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Las Confesiones.  Jean Jacques Rousseau
Capítulo 7. LIBRO SÉPTIMO. 1741
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Después de dos años de silencio y de paciencia, a despecho de mi resolución, vuelvo a tomar la pluma. Lector: suspende tu juicio acerca de los motivos que me obligan a ello, porque no puedes juzgar hasta después de haberme leído.

Se ha visto deslizarse mí apacible juventud en una vida tranquila, bastante dulce, sin grandes reveses ni grandes prosperidades. Esta medianía fué, en gran parte, efecto de mi naturaleza ardiente pero endeble, más propia para descorazonarme que para emprender; la cual, saliendo del reposo por medio de sacudidas violentas, pero volviendo a él por cansancio y por gusto, conduciéndome siempre lejos de las grandes virtudes y más aun de los grandes vicios, a la vida ociosa y tranquila para la cual me sentía nacido, no me permitió nunca en bien ni en mal, lanzarme a nada grande.

¡Qué cuadro tan diferente tendré que trazar dentro de poco! La suerte, que durante treinta años favoreció mis inclinaciones, las contrarió durante otros treinta, y de esta oposición continuada entre mi situación y mis inclinaciones se verán nacer faltas enormes, inauditas desventuras y. excepto la fuerza, todas las virtudes que pueden honrar a la adversidad.

La primera parte de mi vida ha sido escrita toda de memoria y por lo tanto he debido cometer muchos errores. Obligado a escribir la segunda de memoria también, probablemente cometeré muchos más. Los dulces recuerdos de mis bellos años, pasados con tanta tranquilidad como inocencia, me han dejado mil gratas impresiones, que me halaga de continuo recordar. Pronto se verá cuán diferentes son los del resto de mi existencia. Recordarlos es renovar su amargura. Lejos de agriar la de mi situación con estos tristes recuerdos los evito cuanto puedo; y a veces lo he logrado hasta el punto de no poder hacerlos revivir cuando me ha convenido. Esta facilidad de olvidar los males es un consuelo que el cielo me ha concedido en medio de los que un día la suerte debía acumular sobre mi. Mi memoria, que únicamente me recuerda los objetos agradables es el feliz contrapeso de mi espantada fantasía, que sólo me hace prever desdichas en el porvenir.

Todos los papeles que había juntado para suplir a mi memoria y guiarme en esta empresa han pasado a otras manos y jamás volverán a las mías.

Sólo me queda un guía fiel con que poder contar: es la cadena de sentimientos que han señalado la sucesión de mi ser y, por ellos, la de los acontecimientos que han sido sus causas o sus efectos. Fácilmente olvido mis pesares, mas nunca mis faltas, y menos aun mis buenos sentimientos. Me es harto grato su recuerdo para que se borre de mi corazón. Puedo cometer omisiones en los hechos, transposiciones, errores de fechas, mas no puedo equivocarme acerca de lo que he sentido, ni acerca de lo que mis sentimientos me han inducido a ejecutar; y he aquí de lo que se trata principalmente. El verdadero objeto de mis confesiones es hacer comprender exactamente mi interior en todas las situaciones. He prometido la historia de mi alma; y para escribirla con fidelidad, no necesito otros recuerdos: me basta, como lo he hecho hasta aquí, entrar dentro de mi mismo.

Hay felizmente, sin embargo, un intervalo de seis a siete años del cual tengo datos seguros en una colección de copias de cartas, cuyos originales obran en poder del señor Du Peyrou. Esta colección, que acaba en el año 1760, comprende todo el tiempo de mi permanencia en el Ermitage, y de mi gran rompimiento con los que se llamaban amigos míos; época memorable de mi vida que fué el manantial de todas mis desdichas. Con respecto a las cartas originales más recientes que pueden quedarme, y que son en número muy reducido, en vez de transcribirlas al final de la colección, harto voluminosa para que pueda esperar sustraerla a la vigilancia de mis Argos, las copiaré en este mismo escrito, cuando me parezca que pueden derramar alguna claridad, ya sea en favor, ya en contra mía; pues no temo que el lector olvide jamás que escribo mis confesiones creyendo que hago mi apología; mas tampoco debe esperarse que me calle la verdad cuando ésta me enaltezca.

Por lo demás, esta segunda parte no tiene de común con la primera más que la verdad, ni tiene sobre ella más ventaja que la importancia de los hechos. Fuera de esto, no puede menos de serle inferior en todo. Escribía la primera con placer, con complacencia, a mi satisfacción, en Wooton o en el castillo de Trye, todos los recuerdos que tenía que renovar eran otros tantos goces. Los refrescaba sin cesar con nueva fruición y podía dar vueltas a mis descripciones sin dificultad hasta que me satisficiesen. Hoy mi memoria y mi cabeza, debilitadas, me reducen a la incapacidad para todo trabajo; me ocupo en éste casi por fuerza, y con el corazón oprimido por la angustia. No me ofrece más que desventuras, traiciones, perfidias, recuerdos tristes y desgarradores. Quisiera por todo en el mundo encerrar en la noche de los tiempos lo que tengo que decir; y, obligado a hablar contra mi voluntad, me veo reducido también a ocultarme, a valerme de astucias, a procurar engaños, a envilecerme con las cosas menos adecuadas a mi naturaleza. El suelo que piso tiene ojos, las paredes que me rodean tienen oídos; cercado de espías y vigilantes malévolos que me celan, inquieto y perturbado echo presuroso sobre el papel algunas palabras interrumpidas, que apenas tengo tiempo de releer, y menos aún de corregir. Sé que, a pesar de las inmensas barreras que amontonan en derredor mío, siempre temen que la verdad se escape por alguna hendidura. ¿Cómo saltarlas? Lo intento con escasa esperanza. Júzguese si así pueden trazarse agradables cuadros y comunicarles un colorido halagüeño. Advierto, pues, a los que quieran emprender esta lectura, que al proseguirla nada puede distraer su fastidio, si ya no es el deseo de acabar de conocer a un hombre y el amor sincero de la justicia y de la verdad.

Dejé la primera parte cuando, partiendo con pesar, depositando mi corazón en las Charmettes, y forjándome mi última ilusión, proyecté llevar allá algún día a los pies de mamá los tesoros que hubiese adquirido, y contando con mi sistema musical como con una fortuna segura.

Me detuve algún tiempo en Lyon con objeto de visitar allí a mis conocidos, para hacerme con algunas recomendaciones para París y vender los libros de geometría que me había llevado. Todos me dispensaron buena acogida. Los señores de Mably manifestaron el placer que les causaba mi visita y me dieron de comer por algunos días. En su casa trabé conocimiento con el abate de Mably, así como lo había hecho ya con el abate Condillac, los cuales habían venido a visitar a su hermano. El de Mably me dió algunas cartas para París, entre ellas una para Fontenelle y otra para el conde de Caylus. Ambas relaciones me fueron muy gratas, sobre todo la primera; Fontenelle no ha cesado de manifestarme amistad hasta su último instante y de darme en nuestras entrevistas consejos que hubiera debido aprovechar mejor.

Volví a ver al señor de Bordes, que conocía de mucho antes y que a menudo me había favorecido gustoso y con verdadera satisfacción. En este momento lo encontré como siempre. Por mediación suya pude vender mis libros y me dió o me procuró recomendaciones para París. Vi de nuevo también al señor intendente, cuyo conocimiento debí a Bordes y a quien debí también una recomendación al duque de Richelieu, que fué a Lyon por entonces. Fuile presentado por el señor Pallu: me recibió bien y me dijo que fuese a verle en París, lo que hice varias veces, y, no obstante el conocimiento de tan elevado personaje, de quien hablaré con frecuencia, nunca me fué útil para nada.

Vi de nuevo al músico David, que me habla ayudado en la estrechez que pasé durante uno de mis viajes precedentes. Me habla dado o prestado un gorro y unas medias, que no le he devuelto más ni me ha pedido nunca, a pesar de haberle visto varias veces desde entonces. Posteriormente, sin embargo, le hice un regalo, equivalente poco más o menos, y aún diría de más valor, si se tratara de lo que he adeudado; mas se trata de lo que he hecho y desgraciadamente no es lo mismo.

También vi nuevamente al noble y generoso Perrichon, quien me dió pruebas de su ordinaria magnificencia, pues me dispensó el mismo obsequio que antes habla hecho al gentil Bernard, pagándome el puesto de la diligencia. Volví a ver al cirujano Parisot, el mejor y más bondadoso de los hombres; volví a ver a su querida Godefroy, a quien sustentaba hacía diez años y cuya dulzura de carácter y bondad de corazón constituían casi todo su mérito, mas a quien no se podía tratar sin interés ni dejar sin enternecerse, pues se hallaba en el último grado de una tisis que la mató al poco tiempo. Nada manifiesta tanto las verdaderas inclinaciones de un hombre como las clases de relaciones que contrae '. El que vela a la dulce Godefroy conocía al buen Parisot.

Yo estaba obligado a todas esas gentes. En lo sucesivo, de todos me olvidé, no por ingratitud a buen seguro, sino a causa de esa pereza invencible que con frecuencia me ha hecho parecer ingrato; jamás se ha borrado de mi corazón la gratitud que les debo; pero me hubiera costado menos darles de ello una prueba evidente que manifestárselo con mi asiduidad. La exactitud en escribir a esta o siempre por encima de mis fuerzas; cuando empiezo a dejar pasar tiempo, la vergüenza y la dificultad de reparar mi falta me la hacen agravar, y ya no escribo. Por lo tanto he guardado silencio y ha parecido que les olvidaba. Parisot y Perrichon ni siquiera se han fijado en ello, y siempre han sido lo mismo para mí; mas en cuanto a Bordes, se verá veinte años después, hasta dónde llega la venganza del amor propio de un hombre presumido, que se cree menospreciado.

Antes de salir de Lyon no debo olvidar a una amable persona, que volví a ver con más placer que nunca, y que dejó en mi corazón tiernos recuerdos: es la señorita de Serte, de quien he hablado en la primera parte, y con quien habla trabado nuevas relaciones mientras estuve en casa del señor de Mably. Teniendo más espacio en este viaje, la vi más a menudo; mi corazón se prendó grandemente de ella y tuve motivos para creer que el suyo no me era hostil; pero me hizo una revelación que me quitó todo deseo de abusar de su amor. Ella no tenía nada, yo tampoco; nuestras situaciones eran harto semejantes para unirnos, y, con las miras que yo llevaba, estaba muy lejos de pensar en el matrimonio. Me hizo saber que un joven comerciante, llamado Geneve, parecía querer casarse con ella. Le vi en su casa una o dos veces, me pareció hombre de bien, y por tal pasaba. Persuadido de que con él sería dichosa, deseé que se unieran, como se efectuó posteriormente; y, para no turbar sus inocentes amores, me apresuré a partir, haciendo votos por la felicidad de esta encantadora joven, votos que no han sido oídos aquí abajo, sino por breve tiempo; pues supe que había muerto al cabo de dos o tres años de casada. Ocupado durante todo el camino con el recuerdo de mi dulce pesar, sentí y he sentido posteriormente a menudo, pensando de nuevo en ello, que si los sacrificios que se hacen en aras del deber y de la virtud exigen un esfuerzo, queda éste bien recompensado por los recuerdos dulces que deja en el fondo de nuestro corazón.

Así como en mi primer viaje habla visto a París por su lado feo, en el presente lo vi por su lado brillante; no me refiero ciertamente a mí morada; pues, gracias a unas señas que me había dado el señor Bordes, fui a parar a la fonda de San Quintín, calle des Cordeliers, cerca de la Sorbona, fea calle, lea fonda y feo cuarto, pero donde, sin embargo, se habían albergado hombres de mérito tales como Gresset, Bordes, los abates de Mably, de Condillac, y muchos otros de los que por desdicha no encontré a ninguno; mas hallé a un cierto señor de Bonnefond, hidalgüelo cojo, litigante, que se las echaba de purista, a quien debí el conocimiento del señor Roguín, decano ahora de mis amigos, y por su conducto el del filósofo Diderot, de quien tendré que hablar mucho en lo sucesivo.

Llegué a París por el otoño de 1741 con quince luises de moneda corriente, mi comedía Narciso y mi proyecto de música por todo recurso, teniendo, por consecuencia, poco tiempo que perder para sacar de él algún provecho. Me apresuré a presentar mis recomendaciones. Un joven que llega a París, teniendo una regular figura, y que se anuncia con cierto talento, está siempre seguro de hallar buena acogida. Tal fué la mía, y esto me proporcionó buenos ratos sin conducirme a gran cosa. De todas las personas a quienes fui recomendado, sólo tres me sirvieron: el señor Damesin, gentilhombre saboyano, entonces caballerizo y creo que favorito de la señora princesa de Carignan; el señor de Boze, secretario de la Academia de las Inscripciones y conservador de las medallas del gabinete del rey, y el padre Castel, jesuita, autor del clave ocular. Todas esas recomendaciones, excepto la del señor Damesin, me provenían del abate de Mably.

El señor Damesin proveyó lo más necesario por medio de dos relaciones que me procuró: la una del señor de Case, presidente con birrete en el parlamento de Burdeos, y que tocaba perfectamente el violín; la otra del señor de León, que a la sazón vivía en la Sorbona, joven caballero muy amable, que murió en la flor de su edad, después de haber brillado breve tiempo en el mundo bajo el nombre de Rohan. Uno y otro tuvieron la humorada de aprender la composición. Les di lección algunos meses, y esto contribuyó a sostener un poco mi moribundo bolsillo. El abate de León me cobró amistad y quiso tomarme por su secretario, mas, como no era rico, no pudo ofrecerme más que ochocientos francos, que rehusé con pesar, ya que no eran suficientes para mi vivienda, mi alimentación y demás atenciones.

El señor de Boze me recibió muy bien; apreciaba los conocimientos y los tenía también, mas era un poco pedante. Su señora hubiera podido ser su hija; era brillante y petimetra. Yo comía algunas veces en su casa y no puede darse un aspecto más soso ni más estúpido que el que yo tenía, colocado enfrente de ella. Me intimidaba su desenfado, poniendo más de relieve mi cortedad. Cuando me presentaban un plato, yo adelantaba mi tenedor para tomar modestamente un cachito de lo que me ofrecían; de suerte que ella daba a su lacayo el plato que me había destinado, volviéndose para ocultar su risa. No sospechaba siquiera que en la cabeza de un lugareño como yo hubiese capacidad alguna. El señor de Boze me presentó al de Réaumur, amigo suyo que iba a comer a su casa todos los viernes, día de sesión en la Academia de Ciencias. Le habló de mi proyecto y de mi deseo de someterlo al examen de la Academia. El señor de Réaumur se encargó de la proposición, que fué atendida. El día señalado fué introducida y presentada por él en persona, y el mismo día 22 de agosto de 1742 tuve el honor de leer a la Academia la Memoria que al efecto tenía preparada. Aunque esta ilustre Academia fuese en verdad muy imponente, me encontré ante ella menos tímido que ante la señora de Boze y quedé regularmente con mis lecturas y respuestas. La Memoria produjo buen efecto y me granjeó felicitaciones que me sorprendieron tanto como me halagaron, imaginando apenas que, ante una Academia, cualquiera que a ella no pertenezca puede tener sentido común. Los comisionados examinadores fueron los señores Mayan, Hellot y Fouchi, personas seguramente de mérito, pero que ninguna sabía música, al menos lo bastante para hallarse en aptitud necesaria de apreciar mi proyecto.

(1742.) Durante mis conferencias con esos señores, me convencí con tanta seguridad como sorpresa que, si a veces los sabios tienen menos preocupaciones que los demás hombres, en cambio están más aferrados a las suyas. Por débiles y falsas que fueran la mayor parte de sus objeciones, y aunque yo respondiese con mucha timidez, como lo confieso, y me explicase mal, pero por razones perentorias, ni una sola vez logré hacerme entender y satisfacerles. A mí me tenían siempre absorto al ver con qué facilidad por medio de algunas frases sonoras me refutaban sin haberme comprendido. No sé de dónde desenterraron que un monje llamado el padre Soubaitti había ideado mucho tiempo antes el pentagrama con cifras, y con esto tuvieron bastante para pretender que mi sistema no era nuevo. Y esto aún puede pasar, pues -aunque yo jamás hubiese oído hablar del padre Soubaitti y aunque su modo de escribir las siete notas del canto, llano, sin soñar siquiera en las octavas, de ningún modo mereciese compararse con mi sencilla y cómoda invención para anotar cualquier música imaginable, llaves, pausas, octavas, compases, tiempos y valores de las notas, cosas en que ni siquiera había pensado el padre Soubaitti- venía por lo menos muy a propósito para decir que en cuanto a la expresión elemental de las siete notas era él el primer inventor. Pero, además de haber dado a esta invención primera más importancia de la que merecía, no se contentaron con sólo esto; y tan luego como quisieron hablar del fondo del sistema, no hicieron más que desbarrar. La ventaja mayor del mío era suprimir las transposiciones y las llaves, de suerte que el mismo trozo se hallaba anotado y transpuesto a voluntad, en cualquier tono que se quisiese, con el cambio de una letra inicial al principio de la composición. Aquellos señores habían oído a los musiquillos de París que el método de ejecutar la música por transposición no valía nada; en esto se apoyaron para formular una invencible objeción contra la más notable ventaja de mi sistema, y resolvieron que mi anotación era buena para la parte vocal y mala para la instrumental, cuando hubieran debido juzgarla buena para la vocal y mejor para la instrumental. Con semejante dictamen, la Academia me concedió un certificado lleno de halagüeñas frases, en cuyo fondo se traslucía que no consideraba mi sistema útil ni nuevo. No creí, por consiguiente, deber acompañar con semejante documento la obra titulada Disertación sobre la música moderna, por medio de la cual apelé del fallo de la Academia al público.

Con esta ocasión pude ver cómo aun con escaso talento, el conocimiento único, pero profundo, de una materia es preferible para juzgar bien de ella a todas las luces que da la cultura de las ciencias, cuando no se agrega a la misma el estudio particular de la materia que se trata. La única objeción sólida que podía oponerse a mi sistema la hizo Rameau. Apenas se lo hube explicado, cuando vió su lado flaco. "Vuestros signos -me dijo- son muy buenos en cuanto determinan sencilla y claramente los valores, en cuanto representan visiblemente los intervalos y muestran siempre lo simple en lo complicado, cosas todas que no tiene la anotación ordinaria; pero son malos por cuanto exigen una operación de la inteligencia que no siempre permite seguir la rapidez de la ejecución. La posición de nuestras notas -continuó- se manifiesta a la vista sin el concurso de este trabajo. Si dos notas, una muy alta y otra muy baja, se hallan enlazadas por una serie de notas intermedias, desde la primera ojeada veo la progresión de una a otra por grados continuos; mas, para estar seguro de esta progresión con vuestro sistema, es indispensable deletrear todas las cifras una a una; la primera ojeada no sirve para nada". Esta objeción me pareció que no tenía réplica y convine en ello al instante mismo; aunque sea natural y salte a la vista, sólo una dilatada práctica del arte puede sugerirla, y nada tiene de extraño que no se le hubiese ocurrido a ningún académico; pero sí lo es que todos esos grandes sabios, que saben tantas cosas, ignoren que no deberían juzgar de lo que no entienden.

Mis frecuentes visitas a los comisionados y a otros académicos me permitieron trabar relaciones con lo mejor de París en cuanto a literatura; y de ahí resultó que estas relaciones estaban ya contraídas cuando me vi inscrito de repente entre ellos. Concretándome al caso presente, concentrado en mi sistema de música, me obstiné en querer causar por su medio una revolución en el arte, y lograr así una celebridad que, tratándose de bellas artes, en París va siempre unida con la fortuna. Me encerré en mi cuarto y me estuve trabajando dos o tres meses con inexplicable afán refundiendo en una obra destinada para el público la Memoria que había leído a la Academia. La dificultad estuvo en encontrar un librero que quisiese tomar mi manuscrito, atendiendo a que había que hacer algunos gastos para los caracteres nuevos, que los libreros no prodigan su dinero para las obras de los escritores noveles, y que, sin embargo, me parecía muy justo que mi obra me valiese el pan que había comido escribiéndola.

Bonnefond me puso en relaciones con Quillau padre, que hizo conmigo un tratado estipulando que los beneficios serían por mitad, sin contar el privilegio, que pagué yo. Tan bien se manejó el citado Quillau, que perdí lo que me costó el privilegio y jamás he sacado un ochavo de esta edición, que probablemente obtuvo una venta mediana, aunque el abate Desfontaines me había prometido hacerla correr y aunque los otros periodistas la recomendaron.

El mayor obstáculo con que tropezaba mi sistema era el temor de que si no se extendía era perdido el tiempo que se emplease en aprenderlo. A esto decía yo que la práctica de mi anotación aclaraba de tal modo las ideas, que, aun para aprender la música con los caracteres ordinarios, todavía se ganaba tiempo empezando por los míos. Para ofrecer una prueba de ello enseñé gratis música a una joven americana, la señorita de Roulins, que me había hecho conocer el señor Roguin. En tres meses se halló en estado de descifrar con mi anotación cualquier pieza de música que se le presentase, y aun de cantar repentinamente mejor que yo mismo cualquiera que no estuviese erizada de dificultades. Este resultado fué sorprendente, pero ignorado. Otro que no hubiese sido yo, lo hubiera pregonado por medio de los diarios; mas, con alguna capacidad para encontrar cosas útiles, siempre fuí nulo para hacerlas valer.

He aquí cómo se rompió mi nueva fuente de Herón; mas a la sazón contaba treinta años y me hallaba en París, donde no puede vivirse sin contar con algo. La resolución que adopté en esa extremidad no parecerá extraña a los que hayan leído la primera parte de estas Memorias. Acababa de darme un trabajo tan grande como inútil y necesitaba tomar aliento. En vez de abandonarme a la desesperación me eché tranquilamente en brazos de mi pereza y de la Providencia; y, para darle tiempo de obrar, me comí sin precipitación algunos luises que me restaban todavía, arreglando el gasto de mis indolentes placeres, pero sin suprimirlos, no yendo al café más que un día sí y otro no, y al teatro sólo dos veces a la semana. En cuanto a muchachas, no tuve que reformar nada, pues en mi vida be empleado un sueldo en comprar sus favores, esto exceptuando una sola vez, de que hablaré en breve.

La seguridad, la voluptuosidad, la confianza con que me entregaba a esta vida indolente y solitaria, careciendo de medios para subsistir así tres meses, es una de las particularidades de mi vida y una de las rarezas de mi carácter. La extrema necesidad en que me hallaba de que alguien me protegiese, era precisamente lo que me quitaba el valor de presentarme, y la necesidad de hacer visitas me las hizo insoportables, hasta el punto de cesar de ver a los académicos y otros literatos con quienes me hallaba ya relacionado. Marivaux, el abate de Mably, Fontenelle fueron casi los únicos a quienes continué viendo. Al primero hasta le mostré mi comedia Narciso, que le agradó y tuvo la complacencia de revisar. Más joven que ellos, Diderot, poco más o menos de mi edad, era aficionado a la música, cuya teoría conocía, y hablábamos los dos sobre la materia; también me hablaba de los proyectos de sus obras, de donde en breve resultó una mayor intimidad que ha durado quince años y probablemente no se hubiera extinguido si, desgraciadamente y sólo por su culpa, yo no me hubiese entregado a trabajos del mismo género que los suyos.

Difícilmente se adivinaría en qué empleé el corto y precioso intervalo que me quedaba todavía antes de yerme reducido a mendigar el pan; me dediqué a estudiar de memoria pasajes de poetas, que había aprendido y olvidado cien veces. Cada mañana, a eso de las diez, iba a pasearme por el Luxemburgo con un Virgilio o un Rousseau en la faltriquera; y allí, hasta la hora de comer, recordaba ya una oda sagrada, ya una bucólica, sin disgustarme porque, repasando la del día, no dejaba de olvidar la de la víspera. Me acordaba de que, después de la derrota de Nicias en Siracusa, los atenienses cautivos se ganaban la vida recitando los poemas de Homero. El partido que saqué de este rasgo de erudición para precaverme de la miseria fué ejercitar mi feliz memoria en retener todos los poetas.

Otro medio tenía no menos sólido en el ajedrez, al que consagraba regularmente en casa de Maugis todas las tardes que no iba al teatro. Allí conocí al señor de Legal, a Husson, a Philidor, y demás grandes jugadores de ajedrez de aquel tiempo, lo cual no fué bastante para que yo adelantara mucho. No dudaba, sin embargo, de que al fin sería más fuerte que todos ellos; esto bastaba, a mi entender, para servirme de recurso; cualquier locura que me entusiasmase siempre me daba ocasión para razonar del mismo modo. Yo me decía: "El que sobresale en alguna cosa, siempre se ve solicitado. Estemos, pues, en primera línea, no importa en qué fuere; seré buscado, se ofrecerán ocasiones, y lo demás depende de mi mérito". Esta niñada no era un sofisma de mi razón, sino de mi indolencia. Asustado de los grandes y rápidos esfuerzos que hubiera tenido que hacer para animarme, procuraba halagar mi pereza ocultando la vergüenza por medio de argumentos dignos de ella.

Así esperaba tranquilamente que se acabase mi dinero; y creo que hubiera llegado al último sueldo sin agitarme. Si el padre Castel, a quien veía de cuando en cuando en el café, no me hubiese arrancado de mi letargo. El padre Castel era un loco, pero por lo demás un buen hombre, y estaba disgustado de ver que me consumía así sin hacer nada. "Puesto que no podéis salir con bien de los músicos ni de los sabios, tocad otro registro y ved a las mujeres. Quizá por este lado logréis un éxito más lisonjero. He hablado de vos a la señora de Beuzenval, id a verla de mi parte; es una buena mujer que recibirá con gusto a un paisano de su hijo y de su marido. En su casa veréis a su hija la señora de Broglie, mujer de talento. También he hablado de vos a la señora Dupin: llevadle vuestra obra; desea veros y os recibirá muy bien. En París nada se hace sino por mediación de las mujeres: son como las líneas curvas, cuyas asíntotas son los sabios; constantemente se acercan a ellas, pero sin tocarlas jamás".

Después de haber dilatado uno y otro día ese terrible trabajo, al fin me revestí de valor y fui a ver a la señora de Beuzenval, que me recibió afectuosamente. Habiendo entrado en su cuarto la señora de Broglie. Le dijo: "Hija mía, he aquí al señor Rousseau, de quien nos habló el padre Castel". La de Broglie me felicitó por mi obra y, conduciéndome a su clavicordio, me demostró que la conocía. Viendo que era cerca de la una, quise marcharme; mas la señora de Beuzenval me dijo: "Vuestra casa está muy lejos, quedaos y comeréis aquí". Yo no me hice rogar, y un cuarto de hora después comprendí por algunas palabras que me convidaban a comer a segunda mesa. La señora de Beuzenval era muy buena mujer, mas de cortos alcances, y harto hinchada con su ilustre nobleza polaca, no tenía idea de los miramientos debidos al talento. En esta ocasión me juzgaba más por mi aspecto que por mi traje, que, aunque muy sencillo, era muy decente, y de ningún modo indicaba un hombre digno de comer con la servidumbre. Había olvidado el camino hacía demasiado tiempo para querer emprenderlo nuevamente. Sin manifestar todo mi despecho, dije a la señora de Beuzenval que un pequeño asunto que se me ocurría entonces me llamaba a casa, y quise marcharme. La señora de Broglie se acercó a su madre y le dijo al oído algunas palabras que produjeron efecto. La de Beuzenval se levantó para retenerme y me dijo: "Cuento que nos dispensaréis el honor de comer en nuestra mesa". Yo creí que hacer el orgulloso seria hacer el tonto y me quedé. Por otra parte, la bondad de la señora de Broglie me había conmovido y me la hizo interesante. Me halagó comer con ella, y esperé que. Conociéndome mejor, no se arrepentiría de haberme proporcionado este honor. El señor presidente de Lamoignon, grande amigo de la casa, comió también en ella. Éste, lo mismo que la señora de Broglie, usaba esa jerigonza de París, compuesta de palabritas y agudas alusiones, en que estaba muy lejos de poder brillar el pobre Juan Jacobo. Yo tuve el buen sentido de no querer echarlas de agudo a despecho de Minerva, y me callé. Ojalá hubiese sido siempre tan prudente, que no gemiría en el abismo en que me hallo sumido.

A mí me desolaba mi tosquedad y no poder justificar a los ojos de la señora de Broglie lo que había hecho en favor mío. Después de comer, acudí a mi ordinario recurso: llevaba en la faltriquera una epístola en verso dirigida a Parisot durante mi permanencia de Lyon. Este trozo no carecía de movimiento; la leí con algún calor, e hice llorar a los tres. Ya sea vanidad, ya la verdad de mis interpretaciones, ello es que creí leer en las miradas que la señora de Broglie dirigía a su madre: y bien, mamá, ¿no tenía razón de deciros que ese hombre era más a propósito para comer con nosotras que con vuestras criadas? Hasta este momento había tenido el corazón algo oprimido; mas, después de haberme así vengado, me hallé satisfecho. La señora de Broglie, llevando demasiado lejos el ventajoso juicio que de mí había formado y para guiar mi inexperiencia, me dió las Confesiones del conde de*. "Este libro -me dijo- es un mentor que necesitaréis en sociedad: haréis bien en consultarlo algunas veces". Más de veinte años he guardado este ejemplar con agradecimiento por las manos de quien procedía, mas riéndome a menudo de la opinión que aquella dama parecía tener de mi cualidad de galanteador. Desde el momento en que hube leído esta obra concebí el deseo de obtener la amistad de su autor. Mi inclinación me inspiraba muy bien, pues es el único amigo verdadero que he tenido entre los literatos.

Desde entonces me atreví a esperar que la señora baronesa de Beuzenval y la marquesa de Broglie, interesándose por tui, no me dejarían mucho tiempo sin recursos, y no me equivoqué. Mas ahora hablemos de mi entrada en casa de la señora Dupin, que ha tenido consecuencias de más bulto.

La señora Dupin era, como es sabido, hija de Samuel Bernard y de la señora Fontaine. Eran tres hermanas que podían llamarse las tres gracias. La señora de Latouche, que se fugó a Inglaterra con el duque de Kingston; la señora de Arty, querida, o mejor, amiga, la única y sincera amiga del príncipe de Conti, mujer adorable tanto por su dulzura y bondad de carácter como por su genio placentero y constantemente risueño; en fin, la señora Dupin, que era la más hermosa de las tres, y la única a quien no se haya podido reprochar nada en su conducta. Ella fué el premio a la hospitalidad del señor Dupin, a quien su madre se la dió con una fortuna inmensa, agradecida por el buen acogimiento que le había hecho en su provincia. Cuando yo la vi por primera vez, todavía era una de las más bellas mujeres de París. Me recibió en su tocador: estaba con los brazos desnudos, suelto el cabello y mal compuesto el peinador. Esta introducción era enteramente nueva para mí; mi pobre cabeza no pudo resistirla; me turbó, me alucinó y, en una palabra, me enamoré de la señora Dupin.

Mi turbación no debió traslucirse y ella no la echó de ver. Acogió el libro y al autor; me habló de mi proyecto, como persona enterada; cantó acompañándose con el clave; me retuvo a comer y me colocó a su lado. No se necesitaba tanto para volverme loco, y efectivamente así fué. Me permitió visitarla. Yo usé y abusé de este permiso. Iba casi todos los días, quedándome a comer dos o tres veces a la semana. Me ahogaba el deseo de hablar, mas no me atreví nunca. Varios motivos reforzaban mi natural timidez. La entrada en una casa opulenta era una puerta abierta a la fortuna y en mi situación no quería exponerme a cerrármela yo mismo. La señora Dupin, a pesar de toda su amabilidad, era seria y fría y no encontraba yo en sus maneras una incitación que me animara. En su casa, entonces tan brillante como la que más de París, se daban reuniones que sólo les faltaba ser menos numerosas para contener lo mas florido por todos conceptos. Le gustaba ver todas las personas que se distinguían: magnates, literatos, mujeres hermosas: no se veían en su casa más que duques, embajadores, y cordones azules. La princesa de Rohan, la condesa de Forcalquier, la señora de Mirepoix, la de Brignolé, milady Hervey podían considerarse como amigas suyas. El señor de Fontenelle, el abate de Saint-Pierre, el abate Sallier, Fourmont, Bernis, Buffon, Voltaire formaban parte de su círculo y de su mesa. Si su vida privada no atraía mucho a los jóvenes, su sociedad de lo más escogido era aun más imponente, y el pobre Juan jacobo no tenía por qué envanecerse de lo que lucía en medio de tanto brillo. Dicho se está con esto que no osé despegar los labios; mas, no pudiendo callar más tiempo, me aventuré a escribirle. Dos días guardó mi carta sin decirme palabra; al tercero me la devolvió dirigiéndome verbalmente una ligera exhortación con tono tan frío que me dejó helado. Quise hablar, mas las palabras se extinguieron en mis labios: mi súbita pasión se apagó con la esperanza, y continué siendo para ella como antes sin volver a hablar con ella, ni aun con los ojos.

Yo creí olvidada mi tontería, pero me equivoqué. El señor de Francueil, hijo del señor Dupin e hijastro de la señora, era poco más o menos de su edad y de la mía. Era vivo y de buena figura; podía tener buenas pretensiones, y se decía que las tenía respecto de ella, quizá sólo porque le habían casado con una mujer muy fea, pero buena, que vivía en perfecta armonía con ambos. El señor de Francueil estimaba y cultivaba el estudio y la música, que él conocía perfectamente, lo cual fué un motivo de vínculo entre nosotros dos. Le traté con frecuencia y le cobré afecto. De repente me dió a entender que la señora Dupin hallaba sobrado frecuentes mis visitas y me rogaba que las suspendiese. Este cumplido podía estar en su lugar cuando me devolvió la carta; mas ocho o diez días después, y sin ningún otro motivo, me parece que venía fuera de propósito. Esto constituía una posición tanto más extraña cuanto que yo seguía siendo tan bien recibido como antes por los señores de Francueil; sin embargo, fui con menos frecuencia; y habría cesado completamente de visitarles, si por otro capricho inesperado la señora Dupin no me hubiese hecho rogar que me encargase por ocho o diez días de su hijo, que por cambiar de ayo debía quedar solo durante ese intervalo. Pasé estos ocho días en un suplicio que sólo podía hacerme soportable el gusto de obedecer a la señora Dupin; pues el pobre Chenonceaux entonces ya tenía la mala cabeza que al fin había de causar la deshonra de su familia y que le condujo a acabar sus días en la isla de Borbón. Mientras a su lado estuve, impedí que se hiciese daño a sí mismo y a los demás, y nada más; y aun no me costó poco trabajo; de suerte que no habría seguido ocho días más aun cuando en recompensa la misma señora Dupin se me hubiese entregado.

El señor de Francueil me cobró amistad; yo trabajaba con él, y juntos empezamos un curso de química con Roulle. Para estar más cerca de él, dejé mí fonda de San Quintín, yendo a alojarme en el juego de pelota de la calle Verdelet, que da a la calle Platriére, donde vivía el señor Dupin. Allí, de resultas de un resfriado mal cuidado, cogí una pulmonía que por poco acaba con mi vida. En mi juventud he sufrido enfermedades inflamatorias, pleuresías, y sobre todo anginas a que era muy propenso cuyo número no recuerdo y que me han hecho ver la muerte bastante cerca para familiarizarme con su imagen. Durante mi convalecencia tuve tiempo de reflexionar acerca de mi estado y deplorar mi timidez, mi debilidad y mi indolencia, que, a pesar del fuego en que me sentía arder, me dejaba languidecer en la ociosidad de espíritu siempre a las puertas de la miseria. La víspera del día en que caí enfermo, había ido a una ópera de Roger que entonces se representaba y cuyo título he olvidado. A pesar de mi preocupación acerca de los talentos ajenos, que siempre me ha hecho desconfiar del mío, no pude menos de encontrar débil, sin calor y sin invención aquella música. A veces no podía menos de decirme: "Parece que yo haría algo mejor que esto". Mas la idea terrible que tenía de la composición de una ópera, y la importancia que según vi daban los músicos a esta empresa, me desalentaba en el mismo instante, avergonzándome de haberme atrevido a pensar en ello; y por otra parte, ¿dónde hallar quien quisiese escribirme el libreto y se tomase el trabajo de componer los versos a mi voluntad? Durante mi enfermedad, me asaltaron de nuevo estas ideas de música y de ópera, y en el delirio de la fiebre componía cantos, dúos y coros. Estoy seguro de haber compuesto dos o tres trozos di prima intenzione dignos quizá de la admiración de los maestros, si hubiesen podido oírlos ejecutar. ¡Ah, si pudiesen escribirse los delirios del que padece fiebre, cuántas cosas grandes y sublimes se verían surgir de su delirio!

Estos motivos de música y ópera siguieron ocupándome, aunque más tranquilamente, durante mi convalecencia. A fuerza de pensar en ello, aun a pesar mío, quise salir de dudas y probar a hacer una ópera yo solo, música y letra. Éste no era mi primer ensayo: en Chambéry había compuesto una ópera-tragedia titulada Iphis y Anaxarbte, que habla tenido el buen acuerdo de arrojar al fuego. En Lyon había compuesto otra titulada el Descubrimiento del nuevo mundo, que después de haberla leído a los señores Bordes, al abate Mably, al abate Trublet y a otros, había acabado por hacer lo mismo con ella, aunque ya había compuesto la música del prólogo y del primer acto y a pesar de que al verla David me dijo que tenía trozos dignos de Buononcini.

Esta vez, antes de poner manos a la obra, tomé tiempo para meditar el plan. Ideé un baile heroico en tres actos, cada uno de los cuales debía tener su acción bien distinta y música de diferente carácter; y tomando para cada asunto los amores de un poeta, intitulé esta ópera Las musas galantes. El primer acto, don música enérgica, era el Tasso; el segundo, cuyo género de música era tierno, Ovidio; el tercero, titulado Anacreonte, debí a respirar la alegría del ditirambo. Empecé a ensayar el primer acto y me entregué a ello con un ardor que me hizo gozar por vez primera las delicias del numen en la composición. Una noche, próximo a entrar en la ópera, me sentí atormentado, dominado por. mis ideas; volví a meterme el dinero en mi bolsillo, y corrí a encerrarme en mi casa; me metí en cama, después de haber cerrado bien las cortinas para que la luz no penetrase en ellas, y allí, entregándome a todo el estro poético y musical, compuse rápidamente en seis o siete horas la mejor parte del acto. Puede decirse que mi amor hacia la princesa de Ferrara (pues entonces yo me convertí en el Tasso) y mis sentimientos nobles y altivos para con su injusto hermano, me proporcionaron una noche cien veces más deliciosa que la que hubiese logrado en brazos de la misma princesa. Por la mañana recordaba solamente una pequeña parte de lo que habla compuesto; mas este poco, casi borrado por la fatiga y el sueño, no dejaba de revelar aún la energía de los trozos cuyos residuos ofrecía.

Esta vez no llevé mucho más allá mi trabajo, porque me distrajeron de él otros asuntos. Mientras continuaba siendo asiduo a casa de la señora Dupin, las señoras de Beuzenval y de Broglíe, que seguí visitando de cuando en cuando, no me habían olvidado. El conde de Montaigu, capitán de la guardia, acababa de ser nombrado embajador en Venecia. Era un embajador hechura de Barjac, a quien hacia asiduamente la corte. Su hermano el caballero de Montaigu, gentilhombre de manga de monseñor el Delfín, era conocido de estas damas y del abate Alary, de la Academia francesa, a quien yo visitaba también de cuando en cuando. La señora de Broglíe, sabiendo que el embajador buscaba un secretario, me propuso para este cargo. Entramos en tratos y pedí cincuenta luises, lo que era muy poco para un empleo que me obligaba a figurar. Él no quería darme más que cien pistolas y que yo hiciese el viaje a costa mía. Esta proposición era ridícula y no pudimos ponernos de acuerdo. El señor de Francueil, que se esforzaba en retenerme, ganó la partida. Yo me quedé y el de Montaigu partió llevando otro secretario llamado Follau, que le recomendaron en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Apenas llegaron a Venecia se malquistaron. Follau, viendo que tenía que habérselas con un loco, le dejó plantado. Montaigu, que no tenía más que un joven abate llamado Binis, escribiente a las órdenes del secretario, que no estaba en el caso de poder reemplazarle, hubo de recurrir a mí. Su hermano, hombre listo, me supo engañar tan bien, dándome a entender que había ciertos derechos anejos al empleo en cuestión, que me hizo aceptar mil francos. Me dieron veinte luises para gastos de viaje y partí.

(1743-1 744.) Al pasar por Lyon tenía grandes deseos de tomar el camino de Mont-Cenis para ver de paso a mi pobre mamá; pero seguí Ródano abajo yendo a embarcarme en Tolón, tanto por causa de la guerra y razón de economía como para tomar un pasaporte del señor de Mirepoix, que entonces gobernaba en Provenza y a quien me habían recomendado. No sabiendo cómo componérselas sin mí, el señor Montaigu me dirigía carta tras carta a fin de que apresurara mi viaje, que retrasó un incidente.

Era el tiempo en que reinaba la peste en Mesina: la flota inglesa allí anclada visitó el buque en que yo iba, lo que nos valió una cuarentena de veintiún días al llegar a Génova, después de una larga y penosa travesía. Dieron a escoger a los pasajeros entre pasarla a bordo o en el lazareto, donde nos previnieron que no hallaríamos más que paredes, pues no habían tenido tiempo para amueblarlo. Todos se quedaron en el buque. Lo insoportable del calor, la falta de espacio, la imposibilidad de andar y la miseria me hicieron preferir el lazareto a todo trance. Fui conducido a un gran edificio de dos pisos enteramente vacío, donde no hallé ventana, ni mesa, ni cama, ni silla, ni siquiera un mal taburete para sentarme, ni un haz de paja donde redinarme. Trajéronme mi capa, mi saco de noche y mis dos maletas; cerraron tras de mí enormes puertas con grandes cerrojos, y yo quedé allí dueño de pasearme a mi antojo de cuarto en cuarto y de uno a otro piso hallando por todas partes la misma soledad e idéntica desnudez.

Con todo esto no me arrepentí de haber escogido el lazareto con preferencia al buque; y, como un nuevo Robinson, me dediqué a arreglarme para los veintiún días, como si fuese para toda la vida. Lo primero que tuve que hacer fué librarme de los piojos que se me habían pegado a bordo; cuando, a vueltas de cambiar de ropa interior y exterior, hube al fin logrado quedar limpio, procedí a amueblar el cuarto que había escogido. Me arreglé un buen colchón con mis chupas y mis camisas, sábanas con varías servilletas cosidas, un cobertor con mí bata, y con mi capa arrollada una almohada. Me sirvió de silla una maleta puesta de plano y de mesa otra, puesta de canto. Del papel hice un escritorio, y dispuse una docena de libros que llevaba en forma de biblioteca. En una palabra, me arreglé tan bien que, exceptuando las cortinas y las ventanas, me hallaba casi tan cómodamente en ese lazareto enteramente vacío como en mi juego de pelota de la calle Verdelet. Me servían la comida con mucha pompa; venía escoltada por dos granaderos con bayoneta calada; mi comedor era la escalera, la meseta me servía de mesa y el peldaño inferior de silla; cuando estaba la comida, y en el acto de retirarse, tocaban una campanilla para advertírmelo. Entre comida y comida, cuando no leía ni escribía o no trabajaba en el ajuar, me iba a dar un paseo por el cementerio de los protestantes, que me servía de patio, o subía a una linterna que daba al puerto, desde donde podía ver entrar y salir los buques. Así pasé catorce días y habría pasado los veinte completos sin aburrirme un solo instante, si el señor de Fonvielle, enviado de Francia, a quien dirigí una carta avinagrada, perfumada y medio quemada, no hubiese hecho que me rebajaran ocho días; fui a pasarlos en su casa, donde confieso que hallé mejor albergue que en el lazareto. Me agasajó mucho. Dupont, su secretario, era un buen muchacho, que me acompañó a varias casas, así de Génova como del campo, donde se divertía uno mucho; y trabé con él amistad, entablando una correspondencia que seguimos largo tiempo. Proseguí agradablemente mi viaje a través de la Lombardia; vi a Milán, Verona, Brescia, Padua, llegando al fin a Venecia, esperado impacientemente por el señor embajador.

Encontré una aglomeración de despachos, tanto de la corte como de otros embajadores, que él no había podido leer porque estaban en cifra, aunque tenía todas las cifras necesarias para ello. No habiendo yo estado nunca ocupado en despacho alguno ni visto una cifra de ministro, me creí por de pronto yerme con dificultades; mas hallé que era lo más sencillo, y en menos de ocho días lo descifré todo, y seguramente no valía la pena, pues además de que la embajada de Venecia estaba siempre ociosa, es indudable que a nuestro hombre no le hubieran confiado la menor negociación. Hasta mi llegada, se había visto muy embarazado, pues no sabía dictar, ni escribir inteligiblemente. Yo le servía de mucho; él lo conocía y me trató bien. Otro motivo le inducía a ello. Desde que a su predecesor, el señor de Froulay, se le había trastorna4o la cabeza, el cónsul de Francia señor Le Blond había quedado encargado de los negocios de la embajada; y desde la llegada del señor de Montaigu continuaba desempeñándolos hasta tanto que le hubiese puesto al corriente. Montaigu, celoso de que otro desempeñase su cometido, aunque él fuese incapaz, vió con malos ojos al cónsul; y, tan pronto como yo llegué, le quitó las funciones de secretario de la embajada para dármelas a mí. Éstas eran inseparables del titulo, y me dijo que lo tomase. Mientras estuve con él, me envió siempre en este concepto al senado y a sus conferencias; y en el fondo era muy natural que prefiriese tener por secretario de la embajada una persona adicta a él que no a un cónsul o un empleado nombrado por la corte.

Esto me proporcionaba una situación bastante agradable e impidió a sus gentileshombres, que eran italianos, así como a sus pajes y la mayor parte de su servidumbre, disputarme la primacía de su casa. Me valí con buen éxito de la autoridad que le estaba aneja para mantener su derecho de nómina, es decir las franquicias de su departamento, contra las tentativas que se hicieron varias veces para infringirlas, y a que sus empleados italianos no eran capaces de resistir. Mas tampoco permití jamás que allí se refugiaran bandidos, a pesar de que me hubiera proporcionado ventajas, y de que S. E. no desdeñaría su parte.

Hasta S. E. se atrevió a reclamarla sobre los derechos de secretaría que se llaman de cancillería. Se estaba en guerra y por ende no dejaba de haber numerosos expedientes de pasaporte. Cada uno de estos pasaportes pagaba un zequi al secretario que lo expedía y refrendaba. Todos mis predecesores se habían hecho pagar indistintamente este zequi así por los franceses como por los extranjeros. Yo juzgué injusto este uso, y, sin ser francés lo abrogué para los franceses; mas exigí mi derecho de cualquier otro con tanto rigor que, habiéndome hecho pedir un pasaporte el marqués Scotti, hermano del favorito de la reina de España, sin enviarme el zequi, se lo hice pedir; atrevimiento que el vengativo italiano no echó en saco roto. Así que se supo la reforma que yo había introducido en la tasa de los pasaportes, se presentaron a tomarlos multitud de pretendidos franceses, que, hablando jergas abominables, decían ser uno provenzal, otro picardo, borgoñón otro; mas como tengo el oído bastante fino, pocas veces pudieron engañarme, y dudo mucho que ningún italiano me soplase el zequí ni que lo pagase ningún francés. Cometí la tontería de decir al señor de Montaigu lo que había hecho, pues él lo ignoraba todo. La palabra zequí le sonó bien al oído; y, sin decirme su parecer acerca de la supresión del de los franceses, pretendió participar del producto de los otros, prometiéndome otras ventajas equivalentes. Indignado más por la bajeza, que afectado por mi propio interés,

rechacé resueltamente su proposición. Insistió, yo me irrité y le dije enérgicamente: "No señor, guarde V. E. lo que le pertenece y déjeme lo que es mío; jamás le cederé un sueldo". Cuando vió que nada podía sacar por este lado, tanteó otro y no se avergonzó de decirme que, pues me daba provecho su cancillería, era justo que yo pagase los gastos de la misma. Yo no quise regatear; y desde entonces pagué de mi bolsillo tinta, papel, lacre, bujías, balduque, hasta el sello que mandé hacer nuevo sin que me haya resarcido por él un solo maravedí. Esto no impidió dar una pequeña parte del producto de los pasaportes al abate de Binis, buen muchacho que no pensaba en pretenderlo. Si era complaciente conmigo, yo no era menos atento con él, y siempre vivimos bien juntos.

En las funciones de mi cargo hallé menos dificultades de lo que había temido para un hombre sin experiencia como yo junto a un embajador, que no la tenía mayor y que por añadidura con su ignorancia y obstinación parecía complacerse en contrariar todo lo que el buen sentido y mis luces me inspiraban de útil a su servicio y al del rey. Lo más razonable de cuanto hizo fué entablar amistad con el marqués de Miri, embajador de España, hombre hábil y fino que le hubiera llevado del cabestro si hubiese querido; pero que, vista la afinidad de intereses de ambas coronas, ordinariamente le encaminaba bien sí el otro no hubiese maleado sus consejos con lo que quería poner de su cosecha. Lo único que tenían que hacer juntos era inducir a los venecianos a mantener la neutralidad. Éstos hacían protestas de fidelidad mientras suministraban públicamente municiones a las tropas austríacas y hasta reclutas a título de desertores. El señor de Montaigu, que, a lo que creo, quería agradar a la República, no dejaba por su parte, a pesar de mis representaciones, de hacerme asegurar en todos los despachos que ella no quebrantaría jamás la neutralidad. La terquedad y estupidez de ese pobre hombre me forzaban a escribir y cometer a cada instante extravagancias, porque había de pasar como agente suyo, puesto que así lo quería, y a veces me hacía mi empleo insoportable y casi insostenible. Por ejemplo, quería que casi todos los despachos que dirigía al rey o al ministro fuera en cifra, aunque ni unos ni otros exigían absolutamente esta precaución. Yo le demostré que no había suficiente tiempo para hacerlo desde el viernes, en que llegaban los despachos de la corte, hasta el sábado, en que expedíamos los nuestros, sin contar con la mucha correspondencia que tenía que despachar por el mismo correo. Él encontró a esto una solución admirable, y fué comenzar desde el jueves la contestación a los despachos que habían de llegar al día siguiente. Esta idea le pareció tan feliz, a pesar de mostrarle yo lo absurda que era y la imposibilidad de su ejecución, que tuve que pasar por ello; y, mientras con él estuve, habiendo tomado nota de algunas palabras al vuelo, que me decía durante la semana, y con algunas noticias triviales recogidas acá y allá, sin otros materiales> no dejaba nunca de presentarle el jueves por la mañana un borrador de los despachos que debían expedirse el sábado, salvo algunas adiciones y correcciones hechas aprisa en presencia de los que llegaban el viernes y a que los nuestros servían de respuesta. Otro capricho tenía muy chocante, que comunicaba a su correspondencia un carácter ridículo y difícil de concebir; consistía en volver cada noticia a su origen, en vez de hacerla seguir su curso. Al señor Amelot le indicaba las noticias de Ja corte, las de París al señor de Maurepas, al señor de Havincourt las de Suecia, y las de San Petersburgo al señor de la Chetardie, y a veces dirigía a cada uno las que había recibido del mismo, disfrazadas por mí con términos diferentes. Como de cuanto le presentaba para firmar no repasaba nada más que los despachos de la corte, y firmaba los de los otros embajadores sin leerlos, de mí dependía dar a los demás el corte que mejor me parecía, y a lo menos hacía cruzarse las noticias. Pero me fué imposible dar un estilo razonable a los despachos importantes, y gracias aun si no se le antojaba intercalar de improviso en ellos algunas líneas de su cosecha, que me obligaban a transcribirlos de nuevo y precipitadamente, adornados con esta nueva impertinencia que era preciso honrar poniéndola en cifra, sin cuyo requisito no habría firmado. Por amor a su gloria, varias veces estuve tentado de cifrar otra cosa distinta de lo que él había puesto; mas conociendo que nada podía autorizar semejante infidelidad, le dejaba delirar a su riesgo, satisfecho de hablarle con franqueza y a lo menos de cumplir.

Esto es lo que hice siempre con una rectitud, un celo y un valor que merecía otra recompensa de la que me dió al fin. Ya era tiempo de que una vez siquiera ocupase el lugar que me correspondía en atención a las dotes que me había dispensado el cielo, de la educación que recibí de la mejor de las mujeres y de la que yo mismo me había dado. Entregado a mi mismo, sin consejeros, sin experiencia, en país extranjero, sirviendo a una nación extranjera, en medio de una muchedumbre de tunantes que por interés propio y para alejar el escándalo del buen ejemplo me excitaban a imitarles; lejos de obrar así, serví bien a Francia, aunque nada le debía, y mejor aun, como era justo, al embajador en cuanto de mi dependía. Irreprochable en un puesto bastante visible, merecí y obtuve el aprecio de la República, el de todos los embajadores con quienes estábamos en correspondencia y el afecto de todos los franceses establecidos en Venecia, sin exceptuar el mismo cónsul, a quien suplantaba con pesar en las funciones que yo sabía le correspondían y que me causaba más molestia que placer.

El señor de Montaigu, entregado sin reserva al marqués de Man, quien no se mezclaba en los pormenores de sus deberes, los descuidaba a tal extremo que sin mí los franceses que había en Venecia no se hicieran cargo de que habla allí un embajador de su nación. Siempre despedidos sin ser escuchados cuando necesitaban su protección, se fastidiaron, y ya no se veía ninguno en su comitiva ni en su mesa, a la que jamás les invitaba. A menudo hacía yo por mi cuenta lo que debiera haber hecho él, dispensando a los franceses que reclamaban su apoyo o el mío todos los servicios que estaban en mi mano. En cualquier otro país hubiera hecho mucho más; pero, no pudiendo moverme de mi lugar a causa de mi empleo, me veía obligado a recurrir al cónsul; y éste, que se hallaba establecido en el país donde tenía su familia, debía guardar ciertos miramientos que le impedían hacer lo que quería. Sin embargo, algunas veces, viéndole ceder y que no se atrevía a hablar, me aventuraba a dar pasos atrevidos, de los cuales algunos me salían bien. Recuerdo uno que todavía me da risa: nadie imaginaría que los aficionados al teatro de París me debieron a mí el tener a Coralina y su hermana Camila; sin embargo, nada es más exacto. Su padre, Veronese, se había contratado con sus hijas para la compañía italiana; y, después de haber recibido dos mil francos para el viaje, en vez de partir se había metido tranquilamente en el teatro de San Lucas adonde Coralina, muy niña todavía, atraía mucha gente. El señor duque de Gesvres, como primer gentilhombre de cámara, escribió al embajador reclamando al padre y a la hija. El de Montaigu, dándome la carta, me dijo por toda instrucción: ved esto. Yo fuí a casa del señor Le Blond a rogarle que hablase al patricio a quien pertenecía el teatro de San Lucas y que era, según creo, un Zustiniani, a fin de que despidiese a Veronese, que estaba contratado por el rey. Le Blond, a quien le importaba poco, desempeñó mal la comisión. Zustiniani se incomodó, y Veronese no fué despedido. Yo me piqué. Estábamos en carnaval, y tomando la palmeta y la máscara, híceme conducir al palacio Zustiniani. Cuando vieron entrar mi góndola con el distintivo de la embajada quedaron sorprendidos, pues jamás en Venecia se había visto cosa semejante. Entro y me hago anunciar bajo el nombre de una siora maschera. Tan luego como hube entrado, me quité la máscara y me di a conocer; el senador palideció y quedó estupefacto. "Caballero -le dije en veneciano-, siento importunar a V. E. con mis visitas; pero tenéis en vuestro teatro de San Lucas a un hombre llamado Veronese que está contratado al servicio del rey y que se os ha reclamado inútilmente; vengo a reclamarlo en nombre de V. M.". Mi corta arenga produjo efecto. Apenas hube salido, cuando nuestro hombre corrió a dar cuenta del hecho a los inquisidores del Estado, quienes le reprendieron. El mismo día se despidió a Veronese; yo le hice decir que si no partía dentro de ocho días le pondría preso, y partió.

En otra ocasión saqué de apuros al capitán de un buque mercante, por mí solo y casi sin el concurso de nadie. Se llamaba el capitán Olivet de Marsella; el nombre del buque lo he olvidado; su tripulación había tenido disputas con los esclavones que estaban al servicio de la República, y, habiendo llegado a las manos, se había embargado el buque con tal severidad, que nadie, exceptuando únicamente el capitán, podía entrar ni salir de bordo sin permiso. Acudieron al embajador, que les mandó a paseo; fueron al cónsul, quien les dijo que, no siendo asunto de comercio, no podía mezclarse en ello. No sabiendo ya qué hacer, volvieron a mí. Yo di a entender al señor Montaigu que debía permitirme presentar al senado una Memoria sobre este hecho. No recuerdo bien si consintió en ello y si presenté la Memoria, pero lo cierto es que el embargo no se levantaba y tomé una resolución que nos sacó del atajo.

Puse la relación del hecho en un despacho dirigido al señor de Maurepas, y me costó bastante hacer que el señor de Montaigu consintiese en dejarlo pasar. Yo sabía que aunque no valiese la pena de hacerlo, nuestros despachos se abrían en Venecia misma, pues tenía una prueba de ello en los artículos insertos en la Gaceta, en donde se veía claramente; había tratado en vano de inducir al embajador a que se quejara. Mi objeto, al hablar de esta vejación en el despacho, era sacar partido de su curiosidad, metiéndoles miedo y obligarles a dejar el buque libre, pues si para ello se hubiese tenido que esperar la respuesta de la corte, antes de que ésta llegase, hubiera el capitán quedado arruinado. Hice más aun: me presenté a bordo a fin de interrogar a la tripulación, llevando conmigo al abate Patizel, canciller del consulado, que vino de mala gana; pues aquellas pobres gentes temían en gran manera disgustar al Senado. No pudiendo subir a bordo por causa del interdicto, me quedé en mi góndola y llevé a cabo mi interrogatorio, preguntando sucesivamente y en alta voz a todos los tripulantes, y haciendo las preguntas de modo que las respuestas les fuesen ventajosas. Quise que el interrogatorio y el proceso verbal lo hiciese Patizel, pues en efecto era esto más de su incumbencia que de la mía, mas no pude lograrlo; no dijo una palabra y apenas logré que firmase el proceso verbal después de mi. Este procedimiento algo atrevido produjo, sin embargo, buen efecto, y el buque fué desembargado mucho tiempo antes de que llegase la respuesta del ministro. El capitán quiso hacerme un regalo, mas yo, sin incomodarme por ello, tocándole amigablemente en el hombro: "Capitán Olivet -le dije-, ¿te figuras que el que no cobra de los franceses un derecho de pasaporte que halla establecido, será capaz de venderles la protección del rey?" Entonces quiso darme a lo menos una comida a bordo, que acepté, llevando conmigo al secretario de la embajada de España, llamado Carrió, hombre de talento y muy amable, que posteriormente fué secretario de embajada en París y encargado de negocios, con el cual estaba íntimamente ligado, siguiendo el ejemplo de nuestros embajadores.

Por dichoso me daría si cuando con el mayor desinterés hacía todo el bien que me era dable, hubiese sabido poner bastante orden y atención en todos estos pequeños detalles para no salir burlado sirviendo a los demás a costa mía. Mas en los empleos como el mío, donde las menores faltas no dejan de traer consecuencias, empleé toda mi atención a fin de no cometer ninguna en mi servicio. Hasta el fin obré con el mayor orden y con la mayor exactitud en todo lo referente a mis deberes esenciales. Aparte de algunos errores que una precipitación forzada me hizo cometer escribiendo en cifra y de que una vez se quejaron los subordinados del señor Amelot, ni el embajador ni nadie tuvo que echarme en cara jamás el menor descuido en el ejercicio de mis funciones; hecho que es de notar, siendo, como soy, tan negligente y atolondrado; mas a veces me faltaba la memoria y el buen cuidado en los asuntos particulares que a mi cargo tomaba, y el amor a la justicia me ha hecho siempre sufrir el perjuicio espontáneamente antes que nadie tuviese ocasión de quejarse. Sólo citaré un hecho que se refiere al tiempo de mi salida de Venecia, cuyas consecuencias sufrí en París posteriormente.

Nuestro cocinero, llamado Rousselot, había traído de Francia un pagaré antiguo de doscientos francos que el peluquero de unos amigos suyos había recibido de un noble veneciano, llamado Zanetto Nani, en pago de algunas pelucas. Rousselot me trajo ese pagaré, suplicándome que procurase cobrar alguna cosa por vía de arreglo. Yo sabia y él también que la costumbre constante de los nobles venecianos es no pagar, de vuelta a su país, las deudas contraídas en el extranjero, y cuando se les quiere obligar, aburren al desdichado acreedor a fuerza de dilaciones y de gastos hasta que se cansa y acaba por abandonarlo todo, o conviene en aceptar casi nada. Yo rogué a Le Blond que hablase a Zanetto, éste reconoció el pagaré, mas no se avino a pagarlo. A fuerza de batallar, prometió al fin tres zequíes, mas cuando Le Blond le llevó el pagaré no estaban dispuestos los tres zequíes, y fué preciso esperar. Entre tanto sobrevino mi disputa con el embajador y mi salida de su casa. Dejé los papeles de la embajada en el mayor orden, mas el pagaré de Rousselot no se encontró. Le Blond me aseguró habérmelo devuelto, y a mí me constaba que era un hombre harto honrado para dudar de su palabra; pero me fué imposible recordar qué había sido de este pagaré. Como Zanetto había confesado la deuda, supliqué a Le Blond que procurase cobrar los tres zequíes contra un recibo, o inducirle a renovar el pagaré por duplicado. Pero Zanetto, al saber que se había perdido el pagaré, no quiso hacer lo uno ni lo otro: yo ofrecí a Rousselot, de mi bolsillo, los tres zequíes para indemnizarle. Mas él los rehusó diciendo que ya me arreglaría en París con el acreedor, cuya dirección me dió. El peluquero, teniendo noticia de lo que había pasado, exigió el pagaré o su importe completo. ¡Qué no habría dado yo en mi indignación por encontrar ese maldito pagaré! Pagué los doscientos francos, y a fe mía que a la sazón me hallaba apurado. He aquí cómo la pérdida del pagaré le valió al acreedor la suma entera mientras que si desgraciadamente para él se hubiese vuelto a encontrar, difícilmente habría sacado los diez escudos prometidos por S. E. Zanetto Nani.

La disposición que creí descubrir en mí para este empleo fue causa de que lo desempeñara con gusto; y aparte la compañía de mi amigo Carrió y del virtuoso Altuna, de quien en breve tendré que hablar, aparte las inocentes diversiones de la plaza de San Marcos, de los espectáculos y de algunas visitas que casi siempre hacíamos juntos, toda mi satisfacción consistió en el cumplimiento de mis deberes. Aunque no fuese el mío un trabajo muy penoso, sobre todo con el auxilio del abate de Binis, como la correspondencia era muy extensa y nos hallábamos en guerra, no dejaba de estar bastante ocupado. Pasaba trabajando buena parte de la mañana, y los días de correo a veces hasta medianoche, consagrando el tiempo que me quedaba libre a estudiar la carrera que empezaba, en la cual confiaba, visto mi primer ensayo, que obtendría en lo sucesivo un empleo más ventajoso. En efecto, no había más que una opinión respecto de mí, comenzando por el embajador, que se felicitaba en gran manera de mis servicios, que no se quejó jamás y cuyo disgusto provino únicamente de que, habiéndome quejado inútilmente, yo mismo quise al fin marcharme. Los embajadores y los ministros del rey con quienes estábamos en correspondencia le dirigían felicitaciones por el mérito de su secretario, que hubieran debido halagarle, mas en su mala cabeza produjeron un efecto contrario. Sobre todo recibió una en circunstancias especiales que jamás me ha perdonado. Esto vale la pena de explicarse.

Tanto le costaba molestarse, que aun el sábado, día de casi todos los correos, no podía esperar para salir a que estuviese concluido el trabajo y, hostigándome sin cesar para que expidiera los despachos del rey y de los ministros, los firmaba precipitadamente, y enseguida se iba corriendo no sé a dónde, dejando sin firmar la mayor parte de las otras cartas, lo que me obligaba, cuando no eran más que simples noticias, a expedirlas a manera de boletín; mas cuando se trataba de negocios referentes al servicio del rey, preciso era que firmase alguien y firmaba yo. Así lo hice en un aviso importante que acabábamos de recibir del señor Vincent, encargado de los negocios del rey en Viena. Era esto cuando el príncipe de Lobkowitz iba a Nápoles y el conde de Gages llevó a cabo aquella famosa retirada, que es el hecho de armas más notable del presente siglo y de que no se ha hablado en Europa cuanto merecía. Decía el aviso que un hombre, cuyas señas nos había dado el señor Vincent, salía de Viena y, pasando por Venecia, debía llegar furtivamente al Abruzzo con la misión de sublevar el pueblo al aproximarse los austríacos. Ausente el señor conde de Montaigu, que no tomaba interés por nada, hice pasar tan acertadamente este aviso al marqués de l'Hópital, que quizá la casa de Borbón deba a este pobre Juan Jacobo, tan escarnecido, la conservación del reino de Nápoles.

El marqués de l'Hópital, felicitando a su colega, como correspondía, le habló de su secretario y del servicio que acababa de prestar a la causa común. El conde de Montaigu, que debía avergonzarse por la negligencia con que habla procedido en este asunto, creyó entrever un reproche en aquel cumplido y me habló de ello malhumorado. Me había visto en el caso de hacer con el conde de Castellane, embajador en Constantinopla, lo mismo que con el marqués de l'Hópital, aunque por asuntos de menos monta. Como no había otro medio de comunicación con Constantinopla que los correos expedidos por el Senado, de cuando en cuando, a su bailío, se daba aviso de la salida de estos correos al embajador de Francia, a fin de que por este conducto pudiese escribir a su colega, si lo juzgaba a propósito. Este aviso se recibía ordinariamente con uno o dos días de anticipación; mas tan poco caso se hacía del señor de Montaigu, que se contentaban con enviárselo una o dos horas antes de salir el correo, lo que me puso en el caso de expedir el correo muchas veces en su ausencia. El conde de Castellane, al contestar, hacia mención de mí en términos halagüeños; el señor de Joinville desde Ginebra hacía lo mismo; todo lo cual producía otros tantos agravios.

Confieso que yo no desperdiciaba las ocasiones de darme a conocer, mas tampoco las buscaba inmotivadamente; sirviendo bien me parecía justo aspirar al premio natural de los buenos servicios, que es la estimación de los que se hallan en el caso de comprenderlos y recompensarlos. Yo no afirmaré que mi exactitud en llenar mis funciones fuese por parte del embajador un motivo de queja; pero sí diré que hasta el día de nuestra separación fué el único que tuvo.

Su casa, que yo había puesto en buen pie, se llenaba de gentuza; en ella los franceses se veían maltratados y los italianos cobraban ascendiente, y hasta de estos mismos, los buenos servidores, afectos de mucho tiempo a la embajada, fueron echados de mala manera: entre ellos su primer gentilhombre, que lo había sido del conde Froulay y que me parece se llamaba el conde Peati o algo parecido. El segundo gentilhombre, escogido por el señor de Montaigu, era un bandido de Mantua, llamado Dominico Vitali, a quien confió el embajador el cuidado de su casa, quien a fuerza de embelecos y de miserables mezquindades ganó su confianza y fué su favorito, con gran perjuicio de las pocas personas honradas que aún quedaban y del secretario que estaba al frente de ellas. La integridad de un hombre de bien es siempre antipática a los malvados. Esto solo hubiera bastado para granjearme el odio de aquél; mas este odio tuvo además otra causa que lo hizo más enconado. Preciso es decirla a fin de que se me condene si fuí culpable.

Según era costumbre, tenía el embajador un palco en cada uno de los cinco teatros. En la mesa, decía todos los días a qué teatros quería ir; yo escogía después de él, y los gentileshombres disponían de los demás. Al salir tomaba la llave del palco que habla escogido; mas un día, en que Vitali no estaba presente, encargué al lacayo que me trajese la mía a una casa que le indiqué. Pero Vitali, en vez de enviarme la llave, me mandó decir que había dispuesto de ella. Yo estaba tanto más despechado cuanto que el lacayo me había dado cuenta de mi comisión en presencia de todo el mundo. Por la noche Vitali quiso dar alguna excusa, mas yo la rechacé, diciéndole: "Mañana vendréis a darme satisfacción en la casa donde he recibido la afrenta y ante las personas que han sido testigos de ella, o de lo contrario, suceda lo que suceda, os prevengo que pasado mañana o vos o yo saldremos de aquí". El tono decidido con que hablé le impuso y vino al lugar y hora indicados a darme una pública satisfacción digna de él; pero tomó sus medidas con anticipación, y, mientras se humillaba, trabajaba tan a la italiana que, no pudiendo lograr que el embajador me despidiera, me puso en la necesidad de marcharme yo mismo.

Semejante miserable no era seguramente capaz de conocerme, pero conocía de mí lo que servía a su intento; sabía que era bueno y tolerante por demás para soportar las faltas involuntarias, altivo y transigente para las ofensas premeditadas, amigo de la decencia, de la dignidad y de las cosas convenientes y no menos exigente respecto a las consideraciones que se me debían que atento a las que debía a los demás. Por aquí es por donde emprendió y logró desanimarme. Trastornó toda la casa, hizo perder en ella cuanto yo había logrado de orden, subordinación, limpieza y propiedad. Una casa sin mujer necesita una disciplina algo severa para que reine en ella la modestia, compañera inseparable de la dignidad. Pronto convirtió la nuestra en un lugar de crápula y de licencia, en una guarida de bribones y libertinos. En lugar del segundo gentilhombre, que había hecho despedir, puso a otro alcahuete como él, que tenía burdel público en la Cruz de Malta; la indecencia de estos dos infames, puestos de acuerdo, corría parejas con su insolencia. Exceptuando únicamente la estancia del embajador, y que ni siquiera estaba en toda regla, no había en la casa un solo rincón que fuese tolerable para un hombre honrado.

Como S. E. no cenaba en casa, teníamos los gentileshombres y yo una mesa particular, donde comían también el abate de Binis y los pajes. En el más asqueroso figón se servía la comida mejor, más aseadamente, con más decencia, con más limpieza; nos daban sólo un a vela pequeña y negra, platos de estaño y tenedores de hierro.

Pase aun para lo que se hacía en casa, pero me quitaron mi góndola, siendo yo el único de los secretarios de embajada que me veía obligado a alquilar una o andar a pie; y sólo llevaba la librea de S. E. para ir al Senado. Por otra parte nada de cuanto pasaba en casa se ignoraba en la dudad, toda la servidumbre clamaba a grito herido, y Dominico, única causa de todo, era el que más gritaba, sabiendo perfectamente que la indecencia con que éramos tratados me afectaba a mi más que a ningún otro. Yo era el único de la casa que nada decía fuera de ella; pero me quejaba vivamente con el embajador de todo y de él mismo, que, inducido secretamente por aquel hombre rastrero, me infería nuevas afrentas cada día. Obligado a gastar mucho para mantenerme al igual de mis compañeros y como correspondía a mi empleo, me era imposible ahorrar un sueldo; y cuando le pedía dinero, me hablaba de su aprecio y de su confianza, como si con ella hubiese debido llenarse mi bolsillo y proveer a todo.

Esos dos bandidos acabaron por hacer perder completamente a su amo la cabeza, que ya no tenía muy segura, y le arruinaban con una truhanería continua, presentándole negocios falaces so capa de gangas. Le hicieron alquilar en la Brenta un palazzo por el doble de su valor, cuyo exceso partieron con el propietario. Las habitaciones estaban incrustadas con mosaicos y adornadas con columnas y pilastras de magníficos mármoles al estilo del país. El señor de Montaigu mandó cubrirlo todo espléndidamente de abeto, por la sola razón de que así se acostumbraba en París. Por un motivo semejante fué el único de los embajadores que había en Venecia que quitó a sus pajes la espada y el bastón a sus lacayos. He aquí cuál era el hombre que quizá siempre por el mismo motivo me tuvo entre ceja y ceja, únicamente porque le servía con fidelidad.

Yo sufrí con paciencia sus desdenes, su brutalidad y sus malos tratos mientras no creí ver odio en ellos, porque revelaban mal humor; mas desde el momento en que advertí el designio de privarme de la consideración que merecía por mi buen comportamiento, resolví tomar otro camino.

La primera manifestación que vi de su mala voluntad fué con motivo de una comida que debía dar al señor duque de Modéne y su familia, que estaban en Venecia, y a la cual me indicó que yo no asistiría. Yo le contesté picado, aunque sin enojo, que teniendo el honor de comer todos los días en su mesa, si el señor duque de Modéne exigía que yo no lo hiciera cuando él viniese, la dignidad de S. E. y mi deber no debían consentirlo. "Cómo -dijo airado-, mi secretario, que ni siquiera es gentilhombre, pretende comer con un soberano, cuando no lo obtienen mis gentileshombres!" "Sí, señor -le repliqué yo-; el puesto con que V. E. me ha honrado me ennoblece tanto, mientras en él permanezca, que estoy por encima aun de vuestros gentileshombres o lo que sean, y soy admitido donde ellos no pueden serlo. Vos no ignoráis que el día en que seáis recibido solemnemente, yo estoy llamado por la etiqueta y por una costumbre inmemorial a seguiros en traje de ceremonia y a comer con vos en el palacio de San Marcos; y no comprendo por qué causa, el que puede y debe comer en público con el dux y el Senado de Venecia, no ha de poder comer privadamente con el duque de Modéne".

Aunque el argumento no tenía réplica, el embajador no se dió por vencido; mas no tuvimos ocasión de renovar la disputa, pues el duque de Modéne no comió en su casa.

Desde entonces no dejó nunca de darme motivos de disgusto y de hacerme desaires, esforzándose en quitarme las pequeñas prerrogativas anejas a mi empleo, para transmitirlas a su estimado Vitali; y estoy seguro de que, si se hubiese atrevido, hasta le hubiera enviado al Senado en lugar mío. Comúnmente se valía del abate de Binis para escribir en su gabinete sus cartas particulares y de él se valió para remitir al señor de Maurepas una relación del asunto del capitán Olivet, en la cual, lejos de hacerle ninguna mención de mí, único que me habla ocupado de ello, me quitaba hasta el honor del proceso verbal, de que le envió un duplicado, para atribuirlo a Patizel, que ni siquiera había dicho una palabra. Quería mortificarme y complacer a su favorito, pero sin deshacerse de mi, pues conocía que no le sería tan fácil hallarme un sucesor como le había sido encontrarlo para el señor Follau, pues éste ya lo había dado a conocer. Necesitaba imprescindiblemente un secretario que supiese el italiano a causa de las respuestas del Sena do; que despachara todas las notas y todos sus asuntos sin que él se metiese en nada; que al mérito de servir bien uniese la bajeza de complacer a todos sus bellacos y gentileshombres. Por consiguiente quería conservarme, abatirme teniéndome lejos de mi país y del suyo, sin dinero para volverme, y tal vez lo habría conseguido, si se hubiese portado con moderación. Pero Vitali, que tenía otras miras y quería impelerme a tomar una resolución, logró su objeto. Desde el momento en que vi que todos mis cuidados eran trabajo perdido, que el embajador tenía por crímenes mis servicios en vez de agradecérmelos, que no tenía que esperar de él más que ingratitud dentro e injusticias fuera y que el descrédito general en que habían caído sus malos oficios podían dañarme, sin que los buenos pudiesen servirme, y me resolví a marcharme dándole tiempo para que buscase otro secretario; pero, sin decirme que sí ni que no, siguieron las cosas el mismo curso que antes. Viendo que nada se adelantaba y que nada hacía para encontrarme un sucesor, escribí a su hermano detallando mis motivos y suplicándole que obtuviese de S. E. el permiso de retirarme, añadiendo que de todos modos me era imposible continuar.

Largo tiempo estuve esperando sin obtener respuesta alguna, y ya empezaba a estar muy molesto cuando el embajador recibió al fin una carta de su hermano. Preciso es que fuese muy enérgica, porque motivó arrebatos muy feroces, tales como jamás los había visto. Después de deshacerse en torrentes de abominables injurias y no sabiendo ya qué decir, me acusó de haber vendido sus cifras. Yo me eché a reír y le pregunté en tono zumbón si creía que hubiese en toda Venecia una persona siquiera que diese por ellas un solo escudo. Esta respuesta le hizo echar espumarajos de ira, hizo ademán de llamar a los criados para hacerme, según dijo, arrojar por la ventana. Hasta entonces yo había permanecido muy tranquilo, mas, al oír esta amenaza, la cólera y la indignación me arrebataron a mi vez; me lancé a la puerta y, tirando del picaporte que la cerraba por dentro le contesté, dirigiéndome a él con paso grave: "No, señor conde, contentaos con que vuestros servidores no se mezclen en este asunto, que esto quede entre nosotros". Mi acción y mi semblante le calmaron instantáneamente, y se dibujó en su rostro el sobresalto y la sorpresa. Cuando le vi repuesto de su furia, me despedí de él en pocas palabras; luego, sin esperar su respuesta, abrí de nuevo la puerta, salí y avancé pausadamente por la antecámara en medio de sus servidores, que se levantaron, como de ordinario, y que más bien se hubieran puesto de mi lado que del suyo. Sin subir siquiera a mi habitación bajé la escalera, y salí inmediatamente de palacio para no volver jamás a pisarlo.

Fui directamente a casa de Le Blond a contarle el lance, que le sorprendió poco, pues conocía a nuestro hombre. Me invitó a comer, y esta comida, aunque improvisada, fué magnífica; a ella asistieron todos los franceses de consideración que se hallaban en Venecia, y el embajador no tuvo a su lado a nadie. El cónsul refirió la aventura a los presentes, a cuyo relato no hubo más que una opinión, que seguramente no fué favorable a S. E. No me habla ajustado la cuenta ni me había dado un solo sueldo; y, reducido por todo recurso a algunos luises que tenía, me hallaba con dificultades para volverme. Todos me ofrecieron su bolsillo y tomé unos veinte zequíes de Le Blond y otros tantos del señor de Saint-Cyr, con quien, después de aquél, tenía mayor intimidad, dando las gradas a los demás, y entre tanto me albergué hasta el día de mi partida en la cancillería del consulado para probar al público que la nación no era cómplice de las injusticias del embajador. Furioso éste al yerme obsequiado en mi infortunio y él abandonado, no obstante ser todo un embajador, perdió completamente la cabeza y se portó como un loco, olvidándose hasta el extremo de presentar al Senado una Memoria para hacerme detener, y, habiéndome dado aviso de ello el abate de Binis, determiné permanecer quince días más, en vez de marcharme al día siguiente, como habla contado. Mi conducta habla sido conocida y aprobada y yo era generalmente apreciado.

El Senado ni siquiera se dignó responder a la extravagante Memoria del embajador, y por intermedio del cónsul me dijo que podía quedarme en Venecia cuanto tiempo quisiese sin inquietarme por las exigencias de un loco. Seguí visitando a mis amigos, fuí a despedirme del embajador de España, que me recibió muy bien y del conde Finochietti, ministro de Nápoles, a quien, por no haberle encontrado, le escribí una carta y me contestó en los términos más halagüeños.

Al fin partí, no dejando, a pesar de mi estrechez, más deudas que los préstamos que acabo de citar y unos cincuenta escudos en casa del mercader Morandi, que Carrió se encargó de satisfacer y que jamás le he devuelto a pesar de habernos visto a menudo desde entonces; pero los dos citados préstamos los satisfice con toda exactitud tan pronto como me fué posible.

No dejemos a Venecia sin decir algo de las célebres diversiones de esta ciudad o a lo menos de la pequeña parte que en ellas tomé durante mi permanencia. En el transcurso de mi juventud ya se ha visto cuán poco he gustado los placeres de esta edad o a lo menos los tenidos por tales. En Venecia no cambié de gustos; pero mis ocupaciones, que por otra parte me los hubieran impedido, hicieron más picarescos los sencillos recreos que me permitía. El primero y más grato era la compañía de las personas de mérito, los señores Le Blond, Saint-Cyr, Carrió, Altuna, y un noble de Forli, cuyo nombre siento mucho haber olvidado, y cuyo amable recuerdo nunca deja de conmoverme; de cuantos hombres he conocido en mi vida era el que poseía un corazón más semejante al mío. Éramos también amigos de dos o tres ingleses muy despejados e instruidos, apasionados por la música como nosotros. Todos estos señores tenían mujer, amiga o querida; estas últimas, casi todas eran jóvenes de ingenio, en cuyas casas se daban conciertos o bailes. También se jugaba, aunque muy poco; nos hacían insípido este entretenimiento los placeres vivos, las diversiones y los espectáculos. El juego no es más que un recurso de las personas que se fastidian. Yo había traído de París la preocupación que allí domina contra la música italiana, mas también había recibido de la Naturaleza la sensibilidad contra la cual nada pueden las preocupaciones. Pronto me inspiró la pasión que alienta a los que han nacido para comprenderla. Al escuchar las barcarolas, conocí que nunca había oído cantar hasta entonces, y de tal modo me aficioné a la ópera que, fastidiado de charlar, comer y jugar en los palcos, cuando no hubiera querido hacer otra cosa que escuchar, me apartaba a menudo de la compañía para ir a otro lado. Allí, solo, encerrado en mi palco, me entregaba, a pesar de la duración del espectáculo, al placer de gozarlo a mi gusto hasta el fin. Un día me quedé dormido en el teatro de San Crisóstomo y más profundamente que si estuviera en mi cama. Los pasajes más ruidosos y brillantes no pudieron despertarme; mas, ¿quién pudiera expresar la deliciosa sensación que me causaron la dulce armonía y los angélicos cantos del trozo que me despertó? ¡ Qué despertar, qué arrobamiento, qué éxtasis cuando a un mismo tiempo abrí los ojos y los oídos! El primer pensamiento fué creerme en el paraíso. Ese trozo encantador que todavía recuerdo y jamás olvidaré, empezaba así:

Conservami la bella

Che sí m'accende in cor

Quise poseer este trozo, lo conseguí y lo he guardado largo tiempo; pero mejor lo conservaba en mi memoria que sobre el papel donde constaban seguramente las mismas notas, pero no era aquello mismo. Esta divina aria sólo en mi mente puede ser ejecutada, como lo fué en efecto el día que me despertó.

A mi modo de ver hay una música muy superior a la de las óperas y que no tiene semejante en Italia ni en el resto del mundo, y es la de las scuole. Las scuole son casas de caridad establecidas para dar educación a niñas pobres, a quienes dota luego la república casándolas o haciéndolas monjas. Entre los conocimientos que cultivan esas niñas, la música ocupa el primer lugar. Cada domingo en la iglesia de cada una de esas cuatro scuole, durante las vísperas, se ejecutan motetes a gran coro y a gran orquesta, compuestos y dirigidos por los más grandes maestros de Italia, ejecutados en tribunas enrejadas, únicamente por niñas, de las cuales la mayor no cuenta veinte años. Nada conozco tan voluptuoso, tan conmovedor como esta música; las maravillas del arte, el gusto exquisito de los cantos, la belleza de las voces, la exactitud de la ejecución, todo, en fin, en esos deliciosos conciertos concurre a producir una impresión que no es seguramente muy saludable, pero de que no creo que haya corazón capaz de librarse. Ni Carrió ni yo dejábamos nunca de asistir a esas vísperas en los Mendicanti, y no éramos los únicos. La iglesia estaba llena siempre de aficionados, y hasta los mismos actores de la ópera iban a estudiar el verdadero gusto del canto con estos excelentes modelos. Lo que me desconsolaba eran aquellas malditas rejas que, dando sólo paso a los sonidos, me ocultaban los bellos ángeles que tales voces tenían. Yo no hablaba de otra cosa. Un día, conversando de ello en casa de Le Blond, éste me dijo: "Si tenéis curiosidad por conocer a esas niñas, fácil es satisfaceros. Yo soy uno de los administradores de la casa y quiero que podáis merendar en su compañía". Yo no le dejé punto de reposo hasta que hubo cumplido su palabra. Al entrar en el salón que encerraba esas codiciadas bellezas sentí una emoción amorosa que jamás había experimentado. El señor Le Blond me presentó, una tras otra, todas aquellas cantatrices célebres, de quienes no conocía más que la voz y el nombre. "Venid, Sofía...". Era horrible. "Venid, Cattína..." Era tuerta. "Venid, Batti....." Estaba desfigurada por las viruelas. Apenas había una que no tuviese un defecto notable. El malvado se reía de mi cruel sorpresa. Sin embargo, hubo dos o tres que no me parecieron del todo feas: mas no cantaban sino en los coros. Yo estaba desconsolado. Durante la merienda, las estimularon y estuvieron animadas. La fealdad no excluye las gracias, y las encontré en ellas. Yo me decía: no se canta así sin alma; por consiguiente, deben tenerla. En fin, mi manera de verlas cambió de tal modo que salí prendado de todas aquellas feítas. Apenas me atrevía a volver a sus vísperas, mas en breve me tranquilicé y continué hallando sus cantos deliciosos, y sus voces prestaban en mi mente tal encanto a sus rostros, que siempre que cantaban, a pesar de mis ojos, me empeñaba en hallarlas bellas.

Tan poco cuesta la música en Italia, que no hay que privarse cuando se tiene gusto por ella. Alquilé un clavicordio, y por un escudo tenía en mi casa cuatro o cinco sinfonistas con quienes me ejercitaba una vez a la semana ejecutando los trozos que más me gustaron. También hice ensayar algunos trozos de mis Musas galantes. Sea que agradase o que quisiesen halagarme, ello es que el maestro de baile de San Juan Crisóstomo me hizo pedir dos, que tuve el placer de oír ejecutar por aquella admirable orquesta, y fueron bailados por una joven llamada Bettina, linda y sobre todo amable muchacha, mantenida por un español, amigo nuestro, llamado Fagoaga y a casa de la cual íbamos a pasar la velada.

Mas, a propósito de muchachas, seguramente no es en una ciudad como Venecia donde uno se abstiene de ellas, y podría decírseme: ¿nada tenéis que confesar sobre este punto? Sí; en efecto, algo tengo que decir y voy a proceder a esta confesión con la misma ingenuidad que he usado en todas las otras.

He tenido siempre aversión a las mujeres públicas y en Venecia no tenía otra cosa más a mi alcance, pues a causa de mi empleo me estaba prohibida la entrada en la mayor parte de las casas. Las hijas de Le Blond eran muy amables, pero muy difíciles, y yo apreciaba demasiado a sus padres para pensar siquiera en codiciarlas.

Más me hubiera gustado la señorita Cataneo, hija del agente del rey de Prusia; pero Carrió estaba enamorado de ella y hasta se trató de casamiento. Él estaba acomodado y yo nada tenía; él tenía cien luises de sueldo, mientras que el mío no era más que den pistolas; y, además de que yo no quería hacerle competencia a un amigo, sabia que en todas partes, y sobre todo en Venecia, con un bolsillo tan escuálido no debe uno meterse a galanteador. Yo no había perdido el funesto hábito de engañar a mis necesidades y, harto atareado para sentir vivamente las que causa el clima, viví en esa ciudad cerca de un año con tanta prudencia como lo había hecho en París, y salí de ella al cabo de dieciocho meses sin haberme acercado a las mujeres más que en dos ocasiones y en las singulares circunstancias que voy a referir.

La primera me fué proporcionada por el pulcro gentilhombre Vitali, poco tiempo después de la satisfacción que le obligué a darme en toda regla. Se hablaba en la mesa de las diversiones de Venecia. Aquellos señores reprochaban mi indiferencia por la más incitante de todas, ponderando el gracejo de las cortesanas venecianas y diciendo que no tenían rival en el mundo. Dominico añadió que había de conocer a la más amable de todas, que él me acompañaría y que yo se lo habría de agradecer. Me reí de ese ofrecimiento oficioso, y el conde Peati. hombre ya viejo y venerable, dijo, con una franqueza que no podía esperarse de un italiano, que me creía harto prudente para que me dejase llevar por mi enemigo a una casa de muchachas. En efecto, yo no tenía ni ánimo ni intención de ir, mas, por una de esas inconsecuencias que ni yo mismo comprendo, acabé por dejarme arrastrar contra mi gusto, mi corazón, mi razón y hasta contra mi voluntad, únicamente por flaqueza, por vergüenza de manifestar desconfianza, y, como allí se dice, per non parer troppo coglione. La paduana a quien visitamos era bastante linda y aun hermosa, pero no de mi gusto. Dominico me dejó con ella: yo mandé traer sorbetes; la hice cantar, y al cabo de media hora quise marcharme dejando un escudo sobre la mesa, mas tuvo el singular escrúpulo de no admitirlo sin haberlo ganado y yo la singular estupidez de quitar sus escrúpulos.

Volvíme a palacio tan persuadido de que estaba contaminado que lo primero que hice al llegar fué llamar al médico para pedirle tisanas. Es inexplicable la inquietud que sufrí durante tres semanas, a pesar de que no la justificase ninguna dolencia real ni signo alguno aparente. Yo no podía concebir que pudiese salir, impune de los brazos de la paduana; el mismo médico no logró tranquilizarme sino con gran trabajo, persuadiéndome de que estaba conformado de un modo particular que hacía muy difícil que pudiese quedar infestado; y, aunque yo me haya expuesto quizá menos que otro a esta experiencia, por ese lado jamás ha sufrido menoscabo mi salud, lo cual prueba la razón del médico. Sin embargo, esta opinión no me ha hecho temerario, y, si efectivamente he recibido de la Naturaleza esta ventaja, puedo decir que no he abusado de ella.

La otra aventura, aunque también con una cortesana, fué de un género muy diferente, así por su origen como por sus consecuencias. Ya dije que el capitán Olivet me había dado a bordo una comida a la que llevé al secretario de España. Me esperaba un saludo de ordenanza; la tripulación nos recibió con alegría, pero sin disparar una salva, lo que me mortificó mucho por Carrió, a quien vi un poco picado, y es lo cierto que en los buques mercantes se saluda con disparos a personas de menor categoría que la nuestra, y además yo creía merecer alguna distinción del capitán. No pude disimular, puesto que siempre me ha sido imposible, y, aunque la comida fuese muy buena y Olivet hiciese muy bien los honores de la mesa, la empecé de mal humor comiendo poco y hablando menos.

Al primer brindis, al menos, yo esperaba una salva, pero no se oyó un tiro. Carrió, que leía en mi alma, se reía al yerme refunfuñar como un chiquillo, y a cosa del tercio de la comida veo aproximarse una góndola. "A fe mía, caballero -me dijo el capitán-, id con cuidado, pues se acerca el enemigo". Yo le pregunté qué quería decir, y me respondió bromeando. La góndola atracó y vi salir de ella a una joven deslumbradora, graciosamente vestida y muy libre, que en tres saltos se plantó en la cámara y la vi sentada a mi lado antes que pudiese hacerme cargo de que se había puesto otro cubierto. Era tan bella como vivaracha; una morenita de veinte abriles lo más. No hablaba más que el italiano; y sólo su acento hubiera bastado para hacerme perder la cabeza. Siguiendo así la comida y conversando me miró, se fijó un momento y luego exclamó: "¡Virgen María! ¡Ah, mi caro Brémond! ¡Cuánto tiempo hace que no te habla visto!" Se arrojó en mis brazos, aplicó su boca a la mía y me abrazó frenéticamente. Sus grandes ojos negros a la oriental lanzaban centellas a mi corazón; y aunque la sorpresa motivó al principio alguna distracción, la voluptuosidad me subyugó rápidamente hasta el punto que, a pesar de los espectadores, fué necesario que esta hermosa me contuviese, porque yo estaba ebrio, o mejor, furioso. Cuando me vió en el punto que me quería, moderó un tanto sus caricias, aunque no sin vivacidad, y cuando le plugo explicarnos la causa verdadera o falsa de toda esta petulancia, nos dijo que me parecía de tal modo al señor de Brémond, director de las aduanas de Toscana, que era muy fácil equivocarse; que se había apasionado de este Brémond, que todavía estaba loca por él, que lo había dejado porque era una tonta, que me tomaba a mí en su lugar, que quería amarme porque así le placía, que por la misma razón era forzoso que yo la amase mientras le conviniese a ella y que, aunque me dejase plantado, yo tendría paciencia, como lo habla hecho su querido Brémond. Como lo dijo, lo hizo; tomó posesión de mí como si le perteneciese, dándome a guardar los guantes, el abanico, su cinda, su papalina; me mandaba esto o aquello y yo obedecía. Me dijo que fuese a despedir su góndola, pues quería servirse de la mía, y obedecí; me dijo que me levantara de mi asiento y rogase a Carrió que lo ocupase pues tenía que hablarle y lo cumplí. Largo tiempo conversaron juntos y en voz baja. Yo les dejé. Ella me llamó y volví. "Oye, Zanetto -me dijo-, yo no quiero de ningún modo que me hagas el amor a la francesa, y además no seria agradable; en el primer momento de fastidio, vete; pero te advierto que no te quedes a medias". Acabada la comida fuimos a visitar la fábrica de vidrios en Murano, donde compró una porción de bagatelas, que nos dejó pagar sin cumplimientos, pero ella gastó luego por todas partes sumas más fuertes que lo que nosotros habíamos pagado. Por la indiferencia con que tiraba su dinero y nos dejaba tirar el nuestro, se veía que no tenía para ella ningún valor. Cuando hacía pagar a otro, era más bien por vanidad que por avaricia; se envanecía del aprecio que se hacía de sus favores.

Al anochecer la condujimos a su casa. Conversando vi dos pistolas sobre su tocador, y tomando una, dije: "Hola, hola, he aquí una caja para lunares de nueva invención; ¿podría saberse para qué sirve? Yo conozco otras armas más temibles que éstas". Después de algunas bromas sobre el mismo tema, con una ingenua altivez que la hacía aún más interesante, nos dijo: "Cuando dispenso mis bondades a personas a quienes no amo, les hago pagar el fastidio que me causan, como es justo; mas, si sufro sus caricias, no quiero aguantar sus insultos y el que una vez me falte no lo contará".

Al separarnos quedamos citados para el día siguiente y nos dimos hora. No la hice esperar. La encontré in vestito di confidenza; en un traje de mañana más que galante que sólo se conoce en los países meridionales y que no me detendré a describir, aunque lo recuerdo muy bien. Sólo diré que sus vuelos y su gola eran bordados de seda, guarnecido con borlitas o madroños de color de rosa. Esto me pareció que daba nueva vida a un cutis hermosísimo, luego vi que era la moda de Venecia y me sorprende que esta moda no se haya introducido nunca en Francia. No tenía la menor idea de las voluptuosidades que me aguardaban. He hablado de la señora de Larnage en los raptos que su recuerdo me proporciona a veces; pero, todavía ¡cuán vieja y fría era comparada con Zulietta! No es posible que el lector imagine el atractivo y las gracias de esta encantadora niña, porque se quedaría muy corto; las jóvenes vírgenes de los claustros son menos frescas, las beldades de los serrallos menos vivas, las huríes del paraíso menos incitantes. Jamás se ofreció al corazón y los sentidos de un mortal más dulce goce. ¡Ah!, si a lo menos hubiese sabido gozarlo enteramente y con toda su plenitud una vez siquiera... Lo gocé, pero sin ilusión; emboté toda mi delicia; la destruí como de propósito. No, la Naturaleza no me ha hecho para gozar; ha colocado en mi mala cabeza el veneno de esta felicidad inefable, cuyo apetito depositó en mi corazón.

Si hay alguna circunstancia de mi vida que pinte bien mi carácter, es la que voy a relatar. La viveza con que se me representa en este momento el objeto de mi libro, hará que desprecie aquí el falso miramiento que podría detenerme en contarlo. Los que queréis conocer a un hombre, quienquiera que seáis, leed las dos o tres páginas siguientes: conoceréis plenamente a Juan Jacobo Rousseau.

Entré en la alcoba de una cortesana como en el santuario del amor y de la belleza, cuya divinidad creí ver en su persona. Jamás había creído que sin respeto y estimación se hubiera podido sentir nada semejante a lo que ella me hizo experimentar. Así que desde las primeras familiaridades hube conocido el precio de sus gracias y de sus caricias, cuando, por miedo de perder el fruto, de antemano quise apresurarme a cogerlo; mas de repente, en vez del fuego que me devoraba, sentí un frío mortal que me recorría todas las venas; las piernas me flaqueaban, y, sintiéndome desfallecer, empecé a llorar como un niño.

¡Quién fuera capaz de adivinar la causa de mis lágrimas y lo que en aquel instante pasaba por mi mente!

Yo me decía: este ser que está a mi disposición es la obra maestra de la Naturaleza y del amor; el espíritu y el cuerpo son perfectos; es tan buena y generosa como amable y bella: los grandes y los príncipes deberían ser esclavos suyos y a sus pies deberían rendirse los cetros. Sin embargo, es una miserable cortesana, entregada al público; un capitán mercante dispone de ella y viene por sí misma a entregarse a mí, sabiendo que nada poseo; a mí, cuyo mérito, que ella es incapaz de conocer, es nulo a sus ojos. Hay en esto algo de incomprensible: o mi corazón me engaña, fascina mis sentidos y me convierte en juguete de una indigna ramera o es fuerza que algún secreto defecto, que yo ignoro, destruya el efecto del embeleso y la haga odiosa a los que deberían disputársela. Entonces me apliqué a buscar este defecto, dominado por una lucha interna singular, y ni siquiera se me ocurrió la idea de que el gálico pudiese tomar parte en ello. La frescura de sus carnes, el brillo de su tez, la blancura de sus dientes, la suavidad de su aliento, la pulcritud de toda su persona, alejaban de mí esta idea tan completamente, que, conservando aún alguna duda sobre el estado de mi salud desde la paduana, hasta sentía el temor de no hallarme bastante sano para ella; y estoy bien persuadido de que en este punto mi confianza no me engañaba.

Estas reflexiones tan oportunamente sugeridas me conmovieron hasta el punto de hacerme llorar. Zulietta, para quien era esto un espectáculo nuevo en semejantes circunstancias, quedó cortada por un momento; mas, habiendo dado una vuelta por el cuarto y pasado por delante del espejo, comprendió y mis ojos le confirmaron que no era el desagrado la causa de semejante fiasco, de que no le fué difícil curarme y borrar esta nimia vergüenza; mas en el momento en que estaba próximo a desfallecer sobre aquel seno, que parecía recibir por vez primera la boca y la mano de un hombre, observé que le faltaba un pezón. Sorprendí, examiné y creí que no estaba formado como el otro. Echéme a buscar en mi mente cómo podía ser eso, y, persuadido de que era debido a un vicio de la Naturaleza, a fuerza de dar vueltas a esta idea, vi claro como la luz del día que, en la persona de la más encantadora muchacha que pudiese imaginar, no tenía en mis brazos más que una especie de monstruo, desecho de la Naturaleza, de los hombres y del amor. Llevé mi estupidez basta el extremo de hablarle de este pecho defectuoso. Al principio, ella lo tomó a broma, y, con su carácter bullicioso, dijo e hizo cosas capaces de hacerme morir de amor; mas como yo conservaba un fondo de inquietud, que no pude ocultarle, vi al fin encenderse su rostro, abrocharse de nuevo, levantarse, y sin decir palabra ir a asomarse a la ventana. Yo quise colocarme a su lado; ella se apartó, yendo a sentarse sobre un canapé, levantándose en seguida; y, paseándose por la estancia, abanicándose, me dijo en tono frío y desdeñoso: Zanetto, Lascia le donne, e studia la matematica.

Antes de marcharme, pedíle otra entrevista para el siguiente día, que alejó ella basta el tercero, añadiendo con una sonrisa irónica que yo tendría necesidad de reposo. Yo pasé este tiempo incómodo, embriagado por sus encantos y gracias, sintiendo mi extravagancia, echándomela en cara y afligiéndome por haber empleado tan mal un tiempo que de mí solo hubiera dependido que fuese el más dulce de mi vida; esperé con la mayor impaciencia el de reparar la pérdida, y, sin embargo, inquieto todavía, no pudiendo conciliar las perfecciones de esta adorable moza con la bajeza de su estado. A la hora citada corrí, volé a su casa. Ignoro si su temperamento ardiente se hubiera satisfecho con esta visita; a lo menos lo hubiera sido su orgullo, pues de antemano yo experimentaba un placer delicioso imaginando cómo sabría demostrarle de todas maneras que sabía reparar mis faltas. Prueba excusada. El gondolero que le envié al atracar, volvió diciendo que había partido la víspera para Florencia. Si no había sentido toda la fuerza de mi amor al poseerla, la sentí cruel por demás al perderla. Mi insensato pesar no me ha abandonado. Por más amable, por más encantadora que a mis ojos fuese, podía consolarme de perderla; mas de lo que no he podido consolarme, lo confieso, es de que no haya podido guardar de mí más que un recuerdo de menosprecio.

Éstas son mis dos anécdotas. Los dieciocho meses pasados en Venecia no me dan motivo para referir otra cosa, a no ser un simple proyecto. Carrió era galanteador; fastidiado de no tratar más que con muchachas que pertenecían a otros, tuvo cl capricho de tener una también; y, como éramos inseparables, me propuso el arreglo, en Venecia nada raro, de tomarla para los dos. Yo consentí en ello; tratóse de encontrar una de confianza: tanto buscó que al fin desenterró una niña de once a doce años, a quien su indigna madre quería vender. Fuimos a verla juntos; mis entrañas se conmovieron viendo aquella criatura; era rubia y dulce como un cordero; nadie la hubiera tomado por italiana. En Venecia se vive barato; dimos algún dinero a la madre y nos encargamos de la manutención de la hija, y, teniendo ésta buena voz, a fin de procurarle un recurso para vivir, dímosle una espineta y un maestro de canto. Apenas nos costaba todo esto dos zequíes mensuales a cada uno; mas, como era preciso aguardar a que estuviese desarrollada, era sembrar mucho antes de recoger. Sin embargo, satisfechos con ir allí a pasar las veladas, hablando y jugando muy inocentemente con esta niña, nos divertíamos quizá más gratamente que si la hubiésemos poseído; tan cierto es que lo que más nos atrae hacia las mujeres es más que la incontinencia cierto placer que se experimenta viviendo con ellas. Insensiblemente iba amando a la pequeña Anzoletta, pero con un cariño paternal, en que tan poca parte tenían los sentidos que a medida que iba aumentando me hubiera sido menos posible que se dejaran sentir; y yo conocía que me hubiera horrorizado gozar de aquella niña, llegada su edad núbil, como de un incesto abominable, y vi que los sentimientos del buen Carrió, sin que él lo echara de ver, seguían el mismo camino. Así nos proporcionamos naturalmente placeres no menos dulces, aunque muy diferentes de los que nos propusimos al principio; y estoy cierto de que por más hermosa que hubiese podido llegar a ser a3ue-lla pobre criatura, lejos de ser jamás los corruptores de su inocencia, habríamos sido sus protectores. La catástrofe que me ocurrió poco tiempo después de eso no me dejó el necesario para tomar parte en esta buena obra, y no puedo envanecerme en este asunto más que de la inclinación de mi alma. Volvamos a mi viaje.

El primer proyecto que formé al salir de la casa de Montaigu fué retirarme a Ginebra esperando que una suerte mejor, apartando los obstáculos, pudiese reunirme a mi pobre mamá. Mas el ruido que había metido nuestro rompimiento y la tontería que él cometió de escribirlo a la corte, me hizo tomar la resolución de ir yo mismo a dar cuenta de mi conducta y quejarme de un loco. Desde Venecia participé mi resolución al señor du Theil, encargado interino de los negocios extranjeros desde la muerte del señor de Amelot. Partí al mismo tiempo que la carta, tomando el camino por Bérgamo, Como y Domodossola, y atravesé el Simplón. En Sión, el señor de Chaignon, encargado de negocios de Francia, me dispensó mil finezas, y otro tanto hizo en Ginebra el señor de la Closure. Aquí renové mi conocimiento con el señor de Gauffecourt, quien debía entregarme algún dinero. Había pasado por Nyon sin ver a mi padre, y no es que no me costase gran trabajo, mas no pude resolverme a mostrarme a mi madrastra después de mi desastre, seguro de que ella me juzgarla sin oírme. El librero 0w villard, antiguo amigo de mi padre, me lo reprochó. Yo le dije la causa, y, para reparar mi falta sin exponerme a ver a mi madrastra, tomé una silla y fuimos juntos a Nyon parando en la taberna. Duvillard fué a buscar a mi pobre padre, que acudió volando a mis brazos. Cenamos juntos, y, después de haber pasado una velada grata a mi corazón, a la mañana siguiente volví a Ginebra con Duvillard, a quien siempre he agradecido el bien que en esta ocasión me hizo.

El camino más corto no era el de Lyon, pero quise pasar por allí a fin de descubrir una miserable intriga del señor de Montaigu. Yo me habla hecho traer de París una cajita que contenía una chupa bordada en oro, algunos pares de vueltas y seis de medias de seda blancas; nada más. Habiéndomelo propuesto él mismo, hice unir esta cajita a su equipaje. En la cuenta de boticario que quiso darme en pago de mis honorarios y que había escrito de su propio puño, había puesto esa cajita. a que llamaba fardo, atribuyéndole un peso de quince quintales, cuyo porte ascendía a un precio enorme. Por mediación del señor Boy de la Tour, a quien estaba yo recomendado por su tío el señor Roguín, se averiguó por los registros de las aduanas de Lyon y de Marsella que el expresado fardo no pesaba más que cuarenta y cinco libras y no había pagado el porte más que a razón de este peso. Junté este extracto auténtico a la cuenta del señor de Montaigu; y pertrechado con estos documentos y con muchos otros del mismo género, me trasladé a París, impaciente por hacer uso de ellos. Durante esta larga travesía tuve algunas aventurillas en Como, en Valais y otros puntos. Vi varias cosas, y entre otras las islas Borromeas, que merecerían ser descritas; pero me falta tiempo, me rodean los espías; me veo obligado a hacer aprisa y mal un trabajo que exige el espacio y la tranquilidad que me falta. Si alguna vez la Providencia vuelve a mí los ojos y me procura días más calmos, los destino a refundir esta obra si me es posible, o a lo menos a ponerle un suplemento que conozco necesita en gran manera.

El ruido de mi historia se me había adelantado, y al llegar hallé en las oficinas y fuera de ellas a todo el mundo escandalizado por las locuras del embajador. A pesar de esto, a pesar de mi reputación en Venecia, a pesar de las pruebas irrefutables que yo exhibía, no pude obtener justicia. Lejos de obtener satisfacción y reparación, hasta fui dejado a discreción del embajador en cuanto a mis haberes, y esto por la única razón de que, no siendo francés, no tenía derecho a la protección nacional, y de que esto era un asunto particular entre él y yo. Todo el mundo convino conmigo en que yo estaba ofendido y perjudicado; en que el embajador era un extravagante, cruel inicuo, y que este hecho lo deshonraba para siempre. Pero ¡ no importa! Él era embajador y yo nada más que secretario. El buen orden o lo que así se llama exigía que yo no obtuviese la menor justicia, y no logré ninguna. Me imaginé que a fuerza de gritar y tratar a este loco como se merecía, al fin me dirían que callase, y esto era lo que esperaba resuelto a no obedecer basta que se hubiese sentenciado la causa. Pero no había ministro de Relaciones Exteriores entonces y me dejaron gritar; es más, me animaron y me hacían coro; mas aquí paró todo, basta que, cansado de tener siempre razón y nunca justicia, me desanimé y abandoné el asunto.

La única persona que me recibió mal, y de quien menos lo habría esperado, fué la señora de Beuzenval. Hinchada con sus prerrogativas de jerarquía y de nobleza, jamás le pudo entrar en la cabeza que un embajador pudiese no tener razón contra su secretario. La acogida que me dispensó fué conforme a ese prejuicio. Yo me piqué de tal modo que, al salir, le dirigí una carta de las más violentas que haya escrito en mi vida y no me presenté más en su casa. El padre Castel me recibió mejor; pero, a través de su melosidad jesuítica, le vi seguir con bastante exactitud una de las grandes máximas de la Orden, que es inmolar siempre al más débil en aras del poderoso. El vivo sentimiento de la justicia de mi causa y mi altivez natural no me permitieron sufrir con paciencia esta parcialidad. Dejé de ver al padre Castel, y por consiguiente a los jesuitas, pues a él sólo conocía. Por otra parte el espíritu tiránico e intrigante de sus cofrades, tan diferente de la hombría de bien del buen padre Hemet, me alejaba tanto de su trato, que no me be relacionado con ningún otro desde entonces, exceptuando al padre Bertbier, a quien vi dos o tres veces en casa del señor Dupin, con quien trabajaba con todas sus fuerzas en la refutación a Montesquieu.

Acabemos, para no acordarnos más de ello, con lo que me resta decir del señor de Montaigu. En nuestras disputas le había dicho que no le convenía un secretario, sino un pasante de procurador. Él siguió este parecer y realmente me dió por sucesor uno muy largo de manos, que en menos de un año le robó veinte o treinta mil libras. Lo echó, lo hizo poner preso, echó igualmente a sus gentileshombres vergonzosamente y con escándalo; dió motivo a mil querellas, recibió afrentas, que no sufriría el menor criado, y a fuerza de locuras acabó por ser destituido de su empleo. A lo que parece, en medio de las reprensiones que recibió de la corte no quedó olvidado el asunto que tenía pendiente conmigo; a lo menos poco tiempo después de su regreso, me envió su maestresala para saldar mi cuenta y darme dinero. En aquellos momentos me hallaba necesitado; mis deudas de Venecia, deudas de honor si las hay, pesaban sobre mi corazón como losa de plomo, y aproveché el medio que se me presentaba para desembarazarme de ellas, así como del pagaré de Zanetto Nani. Tomé lo que quisieron darme; pague todas mis deudas, y me quedé sin blanca, como antes, pero aliviado de un peso que me era insoportable. Desde entonces no be oído hablar más del señor de Montaigu hasta que por la voz pública supe su muerte. ¡Dios conceda la paz a este pobre hombre! Tan propio era para el cargo de embajador como lo había sido yo en mi infancia para el de procurador. Sin embargo, sólo de él dependió poder sostenerse honrosamente por medio de mis servicios, y hacerme adelantar rápidamente en la carrera a que el conde de Gouvon me había destinado en mi juventud, y para la cual me había hecho apto por mí mismo en edad más avanzada.

La justicia e inutilidad de mis clamores dejaron en el fondo de mi alma un germen de indignación contra nuestras estúpidas instituciones civiles, en que el verdadero bien público y la verdadera justicia quedan siempre sacrificadas a no sé qué orden aparente, destrucción real de todo orden, que sólo sine para agregar la sanción de la autoridad pública a la opresión del débil y a la iniquidad del fuerte. Dos cosas concurrieron para impedir que por entonces se desarrollara ese germen como lo ha hecho posteriormente; la primera, que en este asunto se trataba de mi, y que el interés privado, que jamás ha producido nada grande y noble, no hubiera sido capaz de suscitar en mi corazón los divinos impulsos que sólo puede provocar en él el más puro amor de lo justo y de lo bello; la otra fué la dulzura de La amistad que templaba y calmaba mí cólera por medio del ascendiente de un sentimiento más dulce. Había conocido en Venecia a un vizcaíno amigo de mi querido Carrió, y digno de serlo de todo hombre de bien. Este amable joven, nacido para poseer todos los talentos y todas las virtudes, acababa de recorrer Italia para adquirir el gusto de las bellas artes; y, pareciéndole que nada más tenía que adquirir, quería volverse directamente a su patria. Yo le dije que las artes no eran más que un descanso para un ingenio como el suyo, apto para el cultivo de las ciencias, y le aconsejé que para aficionarse a ellas fuese a vivir seis meses en París. Me creyó y fué allá, donde me esperaba cuando llegué. Su habitación era sobrado grande para él y me ofreció la mitad, que acepté. Halléle en el fervor de los grandes conocimientos. Nada estaba fuera de su alcance; todo lo devoraba y digería con prodigiosa rapidez. ¡Cuánto me agradeció haber procurado este alimento a su espíritu, atormentado por la necesidad de saber sin que lo sospechase él mismo! ¡ Qué tesoro de luces y de virtudes encontré en esta alma de temple fuerte! Conocí que era el amigo que me convenía, y llegamos a ser íntimos. Nuestros gustos no eran iguales, siempre estabamos disputando; tercos ambos, jamás estábamos acordes en punto alguno, y, sin embargo, no podíamos separarnos; y, mientras sin cesar nos hacíamos la oposición, ninguno de los dos hubiera querido que el otro fuese de distinta manera.

Ignacio Manuel de Altuna era uno de esos hombres raros que sólo produce España, aunque demasiado pocos para su gloria. No tenía esas pasiones violentas nacionales, comunes en su país; la idea de la venganza no podía entrar en su mente, como tampoco podía tener cabida en su corazón el deseo de la misma. Era demasiado altivo para ser vengativo, y le he oído decir muchas veces con la mayor sangre fría que ningún mortal podía inferir una ofensa a su alma. Era galante sin ser tierno; jugaba con las mujeres como si fuesen lindas criaturas. Se divertía con las queridas de sus amigos, mas nunca le vi tener ninguna ni desearla tampoco. El fuego de la virtud que alimentaba su corazón no permitió nunca que brotara el de sus sentidos.

Acabados sus viajes, se casó; murió joven dejando hijos, y estoy persuadido como de mi propia existencia de que su mujer fué la primera y la única que le hizo conocer los placeres del amor. En lo exterior era devoto a la española, mas en su interior tenía la piedad de un ángel.

A no ser yo mismo, no he visto en la vida otra persona más tolerante que él; jamás se informó de cómo pensaba nadie en materia de religión. Poco le importaba que su amigo fuese judío, protestante, turco, beato o ateo, con tal que fuese hombre de bien. Obstinado, testarudo en materias de poca importancia, desde el momento que se trataba de religión, y aun de moral, se contenía y callaba, o decía simplemente: no tengo que ocuparme sino de mi. Parece increíble que pueda aunarse tanta elevación de alma con un espíritu de detalle llevado hasta la minuciosidad. De antemano fijaba la distribución del día por horas, cuartos le hora y minutos, y seguía esta distribución tan escrupulosamente que, si hubiese dado la hora en el momento en que estaba leyendo una frase, hubiera cerrado el libro sin acabarla. Para cada cosa tenía su tiempo señalado: para la meditación, para la conversación, para el oficio divino, para Locke, para el rosario, para las visitas, para la música, para la pintura; y no había placer, ni tentación, ni complacencia capaz de alterar este orden; sólo hubiera podido alterarlo el tener que cumplir con un deber. Cuando me refería la lista de su distribución a fin de que yo hiciese lo propio, empezaba por reírme y acababa por llorar de admiración. Nunca molestaba a nadie ni toleraba ninguna molestia; y se mostraba brusco con todos los que por cortesía querían molestarle. Sin ser colérico, era mohíno. Le be visto a menudo acalorado, pero nunca enfadado. Nada tan alegre como su carácter; sabía aguantar las bromas y le agradaba darlas; es más, brillaba en ellas y basta tenía el talento del epigrama. Cuando le animaban, era vocinglero y hasta escandaloso de palabra; su voz se oía de lejos, pero, al paso que gritaba, se le veía sonreír; y a lo mejor, en medio de sus arranques, se le ocurría alguna frase chistosa que hacía reír a todo el mundo; no tenía ni el color ni la calma de los españoles; su cutis era blanco, las mejillas sonrosadas, el cabello de un castaño casi rubio. Era alto y gallardo. Su cuerpo estaba formado para contener su alma.

Este hombre, profundo lo mismo de corazón que de cabeza, distinguía a los hombres y fué mi amigo. Es cuanto respondo a quienquiera que no lo sea. De tal suerte nos unimos, que proyectamos vivir juntos. A la vuelta de algunos años debía yo pasar a Azcoitia para vivir con él en sus tierras.

La víspera de su partida, arreglamos todos los detalles de este proyecto. Sólo faltó lo que no depende de los hombres en los proyectos mejor concertados. Los acontecimientos posteriores, mis desastres, su casamiento, y, por fin, su muerte, nos separaron para siempre.

Diríase que sólo logran buen resultado los miserables complots de los malvados; los inocentes proyectos de los buenos casi nunca se cumplen. Habiendo tocado de cerca el inconveniente de la dependencia, prometíme no exponerme nunca más a ella. Habiendo visto desmoronarse desde su principio los proyectos de ambición que las circunstancias me hablan hecho formar, desanimado en cuanto a entrar en la carrera que tan bien había comenzado y de la cual, como quiera que sea, acababa de ser expulsado, resolví no ligarme a nadie sino conservar mi independencia sacando partido de mis conocimientos, cuyo valor comenzaba a conocer al fin y que hasta entonces había juzgado con harta modestia. Emprendí de nuevo el trabajo de mi ópera, que había interrumpido para ir a Venecia, y, a fin de dedicarme a ello con más tranquilidad, cuando se hubo marchado Altuna, me alojé nuevamente en mi antigua fonda de San Quintín, que, situada en un barrio solitario y no lejos del Luxemburgo, me era más cómodo para trabajar a mis anchas que la ruidosa calle de Saint.Honoré. Allí me esperaba el único consuelo real que me ha concedido el cielo en medio de mi desgracia, y el único que me la hace soportable. Ésta no es una relación pasajera, y es conveniente que entre en algunos detalles acerca del modo de adquirirla.

Teníamos una buena patrona natural de Orleáns, que tomó para trabajar en la ropa blanca una paisana suya de unos veintidós a veintitrés años, la cual comía con nosotros. Esta joven, llamada Teresa Le Vasseur, era de buena familia, hija de un oficial de la fábrica de moneda de Orleáns y de una tendera, los cuales tenían muchos hijos. No funcionando ya la casa de moneda de Orleáns, quedó su padre sin empleo; y la madre, después de haber sufrido grandes pérdidas comerciales, dejó el comercio y se vino a París con su marido e hija, que mantenía a los tres con su trabajo.

La primera vez que vi aparecer a esta joven en la mesa me maravilló su aspecto modesto y más aun su mirada viva y dulce que para mí jamás tuvo semejante. Habla en la mesa, además del señor Bonnefond, varios abates irlandeses, gascones y otra gente de igual estofa. Nuestra huéspeda también había llevado una vida algo desarreglada y allí era yo la única persona que hablaba y obraba con decencia. Empezaron a molestar a la muchacha; yo tomé su defensa e inmediatamente llovieron sobre mi las pullas y los sarcasmos. Aun cuando no hubiese sentido naturalmente ninguna inclinación hacia la pobre joven, la compasión y la contradicción me la habrían inspirado. Siempre me ha atraído la modestia en las maneras y en las palabras, sobre todo en el sexo débil; por consiguiente, vine a ser abiertamente su campeón. La vi sensible a mis cuidados, y sus miradas, animadas por el agradecimiento que no osaba expresar con palabras, fueron todavía más penetrantes.

Ella era muy tímida, yo lo mismo. Las relaciones que esta común disposición parecía alejar, se establecieron, sin embargo, con gran rapidez. La patrona, que lo echó de ver, se puso furiosa; y sus brutalidades acrecentaron más aun mi ascendiente sobre el ánimo de la muchacha, que, no teniendo otro apoyo que yo en toda la casa, me veía salir con pesar y suspiraba por la vuelta de su protector. La correspondencia de nuestros corazones y el concurso de nuestras disposiciones produjeron bien pronto su natural efecto. Ella creyó ver en mí un hombre honrado, y no se equivocó; yo creí ver en ella una joven tierna, sencilla y sin coquetería, y tampoco me equivoqué. De antemano le declaré que jamás la abandonarla, aunque no me casaría tampoco. El amor, la estimación y la candorosa sinceridad fueron los agentes de mi triunfo; y fui afortunado sin ser emprendedor, porque su corazón era honesto y tierno.

El temor que se apoderó de ella de que yo me incomodase no hallando lo que creía que yo deseaba, retardó mi felicidad más que ninguna otra cosa. La vi cortada y confusa antes de entregarse, querer explicarse y no atreverse a ello. Lejos de dar con la verdadera causa de su inquietud, imaginé otra muy falsa y afrentosa para su conducta; y, creyendo que ella me advertía que mi salud corría riesgo, caí en una perplejidad que no me contuvo, pero que envenenó mi felicidad durante muchos días. Como no nos entendíamos uno a otro, nuestras conversaciones en este punto eran otros tantos enigmas y baturrillos completamente risibles. Ella estuvo a punto de creerme completamente loco, yo próximo a no saber qué pensar de ella. Al fin nos explicarnos; ella me confesó llorando una falta única cometida apenas salida de la infancia, fruto de su ignorancia y de la habilidad de un seductor. Así que la hube comprendido lancé un grito de alegría: "Virginidad -exclamé-, ¿se puede buscar en París a los veinte años? ¡Ah, Teresa mía, ya soy harto afortunado poseyéndote prudente tal cual eres, y sana, aunque no halle lo que no buscaba!"

Al principio no me había propuesto encontrar más que un pasatiempo; mas luego vi que había hecho algo más y me había proporcionado una compañera. Un poco de trato con esta excelente joven y el reflexionar sobre mi situación, me hicieron conocer que pensando sólo en mis placeres había ganado mucho para mi felicidad. En lugar de la extinguida ambición necesitaba otro sentimiento que llenase mi corazón. En una palabra, necesitaba una sucesora de mamá; puesto que no debía ya vivir con ella, necesitaba alguien que viviese con su discípulo y reuniese la sencillez y docilidad de corazón que ella había hallado en mí. Era preciso que la dulzura de la vida privada y doméstica me indemnizaran del brillante porvenir a que renunciaba. Cuando vivía enteramente solo, estaba mi corazón vacío; pero no se necesitaba más que otro corazón para llenarlo. La suerte me había quitado, enajenado, a lo menos en parte, aquel que la Naturaleza había formado para mí, y desde entonces yo estaba solo, pues para mí no había término medio entre todo y nada. En Teresa hallé el suplemento que necesitaba; por su medio viví feliz cuanto podía serlo dado el curso de los acontecimientos.

Al principio, me propuse formar su inteligencia, mas fué tiempo perdido. Su capacidad era lo que la Naturaleza la había hecho; el cultivo y el trabajo no le servían de nada. No me avergüenzo de confesar que nunca ha sabido leer bien, a pesar de que escribe regularmente. Cuando fui a vivir en la calle Neuvedes-Petits-Champs en la fonda de Pontchartrain, frente a mis ventanas había un cuadrante en el cual me esforcé durante más de un mes en hacerle conocer las horas; hoy día apenas las conoce. Jamás ha podido seguir el orden de los meses del año, y no conoce una sola cifra, no obstante todo el cuidado que he puesto para enseñárselas. No sabe contar el dinero ni el precio de nada. La palabra que se le ocurría hablando, era a menudo la opuesta a lo que quería expresar. Tiempo atrás hice un diccionario de sus frases para divertir a la señora de Luxembourg, y sus quid pro quos han sido célebres en las reuniones que he frecuentado. Sin embargo, esta persona tan limitada, y si se quiere tan estúpida, razona de un modo excelente en las ocasiones difíciles. A menudo en Suiza, en Inglaterra, en Francia, en las catástrofes que he sufrido, ella ha visto lo que yo mismo no veía; me ha dado los mejores consejos, me ha sacado de peligros en que yo ciegamente me precipitaba, y ante las damas de la más elevada jerarquía, ante los grandes y los príncipes, sus sentimientos, su buen sentido, sus respuestas y su conducta le han granjeado la estimación universal; y a mí parabienes, de cuya sinceridad no podía dudar, sobre su mérito.

Junto a las personas amadas, el sentimiento nutre la inteligencia lo mismo que el corazón y se tiene poca necesidad de buscar otras ideas en otra parte. Vivía con mi Teresa casi tan agradablemente como si fuese el más bello ingenio de la Naturaleza. Su madre, orgullosa por haberse criado al lado de la marquesa de Monpipeau, se preciaba de ilustrada, quería dirigirla, y con su astucia echaba a perder la sencillez de nuestras relaciones. El fastidio de esta importunidad me hizo vencer algún tanto la necia vergüenza de no presentarme en público con Teresa; juntos dábamos pequeños paseos campestres y hacíamos meriendas deliciosas. Vela que me amaba sinceramente y esto redoblaba mi ternura. Esta dulce intimidad me bastaba y el porvenir ya no me importaba nada, o por lo menos no lo consideraba más que como una prolongación del presente, y sólo deseaba asegurar su duración.

Por causa de este sentimiento hallé superfluas e insípidas todas las demás disipaciones. No salía más que para ir a casa de Teresa, que vino a ser casi la mía, y esta vida retirada fué tan ventajosa para mi trabajo, que en menos de tres meses concluí mi ópera, letra y música. Sólo faltaban algunos acompañamientos y partes accesorias, trabajo material que me aburría. Propuse a Philidor si quería hacerlo dándole una parte en los beneficios. Vino dos veces e hizo algunos accesorios en el acto de Ovidio; mas no pudo halagarle un trabajo tan asiduo con la perspectiva de una ganancia lejana y aun incierta. No vino más, y yo mismo terminé mi tarea.

Terminada la obra, era preciso sacar de ella algún provecho: otro trabajo mucho más difícil todavía. En París nada consigue el que se halla aislado. Pensé abrirme camino por medio del señor de la Popliniére, a quien me había presentado Gauffecourt a su regreso de Ginebra. Era aquél el mecenas de Rameau, y su mujer su más humilde alumno. Rameau era, como vulgarmente se dice, el todo en aquella casa. Creyendo que tendría gusto en proteger una obra de un discípulo suyo, quise mostrársela, mas él no quiso mirarla, diciendo que no podía leer partituras porque se fatigaba demasiado. A esto la Popliniére dijo que podía hacérsela oír y me ofreció reunir los músicos necesarios para ejecutar algunos trozos. No deseaba yo otra cosa. Rameau consintió en ello gruñendo y repitiendo sin cesar que debía ser cosa muy linda una composición de un hombre que no pertenecía al gremio teatral y que se había aprendido la música él solo.

Yo me apresuré a disponer cinco o seis trozos escogidos. Diéronme una docena de músicos, y Albert, Bérard y la señorita Bourbonnais fueron los cantores. Desde la introducción comenzó a dar a entender con sus exagerados elogios que no podía ser mía. No dejó pasar un solo trozo sin dar muestras de impaciencia; mas en un aria de contralto, cuyo canto era vigoroso y sonoro, y muy brillante el acompañamiento, no pudo contenerse y me apostrofó con una brutalidad que asustó a todo el mundo, sosteniendo que una parte de lo que acababa de oír debía ser obra de un maestro consumado y lo demás de un ignorante que apenas sabia de música. Y es la verdad que mi trabajo desigual y sin arte tan pronto era sublime como trivial, como debe serio el de cualquiera que sólo posee arranques de genio y no se halla sostenido por la ciencia. Rameau pretendió no ver en mi más que un plagiario falto de gusto y de talento, pero los demás presentes, y sobre todo el dueño de casa, no fueron del mismo parecer. El señor de Richelieu, que por aquel entonces visitaba mucho al señor y, como es sabido, a la señora de Popliniére, oyó hablar de mi trabajo y quiso oírlo completo, teniendo el propósito de presentarlo a la corte sí le gustaba. Se ejecutó a grandes coros y a toda orquesta a expensas del rey en casa de Bonneval, intendente de la ropa blanca. Francoeur dirigía la orquesta. Produje un efecto sorprendente; el señor duque no cesaba de proferir exclamaciones y de aplaudir; y al concluirse un coro en el acto del Tasso, se levantó y, viniendo hacia mi, me tendió la mano diciendo: "Caballero Rousseau, ésta es una armonía que entusiasma; jamás he oído nada más bello, y quiero que esta obra se represente en Versalles". La señora de la Popliniére, que estaba presente, no dijo palabra. Rameau no quiso venir, aunque fué invitado. Al día siguiente la señora de la Popliniére me recibió en su cuarto con marcada dureza, afectó rebajar mi obra y me dijo que si bien había alucinado al señor de Richelieu un poco de oropel, ya se habla desengañado, y ella me aconsejaba que no fundase esperanzas en mi obra; mas habiendo llegado poco después el duque, me habló en términos muy distintos, pareciéndome siempre dispuesto a hacer ejecutar mi obra delante del rey. "Lo único -me dijo- que no puede pasar es el acto del Tasso, que habrá de cambiarse". Por sólo estas palabras fui a encerrarme en mi casa, y en tres semanas compuse otro acto en lugar suyo, cuyo asunto era Hesiodo inspirado por una musa, donde hallé medios de introducir una parte de la historia de mis conocimientos y de la emulación con que Rameau quería tener la bondad de honrarnos. Había en este acto una elevación menos gigantesca y mejor sostenida que en el del Tasso; y, si los otros dos actos hubiesen estado a la altura de éste, toda la obra habría sostenido ventajosamente la representación; pero, cuando lo estaba terminando, suspendió otra empresa la realización de ésta.

(1745-1 747.) Durante el invierno siguiente a la batalla de Fontenoy hubo en Versalles muchas fiestas y entre ellas se dieron varias óperas en el teatro des Petites-Écuries. Una de éstas fué el drama de Voltaire titulado la Princesa de Navarra, cuya música habla compuesto Rameau y que acababa de ser cambiado y reformado bajo el nombre de Las fiestas de Ramiro. Este nuevo asunto exigía varios cambios en el antiguo, así en el verso como

en la música. Tratábase de hallar alguien que llenase este doble objeto. Voltaire, que se encontraba entonces en Lorena, y Rameau estaban por entonces ocupados ambos en la ópera El templo de la gloria y no podían distraerse en esto. El señor de Richelieu pensó en mí y me hizo proponer tomarlo a mi cargo; a fin de que pudiese examinar mejor lo que había que hacer, me envió por separado el poema y la música. Ante todo no quise tocar nada en el verso sin la aquiescencia de su autor, y a este fin le dirigí una carta muy atenta y hasta respetuosa, como correspondía. He aquí su respuesta, cuyo original consta en el legajo A. núm. 1.

"15 de diciembre de 1745.

"Vos reunís dos talentos que hasta ahora siempre han existido separados. He aquí ya dos poderosos motivos para que os aprecie y procure quereros. Siento por vos que los empleéis en una obra que vale poco. Hace algunos meses, el señor duque de Richelieu me dió orden de que le hiciese imprescindiblemente en un abrir y cerrar de ojos un mal bosquejo de algunas escenas insípidas y truncadas que debían ajustarse a trozos musicales que no les correspondían. Obedecí con la mayor exactitud; lo hice muy aprisa y muy mal. Remití este miserable croquis al duque contando con que no serviría o con que, a lo menos, podría corregirlo antes. Afortunadamente se halla en vuestras manos y os dejo dueño absoluto: yo no me acuerdo más de ello. No me cabe duda de que habréis rectificado todas las faltas escapadas necesariamente en la composición tan rápida de un simple bosquejo, y que habréis suplido a todo.

"Me acuerdo de que, entre otros descuidos, no indiqué en estas escenas, que enlazan los intermedios de música, cómo pasa la princesa granadina de una prisión a un jardín o palacio. Como no es un mago el que la festeja, sino un magnate español, me parece que nada debe hacerse por arte de encantamiento; así pues, os ruego que tengáis la bondad de revisar este pasaje de que sólo conservo un confuso recuerdo. Ved si es necesario que se abra la prisión y que desde ella se haga pasar a nuestra princesa a un magnífico palacio dorado y brillante preparado para ella. Ya sé muy bien que todo esto es muy mezquino y que está muy por debajo de un ser racional la idea de tomar esas bagatelas como cosas de importancia; pero, en fin, ya que se trata de desagradar lo menos posible, preciso es hacerlo del modo más razonable que se pueda, aun cuando se trate de un mal intermedio de ópera.

"Me entrego completamente a vos y al señor Ballot, en la seguridad de tener que daros en breve las gracias y reiteraros hasta qué punto tengo el honor de ser, etc."

Nadie se sorprenda al ver la gran cortesía de esta carta, comparada con las otras semidescomedidas que posteriormente me escribió. Había creído que yo privaba mucho con el señor de Richelieu, y la elasticidad cortesana que todo el mundo le reconoce le obligaba a tener muchos miramientos con un neófito, hasta que conoció mejor la extensión de su crédito.

Autorizado por el señor de Voltaire y dispensado de todo miramiento con respecto a Rameau, que no procuraba más que fastidiarme, me puse a trabajar, y en dos meses estuvo concluida la tarea. En cuanto a los versos, modifiqué poca cosa. Sólo procuré que no se notara la diferencia de los estilos, y tuve la presunción de creer haberlo logrado. Pero en cuanto a la música, mi trabajo fué más largo y más penoso. Además de que tuve que hacer varios trozos preparatorios, entre ellos la introducción, todo el recitado que tuve encargo de componer resultó de una dificultad extrema, por cuanto era preciso enlazar a menudo con pocos versos y modulaciones muy rápidas, sinfonías y coros escritos en tonos muy distantes; pues a fin de que Rameau no me acusase de haber desfigurado sus cantos, no quise cambiar ni transportar ninguno. Salí airoso de este recitado; estaba bien acentuado, lleno de energía, y sobre todo excelentemente modulado. La idea de los dos hombres superiores a quienes se habían dignado asociarme, levantó mi inspiración; y puedo envanecerme de que en este trabajo ingrato y sin gloria, que el público debía hasta ignorar, me sostuve casi siempre a la altura de mis modelos.

La obra, tal cual yo la había dejado, fué representada en el teatro de la Ópera. De los tres autores sólo yo me hallé presente: Voltaire estaba ausente y Rameau no vino o se ocultó. El primer monólogo era muy lúgubre; he aquí el primer verso: "Oh, muerte, ven a cortar de mis desdichas el hilo...". Fué preciso ponerle una música adecuada. Sin embargo, en esto fundó su censura la señora de la Popliniére, acusándome agriamente de haber hecho música de entierro. El señor de Richelieu empezó juiciosamente por enterarse de quién era el autor de este monólogo. Yo le presenté el manuscrito que él mismo me había enviado y probaba que era de Voltaire. "En este caso -dijo- sólo él tiene la culpa". Durante la ejecución todo lo que era mío fué sucesivamente condenado por la señora de la Popliniére y aprobado por Richelieu; mas como al fin tenía que habérmelas con enemigo

fuerte por demás, se me indicó que debía modificar muchas cosas en mi trabajo, sobre las cuales preciso era consultar a Rameau. Lacerado por semejante conclusión en vez de los elogios que esperaba y ciertamente me eran debidos, me retiré con el corazón angustiado. Caí enfermo, extenuado de fatiga, devorado por el despecho; y en seis semanas no me hallé en estado de salir de casa.

Rameau, que estuvo encargado de las modificaciones indicadas por la señora de la Popliniére, me mandó pedir la introducción de mi grande ópera, para sustituirla a la que yo acababa de componer. Afortunadamente presumí la zancadilla y la rehusé. Como no faltaban más que cinco o seis días para la representación, no hubo tiempo para componer otra, y tuvieron que dejar la mía. Estaba compuesta al gusto italiano, muy nuevo por entonces en Francia; sin embargo, agradó, y supe, por medio del señor de Valmalette, maestresala del rey, y yerno del señor Mussard, pariente y amigo mío, que los inteligentes estaban muy satisfechos de mi trabajo y que el público no lo había distinguido del de Rameau. Pero éste, de acuerdo con la señora de la Popliniére, tomó sus medidas para evitar que se supiese que yo habla trabajado en aquella obra. En los cuadernos que se distribuyen a los espectadores y en que siempre constan los autores, no se nombraba más que a Voltaire; y Rameau prefirió que se suprimiese su nombre a verlo asociado con el mío ~

Así que pude salir de casa, fui a visitar al señor de Richelieu; mas llegué tarde, pues acababa de partir para Dunkerque, donde debía mandar el embarque destinado para Escocia. A su vuelta, dije para mis adentros y para disculpar mi pereza, será demasiado tarde. No habiéndole visto más desde entonces, he perdido el honor de mi trabajo y los honorarios que debía producirme; y el tiempo, el trabajo, mi melancolía, mi enfermedad y el dinero que me costó, todo cargó sobre mi sin proporcionarme un sueldo de beneficio, o mejor de resarcimiento. No obstante, siempre he creído que Richelieu me tenía afecto y que se había formado un concepto ventajoso de mis méritos; pero mi infortunio y la señora de la Popliniére impidieron los efectos de su buena voluntad.

Yo no podía comprender la aversión de esta mujer, a quien me habla esforzado en agradar y a quien hacia con regularidad la corte. Gautffecourt me explicó las causas. "Primeramente -me dijo- su amistad con Rameau, de quien es la primera encomiadora, y que no quiere aguantar ningún competidor; y además -añadió- tenéis un pecado original que a sus ojos os condena y no os perdonará jamás, y es ser ginebrino". En seguida me explicó que el abate Hubert, que lo era, y amigo verdadero del señor de la Popliniére, se había esforzado por evitar que se casara con esta mujer, a quien conocía muy bien; y que después del casamiento le había jurado un odio implacable, así como a todos los ginebrinos. "Aunque la Popliniére -añadió- os aprecie, como me consta, no contéis con él, porque está enamorado de su mujer; ella os odia, es ruin y hábil; no adelantaréis nunca nada en esa casa". Yo no eché el consejo en saco roto.

El mismo Gauffecourt me prestó luego un gran servicio. Acababa de perder a mi virtuoso padre, a los sesenta años de edad, pérdida que sentí entonces menos que en otro tiempo cualquiera en que la estrechez de mi situación no me hubiera preocupado tanto. Mientras vivió, no quise reclamar lo que restaba de los bienes de mi madre y de los cuales percibía él una pequeña renta. Ya no tuve escrúpulo ninguno después de su muerte, mas la falta de prueba jurídica de la muerte de mi hermano ofrecía una dificultad que Gauffecourt se encargó de remover y que obvió en efecto, valiéndose de los buenos servicios del abogado de Lolme. Como yo necesitaba en gran manera estos recursos, y como el resultado de mis gestiones era dudoso, esperaba la nueva definitiva con viva ansiedad. Una noche, al entrar en mi casa, hallé la carta que debía contener esta noticia y la cogí para abrirla con un temblor de impaciencia de que me avergonzaba yo mismo. "~Y qué -me dije con desdén-, Juan Jacobo debe dejarse subyugar a tal extremo por el interés y la curiosidad?" Y en seguida dejé la carta sobre la chimenea, me desnudé, me acosté tranquilamente; dormí mejor que de ordinario, y al día siguiente me levanté bastante tarde, sin pensar ya en mi carta. Mientras me estaba vistiendo, la eché de ver, abríla sin apresurarme y hallé una letra de cambio. Tuve a la vez varias satisfacciones, pero la más viva fué la de haber sabido vencerme a mí mismo. Podría citar muchos otros rasgos semejantes en mi vida, pero tengo que apresurarme demasiado para poder decirlo todo. Envié una pequeña parte de este dinero a mi pobre mamá, recordando con las lágrimas en los ojos aquellos felices tiempos en que lo hubiera puesto todo a sus pies. En todas sus cartas se traslucía la estrechez en que se hallaba; me enviaba montones de recetas y secretos con que pretendía que yo hiciese una fortuna y la suya. El sentimiento de su miseria le oprimía ya el corazón y apocaba su ánimo. Lo poco que yo le envié fué presa de los bribones que la asediaban. No sirvió de nada: esto hizo que me aburriese de partir con aquellos miserables lo que necesitaba bastante para mí, sobre todo después de la última tentativa que hice para arrancarla de sus manos, como veremos más adelante.

Se deslizaba el tiempo y con él el dinero. Éramos dos y aun cuatro, o por mejor decir, éramos siete u ocho, pues, aunque Teresa era desinteresada como pocas, no sucedía lo mismo con su madre. Así que se vió algo repuesta por mi buen cuidado, llamó a toda su familia para gozar del fruto. Hermanas, hijas, nietas, todos vinieron, excepto su hija mayor, casada con el director de las diligencias de Angers. Cuanto hacía por Teresa quedaba destruido por su madre, que lo aplicaba al servicio de aquellos hambrientos. Como no tenía que habérmelas con una insaciable, y como no me hallaba subyugado por una pasión loca, no cometía locuras. Contento con tener modestamente a Teresa, sin lujo y al abrigo de las necesidades más apremiantes, consentía en que su madre se aprovechase de todo lo que ella ganase con su trabajo, y aun no me limitaba a esto; mas por una fatalidad que me perseguía, mientras mamá era presa de unos bribones, Teresa lo era de su familia, y yo me veía privado de hacer nada por ninguna de aquellas a quienes quería. Era bien singular que la menor de las hijas de la señora Le Vasseur, única que no había tenido dote, fuese la única también que mantuviese a sus padres, y, después de haber sufrido largo tiempo que le pegasen sus hermanos, hermanas y hasta sus sobrinas, esa pobre muchacha se veía ahora despojada por ellos, sin que pudiese escapar del saqueo más fácilmente que había escapado de los golpes. Sólo una de sus sobrinas, llamada Goton le Duc, era bastante amable y de un carácter bastante dulce, aunque maleado por el ejemplo y por las lecciones de los otros. Como las veía juntas muy a menudo, les daba los nombres con que se llamaban entre sí; llamaba sobrina a la sobrina, y tía a la tía. Ambas me llamaban tío. De aquí el nombre de tía con el cual he continuado nombrando a Teresa y que a veces mis amigos repetían en tono de broma.

Como se comprende, en semejante situación no tenía que perder momento para salirme de ella. Juzgando que el señor de Richelieu me había olvidado y no esperando ya nada de la corte, hice algunas tentativas para que se representase mi ópera en París: mas hallé dificultades que exigían mucho tiempo para vencerlas, y yo me hallaba cada día más apurado. Entonces se me ocurrió presentar a los italianos mi pieza Narciso, la admitieron y tuve entrada libre, lo que me fué muy agradable; mas aquí paró todo. Jamás pude conseguir que se representara, y, fastidiado de hacer la corte a los comediantes, lo dejé así. En fin, eché mano del único recurso que me quedaba y único en que hubiera debido pensar. Frecuentando la casa del señor de la Popliniére, me había olvidado de la de Dupin. Aunque parientes, las dos señoras estaban disgustadas y no se trataban; no había relación ninguna entre las dos casas, y sólo Thieriot seguía asistiendo a ambas. Éste se encargó de llevarme de nuevo a casa del señor Dupin. El señor de Francueil se dedicaba entonces a la historia natural y la química, y organizaba un gabinete. Creo que aspiraba a la Academia de Ciencias, a cuyo fin quería componer un libro, y creyó que yo podría servirle para este trabajo. Por su parte la señora Dupin, que también tenía intento de componer un libro, tenía respecto a mí poco más o menos el mismo designio. Hubieran querido tenerme en común corno una especie de secretario, y éste era el objeto de los convites de Thieríot. Yo exigía de antemano que el señor de Francueil emplease su influencia con Jelyote para hacer ensayar mi trabajo en la Ópera. Habiendo consentido en ello, Las musas galantes se ensayaron primero varias veces en el almacén y después en el gran teatro. En el ensayo general había mucha gente, y varios trozos fueron muy aplaudidos. Sin embargo, durante la ejecución, muy mal dirigida por Rebel mismo, conocí que no pasaría, y hasta que no se hallaba en estado de ser representada sin grandes correcciones . Así es que la retiré sin decir una palabra por no exponerme a una negativa; pero claramente vi por varios indicios que no hubiera pasado, aunque hubiese sido perfecta. El señor de Francueil me había prometido hacerla ensayar, mas no hacerla recibir, y me cumplió lo prometido. Así en esta ocasión como en otras muchas, siempre he creído ver que ni él ni la señora Dupin hacían nada que pudiese favorecerme para la adquisición de alguna reputación en el mundo, quizá por miedo de que al ver sus libros se supusiese que se habían valido de mis conocimientos. Sin embargo, como la se ñora Dupin ha creído siempre que los míos eran muy mediocres, y como nunca me ha empleado en escribir sino al dictado, o en investigaciones de pura erudición, este reproche, sobre todo en cuanto a ella, hubiera sido injusto.

(1747-1 719.) Este último desengaño acabó de anonadarme. Abandoné todo proyecto de ambición y de gloria, y, sin pensar mas en los talentos verdaderos o vanos con que tan poco prosperaba, dediqué el tiempo y consagré mis cuidados a procurar la subsistencia para mí y para Teresa por los medios que quisieran los que se encargaban de ampararme. Por lo tanto, me consagré completamente a la señora Dupin y al señor Francueil. Esto no me proporcionó vivir con opulencia, pues con ochocientos o novecientos francos anuales que tuve los dos primeros años, apenas me bastaban para cubrir las primeras necesidades, obligado como estaba a vivir en un cuarto amueblado y vecino a su casa, en un barrio bastante caro, pagando otro alquiler en un extremo de París, a lo último de la calle Saint-Jacques, donde iba a cenar todas las noches, aunque hiciese mal tiempo. Pronto me acostumbré y hasta me aficioné a mis nuevas ocupaciones, sobre todo a la química; seguí varios cursos con Erancueil en casa del señor Rouelle, y nos pusimos a emborronar escribiendo sobre esta ciencia, cuando apenas conocíamos sus rudimentos. En 1747 fuimos a pasar el otoño en Touraine, en el castillo de Chenonceaux, casa real sobre el Cher, levantada por Enrique II para Diana de Poitiers, donde todavía se veían sus cifras, y actualmente posesión del señor Dupin, asentista general. En este sitio estuvimos muy divertidos, se comía muy bien y yo engordé como un fraile. La música estaba a la orden del día y compuse varios tríos de canto, llenos de una armonía bastante vigorosa y de que tal vez hablaré de nuevo en el suplemento, silo hago algún día. También se hicieron comedías, en quince días compuse una en tres actos titulada El compromiso temerario, que se hallará entre mis papeles y no tiene otro mérito que el de ser muy jocosa. También hice otras pequeñas composiciones, entre ellas una pieza en verso titulada La alameda de Silvia, nombre de un camino del parque que corría a lo largo del Cher; y todo esto sin dejar mi trabajo sobre la química y el que hacía con la señora Dupin.

Mientras yo engrosaba en Chenonceaux, mi pobre Teresa engrosaba en París por otro estilo; y cuando volví hallé la obra que yo habla dejado en el telar más adelantada de lo que había creído. Atendida mi situación, esto me hubiera puesto en grandes apuros si mis comensales no me hubiesen facilitado el único recurso que podía sacarme de ellos. Es uno de esos relatos esenciales que no puedo hacer con toda llaneza, porque sería preciso excusarme o acusarme yo mismo comentándolos, y aquí no debo hacer una cosa ni otra.

Durante la permanencia de Altuna en París, en vez de comer en una fonda lo hacíamos ordinariamente juntos en nuestra vecindad, casi frente a frente al callejón de la Ópera, en casa de cierta señora La Selle, mujer de un sastre, que servía bastante mal de comer, mas cuya mesa no dejaba de ser solicitada a causa de la buena y decente compañía que en ella se encontraba, pues no se admitía en la misma a ningún desconocido, y era preciso ser presentado por alguno de los concurrentes. El comendador de Graville, viejo crapuloso, hombre de buenas maneras y de chispa, pero libertino, paraba allí y atraía una multitud brillante de jóvenes oficiales de la guardia y de mosqueteros. El comendador de Nonant, galán de todas las muchachas de la Ópera, traía todos los días las últimas noticias de la misma. Los señores Duplessis, teniente coronel retirado, anciano bondadoso y prudente, y Ancelet, oficial de mosqueteros, mantenían un poco de orden en medio de estas gentes. También iban allí comerciantes, arrendadores y proveedores; pero corteses, probos, y de esos que se distinguen en su clase; el señor de Besse, el de Forcade, y otros cuyos nombres he olvidado. En fin, allí se veían personas de buen porte pertenecientes a todos los estados, excepto abates y magistrados, gentes que jamás vi en aquella casa, pues estaba convenido no introducir ninguno. Esta mesa bastante numerosa, era muy divertida sin ser ruidosa; se bromeaba mucho en ella sin grosería. El anciano comendador, en todos sus cuentos de un color algo subido en el fondo, jamás perdía sus formas de antiguo cortesano, y nunca pronunciaba una palabra obscena que no fuese con tanta gracia que hasta las mujeres lo hubieran perdonado. Él daba el tono en la mesa: todos los jóvenes referían sus aventuras galantes con tanta licencia como donaire, y los cuentos de muchachas estaban tanto más en boga cuanto que teníamos el manantial a la puerta, pues la calle que conducía a casa de la señora La Selle era la misma donde estaba la tienda Duchapt, célebre modista, que tenía a la sazón muy lindas muchachas, y nuestros comensales iban a requebrarlas antes o después de comer. Yo me habría divertido como los demás a ser más atrevido, pues no sabía qué hacer sino entrar como ellos; pero jamás supe atreverme. En cuanto a la señora La Selle, continué yendo a comer con frecuencia a su casa, después de la salida de Altuna. Allí aprendí multitud de anécdotas muy divertidas, y poco a poco también adquirí, a Dios gracias, no las costumbres, pero sí las máximas que estaban en boga. Personas de reconocida integridad colocadas en situaciones difíciles, maridos engañados> mujeres seducidas, partos clandestinos, he aquí los asuntos más comunes; y el que más enriquecía la Casa de Expósitos era siempre el más aplaudido. Esto me sedujo; formé mi modo de pensar conforme a lo que veía ser corriente entre personas tan amables, y muy buenos sujetos en el fondo, diciéndome: "Ya que son éstas las costumbres del país, cuando se vive en él bien pueden seguirse". He aquí la salida que yo necesitaba, y me resolví a seguirla gallardamente sin el menor escrúpulo; y el único que tuve que vencer fué el de Teresa, por quien me vi en los mayores apuros para hacerle adoptar este medio, único de salvar su honor. Su madre, que temía además una nueva invasión de chiquillos, vino a apoyarme, y entonces se dejó convencer. Buscóse una comadrona prudente y segura, llamada la señorita Gouin, que vivía en la esquina de San Eustaquio, para confiarle este secreto, y, llegada la ocasión, Teresa fué acompañada por su madre a casa de la Gouin para dar a luz. Yo fuí varias veces a verla. Le llevé una cifra que hice por duplicado en dos tarjetas, y se puso una en las mantillas del niño, que fué depositado por la comadrona en la Casa de Expósitos, del modo acostumbrado- Al año siguiente, vuelta a lo mismo, menos la señal, que fué olvidada. Ya no fué preciso ninguna reflexión de mi parte, ni el asentimiento de su madre: Teresa obedecía, si bien con dolor. Sucesivamente se verán todas las vicisitudes que esta conducta fatal ha producido en mi modo de pensar, así como en mi destino. Entre tanto atengámonos a esta primera época, pues sus consecuencias, tan crueles como imprevistas, me obligarán a recordarlos nuevamente.

De esta época data mi conocimiento con la señora de Épinay, cuyo nombre aparecerá con frecuencia en estas Memorias; se llamaba señorita de Esclavelles, y acababa de casarse con el señor de Épinay, hijo del señor de Lalive de Bellegarde, asentista general. Su marido era músico, así como Francueil. Ella lo era también, y la pasión por este arte estableció una gran intimidad entre estas tres personas- De Francueil me introdujo en casa de la señora de Épinay, donde ambos cenábamos a veces. Era una mujer amable, de talento e instruida, y por consiguiente una buena relación. Pero tenía una amiga, llamada la señorita de Ette, que tenía fama de mujer malévola y que vivía con el caballero de Valory, quien tampoco gozaba de una reputación envidiable. Estoy persuadido de que el trato de estas dos personas hizo daño a la señora de Épinay, a quien la Naturaleza, al darle un temperamento muy exigente, había dotado de cualidades excelentes para moderar sus extravíos o a lo menos hacerlos disimulables. El señor de Francueil le comunicó una parte de la amistad que a mí me tenía, y me confesó las relaciones que le unían con ella, por cuya razón yo no lo diría aquí sí no se hubiesen hecho públicas hasta el punto de no ignorarlas el mismo señor de Épinay. De Francueil me confió bien singulares cosas sobre esta señora, de las cuales jamás me habló ella ni sospechó que las supiese, pues nunca dije una palabra ni la diré jamás en este punto a nadie.

Estas mutuas confianzas me colocaban en una situación por demás embarazosa, sobre todo con respecto a la señora de Francueil, que me conocía lo bastante para no desconfiar de mí, aunque sabía que estaba relacionado con su rival. Yo hacía cuanto me era dable para consolar a esta pobre mujer, a quien su marido no pagaba seguramente todo el amor que ella le profesaba. Tenía que escuchar por separado a estas tres personas; guardaba sus secretos con la mayor fidelidad, sin que ninguna de las tres me arrancase jamás ninguno perteneciente a los otros dos, y sin disimular a ninguna de las dos el afecto que me unía a su rival. La señora de Francueil, que quería valerse de mí para muchas cosas, tuvo negativas formales, y la señora de Épinay, que había querido encargarme un día una carta para Francueil, no solamente recibió una respuesta, sino también una explícita declaración de que, si quería que no volviese a su casa, no tenía más que proponerme otra vez una cosa semejante. Debo hacer justicia a la señora de Épinay; lejos de desagradarle este proceder, habló de él a Francueil con elogio y siguió recibiéndome con el mismo agrado. Así es cómo, en medio de relaciones tempestuosas entre tres personas a quienes apreciaba, conservé hasta el fin su amistad, su estimación y su confianza, conduciéndome con dulzura y complacencia, pero siempre con rectitud y firmeza. A pesar de mi estupidez y mi nulidad, la señora de Épinay quiso hacerme tomar parte en las diversiones de la Chevrette, castillo inmediato a San Denis, propiedad del señor de Bellegarde. Había allí un teatro donde a menudo se daban algunas representaciones. Diéronme un papel que me estuve estudiando durante seis meses sin descanso, y al fin hubieron de apuntármelo de cabo a rabo. Después de esta prueba no me propusieron más papeles.

Al trabar relaciones con la señora de Épinay, conocí también a su cuñada, la señorita de Bellegarde, que fué a poco condesa de Houdetot. La primera vez que la vi era la víspera de su casamiento; estuvo hablándome largo rato con esa encantadora familiaridad que le es natural. Yo la encontré muy amable; pero estaba bien lejos de prever que esta joven sería algún día el árbitro de mi destino, y me arrastraría, aunque inocentemente, al abismo donde yazgo ahora.

Aunque no haya hablado de Diderot desde mi regreso de Venecia, así como de mi amigo Roguin; no obstante, no había descuidado a uno ni otro, y cada día me había ido ligando con ellos más íntimamente, sobre todo con el primero. Él tenía una Naneta, así como yo una Teresa: era un punto más de contacto entre los dos. Mas la diferencia estaba en que mi Teresa, tan bonita como su Naneta, tenía un carácter dulce y amable, a propósito para enamorar a un hombre de bien; mientras que la suya, de genio áspero y desapacible, nada revelaba que disimulase su mala educación. Sin embargo, él se casó con ella, en lo que hizo muy bien sí lo había prometido. Pero yo que no había prometido nada, no me apresuré a imitarle.

También me había ligado con el abate de Condillac, que no era nada, como yo mismo, en literatura, pero que debía ser en el porvenir lo que es hoy día. Yo soy quizá el primero que ha conocido su capacidad y la ha apreciado en lo que valía. Él parecía complacerse también en mí compañía; y mientras que encerrado en mi cuarto de la calle Jean-Saint Denis, cerca de la Ópera, componía mi acto de Hesiodo; venía algunas veces a comer a escote conmigo. Entonces se ocupaba en el Ensayo sobre el origen de los conocimientos humanos, que es su primera obra. Cuando la tuvo concluida, la dificultad estuvo en encontrar un librero que quisiese tomarla. Los de París son arrogantes y duros para todos los principiantes; y la metafísica, entonces muy poco de moda, ofrecía escaso atractivo. Yo hablé a Diderot de Condillac y de su obra, y los puse en relaciones. Eran a propósito para simpatizar y simpatizaron. Diderot comprometió al librero Durant a tomar el manuscrito del abate, y este gran metafísico cobró de su primer libro, y casi por favor, cien escudos, que quizá sin mí no habría encontrado. Como vivíamos en barrios muy separados, nos reuníamos los tres una vez por semana en el Palais-Royal, e íbamos a comer juntos en la fonda de la Cesta Florida. Fuerza es que estas comidas semanales agradasen sobre manera a Diderot, porque él, que faltaba casi siempre a todas las citas, jamás faltó a ninguna de ellas. De aquí vino que yo concibiese el proyecto de escribir una hoja periódica titulada El burlón, que debíamos hacer alternativamente Diderot y yo. Borroneé la primera hoja, y esto me hizo conocer a D'Alembert, a quien Diderot había hablado de ello. Pero acontecimientos imprevistos nos atajaron y este proyecto quedó así.

Estos dos autores acababan de emprender el Diccionario enciclopédico, que al principio no debía ser más que una especie de traducción de Chambers, poco más o menos como la del Diccionario de Medicina de James, que Diderot habla concluido por entonces. Éste quiso que tomase parte en la nueva empresa, y me propuso la parte de música, que acepté y escribí aprisa y mal en tres meses, plazo que me habla dado, como a todos los autores que debían cooperar en esta empresa. Mas yo fui el único que estuve a punto el día fijado. Remitíle mi manuscrito, que había hecho poner en limpio por un criado del señor de Francueil, llamado Dupont, que tenía muy buena letra, y a quien pagué su trabajo en diez escudos, sacados de mi bolsillo y que no me han reembolsado jamás. Diderot me había prometido por parte de los libreros una retribución de que nunca más hemos vuelto a hablar.

Esta empresa de la Enciclopedia fué suspendida a causa de su prisión. Los Pensamientos filosóficos le causaron algunos disgustos sin ulteriores consecuencias. No sucedió así con la Carta sobre los ciegos, que no tenía de reprensible sino algunas sátiras personales de que se ofendieron la señora Dupré de Saint-Maur y el señor de Réaumur y por las cuales fué detenido en la torre de Vincennes. Nada es capaz de describir la angustia que me causó la desdicha de mi amigo. Mi funesta imaginación, que siempre se pone en lo peor, se espantó; creí que quedaría allí el resto de su vida, y por poco me vuelvo loco. Escribí a la señora de Pompadour para rogarle encarecidamente que lo hiciese poner en libertad, o que se me permitiese encerrarme con él. Ninguna respuesta recibí a esta carta, que era poco razonable para ser eficaz; y no me lisonjeo de que haya contribuido a los paliativos que algún tiempo después suavizaron la cautividad del pobre Diderot. Pero si hubiese durado con el mismo rigor, creo que habría muerto de desesperación al pie de aquel abominable castillo. Por lo demás, si mi carta produjo poco efecto, tampoco me he jactado de haberla escrito; pues he hablado de ella a muy pocas personas, y nunca al mismo Díderot.