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La Máquina del Tiempo.  Herbert George Wells
Capítulo 7. UNA CONMOCION REPENTINA
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Mientras permanecía meditando sobre este triunfo demasiado perfecto del hombre, la luna llena, amarilla y jibosa, salió entre un desbordamiento de luz plateada, al nordeste. Las brillantes figuritas cesaron de moverse debajo de mí, un búho silencioso revoloteó, y me estremecí con el frío de la noche. Decidí descender y elegir un sitio donde poder dormir.

Busqué con los ojos el edificio que conocía. Luego mi mirada corrió a lo largo de la figura de la Esfinge Blanca sobre su pedestal de bronce, cada vez más visible a medida que la luz de la luna ascendente se hacía más brillante. Podía yo ver el argentado abedul enfrente. Había allí, por un lado, el macizo de rododendros, negro en la pálida claridad, v por el otro la pequeña pradera, que volví a contemplar. Una extraña duda heló mi satisfacción. «No», me dije con resolución, «ésa no es la pradera».

Pero era la pradera. Pues la lívida faz leprosa de la esfinge estaba vuelta hacia allí. ¿Pueden ustedes imaginar lo que sentí cuando tuve la plena convicción de ello? No Podrían. ¡La Máquina del Tiempo había desaparecido!

En seguida, como un latigazo en la cara, se me ocurrió la posibilidad de perder mi propia época, de quedar abandonado e impotente en aquel extraño mundo nuevo.

El simple pensamiento de esto representaba una verdadera sensación física.

Sentía que me agarraba por la garganta, cortándome la. respiración. Un momento después sufrí un ataque de miedo y corrí con largas zancadas ladera abajo. En seguida tropecé, caí de cabeza y me hice un corte en la cara; no perdí el tiempo en restañar la sangre, sino que salté de nuevo en pie y seguí corriendo, mientras me escurría la sangre caliente por la mejilla y el mentón. Y mientras corría me iba diciendo a mí mismo: «La han movido un poco, la han empujado debajo del macizo, fuera del camino.» Sin embargo, corría todo cuanto me era posible. Todo el tiempo, con la certeza que algunas veces acompaña a un miedo excesivo, yo sabía que tal, seguridad era una locura, sabía instintivamente que la máquina había sido transportada fuera de mi alcance. Respiraba penosamente.

Supongo que recorrí la distancia entera desde la cumbre de la colina hasta la pradera, dos millas aproximadamente, en diez minutos. Y no soy ya un joven.

Mientras iba corriendo maldecía en voz alta mi necia confianza, derrochando así mi aliento. Gritaba muy fuerte y nadie contestaba. Ningún ser parecía agitarse en aquel mundo iluminado por la luna.

Cuando llegué a la pradera mis peores temores se realizaron. No se veía el menor rastro de la máquina. Me sentí desfallecido y helado cuando estuve frente al espacio vacío, entre la negra maraña de los arbustos. Corrí furiosamente alrededor, como si la máquina pudiera estar oculta en algún rincón, y luego me detuve en seco, agarrándome el pelo con las manos. Por encima de mí descollaba la esfinge, sobre su pedestal de bronce, blanca, brillante, leprosa, bajo la luz de la luna que ascendía. Parecía reírse burlonamente de mi congoja.

Pude haberme consolado a mí mismo imaginando que los pequeños seres habían llevado por mí el aparato a algún refugio, de no haber tenido la seguridad de su incapacidad física e intelectual. Esto era lo que me acongojaba: la sensación de algún poder insospechado hasta entonces, por cuya intervención mi invento había desaparecido. Sin embargo, estaba seguro de una cosa: salvo que alguna otra Época hubiera construido un duplicado exacto, la máquina no podía haberse movido a través del tiempo. Las conexiones de las palancas -les mostraré después el sistema- impiden que, una vez quitadas, nadie pueda ponerla en movimiento de ninguna manera. Había sido transportada y escondida solamente en el espacio.

Pero, entonces, ¿dónde podía estar?

Creo que debí ser presa de una especie de frenesí. Recuerdo haber recorrido violentamente por dentro y por fuera, a la luz de la luna, todos los arbustos que rodeaban a la esfinge, y asustado en la incierta claridad a algún animal blanco al que tomé por un cervatillo. Recuerdo también, ya muy avanzada la noche, haber aporreado las matas con mis puños cerrados hasta que mis articulaciones quedaron heridas y sangrantes por las ramas partidas. Luego, sollozando y delirando en mi angustia de espíritu, descendí hasta el gran edificio de piedra. El enorme vestíbulo estaba oscuro, silencioso y desierto.

Resbalé sobre un suelo desigual y caí encima de una de las mesas de malaquita, casi rompiéndome la espinilla. Encendí una cerilla y penetré al otro lado de las cortinas polvorientas de las que les he hablado.

Allí encontré un segundo gran vestíbulo cubierto de cojines, sobre los cuales dormían, quizá, una veintena de aquellos pequeños seres. Estoy seguro de que encontraron mi segunda aparición bastante extraña, surgiendo repentinamente de la tranquila oscuridad con ruidos inarticulados y el chasquido y la llama de una cerilla. Porque ellos habían olvidado lo que eran las cerillas. «¿Dónde está mi Máquina del Tiempo?», comencé, chillando como un niño furioso, asiéndolos y sacudiéndolos a un tiempo. Debió parecerles muy raro aquello. Algunos rieron, la mayoría parecieron dolorosamente amedrentados. Cuando vi que formaban corro a mi alrededor, se me ocurrió que estaba haciendo una cosa tan necia como era posible hacerla en aquellas circunstancias, intentando revivir la sensación de miedo.

Porque razonando conforme a su comportamiento a la luz del día: pensé que el miedo debía estar olvidado.

Bruscamente tiré la cerilla, y, chocando con algunos de aquellos seres en mi carrera, crucé otra vez, desatinado, el enorme comedor hasta Regar afuera bajo la luz de la luna. Oí gritos de terror y sus piececitos corriendo y tropezando aquí y allá. No recuerdo todo lo que hice mientras la luna ascendía por el cielo. Supongo que era la circunstancia inesperada de mi pérdida lo que me enloquecía. Sentíame desesperanzado, separado de mi propia especie, -como un extraño animal en un mundo desconocido. Debí desvariar de un lado para otro, chillando y vociferando contra Dios y el Destino. Recuerdo que sentí una horrible fatiga, mientras la larga noche de desesperación transcurría; que remiré en tal o cual sitio imposible; que anduve a tientas entre las ruinas iluminadas por la luna y que toqué extrañas criaturas en las negras sombras, y, por último, que me tendí sobre la tierra junto a la esfinge, llorando por mi absoluta desdicha, pues hasta la cólera por haber cometido la locura de abandonar la máquina había desaparecido con mi fuerza. No me quedaba más que mi desgracia. Luego me dormí, N, cuando desperté otra vez era ya muy de día, y una pareja dé gorriones brincaba a mi alrededor sobre la hierba, al alcance de mi mano.

Me senté en el frescor de la mañana, -intentando recordar cómo había llegado hasta allí, y por qué experimentaba una tan profunda sensación de abandono y desesperación. Entonces las cosas se aclararon en mi mente. Con la clara razonable luz del día, podía considerar de frente mis circunstancias. Me di cuenta de la grandísima locura cometida en mi frenesí de la noche anterior, pude razonar conmigo mismo. «¿Suponer lo peor? -me dije--. ¿Suponer que la máquina está enteramente perdida, destruida, quizá? Me importa estar tranquilo, ser paciente, aprender el modo de ser de esta gente, adquirir una idea clara de cómo se ha Perdido mi aparato, y los medios de conseguir materiales y herramientas; a fin de poder, al final, construir tal vez otro.» Tenía que ser aquélla mi única esperanza, una mísera esperanza tal vez, pero mejor que la desesperación. Y, después de todo, era aquél un mundo bello y curioso.

Pero probablemente la máquina había sido tan sólo sustraída. Aun así, debía yo mantenerme sereno, tener Paciencia, buscar el sitio del escondite, y recuperarla por la fuerza o con astucia. Y con esto me puse en pie rápidamente y miré a mi alrededor, preguntándome dónde Podría lavarme. Sentíame fatigado, entumecido y sucio a causa del viaje. El frescor de la mañana me hizo desear una frescura igual. Había agotado mi emoción. Realmente, buscando lo que necesitaba, me sentí asombrado de mi intensa excitación de la noche anterior. Examiné cuidadosamente el suelo de la praderita. Perdí un rato en fútiles preguntas dirigidas lo mejor que pude a aquellas gentecillas que se acercaban. Todos fueron incapaces de comprender mis gestos; algunos se mostraron simplemente estúpidos; otros creyeron que era una chanza, y se rieron en mis narices. Fue para mí la tarea más difícil del mundo impedir que mis manos cayesen sobre sus lindas caras rientes. Era un loco impulso, pero el demonio engendrado por el miedo y la cólera ciega estaba mal refrenado y aun ansioso de aprovecharse de mi perplejidad. La hierba me trajo un mejor consejo. Encontré unos surcos marcados en ella, aproximadamente a mitad de camino entre el pedestal de la esfinge y las huellas de pasos de mis pies, a -mi llegada. Había alrededor otras señales de traslación, con extrañas y estrechas huellas de pasos tales que las pude creer hechas por un perezoso[9]. Esto dirigió mi atención más cerca del pedestal.

Era éste, como creo haber dicho, de bronce. No se trataba de un simple bloque, sino que estaba ambiciosamente adornado con unos paneles hondos a cada lado.

Me acerqué a golpearlos. El pedestal era hueco. Examinando los paneles minuciosamente, observé que quedaba una abertura entre ellos y el marco. No había allí asas ni cerraduras, pero era posible que aquellos paneles, si eran puertas como yo suponía, se abriesen hacia dentro. Una cosa aparecía clara a mi inteligencia. No necesité un gran esfuerzo mental para inferir que mi Máquina del Tiempo estaba dentro de aquel pedestal. Pero cómo había llegado hasta allí era un problema diferente.

Vi las cabezas de dos seres vestidos color naranja, entre las matas y bajo unos manzanos cubiertos de flores, venir hacia mí. Me volví a ellos sonriendo y llamándoles por señas. Llegaron a mi lado, y entonces, señalando el pedestal de bronce, intenté darles a entender mi deseo de abrirlo. Pero a mi primer gesto hacia allí se comportaron de un modo muy extraño. No sé cómo describirles a ustedes su expresión. Supongan que hacen a una dama de fino temperamento unos gestos groseros e impropios; la actitud que esa dama adoptaría fue la de ellos.

Se alejaron como si hubiesen recibido el último insulto. Intenté una amable mímica parecida ante un mocito vestido de blanco, con el mismo resultado exactamente. De un modo u otro su actitud me dejó avergonzado de mí mismo. Pero, como ustedes comprenderán, yo deseaba recuperar la Máquina del Tiempo, e hice una nueva tentativa. Cuando le vi a éste dar la vuelta, como los otros, mi mal humor predominó. En tres zancadas le alcancé, le cogí por la parte suelta de su vestido alrededor del cuello, y le empecé a arrastrar hacia la esfinge. Entonces vi tal horror y tal repugnancia en su rostro' que le solté de repente.

Pero no quería declararme vencido aún. Golpeé con los puños los paneles de bronce. Creí oír algún movimiento dentro -para ser más claro, creí percibir un ruido como de risas sofocadas-, pero debí equivocarme. Entonces fui a buscar una gruesa piedra al río, y volví a martillar con ella 1os paneles hasta que hube aplastado una espiral de los adornos, y cayó el verdín en laminillas polvorientas. La delicada gentecilla debió de oírme golpear en violentas arremetidas hasta una milla, pero no se acercó. Vi una multitud de ellos por las laderas, mirándome furtivamente. Al final, sofocado y rendido, me senté para vigilar aquel sitio. Pero estaba demasiado inquieto para vigilar largo rato. soy demasiado occidental para una larga vigilancia. Puedo trabajar durante años enteros en un problema, pero aguardar inactivo durante veinticuatro horas es otra cuestión.

Después de un rato me levanté, y empecé a caminar a la ventura entre la maleza, hacia la colina otra vez. «Paciencia -me dije--; si quieres recuperar tu máquina debes dejar sola a la esfinge. Si piensan quitártela, de poco sirve destrozar sus paneles de bronce, y si no piensan hacerlo, te la devolverán tan pronto como se la pidas. Velar entre todas esas cosas desconocidas ante un rompecabezas como éste es desesperante. Representa una línea de conducta que lleva a la demencia.

Enfréntate con este mundo. Aprende sus usos, obsérvale, abstente de hacer conjeturas demasiado precipitadas en cuanto a sus intenciones; al final encontrarás la pista de todo esto.» Entonces, me di cuenta de repente de lo cómico de la situación: el recuerdo de los años que había gastado en estudios y trabajos para adentrarme en el tiempo futuro y, ahora, una ardiente ansiedad por salir de él. Me había creado la más complicada y desesperante trampa que haya podido inventar nunca un hombre. Aunque era a mi propia costa, no pude remediarlo. Me reí a carcajadas.

Cuando cruzaba el enorme palacio, parecióme que aquellas gentecillas me esquivaban. Podían ser figuraciones mías, o algo relacionado con mis golpes en las puertas de bronce. Estaba, sin embargo, casi seguro de que me rehuían. Pese a lo cual tuve buen cuidado de mostrar que no me importaba, y de, abstenerme de perseguirles, y en el transcurso de uno o dos días las cosas volvieron a su antiguo estado. Hice todos los progresos que pude en su lengua, y, además, proseguí mis exploraciones aquí y allá. A menos que no haya tenido en cuenta algún punto -sutil, su lengua parecía excesivamente simple, compuesta casi exclusivamente de sustantivos concretos y verbos. En lo relativo a los sustantivos abstractos, parecía haber pocos (si los había). Empleaban escasamente el lenguaje figurado. Como sus frases eran por lo general simples y de dos palabras, no pude darles a entender ni comprender yo sino las cosas más sencillas. Decidí apartar la idea de mi Máquina del Tiempo y el misterio de las puertas de bronce de la esfinge hasta donde fuera posible, en un rincón de mi memoria, esperando que mi creciente conocimiento me llevase a ella por un camino natural. Sin embargo, cierto sentimiento, como podrán ustedes comprender, me retenía en un círculo de unas cuantas millas alrededor del sitio de mi llegada.