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Las Confesiones.  Jean Jacques Rousseau
Capítulo 9. LIBRO NOVENO. 1756
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La impaciencia por vivir en el Ermitage no me dejó esperar la vuelta de la estación hermosa y tan luego como mi habitación estuvo dispuesta me apresuré a trasladarme con gran rechifla de los amigos del señor de Holbach, que auguraban a voz en cuello que yo no soportarla tres meses de soledad y que al poco tiempo me verían volver corrido a vivir como ellos en París. Pero yo, que al cabo de quince años de hallarme fuera de mi elemento, me veía próximo a entrar nuevamente en él, no hacía el menor caso de sus chanzas, Desde que a pesar mío me veía lanzado en el mundo, no había cesado de echar de menos mi querida Charmettes y la vida apacible que allí había gozado. Yo me sentía nacido para la vida retirada del campo y fuera de ella me era imposible vivir dichoso: en Venecia, con la marcha de los negocios públicos, la dignidad de una especie de representación y el orgullo de ambiciosos proyectos; en París, sumergido en el torbellino del gran mundo, la sensualidad de los convites, el brillo de los espectáculos, los humos de la vanagloria, siempre venían a arrancarme suspiros y a avivar mis deseos los bosquecillos, los riachuelos y mis paseos solitarios. Todos los trabajos a que habla podido sujetarme, todos los proyectos de ambición que, como medios, hablan animado mi celo, no tenían otro objeto que llegar un día a la paz campestre que en ese instante me lisonjeaba haber logrado. Sin haber conseguido una pequeña fortuna que había creído ser el único medio que podía proporcionarme el cumplimiento de este deseo, juzgué que, por mi situación particular, podía prescindir de ella y llegar al mismo objeto por un camino enteramente opuesto. Ni siquiera tenía un sueldo de renta; pero tenía un nombre y conocimientos; era sobrio y me había desprendido de todas las necesidades más dispendiosas, que son las que nos impone la opinión. Además de esto, a pesar de mi natural pereza, era laborioso cuando quería serlo; y mi pereza no era tanto la de un hombre amigo de no hacer nada como la del que quiere ser independiente y le gusta -~ trabajar a su voluntad. Mi profesión de copista de música no era brillante ni lucrativa; pero era segura. El mundo me aplaudía por haber tenido el valor de abrazarla. Podía estar seguro de que no me faltaría trabajo, y trabajando mucho podía ganar lo suficiente para mí. Todavía me quedaban dos mil francos del producto de El adivino y de mis otros escritos que me permitían no vivir con estrechez; y muchas obras que tenía encargadas me prometían poder trabajar a mi gusto, sin cansar a los libreros, sin excederme y aun aprovechando la ociosidad del paseo. Mi servicio, compuesto de tres personas, que todas se ocupaban en algo de utilidad, no era muy costoso. En fin, mis recursos, proporcionados a mis necesidades y deseos, podían ofrecerme razonablemente una vida feliz y duradera en la posición que me había hecho escoger mi inclinación.

Hubiera podido emprender otro camino más lucrativo, y, en vez de sujetar mi pluma a copiar, dedicarla enteramente a escritos que con el vuelo que había tomado, y que me sentía capaz de sostener, podían proporcionarme la abundancia y hasta la opulencia por poco que hubiese querido juntar los artificios de autor al cuidado de publicar buenos libros. Pero conocí que el escribir para ganar dinero pronto hubiera abogado mi ingenio y muerto mi talento, que estaba más en mi pluma que en mi corazón, y que era hijo de un modo de pensar elevado y altivo, único que podía alimentarlo. Una pluma venal no puede dar nada grande y vigoroso. La necesidad, tal vez la avidez, me hubiera hecho trabajar atendiendo más a la cantidad que a la calidad. Si la necesidad del éxito no me hubiese lanzado en el terreno de las cábalas, a buen seguro me hubiera hecho decir más bien lo que agradase a la multitud que lo verdadero y lo útil; y de un autor distinguido como podía serlo, me habría convertido en un emborronador de papel. No, no; siempre he creído que la condición de autor no podía ser ilustre y respetable sino estando lejos de ser un oficio. Es harto difícil pensar noblemente, cuando se hace para vivir. Para poder y atreverse a decir grandes verdades es necesario no depender del éxito. Yo lanzaba mis libros al público con la certeza de haber hablado en pro del bien de la humanidad, sin cuidarme de lo demás. Si la obra no era bien recibida, tanto peor para los que no querían aprovecharse de ella. No necesitaba su aprobación para vivir. Si mis libros no se vendían, mi oficio me bastaba, y esto era precisamente lo que los hacia vender.

El 9 de abril de 1756 salí de París para no volver a habitar más en él; porque yo no llamo vivir en un punto el pasar en él cortas temporadas como lo be hecho en París, Londres y otras ciudades, pero siempre de paso, o bien a pesar mío. La señora de Épinay vino a buscarnos a los tres con su coche; su arrendatario se encargó de mi equipaje, y me instalé desde aquel mismo día. Encontré mi pequeño retiro arreglado y amueblado sencillamente, pero con limpieza y hasta con gusto. La persona que había dirigido este moblaje tenía para mí un valor inestimable, y encontraba delicioso ser el huésped de mi amiga, en una casa que yo había escogido y que había sido expresamente construida para mi.

Aunque hacía frío y aún había nieve, la tierra empezaba ya a vegetar; veíanse violetas y prímulas, apuntaban las yemas de los árboles, y la noche misma de mi arribo fué señalada por el primer canto del ruiseñor, que se hizo oír cerca de mi ventana, en un bosque que había junto a la casa. Después de un ligero sueño desperté, no acordándome de mi traslado, y creí estar aún en la calle de Grenelle, cuando de repente aquel ramaje me hizo estremecer y en canto de entusiasmo exclamé: "Al fin se han cumplido mis deseos". Mi primera diligencia fué entregarme a la impresión de los objetos campestres que me rodeaban. En vez de empezar por disponer mi habitación, empecé a prepararme para mis paseos, y no hubo senderos, ni soto, ni bosque, ni sitio retirado alrededor de mi casa que al siguiente día no hubiese recorrido. Cuanto más examinaba aquel encantador asilo, tanto más me convencía de que era lo más a propósito para mi. Este lugar, más bien que salvaje, solitario, me transportaba en mi mente al otro extremo del mundo. Había allí esa conmovedora belleza que difícilmente se halla cerca de las ciudades; el que se hubiese visto transportado allí de repente, nunca se hubiera imaginado que no distaba de París más que cuatro leguas.

Después de algunos días dedicados a mis delirios campestres, me acordé de arreglar mis papeles y ordenar mis ocupaciones. Como lo habla hecho siempre, destiné las mañanas a copiar, y las tardes al paseo, pertrechado con mi librito en blanco y mi lápiz; porque, no habiendo podido escribir jamás ni pensar con desahogo sino sub die, no tenía el menor intento de cambiar de método, y pensé que el bosque de Montmorency que estaba casi a la puerta de mi casa sería en adelante mi cuarto de estudio. Tenía varios escritos empezados, y los revisé. Era bastante espléndido en proyectos; mas en el bullicio de la ciudad su realización había sido hasta entonces muy lenta. Allí esperaba trabajar con más diligencia cuando tuviese menos distracciones. Creo haber llenado bastante bien esta esperanza; y, para un hombre frecuentemente enfermo, que iba de continuo a la Chevrette, a Épinay, a Eubonne, al castillo de Montmorency, con frecuencia molestado en mi casa por curiosos desocupados, y que empleaba todas las mañanas en la copia, si se cuenta y mide los escritos que hice durante los seis años que pasé, ya en el Ermitage, ya en Montmorency, estoy seguro de que se hallará que si he perdido el tiempo durante este intervalo no ha sido en la ociosidad.

De las diversas obras que tenía bosquejadas, la que hacía más tiempo en que meditaba, y en que más me agradaba ocuparme, en la cual quería trabajar toda mi vida, y que me parecía debía fijar mi reputación, eran mis Instituciones políticas. Trece o catorce años hacía que había concebido la primera idea, cuando estando en Venecia había tenido ocasión de observar los defectos de aquel gobierno tan decantado. Desde entonces me había aplicado extensamente al estudio histórico de la Moral. Había visto que todo dependía radicalmente de la política, y que, de cualquier modo que se obrase, ningún pueblo sería otra cosa que lo que le hiciera ser la naturaleza de su gobierno; así, esa gran cuestión del mejor gobierno posible me parecía reducirse a lo siguiente: ¿cuál es la forma de gobierno propia para formar al pueblo más virtuoso, más ilustrado, más prudente, mejor en fin, tomando esta palabra en su sentido más lato? Había creído ver que esta cuestión se relacionaba íntimamente con esta otra, si bien era diferente: ¿cuál es el gobierno que, por su naturaleza, está siempre más cerca de la ley?; y de aquí, ¿qué es la ley? y una cadena de cuestiones de igual importancia. Veía que todo esto me conducía a grandes verdades, útiles a la felicidad del género humano, pero sobre todo a la de mi patria, donde, en el viaje que acababa de hacer, no habla encontrado las nociones de la ley y de la libertad bastante rectas ni bastante claras a mi modo de ver; y habla creído que este modo indirecto de enseñársela era el más a propósito para no ofender el amor propio de sus miembros y hacerme perdonar el haber visto algo más que ellos en este punto.

Aunque hacía ya cinco o seis años que trabajaba en esta obra, la tenia aun muy poco adelantada. Los libros de este género necesitan meditación, espacio y tranquilidad. Además, éste lo componía como suele decirse con buena suerte, y no había querido comunicar mi proyecto a nadie, ni aun a Diderot. Temía que habla de parecer harto atrevido para el siglo y para el país en que escribía, y que el espanto de mis amigos me habla de poner obstáculo en su realización. Todavía ignoraba si se concluiría a tiempo y de manera que pudiese publicarse viviendo yo. Quería poder dar sin obstáculo a mi asunto cuanto éste requiriese, seguro de que, exento completamente de carácter satírico, y no queriendo buscar aplicación ninguna, equitativamente sería siempre irreprensible. Quería usar sin recelo y en toda plenitud del derecho de pensar que tenía por mi nacimiento; pero respetando siempre el gobierno bajo el cual tenía que vivir, sin faltar jamás a sus leyes; y, siempre atento a no violar el derecho de gentes, tampoco quería renunciar por temor a sus ventajas.

También confieso que, siendo extranjero y viviendo en Francia, hallaba mi posición muy favorable para atreverme a decir la verdad; sabiendo muy bien que, continuando como quería hacerlo en no imprimir sin permiso dentro del Estado, nadie tenía derecho a pedirme cuentas de mis máximas y de su publicación en otro lugar cualquiera. En Ginebra mismo hubiera sido mucho menos libre, pues, aunque hubiese hecho imprimir mis libros en cualquier otro país, el magistrado estaba autorizado para epilogar el libro. Esta consideración tuvo no poca parte en hacerme ceder a las instancias de la señora de Épinay y renunciar al proyecto de ir a establecerme en Ginebra. Yo conocía, como he dicho en el Emilio, que, a menos de ser intrigante, cuando se quieren consagrar libros al verdadero bien de la patria, no conviene componerlos en ella.

Lo que me hacía ya mi posición más conveniente era la persuasión en que estaba de que el Gobierno de Francia, aunque no me mirase con buenos ojos, estimarla como un deber, si no protegerme, a lo menos dejarme tranquilo. Esto era a mi entender un acto de política muy sencillo y, sin embargo, muy útil para convertir en mérito el tolerar lo que no se podía impedir, puesto que si me hubiesen echado de Francia, que era cuanto tenían derecho a hacer, no por esto hubieran dejado de publicarse mis libros y se hubieran hecho tal vez con menos moderación; mientras que, dejándome tranquilo, conservaban en su poder al autor, como garantía de sus obras, y además destruían en parte preocupaciones muy arraigadas en el resto de Europa, granjeándose la reputación de tener un respeto ilustrado al derecho de gentes.

Los que juzgaran por el resultado que mi confianza me engañó, podrían engañarse también. En la tempestad que me ha hundido, mis libros sirvieron de pretexto, pero solamente a mí es a quien se quería perseguir. Poco les importaba el autor, pero querían perder a Juan Jacobo, y lo más malo que encontraron en mis escritos era el honor que éstos me podían proporcionar. Mas no conviene adelantar los sucesos. Ignoro si este misterio, que aún lo es para mí, se aclarará en lo sucesivo a los ojos de mis lectores. Únicamente sé que, si los principios de que yo habla hecho gala hubieran debido atraerme las persecuciones de que he sido víctima, hubiera tardado mucho menos tiempo en sufrirlas; puesto que el libro en que dichos principios se hallan expuestos con más atrevimiento por no decir audacia, había, por decirlo así, producido todo su efecto aún antes de que yo me retirase al Ermitage, sin que nadie hubiese pensado, no digo ya en combatirme por su causa, sino ni siquiera en impedir la publicación de la obra en Francia, donde se vendía tan públicamente como en Holanda. Desde aquella época, salió al público todavía La nueva Eloisa con la misma facilidad, por no decir con el mismo aplauso; y, cosa que parece casi increíble, la profesión de fe de esta misma Eloísa moribunda, es exactamente idéntica a la del vicario saboyano. Todo lo que hay de atrevido en El contrato social se hallaba ya en el Discurso sobre la desigualdad; todo lo que hay de atrevido en el Emilio se hallaba igualmente en la Julia. Ahora bien, estos atrevimientos y osadías no excitaron ninguna crítica ni clamor contra las dos primeras obras; por consiguiente, tampoco pudieron excitarlos contra las últimas.

Otra tarea casi del mismo género, pero cuyo proyecto era más reciente, me ocupaba mucho más en estos momentos: era extractar las obras del abate de Saint-Pierre, de la que no he podido hablar hasta ahora, arrastrado por el hilo de la narración. La idea de dicho trabajo Habíame sido sugerida, después de mi regreso de Ginebra, por el abate de Mably, no ya directamente, sino por mediación de la señora Dupin, que tenía especial interés en hacérmela aceptar. Era ésta una de las tres Q cuatro lindas mujeres de París para quienes el viejo abate de ella por completo la preferencia, por lo menos la compartió con la señora de Aiguillon. Conservaba hacia la memoria del buen hombre un respeto y un cariño que hacían honor a ambos, y su amor propio se hubiera sentido agradablemente lisonjeado al ver resucitadas, por su secretario, las obras de su amigo, muertas antes de nacer. Estas mismas obras no dejaban de contener excelentes cosas, pero tan mal expresadas que era difícil hacer interesante su lectura; y es extraño que el abate de Saint-Pierre, que consideraba a sus lectores como a niños grandes, les hablase, sin embargo, como a hombres, por el poco cuidado que ponía en fijar su atención y hacerse escuchar. Ésta era la causa de que me hubiesen propuesto semejante trabajo, como útil en sí mismo y como muy conveniente a un hombre muy laborioso en cuanto a trabajos manuales, pero perezoso como autor, y que, juzgando demasiado penoso el trabajo de pensar, prefería, en materias que eran de su agrado, ilustrar y dar a luz las ideas de otro antes que crear ideas nuevas. Por otra parte, no limitando mis facultades a las simples funciones de traductor, no me estaba prohibido pensar en mí mismo algunas veces, y podía dar a mi trabajo una forma tal que muchas importantes verdades pasarían en él bajo el nombre del abate de Saint-Pierre con más facilidad y éxito que bajo el mío propio. La empresa, por otra parte, no era fácil: tratábase nada menos que de leer, meditar y extractar veinte volúmenes difusos, confusos, llenos de prolijidades, de repeticiones, de puntos de vista limitados o falsos, entre los que era preciso rebuscar y entresacar algunos grandes, hermosos y que daban valor para sobrellevar tan penoso trabajo. Con frecuencia, hubiera abandonado este trabajo si hubiera podido honradamente hacerlo; pero al recibir los manuscritos del abate, que me fueron dados por su sobrino el conde de Saint-Pierre, a ruegos de Saint-Lambert, me había en cierta manera comprometido a hacer uso de ellos, y hubiera sido preciso o devolverlos o procurar sacar partido de los mismos- Con esta última intención, los había llevado conmigo, al Ermitage, y éste era el primer trabajo a que pensaba consagrar mis ocios. Meditaba además un tercer trabajo, cuya idea habla nacido de las observaciones hechas acerca de mi mismo; y me sentía con tanto más valor para emprenderlo cuanto que todo me hacía esperar que había de hacer de él un libro verdaderamente útil a los hombres, y hasta uno de los más útiles que se les pudieran ofrecer, caso de que la ejecución respondiese dignamente al plan que me había trazado. Se ha notado que la mayor parte de los hombres, durante el curso de su vida, difieren a veces enteramente de si mismos y parecen transformarse por completo en otros muy distintos. No era mi intención hacer un libro para exponer una cosa sobradamente conocida d~ todos; tenía un objeto más lleno de novedad y más importante, cual era el de investigar las causas de estas variaciones y de fijarme, sobre todo, en aquellas que dependen de nosotros para demostrar cómo podemos encaminarlas a fin de hacernos mejores y más dueños de nosotros mismos. Porque no hay duda que debe ser mucho más penoso para un hombre honrado vencer deseos enteramente formados, que el prevenir, cambiar o modificar en su origen siempre que haya posibilidad de remontarse a él. Un hombre tentado resiste una vez porque es fuerte, y sucumbe otra vez porque es débil; si hubiera sido el mismo que antes, no habría sucumbido.

Sondeando en mi interior e investigando en los demás estas diversas maneras de ser, me encontré con que dependían en gran parte de la impresión anterior de los objetos exteriores, y que, modificados continuamente por nuestros sentidos, y nuestros órganos, llevamos, sin echarlo de ver, en nuestras ideas, en nuestros sentimientos, en nuestras acciones mismas, el efecto de estas modificaciones. Las admirables y numerosas observaciones que yo había llegado a recoger estaban por encima de toda discusión; y, por sus principios físicos, me parecían a propósito para suministrar las reglas de un régimen exterior, que, variado según las circunstancias, podía poner o mantener el alma en el estado más favorable a la virtud. ¡Qué de aberraciones se evitarían a la razón! ¡Qué de vicios se impedirían en su origen sí se supiese obligar a la economía animal a favorecer el orden moral, que turba con tanta frecuencia! Los climas, los colores, la oscuridad, la luz, los elementos, los alimentos, el ruido, el silencio, el movimiento, el reposo, todo obra sobre nuestra máquina, y, por consiguiente, sobre nuestra alma; todo nos ofrece mil recursos casi seguros para gobernar en su origen los sentimientos de que nos dejamos dominar. Tal era la idea fundamental cuyo bosquejo habla ya trazado sobre el papel, y de la que esperaba un efecto tanto más seguro para las gentes bien nacidas que, amando sinceramente la verdad, desconfían de su debilidad, cuanto que me parecía fácil sacar de ella un libro agradable de leer como lo era también de componer. Sin embargo, he trabajado poco en esta obra, cuyo título era La moral sensitiva o el materialismo del sabio. Distracciones, cuya causa no tardará el lector en conocer, me impidieron ocuparme en este trabajo y sabrá también cuál ha sido la suerte de dicho bosquejo literario, que está más enlazada con la mía de lo que pudiera creerse a primera vista.

Además de todo esto, hacía algún tiempo que pensaba en un sistema de educación en que me había rogado que me ocupase la señora de Chenonceaux, a quien hacía temblar por su hijo la que tenía su marido. La autoridad de la amistad hacía que este objeto, aunque menos de mi gusto en si mismo, halagase mi corazón más que otro alguno. Así es que de todos los asuntos de que acabo de hablar, éste es el único que he llevado a término. El fin que me había propuesto trabajando en esta obra me parece que hacia a su autor acreedor a otro destino. Mas no anticipemos nada acerca de este triste asunto. Harto obligado me veré a hablar de ello en el curso de este escrito.

Todos estos proyectos me ofrecían motivos de meditación para mis paseos; pues, como creo haberlo dicho, no puedo meditar sino andando; tan luego como me detengo, no medito más; mi cabeza anda al compás de mis pies. Sin embargo, había tenido la precaución de pertrecharme de un trabajo de gabinete para los días de lluvia, y fué mi Diccionario de música, cuyos materiales dispersos, mutilados e informes hacían necesario casi empezar de nuevo. Trajeme algunos libros que para ello necesitaba; había pasado dos meses sacando extractos de muchos otros, que me prestaban en la biblioteca del rey, de los cuales me permitieron llevar alguno al Ermitage. He aquí mis provisiones para compilar en casa cuando el tiempo no me permitiese salir y me fastidiase de copiar. Este arreglo me venía tan bien que me sirvió así en el Ermitage como en Montmorency y luego también en Motiers, donde acabé esta tarea mientras hacía otros trabajos, hallando siempre que un cambio de trabajo es un descanso.

Durante algún tiempo seguí con bastante exactitud la distribución que me había prescrito y me iba perfectamente; mas cuando la estación hermosa trajo a la señora de Épinay con más frecuencia a Épinay o a la Chevrette, hallé que las distracciones que al principio nada me costaban, pero con las cuales no había contado, desconcertaban mis proyectos. He dicho ya que esta señora tenía relevantes cualidades; apreciaba mucho a sus amigos, les servia con gusto, y, no escaseando el tiempo ni la actividad, merecía que en cambio se tuviesen atenciones con ella. Hasta entonces había llenado este deber sin pensar que lo fuese; mas al fin comprendí que me había echado en hombros una carga que sólo la amistad podía hacer que no sintiera su peso; y había agravado este peso con mi repugnancia por las reuniones numerosas. La señora de Épinay se valió de esto para hacerme una proposición que parecía tender a satisfacer mi gusto, pero que servía más para ella, y consistía en mandarme avisar, cada vez que estuviese sola o poco menos. Convine en ello sin ver a qué me obligaba; de aquí se siguió que no la visitaba cuando a mí me venía bien, sino a la hora que a ella le convenía y jamás estaba seguro de poder disponer de un solo día. Esta molestia alteró mucho el placer que hasta entonces sentía en ir a verla, y hallé que esta libertad con que ella me había brindado no se me daba sino a condición de no poder utilizarla; y una o dos veces que quise probarlo, hubo tantos mensajes, tantos billetes, tantas alarmas sobre mi salud, que bien claramente vi que no había más excusa capaz de dispensarme de volar a su primera indicación que estar sepultado en la cama. Preciso era sujetarme a este yugo; así lo hice y aun de bastante buena voluntad para tan gran enemigo de la dependencia, porque en gran parte la sincera amistad que le profesaba me impedía sentir demasiado el peso de la cadena que echaba sobre mi. Ella llenaba así en parte el vacío que la ausencia de su ordinaria corte dejaba en su diversión. Para ella era yo un suplemento muy mezquino, pero que valía más aun que una soledad absoluta que no podía soportar. Sin embargo, tenía medios de suplirla mucho más agradablemente desde que había querido conocer la literatura y se le había metido en la cabeza, quieras que no, escribir novelas, cartas, comedias, cuentos y otras frivolidades por el estilo; pero lo que más la entretenía era leerlas; y si en seguida se le ocurría borronear dos o tres páginas, preciso era que estuviese segura por lo menos de tener dos o tres lectores benévolos al fin de este inmenso trabajo. No tenía el honor de pertenecer al número de los elegidos sino cuando me hallaba en compañía de algún otro. Solo, casi siempre era contado por nada, cualquiera que fuese el asunto de que se tratase; y esto no solamente en el círculo de la señora de Épinay sino también en el del señor de Holbach, y en todo sitio donde Grimm era el factótum. Esta nulidad me complacía mucho en todas partes, menos cuando estaba solo con alguien, en cuyo caso no sabía qué partido tomar, no atreviéndome a hablar de literatura, para lo cual no estaba autorizado, ni de galantería, por ser demasiado tímido y por temer como a la muerte el hacer el papel ridículo de un viejo verde; fuera de que esta idea jamás se me ocurrió junto a la señora de Épinay, y quizá no se me hubiera ocurrido una sola vez en mi vida, aunque la hubiese pasado entera a su lado, no porque me inspirase la menor repugnancia, sino porque, por el contrario, la amaba quizá demasiado como amigo para poder quererla como amante. Me agradaba verla y hablar con ella. Su conversación, aunque bastante agradable en sociedad, era árida en particular, y la mía, que no era más florida, no le servía de gran apoyo. Avergonzado de un silencio tan prolongado, me esforzaba para animar la conversación, y, aunque a menudo me fatigaba, nunca me aburría. Yo estaba muy contento prodigándole cuidados, dándole fraternales besos que no me parecía fuesen más sensuales para ella, y esto era todo. Ella estaba muy flaca, era muy blanca, y su seno se parecía al dorso de mi mano. Este defecto solo hubiera bastado para helarme: mi corazón y mis sentidos jamás han creído ver una mujer en una persona que no tenga senos opulentos; estas y otras causas que es inútil decir aquí, siempre me han hecho olvidar su sexo estando al lado de ella.

Habiéndome resignado así a una sujeción necesaria, la sufría sin resistencia y aun la encontré, a lo menos el primer año, menos onerosa de lo que hubiera esperado. La señora de Épinay, que ordinariamente pasaba todo el verano en el campo, no pasó en él más que una parte del mismo, ya sea porque sus negocios la retuviesen más tiempo en París o porque la ausencia de Grimm le hiciese menos agradable su estancia en la Chevrette. Yo aproveché los intervalos en que ella no estaba y aquellos en que había mucha gente, para gozar de la soledad con mi buena Teresa y su madre, de modo que apreciaba todo su valor. Aunque desde hacía algunos años iba con bastante frecuencia al campo, casi era sin gozar de él, y estos viajes, verificados siempre en compañía de personas presuntuosas, inutilizados siempre por la falta de libertad, no hacían más que exaltar mi afición a los placeres campestres, cuya imagen veía tan de cerca para sentir más su privación. Estaba tan aburrido de los salones, de los juegos de agua, de los bosquecillos, de los jardines y de los todavía más fastidiosos cicerones de todo esto; estaba tan cansado de folletos, de clavicordios, de tresillo, de enredos, de insípidas agudezas, de desabridas monadas, de cuentos y de cenas, que cuando divisaba algún sencillo espinar, un vallado, una granja, un prado; cuando al pasar por una aldea percibía el olor de alguna tortilla con perifollo; cuando a lo lejos oía el rústico estribillo de la canción de las pastoras, renegaba del arrebol, de los falbalás y del ámbar; y, echando de menos la comida de casa y el vino del cosechero, de buena gana hubiera dado de bofetones al jefe de la partida o anfitrión que me hacían comer a la hora en que ceno, y cenar a la hora de dormir; pero sobre todo a los señores lacayos que devoraban con la vista mi plato, y, so pena de morir de sed, me vendían el vino compuesto de su amo diez veces más caro de lo que me hubiera costado mejor en la taberna.

Heme aquí, en fin, en mi casa; en un asilo solitario y agradable; dueño de pasar los días en esta vida independiente, igual y apacible, para la cual me creía haber nacido. Antes de decir la influencia que este estado, tan nuevo para mí, ejerció sobre mi corazón, conviene recapitular las secretas afecciones a él anejas, a fin de que se pueda seguir mejor en sus causas el progreso de estas nuevas modificaciones.

He considerado siempre el día que me uní a Teresa como un acontecimiento que fijó mi ser moral. Yo necesitaba un afecto, puesto que al fin el que debía satisfacerme se había roto tan cruelmente. La sed de felicidad no se extingue jamás en el corazón humano. Mamá envejecía y se envilecía. Ya no podía ser feliz aquí abajo. No me quedaba sino, buscar una dicha que me fuese propia, puesto que había perdido toda esperanza de compartir la suya. Durante algún tiempo estuve vacilando entre una y otra idea, entre uno y otro proyecto. Mi viaje de Venecia me hubiera sumergido en los negocios públicos si el hombre con quien tropecé hubiera tenido sentido común. Yo me desanimo fácilmente, sobre todo en las empresas penosas y largas. El mal éxito de ésta me disgustó de cualquier otra y, mirando, según mi antigua máxima, los objetos lejanos como señuelos para los necios, me decidí a vivir en adelante sin pensar más que en el día, no viendo ya nada en la vida que me impulsase a esforzarme.

Entonces fué precisamente cuando nos conocimos. El carácter dulce de esta buena muchacha me pareció tan conforme con el mío, que me uní a ella con un afecto a prueba del tiempo y de las perfidias, y, que cuanto hubiera debido romperlo ha servido para aumentarlo. La fuerza de este cariño se conocerá en lo sucesivo cuando descubra las llagas y las heridas con que ha desgarrado mi corazón en lo más crudo de mi desgracia, sin que hasta el momento en que escribo estas líneas se me haya escapado la más mínima queja.

Cuando se sepa que después de haberlo arrostrado todo para no separarme de ella, al cabo de veinticinco años pasados en su compañía, a despecho de la suerte y de los hombres, he acabado por casarme con ella en mis últimos días sin que ella lo esperase ni lo solicitase, sin compromiso ni promesa por mi parte, se creerá que, habiéndome hecho perder la cabeza desde el primer día un amor arrebatado, me ha conducido por grados a la mayor extravagancia; y se creerá; tanto más cuando se sepan las poderosas razones particulares que debían impedirme llegar a ese extremo. ¿Qué pensará, pues, el lector cuando yo le diga, con toda mi veracidad, de que al presente no puede dudar, que desde el primer momento que la vi hasta hoy día jamás he sentido por ella la menor llama de amor; que no la deseé poseer más que a la señora de Warens, y que la necesidad de los sentidos, satisfecha con ella, ha sido para mí únicamente la del sexo, sin que hubiese nada personal? ¿Creerá que, formado de otro modo que los demás hombres, fuí incapaz de sentir el amor, puesto que para nada entraba en el afecto que me han inspirado las mujeres que más he querido? Paciencia, ¡oh, lector!, el momento funesto se acerca y harto desengañado has de quedar.

Sin duda me repito, pero es necesario. Mi primera necesidad, la mayor, la más viva, la más inextinguible, tenía asiento únicamente en mi corazón: era la intimidad en el mayor grado posible; por esto necesitaba principalmente una mujer más bien que un hombre, una amiga mejor que un amigo. Esta singular necesidad era de tal índole, que aun no bastaba a llenarla la mayor intimidad corporal; hubiera necesitado dos almas en un mismo cuerpo; sin esto sentía siempre el vacío. Creí que había llegado el momento de llenarlo; aquella joven amable por varios conceptos, y hasta por su físico, sin sombra de arte ni de coquetería, me hubiera bastado con su existencia si a ella le hubiese bastado la mía. Nada tenía que temer por parte de los hombres, pues estoy seguro de ser el único a quien amó, y su frío temperamento no le ha pedido otros, ni aun cuando dejé de existir para ella en este concepto. Yo no tenía familia; ella la tenía, pero el carácter de todos sus miembros difería del suyo y fué tal que yo no pide adoptarla por mía. Ésta fué la primera causa de mi desdicha. ¡Qué no habría yo dado para poder considerarme corito el hijo de su madre! Hice cuanto pude para lograrlo, mas todo en vano; por mas que quise unir todos nuestros intereses, no lo pude conseguir; fueron los suyos diferentes de los míos, contrarios, y aun opuestos a los de su hija, que ya estaba como aislada de ellos. La madre y sus demás hijos y nietos se convirtieron en otras tantas sanguijuelas, que robaban a Teresa, y aun era éste el menor mal que le hacían. La pobre muchacha, acostumbrada a ceder, aun a sus sobrinas, se dejaba saquear y gobernar sin chistar: y yo vela con dolor que empleaba mi dinero y mis lecciones sin lograr que le aprovechase nada de cuanto hacía por ella. Probé a separarla de su madre, mas ella no lo consintió jamás; yo respeté su resistencia y la aprecié más; pero su oposición fué perjudicial para nosotros dos. Entregada a su madre, y a los suyos, fué más de éstos que mía y de sí misma, y los consejos que le dieron le causaron más perjuicios que la avidez que tenían; en fin, si gracias al amor que me profesaba, y a sus buenas inclinaciones, no llegó a estar completamente sojuzgada, a lo menos lo estuvo lo bastante para contrarrestar en gran parte el efecto de las buenas máximas que yo me esforzaba en inspirarle; lo bastante para que, de cualquier modo que haya obrado, hayamos continuado siendo siempre dos.

He aquí cómo con un afecto sincero y recíproco a que se había entregado mi tierno corazón, el vacío que en él había jamás pudo verse completamente lleno. Los hijos que podían llenarlo vinieron, y fué peor todavía. Me horripilé tener que entregarlos a esa familia mal educada para que fuesen aun peor educados que ella. Los peligros de la educación de la Inclusa eran mucho menores; esta razón de la resolución que tomé, más fuerte que todas las que expuse en mi carta a la señora de Francueil, fué con todo la única que no me atreví a revelar. Preferí tener menos disculpa en falta tan grave, y no dañar a la familia de una persona a quien amaba. Mas por las costumbres de su desgraciado hermano puede juzgarse si, dígase lo que se quiera, debía exponer nunca a mis hijos a que recibiesen una educación semejante a la suya.

No pudiendo gozar en toda su plenitud de esta sociedad íntima que tanto necesitaba, me procuraba sustituciones que no llenaban el vacío, pero que me lo hacían sentir menos. Careciendo de un amigo que me perteneciese completamente, necesitaba otros, cuyo impulso sobrepujase mi inercia; por eso cultivé y estreché mi amistad con Diderot y con el abate de Condillac; así es cómo contraje una nueva con Grimm, aun más estrecha, y así fué cómo al fin me hallé, por causa del desgraciado discurso, cuya historia he referido, lanzado de nuevo, sin pensarlo, en la literatura, de donde creía haber salido para siempre.

El modo como empecé me condujo por un camino nuevo a otro mundo intelectual, cuya sencilla y atrevida economía no pude entrever sin entusiasmo. A poco y a vueltas de reflexionar, ya no vi más que error y locura en las doctrinas de nuestros sabios, error y miseria en nuestro orden social. Con la ilusión de mi necio orgullo, me creí nacido para disipar todos esos prestigios; y, creyendo que para hacerme escuchar era forzoso que mi conducta estuviese en conformidad con mis principios, adopté unas costumbres singulares, que no me han dejado seguir, ejemplo que mis pretendidos amigos no han podido perdonarme, que al principio me puso en ridículo y que al fin me habría hecho respetable si hubiese podido perseverar en él.

Hasta entonces había sido bueno; desde aquel momento fui virtuoso, o a lo menos apasionado por la virtud. Esta pasión había empezado en mi cabeza, mas había pasado luego a mi corazón. El más noble orgullo germinó entre los despojos de la desarraigada vanidad. No fingí nada: fuí efectivamente lo que parecía, y lo menos por espacio de cuatro años que duró esta efervescencia, nada hay grande y bello capaz de tomar asiento en el corazón humano de que no fuese capaz el mío quedando entre el cielo y yo. He aquí de dónde nació mi súbita elocuencia; he aquí cómo se derramó en mis primeros libros ese fuego celestial que me abrasaba y de que no se había perdido la menor chispa durante cuarenta años, porque todavía no estaba encendido.

Me hallaba verdaderamente transformado; mis amigos y mis conocidos no me reconocían ya; no era éste aquel hombre tímido y más bien vergonzoso que modesto, que no se atrevía a presentarse ni a hablar; a quien desconcertaba la menor chanza, y a quien hacía sonrojarse la mirada de una mujer. Audaz, valeroso, intrépido, llevaba a todas partes una seguridad tanto más firme cuanto que era sencilla y residía más en mi alma que en mi exterior. El desprecio que mis profundas meditaciones me habían inspirado por las costumbres, las máximas y las preocupaciones de mi siglo, me hacían insensible a las burlas de los que las tenían, y aplastaba sus agudezas con mis sentencias como aplastaría un insecto con mis dedos. ¡Qué cambio! Todo París repetía los acres y mordaces sarcasmos del hombre que, dos años antes y diez después, no ha sabido hallar lo que debía decir, ni la palabra que debía emplear. Imagínese la situación del mundo más contraria a mi carácter, y se tendrá la mía. Recuérdese uno de esos cortos instantes de mi vida en que dejaba de ser yo convirtiéndome en otro, por ejemplo, el momento de que hablo; sólo que en vez de durar seis días o seis semanas, duró seis años y quizá duraría todavía, sin las circunstancias particulares que lo hicieron cesar y me volvieron a la Naturaleza, por encima de la cual habla querido elevarme.

Este cambio comenzó tan luego como dejé a París, y tan presto como el espectáculo de los vicios de esta gran ciudad dejó de alimentar la indignación que me había inspirado. Cuando dejé de ver a los hombres, dejé de despreciarlos; y cuando dejé de ver a los malvados, dejé de aborrecerlos. Mi corazón poco inclinado al odio no hizo más que deplorar su miseria, sin distinguir su ruindad. Este estado más dulce, aunque menos sublime, amortiguó muy pronto el ardiente entusiasmo que me habla arrebatado durante tanto tiempo; y sin que lo notasen, casi sin hacerme cargo de ello, me volví miedoso, complaciente, tímido; en una palabra: el mismo Juan Jacobo que había sido antes.

Si la revolución no hubiese hecho más que devolverme a mi estado anterior y detenerse aquí, todo hubiera ido bien; pero desgraciadamente fué más lejos y me llevó rápidamente al extremo opuesto. Desde entonces mi espíritu, siempre agitado, no ha hecho más que pasar por el reposo, donde nunca le han permitido fijarse sus oscilaciones constantemente renovadas. Entremos ya en los detalles de esta segunda revolución: época terrible y fatal de una suerte que no tiene ejemplo entre los mortales.

No siendo más que tres personas en nuestro asilo, el ocio y la soledad debían naturalmente estrechar nuestra intimidad, y esto es lo que produjeron entre Teresa y yo. Pasábamos a la sombra de los árboles horas deliciosas, cuya dulzura jamás había gozado con tanta vivacidad. Parecióme que también ella disfrutaba más que nunca; allí me abrió su corazón sin reserva, y me hizo sobre su madre y su familia revelaciones que hasta entonces había tenido el valor de ocultarme por largo tiempo Una y otra habían recibido de la señora Dupin innumerables presentes encaminados a mí, pero que la astuta vieja, para que yo no me incomodase, se había apropiado para ella y los suyos, exceptuando a Teresa, a quien prohibía severamente que me lo dijese, orden que la pobre había cumplido con una obediencia increíble.

Pero lo que más me sorprendió fué saber que, además de las conversaciones particulares que habían tenido Díderot y Grimm con la madre y la hija para separarlas de mí, y que no habían producido efecto por la resistencia de Teresa, los dos tenían frecuentes coloquios con la madre, sin que ella pudiese saber nada de lo que tramaban. Sólo sabia que mediaban regalos y veía incesantes idas y venidas misteriosas, cuyo motivo

ignoraba completamente. Cuando salimos de París hacía ya mucho tiempo que la señora Le Vasseur tenía la costumbre de ir dos o tres veces cada mes a ver a Grimm y pasaba con él algunas horas en conversaciones tan secretas, que éste siempre hacía salir a su criado.

Yo creí que el objeto de todo esto no era otro que el mismo proyecto de que habían tratado de hacer cómplice a la bija, prometiéndole procurarle, por mediación de la señora de Épinay, un estanquillo de sal o de tabaco, tentándolas, en una palabra, con el incentivo del lucro. Habíanles dado a entender que me hallaba en el caso de no poder hacer nada por ellas; y que, por causa suya, tampoco me era posible adelantar nada en provecho mío. Como no vela mala intención en todo esto, tampoco me resentía grandemente de su proceder; sólo me ofendía el misterio, sobre todo por parte de la vieja, quien iba siendo cada día más gazmoña y zalamera conmigo; lo cual no obstaba para que sin cesar estuviese reprochando a su bija en secreto que me amaba demasiado, que todo me lo decía, que era una estúpida, y que se llevarla un desengaño.

Esa mujer poseía en alto grado el arte de sacar diez maquilas de un costal, de ocultar a uno lo que recibía de otro, y a mi lo que recibía de todos. Podía perdonar su avidez, pero no su disimulo. ¿Qué podía tener que ocultarme, a mí cuya felicidad consistía, como lo sabía ella muy bien, casi únicamente en la de su hija y también en la suya? Lo que yo habla hecho por su hija lo habla hecho por mí; mas lo que había hecho por ella merecía alguna gratitud; a lo menos hubiera debido agradecérselo a su hija, y amarme porque me amaba ésta. La había sacado de la más completa miseria, me debía su subsistencia y todas las relaciones que tan bien sabia aprovechar. Teresa la había mantenido mucho tiempo con su trabajo y a la sazón la mantenía con lo mío. Cuanto tenía lo recibía de esta bija, por la cual no había hecho nada; y los demás hijos, a quienes había dotado, por quienes se había arruinado, lejos de ayudarla, todavía devoraban su subsistencia y la mía. A mí me parecía que en semejante situación debía considerarme como su único amigo, como su más firme protector, y que, lejos de formar complots en mi propia casa, debía advertirme fielmente todo lo que podía interesarme, cuando lo sabía antes que yo. Por tanto, ¿con qué ojos podía mirar su conducta falsa y misteriosa? ¿Qué debía pensar sobre todo de los sentimientos que procuraba imbuir en su hija? ¡Cuán monstruosa debía ser su ingratitud cuando trataba de inspirársela a ella!.

Todas estas reflexiones dieron al. fin por resultado que perdiese enteramente el afecto que podía tenerle, hasta el punto de no poder verla sino con desdén. Con todo, nunca dejé de tratar con respeto a la madre de la compañera de mi vida, y manifestarle en todas ocasiones el respeto y las consideraciones casi de un hijo, si bien es cierto que no me gustaba permanecer en su compañía largo rato, y no es propio de mi genio saberme violentar.

Heme aquí otra vez en uno de estos cortos instantes de mi vida en que he visto la felicidad muy cerca, sin poder alcanzarla y sin que haya sido esto por culpa mía. Si esa mujer hubiese tenido buen carácter los tres hubiésemos sido venturosos hasta el último día de la vida; sólo el último que hubiera quedado hubiera sido digno de lástima. En vez de esto, verá el lector el curso de los acontecimientos y juzgará si estuvo en mi mano cambiarlo.

La señora Le Vasseur, viendo que yo había ganado terreno en el corazón de su hija y ella lo había perdido, se esforzó en reconquistarlo, y en lugar de volver a mí por ella, trató de enajenármela completamente. Uno de los medios que empleó fué llamar a su familia en su ayuda; yo había rogado a Teresa que no hiciese venir a nadie al Ermitage, lo que me prometió cumplir; pues bien, lo que su madre hizo en mi ausencia fué llamar a quien quiso sin consultarla; y luego le hicieron prometer que callaría. Dado ya el primer paso lo demás fué todo fácil; cuando se oculta algo una vez a la persona amada, pronto se pierde el escrúpulo de ocultárselo todo. Tan luego como me iba a la Chevrette, quedaba el Ermitage lleno de gente que se solazaba a discreción. Una madre siempre ejerce poderosa influencia sobre una hija dócil; no obstante, cualesquiera que fuesen los medios que emplease la vieja, nunca pudo lograr que, entrando en sus planes, Teresa formase liga con ella en contra mía; mas la vieja no vaciló en su resolución; viendo de una parte a su hija y a mí, con quienes sólo tenía asegurada la subsistencia, y de la otra a Diderot, Grimm, el barón de Holbach y la señora de Épínay, que prometían mucho y daban algo, no creyó escoger mal decidiéndose por la mujer de un asentista general y un barón. Si yo hubiese visto más claro, no se me habría ocultado que mantenía desde aquel momento una serpiente en mi propio seno; pero mi ciega confianza, que nada habla alterado basta entonces, era tal que ni siquiera imaginaba que hubiese nadie capaz de hacer daño a una persona a quien debiera amar. Al ver urdir mil tramas en derredor mío, no sabia hacer más que

lamentar la tiranía de mis amigos que, a mi entender, querían forzarme a ser dichoso a su modo, con preferencia al mío.

Aunque Teresa rehusó entrar en la liga con su madre, le guardó el secreto nuevamente; el motivo que la impulsara era laudable y no diré si hizo bien o mal. Dos mujeres que tienen secretos gustan de charlar juntas; esto hacía que se estableciese entre ellas la mayor intimidad, y Teresa, dividiéndose entre ella y yo, me hacía sentir algunas veces la soledad en que me dejaba, pues yo no podía contar por compañía la reunión de los tres. Entonces fué cuando sentí vivamente lo mal que había obrado no aprovechando la docilidad que le infundió al principio el amor que me tenía, para cultivar su inteligencia ornándola con conocimientos que, aumentando nuestras conexiones, hubieran contribuido a hacernos más agradable nuestro aislamiento, sin que jamás nos cansara su duración. Esto no quiere decir que se agotase la conversación entre ambos, ni que ella pareciese fastidiarse en nuestros paseos; mas no teníamos bastantes ideas comunes para una fecunda conversación, no pudiendo hablar siempre de nuestros proyectos, limitados entonces a gozar de nuestra situación. Los objetos que se presentaban me sugerían reflexiones que no se hallaban a su alcance. Un afecto que contaba doce años no tenía necesidad de las palabras; nos conocíamos demasiado para tener que comunicarnos nada. Quedaba el recurso de las comadres, la murmuración y las chanzas. En la soledad es donde más se experimenta la ventaja de vivir con alguien que sepa pensar. Yo no necesitaba este recurso para hallarme bien con ella; mas ella lo hubiera necesitado para estar siempre contenta a mi lado. Lo peor era que además era forzoso tener nuestras entrevistas aprovechando las ocasiones, porque su madre, que había llegado a serme importuna, me obligaba a espiarlas; de modo que me hallaba violento en mi propia casa; para decirlo todo de una vez, el amor perjudicaba a la buena amistad. Teníamos relaciones íntimas, sin vivir con intimidad.

Desde el momento en que creí observar que Teresa buscaba a veces pretextos para eludir los paseos que yo le proponía, dejé de proponérselos, sin resentirme de que no le gustaran tanto como a mí. El placer no depende de la voluntad. Yo estaba seguro de su corazón y esto me bastaba. Mientras mi gusto era el suyo, disfrutábamos juntos; cuando no era así, prefería su satisfacción a la mía.

He aquí cómo, defraudada la mitad de mis esperanzas, llevando una vida a mi gusto, en un sitio escogido por mí, con una compañera querida, vine, sin embargo, a encontrarme casi aislado. Lo que me faltaba me impedía gozar de lo que tenía, pues en materia de felicidad o de placeres había de tenerlo todo o nada. Ya se verá por qué me han parecido necesarios estos detalles. Ahora, reanudemos el hilo de la narración.

En los manuscritos que me había entregado el conde de Saint-Pierre, había creído hallar tesoros; mas al examinarlos vi que casi no eran más que la compilación de las obras impresas de su tío, anotadas y corregidas por él, con algunos escritos de corta extensión que no habían visto la luz pública. Sus obras sobre moral me confirmaron en la opinión que me habían hecho formar algunas cartas suyas que la señora de Créqui me había manifestado, y era que Saint-Pierre tenía mucho más talento de lo que me había figurado; mas con el profundo examen de sus obras políticas sólo encontré miras superficiales, proyectos útiles, pero impracticables, por efecto de la idea, que su autor jamás supo desechar, de que los hombres se conducían según les dictaba su razón, más bien que impulsados por sus pasiones. El alto concepto que tenía de los conocimientos modernos le había hecho adoptar el falso principio de la inteligencia perfeccionada, base de cuantos proyectos proponía y origen de todos sus sofismas políticos. Este hombre raro, honor de su siglo y de su especie, y quizás el único que, desde que existe el género humano, no haya tenido otra pasión que la de la razón, no hizo con todo más que ir de error en error en todos sus sistemas, por haber querido hacer a los demás hombres semejantes a él, en vez de considerarlos como son y seguirán siendo. Trabajó sólo para seres imaginarios, creyendo trabajar para sus contemporáneos.

En vista de lo que dejo dicho me hallé perplejo para escoger el método que debía seguir en mi trabajo. Dar el pase a las visiones del autor era no hacer nada de provecho; refutarlas con rigor, hubiera sido poco noble, pues el depósito de sus manuscritos, que yo había aceptado y aun pedido, me imponía el deber de hablar honrosamente de su autor. En esta incertidumbre, tomé al fin una resolución que me pareció la más digna, juiciosa y útil, y fué ofrecer por separado las ideas del autor y las mías, entrando al efecto en sus miras, aclarándolas, extendiéndolas, y no perdonar nada que pudiese contribuir a realzar su valor.

Por tanto, mi trabajo debía componerse de dos partes enteramente separadas: una, destinada a exponer del modo que acabo de decir los diversos proyectos del autor; en la otra, que no debía aparecer basta que la primera hubiese producido efecto, manifestar mi opinión acerca de estos mismos proyectos, lo que debo confesarlo, hubiera podido exponerlos alguna vez a la misma suerte que tuvo el soneto del Misántropo. Al principio de toda la obra debía ir una vida del autor, para la cual había reunido bastantes materiales que me lisonjeaba de no emplear mal. Había conocido un poco al abate de Saint-Pierre en su vejez, y la veneración que me merecía su memoria era para mí una garantía de que de ningún modo podría el conde estar descontento del concepto que su tío me merecía.

Hice el primer ensayo con La paz perpetua, la más considerable y acabada de todas las obras que contenía la colección; y, antes de entregarme a mis reflexiones, tuve el valor de leer todo cuanto el abate había escrito sobre este bello asunto, sin desalentarme jamás por su prolijidad y repeticiones. El público ha visto ya este extracto; así, pues, nada tengo que decir. En cuanto al juicio que del mismo hice, no se ha impreso, e ignoro si se publicará nunca; pero lo escribí al par del extracto. De éste pasé a la Polisinodia, o pluralidad de consejos, obra escrita en tiempo de la Regencia, para apoyar el gobierno que ésta había elegido, que valió al abate ser expulsado de la Academia francesa por algunas diatribas contra la administración precedente que incomodaron a la duquesa de Maine y al cardenal de Polignac. Este escrito, lo mismo que el anterior, fué concluido al propio tiempo que su juicio crítico; pero me detuve aquí, sin querer continuar un trabajo que no hubiera debido comenzar.

La consideración que me hizo renunciar a él se presenta naturalmente, y es sorprendente que no se me hubiese ocurrido antes. La mayor parte de las obras del abate de Saint-Pierre eran o contenían observaciones críticas sobre algunos ramos del gobierno de Francia, y las había tan libres que fué asaz dichoso por haberlas podido hacer impunemente. Pero en las oficinas ministeriales se había tenido siempre al abate de Saint-Pierre por una especie de predicador más bien que por un verdadero político; y le dejaban hablar con entera libertad, porque veían que nadie le hacia caso. Si yo hubiese logrado llamar la atención hacia él, el caso habría sido diferente. Él era francés, yo no; y al atreverme a repetir sus censuras, aunque fuese bajo su nombre, me exponía a que me preguntasen con alguna rudeza, y no injustamente, quién me mandaba a meterme en ello. Mas, por fortuna, an es e ir más lejos, vi el motivo que iba a dar para ser atacado, y me retiré precipitadamente. Ya sabía yo que viviendo en medio de los hombres, y de hombres todos más poderosos que yo, de cualquier modo que me condujese jamás podría ponerme al abrigo del daño que quisiesen hacerme. En todo esto sólo había una cosa que dependía de mí, y era que cuando quisiesen bacérmelo, hubiese de ser injustamente. Esta máxima que me hizo abandonar al abate de Saint-Pierre, me ha hecho renunciar con frecuencia a muchos proyectos más queridos. Esas gentes siempre dispuestas a hacer un crimen de la adversidad se pasmarían si supiesen con qué prolijo cuidado he procurado toda mi vida que nunca se pudiese decir de mis desventuras: "las tiene bien merecidas".

El abandono de este trabajo me dejó indeciso durante algún tiempo acerca de a cuál había de dedicarme, y este intervalo de ocio fué mi perdición, dejándome libre acceso a las reflexiones sobre mí mismo a falta de objeto exterior en qué ocuparme. Ya no tenía proyecto alguno para el porvenir, que diese pasto a mi imaginación; ni aun me era posible formar ninguno, puesto que la posición en que me hallaba era precisamente tal que en ella se pintaban todos mis deseos; ningún nuevo objeto tenía que desear y, no obstante, mi corazón no se hallaba satisfecho. Y este estado era tanto más cruel en cuanto yo no entreveía otro mejor. Había depositado mis más tiernas afecciones en una persona grata a mi corazón, y ésta me correspondía. Vivía yo con ella ajeno de cuidados y, por decirlo así, a discreción. Sin embargo, ni a su lado ni lejos de ella, dejaba de sentir un secreto pesar que me oprimía el corazón. Al poseerla, aun me parecía que no era mía, y sólo el pensar que yo para ella no era todo hacía que ella fuese casi nada para mí.

Contaba con amigos de ambos sexos, con quienes me unía la amistad más pura, por efecto de la más perfecta estimación: creía que me correspondían verdaderamente, y ni una sola vez había dudado de su sinceridad; con todo, esta amistad me causaba más tormento que halago, por su obstinación, y hasta su afectación en querer contrariar todos mis gustos, mis inclinaciones, mi manera de vivir; de tal modo que bastaba que pareciera que yo deseaba una cosa que sólo me interesaba a mí, aunque en nada dependiese de ellos, para verles coaligarse inmediatamente a fin de obligarme a renunciar a ella. Este empeño en censurar mis deseos sin perdonar nada en ellos, tanto más injusto cuanto que yo, lejos de fiscalizar los suyos, ni siquiera me cuidaba de saberlos, me fué tan cruelmente doloroso, que al fin no podía recibir una sola carta de alguno de ellos sin que al abrirla, no se apoderase de mí un temor que su lectura justificaba demasiado. Para personas todas más jóvenes que yo que necesitaban bastante para sí mismos las lecciones que me prodigaban, me parecía que era tratarme demasiado como a un niño. Yo les decía: "Queredme como yo os quiero, y por lo demás no os metáis en mis asuntos, como yo no me meto en los vuestros; he aquí todo lo que os pido". Si de estas dos cosas me han concedido una, no ha sido ciertamente la última.

Tenía yo una vivienda aislada en medio de una sociedad encantadora, y siendo en mi casa dueño, podía vivir a mi manera sin que nadie tuviese derecho de inspeccionarla. Mas esta vivienda me imponía deberes que cumplir, dulces, pero indispensables. Mi libertad era precaria; debía esclavizarme por mi propia voluntad, más que por las órdenes que pudiesen darme: no podía decir al levantarme: "Emplearé el día de hoy como mejor me plazca". Hay más: fuera del arreglo hecho con la señora de Épinay, estaba sujeto a otra dependencia mucho más enojosa todavía, por parte del público y de los importunos. La distancia a que me hallaba de París no impedía que diariamente viniese una multitud de desocupados, que, no sabiendo cómo emplear el tiempo, me hacían perder el mío sin el menor escrúpulo. Cuando menos lo esperaba me veía acometido sin piedad; y raras veces he hecho un hermoso proyecto para pasar el día, sin verlo frustrado por algún visitante importuno.

En una palabra, no hallando un goce puro en medio de los bienes que más había codiciado, mi fantasía me llevaba con ímpetu a los serenos días de mi juventud, y a veces exclamaba suspirando: "¡Ah, esto tampoco es aquello de las Charmettes!"

El recuerdo de las diversas épocas de mi vida me llevó a reflexionar sobre el punto a que había llegado, y vime en el ocaso de la vida presa de agudos males, y creyéndome próximo al fin de mi carrera, sin haber gozado plenamente casi ninguno de los placeres que mi corazón anhelaba, sin haber dado libre vuelo a los sentimientos vehementes que en su fondo se escondían, sin haber saboreado, ni haber probado siquiera, esa voluptuosidad embriagadora que sentía vigorosa en mi alma, y que, por falta de objeto, se hallaba en ella comprimida siempre, sin poder exhalarse más que con suspiros.

¿Cómo era posible que con un alma naturalmente expansiva, para la cual vivir era amar, no hubiese hallado hasta entonces todavía un amigo verdadero cuando me sentía nacido para serlo? ¿Cómo era posible que, dotado de un temperamento tan ardiente, con un corazón todo amor, no hubiese éste ardido en su llama por un objeto determinado una vez siquiera? Me vela próximo a las puertas de la vejez, devorado por la necesidad de amar sin haberla podido satisfacer jamás, y a morir sin haber vivido.

Estas reflexiones tristes, pero tiernas, hacían que me reconcentrase en mí mismo con un pesar que no carecía de dulzura. Parecíame que el destino quedaba debiéndome algo. ¿Por qué hacerme nacer con excelentes cualidades, para dejarlas hasta la postre sin aplicación? El sentimiento de mi valor interno me desquitaba en parte, representándome la injusticia del hecho, y me hacía derramar lágrimas que yo me complacía en dejar correr.

Era la más bella estación del año cuando hacía estas meditaciones, en el mes de junio, a la sombra de frescas arboledas, oyendo el trino del ruiseñor y el murmullo de los arroyos. Todo contribuyó a sumergirme de nuevo en esa molicie asaz seductora, para la que había nacido, pero de la que hubiera debido librarme para siempre el tono áspero y severo a que me había elevado una prolongada efervescencia. Desgraciadamente, ocurrióme recordar la comida del castillo de Toune, y mi encuentro con aquellas dos encantadoras niñas, en la misma estación y en sitios semejantes a estos en que a la sazón me hallaba. Este recuerdo que me hacía más dulce el de la inocencia a que iba unido, me trajo otros del mismo género. Pronto vi en derredor reunidos cuantos objetos me hablan conmovido en mi juventud. la señorita Galley, la de Graffenried, la de Breil, la señora de Basile, la de Larnage, mis jóvenes alumnas, y hasta la salada Zulietta, que mi corazón no puede olvidar. Vime en medio de un serrallo de burles, de mis antiguas conocidas. No era nuevo el sentimiento que me inspiraba la afición viva que les tenía; mi sangre se enardece y cbispea, la cabeza se me va, a pesar de mi cabello ya encanecido, y he ahí al grave ciudadano de Ginebra, al austero Juan Jacobo, convertido de improviso en el extravagante pastor, a eso de los cuarenta y cinco años. Aunque tan repentina y loca, la especie de embriaguez que de mi se apoderó fué tan viva y duradera que para curar de ella fué necesaria la imprevista y terrible crisis de los males en que me precipito.

Mas por viva que fuese esta embriaguez, no llegó al punto de hacerme olvidar mi situación y mi edad, de lisonjearme con la esperanza de poder inspirar amor todavía, y de despertar en mí la tentación de comunicar este fuego devorador, pero estéril, que desde mi infancia consumía mi corazón en vano. No lo esperaba ni aun lo deseaba. Sabia muy bien que el tiempo de amar había pasado; conocía demasiado cuán ridículos son los galanes rancios para caer en lo mismo, y no era capaz de volverme atrevido y confiado en el ocaso de mi vida, después de haberlo sido tan poco durante mis mejores años.

Por otra parte, siendo amigo de la paz hubiera temido las tormentas domésticas, y amaba demasiado a Teresa para querer exponerla al dolor de ver que otras me inspiraban sentimientos más vivos que ella.

¿Qué hice en esta ocasión? Por poco que me haya conocido, el lector lo habrá adivinado. La imposibilidad de alcanzar los objetos reales me lanzó al país de las quimeras; y no viendo nada real que satisficiese mi delirio, lo distraje con un mundo ideal que mi imaginación creadora pobló en breve de seres conformes con las aspiraciones de mi corazón. Jamás vino tan a propósito este recurso ni resultó tan fecundo. En mis continuos éxtasis me embriagaba a más no poder con los sentimientos más dulces que jamás hayan entrado en el corazón del hombre. Olvidando completamente la raza humana, formé criaturas y sociedades perfectas, tan celestiales por sus virtudes como por su belleza, amigos seguros, tiernos, fieles, tales como jamás los hallaré aquí abajo. De tal modo me aficioné a cernerme así en el empíreo, en medio de los hermosos seres que allí me rodeaban, que así pasaba las horas y los días olvidado de todo; y, perdiendo el recuerdo de cualquier otra cosa, apenas habla tomado aprisa un bocado, cuando ya me desazonaba el prurito de correr a esconderme en mis bosquecillos. Cuando, en el momento de partir para el mundo encantado, llegaba algún desdichado mortal que venía a retenerme sobre la tierra, no podía moderar ni ocultar mi despecho; y, no siendo dueño de mi le recibía tan bruscamente que podía llamarse una brutal acogida. Esto hizo que se confirmase mi reputación de misántropo, de suerte que fué debida a lo mismo que hubiera contribuido a proporcionarme una enteramente opuesta, si hubiesen conocido mejor mi corazón.

En lo más vivo de mi exaltación, de repente, como un cometa, por el cordón que la recoge, fui traído de nuevo a mi lugar por la naturaleza, que se valió de un ataque bastante vivo de mi dolencia. Empleé el único remedio capaz de aliviarme, a saber, las sondas, y esto dió tregua a mis angélicos amores, porque, además de que poco está uno para amores cuando sufre, mi imaginación, que se anima en el campo y en las arboledas, languidece y muere en una habitación y debajo de las vigas de un techo. ¡Cuántas veces he sentido que no existiesen dríadesl ¡Indudablemente, hubiera puesto en ellas mi cariño?

Otros disgustos domésticos vinieron al propio tiempo a aumentar mis pesares. La señora Le Vasseur, mientras me hacia los mayores cumplimientos, procuraba enajenarme su hija cuanto podía. Recibí diversas cartas de mis antiguos vecinos donde vi que la buena vieja habla contraído varias deudas, sin que yo supiese nada, a nombre de Teresa, que, sabiéndolo, no me habla dicho una palabra. No me incomodó tanto el tener que pagarlas como haberlo hecho secretamente. ¿Cómo aquella para quien no tuve yo secreto alguno, podía tenerlos para mí? ¿Puede disimularse algo a la persona amada? El circulo del barón, viendo que no hacía viaje alguno a París, empezó a temer de veras que el campo me agradase, y que tuviese la humorada de quedarme en él. Entonces tuvieron principio los ardides con que procuraron llamarme indirectamente a la ciudad. Diderot, no queriendo manifestarse él mismo tan pronto, empezó por enviarme a Deleyre. Este conocía al primero por mediación de mí, y sin comprender el verdadero objeto, me transmitía las impresiones que Diderot quería comunicarle.

Todo parecía juntarse para arrancarme de mi dulce cuanto loco delirio. Todavía no estaba curado de mi ataque, cuando recibí un ejemplar del poema sobre la ruina de Lisboa, que creía haberme sido remitido por su autor. Esto me obligó a escribirle y hablarle de su obra. Así lo hice en una carta que ha sido impresa mucho tiempo después sin mi permiso, como se verá luego.

Sorprendido de ver a este pobre hombre, agobiado por decirlo así, de prosperidades y de gloria, tronar de continuo amargamente contra las miserias de esta vida y encontrarlo siempre todo mal, concebí el insensato proyecto de hacerle volver en sí y probarle que todo estaba bien. Voltaire, pareciendo siempre creer en Dios, jamás ha creído sino en el diablo, puesto que su pretendido Dios no es más que un ser maléfico, que, a su entender, sólo se complace en hacer daño. Lo absurdo de esta doctrina, que salta a la vista, es irritante, sobre todo, tratándose de un hombre colmado de toda suerte de bienes, que, desde el seno de la felicidad, se empeña en desesperar a sus semejantes con el horrible y cruel espectáculo de todas las calamidades de que él está exento. Más autorizado que él para pesar y enumerar los males de la vida humana, los examiné con equidad, y le probé que no había uno sólo de todos estos males que pudiese inculparse a la Providencia, y que tuvo su origen en el abuso que hizo el hombre de sus facultades, más que en la misma Naturaleza. En esta carta le traté con toda la cortesía y consideración, con todas las atenciones y, puedo añadir, con todo el respeto posible. Sin embargo, sabiendo que era muy susceptible, no le remití esta carta directamente, sino por intermedio del doctor Tronchin, médico y amigo suyo, con amplias facultades para que se la diese o no, según lo creyese más conveniente. Tronchin se la dió y Voltaire me contestó en pocas líneas que, teniendo a su cuidado un enfermo y estándolo él también, dejaba para más adelante el contestarme, y no dijo una palabra sobre el asunto. Al enviarme esta carta, Tronchin me escribió en términos que revelaban poco aprecio hacia' el que se la había entregado.

Nunca he publicado estas dos cartas, ni siquiera las he mostrado a nadie, pues no me gusta hacer ostentación de esta clase de pequeños triunfos; pero se hallan originales entre mis papeles, legajo A, números 20 y 21. Desde entonces Voltaire ha publicado la réplica que me habla prometido, pero sin enviármela, y es la novela Cándido, de que no puedo hablar, porque no la he leído.

Todas estas diversiones hubieran debido curarme radicalmente de mis fantásticos amores, y quizás eran un medio que me ofrecía el cielo de precaverme de sus funestas consecuencias; pero pudo más mi mala estrella; y apenas empezaba a salir otra vez de casa, cuando mi corazón, mi cabeza y mis pies volvieron a tomar el mismo camino. Digo el mismo, pero lo fué sólo hasta cierto punto, porque, algo menos exaltadas, mis ideas se fijaron esta vez en la tierra, aunque escogiendo de un modo tan exquisito todo lo más selecto de cuanto podría encontrarse en ella, que esta elección era casi tan quimérica como el mundo imaginario que habla abandonado.

Representéme el amor y la amistad, los dos ídolos de mi corazón, bajo las imágenes más encantadoras. Complacíme en adornarlas con todas las galas del bello sexo que siempre me habían cautivado. Imaginé dos amigas con preferencia a dos amigos porque si es un ejemplo más raro, es también más halagüeño. Dotélas de caracteres análogos, pero diferentes; de cuerpos no perfectos, sino de mi gusto, animados por la benevolencia y la sensibilidad. Una fué morena y rubia la otra; una vivaracha, otra lánguida; una discreta, frágil la otra, pero con una fragilidad tan conmovedora que aun parecía tener mayor virtud. Di a una de las dos un amante por quien tuvo la otra el afecto de una tierna amiga, y aun algo más, pero no admití rivalidad, ni rencillas, ni celos, porque me es difícil imaginar cualquier sentimiento penoso, y no quería oscurecer este bello cuadro con nada que degradase a la Naturaleza. Prendado de mis dos hermosos modelos me identifiqué cuanto podía con el amante y el amigo; pero lo hice amable y joven> dándole además las virtudes y defectos que en mí sentía.

Para colocar mis personajes en un lugar digno de ellos> me detuve a examinar sucesivamente los que había visto en mis viajes. Mas no hallé floresta bastante agradable, ni paisaje bastante poético para mi gusto. Los valles de Tesalía hubieran podido satisfacerme si los hubiese visto; pero mi imaginación, a i a da de inventar, pedía algún país real que le sirviese de apoyo, y me ilusionase respecto a Ja existencia de los habitantes que en él quería establecer. Durante mucho tiempo pensé en las islas Borromeas, cuyo delicioso aspecto me había entusiasmado; pero hallé en ellas sobrado ornato y artificio para mis personajes. Necesitaba además un lago y acabé por escoger aquel junto al cual no ha cesado de vagar mi corazón. Fíjeme en la parte de las márgenes de este lago donde, desde hacía mucho tiempo, deseaba establecer mi residencia en la imaginaría felicidad que la suerte me ha limitado. El país natal de mi pobre mamá también tenía para mí un atractivo predilecto. El contraste de su situación, la riqueza y variedad de los sitios, la magnificencia, la majestad del conjunto, que halaga los sentidos, conmueve el corazón y eleva el alma, acabaron de resolverme y coloqué mis jóvenes pupilas en Vevai. He ahí todo lo que de más fué adicionado en lo sucesivo.

Durante mucho tiempo me limité a un plan tan vago, porque era cuanto bastaba a llenar mi imaginación de objetos gratos, y mi corazón de los sentimientos de que gusta alimentarse. A fuerza de repetirse estas ficciones, al fin tomaron más consistencia y se fijaron en mi cerebro bajo una forma determinada. Entonces fué cuando tuve el capricho de estampar en el papel algunas de las situaciones que aquellas me ofrecían; y recordando cuanto en mi juventud había sentido, dar así libre vuelo, en cierto modo, a los deseos que no había podido satisfacer, y que me devoraban.

Al principio extendí sobre el papel algunas cartas dispersas, sin orden ni enlace; y cuando quise unirlas me hallé a menudo con bastantes dificultades. Lo que difícilmente podría creerse, y es, sin embargo, la pura verdad, es que la primera y la segunda parte han sido escritas casi enteramente de este modo, sin que tuviese ningún plan determinado, y aun sin prever que algún día me tentaría el deseo de componer un libro en regla. Así se ve que estas dos partes, formadas impremeditadamente con materiales que no fueron preparados para llenar el lugar que ocupan, están llenas de una verbosidad que no se halla en las otras.

En lo más recio de mis delirios recibí una visita de la señora de Houdetot, la primera que me hizo en su vida, mas por desgracia no la última, como se verá en lo sucesivo. La condesa de Houdetot era hija del difunto señor de Bellegarde, asentista general, hermana del señor de Epinay y de los señores de Lalive y de la Briche, quienes posteriormente han sido ambos introductores de embajadores. Ya he dicho cómo la conocí antes de casarse. Después de su matrimonio no la había visto más que en las fiestas de la Chevrette, en casa de la señora de Épinay, su cuñada. Habiendo pasado con frecuencia varios días con ella así en la Chevrette como en Épinay, no sólo la hallé siempre muy amable, sino que también me parecía ver en ella cierta predilección hacia mí. Gustábale pasear conmigo; ambos éramos andadores, y entre nosotros la conversación jamás languidecía. No obstante, nunca fui a verla a París, aunque me lo había rogado y aun solicitado varias veces. Todavía me la hizo más interesante su amistad con el señor de Saint-Lambert ~, con quien empezaba a tenerla; y cuando vino a yerme en el Ermitage fué para traerme noticias de este amigo, que por entonces creo que estaba en Mahón.

Esta visita se pareció a un principio de novela. Equivocó el camino. El cochero, dejando uno que daba un rodeo, quiso atravesar en línea recta desde el molino de Clair-Vaux al Ermitage: el carruaje se atascó en el fondo de la cañada; ella se decidió a bajar y hacer a pie el resto del trayecto. Pronto se rompió su lindo calzado; se metió en el barro; su séquito se vió apurado para sacarla de allí y al fin llegó al Ermitage llena de lodo, y lanzando ruidosas carcajadas, a que le hice coro al verla llegar de aquella manera. Fué necesario que se mudara toda; Teresa facilitó lo necesario, y yo le supliqué que olvidase su jerarquía para hacer una colación rústica, que le agradó en extremo. Era tarde y estuvo poco rato; mas la entrevista fué tan divertida que la dejó contenta y pareció dispuesta a volver. Con todo, no realizó este proyecto hasta el año siguiente; mas esta tardanza no me precavió de nada.

Difícilmente se adivinaría cómo pasé el otoño: fuí guarda de la fruta del señor de Épinay. El Ermitage era el depósito de aguas del parque de la Chevrette y había allí un jardín cercado de paredes guarnecidas de espalderas y otros árboles, que daban al señor de Épinay más fruta que su huerta de la Chevrette, a pesar de que le robaban las tres cuartas partes. Para no ser un huésped absolutamente inútil, me encargué de ser director del jardín e inspector del jardinero. Hasta el tiempo de la fruta todo fué bien; mas a medida que maduraba, desaparecía sin saber qué se había hecho. El jardinero me aseguró que eran los Ibones que se la comían toda, Perseguí a los lirones, destruí muchos, mas la fruta desaparecía del mismo modo; púseme en acecho y descubrí al fin que el gran lirón era el mismo jardinero. Este vivía en Montmorency, desde donde acudía todas las noches con su mujer y sus hijos; se llevaban el acopio de fruta que había hecho durante el día, y la hacía vender en el mercado de París tan sin rebozo como si hubiera tenido una huerta suya. Este miserable, a quien yo colmaba de beneficios, cuyos hijos vestía Teresa, y a cuyo padre, mendigo, casi mantenía, nos robaba con tanta facilidad como descaro, no siendo ninguno de los tres bastante vigilante para obrar con orden; en una sola noche logró saquear mi bodega, que al siguiente día hallé vacía. Mientras no parecía perjudicarme sino a mí, lo sufrí todo; pero queriendo rendir cuentas de la fruta, me vi obligado a denunciar al ladrón. La señora de Epinay me rogó que le pagase y le despidiese y que tomase otro jardinero. Esto es lo que hice. Como aquel miserable rondaba todas las noches por el Ermitage armado de un gran palo fe-nado que parecía una porra, seguido de otros bribones de su misma calaña, para tranquilizar a las mujeres, que estaban espantadas con este hombre, hice que su sucesor se quedase a dormir en el Ermitage; y, viendo que todavía no era esto bastante, hice pedir a la señora de Épinay una escopeta, que puse en el cuarto del jardinero, a quien encargué que no la usara sino en caso de necesidad, y cuando intentasen forzar la puerta o escalar el jardín, y que tirase con pólvora sola, únicamente para ahuyentar a los ladrones, Seguramente no podía tomar menos precauciones para la seguridad común un hombre incomodado, teniendo que pasar el invierno solo en compañía de mujeres tímidas. En fin, adquirí un perrito para que sirviese de centinela. Habiendo venido a verme Deleyre por este tiempo, le referí el caso, y ambos nos reímos de mis pertrechos militares. De vuelta a París, él quiso hacer reír a Diderot con ello, y he aquí cómo el círculo de Holbach supo que de veras quería yo pasar el invierno en el Ermitage. Esta constancia, que no habían esperado, les desorientó; e ínterin hallaban otras intrigas para hacerme desagradable mi asilo 1; por medio de Diderot comisionaron al mismo Deleyre, quien, habiendo hallado mis precauciones muy naturales al principio, acabó por hallarlas contrarias a mis ideas, y más que ridículas, en cartas donde me llenaba de chanzas desagradables y bastante punzantes para incomodarme si mi genio hubiese estado dispuesto a ello, Pero saturado a la sazón de sentimientos afectuosos y tiernos, y no siendo susceptible de otro alguno, no veía más que bromas en sus agrios sarcasmos y hallaba chocarrero lo que cualquier otro habría tenido por extravagante.

A fuerza de vigilancia y cuidado logré guardar tan bien el jardín que, aunque la cosecha de la fruta fué aquel año mala, el producto fué el triple del de los años precedentes; y es muy cierto que no perdoné nada para preservarla, hasta el punto de escoltar las remesas que dirigía a la Chevrette y a Epinay, y llevar cestas yo mismo. Recuerdo, así, que la tía y yo llevamos una tan pesada, que, próximos a sucumbir bajo el peso de la carga, nos vimos obligados a descansar cada diez pasos, y llegamos sudando a mares.

(1757.) Cuando el invierno empezó a sitiarme en casa, quise suspender de nuevo mis ocupaciones caseras; pero me fué imposible. En todas partes veía las dos bellas compañeras, su amigo, sus paseos, el país en que moraban, objetos creados o embellecidos por ellas en mi imaginación. No estaba un momento sosegado, el delirio no me abandonaba; y, después de innumerables esfuerzos vanos para apartar de mi mente todas esas ficciones, al fin me vi enteramente reducido por ellas, y no pensé más que en poner alguna ilación y orden para componer una especie de novela.

Lo que me molestaba grandemente era la vergüenza de desmentirme así yo mismo tan clara y terminantemente. Después de los severos principios que yo acababa dé establecer con tanto aparato, después de los austeros principios que había predicado tan vigorosamente, después de tan mordaces invectivas contra los libros afeminados que respiraban amor y molicie, ¿podía darse nada más inesperado, nada más chocante que yerme repentinamente inscrito por mí mismo entre los autores de estos libros por mí tan duramente castigados? Conocía toda la fuerza de esta inconsecuencia, me la echaba en cara, me avergonzaba y hasta me exasperaba; mas nada fué bastante para hacerme entrar en razón. Subyugado completamente, preciso fué someterme a todo riesgo, y resolverme a arrostrar el qué dirán, quedándome la libertad de deliberar en lo sucesivo si me decidiría a mostrar o no mi obra; pues aún no suponía que llegase a publicarla.

Una vez tomada esta resolución, me entregué completamente a mis sueños; y a fuerza de darles vueltas en mi mente, al fin formé la especie de plan en que se han visto desarrollados. este era seguramente el mejor partido que podía sacarse de mi locura; el amor de lo bueno, que jamás se ha apartado de mi corazón, la encaminó hacia objetos útiles, donde la moral pudiese ganar algo. Mis cuadros voluptuosos hubieran perdido toda la gracia si en ellos hubiese faltado el suave colorido de la inocencia. Una joven débil es un ser digno de compasión que el amor puede hacer interesante, y que frecuentemente no es menos amable; mas, ¿quién puede sufrir sin indignación el espectáculo de las costumbres que están de moda? ¿Y qué cosa más irritante que el orgullo de una mujer infiel, que, pisoteando abiertamente todos sus deberes, pretende que su marido le esté agradecido a la gracia que ella le concede no dejándose coger in fraganti? Los seres perfectos no se hallan en la Naturaleza, y la enseñanza que pueden darnos no está a nuestro alcance. Pero si una joven nacida con su corazón tan tierno como virtuoso se rinde al amor siendo doncella, y cuando mujer halla fuerzas en sí misma para vencerlo a su vez y vuelve a ser virtuosa, quienquiera que pretenda que es éste un cuadro escandaloso e inútil, es un mentiroso y un hipócrita a quien no se debe escuchar,

Además de este objeto de moral y de virtud conyugal en que radica todo el orden social me impuse otro, secreto, de concordia y de paz pública; objeto más grande, más importante quizás en sí mismo, y por lo menos en aquella ocasión más interesante, Lejos de calmarse la excitación producida por la Enciclopedia, estaba entonces en su mayor fuerza. Los dos partidos, desencadenados uno contra otro con imponderable furor, más bien parecían lobos furiosos, encarnizados, que cristianos y filósofos que recíprocamente deseaban ilustrarse, convencerse y encaminarse a la verdad. Quizá no les falta a uno y a otro más que un jefe turbulento e influyente para que su contienda degenerase en guerra civil; Dios sabe lo que hubiera resultado de una guerra civil de religión, en que la más cruel intolerancia hubiera llegado a su colmo por ambas partes. Enemigo nato de todo espíritu de partido, había dicho con franqueza a unos y a otros verdades amargas, que no habían sido oídas. Entonces acudía a otro expediente, que, en mi simplicidad, me pareció admirable, y fué moderar sus recíprocos odios destruyendo sus preocupaciones y mostrando a cada partido los méritos y virtudes del otro, dignos del público aprecio y del respeto de todos los mortales. Este insensato proyecto, que suponía buena fe en los hombres, y por el cual caía en el defecto que censuré al abate de Saint-Pierre, dió el resultado que debía dar: no calmó a los partidos, sino que los juntó para atropellarme. Interin la experiencia me sacaba de mi locura, me entregué a ella con un celo que me atrevo a llamar digno del objeto que me lo inspiraba, y describí los dos caracteres de Wolmar y de Julia con un alborozo que me hacía esperar que saldrían ambos amables, y lo que es más, el uno para el otro.

Contento con haber bosquejado a grandes líneas mi plan, volví a tomar las situaciones de detalle que había trazado; del arreglo que hice resultaron las dos primeras partes de Julia, que escribí y puse en limpio durante este invierno con un placer inexplicable, empleando el más hermoso papel dorado, arenilla azul y de plata para secar la tinta, cinta azul para coser pliegos; nada en fin me parecía bastante elegante, nada bastante lindo para las dos encantadoras niñas, de quienes estaba enamorado como otro Pigmalión. Cada noche junto al hogar leía y releía estas dos partes a las amas de casa. Sin decir nada, la hija sollozaba conmigo de ternura; la madre, no hallando allí cumplimientos, no comprendía palabra, estaba tranquila y se contentaba con repetir en los momentos de silencio: señor, esto es muy hermoso.

La señora de Épinay, inquieta, sabiendo que me hallaba solo, en invierno y en medio de los bosques en una casa aislada, enviaba muy a menudo a saber de mí. Jamás tuve pruebas tan verdaderas de su amistad, ni le correspondí jamás tan vivamente. Mal haría si entre estos testimonios no hiciese especial mención de un retrato suyo que me envió, pidiéndome instrucciones para obtener el mío, que pintó Latour y había estado expuesto en el Salón. Tampoco debo omitir otra de sus atenciones, que parecerá risible, pero que es una página de la historia de mi carácter por la impresión que en mí produjo. Un día de cruda helada, al abrir un paquete que me enviaba con varias frioleras de que se había encargado, hallé en él un pequeño zagalejo o refajo, de franela de Inglaterra, que parecía haber sido usado y de que quería que me hiciese una almilla. El tono de su billete era delicioso, lleno de cariño y de ingenuidad. Este cuidado, más que amistoso, me pareció tan tierno como si se hubiese despojado para vestirme, y lleno de emoción besé llorando repetidas veces la carta y el zagalejo. Teresa creyó que me había vuelto loco. Es singular que, de todas las pruebas de amistad que la señora de Épinay me ha prodigado, ninguna me conmovió tanto como ésta; y que aun después de nuestro rompimiento, me ha enternecido siempre su recuerdo. He conservado este billete mucho tiempo; y lo conservaría aún si no hubiese sufrido la misma suerte que mis otras cartas de aquella época.

Aunque en aquel entonces mis retenciones de orina me dejaban poco descanso en el invierno, y durante una parte no pude hacer otra cosa que cuidarme de las sondas, sin embargo, a pesar de todo, fué la época que pasé más grata y con más tranquilidad desde que me fijé en Francia. Durante los cuatro o cinco meses en que por causa del mal tiempo estuve más libre de importunos, gocé mejor que antes y después de las ventajas de esa vida independiente, igual y sencilla, cuyo goce no hacía más que realzar su precio, sin otra compañía real que las dos amas de gobierno y la ideal de las dos primas. Entonces fué cuando más que nunca me felicitaba cada día de Ja resolución que había tenido el buen sentido de tomar, sin hacer caso de los clamores de mis amigos, disgustados de yerme libre de su tiranía; y cuando supe el atentado de un furioso por medio de Deleyre y la señora de Épinay, que me hablaban en sus cartas de la alarma y agitación que reinaban en París, cuánto agradecí al cielo que me hubiese alejado de esos espectáculos de horrores y de crímenes, que no hubieran hecho más que alimentar y agriar el humor bilioso que me había comunicado el aspecto de los desórdenes públicos, mientras que, no viendo en derredor mío sino objetos risueños y dulces, mi corazón no se entregaba más que a sentimientos agradables. Consigno aquí con placer el curso de los últimos momentos apacibles que me han dejado. La primavera que siguió a este invierno tan sereno vió apuntar el germen de mis desdichas, que todavía no he descrito, y en cuyo conjunto no se verá otro intervalo semejante en que tuviese ocasión de respirar.

Con todo, paréceme recordar que durante este intervalo de paz, ni aun en el fondo de mi soledad podía estar completamente tranquilo, por causa de los contertulios de Holbach. Diderot me suscitó un enredo, y mucho me equivoco o fué durante este invierno cuando salió El hijo natural, de que tendré que hablar en breve. Además de que, por diversas causas, que se irán viendo, me han quedado pocos documentos seguros de esa época y esos que me han dejado no sirven mucho para fijar las fechas, Diderot jamás las consignaba, las señoras de Épinay y de Houdetot casi nunca ponían más que el día de la semana, y Deleyre hacía lo mismo las más de las veces. Cuando quise arreglar estas cartas por orden, me fué preciso hallar por tanteo una fecha de que no podía estar seguro. Así, no siéndome posible fijar con certeza el comienzo de todas estas disensiones, prefiero reunir desde luego, en un solo artículo, todo lo que puedo recordar.

La vuelta de la primavera había redoblado mi tierno delirio, y en mis exóticos raptos, había compuesto para las últimas partes de Julia, varias cartas que se resienten del éxtasis en que las escribí. Entre otras puedo citar la del Elíseo y la del paseo del lago, que, si mal no recuerdo, se hallan al fin de la parte cuarta. Cualquiera que, al leer estas dos cartas, no sienta ablandársele el corazón con la ternura que me las dictó, debe cerrar el libro: no ha nacido para juzgar en materia de sentimientos.

Precisamente por aquel mismo tiempo recibí de la señora de Houdetot una segunda visita imprevista. Durante la ausencia de su marido, que era capitán de gendarmería, y de su amante, que también estaba en el servicio, se había venido a Eaubonne, en medio del valle de Montmorency, donde había alquilado una bonita casa. Esto motivó una nueva excursión al Ermitage, viaje que hizo a caballo, disfrazada de hombre. Aunque no me gustan esta clase de disfraces, me hizo gracia el corte novelesco de éste, y esta vez sentí amor por ella. Como fué el primero y el único en vida, y cuyas consecuencias hacen que sea de imperecedera y terrible memoria para mí, séame permitido entrar en algunos detalles sobre este punto.

La señora condesa de Houdetot rayaba en los treinta, y no era bella; tenía el rostro picado de viruelas, su tez carecía de finura, corta de vista y de ojos algo redondos; pero con todo, respiraba juventud, y su fisonomía, a un tiempo dulce y animada, era halagüeña; tenía una enorme cabellera negra, naturalmente ondulada que le llegaba hasta mucho más abajo de la cintura; su talle era esbelto, y en todos sus movimientos había cierta dejadez graciosa. Era de carácter franco y muy agradable; la alegría, el bullicio y la ingenuidad se pintaban bien en ella; abundaba en graciosos chistes no buscados, que a veces se escapaban de sus labios aun a pesar suyo. Poseía diversas habilidades, tocaba el clavicordio, bailaba bien y hacía versos bastante regulares. En cuanto a su carácter, era angelical; su base era la dulzura del alma; excepto la prudencia y la fuerza, reunía todas las cualidades buenas; tenía sobre todo tan excelente tacto, tal fidelidad en el trato social, que ni aun sus mismos enemigos tenían necesidad de ocultarse de ella, y entiéndase que tengo por enemigos suyos a todos los que la aborrecían, puesto que ella por su parte tenía un corazón que era incapaz de odiar, y creo que esta conformidad contribuyó en mucho a que me apasionara de ella. En la confidencia de la mayor intimidad jamás le he oído hablar mal de las personas ausentes, ni aun de su cuñada. No podía disimular lo que pensaba ni sujetar ninguno de sus sentimientos; y estoy persuadido de que hablaba de su amante al mismo marido, como lo hacía a sus amigos, conocidos y a todo el mundo sin distinción. En fin, lo que prueba la pureza y sinceridad de su excelente carácter, es que, sufriendo las mayores distracciones y más risibles ligerezas, a veces se le escapaban algunas asaz imprudentes para si misma pero nunca ofensivas para nadie,

Habíanla casado muy joven, y a pesar suyo, con el conde de Houdetot, hombre de elevada condición, buen militar, pero jugador, quisquilloso, muy poco amable y a quien jamás ha podido amar. En el señor de Saint-Lambert halló todas las cualidades de su marido, junto con otras más agradables, ingenio, virtudes e instrucción. Si algo tienen perdonable las costumbres de este siglo, es sin duda un afecto depurado por su duración, honrado por sus efectos y que se ha cimentado en una estimación recíproca.

Según he dado a comprender, venía a yerme un poco por su gusto, pero principalmente para complacer a Saint-Lambert.

El se lo había suplicado creyendo, con razón, que la amistad que empezaba a establecerse entre nosotros haría que la intimidad nos fuese grata a los tres. Ella sabía que yo estaba al cabo de sus relaciones, y pudiendo hablarme de él sin ambages, era natural que le fuese grata mi compañía. Vino, la vi, y como estaba ebrio de amor sin objeto, esta embriaguez fascinó mis ojos, y este objeto se fijó en ella; vi a mi Julia en la señora de Houdetot, y a poco no vi más que a la señora de Houdetot, pero revestida de todas las perfecciones con que acababa de adornar al ídolo de mi corazón. Para acabar de trastornarme, me habló de Saint-Lambert como amante apasionada. ¡Oh fuerza contagiosa del amor! Oyéndola, hallándome a su lado, me sentía dominado de un temblor delicioso que jamás había experimentado junto a nadie. Ella hablaba y yo me sentía conmovido; creía no hacer más que tomar interés por sus sentimientos cuando en realidad los experimentaba semejantes, tragaba a grandes sorbos el veneno del que sólo gustaba la dulzura. En fin, sin que uno ni otro lo notásemos, me inspiró todo lo que expresaba sentir por su amante. ¡Ay de mí! Cuán tarde se me ocurrió y cuánto me hizo sufrir arder en una pasión, tan desgraciada como viva, por una mujer cuyo corazón llenaba otro amor.

A pesar de los movimientos extraordinarios que había experimentado junto a ella, al principio no noté lo que me había pasado, sino después que hubo partido, cuando queriendo pensar en Julia me quedé pasmado viendo que no podía pensar sino en la señora de Houdetot. Entonces abrí los ojos; sentí mi desdicha y me condolí de ella, mas no preví sus consecuencias.

Durante mucho tiempo estuve titubeando acerca de la conducta que seguiría con ella, como si el verdadero amor dejase bastante libre la razón para deliberar. Todavía no estaba resuelto cuando volvió, cogiéndome desprevenido. Mas entonces yo tenía ya conciencia de mis sentimientos. La vergüenza, compañera del mal, me tuvo mudo y tembloroso ante ella: no me atrevía a levantar los ojos; me hallaba presa de una turbación inexplicable, que ella debió ver indefectiblemente. Yo me resolví a confesárselo, dejándole adivinar la causa, lo cual era decírsela con bastante claridad.

Si yo hubiese sido joven y amable, y la señora de Houdetot en lo sucesivo hubiese sido débil, condenaría aquí su conducta; mas nada de esto fué y no puedo menos de aplaudirla y admirarla. El partido que tomó era tanto el de la generosidad como el de la prudencia. No podía romper bruscamente conmigo sin decir la causa a Saint-Lambert, que la había inducido a que me visitara; esto hubiera sido exponer a dos amigos a un rompimiento y quizás a un escándalo que ella quería evitar. Además me tenía estimación y benevolencia. Tuvo lástima de mi locura, la compadeció sin halagarla y procuro curarme de ella. Deseaba conservar para su amante y para sí misma un amigo de quien hacía mucho caso; de nada me hablaba con tanto placer como de la íntima y dulce sociedad que podríamos formar entre los tres, cuando yo me volviese razonable. No siempre se limitaba a estas exhortaciones amistosas, y cuando era preciso no escaseaba los reproches más duros y por mi parte bien merecidos.

Yo mismo me los prodigaba; tan pronto como me hallé solo, volví en mi acuerdo; después de haber hablado, me sentí más sereno: el amor es menos insoportable cuando es conocido de la persona que lo inspira. A ser posible me habría curado del mío la fuerza con que yo mismo me lo echaba en cara. ¡Cuán poderosos motivos llamé en mi auxilio para ahogarle! Mis costumbres, mis sentimientos, mis principios, la vergüenza, la infidelidad, el crimen, el abuso de confianza, en fin, lo ridículo de abrasarme a mi edad una pasión extravagante por un ser cuyo corazón ocupado no podía corresponderme ni darme esperanza alguna; pasión inoportuna que, lejos de poder ganar nada con la constancia, iba siendo cada día más insoportable.

¿Quién diría que esta última consideración, que debía reforzar todas las demás, fué la que las anuló? ¿Qué escrúpulo, decía entre mí, puedo tener en alimentar una pasión que sólo a mí puede dañar? ¿Soy acaso algún joven galán muy temible para la señora de Houdetot? En vista de mis presuntuosos remordimientos, cualquiera diría que mi galantería, mi donaire y mi elegancia habían de seducirla. ¡Ah, pobre Juan Jacobo, ama cuanto quieras, con la conciencia tranquila; no temas que tus suspiros le quiten nada a Saint-Lambert!

Hase visto que jamás fuí presuntuoso, ni aun en mi juventud. Este modo de pensar era propio de mi ser moral, y halagaba mi pasión; por consiguiente bastó para entregarme a ella sin reserva y aun para reírme del impertinente escrúpulo que me pareció más bien hijo de la vanidad que de la razón. Lección grande para las almas honradas; el vicio jamás las ataca de frente, pero halla medios de sorprenderlas, enmascarándose siempre con algún sofisma, y a menudo con alguna virtud.

Culpable sin remordimiento, en breve lo fui desmedidamente, y véase ahora cómo siguió mi pasión las huellas de mi carácter para arrastrarme al fin hasta el abismo. Al principio, tomó un aspecto humilde para tranquilizarme; y, para hacerme emprendedor, llevó esta humildad basta la desconfianza. La señora de Houdetot, sin dejar de llamarme a mi deber y a la razón, sin halagar nunca mi locura ni por un momento, me trataba con la mayor dulzura y empleó conmigo el tono de la amistad más tierna. Esta amistad me habría bastado, lo juro, si la hubiese creído sincera; pero hallándola demasiado viva para ser verdadera, se me puso en la cabeza que el amor tan impropio de mi edad y talante, me había envilecido a los ojos de la señora de Houdetot; que esta loquilla quería divertirse conmigo y mis rancias ternuras; que se lo había participado a Saint-Lambert, y que teniendo ambos las mismas miras por efecto de la indignación que les había causado una infidelidad, estaban de acuerdo para acabar de hacerme perder la cabeza y burlarse de mí. Esta tontería que me había hecho desbarrar a la edad de veintiséis años, respecto a la señora de Larnage, a quien no conocía, se me hubiera podido perdonar a los cuarenta y cinco, respecto a la de Houdetot si yo hubiese ignorado que ella y su amante eran harto discretos ambos para gozarse en tan bárbara diversión.

La señora de Houdetot continuó haciéndome visitas que yo no tardé en devolverle. Agradábale andar como a mí mismo y dábamos largos paseos por un país admirable. Contento con amar y atreverme a decirlo, me hubiera hallado en una situación la más dulce a no ser por mi excentricidad, que destruyó todo su embeleso. Al principio, ella no sabía a qué atribuir el mal gesto con que recibía sus caricias; pero, incapaz de ocultar nada de cuanto pasa por mi interior, mi corazón no la dejó mucho tiempo ignorando mis dudas; cuando las supo quiso reírse, mas este proceder no surtió buen efecto, porque me habría producido arrebatos de cólera; entonces cambió de tono. Su compasiva dulzura fué invencible, hízome algunos reproches que me llegaron al alma, y manifestó que la inquietaban en alto grado mis injustos temores. Abusando de esta inquietud yo exigí pruebas de que no se burlaba de mí. Vió que no había otro medio de tranquilizarme y yo fui apremiante; el paso era delicado. Es sorprendente, quizá sin ejemplo, que una mujer, habiendo llegado a regatear, haya salido tan bien del paso. Nada me rehusó de cuanto puede conceder la más tierna amistad. Nada me concedió que pudiese hacerla infiel, y tuve la humillación de ver que el fuego que en mis sentidos encendían sus ligeros favores, jamás se comunicó a los suyos en lo más mínimo.

En alguna parte he dicho que es preciso no conceder nada a los sentidos cuando se les quiere negar algo. Para conocer cuan falsa resultó esta máxima con respecto a la señora de Houdetot, y cuánta razón tuvo para contar consigo misma, sería forzoso detallar nuestras largas y frecuentes entrevistas, siguiéndolas en toda su viveza durante los cuatro meses que pasamos juntos en una intimidad casi única entre dos amigos de diferente sexo, que se circunscriben a limites que no traspusimos jamás. ¡Ah!, si había tardado tanto en sentir un verdadero amor, ¡cuán bien pagaron entonces el retraso mi corazón y mis sentidos! ¡Cuál será, pues, el arrebato que debe sentirse junto al objeto amado de quien también somos amados, cuando un amor que no compartía el objeto amado puede a tal punto producirlo!

Pero hago mal en decir que ella no lo sentía, pues en cierto modo participaba de mis sentimientos; era el afecto igual por ambas partes, aunque no recíproco. Ambos estábamos ebrios de amor; ella por su amante, yo por ella; nuestros suspiros y deliciosas lágrimas se confundían. Mutuos confidentes, nuestros sentimientos eran tan afines> que no podían menos de confundirse en algún punto; y no obstante, en el seno de esta peligrosa embriaguez, jamás se olvidó de sí un momento; y afirmo y juro que si alguna vez arrastrado por mis sentidos, he intentado hacerla cometer una infidelidad, nunca lo he deseado verdaderamente. La misma vehemencia de mi pasión la contenía. El deber de la privación había exaltado mi espíritu, y el brillo de todas las virtudes adornaba al ídolo de mi corazón. Mancillar su divina imagen hubiera sido destruirla. Hubiera podido cometer el crimen; hay más, en mi fantasía lo cometí cien veces, pero envilecer a mi Sofía, ¡eso nunca! No, mil veces se lo dije a ella misma; aunque hubiese estado en mi poder, aun cuando por su propia voluntad se hubiese entregado a discreción, fuera de algunos breves momentos de delirio, hubiera rehusado ser dichoso a este precio. La amaba demasiado para querer poseerla.

Eaubonne dista cerca de una legua del Ermitage; en mis frecuentes viajes al primer punto, algunas veces me ha sucedido quedarme a dormir allí; un día, después de haber cenado juntos, fuimos a pasear por el jardín a la luz de una clara luna.

Al extremo del jardín había un soto bastante grande, por donde fuimos a parar a un lindo bosquecillo, ornado con una cascada cuya idea le había yo dado y ella había mandado construir. ¡Recuerdo imperecedero de inocencia y de placer! En este bosquecillo fué donde, sentados en un banco de musgo, bajo la copa de una acacia cuajada de flor, para expresar los movimientos de mi corazón hallé un lenguaje verdaderamente digno de ellos. Fué la primera y única vez de mi vida; pero estuve sublime, si merece este adjetivo todo lo más amable y seductor que el amor más tierno y más ardiente puede inspirar al corazón de un hombre. ¡ Qué de embriagadoras lágrimas no derramé sobre su regazo, y le hice derramar también, aun a su pesar! En fin, en un arranque involuntario exclamó: "¡Ah, no existe otro hombre más digno de ser amado, ni hay amante alguno que ame como vos! Pero vuestro amigo Saint-Lambert nos oye, y mi corazón es incapaz de amar dos veces". Callé suspirando; la abracé... ¡Ah, dulce abrazo! Pero nada más. Seis meses hacía que vivía sola, es decir, lejos de su amante y de su marido; tres iban transcurridos en que la veía casi todos los días, y siempre existía el amor de un tercero entre ella y yo. Habíamos cenado juntos, estábamos solos en un bosquecillo a la luz de la luna; y después de dos horas de la más tierna y animada conversación, adelantada la noche, salió de este bosquecillo, y de los brazos de su amigo, tan intacta, tan pura como en él había entrado, así de cuerpo como de espíritu. Lector, considera todas estas circunstancias, pues yo no añadiré una sola palabra.

Y no se crea que mis sentidos me dejasen tranquilo como me sucedía con Teresa y con mamá. Ya lo he dicho, esta vez sentía el amor y en toda su energía y con todos sus furores. No describiré las agitaciones, ni los estremecimientos, ni las palpitaciones, ni los movimientos convulsivos, ni los desfallecimientos del corazón que experimentaba continuamente: júzguese por el efecto que me producía su sola imagen. Como dejo dicho, Eaubonne estaba algo distante del Ermitage, yo pasaba por las colinas de Andilly, que son bellísimas. Mientras caminaba iba pensando en aquella a quien iba a ver, en la benévola acogida que me dispensaría, en el beso que me esperaba a mi llegada. Este solo beso, este beso funesto, aun antes de recibirlo me enardecía a tal extremo que se me turbaba la vista, mis trémulas rodillas no podían sostenerme; veíame obligado a detenerme y tomar asiento; todo mi organismo se bailaba en un desorden inconcebible: estaba próximo a desvanecerme.

Conociendo el peligro, al partir, procuraba distraerme y pensar en otra cosa; mas apenas había dado veinte pasos, cuando me asaltaban los mismos recuerdos con todos sus accidentes sin que me fuese posible evitarlo; y, cualesquiera que fuesen las medidas que tomase, no tengo memoria de haber podido hacer solo aquel trayecto impunemente una vez siquiera. Cuando llegaba a Eaubonne me sentía débil, extenuado, rendido, apenas podía sostenerme. En el instante de verla todo se desvanecía; a su lado, ya no me molestaba nada más que la importunidad de un vigor inagotable y siempre inútil. Había junto al camino, a la vista de Eaubonne, un ameno terraplén, llamado el monte Olimpo, donde a veces acudíamos cada uno por su lado. Yo era el primero en llegar; estaba destinado a esperarla; pero, ¡cuán caro me costaba el esperarla! Para distraerme me esforzaba en escribir con mi lápiz billetes que hubiera podido sellar con mi sangre: jamás pude acabar ninguno con caracteres inteligibles. Al encontrar alguno de ellos en el sitio convenido, no podía descubrir en él otra cosa más que el estado verdaderamente deplorable en que me hallaba al escribirlo. Este estado, y sobre todo su persistencia durante tres meses de irritación continua y de privación, me sumió en una postración de que no he podido recobrarme en muchos años, y acabó por causarme una bernia que llevaré o que me llevará al sepulcro. Tal fué el único goce amoroso del hombre de más fogoso temperamento, pero más tímido al propio tiempo que quizá haya producido la Naturaleza. Tales han sido los últimos días hermosos que fueron concedidos sobre la tierra; aquí empieza el prolongado tejido de los infortunios de mi vida, en el que se verán pocas interrupciones.

Hase visto en todo el curso de mi vida que mi corazón, trasparente como el cristal, jamás ha sabido ocultar, durante un minuto entero, ningún sentimiento algo vivo que en él se hubiese abrigado. Considérese, por tanto, si me fué posible ocultar mucho tiempo el amor que me inspiraba la señora de Houdetot. Nuestra intimidad llamaba la atención de todos, no guardábamos secreto ni misterio. Su carácter tampoco lo exigía; y como la señora de Houdetot me profesaba la más tierna amistad, que nada tenía a sus ojos de censurable, y como yo le tenía un aprecio que nadie conocía mejor que yo cuán merecido era; ella, franca, expansiva, atolondrada, y yo, sincero, poco diestro, altivo, impaciente, arrebatado, dábamos en nuestra engañosa seguridad aun más ocasión de crítica que si hubiésemos sido culpables. Ambos íbamos a la Chevrette, donde a menudo nos hallábamos juntos por acaso y a veces también por convenio. Allí vivíamos como en todas partes paseándonos solos todos los días, hablando de nuestros amores, de nuestros deberes, de nuestro amigo, de nuestros inocentes proyectos, en el parque, frente a las habitaciones de la señora de Épinay, al pie de sus ventanas, desde donde, examinándonos constantemente, y creyéndose insultada, su corazón se saciaba por los ojos de indignación y de cólera.

Todas las mujeres poseen el arte de disimular su furor, sobre todo cuando es ardiente; la señora de Épinay, violenta pero reflexiva, lo poseía en grado superlativo. Fingió no ver ni sospechar nada: al mismo tiempo redoblaba conmigo sus atenciones, sus cuidados y casi sus halagos, se empeñaba en atribuir a su cuñada indignos procederes y manifestar hacia ella un desdén que parecía querer comunicarme. Ya se comprende que no pudo conseguirlo; pero yo estaba en un potro. Desgarrado por sentimientos que me contrariaban al mismo tiempo que estaba agradecido a sus pruebas de cariño, contenía a duras penas mi enojo cuando la veía faltar a la señora de Houdetot. La angelical dulzura de ésta hacía que lo sufriese todo sin quejarse, y aun sin quedar resentida con ella. Por otra parte, estaba con frecuencia tan distraída, y era tan poco sensible a esos manejos, que la mitad de las veces no se hacía cargo de ellos.

Yo estaba tan preocupado con mi pasión que, no viendo más que a Sofía (éste era uno de los nombres de la señora de Houdetot), ni siquiera notaba que había llegado a ser la fábula de toda la casa y de sus concurrentes. El barón de Holbach, que nunca había ido, que yo sepa, a la Chevrette, fué de estos últimos. Si yo hubiese sido tan suspicaz como me he vuelto posteriormente, habría sospechado que la señora de Epinay lo había alentado a realizar esta excursión para proporcionarle el divertido gusto de ver al ciudadano enamorado. Mas yo era entonces tan tonto que ni siquiera veía lo que saltaba a la vista de todos. No obstante toda mi estupidez, no dejé de notar en el barón un semblante más satisfecho, más jovial que de costumbre. En vez de mirarme con malos ojos como de ordinario, me dirigía chistes chocarreros, que yo no comprendía. Yo abría desmesuradamente los ojos sin replicar; la señora de Épinay se reía a carcajada tendida; yo no sabia adivinar lo que les pasaba. Como nada iba más allá de la broma, lo mejor que yo hubiera podido hacer, si hubiese comprendido, habría sido tolerarla. Pero es indudable que a través de la zumbona alegría del barón se veía brillar en sus ojos una satisfacción maligna, que tal vez me habría inquietado si lo hubiese visto entonces como comprendí posteriormente.

Un día que fui a ver a la señora de Houdetot a Eaubonne, de vuelta de uno de sus viajes a París, la encontré triste y vi que había llorado. Tuve que contenerme, porque se hallaba presente la señora de Blainville, hermana de su marido; mas en cuanto pude hablar un momento, le manifesté mi inquietud. "¡Ah!-me dijo suspirando-; mucho temo que vuestras locuras me van a costar la tranquilidad de mí existencia. Saint-Lambert está informado, y mal informado. Me hace justicia; pero está malhumorado y, lo que es peor, me oculta una parte de la causa. Afortunadamente no le he callado nada de nuestras relaciones, comenzadas bajo sus auspicios. Mis cartas sólo hablaban de vos, así como mi corazón; no le he ocultado más que vuestro insensato amor, del que esperaba yo curaros y que él, sin decírmelo, me lo imputa como un crimen. Nos han jugado una mala partida; me han lastimado; mas no importa; rompamos del todo o sed como debéis ser. No quiero tener que ocultar nada a mi amante".

Éste fué el primer momento en que sentí la vergüenza de yerme humillado, por la conciencia de mi falta, ante una mujer joven cuyos justos reproches sufría, y de quien hubiera debido ser el mentor. La indignación que sentía contra mí mismo quizá hubiera bastado para sobreponerme a mi flaqueza, si la tierna compasión que me inspiraba la víctima no hubiese enternecido nuevamente mi corazón. ¡Ay de mí! ¿Podía acaso endurecerse cuando estaba inundado de lágrimas? Esta ternura se cambió bien pronto en ira contra los viles delatores, que no habían visto más que lo malo de un sentimiento criminal, pero involuntario, sin creer, sin imaginar siquiera la sincera rectitud de corazón que lo hacía perdonable. No vacilamos mucho tiempo en sospechar qué mano había dado el golpe.

Sabíamos que la señora de Épinay se carteaba con Saint-Lambert. No era ésta la primera tormenta que aquélla ocasionaba a la señora de Houdetot, de quien se esforzaba por separarla, y el éxito de alguno de sus esfuerzos hacía temblar por las consecuencias. Por otra parte, Grimm, que, si no recuerdo mal, había seguido al señor de Castries al ejército, se hallaba en Westfalia, así como Saint-Lambert, y se veían algunas veces. Grimm había tenido algunas pretensiones acerca de la señora de Hourletot, que lo había desairado, y él, sobre manera ofendido, dejó de visitarla. Imagínese cómo, él, tan modesto, podía suponer con tranquilidad que le fuese preferido un hombre de más edad que la suya y de quien hablaba como de un protegido desde que alternaba con los grandes.

La sospecha que tenía de la señora de Épinay se cambió en certeza desde el momento en que supe lo que había pasado en casa. Cuando yo me hallaba en la Chevrette, Teresa iba con frecuencia, ya para traerme cartas, ya para dispensarme los cuidados que reclamaba mi quebrantada salud. La señora de Épinay le había preguntado si la señora de Houdetot y yo nos escribíamos y habiendo ella contestado afirmativamente, aquélla la instó para que le facilitase las cartas de ésta, asegurándole que volvería a cerrarlas de modo que no se conocería que hubiesen sido abiertas. Sin dar a entender cuánto la escandalizaba esta proposición, y aun sin avisarme, Teresa se contentó con esconder mejor las cartas que me traía; preocupación muy feliz, porque la señora, de Épinay acechaba su llegada, y, esperándola por el camino, llevó varias veces su audacia hasta registrar su seno. Aun hizo más: habiéndose convidado a venir a comer a mi casa, juntamente con Margency, por vez primera desde mí estancia en el Ermitage, aprovechó el tiempo en que yo me estaba paseando con el señor de Margency, para entrar en el gabinete con la madre y la hija, e instalas vivamente a que la enseñasen las cartas de la señora de Houdetot. Si la madre hubiese sabido dónde estaban, habrían sido entregadas; pero afortunadamente no lo sabía como tampoco la hija, y ésta negó que yo hubiese conservado ninguna. Mentira ciertamente llena de discreción, de fidelidad, de generosidad, mientras que la verdad hubiera sido una perfidia. Viendo que no podía seducirla, la señora de Épinay se esforzó en irritarla por medio de los celos, echándole en cara su docilidad y su obcecación. ¿Cómo es posible -le dijo- que no veáis las criminales relaciones que entre ellos existen? Si necesitáis otras pruebas, además de lo que pasa a vuestros ojos, prestaos a lo que es necesario hacer para obtenerlas; decís que rompe las cartas de la señora de Houdetot luego de haberlas leído: bien, recoged cuidadosamente los pedazos y entregádmelos, yo me encargo de juntarlos". Tales eran las lecciones que daba mi amiga a mi compañera.

Teresa tuvo la discreción de callarme todas estas tentativas durante bastante tiempo; pero viendo mi perplejidad, se creyó obligada a decírmelo todo a fin de que, sabiendo de quién tenía que guardarme, me previniese de las traiciones que me preparaban. Mi indignación y mi furor eran indescriptibles. En vez de disimular con la señora de Épinay, a ejemplo suyo, y valerme de contraastucias, me entregué sin freno a la impetuosidad de mi carácter y, con mi ordinaria irreflexión, estallé abiertamente. Puede verse mi imprudencia por las siguientes cartas, que revelan suficientemente la manera de proceder de uno y otro en esta ocasión.

BILLETE DE LA SEÑORA DE ÉPINAY (Legajo A, núm. 44.)

"¿Por qué no os veo, amigo mío? Me tenéis inquieta. ¡Me habíais prometido tantas veces que no haríais más que ir y venir del Ermitage! Contando con vuestra promesa, os he dejado libre; ¡y dejáis pasar ocho días sin venir! Si no me hubiesen dicho que gozáis de buena salud, os habría creído enfermo. Os esperaba ayer o anteayer, y no vinisteis. ¡Dios mío! ¿Qué os ha sucedido? No tenéis negocios urgentes; tampoco hay pesares que os aquejen, porque me lisonjeo de que habríais venido a confiármelos inmediatamente. ¿Estáis, pues, enfermo? Sacadme pronto de la inquietud en que me hallo, os lo suplico. Adiós, estimado amigo, y que este adiós me proporcione un saludo vuestro.''

RESPUESTA

Hoy miércoles, por la mañana.

"Nada puedo deciros todavía. Aguardo estar mejor enterado, y lo estaré tarde o temprano. Entre tanto, estad segura de que la inocencia acusada hallará un defensor bastante enérgico para hacer que los calumniadores tengan que arrepentirse, sean quienes fueren."

SEGUNDA CARTA DE LA MISMA (Legajo A, núm. 45.)

"¿Sabéis que vuestra carta me espanta? ¿Qué significa? La he leído más de veinticinco veces; a la verdad, no puedo comprenderla. Sólo veo en ella que os halláis inquieto y atormentado y esperáis dejar de estarlo para hablarme de ello. Amigo mío, esto no está conforme con nuestro convenio. ¿Qué se ha hecho de aquella amistad, qué de aquella confianza, y cómo la he perdido? ¿Es por causa mía y conmigo con quien estáis incomodado? Sea lo que fuese, venid esta tarde, os lo suplico; acordaos de que me prometisteis, hace apenas ocho días, no ocultar nada en vuestro corazón y confiaros a mí inmediatamente. Yo vivo, querido amigo, en esta confianza... Mirad, acabo de leer nuevamente vuestra carta; no la comprendo más que antes; pero me hace temblar. Me parece que os halláis cruelmente agitado. Quisiera calmaros; mas como ignoro el motivo de vuestra congoja, no sé qué deciros, sino que seré tan desgraciada como vos hasta que os haya visto. Si no os halláis aquí esta tarde a las seis, salgo mañana para el Ermitage, sin reparar en el tiempo que haga, ni en el estado de mi salud; porque no podría vivir con esta inquietud. Adiós, querido y buen amigo. A todo evento, sin saber si lo necesitáis o no, me atrevo a deciros que procuréis ir con tiento, y detener los progresos que la inquietud adquiere en la soledad. Una mosca parece un monstruo: yo misma lo he experimentado con frecuencia."

RESPUESTA

Miércoles, por la tarde.

"No puedo ir a veros, ni recibir vuestra visita mientras dure la inquietud en que me hallo. La confianza de que me habláis ya no os será fácil recobrarla. En vuestra solicitud no veo ahora más que el deseo de sacar de las confidencias de otro alguna ventaja que convenga a vuestras miras; y mi corazón, tan dispuesto a explayarse en otro que se abra para recibirle, se cierra a los ardides y a la sutileza. En la dificultad que experimentáis en comprender mi billete reconozco vuestra ordinaria destreza. ¿Me creéis bastante incauto para pensar que no lo habéis comprendido? No; pero yo sabré vencer vuestras sutilezas a fuerza de franqueza. Quiero explicarme más claramente, a fin de que me comprendáis mejor.

"Dos amantes perfectamente unidos y dignos de amarse me son queridos: espero que no sabréis a quiénes me refiero, a menos de que os los nombre. Presumo que se ha intentado desunirlos y que han querido servirse de mi para despertar los celos en uno de los dos. La elección no es muy hábil, mas ha parecido cómoda a la malevolencia; y esta malevolencia sospecho que es vuestra. Me parece que esto es un poco más claro.

"Así, pues, ¿la mujer a quien más estimo, sabiéndolo yo, cometería la infamia de dividir su corazón y su persona entre dos amantes, y podría yo ser uno de estos dos infames? Si yo supiese que por un solo momento habíais podido pensar así jamás de ella y de mi, os aborrecería hasta la muerte. Pero de lo que yo os acuso es de haberlo dicho y no de haberlo creído. En este caso no comprendo a cuál de los tres habéis querido dañar; pero si amáis la tranquilidad, temblad de haber tenido la desgracia de lograr vuestro deseo. Ni a vos ni a ella he ocultado todo lo malo que pienso de ciertas relaciones; pero quiero que concluyan por un medio tan delicado como su causa, y que un amor ilegítimo se cambie en una amistad imperecedera. Yo, que jamás hice daño a nadie, ¿habría de servir inocentemente para causarlo a mis amigos? No; jamás os lo perdonaría, y sería vuestro enemigo irreconciliable. No respetaría sino los secretos que fuesen sólo vuestros; porque jamás seré un hombre falso.

"No creo que la incertidumbre en que me hallo pueda durar mucho tiempo. No tardaré en saber si me he equivocado. Entonces quizá tendré que reparar grandes agravios; nada habré hecho en la vida con tanto gusto. Pero, ¿queréis saber cómo expiaré mis faltas durante el poco tiempo que me resta pasar cerca de vos? Haciendo lo que no haría ningún otro; diciéndoos francamente lo que piensa de vos el mundo y las brechas que tenéis que cubrir en vuestra reputación. A pesar de todos los pretendidos amigos que os rodean, cuando me veáis desaparecer podréis decir adiós a la verdad, porque no hallaréis nadie que os la diga."

TERCERA CARTA DE LA SEÑORA DE ÉPINAY (Legajo A, núm. 46.)

"No entendía vuestra carta de esta mañana; os lo he dicho porque era así. Comprendo la de esta tarde, peto no tengáis cuidado de que conteste a ella; tengo harta necesidad de olvidarla; y, aunque me dais lástima, no he podido evitar la amargura que me ha causado. ¡Yo, tan luego, emplear perfidias y sutilezas con vos! ¡Yo, acusada d& la más negra de las infamias! ¡Adiós! Siento que tengáis la... Adiós: no sé lo que me digo... Adiós: me apresuraré a perdonaros. Vendréis cuando queráis; seréis recibido mejor de lo que merecerían vuestras sospechas. Solamente os prevengo que no os cuidéis de mi reputación. Me importa poco la que se me quiera dar. Mi conducta es buena, esto me basta. Por lo demás ignoraba completamente lo sucedido a esas dos personas que me son tan queridas como a vos.

Esta última carta me sacó de una terrible angustia y me sumió en otra no menos cruel. Aunque todas estas cartas y respuestas se hubiesen cambiado en el espacio de un día con rapidez extraordinaria, este intervalo había bastado para dar tregua a mis arrebatos de furor, y dejarme reflexionar acerca de la enormidad de mi imprudencia. Nada me había encomendado tanto la señora de Houdetot como el no inquietarme, dejar a su cuidado el salir de este paso, y evitar, sobre todo en aquellos momentos, toda ruptura y escándalo; y yo con los insultos más claros y más atroces colmaba de ira el corazón de una mujer que estaba ya dispuesto a ella. Naturalmente, no debía esperar más que una respuesta tan altanera, desdeñosa y despreciativa que no hubiera podido abstenerme de salir inmediatamente de su casa sin cometer la más indigna cobardía. Afortunadamente ella, aun más diestra que yo airado, evitó reducirme a este extremo por el giro de su respuesta. Mas era forzoso salir o pasa a verla inmediatamente; esta alternativa era inevitable, y, aunque muy embarazado por el tono que tendría que adoptar en la explicación que preveía, me resolví por la última. Pues, ¿qué habría de decir para no comprometer a la señora de Houdetot ni a Teresa?, y desdichada de la que hubiese nombrado. Todo lo temía de la venganza de una mujer implacable e intrigante para aquella que fuera su objeto. Para evitar esta desgracia no había hablado en mis cartas más que de sospechas, a fin de estar dispensado de presentar pruebas. Cierto es que así mi enojo aparecía más injustificado, pues una simple sospecha nunca podrá autorizarme para tratar a una mujer, y sobre todo a una amiga, como acababa de tratar a la señora de Épinay. Pero aquí empieza la grande y noble tarea, que he cumplido dignamente, de expiar mis faltas y mis ocultas flaquezas, cargando con faltas más graves de las que era incapaz, y que jamás he cometido.

No tuve que sostener la lucha que había temido, y que se evitó por miedo. A mi llegada, la señora de Épinay se echó en mis brazos hecha un mar de lágrimas. Esta inesperada acogida de parte de una antigua amiga me conmovió profundamente y me hizo llorar mucho también. Yo le dirigía algunas palabras sin sentido; ella me dijo algunas que aun lo tenían menos, y todo paró aquí. La mesa estaba servida; nos sentamos, y esperando la explicación que yo creí diferida para después de cenar, estuve todo el tiempo con semblante preocupado, pues la menor inquietud me subyuga de tal modo que no podría ocultarla a los menos perspicaces. Mi encogimiento debía envalentonarla; sin embargo, no quiso arriesgarse, y después de la cena no hubo más explicaciones que antes. Tampoco las hubo al día siguiente; y en nuestras silenciosas entrevistas no dijimos sino cosas indiferentes, o algunas discretas frases por mi parte en que, indicando que aún no tenían mis sospechas fundamento seguro, le protestaba con verdad que si resultaban mal fundadas, emplearía mi vida entera en reparar mi injusticia. Ella no reveló la menor curiosidad para saber con precisión cuáles eran estas sospechas, ni cómo las había concebido; y toda nuestra reconciliación así por su parte como por la mía, consistió en el abrazo del primer momento. Siendo sólo ella la ofendida, a lo menos en apariencia, me pareció que no era a mí a quien correspondía buscar una aclaración que tampoco ella procuraba, y me volví del mismo modo que había ido. Por lo demás, viviendo con ella como antes, pronto olvidé esta riña casi por completo, y creí tontamente que también ella la olvidaba, pues parecía no acordarse.

Como luego se verá, no fué ésta la única desdicha que me granjeó mi debilidad; pero también sufría otras no menos sensibles, que no me había acarreado yo mismo, y no reconocían otra causa que el deseo de arrancarme de mi soledad a fuerza de atormentarme en ella. Estas procedían de Diderot y del círculo de amigos de Holbach. Desde que me instalé en el Ermitage, Diderot no había cesado de hostigarme, ya por sí mismo, ya por medio de Deleyre; y pronto vi, en las bromas de éste sobre mis excursiones silvestres, con qué fruición habían convertido al eremita en enamorado pastor. Pero no se trataba de esto en mis disputas con Diderot: tenían más graves motivos. Después de la publicación del Hijo natural, me remitió un ejemplar, que yo leí con el interés y la atención que inspiran las obras de un amigo. Al leer la especie de poética en forma de diálogo que lo acompaña, me sorprendió y aun me contristó un poco el ver, entre otras muchas cosas poco halagüeñas, pero que se podían perdonar, contra los solitarios, esta áspera y dura sentencia, sin ninguna restricción: sólo el perverso vive aislado. Esta sentencia es equívoca, y me parece que tiene dos sentidos: uno muy verdadero, otro muy falso; ya que hasta es imposible que un hombre que vive y quiere vivir aislado pueda ni quiera hacer daño a nadie, y por consiguiente que sea un perverso. Por esta razón la sentencia por sí sola exigía una explicación, y además la exigía mucho más de parte de un autor que, en el preciso momento de estamparla, tenía un amigo retirado a un lugar solitario. A mí me pareció chocante e indecoroso que al publicarla se hubiese olvidado de este amigo solitario, o, si de él se acordaba, que no hubiese hecho, a lo menos como máxima general, la honrosa y justa excepción que debía, no solamente a este amigo, sino también a tantos sabios respetados que en todo tiempo han buscado la calma y la paz en la soledad, y de quienes, por vez primera desde que existe el mundo, se le antojaba a un escritor formar otros tantos malvados indistintamente, de una sola plumada.

Yo quería entrañablemente a Diderot, le tenía una estimación sincera, y estaba completamente persuadido de que me correspondía con iguales sentimientos. Pero cansado de su infatigable obstinación en contrariar eternamente todos mis gustos, mis inclinaciones, mi modo de vivir, sobre todo lo que sólo a mi me interesaba; irritado de ver un hombre más joven que yo querer gobernarme a la fuerza como a un niño; disgustado de su facilidad en prometer y su tardanza en cumplir; fastidiado de tantas citas dadas por él sin comparecer a ninguna, y de su capricho en repetirlas expresamente para faltar a ellas; aburrido de aguardarle inútilmente tres o cuatro veces al mes, los días señalados por él mismo, y comer sólo al anochecer, después de haber ido a su encuentro hasta Saint-Denis, y haberle esperado todo el día, tenía ya lleno mi corazón de agravios. Este último me pareció grave y me hirió más profundamente. Le escribí quejándome, pero con una dulzura y enternecimiento que me hizo inundar el papel de lágrimas; y mi carta era bastante conmovedora para hacérselas también derramar a él. Nadie es capaz de adivinar cuál fué su respuesta: hela aquí al pie de la letra (Legajo A, número 33): "Me alegro mucho de que mi obra os haya gustado y conmovido. Veo que en lo tocante a los eremitas no sois de mi parecer; enhorabuena, decid de ellos todo lo bueno que queráis, yo sólo pensaré así de vos y aun habría mucho que decir si se os pudiese hablar sin que os enfadaseis. ¡Una mujer de ochenta años!, etc. Me han dicho una frase de una carta del hijo de la señora de Épinay que ha debido apesadumbraros mucho, o yo conozco mal el fondo de vuestra alma".

Preciso es explicar las dos últimas frases de esta carta.

Al principio de mi estancia en el Ermitage, parecía que la señora Le Vasseur no estaba allí contenta y hallaba la casa harto solitaria. Habiendo recordado con este motivo sus indirectas, le ofrecí enviarla a París si esto le agradaba, pagar allí el alquiler de su habitación, y cuidar de ella lo mismo que si estuviese conmigo todavía. Ella rehusó, asegurando que estaba muy a gusto en el Ermitage, que el aire del campo le probaba: y claramente se veía cuán cierto era; pues, por decirlo así, se rejuvenecía y estaba mucho mejor que en París. Su hija me aseguró además que en el fondo aun le habría disgustado en extremo que abandonásemos el Ermitage, que realmente era un hermoso lugar, pues le gustaba mucho el cuidado del jardín y de la fruta, cuyo manejo estaba a su cargo, pero que había dicho lo que le habían hecho decir para impulsarme a volver, a París.

No habiendo salido bien esta tentativa, probaron a obtener por medio del escrúpulo el efecto que no había producido la complacencia: me censuraron como un crimen el conservar allí esta anciana, lejos de los socorros y cuidados que podía necesitar a su edad, sin pensar que ella y muchas otras ancianas, cuya vida prolongan los excelentes aires del país, podían hallar cuanto le fuera necesario en Montmorency, que estaba a dos pasos; y como si no hubiese viejos sino en París, y no pudiesen vivir en ninguna otra parte. La señora Le Vasseur, que comía mucho y con una voracidad extraordinaria, sufría ataques de bilis y fuertes diarreas, que le duraban algunos días y le servían de remedio. En París nunca tomaba ninguno, y dejaba obrar a la Naturaleza. Lo mismo hacía en el Ermitage, sabiendo que nada podía hacer mejor. No importa: porque no había en la campiña médicos ni boticarios, dejarla allí era querer su muerte, por más que ella se encontrase perfectamente bien. Diderot hubiera debido determinar a qué edad no se puede permitir, so pena de homicidio, que los viejos vivan fuera de París.

Ésta era una de las dos atroces acusaciones por las cuales no me exceptuaba en su sentencia, de que no está sólo más que el malvado; y esto es lo que significaba su exclamación patética y el etcétera que benignamente le había añadido: ¡ Una mujer de ochenta años, etcétera!

A este reproche no creí poder responder mejor que remitiéndome a la misma señora Le Vasseur. Le rogué que escribiese su modo de sentir con toda verdad a la señora de Épinay y para dejarla con más libertad no quise ver su carta, y le enseñé la que voy a trascribir y dirigí yo a la misma, con motivo de una respuesta que yo había querido dar a otra carta de Diderot aun más dura, y que ella me había impedido enviar.

Jueves.

"La señora Le Vasseur os ha de escribir, mi buena amiga; yo le he suplicado que os diga sinceramente lo que piensa. Para dejarla en mayor libertad, le he dicho que no quería ver su carta, y a vos os ruego que no digáis nada de su contenido. "No enviaré mi carta puesto que no lo queréis; pero sintiéndome gravemente ofendido, si conviniese en que no tengo razón cometería una bajeza y una falsedad que no puedo permitirme. El Evangelio ordena al que recibe una bofetada que presente el otro carrillo, pero no que pida perdón. ¿Os acordáis de aquel hombre de la comedia, que grita dando palos: he aquí el oficio del filósofo?

"No contéis con impedirle que venga a causa del mal tiempo. Su enojo le dará el tiempo y las fuerzas que le quita la amistad; será la primera vez de su vida que cumpla su promesa de venir. Hará un esfuerzo para venir a repetirme de palabra las injurias que me ha dicho en sus cartas; yo las sufriré con paciencia. Él se volverá a continuar enfermo en París; y yo, según es costumbre, seré un hombre muy odioso; pero, ¿qué hacer? Fuerza es sufrir.

"Sin embargo, ¿no admiráis, señora, la cordura de este hombre que quería venir a buscarme en coche a Saint-Denis, comer allí y conducirme de nuevo a mi casa en coche; y a quien ocho días después (legajo A, número 34), su fortuna no le permite ir al Ermitage sino a pie? No es absolutamente imposible, para hablar a su modo, que éste sea el tono de la buena fe; pero en tal caso es necesario que en ocho días haya sufrido su fortuna extraños cambios.

"Participo del sentimiento que os causa la enfermedad de vuestra madre: pero ya veis que vuestro pesar no llega con mucho al mío. Aún se sufre menos viendo enfermas a las personas a quienes se ama, que viéndolas mostrarse injustas y crueles.

"Adiós, mi buena amiga: ésta será la última vez que os hable de este desgraciado asunto. Me habláis de ir a París con una sangre fría que en otras circunstancias me haría mucha gracia.

Escribí a Diderot lo que había hecho respecto a la señora Le Vasseur, a propuesta de la misma señora de Épinay; y habiendo escogido aquélla, como es de suponer, quedarse en el Ermitage, donde se hallaba muy bien, donde siempre tenía compañía, y donde vivía muy satisfecha, Diderot ya no supo de qué echar mano para censurarme y buscó el pretexto en esta precaución mía, sin dejar de hallar también criminal por mi parte la estancia continuada de la señora Le Vasseur en el Ermitage, aunque esta continuación fuese por voluntad suya y aunque sólo de ella hubiera dependido y dependió siempre volver a París, con los mismos auxilios míos que recibía a mi lado.

He aquí la explicación del reproche de la primera carta de Diderot, núm. 33. La del segundo se halla en su carta núm. 34: "El Letrado (era un sobrenombre dado por Grimm al hijo de la señora de Épinay), el Letrado debe haberos escrito que hay sobre la muralla veinte pobres que se mueren de hambre y de frío y esperan el ochavo que les dabais. Esto es una muestra de nuestras conversaciones.., y si oyeseis lo demás no os agradaría menos".

He aquí mi respuesta a este terrible argumento, de que parecía tan satisfecho Diderot:

"Creo haber respondido al Letrado, es decir, al hijo de un asentista general, que no compadecía a los pobres que él había visto en la muralla esperando mi ochavo, pues que probablemente él les habría resarcido con creces; que los pobres de París no podrían quejarse de este cambio y que yo no hallaría fácilmente uno tan bueno para los de Montmorency, que mucho más lo necesitaban. Aquí hay un respetable viejo que, después de haber pasado toda su vida trabajando, no pudiendo ya más, se muere de hambre en su ancianidad. Mi conciencia se siente más satisfecha con los dos sueldos que le doy cada lunes que con los cien ochavos que habría distribuido entre los mendigos de la muralla. Vosotros los filósofos sois muy divertidos, puesto que consideráis a los habitantes de las ciudades como los únicos con quienes tenéis deberes que cumplir. Donde se aprende a amar y a ser útil a la humanidad es en el campo; en las ciudades se aprende a despreciarla."

Tales eran los singulares escrúpulos en virtud de los cuales un hombre de talento tenía la imbecilidad de considerar seriamente como un crimen mi alejamiento de París, y con mi propio ejemplo pretendía probarme que no se podía vivir fuera de la capital sin ser un malvado. Ahora no comprendo por qué cometí la tontería de responderle y de incomodarme, en vez de reírme en sus barbas por toda respuesta. Entre tanto, las decisiones de la señora de Épinay y los clamores del círculo holbáquico, de tal modo habían fascinado a la gente en favor suyo, que generalmente se le daba la razón a él en este asunto, y que la señora de Houdetot, gran admiradora de Diderot, quiso que yo fuese a verle en París y que hiciese todo lo posible para una reconciliación, que, a pesar de ser por mi parte sincera y completa, fué de corta duración. El argumento de que se valió y que ganó a mi corazón fué que, en aquellos momentos, Díderot era desgraciado. Además de la tempestad que se levantó contra la Enciclopedia, sufría a la sazón otra muy violenta con motivo de su obra, que, a pesar de la historieta que había puesto al principio, le acusaban de haber tomado por entero de Goldoni. Diderot, aun más sensible a la crítica que Voltaire, se hallaba abrumado. La señora de Grafigny había cometido la vileza de hacer correr el rumor de que yo había roto con él en esta ocasión. Juzgué que sería justo y generoso probar públicamente lo contrario; y fuí a pasar dos días, no solamente con él, sino hasta en su propia casa. Después de mi instalación en el Ermitage, éste fué el segundo viaje que hice a París. El primero lo había hecho para ir a auxiliar al pobre Gauffecourt, que tuvo un ataque de apoplejía, de que jamás se llegó a ver completamente restablecido y durante el cual no abandonó su lecho hasta que estuvo fuera de peligro.

Diderot me recibió bien. ¡Cuántos agravios puede borrar el abrazo de un amigo! ¿Qué resentimiento puede quedar después en el corazón? Tuvimos pocas explicaciones. No se necesitan para recíprocas invectivas. No hay que hacer más que una cosa: a saber, olvidarlas. No había habido ocultos procederes, a lo menos que yo supiese; no era como con la señora de Épinay. Me mostró el plan del Padre de familia. "He aquí -le dije yo-, la mejor defensa del Hijo natural. Guardad silencio, trabajad con cuidado esta obra, y luego echádsela de repente al rostro a vuestros enemigos por toda respuesta" - Así lo hizo y le fué muy bien. Hacía cerca de seis meses que yo le había enviado las dos primeras partes de la Julia para que me diese su parecer, mas no la había leído todavía. Leímos un cuaderno juntos, y todo le pareció hojarasca; éste fué el término que usó; es decir, cargado de palabras y redundante. Yo mismo lo había percibido; pero era la verbosidad de la fiebre; nunca he podido corregirlo. Las últimas partes no son así. La cuarta, sobre todo, y la sexta, son modelos de dicción.

El segundo día de mi llegada, se empeñó en llevarme a cenar en casa del señor de Holbach. Lejos estaba yo de semejante intento; pues hasta quería romper el convenio sobre el manuscrito de Química, que me indignaba deber a semejante hombre; pero Diderot logró arrastrarme. Jurome que el señor de Holbach me quería entrañablemente, que era preciso perdonarle un tono que empleaba con todo el mundo y que tenían que sufrirlo sus amigos más que nadie. Me hizo ver que rehusar el producto de aquel manuscrito, habiéndolo aceptado dos años antes, era afrentar al donador, que no lo merecía, y que no admitirlo podría interpretarse mal, como un tácito reproche por haber pasado tanto tiempo sin cerrar el trato. "Yo -añadió- veo todos los días a Holbach y conozco mejor que vos el estado de su alma. Si tuvieseis motivos para estar descontento de él, ¿creéis a vuestro amigo capaz de aconsejaros una bajeza?" En resumen, con mi ordinaria flaqueza, me dejé subyugar, y fuimos a cenar en casa del barón, que me recibió como de costumbre. Pero su mujer me trató con frialdad y casi son descortesía. Ya no era aquella amable Carolina que me manifestaba tanta benevolencia de soltera. Yo había creído experimentar desde mucho tiempo antes que, desde que Grimm frecuentaba la casa de Ame, no se me veía allí con tan buenos ojos.

Mientras yo estaba en París, llegó Saint-Lambert del ejército; como lo ignoraba, no le vi hasta después de mi regreso al campo, primero en la Chevrette, y luego en el Ermitage, donde vino con la señora de Houdetot para quedarse a comer conmigo. Ya puede juzgarse con cuánto placer les recibiría, pero mucho más me complació todavía la buena inteligencia con que les vi. Satisfecho de no haber turbado su felicidad, yo mismo gozaba de ella, y puedo jurar que durante mi loca pasión, y sobre todo en aquel momento, aunque hubiese podido suplantarle cerca de la señora de Houdetot, no hubiera querido hacerlo ni siquiera pensarlo. Hallábala yo tan amable amando a Saint-Lambert, que difícilmente podía imaginar que hubiese podido serlo tanto amándome a mí mismo; y no queriendo turbar su intimidad, todo lo que verdaderamente deseaba de ella en mi delirio era que se dejase amar. En fin, por más violenta que fuese mi pasión por ella, hallaba tan grato ser el confidente como el objeto de sus amores, y jamás he mirado a su amante como mi rival, sino como mi amigo. Se dirá que esto no era aún amor; sea, pero entonces era más aun.

Saint-Lambert se condujo como hombre discreto y juicioso; como yo era el único culpable, también fui el solo castigado, y aun con indulgencia. Me trató con dureza, pero amistosamente; vi que había perdido algo de su estimación, pero nada de su amistad. Me consolé, sabiendo que me sería más fácil recobrar la primera que la segunda, y que era él harto sensato para confundir una debilidad involuntaria y pasajera con un vicio de carácter. Si en cuanto había pasado había culpa de mi parte, era bien poca. ¿Era yo quien había ido en busca de su dama? ¿No me la había enviado él mismo? ¿No era acaso ella quien había venido a buscarme? ¿Podía dejar de recibirla? ¿Qué había yo de hacer? Sólo ellos habían hecho el mal y yo había sufrido sus consecuencias. En mi lugar él habría hecho lo mismo que yo, quizá peor; porque al fin, por más fiel, por más apreciable que fuese la señora de Houdetot, era mujer; él estaba ausente, las ocasiones eran frecuentes, las tentaciones vivas, y le hubiera sido muy difícil defenderse siempre con igual éxito contra un hombre más emprendedor. En semejante situación, era seguramente mucho para ella y para mí haber podido trazarnos límites que nunca nos permitiésemos pasar.

Aunque en el fondo de mi alma tuviese yo un testimonio bastante honroso, estaban en contra mía tantas apariencias, que la invencible vergüenza que me dominó delante de él me daba el aspecto de un culpable, y él abusaba a menudo de mi situación para humillarme. Un solo caso bastará para describir nuestra posición respectiva. Estábale leyendo, después de comer, la carta que el año anterior había escrito a Voltaire, de la cual había oído hablar. Se durmió durante la lectura; y yo, en otro tiempo tan altivo, hoy tan apocado, nunca me atreví a interrumpir la lectura, y continué leyendo mientras él siguió roncando. Tales eran mis bajezas, y tales sus venganzas; pero su generosidad jamás le permitió cometer tales actos sino entre los tres.

Cuando hubo partido nuevamente, hallé en la señora de Houdetot un cambio notable con respecto a mí. Me sorprendió tanto como si no hubiese debido esperarlo; lo sentí más de lo que hubiera debido, y esto me hizo mucho daño. Parecía que todo aquello de que yo esperaba mi curación no hacía sino hundir más en mi corazón el dardo que al fin he roto más bien que arrancado.

Estaba firmemente resuelto a dominarme y a hacer todo lo posible para convertir mi loca pasión en una amistad pura y duradera. Había al efecto formado los más bellos proyectos> para cuya realización necesitaba el concurso de la señora de Houdetot. Cuando quise hablarle, la encontré distraída, cortada; sentí que habla dejado de agradarle mi trato, y vi claramente que había pasado algo que ella no quería decirme y que no he sabido nunca. Este cambio, del cual me fué imposible obtener una explicación, me hirió cruelmente. Me pidió sus cartas; yo se las devolví todas, con una fidelidad de que me hizo la injuria de dudar un momento. Esta sospecha fué otra herida inesperada para mi corazón, que tan bien debía ella conocer. Me hizo justicia, pero no fué en el primer momento; comprendí que el examen del paquete entregado por mí le había hecho conocer su falta; conocí que se arrepentía y esto me resarció algún tanto. No podía ella retirar sus cartas sin devolverme las mías, pero me dijo que las había quemado; yo me aventuré a dudarlo y confieso que lo dudo todavía. No; tales cartas no se arrojan al fuego. Se han juzgado ardientes las de Julia. ¡Oh Dios mío, qué se habría dicho entonces de aquéllas! No; la mujer capaz de inspirar un amor semejante jamás tendrá valor para quemar sus pruebas. Pero tampoco temo que haya abusado de ellas; no la creo capaz de hacerlo, y además estaba previsto. El inocente pero vivo temor de yerme burlado me llevó a empezar esta correspondencia en un tono que puso mis cartas al abrigo de las revelaciones. Llevé la familiaridad adquirida en mi embriaguez hasta el punto de tutearla; pero, ¡de qué modo! Era imposible que la ofendiese. Sin embargo, se quejó de ello varias veces, aunque inútilmente; sus quejas no hacían más que avivar mis temores; y, por otra parte, yo no podía resolverme a retroceder. Si estas cartas existen todavía y algún día se publican, se sabrá cómo he amado. El dolor que me causó la frialdad de la señora de Houdetot y la certeza de no haberla merecido me hicieron tomar el singular partido de quejarme de ello al mismo Saint-Lambert. Mientras esperaba el efecto de la carta que le escribí con este motivo, me entregué a distracciones que hubiera debido buscar más pronto. Compuse piezas musicales para las fiestas que hubo en la Chevrette. El placer de honrarme a los ojos de la señora de Houdetot con un talento a que era aficionada excitó mi numen; y contribuía a animarlo otro motivo, a saber: el deseo de manifestar que el autor de El adivino de la aldea, sabía música; pues notaba hacía mucho tiempo que alguien trabajaba en secreto para hacerlo dudar, a lo menos en cuanto a la composición. Mi estreno en París, las pruebas a que me habían sometido varias veces, así en casa del señor Dupin como en la del señor de la Popliniére; la cantidad de música que había compuesto durante catorce años en medio de los más célebres artistas y a sus propios ojos; en fin, la ópera Las musas galantes, esta misma de El adivino, un motete que había compuesto para la señorita Fel, que lo cantó en el concierto espiritual; tantas conferencias como había celebrado sobre este bello arte con los más grandes maestros, todo parecía deber evitar o disipar semejante sospecha. Sin embargo, existía, aun en la Chevrette, donde vi que el señor de Épinay tampoco estaba exento de duda. Sin dar a entender que lo notaba, me encargué de componer un motete para la dedicación de la capilla de la Chevrette, y le supliqué que él mismo me diese la letra a gusto suyo. Dió encargo de hacerla a Linant, ayo de su hijo, que la hizo a propósito para el caso, y ocho días después de haberme sido entregada estuvo compuesto el motete. Esta vez el despecho fué mi Apolo, y jamás salió de mis manos música más armoniosa. La letra empezaba con estas palabras: Ecce sedes hic Tonantis ~. La pompa de la introducción responde a las palabras, y todo el resto del motete es de una belleza de canto que sorprendió a todo el mundo. Lo había arreglado para gran orquesta. Épinay reunió los mejores sinfonistas. La señora Bruna, cantatriz italiana, lo cantó y fué bien acompañada. El motete tuvo un éxito tan grande, que posteriormente se ha cantado dos veces en el concierto espiritual, donde, a pesar de las ocultas cábalas, y la mala ejecucióii, por dos veces ha obtenido el mismo aplauso. Para el santo del señor de Épinay di la idea de una especie de melodrama, medio pantomima, que compuso su esposa, y para la cual también hice la música. Grimm, al llegar, oyó hablar de mis triunfos armónicos. Una hora después no se habló más de ellos, pero a lo menos no se puso más en duda, que yo sepa, si sabia de composición.

Apenas estuvo Grimm en la Chevrette, donde yo no encontraba ya gran deleite, cuando acabó de hacerme insoportable mi estancia con una conducta tal como no la había visto en nadie, y de que ni siquiera tenía idea. La víspera de su llegada me desalojaron de la habitación de preferencia que ocupaba, contigua a la de la señora de Épinay; dispusiéronla para el señor Grimm, dándome otra más lejana. He aquí, dije yo riendo a la señora de Épinay, cómo los recién venidos desalojan a los antiguos, y me pareció cortarse. Aquella misma noche comprendí mejor la causa de ello, sabiendo que entre su cuarto y el que yo había ocupado existía una puerta oculta de comunicación, que ella había juzgado inútil mostrarme. Sus relaciones con Grimm no eran ignoradas de nadie, ni en su casa, ni del público, ni aun de su marido; con todo, lejos de confiármelo a mí, dueño de secretos que le importaban mucho más, y de quien estaba segura, me lo ocultó siempre con tenaz empeño. Comprendí que esta reserva provenía de Grimm, quien, siendo depositario de todos mis secretos, no quería que yo lo fuese de ninguno de los suyos.

Por mucho que mis antiguos sentimientos aún no extinguidos y el mérito real de aquel hombre me inclinasen a favor suyo, no fueron bastantes a resistir el empeño con que él destruyó mi inclinación. Su modo de presentarse fué el del conde de Tuffiére; apenas se dignó devolverme el saludo; ni una sola vez me dirigió la palabra, y pronto me corrigió de dirigírsela yo, no respondiéndome. Siempre tomaba la delantera y se apoderaba del lugar preferente, sin fijarse nunca en mí. Y aun esto pase, sí no lo hubiese hecho con un tono afectado muy chocante, como podrá juzgarse por un rasgo entre mil. Una tarde en que la señora de Épinay se sentía algo molesta, dijo que la llevasen un bocado a su cuarto, y subió para cenar junto a la lumbre. Me propuso subir con ella y lo hice. En seguida vino Grimm. La mesita estaba ya puesta y no había más que dos cubiertos. Sirvieron: la señora de Épinay se colocó en uno de los dos sitios junto al fuego, y el señor Grimm tomó un sillón, se colocó en el otro extremo, colocó la mesita entre ellos dos, desplegó su servilleta y se preparó a comer sin decirme una palabra. La señora de Épinay se ruborizó, y, para obligarle a reparar su grosería, me ofreció su propio sitio. Él no dijo nada, ni me miró. Yo, no pudiendo aproximarme al fuego, tomé el partido de pasearme por el cuarto esperando que me trajesen un cubierto. Dejome cenar en un extremo de la mesa, lejos del fuego, sin dispensarme la menor atención, a mí a quien tenía incomodado, teniendo más edad que él, más antiguo en la casa, cuya entrada me debía, y a quien, además, hubiera debido obsequiar como favorecido por la dama. Todas sus maneras conmigo corresponden perfectamente a esta muestra. No me trataba precisamente como a un inferior, sino como inexistente. Gran trabajo me costaba reconocer en él al antiguo fámulo que, en casa del príncipe de Sajonia-Gotha, se honraba con mis miradas. Todavía hallaba más inconciliable el profundo silencio y la insultante presunción con la tierna amistad que hacía gala de tenerme, en presencia de aquellos que sabía eran amigos míos. Cierto es que casi no la revelaba sino lamentando mi mala fortuna, de que yo mismo no me quejaba, compadeciendo mi triste suerte, con la que yo estaba contento, y quejándose de yerme rehusar con dureza los benévolos cuidados que decía quererme dispensar. Con esta maña, hacía admirar su tierna generosidad, vituperaba mi ingrata misantropía e insensiblemente habituaba a todo el mundo a no imaginar, entre un protector como él y un infeliz como yo, sino relaciones de favor de una parte y obligaciones de la otra, sin suponer siquiera como posible una amistad de igual a igual. Yo buscaba inútilmente qué era lo que podía deber a este nuevo protector; le había prestado dinero, él no me lo prestó nunca; le había velado durante su enfermedad, él apenas vino a yerme cuando yo la tuve; le había hecho amigo de todos mis amigos, él nunca me puso en relación con ninguno de los suyos; lo había encomiado con todas mis fuerzas y él, si me ha encomiado, fué menos públicamente y de distinta manera. Jamás me dispensó, ni me ofreció siquiera ningún servicio de ninguna especie. ¿Cómo, pues, podía ser mi Mecenas? ¿Cómo ser yo su protegido? No obstante, esto me sucedía y me sucede aún.

Cierto es que era arrogante con todo el mundo, desde el más alto al más bajo, pero con nadie tan brutalmente como conmigo. Acuérdome de que una vez Saint-Lambert estuvo a punto de tirarle un plato a la cabeza, a causa de una especie de mentís que aquél le dirigió en plena mesa, diciéndole groseramente: Eso no es verdad. A su tono naturalmente decisivo, añadió la suficiencia de los recién llegados, y se puso en ridículo a fuerza de impertinencias. El trato con los grandes le habla seducido hasta el punto de darse él mismo un tono que sólo emplean los menos sensatos de aquéllos. Nunca llamaba a su criado sino gritando ea, como si monseñor no supiese cuál de sus numerosos criados estaba de guardia. Cuando le hacia algún encargo, le echaba el dinero en el suelo en vez de entregárselo en la mano. En fin, olvidando enteramente que era hombre, le trataba con un menosprecio tan chocante, con un desdén tan crudo en todas circunstancias, que aquel pobre muchacho, un buen sujeto, que le había proporcionado la señora de Épinay, dejó de servirle por no poder sufrir semejantes tratamientos: era el La Flueur de este nuevo Glorieux.

Tan fatuo como vanidoso, y a pesar de sus grandes ojos turbios y de su desmadejado semblante, tenía pretensiones de afortunado con las mujeres; y desde su pantomima con la señorita Fel, pasaba, para muchas de ellas, por hombre de grandes sentimientos. Esto lo había puesto de moda, y le había despertado la afición hacia los cuidados mujeriles; empezó a echárselas de elegante; su tocado vino a ser de grande importancia; todo el mundo supo que hacía uso de afeites, y yo, que no lo creía, empecé a creerlo, no solamente por el embellecimiento de su cutis, y por haberlos hallado en su tocador, sino porque una mañana, al entrar en su cuarto, le hallé cepillándose las uñas con una escobilla, fabricada expresamente; trabajo que continuó delante de mí sin la menor aprensión. Entonces juzgué que el hombre que emplea dos horas cada mañana para cepillarse las uñas podía muy bien emplear algunos instantes en llenar de color los hoyos de su piel. El bueno de Gauffecourt, que no tenía pelo de tonto, le había apellidado con bastante gracia Tirante el Blanco.

Todo esto no eran más que ridiculeces, pero muy antipáticas a mi carácter, y así acabaron por hacerme el suyo sospechoso. Me costó trabajo creer que un hombre de cabeza tan yana pudiese tener un corazón recto. De nada se enorgullecía tanto como de su alma sensible y de la intensidad de su sentimiento. ¿Cómo podía esto concertarse con los defectos que son propios de las almas mezquinas? ¿Cómo pueden dejar a un corazón sensible ocuparse sin cesar de tantas puerilidades hacia su personita los vivos y continuos impulsos que le arrastran fuera de sí mismo? ¡Ah, Dios mío!, el que siente arder su corazón en este celeste fuego tiende a exhalarlo, y quiere manifestar su interior. Querría asomar el corazón al rostro, y sería incapaz de imaginar nunca ningún otro afeite.

Entonces me acordé del sumario de su moral, que me habla expuesto la señora de Épinay, quien lo había adoptado. Este sumario consistía en un solo articulo; a saber: que el único deber del hombre es seguir las inclinaciones de su corazón. Cuando supe que tenía este principio, me dio mucho en qué pensar, pero en breve me convencí de que este principio era la regla de su conducta, y en lo sucesivo me dió de ello, desgraciadamente, hartas pruebas. Ésta es la doctrina interna de que tanto me ha hablado Diderot; pero que jamás me ha explicado.

Recordé también los frecuentes avisos que me había dado, hacía muchos años, de que este hombre era falso, que sabía jugar con los sentimientos, y sobre todo, que no me quería. Me acordé de varias anécdotas que con este motivo me habían referido el señor de Francueil y la señora de Chenonceaux, que le tenían en poca estima, y debían conocerle, puesto que ésta era hija de la señora de Rochechouart, íntima amiga del difunto conde de Friése, y que aquél, entonces muy relacionado con el vizconde de Polignac, había frecuentado mucho el palacio real, precisamente cuando Grimm empezaba a introducirse en él. Todo París supo su desesperación después de la muerte del conde de Friése. Fuerza era sostener la reputación que se había granjeado con motivo de los rigores de la señorita Fel, cuya farsa hubiera visto yo mejor que nadie a no haber estado a la sazón tan ciego, y fué preciso llevarle al palacio de Castries, donde desempeñó dignamente su papel, entregado a la más cruel aflicción. Todas las mañanas iba allá a llorar copiosamente en el jardín, teniendo en los ojos su pañuelo bañado en lágrimas, mientras estaba a la vista del palacio; mas al volver por cierta calle del jardín, algunas personas, cuya presencia ignoraba, le vieron meterse al instante el pañuelo en la faltriquera, y sacar un libro. Esta observación repetida fué pronto divulgada por París y casi al mismo tiempo olvidada. Yo mismo la había olvidado, pero me la trajo nuevamente a la memoria lo que pasó conmigo. Me hallaba gravemente enfermo en la calle de Grenelle: él estaba en el campo, y una mañana vino sin aliento, diciendo que acababa de llegar en aquel momento; un instante después supe que había llegado la víspera, y que se le había visto en el teatro aquel mismo día.

Recordé mil hechos de esta especie; pero lo que sobre todo me sorprendió fué una observación que extrañé haber tardado tanto en hacer. Había proporcionado a Grimm el conocimiento de todos mis amigos, y todos habían pasado a serlo suyos. Tanto me costaba separarme de él, que casi no hubiera querido conservar la entrada de una casa donde él no hubiese sido recibido. Sólo rehusó admitirlo la señora de Créqui, y así casi desde entonces dejé de visitarla. Por su parte Grimm se procuró otros amigos de su clase como de la del conde de Friése. De todos estos amigos jamás lo ha sido mío ni uno sólo; él nunca me dijo una sola palabra siquiera para dármelos a conocer; y de cuantos he encontrado alguna vez en su casa, ninguno me ha manifestado jamás la menor benevolencia, ni el mismo conde de Friése en cuya casa vivía Grimm, y con el cual por consiguiente me hubiera sido grato entrar en relaciones, ni con el conde de Schomberg, pariente suyo, con quien Grimm tenía más familiaridad.

Más aún; mis propios amigos, que yo hice suyos y que todos me eran afectos antes de conocerle a él, cambiaron después visiblemente con respecto a mí. Nunca me ha puesto en contacto con ninguno de los suyos; yo le proporcioné todos los míos, y acabó por quitármelos todos. Si éstos son los efectos de la amistad, ¿cuáles serán, pues, los del odio?

Al principio, el mismo Diderot me advirtió varias veces que Grimm, que tanta confianza me merecía, no era amigo mío. Posteriormente usó otro lenguaje cuando él mismo hubo de dejar de serlo.

El modo como había dispuesto de mis hijos no me hacia necesario el concurso de nadie. Sin embargo, hícelo saber a mis amigos sólo para que lo supiesen, para no parecer a sus ojos mejor de lo que realmente era. Estos amigos eran tres;

Diderot, Grimm y la señora de Épinay; y Duclos, el más digno de mi confianza, fué el único a quien no la hice. No obstante lo supo. ¿Por quién? Lo ignoro. No es muy probable que esta infidelidad procediese de la señora de Épinay, quien sabía que imitándola, si yo hubiese sido capaz de hacerlo, hubiera podido vengarme cruelmente de ella. Quedan Grimm y Diderot, a la sazón tan estrechamente unidos, sobre todo contra mí, que es por demás probable que este crimen lo cometieron en común. Apostaría que Duclos, a quien no confié mi secreto, y que, por tanto, era dueño de él, ha sido el único que me lo ha guardado.

Grimm y Diderot, en su proyecto de enajenarme a Teresa y a su madre, habían hecho varios esfuerzos para arrastrarle con ellos; pero él les rechazó siempre con desdén. Hasta más tarde no me dijo lo que entre ellos había pasado con este motivo, pero desde luego supe por Teresa lo bastante para ver en todo esto algún secreto designio y que se quería disponer de mí, sino contra mi voluntad, a lo menos sin mi consentimiento; o bien que trataban de emplear a estas dos personas como instrumentos para algún fin misterioso. No era seguramente rectitud todo esto, y la prueba incontestable es que Duclos se oponía a ello. ¡Ahora que vengan y me digan que esto no era amistad!

Esta pretendida amistad me era tan fatal en el interior de casa como fuera de ella. Las largas y frecuentes conversaciones con la señora Le Vasseur, durante muchos años, habían cambiado ostensiblemente a esta mujer con respecto a mí, y este cambio distaba mucho de serme favorable. ¿De qué trataban, pues, en estas singulares entrevistas? ¿A qué venía este profundo misterio? ¿Era bastante agradable la conversación de aquella vieja para que fuese tan afortunada y bastante importante para hacer de ella tan gran secreto? Durante los tres o cuatro años que duraron estos coloquios me habían parecido ridículos; mas, pensando nuevamente en ellos, empezaron a sorprenderme. Esta sorpresa hubiera llegado hasta la inquietud si hubiese sabido lo que esta mujer me preparaba.

A pesar del pretendido celo por mí de que Grimm se vanagloriaba, difícil de conciliar con el tono que adoptaba conmigo, nada me venía de su parte que fuese ventajoso para mí, y la conmiseración que fingía tenerme tendía más bien a envilecerme que a servirme. Hasta me quitaba, cuando le era posible, el recurso del oficio que había escogido, desacreditándome como copista; y en este punto, convengo en que decía la verdad; pero no le tocaba decirla. Probaba que no lo decía en broma sirviéndose de otro copista y no dejándome nada de cuanto podía quitarme. Hubiérase dicho que su proyecto consistía en hacerme depender de él y de su influencia para mi subsistencia, y agotar mis recursos basta que me viese reducido a ello.

Presumiendo todo esto, mi juicio hizo callar a mi corazón, que todavía hablaba en favor suyo. Juzgué su carácter por lo menos sospechoso; y en cuanto a su amistad la tuve por falsa. Luego, resuelto a no verle más, lo participé a la señora de Épinay apoyando mi resolución en varios hechos sin disculpa, que al presente tengo olvidados.

Ella combatió vivamente esta resolución, aunque sin saber qué replicar a los motivos en que estaba fundada. No se había concertado todavía con él; pero al día siguiente, en vez de entenderse verbalmente conmigo, me envió una mañosa carta, que habían redactado juntos y en la cual, sin entrar en el detalle de los hechos, trataba de justificarle aduciéndome su carácter reconcentrado; y, recriminándome por haber sospechado en él perfidia para conmigo, me exhortaba a reconciliarme con él. Esta carta me hizo vacilar, y me acabó de vencer en una conversación que tuvimos después para la cual estaba mejor preparada que la vez primera; llegué a creer que podía haber juzgado mal, y que en este caso, tratándose de un amigo, tenía que reparar una ofensa grave. En una palabra, así como lo había hecho varias veces con Diderot y con el barón de Holbach, por inclinación y debilidad juntamente, di todas las satisfacciones que tenía derecho a exigir; fui a buscar a Grimm, como otro Jorge Dandin, a excusarme de los agravios que él me había inferido; siempre en la falsa persuasión, que me ha hecho cometer mil bajezas con mis fingidos amigos, de que no hay odio que no se desarme a fuerza de dulzura y buenos procederes; mientras que, por el contrario, el rencor de los perversos no hace más que acrecentarse con la imposibilidad de hallar motivo justificado; y el sentimiento de su propia injusticia es un nuevo perjuicio para el que es objeto de ella. Sin salir de mi propia historia, tengo una prueba evidente de esta máxima en Grimm y en Tronchin, que han venido a ser mis enemigos más implacables por gusto, por inclinación, por capricho; sin poder exponer el menor agravio de ninguna especie que de mi hayan recibido, y cuya ira crece de día en día, como la de los tigres, por la facilidad que tienen de satisfacerla.

Yo esperaba que Grimm, confundido por mi condescendencia y por mi iniciativa, me recibiría con los brazos abiertos; pero me recibió a lo emperador romano, con un ceño nuevo para mi. Yo no me hallaba preparado para semejante acogida. Cuando, embarazado con un papel tan poco a propósito para mí, hube expuesto en pocas palabras y con aire tímido el objeto que llevaba, antes de perdonarme y con mucha majestad, pronunció una interminable arenga que tenía preparada y que contenía la larga enumeración de sus virtudes, sobre todo en materia de amistad. Insistió mucho en una idea que al principio me sorprendió vivamente; y fué que todo el mundo le veía conservar siempre los mismos amigos. Mientras él hablaba, yo para mis adentros me decía que sería muy cruel para mi ser yo excepción única de esta regla; mas tanto y con tanta afectación la repitió, que me hizo pensar que si no siguiese más que los sentimientos de su corazón estaría menos prendado de esta máxima y que se servía de ella como de un arma útil a sus miras en los medios de medrar. Hasta entonces me habla hallado en el mismo caso; siempre había conservado todos mis amigos; desde mi más tierna infancia ni uno solo habla perdido, a no ser por la muerte, y, no obstante, hasta entonces nunca me habla fijado en ello; no era efecto de una máxima que yo me hubiese prescrito. Y siendo una ventaja común a ambos, ¿a qué venía a jactarse de ella como de una superioridad sobre mí, si de antemano no trataba de quitármela? Enseguida trató de humillarme enumerando las pruebas de la preferencia que obtenía de nuestros comunes amigos. Yo lo veía tan bien como él; la cuestión estaba en saber cómo la había obtenido: si a fuerza de méritos o de astucia, si elevándose él o rebajándome a mí. En fin, cuando hubo marcado a su gusto toda la distancia que de él me separaba para realzar el valor de la gracia que iba a concederme, nos dimos el ósculo de paz en un ligero abrazo que pareció el que da el rey a los nuevos caballeros. Yo no sabía lo que me pasaba, estaba absorto; no sabía qué decir, ni acertaba a despegar los labios. Esta escena tuvo enteramente el carácter de la amonestación que dirige un preceptor a sus discípulos. No puedo recordarla sin pensar cuán engañosos son los juicios fundados en las apariencias, a que tanto crédito da el vulgo, y cuán frecuentemente la audacia y la altivez están de parte del culpable, mientras el inocente se halla confuso y avergonzado.

Estábamos reconciliados, y siempre era esto un alivio para mi corazón, que tanto sufre con la discordia. Como se comprende, con semejante avenencia no cambió Grimm su modo de obrar; sólo sirvió para quitarme a mí el derecho de quejarme. Así, pues, tomé la resolución de sufrirlo todo, sin decir una palabra.

Tantos sufrimientos repetidos me sumieron en una postración que me dejó casi sin fuerzas para recobrar el dominio sobre mí mismo. Sin tener contestación de Saint-Lambert, olvidado de la señora de Houdetot, sin osar franquearme con nadie, empecé a temer que, haciendo de la amistad el ídolo de mi corazón, había sacrificado mi vida a una quimera. Hecha la prueba de todas mis relaciones, sólo quedaban dos hombres que hubiesen conservado toda mi estimación, y en quienes podía confiar mi corazón: Duclos, a quien había perdido de vista desde mi retiro en el Ermitage, y Saint-Lambert. Respecto al segundo, creí no poder reparar bastante lo mal que había obrado con él sino abriendo a sus ojos mi corazón; y resolví hacerle mis confesiones sin reserva en cuanto no comprometiesen a su amada. No me cabe duda de que este camino era un nuevo lazo que mi pasión me tendía queriendo aproximarme a ella; pero lo cierto es que yo me habría echado sin reserva en los brazos de su amante, que me habría entregado completamente a su dirección, y que habría llevado la franqueza hasta donde podía llegar. Ya me resolvía a escribirle una segunda carta, a la cual estaba seguro de obtener contestación, cuando supe la triste causa de su silencio a la primera- No había podido resistir hasta el fin las fatigas de aquella campaña. La señora de Épinay me dijo que acababa de sufrir un ataque de parálisis; y la señora de Houdetot, que acabó por enfermar de aflicción, y no pudo escribirme desde luego, me participó desde París, donde se hallaba, dos o tres días después que se hacía conducir a tomar los baños de Aix-la-Chapelle. No diré que esta infausta nueva me afligiese tanto como a ella; pero dudo mucho que la opresión que me causó fuese menos dolorosa que su dolor y sus lágrimas. El sentimiento de que se hallase en tal estado, aumentado con el temor de que la inquietud hubiese contribuido a ello, me conmovió más que todo cuanto hasta entonces me habla sucedido; y sentí cruelmente que, en mi propia estimación, me faltaba la fuerza necesaria para soportar tanta pena. Por fortuna este generoso amigo no me dejó mucho tiempo en tal abatimiento; a pesar de su ataque no me olvidó, y no tardé en saber por él mismo que había juzgado harto mal de su estado y sentimientos. Pero ya es tiempo de entrar en la exposición de la gran revolución de mi destino, de la gran catástrofe que ha dividido mi vida en dos partes tan distintas, y que ha hecho que de una causa muy leve hayan resultado tan terribles efectos.

Un día, cuando menos lo pensaba, la señora de Épinay me envió a buscar. Al entrar, noté en sus ojos y en todo su aspecto una turbación que me sorprendió tanto más cuanto que era en ella muy extraordinaria, pues nadie sabía ordenar mejor su semblante y todos sus movimientos. "Amigo mío -me dijo- parto para Ginebra, mi pecho se halla en mal estado, pierdo la salud de tal modo que es preciso abandonarlo todo e irme a consultar a Tronchin». Esta resolución, tan bruscamente tomada, y al comenzar la estación rigurosa, me sorprendió tanto más cuanto que la había dejado treinta y seis horas antes sin que se tratara de ello. Yo le pregunté quién la acompañaba, y me dijo que su hijo y el señor de Linant, añadiendo con cierto abandono: "Y ¿vos, oso mío, no vendréis también?". Como no creí que hablase con formalidad, sabiendo que, en la estación que iba a entrar, apenas me hallaba yo en estado de salir de casa, me chanceé con motivo de la utilidad que podría reportar a un enfermo la compañía de otro enfermo; ella pareció no haberme hecho de veras esta proposición, y no se habló más del asunto. Luego conversamos solamente de los preparativos de su viaje, de que se ocupaba con mucha diligencia, resuelta como estaba a partir dentro de quince días.

No se necesitaba gran penetración para comprender que este viaje tenía un motivo secreto que se me ocultaba. Este secreto, que lo era también para todos los de la casa, fué descubierto el día siguiente por Teresa, a quien se lo reveló Teissier, el maestresala, quien lo supo de la doncella. Aunque no lo deba a la señora de Épinay, está harto enlazado con los que de ella poseo para que pueda separarlo; así, guardaré silencio sobre este punto. Mas estos secretos, que no han salido ni saldrán jamás de mis labios ni de mi pluma, han sido harto sabidos para que puedan ignorarlos todas las personas que rodeaban a la señora de Épinay.

Conocido el motivo de este viaje, hubiera reconocido el secreto impulso de una mano enemiga, en la tentativa de hacerme ir como rodrigón de la señora de Épinay; pero ella insistió tan poco, que me hizo persistir en mi creencia de que esta tentativa no era formal, y me reí del magnífico papel que habría representado si hubiese cometido la tontería de aceptar. Por lo demás, ella ganó mucho con mi negativa, pues logró que su mismo marido la acompañara.

Algunos días después, recibí de Diderot la carta que voy a transcribir. Este billete, doblado muy rudimentariamente de modo que pudiese leerse fácilmente sin abrirlo, me fué dirigido a casa de la señora de Épinay, y encargado al señor de Linant, ayo del hijo y confidente de su madre.

BILLETE DE DIDEROT (Legajo A, núm. 52)

"He nacido para amaros y causaros sinsabores. Acabo de saber que la señora de Épinay va a Ginebra y no se dice que vos la acompañéis. Amigo mío, si estáis contento de ella debéis iros con ella; si os tiene disgustado debéis iros mucho más aprisa. ¿Acaso os molesta el peso de las obligaciones que tenéis con ella? Pues he ahí una ocasión propicia para satisfacerlas en parte y quitaros algún peso de encima. Tal vez no hallaréis otra en vuestra vida en que podáis manifestarle vuestro agradecimiento. Va a un país donde se hallará como caída de las nubes. Se halla enferma y necesitará entretenimientos y distracciones. ¡Y en invierno, amigo mío! La objeción de vuestra salud es quizá más importante de lo que yo creo; pero, ¿estáis hoy peor que un mes atrás y de lo que lo estaréis al entrar la primavera? ¿Haréis mejor el viaje dentro de tres meses? En cuanto a mí> os aseguro que si no pudiese tolerar la silla de manos, tomaría un bastón y la seguiría a pie. Y luego, ¿no teméis que se interprete mal vuestra conducta? Se os tachará de ingrato o de que os retiene algún motivo secreto. Ya sé muy bien que como quiera que obréis siempre tendréis el sentimiento de la conciencia; pero, ¿es bastante acaso? ¿Se puede hasta cierto punto menospreciar el de los demás hombres? Por lo demás, amigo mío, yo os escribo esta carta para desquitarme con vos y conmigo mismo. Si os desagrada, arrojadla al fuego, y no nos acordemos de ella> como si no la hubiese escrito. Os saludo> os quiero y os abrazo.

El temblor de la cólera, la turbación que me dominaban al leer esta carta, y que apenas me permitieron concluir, no me impidieron notar la destreza con que Diderot fingía en ella un tono más dulce, más cariñoso, más digno que en todas las demás suyas, en que me trataba a lo más de querido, sin dignarse darme el nombre de amigo. Fácilmente vi por qué venia indirectamente esta carta, cuyo sobrescrito, forma y marcha disimulaban bastante mal el rodeo que había dado; porque ordinariamente nos escribíamos por el correo, o por las mensajerías de Montmorency, siendo ésta la primera y única vez que se sirvió de aquel conducto

Cuando el primer arrebato de indignación me permitió escribir, tracé precipitadamente la siguiente respuesta, que llevé enseguida del Ermitage, en donde a la sazón me hallaba, a la Chevrette, para mostrarla a la señora de Épinay, a quien en mi ciego enojo quise leerla yo mismo, así como la carta de Diderot.

"Querido amigo: no podéis saber la importancia de las atenciones que debo a la señora de Épinay, ni hasta qué punto me sujetan, ni si realmente me necesita en su viaje, ni si desea que yo la acompañe, ni si me es posible hacerlo, ni las razones que pueda tener para abstenerme. No me niego a discutir con vos todos estos puntos; pero, entre tanto, convengamos en que prescribirme lo que debo hacer de un modo tan terminante, sin hallaros bien enterado, es, mi querido filósofo, obrar con ligereza. Lo peor que veo en todo esto es que el consejo no proviene de vos, y además de que no estoy dispuesto a dejarme conducir, a la sombra de vuestro nombre, por un tercero, ni por un cuarto; en todo esto hallo ciertos rodeos que no hablan muy alto en favor de vuestra franqueza y de que en obsequio vuestro y mío haréis muy bien de absteneros en adelante.

"Teméis que se interprete mal mi conducta; mas yo apuesto a que un corazón como el vuestro es incapaz de pensar mal del mío. Otros tal vez hablarían mejor de mí si me pareciese más a ellos. ¡Líbreme Dios de merecer su aprobación! Que me espíen e interpreten los malvados. Rousseau no es hombre que los tema, ni Diderot es hombre para escucharlos.

"Queréis que arroje al fuego vuestro billete si me desagrada, y que no se hable más del asunto: ¿creéis que así se olvida lo que de vos proviene? Amigo mío, tan poco os importan mis lágrimas, en los sinsabores que me dais, como mi vida y mi salud, por los cuidados que me exhortáis a tomar. Si pudieseis corregiros de esto, vuestra amistad me sería más grata, y yo sería menos digno de lástima."

Al entrar en la habitación de la señora de Épinay, hallé a Grimm con ella, y me alegré de ello. Leíles en voz alta y clara ambas cartas con una intrepidez de que no me hubiera creído capaz, añadiendo al concluir algunas frases que no la desmentían. En vista de esta audacia inesperada en un hombre de ordinario tan tímido los vi a ambos aterrados y aturdidos, sin responder palabra; vi sobre todo a este hombre arrogante bajar los ojos, incapaz de sostener el fuego de mis miradas; mas en el instante mismo en el fondo de su alma juraba mi perdición, y estoy seguro de que la fraguaron antes de separarse.

Poco más o menos por este tiempo fué cuando recibí al fin, por intermedio de la señora de Houdetot, la respuesta de Saint-Lambert (Legajo A, núm. 57), fechada aún en Wolfenbuttel, pocos días después de su accidente, a mi carta, que había estado mucho tiempo en el camino. Esta respuesta me proporcionó un gran consuelo, que mucho a la sazón necesitaba, por el testimonio de estima y amistad que contenía, y me dió valor y fuerzas para merecerlas. Desde este instante cumplí con mi deber; mas es indudable que si Saint-Lambert hubiese sido menos sensato, menos generoso, menos discreto, yo estaba perdido sin remedio.

La estación iba siendo cruda y todo el mundo abandonaba el campo. La señora de Houdetot me indicó el día en que se proponía venir a despedirse de la campiña y me citó en Eaubonne. Casualmente este día fué el mismo en que la señora de Épinay salía de la Chevrette para ir a terminar en París los preparativos de su viaje. Afortunadamente partió por la mañana, y, al despedirla, aún tuve tiempo de ir a comer con su cuñada. Llevaba en el bolsillo la carta de Saint-Lambert, que leí varias veces durante el trayecto, y me sirvió de égida contra mi debilidad. Tomé y llevé a cabo la resolución de no ver en la señora de Houdetot más que a mi amiga y la amante de mi amigo; y pasé a solas con ella cuatro o cinco horas en deliciosa calma, infinitamente preferible, aun como goce, a esos accesos de ardiente fiebre que hasta entonces había experimentado junto a ella. Como sabía muy bien que mi corazón no habla cambiado, agradeció los esfuerzos que hice para dominarme, me apreció más, y tuve la satisfacción de ver que su amistad no se había extinguido. Hízome saber que Saint-Lambert estaba próximo a regresar; pues, aunque bastante restablecido de su ataque, ya no se hallaba en estado de soportar las fatigas de la guerra y abandonaba el servicio para venirse a vivir tranquilamente a su lado. Concebimos el bello proyecto de una estrecha unión entre los tres, y podíamos esperar que su realización seria duradera, puesto que formaban su base todos los sentimientos que pueden unir a corazones sensibles y rectos, y entre los tres reuníamos bastantes conocimientos para bastarnos a nosotros mismos sin necesidad de elementos ajenos. ¡Ay de mí! ¡Cuándo así me entregaba a la esperanza de tan dulce vida, lejos estaba de imaginar la que me esperaba!

Enseguida hablamos de mi situación presente respecto a la señora de Épinay. Le enseñé la carta de Diderot y mi respuesta; hícele una relación detallada de cuanto había pasado y le manifesté mi resolución de marcharme del Ermitage. Ella se opuso vivamente y con razones poderosas para mi corazón; díjome cuánto le habría gustado que yo hubiese hecho el viaje de Ginebra, previendo que no dejarían de comprometerla tomando pie de mi negativa, que es lo que parecía indicar de antemano la carta de Diderot. Sin embargo, como sabía mis motivos tan bien como yo mismo, no insistió sobre este punto, pero me recomendó que evitase a cualquier precio todo rompimiento y paliase mi negativa con razones bastante plausibles para alejar la injusta sospecha de que ella pudiese tener parte en mi resolución. Le dije que no me imponía una tarea fácil; pero que, resuelto a expiar mis faltas, aun a trueque de mi reputación, quería anteponer la suya a la mía en cuanto el honor me lo permitiese. Luego se conocerá si he sabido cumplir mi palabra.

Puedo jurar que, lejos de haber perdido mi desgraciada pasión nada de su fuerza, jamás amé a mi Sofía tan viva y tiernamente como aquel día. Mas fué tal la impresión que la carta de Saint-Lambert, el sentimiento del deber, y el horror de la perfidia me causaron, que, durante esta entrevista, mis sentidos me dejaron completamente en paz a su lado, y ni siquiera tuve la tentación de besarle la mano. Al despedirnos, ella me dió un beso en presencia de su servidumbre. Este beso, tan diferente de los que le había arrebatado bajo el follaje, me probó que había recobrado el imperio sobre mí mismo; estoy casi seguro de que si mi corazón hubiese podido fortalecerse en la calma, en menos de tres meses habría curado radicalmente.

Aquí concluyen mis relaciones personales con la señora de Houdetot, relaciones de que cada cual puede haber juzgado por las apariencias según las inclinaciones de su propio corazón, pero durante las cuales la pasión que me inspiró esta amable mujer, pasión quizá la más viva que hombre alguno haya sentido, se elevará siempre a gran altura entre el cielo y nuestras almas, por los raros y penosos sacrificios que hicimos ambos en aras del deber, del honor, del amor y de la amistad. Nos habíamos elevado demasiado uno a los ojos de otro, para envilecernos fácilmente. Para resolverse a perder una estima de tanto precio hubiera sido necesario ser indignos de ella; y la misma energía de los sentimientos que nos podían hacer culpables fué lo que nos impidió llegar a serlo.

Así es cómo, después de una amistad tan prolongada con una de estas dos mujeres, y un amor tan ardiente hacia la otra, me despedí separadamente de las dos en un mismo día, de la una para no volver a verla en mi vida, y de la otra para no verla más que dos veces en las ocasiones que diré luego.

Después de su partida me hallé perplejo ante la perspectiva de tener que llenar deberes apremiantes y contradictorios, efecto de mis imprudencias. Si yo me hubiese hallado en situación normal, después de la proposición del viaje a Ginebra y de haberlo rehusado, no tenía que hacer sino quedarme tranquilo, y estaba dicho todo. Pero las cosas no podían quedar en el estado en que yo imprudentemente las había colocado, y no podía evitar ulteriores explicaciones sino dejando el Ermitage; precisamente lo que acababa de prometer a la señora de Houdetot que no haría, a lo menos por de pronto. Además me había exigido que diese a mis pretendidos amigos motivos que justificasen mi negativa a emprender el viaje, a fin de que no se la imputasen a ella. No obstante, yo no podía alegar la verdadera causa sin ofender a la señora de Épinay, a quien a la verdad debía estar agradecido después de cuanto había hecho por mi. Bien considerado todo, me hallaba en la dura pero inevitable alternativa de faltar a la señora de Épinay, a la señora de Houdetot, o a mí mismo, y me resolví por lo último. Tomé esta resolución con orgullo, plenamente, sin tergiversar y con una generosidad digna, seguramente, de borrar las faltas que me habían reducido a este extremo. Este sacrificio, de que mis enemigos han sabido sacar partido y que tal vez esperaban, ha sido la causa de la pérdida de mi reputación, y, por el buen cuidado que han puesto en ello, me ha enajenado la estimación pública; pero me ha devuelto la mía, y me ha consolado en mis aflicciones. Como se verá, no es la última vez que he hecho semejantes sacrificios, ni la última tampoco en que se hayan valido de ellos para agobiarme.

El único que me pareció no haber tomado parte alguna en este enredo fué Grimm, y a él resolví dirigirme. Escribíle una larga carta, manifestando lo ridículo de querer que tuviese la obligación de hacer este viaje a Ginebra; la inutilidad y además el estorbo que hubiera proporcionado a la señora de Epinay, y los inconvenientes que habrían resultado para mí mismo. No pude resistir en esta carta a la tentación de dejarle entrever que yo estaba enterado de todo, y que me parecía singular la tentación de que fuese yo el acompañante, mientras él se creía dispensado de ello, y nadie hacía mención de él. Esta carta, en que no pudiendo exponer claramente mis razones, me vi obligado a salirme de la cuestión a menudo, a los ojos del público me habría hecho aparecer como culpable por varias causas; pero era un ejemplo de reserva y de discreción para las personas que, como Grimm, estaban enteradas de lo que en ella me callaba y que justificaban plenamente mi conducta. Tampoco temí poner un motivo más en contra mía, dando a conocer a mis demás amigos el parecer de Diderot, para insinuar que la señora de Houdetot había pensado del mismo modo, como era de verdad, pero callando que hubiese cambiado de parecer en vista de mis razones. De ningún otro modo podía destruir mejor la sospecha de connivencia conmigo, más que pareciendo descontento de ella en este asunto.

Esta carta terminaba con un acto de confianza que a cualquiera habría conmovido; pues exhortando a Grimm a que pesara mis razones y a que me diese su parecer, le decía que, cualquiera que fuese, éste sería el que seguiría; y ésta era mi intención, aunque hubiese opinado por mi partida; porque habiendo sido el señor de Épinay acompañante de su mujer en este viaje, el mío tomaba entonces un carácter muy diferente; mientras que al principio quisieron darme a mí este empleo, y no se pensó en él sino después de mi negativa.

La respuesta de Grimm se hizo esperar y fué extraña. Voy a transcribirla (Legajo A, núm. 59).

"La marcha de la señora de Épinay se ha diferido; su hijo está enfermo y es preciso esperar a que se halle restablecido. Meditaré vuestra carta. Entre tanto, estad tranquilo en vuestro Ermitage, yo os haré avisar a tiempo. Como regularmente tardará algunos días en marchar, no hay que apresurarse. Si lo juzgáis conveniente, podéis mientras tanto ofreceros a ella, aunque esto además me parece inútil, pues conociendo vuestra posición tan bien como vos mismo, no dudo que responderá como debe a vuestro ofrecimiento; y lo que vais a ganar con todo esto es que podréis decir a los que os censuren que si no habéis ido, no es por no haberos brindado. Por lo demás, no sé por qué os empeñáis en que el filósofo sea el portavoz de todo el mundo; y por qué, siendo su consejo que partáis, creéis que todos vuestros amigos pretenden lo mismo. Si escribís a madame de Épinay, su respuesta puede serviros de réplica a todos sus amigos, puesto que tanto es vuestro anhelo replicarles. Adiós, saludad a la señora de Le Vasseur y al Criminal".

Sorprendido con la lectura de esta carta, indagaba con inquietud lo que podía significar, y no encontraba nada. ¡Cómo! ¡En vez de responder simplemente a mí carta, se toma tiempo para pensar en ella, como si no le hubiese bastado el que había dejado transcurrir! Hasta me advierte la suspensión en que me quiere tener, como si se tratase de resolver un profundo problema, como si le conviniese quitarme todo medio de penetrar su modo de sentir hasta el momento en que quiera declarármelo. ¿Qué significan estas precauciones, retardos y misterios? ¿Es así cómo se responde a la confianza? ¿Es éste el comportamiento de la rectitud y de la buena fe? En vano buscaba alguna interpretación favorable a esta conducta. Cualquiera que fuese su designio, siéndome contrario, su posición le facilitaba el medio de ejecutarlo, sin que yo por la mía pudiese oponerle ningún obstáculo. Siendo favorito en casa de un alto príncipe conocido en el gran mundo, dando el tono a las reuniones y círculos que nos eran comunes y en los que era oráculo, podía con su ordinaria astucia, disponer de todos sus resortes; y a mí, solo en mi Ermitage, alejado de todo, sin ayuda de nadie, sin ninguna comunicación, no me quedaba más que esperar y estar tranquilo; sólo escribí a la señora de Epinay, con motivo de la enfermedad de su hijo, una carta tan cortés, cuanto era dable, pero sin caer en el lazo de ofrecerme a ir con ella.

Después de un eterno esperar en la cruel incertidumbre en que este hombre bárbaro me había sumergido, supe, al cabo de ocho o diez días, que la señora de Épinay había partido, y aquél me dirigió una segunda carta. Constaba sólo de ocho o diez líneas, que no acabé de leer... Era un rompimiento, pero en términos tales, como puede dictarlos solamente el odio más infernal, y hasta eran estúpidos a fuerza de querer ser ofensivos. Me ordenaba que no compareciese más a su presencia, como el rey que destierra de sus estados a un vasallo. Para que su carta sirviese de risa no faltaba más que leerla con más sangre fría. Sin copiarla, aun sin acabar de leerla, se la devolví inmediatamente con la adjunta: "Yo me oponía a la justa desconfianza que inspirabais; acabo de conoceros demasiado tarde. "He aquí la carta que os habéis querido tomar tiempo para meditaros la devuelvo; no es para mí. Podéis mostrar la mía a todo el mundo, y aborrecerme abiertamente; siempre será, por vuestra parte, una falsedad menos."

Lo que le decía sobre poder presentar mi carta anterior, se refería a una cláusula de la suya donde se puede conocer la refinada astucia que desplegó en todo este asunto.

He dicho que para las personas que no estuviesen enteradas, mi carta podía hacerme juzgar mal. Él lo vió con placer; pero ¿cómo prevalerse de esta ventaja sin comprometerse? Mostrando esta carta se exponía a ser tachado de abusar de la confianza de su amigo.

Para salir de apuros, imaginó romper conmigo del modo más ofensivo que le fuese posible; envaneciéndose en su carta del favor que me dispensaba no dando a conocer la mía. Bien seguro estaba él de que, llevado de la indignación, rehusaría su fingida discreción, y le permitiría manifestar mi carta a todo el mundo. Esto era precisamente lo que deseaba, y todo fué como lo había preparado. Hizo correr mi carta por todo París, acompañada de comentarios de su cosecha, que, no obstante, no lograron todo el éxito que él se había prometido. El permiso de enseñar mi carta, que había sabido arrancarme, no bastó para que dejase de vituperarse la facilidad con que me había cogido por la palabra para hacerme daño. A todos se les ocurría preguntar qué agravios personales le había inferido para autorizar un odio tan violento. En fin, resultaba que aun cuando yo hubiese cometido tales faltas que le hubiesen obligado a romper la amistad, aun después de extinguida, siempre conservaba derechos que él hubiera debido respetar. Pero desgraciadamente, París es frívolo; estas observaciones del momento se olvidan; el que está en auge se mantiene; el manejo de la intriga y la perversión se renueva, y su efecto, renaciendo sin cesar, pronto borra cuanto le ha precedido.

He aquí de qué manera, después de haberme estado engañando durante tanto tiempo, al fin este hombre se quitó la máscara ante mí, persuadido de que, en el estado a que había llevado las cosas, dejaba de necesitar de ella. Yo, libre del temor de ser injusto con este miserable, le abandoné a su propia conciencia, y dejé de pensar en él. Ocho días después de haber recibido esta carta, obtuve la respuesta a la que había dirigido a la señora de Épinay, fechada en Ginebra (Legajo B, núm. 10). Por el tono que en ella empleaba por vez primera en su vida, comprendí que, contando con el buen resultado de sus medidas, obraban ambos de concierto, y que teniéndome por hombre perdido sin remedio, se abandonaban sin riesgo en adelante al placer de acabar de aplastarme.

En efecto, mi situación era deplorable. Veíame abandonado de todos mis amigos, sin saber por qué ni cómo. Diderot, que se jactaba de continuar siéndome fiel él solo y que hacía tres meses que me estaba prometiendo una visita, no hallaba nunca el momento de hacerla. El invierno empezaba a dejarse sentir y con él los ataques de mis ordinarias dolencias. A pesar de ser vigoroso, mi temperamento no había podido soportar el combate de tan contrarias pasiones. Me hallaba en una postración tal, que no me dejaba fuerzas ni valor para resistir nada; aun cuando mis compromisos y las continuas observaciones de Diderot y de la señora de Houdetot me hubiesen permitido abandonar el Ermitage en esos momentos, no sabía a dónde ir ni cómo hacer el trayecto. Me hallaba inmóvil y estupefacto, sin poder obrar ni pensar. La sola idea de tener que dar un paso, que escribir una carta, que pronunciar una palabra, me hacía temblar. Con todo, no podía dejar de contestar a la señora de Épinay, a menos de confesarme digno de las calificaciones con que ella y su amigo me abrumaban. Determíneme a participarle mis sentimientos y resoluciones, no dudando un solo instante que por humanidad, por generosidad, por bien parecer y por los buenos sentimientos que había creído descubrir en ella, a pesar de los malvados, se apresuraría a acceder a ellos. He aquí mi carta:

"En el ERMITAGE 23 de noviembre de 1757.

"Si se muriese de dolor, no vivirla yo. Pero, en fin, he tomado una resolución. Se ha extinguido la amistad entré nosotros; pero la que ya no existe conserva derechos que se respetar. No he olvidado las mercedes que os debo y podéis estar segura de obtener de mí todo el agradecimiento que se debe a quien se tiene la obligación de dejar de amar. Cualquiera otra explicación sería inútil: yo tengo el testimonio de mi conciencia y os remito a la vuestra.

"He querido salir del Ermitage, como era mi deber; pero pretenden que es necesario que permanezca en él hasta la primavera, y puesto que lo quieren mis amigos, esperaré aquella estación aquí, si consentís en ello".

Una vez escrita y expedida esta carta, no pensé más que en tranquilizarme, cuidando de mi salud, procurando recobrar mis fuerzas y tomar las medidas oportunas para salir en la primavera sin ruido y sin publicar un rompimiento. Pero así no les salía la cuenta al señor Grimm y a la señora de Épinay, como se verá luego.

Por fin, algunos días después tuve el placer de recibir de Diderot la visita tantas veces prometida y no cumplida. No podía venir más a propósito; era mi más antiguo amigo, casi el único que me quedaba; puede juzgarse cuánto placer tuve al verlo en esas circunstancias. Tenía el corazón oprimido y me desahogué en su seno. Le aclaré muchos hechos que le habían ocultado, disfrazado o supuesto; le referí cuanto me era permitido de lo que había pasado; no quise ocultarle lo que sabía demasiado, a saber, que un amor tan desgraciado como insensato había sido el instrumento de mi perdición; pero jamás convine en que la señora de Houdetot lo supiese, o a lo menos que supiese que yo se lo hubiese declarado. Le hablé de los indignos manejos de la señora de Épinay para sorprender las inocentes cartas que su cuñada me escribía. Quise que oyese estos detalles de la propia boca de las personas a quienes aquélla había tratado de seducir. Teresa hizo el relato exacto; pero, ¡cuál fué mi asombro cuando tocó el turno a la madre, y le oí declarar y sostener que no sabía palabra del asunto! Éstas fueron sus palabras, y jamás se contradijo. Aún no hacía cuatro días que me había repetido el relato a mí mismo, y ahora me desmentía a la faz de mi amigo. Este rasgo me pareció decisivo, y entonces sentí vivamente la imprudencia que había cometido conservando tanto tiempo a mi lado una mujer semejante. No me deshice en invectivas contra ella; apenas me digné dirigirle algunas palabras de desprecio, y conocí cuánto debía a la hija, cuya inquebrantable rectitud contrastaba con la indigna ruindad de la madre. Mas desde aquel momento tomé una resolución respecto de la vieja, y sólo esperé el momento oportuno para llevarla a cabo.

Este momento llegó más pronto de lo que yo esperaba. El día 10 de diciembre recibí de la señora de Épinay la respuesta a mi carta precedente. He aquí su contenido:

"GINEBRA, 1º de diciembre de 1757. Legajo B, núm. 11 -

"Después de haberos dado, durante muchos años, todas las pruebas posibles de interés y de amistad, no me queda más que compadeceros. Sois muy desdichado. Deseo que vuestra conciencia esté tan tranquila como la mía; quizá sea esto necesario para el reposo de vuestra vida.

"Puesto que queríais salir del Ermitage, y puesto que debíais hacerlo, extraño que vuestros amigos os hayan retenido. De mi sabré deciros que no consulto a los míos acerca de mis deberes; nada más tengo que deciros acerca de los vuestros".

Una despedida tan imprevista, pero expresada con tanta precisión no me dejaba un instante que vacilar. Era forzoso salir inmediatamente, cualquiera que fuese el tiempo que hiciera, en cualquier estado que me hallara, aunque hubiera de acostarme en los bosques y sobre la nieve, de que estaba entonces cubierta la tierra, y a pesar de lo que pudiera decirme la señora de Houdetot; pues yo bien deseaba complacerla en todo, pero no hasta la infamia.

Halléme en el mayor apuro de mi vida; pero estaba firmemente resuelto y juré estar a los ocho días fuera del Ermitage a todo evento. Me propuse sacar mis ropas y papeles, resuelto a abandonarlos en el campo si fuese necesario, con tal de devolver las llaves dentro de los ocho días, pues lo que principalmente quería era que estuviese hecho todo antes de que se pudiese escribir a Ginebra y recibir contestación. Me sentía con más valor que nunca y había recobrado todas mis fuerzas, que el honor y la indignación me devolvieron. La señora de Épinay había contado que éstas me faltarían, mas la fortuna ayudó mi audacia; el señor Mathas, procurador fiscal del príncipe de Conde, oyó hablar de mis apuros y me hizo ofrecer una pequeña casa que tenía en su jardín de Mont-Louis, en Montmorency, que acepté sin vacilar, con gratitud. Pronto nos convinimos en cuanto al precio; hice comprar apresuradamente algunos muebles; a fin de disponer con ellos y con los que teníamos un dormitorio para Teresa y para mí. Mandé trasladar mis baúles con gran trabajo y excesivo costo; mas, a pesar del hielo y de la nieve, en dos días desalojé el Ermitage y el día 15 de diciembre entregué las llaves, después de haber pagado los salarios del jardinero, puesto que no podía pagar el alquiler.

En cuanto a la señora Le Vasseur, le declaré la necesidad de separarnos; su hija trató de disuadirme, pero fui inflexible. Hícela marchar a París en el coche de las mensajerías, con todos los muebles y objetos que eran comunes a la madre y a la hija. Entreguéle algún dinero y me obligué a pagar el alquiler de su habitación en casa de sus hijos o en otra parte, a proveer a su subsistencia mientras me fuese posible, y a no dejarla sin pan mientras lo tuviera para mi.

En fin, a los dos días de mi llegada a Mont-Louis, escribí a la señora de Épinay la siguiente carta:

"MONTMORENCY, 17 de diciembre de 1757.

"Señora: Nada es más natural y necesario que salir de vuestra casa, puesto que no aprobáis mi permanencia en ella. En vista de haberos negado a consentir que pasase el resto del invierno en el Ermitage, salí de él el día 15. Era mi destino entrar y salir de él contra mi voluntad. Os agradezco el tiempo que me habéis inducido a permanecer allí, y os lo agradecería mucho más si no me hubiese costado tan caro. Por lo demás, razón tenéis en creerme desdichado; nadie mejor que vos sabe cuánto debo serlo. Si es una desgracia equivocarse en la elección de los amigos, también lo es, y no menos cruel, sufrir el desengaño de un error tan agradable."

Tal es el relato fiel de mi permanencia en el Ermitage y de los motivos que me obligaron a salir de él. No me ha sido posible suspenderlo, y me importaba seguirlo con la mayor exactitud, porque esta época de mi vida ha tenido en lo sucesivo una influencia que se extenderá hasta mis últimas horas.