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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 12. Un viaje
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Oil trouve á Paris des gens élégants,
il peut y avoir en province des gens á caractére.
SYEYÈS.

«Hay en París personas elegantes: en provincias es posible encontrar personas de carácter.»

Al día siguiente, a las cinco, antes de que la señora de Rénal estuviese visible, Julien consiguió (le su marido un permiso (le tres días. Contra lo que esperaba, Julien sintió deseos (le volver a verla; se acordaba de aquella mano tan bonita. Bajó al jardín; la señora (le Rénal se hizo esperar mucho. Pero si Julien la hubiese amado, la habría visto detrás de las persianas medio cerradas del primer piso, con la frente apoyada en los cristales. Le miraba. Por fin, a pesar de sus buenos propósitos, la señora de Rénal se decidió a presentarse en el jardín. Su palidez habitual había dejado paso a los más vivos colores.

Era evidente que aquella mujer tan ingenua estaba agitada; un sentimiento de contención e incluso (le cólera alteraba aquella expresión (le serenidad profunda, como por encima (le los intereses vulgares de la vida, que daba tanto encanto a su rostro celestial.

Julien se acercó presuroso a ella: admiraba aquellos brazos tan hermosos que un chal, echado al descuido sobre los hombros, dejaba en parte al descubierto. El aire fresco (le la mañana parecía incluso acrecentar el brillo de una tez que la agitación de la noche hacía más sensible a todas las impresiones. Aquella belleza modesta y conmovedora, y, sin embargo, llena de una vida interior que no suele encontrarse en las clases inferiores, le pareció a Julien que despertaba en su alma un sentimiento que no había experimentado jamás. Entregado por entero a la admiración de los encantos que iban descubriendo sus ávidas miradas, no pensaba siquiera en la amistosa acogida que esperaba encontrar. Por esto quedó profundamente sorprendido ante la frialdad glacial que ella se esforzaba en demostrarle y a través de la cual incluso creyó advertir el deliberado propósito de recordarle el lugar que le correspondía.

La gozosa sonrisa se heló en sus labios; se acordó del lugar que ocupaba en la escala social, sobre todo a los ojos de una noble y rica heredera. Un momento después, en su rostro sólo había orgullo y odio contra sí mismo. Sentía un profundo despecho por haber retrasado su partida más de una hora para recibir tan humillante acogida.

«Sólo los tontos echan las culpas a los demás -se dijo-: una piedra cae por su propio peso. ¿Seré siempre un niño? ¿Cuándo adquiriré la buena costumbre de no dar a esta gente más que aquella parte de mi alma que corresponde al dinero que me pagan? Si quiero lograr su estimación y la mía, tengo que demostrarles que mi pobreza puede comerciar con su riqueza, pero que mi corazón está a cien leguas de su insolencia y en una esfera demasiado alta para que puedan alcanzarlo sus mezquinas muestras de favor o de desprecio.»

Mientras se agolpaban estos pensamientos en la mente del joven preceptor, su cambiante fisonomía adoptaba una expresión de ferocidad y de dolorido orgullo.

La señora de Rénal se sintió turbada. Abandonó el aire de virtuosa frialdad que había querido dar a su acogida, para demostrar el más vivo interés, y un interés tanto mayor cuanto que a él se mezclaba la sorpresa producida por el repentino cambio que acababa de advertir. Los lugares comunes que suelen decirse por la mañana sobre la salud y la hermosura del día pronto se agotaron entre los dos al mismo tiempo. Julien, cuyo juicio no estaba ofuscado por la pasión, halló muy pronto la oportunidad de demostrar a la señora de Rénal que no se suponía en relaciones amistosas con ella; no le dijo nada del corto viaje que iba a emprender; la saludó y se fue.

Mientras le veía alejarse, aterrada por la expresión de orgullo

sombrío que había leído en su mirada, tan amable la víspera, llegó corriendo su hijo mayor y, dándole un beso, le dijo:

-Tenemos vacaciones. El señor Julien se va de viaje.

Al oír estas palabras, la señora de Rénal sintió un frío de muerte; era desgraciada por su virtud, y aún más desgraciada por su flaqueza.

Aquel nuevo acontecimiento absorbió toda su imaginación, haciéndole olvidar las prudentes resoluciones que había adoptado durante la terrible noche pasada. Ya no se trataba de resistir a aquel amante tan amable, sino de perderle para siempre.

Tuvo que asistir al almuerzo. Para colmo de los males, el señor de Rénal y la señora Derville sólo hablaron de la marcha de Julien. El alcalde de Verriéres había creído notar algo insólito en el tono lleno de firmeza con que éste le había pedido permiso.

-Indudablemente, este pequeño campesino tiene alguna proposición en el bolsillo. Pero sea de quien fuere, aunque se trate del propio Valenod, no debe estar muy animado ante la suma de seiscientos francos anuales que ha de costarle. Ayer en Verriéres le habrán pedido un plazo de tres días para pensarlo, y esta mañana el señorito se va al monte para no verse obligado a darme una respuesta. ¡A lo que hemos llegado! ¡Tener que soportar a un miserable obrero que se las da de insolente!

«Puesto que mi marido, que ignora lo muy hondamente que ha ofendido a Julien, piensa que nos va a abandonar, ¿qué debo pensar yo? -se dijo la señora de Rénal-. ¡Ah, todo está decidido!»

Con objeto de poder, cuando menos, llorar a sus anchas y no contestar a las preguntas de la señora Derville, se quejó de una jaqueca horrible y se metió en la cama.

-Así son las mujeres -repitió el señor de Rénal-, máquinas complicadas que siempre tienen algo descompuesto.

Y se alejó con aire burlón.

Mientras la señora de Rénal era presa de los más crueles sutl'imientos que trae consigo la tremenda pasión de que el azar la había hecho víctima, Julien proseguía alegremente su camino a "aves de los más bellos paisajes que es posible encontrar en el

escenario de aquellas montañas. Tenía que cruzar la gran cadena que se extiende al norte de Vergy. El sendero que seguía y que asciende lentamente por entre grandes bosques de hayas, forma innumerables zigzags en la ladera de la alta montaña, que dibuja al norte el valle del Doubs. Muy pronto la mirada del viajero, rebasando las suaves colinas que bordean el curso del Doubs por la parte del mediodía, divisó las fértiles llanuras de Borgoña y del Beaujolais. Por insensible que fuera el alma del ambicioso joven ante aquel género de belleza, no podía por menos de detenerse de vez en cuando para admirar un espectáculo tan vasto e imponente.

Por fin llegó a la cumbre de la alta montaña que tenía que trasponer para llegar, por un atajo, al valle solitario donde habitaba su amigo Fouqué, el joven tratante en maderas.

Julien no tenía la menor prisa por verle, ni a él ni a ningún otro ser humano. Oculto como un ave de rapiña entre las desnudas rocas que coronan aquella alta montaña, podía divisar desde muy lejos a cualquier persona que se acercara. En un corte casi vertical de uno de aquellos riscos descubrió una pequeña gruta. A ella dirigió sus pasos, y al cabo de muy poco tiempo se hallaba instalado en aquel refugio. «Aquí -se dijo con los ojos brillantes de alegría los hombres no podrían hacerme ningún daño.» Se le ocurrió la idea de entregarse al placer de escribir sus pensamientos, cosa tan peligrosa para él en cualquier parte. Una piedra cuadrada le sirvió de pupitre. Su pluma volaba; no veía nada de lo que había a su alrededor. Al fin se dio cuenta de que el sol empezaba a ponerse tras los lejanos montes de Beaujolais.

«¿Por qué no he de pasar la noche aquí? -se dijo-. Tengo pan y soy libre.» Al sonido de esta frase altisonante, su alma se llenó de exaltación; su hipocresía le impedía sentirse libre hasta en casa del propio Fouqué. Con la cabeza apoyada entre las manos, mirando la llanura embriagado por sus ensueños y por la dicha de sentirse libre, Julien permaneció dentro de la cueva en un estado de felicidad que no había experimentado jamás. Sin darse cuenta vio cómo se extinguían lentamente las luces del crepúsculo. En aquella oscuridad sin límites, dejaba volar libremente su fantasía, imaginando lo que algún día esperaba encontrar en París. Primero era una mujer mucho más hermosa y de un talento muy superior a todas las que había conocido en provincias. Amaba con pasión, era amado. Si se separaba de ella un solo instante, era para cubrirse de gloria y hacerse más digno de aquel amor.

Aun suponiéndole la misma imaginación que a Julien, cualquier otro joven educado en medio de las tristes realidades de la sociedad de París hubiera despertado muy pronto de tan novelescos ensueños al percibir su amarga ironía; habría olvidado su afán de realizar grandes hechos al pensar en la conocida máxima que dice: «Si dejas sola a tu amante, corres el riesgo de ser engañado dos o tres veces al día». Aquel joven campesino sólo veía entre él y las acciones más heroicas la falta de una oportunidad para realizarlas.

Pero una noche cerrada había sucedido al día y aún le quedaban dos leguas de camino para llegar a la aldea en que vivía Fouqué. Antes de salir de la gruta, Julien encendió fuego y quemó cuidadosamente todo lo que había escrito.

Su amigo se quedó muy sorprendido al oírle llamar a la una de la madrugada. Fouqué estaba haciendo sus cuentas. Era un hombre joven, alto, de no muy buena presencia, con grandes rasgos duros, una nariz enorme y una gran bondad oculta tras aquel aspecto poco atrayente.

-¿Has reñido con tu señor de Renal, que llegas tan de improviso?

Julien le contó, pero como debía, los sucesos de la víspera.

-Quédate conmigo -le dijo Fouqué-. Ya veo que conoces al señor de Renal, al señor Valenod, al subprefecto Maugiron y al padre Chélan; has comprendido perfectamente las sutilezas de carácter de estas gentes; estás en condiciones de tomar parte en las subastas. Sabes aritmética mejor que yo; puedes llevarme las cuentas. Yo gano mucho con mi negocio. La imposibilidad de hacerlo todo por mí mismo y el temor de que si tomo un socio Me resulte un sinvergüenza, me impiden todos los días realizar

buenas operaciones. Hace escasamente un mes que he dado a ganar seis mil francos a Michaud, el de Saint-Amand, a quien no veía desde hacía seis años y a quien encontré por casualidad en la venta de Pontarlier. ¿Por qué no habías de ser tú el que ganara esos seis mil francos, o cuando menos tres mil? Porque si aquel día hubieras estado conmigo, yo habría pujado en la subasta de aquella partida de madera y me la hubieran adjudicado. Asóciate conmigo.

Este ofrecimiento puso de mal humor a Julien, venía a distraerle de su locura. Durante toda la cena, que los dos amigos se prepararon como los héroes de Homero, pues Fouqué vivía solo, éste le enseñó sus cuentas a Julien y le demostró las ventajas de su negocio de maderas. Fouqué tenía el más alto concepto del talento y del carácter de Julien.

Cuando éste por fin estuvo a solas en su pequeño cuarto de tablas de abeto, se dijo: «Es evidente que aquí puedo ganar unos miles de francos y emprender luego con mayores ventajas la carrera militar o la eclesiástica, según la moda que impere en Francia en ese momento. El pequeño peculio que haya podido ahorrar solventará todas las pequeñas dificultades que puedan presentarse. Solo en estas montañas, tendré ocasión de disipar un tanto la vergonzosa ignorancia en que me encuentro respecto a la mayor parte de las cosas que ocupan a esos hombres de mundo. Pero Fouqué ha renunciado a casarse; me repite que la soledad le hace desgraciado, luego es evidente que si acepta un socio que no tiene dinero que invertir en su negocio es con la esperanza de procurarse un compañero que no le abandone jamás».

-¿Sería capaz de engañar a mi amigo? -exclamó Julien con mal humor. Aquel ser cuya habitual norma de conducta era la hipocresía y la absoluta carencia de buenos sentimientos, no pudo soportar en esta ocasión la idea de la menor falta de delicadeza respecto a un hombre que le quería.

Súbitamente, Julien se llenó de contento. Había encontrado un pretexto para no aceptar: «Perdería cobardemente siete u ocho años, llegaría a los veintiocho; pero a esa edad Bonaparte ya había realizado sus mayores proezas. Después de haber ganado oscuramente algún dinero con el corretaje de madera y de haber merecido el favor de unos cuantos granujas subalternos, ¿quién me asegura que conservaré todavía el fuego sagrado necesario para hacerme un hombre?».

Al día siguiente, por la mañana, Julien respondió con gran sangre fría al buen Fouqué -quien creía que la nueva sociedad era ya cosa hecha- que su vocación por el sagrado ministerio del altar no le permitía aceptar. Fouqué no podía salir de su asombro.

-¿Pero te das cuenta -le repetía- de que te asocio a mí o, si lo prefieres, que te doy cuatro mil francos al año? ¿Quieres volver a casa de ese señor de Rénal, que no te considera digno ni siquiera de limpiarle el polvo de los zapatos? ¿Quién te impide entrar en el seminario, una vez que tengas doscientos luises en el bolsillo? Te diré más: yo me encargo de procurarte la mejor parroquia. Porque -añadió Fouqué bajando la voz- yo sirvo la leña al padre..., al padre..., al padre... Les proveo de encina de roble de primera calidad, que me pagan como si fuera pino blanco, pero nunca he colocado mejor el dinero.

No pudo apartar a Julien de su vocación. Fouqué acabó por creerle un poco loco. El tercer día, muy de mañana, Julien se despidió de su amigo para pasar el día entre los riscos de la alta montaña. Volvió a la pequeña cueva que había descubierto, pero en ella no encontró ya la paz, los ofrecimientos de su amigo se la habían arrebatado. Al igual que Hércules, se encontraba, no entre el vicio y la virtud, sino entre la mediocridad seguida de un bienestar seguro y los sueños heroicos de su juventud. «No tengo pues verdadera firmeza de carácter -se decía, y era ésta la duda que le causaba más dolor-. No soy de la madera de la que están tallados los grandes hombres, puesto que temo que ocho años empleados en ganarme el pan puedan quitarme la sublime energía que impulsa a realizar las grandes hazañas.»