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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 9. Una velada en el campo
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La Didon de M. Guérin, esquisse charmante.
STROMBECK

La Dido de M. Guérin, encantador bosquejo..

Cuando al día siguiente vio a la señora de Renal, su mirada tenía una expresión extraña; la observaba como si fuera un enemigo con quien habría de batirse. Aquellas miradas, tan distintas de las de la víspera, hicieron perder la cabeza a la señora de Rénal: había sido buena con él y parecía enfadado. A duras penas podía apartar su mirada de la del preceptor.

La presencia de la señora Derville permitió a Julien hablar menos y ocuparse más de lo que tenía en la cabeza. Su única ocupación durante todo el día fue leer su libro favorito, para templar su alma y fortalecerla.

Abrevió mucho las lecciones de los niños y, cuando la presencia de la señora de Rénal volvió a recordarle sus ambiciones de gloria, decidió que era absolutamente necesario que aquella noche ella le permitiese retener su mano entre las suyas.

La puesta del sol, que acercaba el momento decisivo, hizo latir de forma singular el corazón de Julien. Llegó la noche. Observó, con una alegría que le quitó un gran peso de encima, que ésta sería muy oscura. El cielo, cargado de espesas nubes arrastradas por un viento muy cálido, parecía anunciar una tormenta. Las dos amigas pasearon hasta muy tarde. Julien encontraba raro todo lo que hacían aquella noche. Ellas gozaban con este tiempo, que para ciertas almas delicadas parece que aumenta el

placer de amar.

Por fin se sentaron, la señora de Renal al lado de Julien y la L señora Derville junto a su amiga. Preocupado por lo que iba a intentar, Julien no encontraba nada que decir. La conversación languidecía.

«¿Estaré tan acobardado y tembloroso el día que me bata por vez primera?», se preguntó Julien, pues desconfiaba demasiado de sí mismo y de los demás para no darse cuenta del estado de su alma.

En su angustia mortal, hubiera preferido correr los más graves peligros. ¡Cuántas veces deseó que cualquier ocupación imprevista obligase a la señora de Renal a abandonar el jardín y entrar en la casa! La violencia que Julien se hacía a sí mismo era demasiado fuerte para que no le alterase profundamente la voz; muy pronto, empezó también a temblarle la voz a la señora de Renal, pero Julien no se dio cuenta de ello. La tremenda lucha interior que sostenía entre la timidez y el deber era demasiado ardua para que pudiera fijarse en nada fuera de sí mismo. Dieron las diez menos cuarto en el reloj del castillo sin que Julien se hubiese atrevido a hacer nada. Indignado de su cobardía, se dijo: «Cuando den las diez en punto, cumpliré lo que me he prometido hacer durante todo el día o subiré a mi cuarto y me pegaré un tiro».

Tras un último instante de espera y ansiedad, durante el cual la extremada emoción que sentía le puso fuera de sí, dieron las diez en el reloj que estaba sobre sus cabezas. Cada campanada de esta hora fatal repercutía en su pecho y le producía como un dolor físico.

Por fin, cuando aún retumbaba el eco de la última campanada, extendió la mano y cogió la de la señora de Renal, quien la retiró al punto. Julien, sin saber muy bien lo que hacía, la cogió de nuevo. Aunque estaba muy emocionado, no pudo menos de sorprenderse de la frialdad glacial de la mano que sujetaba; la estrechaba con fuerza convulsiva; notó el último esfuerzo que hacía para soltarse; pero por fin aquella mano permaneció en la suya.

Sintió su alma inundada de felicidad, no porque amase a la señora de Renal, sino porque se veía libre de un espantoso suplicio.

Para que la señora Derville no se percatase de nada, se creyó obligado a hablar; su voz fue entonces sonora y firme. La de la señora de Renal, por el contrario, estaba tan alterada por la emoción, que su amiga la creyó enferma y le propuso entrar en casa. Julien advirtió el peligro: «Si la señora de Renal se va al salón, volveré a encontrarme en la misma espantosa situación en que he pasado todo el día. He tenido muy poco tiempo su mano en la mía para que pueda suponer que he ganado algún terreno».

En el momento en que la señora Derville renovaba su propuesta de retirarse al salón, Julien apretó fuertemente la mano que se le había abandonado.

La señora de Rénal, que ya se había levantado, volvió a sentarse diciendo con voz lánguida:

-Efectivamente, me encuentro un poco mal, pero el aire libre me sentará bien.

Estas palabras confirmaron la felicidad de Julien, que, en aquel momento, no podía ser mayor: habló, se olvidó de fingir y pareció el hombre más encantador del mundo con las dos amigas que le escuchaban. Y, sin embargo, en aquella repentina elocuencia se adivinaba todavía cierta falta de valor. Le daba un miedo horrible que la señora Derville, molesta por el viento que empezaba a levantarse y que presagiaba la tormenta, quisiese volver sola al salón. Entonces se quedaría a solas con la señora de Rénal. Casi por casualidad, había encontrado el valor ciego que necesitaba para actuar; pero comprendía que sería superior a sus fuerzas decir ni una sola palabra a la señora de Rénal. Por débiles que fueran sus reproches, serían suficientes para vencerle, quedando, de paso, anulada la ventaja que acababa de lograr.

Felizmente para él, aquella noche sus discursos emocionantes y enfáticos agradaron a la señora Derville, que la mayor parte de las veces le encontraba torpe como un niño y poco divertido. La señora de Rénal, con su mano en la de Julien, no pensaba en nada; vivía. Las horas que pasaron bajo aquel gran tilo, que la tradición de la comarca supone plantado por Carlos el Temerario, fueron para ella un rato de felicidad. Escuchaba con delicia el gemir del viento entre las frondosas ramas del tilo y el ruido de las primeras gotas que empezaban a caer sobre las hojas más bajas. Julien no se fijó en un detalle que seguramente le hubiera tranquilizado; la señora de Rénal, que se había visto obligada a retirar su mano, pues tuvo que levantarse a ayudar a su prima a recoger una maceta de flores que el viento había derribado a sus pies, apenas se sentó de nuevo, volvió a alargarle la mano sin el menor reparo, como si fuese ya una cosa convenida entre los dos.

Era más de medianoche y hubo que abandonar el jardín: se separaron. La señora de Rénal, enajenada por la dicha de amar, era tan inexperta que apenas se hizo el menor reproche. La felicidad le quitó el sueño. En cambio, Julien, rendido por la lucha que durante todo el día habían librado en su interior la timidez y el orgullo, se durmió con sueño de plomo.

Al día siguiente le despertaron a las cinco, y lo que, de haberlo sabido, hubiera resultado muy cruel para la señora de Rénal, apenas se acordó de ella. Había cumplido con su deber y con un deber heroico. Lleno de gozo ante esta idea, se encerró con llave en su habitación y se entregó con renovado placer a la lectura de las hazañas de su héroe.

Cuando sonó la campanilla del almuerzo, ensimismado en la lectura de los boletines de La Grande Armée, había olvidado por completo los progresos realizados la víspera. Al bajar al salón se decía interiormente con la mayor desenvoltura: «Tendré que decirle a esta mujer que la amo».

En vez de las miradas llenas de voluptuosidad que esperaba encontrar, lo primero que vio fue el semblante severo del señor de Rénal, que había llegado dos horas antes de Verriéres, y que no ocultaba su descontento ante el hecho de que Julien no se hubiese ocupado de los niños en toda la mañana. Nada más desagradable que aquel hombre importante de mal humor y creyéndose con derecho a demostrarlo.

Cada palabra agria de su marido traspasaba el corazón de la señora de Rénal. En cuanto a Julien, estaba todavía tan extasiado y tan absorto por la grandeza de los hechos que durante varias horas de lectura habían desfilado ante sus ojos, que a duras penas pudo rebajar su atención hasta escuchar las duras frases que le dirigía el señor de Rénal. Por fin, respondió con brusquedad:

-Estaba enfermo.

El tono de aquella respuesta hubiese molestado incluso a un hombre mucho menos susceptible que el alcalde de Verriéres; su primera idea fue despedir a Julien inmediatamente. Se contuvo, siguiendo su máxima de no precipitarse en nada.

«Este estúpido jovenzuelo -pensó después- se ha hecho una cierta reputación en mi casa; Valenod puede llevárselo o bien se casará con Elisa, y, en cualquiera de los dos casos, en su fuero interno podrá burlarse de mí.»

A pesar de sus prudentes reflexiones, no por eso dejó el señor de Rénal de demostrar su descontento con una serie de frases groseras que acabaron por irritar a Julien. La señora de Rénal estaba a punto de echarse a llorar. En cuanto acabaron el almuerzo, rogó a Julien que le diera el brazo para pasear; se apoyó en él afectuosamente. A todo lo que ella decía, él sólo respondía a media voz:

«¡Así son los ricos!».

El señor de Rénal iba muy cerca de ellos; su presencia aumentaba la cólera de Julien. Éste se dio cuenta de repente de que la señora de Rénal se apoyaba en su brazo de una manera muy acentuada; aquel gesto le produjo horror y, rechazándola bruscamente, soltó su brazo.

Afortunadamente el señor de Rénal no vio esta nueva impertinencia, que sólo fue observada por la señora Derville. Su amiga lloraba sin consuelo. En aquel momento el señor de Rénal estaba ocupadísimo persiguiendo a pedradas a una joven campesina que había tomado un falso sendero que pasaba por un extremo de la huerta.

-Señor Julien, por favor, modérese un poco y piense que todos tenemos momentos de mal humor -dijo rápidamente la señora Derville.

Julien la miró fríamente, con unos ojos en los que podía leerse el más absoluto desprecio.

Aquella mirada asombró a la señora Derville, y su asombro hubiera sido todavía mayor si hubiese podido comprender su verdadero sentido; en ella hubiera leído la vaga esperanza de la venganza más atroz. Tales momentos de humillación son sin duda los que hacen a los Robespierre.

-Su Julien es bastante violento, me da miedo -dijo la señora Derville al oído de su amiga.

-Tiene razón para estar furioso -le respondió ésta-. Después de los sorprendentes progresos que han hecho los niños gracias a él, ¿qué importa que se pase una mañana sin ocuparse de ellos? Hay que reconocer que los hombres son muy duros.

Por primera vez en su vida, la señora de Rénal sintió una especie de deseos de vengarse de su marido. El odio sin límites que abrigaba Julien contra los ricos estaba a punto de estallar. Por fortuna, el señor de Rénal llamó al jardinero y se dedicó con él a cerrar con ramas de espinos el paso del falso sendero que atravesaba el huerto. Julien no respondió una sola palabra a las atenciones de que fue objeto durante el resto del paseo. Apenas el señor de Rénal se hubo alejado, las dos amigas, pretextando estar cansadas, se colgaron cada una de un brazo del preceptor.

La altiva palidez, la actitud sombría y resuelta de Julien, contrastaban singularmente con la de aquellas dos mujeres cuya extremada turbación había cubierto sus mejillas de sofoco y de rubor. Él sentía un profundo desprecio por ellas y por sus tiernos sentimientos.

«¡Pensar que no tengo siquiera quinientos francos de renta para terminar mis estudios! -se decía-. ¡Con qué gusto le enviaría a paseo!»

Absorto en estas severas reflexiones, lo poco que se dignaba comprender de las palabras amables de las dos amigas le sonaba como algo vacío de sentido, tonto, mezquino, en una palabra, femenino.

A fuerza de hablar por hablar, de intentar por todos los medios que no languideciese la conversación, la señora de Rénal dijo que su marido había vuelto de Verriéres porque había hecho la compra a uno de sus arrendatarios de una partida de paja

de maíz. (En aquella región, los jergones de las camas se llenan con hojas de maíz.)

-Esta tarde mi marido no volverá a reunirse con nosotros -añadió la señora de Rénal-; con su ayuda de cámara y el jardinero va a ocuparse de renovar la paja de los jergones de la casa. Esta mañana ha puesto hojas de maíz en todas las camas del primer piso, y ahora les toca a las del segundo.

Julien cambió de color; miró a la señora de Rénal de un modo singular y, adelantando el paso, se separó con ella de su amiga. La señora Derville les dejó alejarse.

-Sálveme usted la vida -le dijo Julien a la señora de Rénal-, sólo usted puede hacerlo; sabe usted muy bien que el criado me odia a muerte. Señora, me veo obligado a confesarle que tengo un retrato escondido en el jergón de mi cama.

Al oír sus palabras, la señora de Rénal palideció a su vez.

-En este momento, sólo usted puede entrar en mi cuarto; registre usted sin llamar la atención, y en el ángulo del jergón más próximo a la ventana encontrará una cajita de cartón negro y lisa.

-¡Y contiene un retrato! -dijo la señora de Rénal, que a duras penas podía tenerse en pie.

Julien advirtió su aire de abatimiento y quiso aprovecharse de él.

-He de pedirle un segundo favor, señora, le suplico que no mire ese retrato, es mi secreto.

-¡Un secreto! -repitió la señora de Rénal con voz apagada.

Aunque educada entre gentes orgullosas de su fortuna y sólo sensibles al interés del dinero, el amor había prestado generosidad a su alma. Cruelmente herida, pidió a Julien con la mayor abnegación los datos necesarios para poder cumplir adecuadamente su encargo.

-Bien -le dijo alejándose-, una caja pequeña de cartón negro, redonda y lisa.

-Sí, señora -respondió Julien con ese aire duro que el peligro da a los hombres.

Ella subió al segundo piso del castillo, pálida como si caminara al encuentro de la muerte. Para colmo de los males, sintió que

iba a desmayarse; pero la necesidad de hacerle un favor a Julien le daba fuerzas.

-Es preciso que me apodere de esa caja -dijo apresurando el paso.

Oyó que su marido estaba hablando con el criado en el mismo cuarto de Julien. Afortunadamente pasaron a la habitación de los niños. La señora de Renal levantó el colchón y metió la mano entre la paja, con tal violencia que se arañó los dedos. Pero aunque era muy sensible a estos pequeños dolores, ni se dio cuenta de aquél, pues casi al mismo tiempo tropezó con la caja. La cogió y desapareció.

Apenas se vio libre del temor de ser descubierta por su marido, cuando el horror que le producía aquella caja estuvo a punto de hacer que se desmayase.

«¡Julien está pues enamorado y yo tengo en mis manos el retrato de la mujer a quien ama!»

Sentada en una silla de la antecámara de aquella habitación, la señora de Renal era presa de todos los horrores de los celos. Su extremada inexperiencia incluso le fue útil en aquel momento, el asombro amortiguaba el dolor. Apareció Julien, tomó la caja sin dar las gracias, sin decir nada, y corrió a su cuarto, donde encendió fuego e inmediatamente la quemó. Estaba pálido, anonadado, exagerándose la gravedad del peligro que había corrido.

«¡El retrato de Napoleón -se decía moviendo la cabeza- escondido en la habitación de un hombre que demuestra tanto odio contra el usurpador! ¡Encontrado por el señor de Renal, tan reaccionario y tan irritado! ¡Y para colmo de imprudencia, con el reverso del retrato lleno de frases escritas por mí y que no dejan lugar a la menor duda sobre mi exaltado entusiasmo! ¡Y cada uno de estos raptos de admiración lleva la fecha del día en que ha sido escrito! ¡Hay alguna de anteayer!...

»¡Toda mi reputación por los suelos y aniquilada en un momento! -pensaba Julien, mirando cómo se convertía en cenizas la caja-, ¡y mi reputación es lo único que poseo, sólo vivo por ella... y para eso, qué vida, Santo Dios!»

Una hora después, la fatiga y la compasión que sentía por sí mismo le disponían a la ternura. Se encontró con la señora de Renal y le cogió la mano, besándola con más sinceridad que nunca. Ella se ruborizó de dicha, pero, casi al mismo tiempo, rechazó a Julien con el furor de los celos. El orgullo de Julien, herido poco antes, le convirtió en un majadero en aquel momento. Sólo vio en la señora de Renal una mujer rica, soltó su mano con desdén y se alejó. Se fue al jardín a pasear pensativo y muy pronto una amarga sonrisa apareció en sus labios.

«¡Aquí estoy paseándome tranquilamente, como si fuese dueño de mi tiempo! Tengo abandonados a los niños y me expongo a las humillantes reprensiones del señor de Rénal, que estarán plenamente justificadas.» Y se fue corriendo al cuarto de los niños.

Las caricias del más pequeño, a quien quería mucho, mitigaron un poco su acerbo dolor.

«Éste no me desprecia todavía», pensó Julien. Pero enseguida se reprochó a sí mismo el sentir menos dolor como una nueva muestra de debilidad. «Estos niños me acarician como acariciarían a un perrillo de caza que les hubiesen comprado ayer.»