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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 14. Las tijeras inglesas
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Une jeune filie de seize
ans avait un teint de rose,
et elle mettait du rouge.
POLIDORI

Una muchacha de dieciséis años tenía una tez de rosa y se ponía colorete.» Polidori era el médico de lord Byron, a quien Stendhal conoció en Milán, en octubre de 1816.

El ofrecimiento de Fouqué había arrebatado a Julien toda su dicha; no podía decidirse a nada.

«Con esta falta de carácter -se dijo- hubiera sido un mal soldado de Napoleón. Menos mal -añadió- que mi pequeña intriga con la dueña de la casa me distraerá un poco.»

Afortunadamente para él, incluso en este pequeño incidente secundario, el fondo de su alma no respondía en modo alguno a su desenvuelto lenguaje. Tenía miedo de la señora de Renal a causa de su vestido tan bonito. Aquel vestido era a sus ojos como la vanguardia de París. Su orgullo no quiso dejar nada al azar y a la inspiración del momento. Con arreglo a las confidencias de Fouqué y lo poco que había leído sobre el amor en la Biblia, se trazó un minucioso plan de campaña. Y como, aunque no quería confesárselo, estaba profundamente turbado, puso su plan por escrito.

Al día siguiente, por la mañana, la señora de Rénal se quedó un momento a solas con él en el salón.

-¿No tiene usted más nombre que el de Julien? -le dijo.

Nuestro héroe no supo qué responder a aquella pregunta tan halagadora. Era una circunstancia que su plan no había previsto. Sin esta tontería de trazarse un plan, el agudo ingenio de Julien le hubiese servido en aquella ocasión, la sorpresa no hubiese hecho más que acrecentar la vivacidad de sus ideas.

Estuvo torpe y se exageró a sí mismo su torpeza. La señora de Renal se la perdonó enseguida. Vio en ella el efecto de una encantadora ingenuidad. Y precisamente lo que siempre había echado de menos en aquel hombre, al que todos reconocían tanto talento, era un cierto aire de ingenuidad.

-Este pequeño preceptor tuyo no me inspira la menor confianza -le decía a veces la señora Derville-. Encuentro que tiene siempre el aspecto de estar maquinando algo y de obrar sólo por cálculo. Es un zorro.

Julien se sintió profundamente humillado por su torpeza al no haber sabido qué contestar a la señora de Renal.

«Un hombre como yo debe enmendar este fracaso», se dijo, y aprovechando el momento en que pasaban de una habitación a otra, creyóse obligado a darle un beso a la señora de Renal.

Nada más inoportuno, menos agradable y más imprudente para los dos. Estuvieron a punto de que les vieran. La señora de Renal le creyó loco. Se quedó aterrada y, sobre todo, desagradablemente sorprendida. Aquella necedad le recordó al señor Valenod.

«¿Qué me ocurriría -se dijo- si estuviera a solas con él?» Y al eclipsarse el amor, reapareció toda su virtud.

Se las arregló de manera que uno de sus hijos estuviese siempre a su lado.

Aquel día resultó fastidioso para Julien, que lo pasó por entero tratando torpemente de poner en práctica su plan de seducción. No miró ni una sola vez a la señora de Renal sin que su mirada no tuviera una intención deliberada; no era tan necio, sin embargo, para no darse cuenta de que no conseguía ser amable, y mucho menos seductor.

La señora de Rénal no salía de su asombro al verle tan torpe y al propio tiempo tan atrevido. «¡Es la timidez del amor en un hombre de talento! -se dijo por fin con inefable alegría-. ¿Será posible que no haya sido nunca amado por mi rival?»

Después del almuerzo, la señora de Rénal volvió al salón para recibir la visita del señor Charcot de Maugiron, el subprefecto de Bray. Trabajaba en un bastidor de tapicería muy alto. La señora Derville estaba a su lado. En esta situación y a plena luz, nuestro héroe creyó conveniente adelantar un pie y pisar el de la señora de Rénal, cuyas medias caladas y bonitos zapatos de París atraían evidentemente las miradas del galante subprefecto.

La señora de Rénal sintió un miedo horrible; dejó caer las tijeras, el ovillo de lana, las agujas, y el movimiento de Julien pudo pasar por un gesto de torpeza al querer evitar la caída de las tijeras cuando vio que resbalaban. Afortunadamente, éstas, que eran de acero inglés, se rompieron, y la señora de Rénal se extendió en infinitas lamentaciones por el hecho de que Julien no hubiese estado más cerca de ella.

-Usted se ha dado cuenta antes que yo de que se caían y hubiera podido evitarlo. En cambio, su solicitud no ha servido más que para darme un gran pisotón.

Todo esto engañó al subprefecto, pero no a la señora Derville. «¡Este niño bonito se está portando como un perfecto estúpido!», pensó; el savoir-vivre de una ciudad provinciana no perdona esta clase de faltas. La señora de Rénal encontró la oportunidad de decirle a Julien:

-Sea usted prudente, se lo ordeno.

Julien se había puesto de mal humor al darse cuenta de su torpeza.

Durante largo rato se estuvo preguntando a sí mismo si tenía que enfadarse por la frase se lo ordeno. Fue lo bastante estúpido como para pensar: «Podría decirme se lo ordeno, si se tratase de algo referente a la educación de los niños; pero responder a mi amor supone la igualdad. No se puede amar sin igualdad...», y todo su talento no le sirvió más que para hacerse una serie de consideraciones llenas de lugares comunes sobre la igualdad. Se repetía con rabia un verso de Corneille que la señora Derville le

había enseñado unos días antes:

L'amour

Fait les égalités el ne les cherche pas.

Julien se obstinaba en representar el papel de Don Juan; él, que en su vida había tenido una amante, se portó durante todo el día como un perfecto estúpido. Sólo tuvo una idea feliz: harto de sí mismo y de la señora de Rénal, vio con horror que se acercaba el momento en que, al caer la noche, tendría que sentarse a su lado en la oscuridad del jardín. Le dijo al señor de Rénal que se iba a Verriéres, a ver al párroco; se marchó después de comer y no volvió hasta la noche.

En Verriéres, Julien encontró al padre Chélan ocupado en levantar la casa; por fin había sido destituido y le reemplazaba el vicario Maslon. Julien ayudó al buen sacerdote y se le ocurrió escribir a Fouqué diciéndole que la irresistible vocación que sentía por el sagrado ministerio le había impedido, en principio, aceptar sus generosos ofrecimientos, pero que acababa de presenciar un caso de injusticia tan flagrante que quizá sería más beneficioso para su salvación no ingresar en las sagradas órdenes.

Julien quedó muy satisfecho de la habilidad con que había sabido sacar partido de la destitución del párroco de Verriéres, y dejar una puerta abierta para dedicarse a los negocios si en su espíritu la triste prudencia acababa por vencer al heroísmo.