronized with  English  French  German  Russian 
Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 16. Al día siguiente
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

He turn'd his lip to hers, and with his hand
Call'd back the tangles of her wandering hair.
BYRON

Dirigió sus labios a los suyos, y con la mano / apartó la maraña de su ondulante cabellera.. Don Juan, 1, 170.

Afortunadamente para la gloria de Julien, la señora de Rénal estaba demasiado sorprendida y demasiado agitada para darse

cuenta de la necedad de aquel hombre que en un momento había pasado a serlo todo para ella.

Al apuntar el día le rogaba que se fuese de su cuarto diciendo:

-¡Dios mío! 'Si mi marido ha oído ruido, estoy perdida.

Julien, que tenía tiempo para hacer frases, se acordó de ésta:

-¿Sentiría usted morir?

-¡En este momento, muchísimo! Pero no sentiría haberle conocido.

Julien consideró cuestión de amor propio retirarse deliberadamente cuando ya era de día y hacerlo con imprudencia.

La continua atención con que calculaba todos sus actos, con la descabellada idea de parecer un hombre de mucha experiencia, sólo tuvo una ventaja; cuando volvió a ver a la señora de Rénal a la hora del almuerzo, su conducta fue un modelo de prudencia.

Ella, en cambio, no podía mirarle sin enrojecer hasta el blanco de los ojos, y no podía pasar un minuto sin mirarle; se daba cuenta de su turbación y hacía los mayores esfuerzos por ocultarla. Julien levantó sólo una vez los ojos hacia ella. Al principio la señora de Rénal admiró su prudencia. Muy pronto, al ver que aquella única mirada no se repetía, sintió la más viva inquietud. «¿Será que ya no me ama? -se dijo-. ¡Soy muy vieja para él!, ¡tengo diez años más que él!»

Al pasar del comedor al jardín, estrechó la mano a Julien. En medio de la sorpresa que le causó una prueba de amor tan notoria, él la miró con pasión. Pues durante el almuerzo la había encontrado muy bonita y, a pesar de tener los ojos bajos, se había pasado todo el rato recordando todos sus encantos. Aquella mirada consoló a la señora de Rénal; no desvaneció totalmente su inquietud; pero esta inquietud le impedía casi por completo sentir remordimientos por su marido.

Durante el almuerzo, el marido no se dio cuenta de nada. No le ocurrió lo mismo a la señora Derville, quien supuso a la señora de Rénal a punto de caer. Durante todo el día, con la cruda franqueza de una sincera e incisiva amistad, procuró con toda clase de alusiones y frases veladas pintarle, con los más horrendos colores, el peligro que corría.

La señora de Rénal ardía en deseos de estar a solas con Julien; quería preguntarle si aún la quería. A pesar de la dulzura inalterable de su carácter, varias veces estuvo a punto de dar a entender a su amiga que pecaba de inoportuna.

Por la noche, en el jardín, la señora Derville arregló las cosas de tal modo que al sentarse se puso entre Julien y la señora de Rénal. Ésta, que estaba esperando con delicia el placer de estrechar la mano a Julien y de llevarla a sus labios, no pudo ni siquiera decirle una sola palabra.

Este contratiempo aumentó su agitación. La atormentaba un remordimiento. Había reñido tanto a Julien por su imprudencia al ir a su cuarto la noche anterior, que tenía miedo de que aquella noche no volviera. Abandonó temprano el jardín y se retiró a su cuarto. Pero, incapaz de reprimir su impaciencia, fue a escuchar junto a la puerta de Julien. A pesar de la incertidumbre y de la pasión que la devoraban, no se atrevió a entrar. Aquella acción le hubiera parecido la mayor de las bajezas, pues sirve de tema a un dicho de provincias.

Aún no se habían acostado todos los criados. La prudencia la obligó al fin a volver a su alcoba. Dos horas de espera fueron para ella dos siglos de tormento.

Pero Julien era demasiado fiel a lo que él consideraba el deber como para no ejecutar punto por punto el plan preconcebido.

Al dar la una, salió sigilosamente de su cuarto, se aseguró de que el dueño de la casa estaba profundamente dormido y entró en la habitación de la señora de Rénal. Esta vez fue más feliz al lado de su amiga, pues no estuvo pensando todo el rato en el papel que quería representar. Tuvo ojos para ver y oídos para escuchar. Lo que la señora de Rénal le dijo de su edad contribuyó a darle cierta seguridad en sí mismo.

-¡Ay, tengo diez años más que usted! ¿Cómo puede usted amarme? -le repetía, sin la menor coquetería, y porque esta idea la obsesionaba.

Julien no concebía aquella preocupación, pero se dio cuenta de que la sentía realmente y olvidó casi todo su miedo al ridículo.

También -desapareció de su mente la estúpida idea de ser considerado como un amante subalterno a causa de su oscuro nacimiento. A medida que las apasionadas muestras de cariño de Julien tranquilizaban a su tímida amante, ésta volvió a ser feliz y con ello a ser capaz de juzgar a su amante. Afortunadamente, aquel día apenas adoptó aquel aire fingido que había hecho de la cita de la víspera una victoria, pero no un placer. Si ella se hubiese dado cuenta de su empeño en representar un papel, su felicidad habría desaparecido para siempre ante un descubrimiento tan lamentable. Lo hubiera considerado como una triste consecuencia de la diferencia de edad.

Aunque la señora de Rénal no hubiera pensado nunca en las teorías del amor, la diferencia de edad es, después de la de fortuna, uno de los grandes lugares comunes de los chistes provincianos, siempre que se debaten cuestiones de amor.

A los pocos días, Julien, arrastrado por el ardor de su edad, estaba perdidamente enamorado.

«Hay que reconocer -se decía a sí mismo- que es buena como

ángel y que no puede ser más bonita.»

Había olvidado casi por completo la idea de que tenía que representar un papel. En un momento de abandono, le confesó todas sus inquietudes. Esta confidencia aumentó hasta el paroxismo la pasión que había inspirado. «No he tenido ninguna rival afortunada», se decía la señora de Rénal con delicia. Se atrevió a interrogarle acerca del retrato por el que había demostrado tanto interés; Julien le juró que se trataba del retrato de un hombre.

Cuando la señora de Rénal conservaba la suficiente sangre fría para reflexionar, no salía de su asombro al pensar que podía existir una felicidad tan grande, sin que ella lo hubiese siquiera sospechado.

«¡Ah -se decía-, si hubiese conocido a Julien hace diez años, cuando todavía podía pasar por bonita!»

Julien estaba muy lejos de pensar semejante cosa. Su amor no era todavía más que ambición: era la alegría de poseer, él, un pobre infeliz despreciado por todos, una mujer tan noble y tan bella. Sus actos de adoración, sus arrebatos al contemplar los encantos de su amiga, acabaron por tranquilizarla un poco respecto a la diferencia de edad. De haber tenido una pequeña parte de la experiencia que toda mujer de treinta años hace tiempo que posee en otros sitios más civilizados, hubiera temblado por la duración de un amor que sólo parecía vivir de la sorpresa y de la satisfacción del amor propio.

En estos momentos en que se olvidaba de su ambición, Julien admiraba con arrobo hasta los sombreros y los vestidos de la señora de Rénal. No se saciaba jamás del placer de aspirar su perfume. Abría su armario ropero y se pasaba horas enteras admirando la belleza de todo lo que contenía. Su amiga, apoyada en él, le miraba; él contemplaba aquellas alhajas, aquellas ropas que, en víspera del matrimonio, componen la canastilla de una novia.

«¡Hubiera podido casarme con un hombre como éste! -pensaba a veces la señora de Rénal-. ¡Qué alma de fuego! ¡Qué deliciosa podría ser la vida con él!»

En cuanto a Julien, nunca se había encontrado tan cerca de esos terribles instrumentos de la ar-tillería femenina. «Es imposible -se decía- que en París se encuentre nada más bello.» En estos momentos no encontraba ninguna objeción que oponer a su felicidad. A menudo la sincera admiración y los arrebatos de su amante le hacían olvidar la vana teoría que le hiciera tan mesurado y casi ridículo en los primeros días de sus relaciones. Hubo momentos en que, a pesar de sus hábitos de hipocresía, sentía una extrema dulzura en confesar a aquella gran dama, que le admiraba, su ignorancia respecto a multitud de pequeños detalles. El rango de su amante parecía elevarle por encima de sí mismo. La señora de Rénal, por su parte, sentía la más dulce voluptuosidad moral en instruir de aquel modo, en un cúmulo de pequeñas cosas, a aquel joven tan lleno de talento de quien todo el mundo decía que había de llegar muy lejos. Ni siquiera el subprefecto ni el señor Valenod podían dejar de admirarle, razón por la cual le parecían menos estúpidos. En cuanto a la señora Derville, estaba muy lejos de participar de los mismos sentimientos. Desesperada ante lo que creía adivinar y viendo que los consejos prudentes le resultaban odiosos a una mujer que había perdido literalmente la cabeza, se marchó de Vergy sin dar explicación alguna, que por otra parte nadie le pidió. La señora de Rénal derramó algunas lágrimas, y muy pronto se sintió doblemente feliz. Gracias a aquella partida, se encontraba casi todo el día a solas con su amante.

Julien se entregaba tanto más a la dulce compañía de su amiga, por cuanto siempre que estaba demasiado rato a solas consigo mismo volvía a inquietarle la fatal proposición de Fouqué. En los Primeros días de aquella nueva vida, hubo momentos en que él, que nunca había amado y a quien nadie había amado jamás, 'encontraba un placer tan delicioso en ser sincero, que varias veces estuvo a punto de confesar a la señora de Rénal la ambición que hasta entonces había constituido la misma razón de ser de su existencia. Hubiera querido poder consultarla respecto a la extraña tentación que representaba para él la propuesta de Fouqué, pero un suceso insignificante le impidió franquearse con ella.