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La Máquina del Tiempo.  Herbert George Wells
Capítulo 16. DESPUES DEL RELATO
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-Sé -dijo el Viajero a través del Tiempo después de una pausa- que todo esto les parecerá completamente increíble. Para mí la única cosa increíble es estar aquí esta noche, en esta vieja y familiar habitación, viendo sus caras amigas y contándoles estas extrañas aventuras.

Miró al Doctor.

-No. No puedo esperar que usted crea esto. Tome mi relato como una patraña o como una profecía. Diga usted que he soñado en mi taller. Piense que he meditado sobre los destinos de nuestra raza hasta haber tramado esta ficción. Considere mi afirmación de su autenticidad como una simple pincelada artística para aumentar su interés. Y tomando así el relato, ¿qué piensa usted de él?

Cogió su pipa y comenzó, de acuerdo con su antigua manera, a dar con ella nerviosamente sobre las barras de la parrilla. Hubo un silencio momentáneo.

Luego las sillas empezaron a crujir y los pies a restregarse sobre la alfombra.

Aparté los ojos de la cara del Viajero a través del Tiempo y miré a los oyentes a mi alrededor. Estaban en la oscuridad, y pequeñas manchas de color flotaban ante ellos. El Doctor Parecía absorto en la contemplación de nuestro anfitrión.

El Director del periódico miraba con obstinación la punta de su cigarro, el sexto.- El Periodista sacó su reloj. Los otros, si mal no recuerdo, estaban inmóviles.

El Director se puso en pie con un suspiro y dijo:

-¡Lástima que no sea usted escritor de cuentos! -y puso su mano en el hombro del Viajero a través del Tiempo.

-¿No cree usted esto?

-Pues yo...

-Me lo figuraba.

El Viajero a través del Tiempo se volvió hacia nosotros -¿Dónde están las cerillas? -dijo. Encendió una entre bocanadas de humo de su pipa habló-: Si he decirles la verdad..., apenas creo yo mismo en ello... Y sin embargo...

Sus ojos cayeron con una muda interrogación sobre las flores blancas marchitas que había sobre la mesita. Luego volvió la mano con que asía la pipa, y vi que examinaba unas cicatrices, a medio curar, sobre sus nudillos.

El Doctor se levantó, fue hacia la lámpara, y examinó las flores.

-El gineceo es raro -dijo.

El Psicólogo se inclinó para ver y tendió la mano para coger una de ellas.

-¡Que me cuelguen! ¡Es la una menos cuarto! -exclamó el Periodista-. ¿Cómo voy a volver a mi casa?

-Hay muchos taxis en la estación -dijo el Psicólogo.

-Es una cosa curiosísima -dijo el Doctor-, pero no sé realmente a qué género pertenecen estas flores. ¿Puedo llevármelas?

El Viajero a través del Tiempo titubeó. Y luego de pronto:

-¡De ningún modo! -contestó.

-¿Dónde las ha encontrado usted en realidad? -preguntó el Doctor.

El Viajero a través del Tiempo se llevó la mano a la cabeza. Habló como quien intenta mantener asida una idea que se le escapa.

-Me las metió en el bolsillo Weena, cuando viajé a través del tiempo.

Miró desconcertado a su alrededor.

-¡Desdichado de mí si todo esto no se borra! Esta habitación, ustedes y esta atmósfera de la vida diaria son demasiado para mi memoria. ¿He construido yo alguna vez una Máquina del Tiempo, o un modelo de ella? ¿0 es esto solamente un sueño? Dicen que la vida es un sueño, un pobre sueño a veces precioso.... pero no puedo hallar otro que encaje. Es una locura. ¿Y de dónde me ha venido este sueño ... ? Tengo que ir a ver esa máquina ¡Si es que la hay! Cogió presuroso la lámpara, franqueó la puerta y la llevó, con su luz roja, a lo largo del corredor. Le seguimos. Allí, bajo la vacilante luz dela lámpara, estaba en toda su realidad la máquina, rechoncha, fea y sesgada; un artefacto de bronce, ébano, marfil y cuarzo translúcido y reluciente. Sólida al tacto -pues alargué la mano y palpé sus barras con manchas y tiznes color marrón sobre el marfil, y briznas' de hierba y mechones de musgo adheridos a su parte in_ ferior, y una de las barras torcida oblicuamente.

El Viajero a través del Tiempo dejó la lámpara sobre el banco y recorrió con su mano la barra averiada.

-Ahora está muy bien -dijo-. El relato que les he hecho era cierto. Siento haberles traído aquí, al frío.

Cogió la lámpara y, en medio de un silencio absoluto, volvimos a la sala de fumar.

Nos acompañó al vestíbulo y ayudó al Director a ponerse el gabán. El Doctor le miraba a la cara, y, con cierta vacilación, le dijo que debía alterarle el trabajo excesivo, lo cual le hizo reír a carcajadas. Lo recuerdo de pie en el umbral, gritándonos buenas noches.

Tomé un taxi con el Director del periódico. Creía éste que el relato era una «brillante mentira». Por mi parte, sentíame incapaz de llegar a una conclusión.

¡Aquel relato era tan fantástico e increíble, y la manera de narrarlo tan creíble y serena! Permanecí desvelado la mayor parte de la noche pensando en aquello. Decidí volver al día siguiente y ver de nuevo al Viajero a través del Tiempo. Me dijeron que se encontraba en el laboratorio, y como me consideraban de toda confianza en la casa, fui a buscarle. El laboratorio, sin embargo, estaba vacío. Fijé la mirada un momento en la Máquina del Tiempo, alargué la mano y moví la palanca. A lo cual la masa rechoncha y sólida de aspecto osciló como una rama sacudida por el viento. Su inestabilidad me sobrecogió grandemente, y tuve el extraño recuerdo de los días de mi infancia cuando me prohibían tocar las cosas. Volví por el corredor. Me encontré al Viajero a través del Tiempo en la sala de fumar. Venía de la casa. Llevaba un pequeño aparato fotográfico debajo de un brazo y un saco de viaje debajo del otro. Se echó a reír al verme y me ofreció su codo para que lo estrechase, ya que no podía tenderme su mano.

-Estoy atrozmente ocupado -dijo------ con esa cosa de allí.

_Pero ¿no es broma? -dije ¿Viajaba usted realmente a través del tiempo?

-Así es real y verdaderamente.

Clavó francamente sus ojos en los míos. Vaciló. Su mirada vagó por la habitación.

-Necesito sólo media hora --continuó-. Sé por qué ha venido usted y es sumamente amable por su parte. Aquí hay unas revistas. Si quiere usted quedarse a comer, le probaré que viajé a través del tiempo a mi antojo, con muestras y todo. ¿Me perdona usted que le deje ahora?

Accedí, comprendiendo apenas entonces toda la importancia de sus palabras; y haciéndome unas señas con la cabeza se marchó por el corredor. Oí la puerta cerrarse de golpe, me senté en un sillón y cogí un diario. ¿Qué iba a hacer hasta la hora de comer? Luego, de pronto, recordé por un anuncio que estaba citado con Richardson, el editor, a las dos. Consulté mi reloj y vi que no podía eludir aquel compromiso. Me levanté y fui por el pasadizo a decírselo al Viajero a través del Tiempo.

Cuando así el picaporte oí una exclamación, extrañamente interrumpida al final, y un golpe seco, seguido de un choque. Una ráfaga de aire arremolinóse a mi alrededor cuando abría la puerta, y sonó dentro un ruido de cristales rotos cayendo sobre el suelo. El Viajero a través del Tiempo no estaba allí. Me pareció ver durante un momento una forma fantasmal, confusa, sentada en una masa remolineante -negra y cobriza-, una forma tan transparente que el banco de detrás con sus hojas de dibujos era absolutamente claro; pero aquel fantasma se desvaneció mientras me frotaba los ojos. La Máquina del Tiempo había partido.

Salvo un rastro de polvo en movimiento, el extremo más alejado del laboratorio estaba vacío. Una de las hojas de la ventana acababa, al parecer, de ser arrancada.

Sentí un asombro irrazonable. Comprendí que algo extraño había ocurrido, y durante un momento no pude percibir de qué cosa rara se trataba. Mientras permanecía allí, mirando aturdido, se abrió la puerta del jardín, y apareció el criado.

Nos miramos. Después volvieron las ideas a mi mente.

-¿Ha salido su amo... por ahí? -dije.

-No, señor. Nadie ha salido por ahí. Esperaba encontrarle aquí.

Ante esto, comprendí. A riesgo de disgustar a Richardson, me quedé allí, esperando la vuelta del Viajero a través del Tiempo; esperando el segundo relato, quizá más extraño aún, y las muestras y las fotografías que traería él consigo. Pero empiezo ahora a temer que habré de esperar toda la vida. El Viajero a través del Tiempo desapareció hace tres años. Y, como todo el mundo sabe, no ha regresado nunca.