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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 13. Las medias caladas
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Un roman: c'est un miroir qu'on proméne
le long d'un chemin.
SAINT - RÉAL

«Una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino.»

Cuando Julien divisó las pintorescas ruinas de la antigua iglesia de Vergy, se dio cuenta de que desde la antevíspera no había pensado ni una sola vez en la señora de Rénal.

«El otro día, antes de marcharme, esta mujer me recordó la infinita distancia que nos separa; me trató como al hijo de un obrero. Sin duda quiso poner de manifiesto su arrepentimiento por haber dejado su mano entre las mías la noche anterior... ¡Bonita mano, por cierto! ¡Y qué encanto, qué nobleza, encierra la mirada de esa mujer!»

La posibilidad de hacer fortuna, si se decidía a ello, al lado de Fouqué prestaba cierta fluidez a los razonamientos de Julien; ya no se veían constantemente malogrados por la irritación y el vivo sentimiento de su pobreza y de su baja condición a los ojos del mundo. Lo mismo que si se hallase situado sobre una cima elevada, podía juzgar y dominaba, por decirlo así, la extremada pobreza y el bienestar que él seguía llamando riqueza. Se hallaba lejos de considerar su posición desde el punto de vista filosófico, pero tuvo el suficiente buen sentido como para sentirse diferente después de su excursión a la montaña.

Le impresionó la extrema turbación con que la señora de Rénal escuchó el breve relato del viaje que ella misma había solicitado.

Fouqué había tenido proyectos de matrimonio, y amores desgraciados; las conversaciones de ambos amigos habían versado sobre una serie de confidencias referentes a este tema. Después de haber creído encontrar la felicidad, algo precipitadamente, Fouqué se había dado cuenta de que no era él el único amado. Todos aquellos relatos habían asombrado a Julien: había aprendido muchas cosas nuevas. Su. vida solitaria, poblada de imaginación y desconfianza, le había mantenido alejado de todo cuanto pudiera abrirle los ojos.

Durante su ausencia, la vida de la señora de Renal no había sido más que una serie de suplicios diversos, pero todos igualmente intolerables; estaba realmente enferma.

-Espero -le dijo la señora Derville cuando vio llegar a Julienque, teniendo en cuenta tu indisposición, no se te ocurrirá salir al jardín esta noche; el aire húmedo te sentaría mal.

La señora Derville veía con sorpresa que su amiga, a quien el señor de Renal reprochaba siempre su excesiva sencillez en el vestir, acababa de ponerse unas medias caladas y unos preciosos zapatos recién llegados de París. Durante los últimos tres días, la única distracción de la señora de Renal había consistido en cortar un vestido de verano de una bonita tela que estaba muy de moda, y en hacer que Elisa se lo confeccionase con gran rapidez. A duras penas, el vestido quedó terminado momentos después de la llegada de Julien. La señora de Renal se lo puso inmediatamente. Su amiga no tuvo ya la menor duda. «¡Se ha enamorado, la infeliz!», se dijo la señora Derville. Y entonces comprendió todas las extrañas manifestaciones de su enfermedad.

La vio hablar con Julien. La palidez sucedía al más vivo rubor. La ansiedad se reflejaba en sus ojos, fijos en los del joven preceptor. La señora de Renal esperaba que de un momento a otro él se explicaría y aclararía si se iba o no de la casa. Pero a Julien no se le ocurrió abordar este tema, porque ni siquiera pensaba en ello. Tras intensa lucha interior, la señora de Renal se atrevió por fin a decirle, con voz temblorosa que reflejaba toda su pasión:

-¿Piensa usted abandonar a sus discípulos para aceptar otra colocación?

Julien quedó impresionado ante el tono de voz y la mirada de la señora de Rénal. «Esta mujer me ama -se dijo-, pero después de ese momento de pasajera flaqueza que su orgullo le reprocha, y una vez alejado el temor de que me marche, recobrará su altivez.» Aquel vislumbrar las posiciones respectivas fue para Julien cosa de un instante; enseguida respondió, como si vacilara:

-Sentiría mucho abandonar a unos niños tan amables y tan bien nacidos, pero quizá me vea obligado a ello. Uno tiene también deberes para consigo mismo.

Al pronunciar las palabras tan bien nacidos (se trataba de una de esas frases aristocráticas que Julien había aprendido recientemente) las impregnó de un profundo sentimiento de antipatía.

«A los ojos de esta mujer -se decía- yo no soy bien nacido.»

La señora de Rénal, al escucharle, admiraba su talento, su belleza; tenía el corazón destrozado por la perspectiva de la posible marcha que él le dejaba entrever. Todos sus amigos de Verriéres que, durante la ausencia de Julien, habían ido a comer a Vergy, habían prodigado, a cuál más, sus alabanzas respecto al hombre asombroso que su marido había tenido la suerte de descubrir. Y no es que comprendieran los progresos de los niños. El mero hecho de saber de memoria la Biblia, y además en latín, había despertado en los habitantes de Verriéres una admiración que podía durar hasta un siglo.

Como Julien no hablaba con nadie, ignoraba todo esto. Si la señora de Rénal hubiera tenido un átomo de sangre fría, le habría felicitado por la reputación adquirida, y Julien, una vez satisfecho su orgullo, habría sido afectuoso y amable para con ella, tanto más cuanto que el vestido nuevo le parecía encantador. La señora de Rénal, satisfecha también de su lindo vestido y de lo que Julien le decía de él, quiso dar una vuelta por el jardín; poco después, declaró que no se veía con ánimo de andar. Se había apoyado en el brazo del viajero, y su contacto, en vez de darle fuerzas, se las había quitado por completo.

Era de noche; apenas se hubieron sentado, Julien, usando de su antiguo privilegio, se atrevió a acercar los labios al brazo de su linda vecina y a cogerle la mano. Pensaba en la osadía de que Fouqué había dado prueba en el trato con sus amantes, y no en la señora de Renal; las palabras bien nacidos oprimían todavía su corazón. Notó una presión en la mano, pero este hecho no le produjo ningún placer. Lejos de sentirse orgulloso, o, por lo menos, agradecido por el sentimiento que la señora de Rénal traicionaba aquella noche con pruebas tan evidentes, la elegancia, la belleza y la lozanía le encontraban casi insensible. La pureza de alma y la ausencia de todo sentimiento de odio prolongan, sin duda, la duración de la juventud. La fisonomía es lo primero que envejece en la mayor parte de las mujeres bonitas.

Julien se mantuvo huraño durante toda la velada; hasta entonces sólo se había enfurecido contra lo aleatorio del destino y contra la sociedad; desde que Fouqué le ofreció un medio innoble para procurarse el bienestar, sentía indignación contra sí mismo. Absorto en sus pensamientos, aunque de vez en cuando dirigiera alguna palabra a aquellas damas, Julien, sin darse cuenta, acabó por soltar la mano de la señora de Rénal. Esta acción trastornó el alma de aquella pobre mujer; vio en ella la revelación de su destino.

De haber estado segura del cariño de Julien, posiblemente su virtud habría encontrado la fuerza suficiente para resistirle. Temblorosa ante el temor de perderle para siempre, su pasión la extravió hasta el punto de llevarla a apoderarse de nuevo de la mano de Julien, quien distraídamente la había dejado apoyada en el respaldo de una silla. Este movimiento despertó a aquel joven ambicioso: hubiera deseado tener por testigos a todos aquellos nobles tan altivos que, en la mesa, cuando él se hallaba sentado en un extremo, junto a los niños, le miraban esbozando una sonrisa de condescendiente protección. «Esta mujer ya no puede despreciarme -se dijo-; en este caso, tengo que ser sensible a su belleza: ¡estoy obligado a ser su amante!» Semejante idea no se le hubiera ocurrido antes de las inocentes confidencias de su amigo.

La súbita resolución que acababa de adoptar le proporcionó una distracción agradable. Se decía: «Es preciso que una de estas dos mujeres sea mía». Se dio cuenta de que hubiera preferido

cortejar a la señora Derville, no porque fuese más agradable,

sino porque sólo le había conocido como preceptor respetado por su saber y no como obrero de la serrería, con su chaqueta de ratina bajo el brazo, tal como se había presentado ante la señora de Renal.

Y precisamente así, como un joven obrero, sonrojado hasta el blanco de los ojos, parado ante la puerta de su casa sin atreverse a llamar, es como más le gustaba imaginárselo a la señora de Rénal.

Esta mujer, que los burgueses de la comarca consideraban altiva, pensaba rara vez en la posición social y en su espíritu tenía más valor una certidumbre, por pequeña que fuese, que la promesa de carácter avalada por la estirpe de un hombre. Un carretero que hubiese demostrado su coraje era para ella más valiente que un temible capitán de húsares con su bigote y su pipa. Creía que el alma de Julien era más noble que la de todos sus primos, todos ellos caballeros de raza e, incluso, con título de nobleza.

Continuando el análisis de su situación, Julien vio que no había que pensar en la conquista de la señora Derville, quien probablemente se daba cuenta de la predilección que la señora de Rénal mostraba por él. Obligado a volver a ésta, Julien se decía: «¿Qué conozco del carácter de esta mujer? Sólo esto: antes de mi viaje le cogía la mano y ella la retiraba; ahora, retiro la mía y ella la coge y la estrecha. ¡Bonita ocasión para devolverle todo el desprecio que me ha demostrado! ¡Sabe Dios cuántos amantes habrá tenido! Quizá se decide a mi favor únicamente por lo fácil que será vernos».

¡Tales son, por desgracia, los inconvenientes de un exceso de civilización! A los veinte años, el alma de un joven medianamente instruido está a mil leguas de distancia de aquel abandono sin el cual el amor se convierte en el más fastidioso de los deberes.

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-¿Se marchará usted? ¿Nos dejará?

Julien contestó suspirando:

-Es preciso que me vaya, pues la amo a usted con pasión y esto es un pecado... ¡Y qué pecado para un joven sacerdote!

La noche que pasaron aquellos dos seres fue bien distinta. La señora de Renal estaba exaltada por los transportes de la más elevada voluptuosidad moral. Una joven coqueta, que empieza a amar muy temprano, se habitúa a la turbación del amor; cuando llega a la edad de la pasión verdadera, ésta ya no tiene para ella el encanto de la novedad. Como la señora de Renal nunca había leído novelas, todos los matices de su dicha eran nuevos para ella. Ninguna amarga realidad, ni siquiera el espectro del porvenir, venía a ensombrecerla. Creía que dentro de diez años sería tan feliz como en aquel momento. Incluso la idea de la virtud y de la felicidad jurada al señor de Renal, que días atrás la había inquietado, compareció en vano y fue rechazada como un huésped inoportuno.

«Jamás concederé a Julien el menor favor -se dijo la señora de Renal-. Viviremos siempre como vivimos desde hace un mes. Será un amigo.»