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Las Confesiones.  Jean Jacques Rousseau
Capítulo 5. LIBRO QUINTO. 1732 - 1736
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Creo que era en 1732 cuando llegué a Chambéry y comencé a desempeñar un empleo en el Catastro, al servicio del rey. Tenía yo veinte años pasados, cerca de veintiuno. En cuanto al espíritu, estaba bastante formado para mi edad; pero mi juicio distaba mucho de estarlo y para aprender a conducirme me eran muy necesarias las manos en que me hallaba, porque algunos años de experiencia no habrían sido suficientes para curarme radicalmente de mis novelescas visiones. Además, a pesar de todos los males que habla sufrido, conocía tan poco el mundo y los hombres como si no hubiese aprendido muy caras sus lecciones.

Vivía en mi casa, es decir, en casa de mamá; pero no volví a encontrar mí aposento de Annecy, y perdí el jardín, el río y el paisaje. La casa que había tomado era triste y sombría, y mi habitación la más triste y sombría de la casa. Por toda vista tenía una pared; por todo desahogo, un callejón sin salida. El poco aire, la escasa luz, lo reducido del espacio, los grillos, los ratones y las podridas tablas del piso me hacían poco grata la habitación; pero estaba en su casa, junto a ella. Pasaba el tiempo en mi despacho o en su habitación, sin pensar en la fealdad de la mía. Parecerá extraño que mamá fuera a establecerse expresamente en Chambéry para vivir en aquella' casa abominable; éste fué un rasgo de habilidad de su parte que no debo pasar en silencio. Iba a Turín con repugnancia, sabiendo que después de las recientes revoluciones, y cuando aún estaba agitada la corte, no era oportuno presentarse en ella. Pero sus negocios lo exigían; temía ser olvidada o que no quisieran favorecerla y, sobre todo, sabía que el conde de Saint-Laurent, intendente general de hacienda, no le era favorable. Tenía éste una casa en Chambéry, tan ruinosa y mal situada, que nadie quería alquilarla; mamá la alquiló y se instaló en ella. Esto le valió más que un viaje: no le suprimieron la pensión, y desde entonces el conde de Saint-Laurent le fué siempre adicto.

Hallé la casa dispuesta poco más o menos como antes, y al fiel Claudio Anet siempre con ella. Como ya creo haberlo dicho, Anet era un campesino de Moutru, que en su infancia herborizaba en el Jura para hacer té suizo, y a quien mamá habla tomado por criado a causa de su afición a la farmacia, hallando muy cómodo tener un sirviente herbolario. Él se apasionó de tal modo por el estudio de las plantas, y ella favoreció tan bien esta inclinación, que llegó a ser un verdadero botánico; si no hubiese muerto joven, se hubiera conquistado un nombre en esta ciencia, como lo merecía entre los hombres de bien. Como era una persona formal y hasta grave, y yo era más joven que él, vino a ser para mi una especie de ayo que me evitó muchas locuras, pues su presencia me imponía respeto, y ante él no me atrevía a dejarme llevar de mi carácter. Aun a su propia ama hacia contener en cierto modo, pues ella conocía su buen sentido, su rectitud y el inviolable afecto que le profesaba y se lo pagaba perfectamente. Claudio Anet era, sin disputa, un hombre raro y el único en su género que he conocido: lento, grave, reflexivo, circunspecto en su conducta, frío en sus maneras, lacónico y sentencioso en sus palabras; sus pasiones eran de una secreta impetuosidad que le devoraba, encerrada en su interior, y que en toda su vida no le arrastró más que una vez a cometer un disparate, pero terrible: el de envenenarse. Esta trágica escena tuvo lugar poco después de mi llegada, y fué preciso que así sucediera para que yo llegase a saber la intimidad que existía entre aquel joven y su ama; porque si no me lo hubiese dicho ella misma, yo jamás lo hubiera sospechado. Indudablemente, si el cariño, el celo y la fidelidad pueden merecer semejante recompensa, le era bien debida; y en prueba de que era digno de ella, es que nunca abusó de su posesión. Raras veces tenían cuestiones y éstas acababan siempre bien. Sin embargo, hubo de ocurrir una que acabó mal; su ama, en un arrebato de cólera, le dirigió una frase injuriosa que él no pudo digerir; no escuchando más que su desesperación, y hallando a mano un frasco de láudano, Claudio Anet se lo bebió, yéndose a dormir tranquilamente. Contaba con no despertar jamás. Por fortuna, la señora de Warens, inquieta y agitada igualmente por su parte, errando de uno a otro lado de la casa, halló el frasco vacío y adivinó lo que había sucedido. Los gritos en que prorrumpió corriendo a socorrerle me sobresaltaron, y acudí a ver qué los motivaba. Entonces ella me lo confesó todo, imploró mi ayuda, y al fin, con harto trabajo, logró hacerle vomitar el opio. Yo, testigo de esta escena, me asombraba de la simpleza mía en no haber ni remotamente sospechado las relaciones que había entre ellos. Pero Claudio Anet era tan discreto, que otros más listos que yo se hubiesen engañado. La reconciliación fué tal, que yo también me conmoví profundamente, y desde entonces al aprecio que le tenía se añadió el respeto, y vine a ser discípulo suyo en cierto modo, con lo que no me encontré mal.

Sin embargo, no dejó de causarme pena saber que había quien pudiese vivir con ella en más intimidad que yo. Nunca había pensado siquiera en desear para mí aquel puesto; pero, como es natural, me desagradaba verle ocupado por otro. Con todo, en vez de sentir antipatía por el que me había suplantado, comprendí que a él se extendía el cariño que ella me inspiraba. Mi mayor deseo era que fuese dichosa; puesto que le necesitaba para serlo, me consolaba de que también él lo fuese.

Por su parte, él se acomodaba perfectamente a las miras de su ama y cobró una amistad sincera por el amigo que ella se había escogido. Sin afectar conmigo la autoridad que su posición le permitía, adquirió naturalmente la que le daba la superioridad de su inteligencia. Yo no me atrevía a hacer nada que no pareciese de su agrado, y él no desaprobaba sino lo que merecía serlo. Así vivíamos felices, unidos por un lazo que sólo pudo romper la muerte. Una de las pruebas de la excelencia del carácter de esa apreciable mujer es que aquellos que la querían también se amaban entre sí. Los celos, la misma rivalidad cedían al sentimiento dominante que inspiraba, y no he visto nunca que existiese el menor rencor entre las personas que la rodeaban. Los que me lean suspendan un momento su lectura en este elogio, repasen su memoria y, si encuentran alguna mujer de quien se pueda decir lo mismo, únanse a ella para la paz de su vida, aunque fuese la última ramera.

Aquí principia, después de mi llegada a Chambéry hasta que marché a París en 1741, un intervalo de ocho o nueve anos durante los cuales tendré pocos acontecimientos que referir, porque mi vida fué tan sencilla como apacible, y esta uniformidad era precisamente lo que más necesitaba para que acabase de formarse mi carácter, al que una continua agitación impedía madurar. Durante ese precioso intervalo fué cuando mi educación, falta de orden y unidad, tomó consistencia, haciéndome lo que he sido siempre, aun a través de las tempestades que me esperaban. Esa formación fué insensible y lenta; durante ella ocurrieron pocos hechos memorables; mas por esto no merece menos que aquí siga su curso y que la desarrolle.

Al principio casi no me ocupaba más que de mi obligación, porque la oficina no me permitía pensar en otra cosa. El poco tiempo que me quedaba libre lo pasaba al lado de la buena mamá; tampoco me aguijoneaba el deseo de leer, por falta de tiempo para ello. Mas cuando mi trabajo vino a convertirse en una especie de rutina, embargaba menos mi espíritu, y entonces reapareció mi inquietud y me fué necesaria la lectura; y, como si la dificultad de satisfacerla hubiese siempre dado pábulo a esta inclinación, habría llegado a ser apasionada si otras aficiones no me hubieran distraído de ella.

Aunque nuestras operaciones en la oficina no requieran una aritmética muy trascendental, se necesitaba bastante para que me hallase a veces apurado. Para vencer esta dificultad, compré libros de aritmética y la aprendí bien, porque la estudié solo. La aritmética práctica se extiende más de lo que parece, cuando se quiere llegar a una exactitud precisa. Tiene operaciones larguísimas en que he visto perderse a buenos matemáticos. La reflexión unida a la práctica aclara las ideas, y entonces se hallan procedimientos abreviados, cuyo descubrimiento halaga el amor propio, cuya exactitud satisface la inteligencia, y que dan por resultado el que se haga con gusto un trabajo de suyo ingrato. Yo me dediqué á él de tal modo, que no había problema soluble por las solas cifras que me fuera difícil resolver; y aún hoy mismo, que se va borrando de mi memoria cada día cuanto he sabido, este conocimiento subsiste todavía en parte, después de un intervalo de treinta años. No hace muchos días que en un viaje que hice a Devenport, asistía en casa de mi huésped a la lección de aritmética de sus hijos, e hice, sin equivocarme y con increíble satisfacción, una de las operaciones más intrincadas. Cuando iba escribiendo las cifras me parecía hallarme todavía en Chambéry, y en mis mejores días. Era volver atrás desde muy lejos.

El lavado de los mapas de nuestros geómetras me hizo cobrar también afición a la pintura. Compré colores y me dediqué a pintar flores y paisajes. Es una lástima que no haya tenido más disposición para este arte, porque tuve hacia él una afición decidida. Habría pasado sin salir de casa meses enteros, en medio de mis lápices y mis pinceles. Cuando vieron que esta ocupación me dominaba demasiado, trataron de distraerme de ella. Lo mismo me sucede con todas las cosas a que empiezo a dedicarme; me encariño con ellas, me apasiono, y luego ya no existe para mí en el mundo otra cosa más que aquella que me domina. La edad no ha bastado para curarme de este defecto, ni siquiera para disminuirle; y en la época en que esto escribo estoy entusiasmado como un viejo chocho con otro estudio inútil de que no entiendo una palabra ~, y que hasta los mismos que lo han cultivado desde su juventud se ven obligados a abandonarlo a la edad en que yo pretendo' empezarlo.

Entonces hubiera sido tiempo, pues las circunstancias eran favorables; y alguna vez tuve intención de aprovecharlas. La satisfacción que veía asomar a los ojos de Anet, cuando venia cargado de plantas nuevas, me tuvo dos o tres veces a punto de irme a herborizar con él. Casi estoy seguro de que, si hubiese ido una vez siquiera, me habría cautivado; y tal vez hoy día fuera un gran botánico, pues no conozco otro estudio que mejor se avenga con mis naturales inclinaciones que el de las plantas; y la vida que llevo en el campo de diez años a esta parte casi no es más que una continua herborización, sin progresos y sin objeto, a decir verdad; pero entonces, no teniendo la menor idea de la botánica, la miraba con una especie de menosprecio y aun de repugnancia, pareciéndome un estudio de boticario. Mamá no se servía de él para otra cosa, porque le gustaba la farmacia; no buscaba más que las plantas usuales para componer sus específicos. Así es que la botánica, la química y la anatomía se hallaban mezcladas en mi mente y formando un todo confuso a que llamaba medicina, que me ofrecía materia abundante para chancearme todo el día y ganarme algunos bofetones de cuando en cuando. Por otra parte, se iba desarrollando en mi espíritu la afición a otro estudio muy diferente y por demás contrario a aquél, que pronto absorbió todas mis aficiones. Me refiero a la música. Fuerza es que haya nacido para este arte, puesto que desde mi infancia me ha cautivado siempre, siendo el único a que he tenido un amor constante en todas las épocas de mi vida. Lo más notable es que, a pesar de haber nacido con esta predisposición, me ha costado tantísimo su estudio, y he obtenido tan lentos resultados, que nunca he logrado, después de una práctica de toda la vida, cantar de repente con seguridad. Lo que entonces me hacía este estudio más agradable que otro alguno era poder practicarlo con mamá. Como nuestros gustos eran muy diferentes, para nosotros era la música un punto de reunión que yo me complacía en frecuentar. Ella no se excusaba; entonces estaba yo poco más o menos tan adelantado como ella; en dos o tres lecturas descifrábamos un aire. A veces, viéndola atareada alrededor de un hornillo, le decía: "Mamá, he aquí un dúo que, o mucho me equivoco, o ha de hacer que vuestras drogas huelan a quemado". "A fe mía, replicaba, te juro que si se me queman por tu culpa te las he de hacer tragar"- Así, mientras disputábamos, yo la arrastraba hacia el clavicordio; una vez allí todo quedaba olvidado; luego hallaba calcinado el extracto de enebro o de ajenjos, lo cogía y venía a mancharme la cara; todo esto era delicioso.

Como se ve, no obstante el poco tiempo que me quedaba libre, tenía muchas cosas en qué emplearlo. Pues todavía vino a aumentarlas una nueva diversión que sirvió para dar más incentivo a las demás.

Vivíamos en un calabozo tan estrecho, que a menudo teníamos necesidad de ir a tomar el aire. Anet logró que mamá alquilase un jardín en los arrabales para cultivar en él algunas plantas. Aquel jardín tenía una casita de campo bastante linda, que se amuebló simplemente con lo más necesario. A menudo íbamos allí a comer, y yo me quedaba algunas noches, a cuyo efecto pusieron una cama. Insensiblemente me fuí aficionando a ese retiro, me llevé a él algunos libras y muchas estampas; me pasaba adornándolo una parte del tiempo de que podía disponer y preparando alguna sorpresa agradable para cuando mamá iba a pasearse por el jardín. Me separaba de ella para ir a ocuparme de ella, para verla con mayor placer en mi fantasía: otra excentricidad que no trataré de excusar ni de explicar, pero que confieso porque así sucedía. Recuerdo que un día la señora de Luxembourg me hablaba con soma de un hombre que se alejaba de su amada para escribirle. Respondíle que yo hubiera podido muy bien ser aquel hombre y aun podía añadir que lo había sido algunas veces. Sin embargo, al lado de mamá jamás he sentido esta necesidad de alejarme de ella para quererla más; pues en su compañía me hallaba tan a mis anchas como estando solo, cosa que no me ha sucedido con nadie más, ni hombre ni muja, por más cariño que les haya tenido. Pero era tan frecuente verla asediada de personas que no me agradaban, que el despecho y el fastidio me lanzaban a mi asilo, donde la tenía como yo deseaba, sin temor de que nos siguiesen importunos.

Mientras yo vivía en tan grato sosiego distribuyendo el tiempo entre mi trabajo, mi instrucción y mis placeres, no estaba Europa tan tranquila como yo. Francia y el Emperador acababan de declararse la guerra; el rey de Cerdeña estaba metido en la contienda, y el ejército francés atravesaba por el Piamonte para penetrar en el Milanesado. Por Chambéry pasó una columna, y, entre otros, el regimiento de Champaña, cuyo coronel era el duque de la Trimouille, a quien me presentaron, que me hizo muchas promesas, y seguramente no se acordó más de mí. Nuestro jardincito se hallaba situado precisamente en lo alto del arrabal por donde entraban las tropas, de suerte que yo iba a saciar el gusto que hallaba en verlas pasar, y me interesaba por el éxito de aquella guerra como si me hubiese importado sobremanera. Hasta entonces nunca había pensado en ocuparme de los asuntos públicos; y por vez primera me puse a leer los periódicos, pero con tal parcialidad a favor de Francia, que me saltaba el corazón de gozo al saber que había obtenido alguna ventaja, aun la más insignificante, y sus reveses me afligían tanto como si hubiesen recaído sobre mí. Si esto hubiese sido una locura pasajera, no la habría mencionado, pero se ha arraigado en mi corazón tan hondamente sin razón ninguna, que cuando más tarde he hecho en París el papel de antidéspota y de indomable republicano, a despecho mío experimentaba una secreta predilección por esa nación que yo calificaba de servil y por ese gobierno que trataba de vituperar. Lo gracioso es que, avergonzándome de tener una inclinación tan contraria a mis ideas, no me atrevía a confesarla a nadie, y ridiculizaba a los franceses por sus derrotas, mientras que me desgarraban el corazón más que a ellos mismos. Yo soy indudablemente el único que, viviendo en una nación que adoraba y de la cual se veía bien tratado, haya fingido desdeñarla. En fin, tan desinteresado ha sido este afecto, tan profundo, tan constante, tan invencible, que aun después de mi salida del reino, después que el gobierno, los magistrados y los escritores se han desencadenado a porfía contra mí, después que se puso de moda agobiarme a fuerza de ultrajes e injusticias, no he podido curar de mi locura. Les amo a pesar mío, aunque me maltraten.

Durante mucho tiempo he procurado inquirir la causa de esta parcialidad, y no he podido hallarla sino en la que le dió origen. Un gusto creciente por la literatura me apegaba a los libros franceses, a los autores de esos libros y al país de esos autores. Precisamente cuando veía desfilar el ejército francés, estaba leyendo los grandes capitanes de Brantóme. Tenía llena la cabeza de los Clisson, los Bayard, los Lautrec, los Coligny, los Montmorency, los de la Trimouille, y me interesaba por sus descendientes como herederos de su valor y de sus prendas. A cada regimiento que pasaba, me parecía ver aquellas famosas bandas negras que antiguamente habían llevado a cabo tantas proezas en el Piamonte. En fin, aplicaba a lo que veía las ideas que había bebido en los libros, y mis continuadas lecturas, que versaban acerca de obras de la misma nación, alimentó mi cariño hacia ella y engendró una pasión ciega que nada ha podido dominar. Posteriormente he tenido ocasión de observar en mis viajes que esta impresión no me era peculiar, y que, hallándose más o menos en todos los países, entre las personas aficionadas a leer y las que se dedican a la literatura, equilibraba el odio general que inspira el aire petulante de los franceses. Las novelas les atraen las simpatías de las mujeres más bien que las de los hombres de todos los países; sus obras maestras dramáticas aficionan la juventud a su teatro. Innumerables extranjeros acuden al de París, llamados por su fama, y vuelven entusiasmados. En fin, el excelente gusto que campea en su literatura les gana la voluntad de todas las personas de gusto, y he visto que sus autores y filósofos han sostenido la gloria del nombre francés, debilitada por sus soldados en la desdichada guerra que han tenido últimamente.

Por tanto, yo era francés ardiente, y esto me hizo novelero. Íbame con la multitud de papamoscas que acuden a la plaza a esperar la llegada de los correos; y, más tonto que el asno de la fábula, me inquietaba por saber cuál sería el amo que me pondría la albarda; porque se decía entonces que pasaríamos a poder de Francia, la cual cambiaría la Saboya por el Milanesado. Preciso es convenir, sin embargo, en que yo tenía por qué temer el resultado de la guerra, pues si la suerte hubiese sido contraria a los aliados, la pensión de mamá corría gran riesgo. Pero yo confiaba enteramente en mis buenos amigos; y esta vez, a pesar de la sorpresa del señor de Broglie, no salieron fallidas mis esperanzas gracias al rey de Cerdeña, en quien yo ni siquiera había pensado.

Mientras se batían en Italia, en Francia se cantaba. Las óperas de Rameau empezaban a meter ruido y dieron a conocer sus obras teóricas, que, habiendo permanecido ignoradas, poseían muy pocos. Por casualidad oí hablar de su Tratado de la armonía, y no me sosegué basta que lo hube adquirido. Por otra casualidad, caí enfermo. La enfermedad era inflamatoria; fué violenta y corta, pero larga la convalecencia, y en todo un mes no pude salir de casa. Durante ese tiempo devoré mi Rameau; pero era tan largo, tan difuso, tan desordenado, que vi que necesitaría mucho tiempo para estudiarlo y desembrolIarlo. Suspendí, pues, mi aplicación y me recreé con la música. No se me iban de la cabeza las cantatas de Bernier, en las que me ejercitaba. Aprendí cuatro o cinco de memoria, y entre ellas una titulada Los amores dormidos, que no he visto más desde entonces y que, sin embargo, todavía sé casi de memoria, lo mismo que El amor picado por una abeja, cantata muy linda de Clérambault, que aprendí poco más o menos en aquel entonces.

A mayor abundamiento llegó del valle de Aosta un joven organista, llamado el abate Palais, buen músico, buen hombre y que acompañaba muy bien con el clavicordio. Nos conocimos y nos hicimos inseparables. Él era discípulo de un monje italiano, gran organista. Me habló de sus teorías, que comparé con las de Rameau, y me llené la cabeza de acompañamientos, de acordes y de armonías. A todo esto era preciso educar el oído; propuse a mamá que diéramos un pequeño concierto cada mes, y consintió en ello. Desde aquel momento me dediqué con tal ardor a organizarlo, que ni de día ni de noche me ocupaba de otra cosa; y realmente me ocupaba, y mucho, para reunir las piezas, los concertantes, los instrumentos, sacar las partes, etc. Mamá cantaba, el padre Catón, de quien he hablado y de quien tendré que hablar todavía, cantaba también; un maestro de baile, llamado Roche, y su hijo, tocaban el violín; Canavas, músico piamontés, empleado en el catastro, y que después se ha casado en París, tocaba el violoncelo; el abate Palais acompañaba con el clave; yo tenía el honor de dirigir las piezas, sin olvidar el bastón del leñador. Júzguese lo magníficos que serían aquellos conciertos. Si no eran como el de casa del señor Treytorens, no les faltaba mucho.

Los pequeños conciertos de la señora de Warens, neófita que vivía, al decir de las gentes, de las limosnas del rey, daban pábulo a las murmuraciones de los beatos; mas para muchas gentes de bien era una diversión agradable. No seria fácil adivinar a quién me refiero en primer lugar en esta ocasión; a un monje, pero hombre de mérito y apreciable, cuyas desgracias me afectaron vivamente más tarde, y cuya memoria, ligada con la de mis días hermosos, me es cara todavía. Era el padre Caton, franciscano, que, junto con el conde de Dortan, había hecho detener en Lyon la caja de música del pobre gatito; hecho que no constituye seguramente el rasgo más bello de su vida. Era bachiller de la Sorbona; habla vivido mucho tiempo en París, en el gran mundo, y había logrado introducirse, principalmente en casa del marqués de Antremont, entonces embajador de Cerdeña. Era alto, bien formado, con el rostro lleno y los ojos algo salientes; cabello negro, formando sin afectación bucles sobre las sienes, porte a la vez noble, franco y modesto, que se presentaba muy bien y con naturalidad, no teniendo las maneras insolentes o hipócritas de los frailes ni la desenvoltura de un personaje a la moda del día, aunque realmente lo era, sino la serenidad de un hombre de bien que, sin avergonzarse de su hábito, se honra a si mismo y se halla siempre en su puesto entre las personas honradas. Aunque no tuviese grandes conocimientos para ser un doctor, el padre Caton era muy instruido para hombre de mundo, y no teniendo prisa por revelar su erudición, la usaba tan a propósito que parecía poseer mucha más. Habiendo vivido mucho en sociedad, se ha la dedicado más a la instrucción amena que a los estudios serios. Tenía ingenio, hacía versos, se expresaba bien, cantaba mejor, tenía una voz agradable, tocaba el órgano y el clave. Para verse solicitado, no eran necesarias tantas dotes; así es que se le buscaba; pero esto le estorbaba tan poco para atender a los cuidados propios de su estado que, a pesar de celosos competidores, llegó a ser nombrado definidor de su provincia, o, como se dice, uno de los padres graves de la orden.

Este padre Caton conoció a mamá en casa del marqués de Antremont. Oyó hablar de nuestros conciertos y quiso tomar parte en ellos, contribuyendo a que fuesen más brillantes. Pronto estuvimos ligados por nuestra común afición a la música, que, tanto para él como para mí, era una pasión muy viva; con la diferencia de que él era un verdadero músico, y yo era una media cuchara. Íbamos con Canavas y el abate Palais a su cuarto, donde dedicábamos buenos ratos a la música, y alguna que otra vez cantábamos acompañados de su órgano, los días de fiesta. A menudo comíamos en su modesta mesa; pues lo sorprendente para ser un fraile es que, además, era generoso, magnífico, y sensual sin grosería. Los días de concierto cenaba en casa de mamá. Aquellas cenas eran muy divertidas y agradables; allí se hablaba sin ambages; allí se cantaban dúos; yo me hallaba a mi sabor; nunca me faltaban chistes y felices ocurrencias; el padre Caton estaba encantador, y mamá, adorable; él abate Palais, con su voz de buey, era el blanco de las bromas. ¡Dulces instantes de la bulliciosa juventud, cuánto tiempo ha que habéis desaparecido!

Como no tendré que hablar ya más de ese pobre padre Caton, permítaseme concluir aquí en dos palabras su triste historia. Los otros frailes, celosos o más bien furiosos al ver que se distinguía por su mérito, por una elegancia en sus costumbres que nada de común tenía con la crápula monástica, le cobraron odio, porque no era tan odioso como ellos. Los jefes se confabularon en contra suya y concitaron a los frailezuelos que envidiaban su posición y que antes no se atrevían a mirarle. Hiciéronle mil afrentas, le destituyeron, quitáronle su aposento, que él había amueblado con gusto, aunque con sencillez; confináronle no sé dónde, y en fin, aquellos miserables le agobiaron con tantos ultrajes, que su espíritu recto y con justicia altivo no pudo resistirlos; y, después de haber hecho las delicias de las reuniones más agradables, sucumbió de dolor, muriendo sobre un lecho miserable, en un rincón de una celda o calabozo, siendo sentido y llorado por cuantas personas honradas le habían conocido, quienes no le hallaron otro defecto que el de ser fraile.

Con este sencillo modo de vivir resultó que a poco a poco absorbido enteramente por la música, me hallaba completamente imposibilitado de pensar en otra cosa. Ya no iba a la oficina sino con disgusto; la sujeción y asiduidad me hicieron considerar el trabajo un suplicio insoportable, y acabé por querer abandonar el empleo para dedicarme a la música. Ya se comprenderá que esta locura no pasó sin oposición. Dejar una ocupación decente y de un provecho seguro para ir en pos de lecciones problemáticas, era una resolución harto insensata para agradar a mamá. Aun suponiendo mis progresos futuros, tan grandes como yo me figuraba, reducir mi ambición a quedarme en la esfera de músico toda la vida era limitarla muy modestamente. Ella, que siempre formaba proyectos magníficos, y que de ningún modo me juzgaba como el señor de Aubonne, veía con pesar que me entregaba seriamente a una ocupación que consideraba tan frívola, y frecuentemente me repetía este proverbio provinciano, algo menos exacto en París, que el que bien canta y bien danza trabaja mucho y no avanza. Por otra parte me veía arrastrado por una afición irresistible; mi pasión iba siendo excesiva, y era de temer que, resintiéndose el trabajo de mis distracciones, me despidiesen, y creía por consiguiente preferible que me retirase. Además, le hice presente que mi empleo no podía durar mucho, que me era necesario un medio de ganarme la vida, y que era más seguro acabar de adquirir por medio de la práctica aquel a que me inclinaba mi gusto, y que ella misma me había escogido, que ponerme a merced de las protecciones, o hacer nuevos ensayos que podían salir mal, y quedarme sin recurso para ganarme el pan, después de haber pasado la edad de aprender. En fin, arranqué su consentimiento más bien a fuerza de importunidades y caricias que de razones que la satisficiesen. Inmediatamente fuí a despedirme del señor Coccelli, director general del catastro, con tanta satisfacción como si acabase de ejecutar el hecho más heroico y abandoné voluntariamente mi empleo sin motivo, sin razón, sin pretexto, con mucho más gusto del que había tenido en hallarlo dos años hacía escasamente.

Por más que fuese un disparate, este paso me granjeó una especie de consideración en el país, que me fué útil. Unos me supusieron recursos que no tenía, otros, viéndome exclusivamente dedicado a la música, juzgaron de mi talento por mí sacrificio, y creyeron que, teniendo tal pasión por este arte, debía poseerlo a la perfección. En tierra de ciegos, el tuerto es rey; allí pasaba por un buen maestro, porque todos los que había eran malos. Por lo demás, no careciendo de cierto gusto en el canto, favorecido por la edad y la figura, en poco tiempo tuve más alumnos de los que necesitaba para reemplazar mí sueldo de secretario.

Para hacerme agradable la vida, ciertamente no podía pasar con mayor rapidez de uno a otro extremo. En el catastro tenía que estar ocho horas diarias ocupado en un trabajo de los más fastidiosos, rodeado de gentes más fastidiosas todavía, encerrado en una triste oficina apestada con el aliento de todos aquellos patanes, la mayor parte sucios y desgreñados; de suerte que a veces casi me causaban mareos la atención, el hedor, la fatiga y el tedio. En lugar de todo eso, heme ahí de improviso lanzado en medio de la buena sociedad, admitido y solicitado en las mejores casas; siendo bien recibido en todas partes, acariciado y festejado; señoritas amables bien compuestas me esperaban y recibían con efusión; no veía más que objetos agradables, ni olía más que azahar y rosa; siempre cantando, conversando, riendo y divirtiéndome; no salía de un sitio sino para ir a hacer lo mismo en otra parte. Nadie negará que, siendo igual el provecho, no había que vacilar en la elección. Así es que me hallaba tan satisfecho de la mía, que jamás me ha venido a la mente arrepentirme de ella, ni aun ahora mismo en que examino el peso de la razón de las acciones de mi vida y en que me hallo libre de los motivos poco sensatos que me han podido guiar en ocasiones.

Ésta es quizá la única en que, no escuchando más que mis deseos, no han salido fallidas mis esperanzas. El modo tan cortés de recibir a las personas que tienen los habitantes de aquel país, su afabilidad y franqueza me hizo amable el trato social; y el gusto que en él hallé entonces, me ha probado completamente que si no me agrada vivir entre los hombres es culpa de ellos más bien que mía.

Es lástima que los saboyanos no sean ricos, o quizá sería lástima que lo fuesen; porque, tales como son, constituyen el pueblo mejor y más sociable que conozco. Si existe en el mundo una pequeña ciudad donde se gocen las dulzuras de la vida en un trato agradable y sincero, es Chambéry. La nobleza de la provincia que se halla en él reunida no tiene mas bienes que los necesarios para vivir, no tiene lo bastante para medrar, y, no pudiendo entregarse a la ambición, sigue por necesidad el consejo de Cineas. Pasa su juventud en la milicia, y luego vuelve a envejecer tranquilamente en su casa. El honor y la razón presiden a este arreglo. Las mujeres son hermosas y podrían pasar sin serlo, porque poseen todo lo que puede dar realce a la belleza y basta suplirla. Es notable que, llamado por mi profesión a ver muchas jóvenes, no recuerdo haber visto en Chambéry una sola que no fuese encantadora. Se dirá, no sin razón, quizá, que me hallaba predispuesto a encontrarlas tales; mas para esto no tenía necesidad de poner nada de mi parte. No puedo traer a la memoria sin complacerme el recuerdo de mis jóvenes alumnas. ¡Que no pueda, al ir nombrando a las más amables, una a una, hacerles volver, y a mí con ellas, a la dichosa edad en que estábamos cuando pasaba en su compañía momentos tan dulces como inocentes! Fué la primera una vecina, la señorita de Mellaréde, hermana del discípulo del señor Gaime. Era una morena muy viva, mas de una viveza agradable, llena de gracia y de discreción. Era algo delgada, como la mayor parte de las niñas de su edad; pero sus ojos brillantes, su gracioso talle y su simpático semblante no necesitaban la gordura para agradar. Iba a su casa por la mañana, y generalmente la hallaba todavía sin vestir, sin más tocado que el cabello sencillamente recogido, adornado con algunas flores que le ponían cuando yo llegaba y se quitaba para peinarse cuando yo salía. Nada temo tanto en el mundo como una mujer hermosa en traje de casa o de mañana; la temería mil veces menos estando compuesta. La señorita de Menthon, a cuya casa iba por la tarde, lo estaba siempre, y me hacía una impresión igualmente dulce, pero enteramente distinta Tenía el cabello rubio ceniciento; era muy linda, muy tímida y blanca; una voz clara, melodiosa y dulce, pero que no osaba desplegarse. Tenía en el seno la cicatriz de una quemadura de agua hirviendo, que no ocultaba enteramente la pañoleta de felpilla que llevaba. Esta señal llamaba a veces hacia aquel sitio mi atención, que no tardaba en fijarse en otras cosas distintas de ella. Otra vecina, la señorita de Challes, era una mujer ya hecha, alta, de formas robustas, llena y fresca; había sido muy bella. Ya no era una hermosura; pero sí una mujer notable por su gracia, por su constante buen humor y la natural bondad de su carácter. Su hermana, la señora de Charly, la mujer más hermosa de Chambéry, ya no aprendía música; pero la hacía enseñar a su bija, aunque era muy niña todavía, y cuya naciente belleza hubiera prometido igualar a la de su madre, si desgraciadamente no hubiera sido un poco roja. En la Visitación tenía una jovencita francesa, cuyo nombre he olvidado, pero que merece un lugar en la lista de mis preferencias. Había tomado el tonillo lento y monótono de las monjas, y con aquella languidez decía cosas que revelaban una agudeza mal avenida con su porte. Por lo demás era perezosa, poco amiga de tomarse la molestia de revelar su ingenio, y era esto un favor que no dispensaba a todo el mundo. Sólo después de uno o dos meses de lecciones y de negligencia, se decidió a valerse de este medio para obligarme a ser más asiduo; pues yo nunca he podido serlo por mi sola voluntad. Cuando estaba en las lecciones, gozaba en ellas; pero no me gustaba estar obligado a acudir ni yerme sujeto al imperio de la hora; yo no puedo soportar la molestia y la sujeción en nada; y me harían aborrecer el placer mismo. Se dice que entre los mahometanos, a la hora del alba, pasa un hombre por la calle para dar a los maridos orden de cumplir con su deber conyugal. Yo a semejante hora hubiera sido un pésimo turco.

También tenía algunas alumnas entre la clase media, una de las cuales fué causa indirecta de un cambio de relación de que tengo que hablar, puesto que, al fin, he de decirlo todo. Era hija de un especiero y se llamaba señorita Lard, verdadero modelo de estatua griega, y no vacilaría en decir que es la más bella joven que en la vida he visto, si existiese alguna belleza verdadera sin alma ni vida. Su indolencia y su frialdad llegaban a un extremo increíble. Tan difícil era complacerla como disgustarla, y estoy convencido de que si alguien se hubiese tomado alguna libertad con ella, no se hubiera resistido por pura estupidez. Su madre, que no quería correr este riesgo, no la perdía de vista un solo instante. Hacerle aprender música con un maestro joven, era el mejor medio para animarla; pero no dió resultado. Mientras el maestro impacientaba a la hija, la madre impacientaba al maestro, y todo andaba de mal en peor. La señora Lard unía a su natural viveza la que hubiera debido tener su hija. Era una mujer de carita despierta, apergaminada y picada de viruelas. Tenía los ojos pequeños, muy ardientes y un tanto rojos, a causa de tenerlos malos con mucha frecuencia. Cada mañana, a mi llegada, hallaba preparado el café con leche, y la madre no se olvidaba nunca de recibirme con un beso bien aplicado en la boca, y que, por curiosidad, yo hubiera querido devolver a la hija, para ver cómo lo tomaba. Por lo demás, todo esto se hacía tan sencillamente y tan sin consecuencia, que los melindres y los besos no se omitían cuando el señor Lard estaba presente. Era un bonachón, exactamente el padre de la hija, a quien su mujer no engañaba porque no tenía necesidad de hacerlo.

Yo me prestaba a todas esas caricias con mi proverbial candidez, tomándolas simplemente por señales de pura simpatía. Con todo, a veces me importunaban; pues la vehemente señora de Lard no dejaba de ser exigente; de modo que si hubiese pasado alguna vez por delante de su casa sin entrar en la tienda, habría habido trifulca. Así es que me veía precisado a dar un rodeo para pasar por otra calle, cuando tenía prisa; pues ya sabía que no era tan fácil salir como entrar en su casa.

La señora de Lard se ocupaba demasiado de mí para que yo no me ocupase de ella. Sus atenciones me conmovían mucho. Hablaba de ellas a mamá como de una cosa sin misterio, y, aunque lo hubiese habido, no hubiera podido por menos de decírselo, pues tener para ella un secreto, fuese el que fuese, me hubiera parecido imposible: mi corazón estaba abierto a sus ojos lo mismo que a los de Dios. Ella no tomó la cosa con la misma sencillez que yo. Creyó ver ciertos preliminares donde yo no había visto más que amistad; juzgó que la señora Lard, empeñándose en no dejarme tan ignorante como me había hallado, quería hacerse entender de un modo o de otro, y, a parte de que no era conveniente de que otra mujer se encargara de la educación de su discípulo, tenía otros motivos más dignos de ella para ponerme a cubierto de los lazos a que mi edad y mi estado me exponían. Al mismo tiempo me tendieron uno de otro género más peligroso, al que pude escapar, pero que le hizo ver que los peligros que sin cesar me amenazaban exigían todas las prevenciones de que podía echar mano.

La señora condesa de Menthon, madre de una discípula mía, era una mujer de bastante ingenio y, según fama, de no menos malicia. Decíase que había sido causa de muchas disensiones, una de las cuales había tenido consecuencias fatales para la familia Antremont. Mamá había estado bastante relacionada con ella para conocer su carácter; habiendo agradado muy inocentemente a cierta persona, sobre la que tenía pretensiones la señora de Menthon, imputó ésta como un delito una preferencia que no había sido buscada ni admitida, y desde entonces la señora de Menthon se empeñó en jugar a su rival malas pasadas, aunque ninguna surtiese efecto. Citaré una de las más cómicas, a título de ejemplo. Estaban las dos en el campo con varios caballeros de las cercanías, y entre ellos el referido pretendiente. Un día, la señora de Menthon había dicho a uno de aquellos señores que la señora de Warens era una remilgada, que carecía completamente de gusto, que vestía mal, que se tapaba el pecho como las plebeyas. "En cuanto a esto último -replicó su interlocutor, que era un bromista-, no le falta motivo para hacerlo; yo sé que tiene impresa en el pecho la figura de un feo ratonazo, pero tan a lo vivo, que parece estar corriendo". El odio, lo mismo que el amor, hace crédulas a las personas. La señora de Menthon se propuso sacar partido de este descubrimiento; y un día que mamá estaba jugando con el ingrato favorito de la dama, ésta fué muy quedo a colocarse detrás de su rival, y luego, medio derribando su silla, le apartó el pañuelo con destreza; pero, en lugar del ratón, el caballero vió otra cosa muy distinta, tan difícil de olvidarla como de ver, y no era esto lo que buscaba la dama.

Yo no era un personaje digno de ocupar a la señora de Menthon, que sólo quería rodearse de gente de alto copete; con todo, me prestó un poco de atención, no por mi persona, pues de fijo nada le importaba, sino por el ingenio que me suponían y que hubiera podido servirle para satisfacer sus gustos. Tenía una afición decidida a la sátira, y le gustaba componer versos y canciones sobre las personas que le desagradaban. Si hubiese encontrado en mí bastante ingenio para escribírselas, entre los dos habríamos revuelto a todo Chambéry en poco tiempo. Se habría buscado el manantial de esos libelos; la señora de Menthon habría salido del paso sacrificándome a mí, y yo hubiera estado preso tal vez por todo el resto de mi vida, para enseñarme a hacer el papel de Apolo al servicio de las damas. Afortunadamente nada de esto sucedió. La señora de Menthon me hizo quedar a comer dos o tres veces, para hacerme hablar, y encontró que yo era un tonto. Yo mismo lo conocía, y me afligía, envidiando las cualidades de mi amigo Ventura, cuando hubiera debido agradecer a mi insuficiencia los peligros que me evitaba. Para la señora de Menthon no fuí más que el maestro de canto de su hija; pero viví tranquilo y estimado de todos, y esto era mejor que ser un ingenio para ella y un escorpión para el resto del país.

Sea lo que fuere, mamá vió que para librarme de los peligros de mi juventud, era el momento de tratarme como a hombre; y esto es lo que hizo, mas del modo más singular que jamás haya empleado mujer en caso semejante. La hallé más formal, y en la conversación más moral que de ordinario. La bulliciosa jovialidad que comúnmente se mezclaba a sus instrucciones fué repentinamente sustituida por un tono constante que, sin ser familiar ni severo, parecía preparar una explicación. Después de haber intentado en vano adivinarla, le pregunté cuál era la causa de semejante cambio; esto era lo que esperaba. En contestación, me propuso un paseo por el jardín para el siguiente día. Desde por la mañana nos dirigimos a él. Había tomado sus precauciones para que nos dejasen solos todo el día, y lo empleó en prepararme para los favores que me quería dispensar, mas no como una mujer vulgar, con melindres y agasajos, sino por medio de conversaciones llenas de afecto y de buen sentido, más bien encaminadas a mi enseñanza que a mi seducción, y que hablaban más a mi corazón que a mis sentidos. Sin embargo, por más excelentes y útiles que fuesen sus razonamientos, aunque no tuviesen nada de fríos y tristes, no les presté toda la atención que merecían, y no los grabé en mi memoria como en cualquier otra ocasión lo hubiera hecho. Su modo de empezar, aquella especie de preparación, me habían causado inquietudes; mientras ella hablaba, yo, a mi pesar meditabundo y distraído, estaba menos atento a lo que me decía que a penetrar el término a que se encaminaba; y tan pronto como lo hube comprendido, lo que no logré sin dificultad, la novedad de esta idea, que ni una sola vez se me había ocurrido desde que vivía con ella, absorbiendo entonces todas mis facultades, no me permitió pensar en lo que me decía. No hacía sino pensar en ella, pero sin escucharla.

Querer que los jóvenes estén atentos a lo que se les dice, dejándoles entrever por término un objeto que les interese en extremo, es un contrasentido muy común en los maestros, y que tampoco he podido evitar en mi Emilio. El joven, arrebatado por el objeto que se le ofrece, se ocupa de él exclusivamente, y salta por encima de los discursos preliminares para llegar mas pronto a donde se le conduce con sobrada lentitud para su gusto. Si se quiere que escuche, es preciso que no pueda adivinar el fin de antemano; y en esto mamá fué poco diestra. Por una singularidad, hija de su espíritu sistemático, tomó la vana precaución de imponerme condiciones, mas tan luego como supe su precio, ni siquiera las oía y me apresuré a consentir en todo. Creo que no hay un hombre en toda la tierra que en paso semejante sea bastante franco o tenga bastante valor para andar regateando, ni una sola mujer capaz de perdonar al que lo haya hecho. Por consecuencia de la misma singularidad, acompañó este convenio con las mayores formalidades, y me dió para pensarlo ocho días, que yo le aseguraba no necesitar, faltando a la verdad; pues para colmo de extrañeza, me vino perfectamente este plazo; tanto me había sorprendido la novedad de semejantes ideas y tal trastorno experimentaba en las mías, que necesitaba tiempo para reponerme.

Se creerá que esos ocho días duraron para mí ocho siglos; todo lo contrario: hubiera querido que lo fuesen en realidad. No sé cómo describir el estado en que me hallaba, lleno de miedo, con mezcla de impaciencia, temiendo lo que deseaba, hasta el extremo de buscar de todas veras en mi mente algún medio decoroso para evitar la dicha que me esperaba. Considérese mi temperamento ardiente y lascivo, mi sangre inflamada; mi corazón ebrio de amor, mi robustez, mi juventud y mi estado perfecto de salud. Recuérdese que en tal situación, ávido de mujeres, aún no había tocado a ninguna; que la fantasía, la necesidad, la vanidad y la curiosidad concurrían para devorarme con el deseo ardiente de ser hombre y parecerlo. Añádase a todo esto -lo que sobre todo no debe olvidarse- que el cariño vivo y tierno que le tenía, lejos de entibiarse, no había hecho más que aumentar cada día; que no me hallaba bien sino a su lado; que no la dejaba sino para pensar en ella; que mi corazón estaba completamente dominado, no sólo por sus mercedes y por su amabilidad, sino por su sexo, por su semblante, por su persona, por ella; en una palabra, por todos los conceptos que podían hacérmela querer. Y no vaya a creer el lector que teniendo diez o doce años más que yo, estuviese envejecida o me pareciese tal; no; desde que había experimentado aquella emoción tan dulce que me causó su primera vista, habían pasado cinco o seis años; ella había cambiado poquísimo, y a mí me parecía idéntica. A mis ojos siempre ha sido hermosa, y todavía lo era a los de todos. Sólo estaba algo más gruesa. Por lo demás, eran los mismos ojos, la misma tez, el mismo seno, las mismas facciones, el mismo hermoso cabello rubio, la misma jovialidad, todo, hasta la misma voz, esa voz argentina de la juventud, que siempre me impresionó tan vivamente, de suerte que aún hoy día no puedo oír sin emoción el sonido de una bella voz de niña.

Naturalmente, lo que tenía que temer, esperando la posesión de una persona tan querida, era anticipar el plazo y no poder dominar bastante mis deseos y mi imaginación para mantenerme dueño de mí mismo. Más adelante se verá que, en una edad avanzada, la sola idea de los más ligeros favores que esperaba de la persona amada, inflamaba mi sangre basta el punto de serme imposible atravesar impunemente el corto espacio que de ella me separaba. ¿Por qué prodigio, en la flor de la juventud, tuve tan poca solicitud para el primer goce? ¿Por qué pude ver aproximarse la ocasión con más sentimiento que placer? ¿Por qué, en lugar de la voluptuosidad que debía embriagarme, sentía casi repugnancia y miedo? Es indudable que si hubiese podido escapar a mi Ventura sin hacer mal papel, lo hubiera hecho con el mayor gusto. He prometido extrañezas en la historia de mi amor hacia ella; he aquí una, seguramente inesperada.

El lector, ya indignado, creerá que, perteneciendo ella a otro hombre, se degradaba a mis ojos dividiendo su amor, y que un sentimiento de menosprecio entibiaría los que me había inspirado; si tal piensa se equivoca. A la verdad, compartirla me causaba un cruel pesar, tanto por mi delicadeza, por demás natural, como porque, en efecto, me parecía poco digno de ella y de mí; pero no alteraba de ningún modo el afecto que suscitaba en mí, y puedo jurar que jamás la amé con mayor ternura que cuando tan poco deseaba su posesión. Conocía demasiado la castidad de su corazón y su temperamento de hielo para que pudiese creer ni un momento que el placer de los sentidos pudiese tener parte alguna en este abandono de sí misma; estaba completamente seguro de que sólo el deseo de preservarme de los peligros, que de otro modo eran casi inevitables, y conservarme entero para mí y para mis obligaciones, le hacia faltar a una que no consideraba como la consideran las mujeres, conforme lo explicaré más adelante. A mí me daba lástima, y yo mismo me compadecía. Hubiera querido decirle: "No, mamá, no es necesario; os respondo de mí sin esto". Pero no me atrevía, primero, porque no debía decirlo, y luego porque en el fondo conocía que i~ era la verdad, sino que, efectivamente, sólo una mujer habla que pudiera preservarme de las demás y ponerme a cubierto de toda tentación. Sin que anhelara su posesión, me agradaba que me quitase el deseo de poseer a otras; tan cierto es que consideraba como una desventura todo lo que podía contribuir a distraerme de ella.

La costumbre de vivir juntos y vivir con inocencia, lejos de entibiar al afecto que me inspiraba, lo habla acrecentado; pero al propio tiempo le había comunicado un carácter especial que le hacia más cariñoso, quizá más tierno, pero menos voluptuoso. A fuerza de llamarla mamá y de usar con ella la familiaridad de un hijo, me había acostumbrado a considerarme como tal. Esto creo que era realmente la causa de la poca solicitud que tenía para obtener su posesión, a pesar, de quererla tanto. Recuerdo muy bien que al principio mi cariño, sin ser más vivo, encerraba más sensualidad. En Annecy me hallaba como embriagado; en Chambéry ya no era lo mismo. Siempre la amaba lo más apasionadamente que puede imaginase; pero la amaba más por ella y menos para mí, o a lo menos más bien buscaba a su lado mi felicidad que mi placer; para mí era más que una hermana, más que una madre, más que una amiga, más aun que una amada. En fin, la quería demasiado para codiciarla; he ahí lo que veo más claro en mis ideas.

Ese día, más bien temido que deseado, llegó por fin. Lo prometí todo y no mentí. Mi corazón confirmaba mis promesas, sin desear su premio. Pero lo obtuve, sin embargo. Por vez primera me vi en los brazos de una mujer que adoraba. ¿Fui dichoso? No: sólo gusté el placer. Yo no sé qué invencible tristeza lo envenenaba; me hallaba como si hubiese cometido un incesto. Por dos o tres veces, abrazándola con efusión, inundé su pecho de lágrimas. En cuanto a ella, no estaba triste ni alegre, sino cariñosa y tranquila. Como era muy poco sensual y de ningún modo había buscado voluptuosidad, no sintió sus delicias ni tuvo jamás el remordimiento de ellas.

Lo repito: todas sus faltas provenían de sus errores, nunca de sus pasiones. Era bien nacida, su corazón puro amaba la discreción; sus propensiones eran rectas y virtuosas; su gusto, delicado; había nacido para vivir en una elegancia de costumbres a que fué siempre aficionada y nunca practicó, porque en vez de seguir las inclinaciones de su corazón, que la guiaban bien, no escuchaba más que a su razón, que la aconsejaba mal. Cuando la descarriaron los falsos principios, siempre fueron desmentidos por sus verdaderos sentimientos; pero desgraciadamente se preciaba de filósofa, y la moral que se había formado corrompió la que su corazón le dictaba.

El señor de Tavel, su primer amante, fué su maestro de filosofía, y le enseñó los principios que le convenían para seducirla. Hallándola fiel a su marido y a sus deberes, siempre fría, razonadora e inexpugnable del lado de los sentidos, la atacó con sofismas, y logró hacerle considerar aquellos deberes a que tan adicta era como una charlatanería doctrinaria, formada únicamente para entretener a los niños; la unión- de los sexos, como el acto más indiferente en sí; la fidelidad conyugal, como una apariencia obligatoria, cuya sola moralidad consistía en la opinión; la tranquilidad de los maridos, como la única regla del deber de las mujeres; de suerte que las infidelidades ignoradas, nulas para aquel a quien ofendían, también lo eran para la conciencia; en fin, logró convencerla de que en sí mismo el hecho no era nada, que sólo tomaba cuerpo por el escándalo, y que toda mujer que parecía honrada, por esto sólo lo era en efecto. Así es cómo aquel hombre funesto logró su objeto, corrompiendo la razón de una niña cuyo corazón no había podido pervertir. Pero lo pagó con los celos más devoradores, persuadido de que se conducía con él del mismo modo que le había enseñado a obrar con su marido. Ignoro si se equivocó, pero el ministro Perret pasaba por su sucesor. Lo que puedo asegurar es que la frialdad de su temperamento, que hubiera debido preservarla de este sistema, fué cabalmente lo que la privó de renunciar a él en lo sucesivo. No podía concebir que se diese tanta importancia a una cosa que para ella no tenía ninguna. Jamás quiso honrar con el nombre de virtud una abstinencia que tan poco le costaba guardar.

Por consiguiente, a ser por ella, no habría abusado de este falso principio; pero lo hizo por los demás, y a causa de otra máxima casi igualmente falsa, aunque más conforme con la bondad de su corazón. Siempre creyó que lo que más contribuía a que un hombre quisiese a una mujer era la posesión; y ella, aunque no sintiese nada más que amistad por las personas que le eran queridas, sentía un afecto tan tierno, que empleaba todos los medios que estaban a su alcance para granjearse mejor su cariño. Lo que hay de extraordinario es que le salió bien casi siempre. Era verdaderamente tan digna de ser amada, que cuanto mayor era la intimidad en que con ella se vivía, tantos más motivos se hallaban para quererla. Hay otra cosa notable: después de su primera debilidad, no favoreció más que a seres desgraciados; los personajes distinguidos que la requerían perdían el tiempo; pero había de ser muy poco apreciable un hombre, para que, empezando ella por compadecerle, no acabase por amarle. Cuando hizo elecciones poco dignas de ella, lejos de ser efecto de bajas inclinaciones, que jamás tuvieron cabida en su corazón, se debieron únicamente a su carácter generoso, humano, compasivo y sensible por demás, que no siempre la guió con bastante discernimiento.

Si algunos principios falsos la desviaron, ¡cuántos otros admirables no tenía, de los que no se apartaba jamás! ¡Con cuántas virtudes no rescataba sus flaquezas, si puede darse tal nombre a los errores en que para nada entraban los sentidos! El mismo hombre que la engañó en una cosa, sobre otras mil la instruyó excelentemente; y permitiéndole sus pasiones, que nada tenían de fogosas, seguir la luz de su razón, iba bien encaminada cuando sus sofismas no la extraviaban. Los motivos que la guiaban eran laudables hasta en sus faltas; cuando se engañaba, podía obrar mal, pero no podía querer nada que fuese malo. Aborrecía el doblez y la mentira; era justa, equitativa, humana, desinteresada; fiel a su palabra, a sus amigos, a los deberes que reconocía por tales; incapaz de sentir ni odio ni venganza, no consideraba mérito alguno el perdonar. Y volviendo a lo menos disculpable que tenía, sin estimar sus favores en lo que valían, jamás hizo de ellos un vil comercio; los prodigaba, pero no los vendía, a pesar de hallarse continuamente en apuros para vivir; y me atrevo a decir que si Sócrates pudo estimar a Aspasia, hubiera seguramente respetado a la señora de Warens.

Atribuyéndole una naturaleza sensible y un temperamento frío, ya sé de antemano que se me acusará de contradicción, como de ordinario y con la misma razón que siempre. Tal vez obró mal la Naturaleza y no debió formar semejante combinación; pero lo cierto es que existía. Cuantas personas conocieron a la señora de Warens, muchas de las cuales viven todavía, pudieron convencerse de que realmente era ésta su naturaleza. Y aun me atrevo a añadir que no conoció más que un solo placer verdadero en el mundo: el de complacer a las personas que amaba. Con todo, cualquiera está en su derecho de argumentar sobre esto a sus anchas y probar doctamente que no es cierto. Mi obligación es decir la verdad, pero no imponerla.

Cuanto acabo de decir lo supe, poco a poco, en las conversaciones que tuvimos después de nuestra unión, que sólo por las mismas, fué deliciosa. Con razón había esperado que su condescendencia me sería útil; pues me sirvió de mucho para mi instrucción. Hasta entonces me había hablado de mí solo, como a un niño; desde aquel momento empezó a tratarme como a un hombre, y me habló de sí misma. Me interesaba tanto cuanto me decía, me conmovía a tal punto, que, concentrándome en mí mismo sacaba de sus confidencias un provecho mayor del que había sacado de sus lecciones. Cuando sentimos que realmente habla el corazón, el nuestro se abre para recibir sus expansiones; y toda la moral de un pedagogo no valdrá nunca tanto como la locuacidad afectuosa y tierna de una mujer sensata a quien se quiere.

Habiendo tenido ocasión de juzgarme más favorablemente por la intimidad en que vivía con ella, creyó que, a pesar de mi torpeza, merecía que se tomase el trabajo de instruirme para vivir en sociedad, y que si algún día aparecía en ella con cierto apoyo me hallaría en estado de hacer carrera. Con esta idea procuraba formar, no sólo mi razón, sino también mis maneras, a fin de hacerme tan amable como digno de aprecio; y si es cierto (lo que yo no creo) que puede aliarse la virtud con los triunfos en sociedad, estoy cierto, por lo menos, de que no hay otro camino que el que ella había tomado y quería enseñarme. Porque la señora de Warens conocía a los hombres y poseía en alto grado el arte de tratar con ellos sin falsedad y sin imprudencia, sin engañarles ni disgustarles. Pero este arte radicaba más bien en su carácter que en sus lecciones; lo ponía en práctica mejor que lo enseñaba, y yo era el hombre menos apto del mundo para aprenderlo. Por lo tanto, fué poco menos que inútil todo el trabajo que se dió para lograrlo. Lo mismo debo decir del cuidado que puso en procurarme maestros de baile y de armas; a pesar de ser ágil y de ser airoso, no pude aprender a bailar ni un minué. De tal modo me había acostumbrado a caminar, apoyándome en el talón, a causa de mis callos, que Roche no pudo quitarme dicha costumbre; y, a pesar de mi donaire, jamás he podido saltar una zanja regular. Todavía fué peor en la sala de armas. Después de tres meses de lección, tiraba todavía contra la pared, siendo incapaz de sostener el asalto, y nunca tuve la muñeca bastante flexible o el brazo bastante firme para retener el florete cuando el maestro quería hacérmelo saltar. Añádase a ello que sentía una aversión invencible hacia este ejercicio y hacia el maestro que trataba de enseñármelo. Nunca hubiera imaginado que pudiese infundir tanto orgullo enseñar a matar a un hombre. Para poner a mi alcance su vasta ciencia, se expresaba siempre por medio de comparaciones sacadas de la música, que ignoraba completamente. Hallaba sorprendentes analogías entre las estocadas en tercera y cuarta y los intervalos musicales del mismo nombre. Cuando quería hacer una finta, me decía: "Cuidado con este sostenido", porque antiguamente los sostenidos se llamaban fintas; cuando me había hecho saltar el florete de la mano, decía en tono de zumba que ésa era una pausa. En fin, no he visto en mi vida un pedante más insufrible que aquel pobre hombre con su penacho y su peto.

Por tanto, adelanté poco con estos ejercicios, que abandoné luego por falta de afición; pero hice mayores progresos en otro arte más útil: el de contentarme con mi suerte y no desear otra más brillante, para la que empezaba a sentir que no había nacido. Entregado por completo al anhelo de que mamá fuese dichosa, cada día me agradaba más permanecer a su lado, y, cuando era forzoso dejarla para recorrer la ciudad, a pesar de mi pasión por la música, empezaba a sentir la molestia de mis lecciones.

Yo no sé si Claudio Anet notó la intimidad de nuestras relaciones, pero tengo algún motivo para creer que no fué un misterio para él. Era un joven muy despejado, pero muy discreto, que jamás decía lo que no pensaba, aunque no siempre declaraba su pensamiento. Sin darme a entender en lo más mínimo que estuviese enterado, parecía estarlo por la conducta que seguía; y ésta no provenía seguramente de bajeza de sentimientos sino de que, habiendo aceptado los principios de su ama, no podía desaprobar que obrase con arreglo a ellos. Aunque tan joven como ella, era tan juicioso y grave que nos consideraba casi como dos niños dignos de indulgencia, y nosotros, tanto ella como yo, veíamos en él un hombre respetable, cuya estimación debíamos conservar. Mamá, hasta después de haberle sido infiel, no me demostró todo el cariño que tenía por él. Como sabía que yo no pensaba, ni sentía, ni respiraba sino por ella, me dejó ver cuánto le quería, a fin de que yo le amase igualmente; y se fundaba menos en su amor que en su estimación, porque era el sentimiento que yo podía compartir más de lleno. ¡Cuántas veces nos enterneció y nos hizo abrazarnos con las lágrimas en los ojos, diciéndonos que ambos éramos necesarios para la felicidad de su vida! Y no se sonrían maliciosamente las mujeres que esto lean; pues, dado el temperamento que tenía, esta necesidad no era equívoca; era exclusivamente la de su corazón.

Así fué cómo entre los tres se estableció una unión tal vez sin ejemplo en toda la tierra. Nuestras aspiraciones, nuestros cuidados, nuestros corazones estaban unánimes, y nada traspasaba los límites de este reducido círculo. La costumbre de vivir juntos y con exclusión de otro alguno fué tan grande que, si a las horas de comer faltaba alguno de los tres o sobrevenía un cuarto, todo se desbarataba; y, a pesar de nuestras relaciones particulares, las entrevistas a solas nos eran menos gratas que la reunión. Lo que evitaba que estando juntos nos hallásemos molestos, era la recíproca confianza, y el estar todos muy ocupados ahuyentaba el fastidio. Mamá, siempre con sus proyectos y siempre activa, nos dejaba pocos momentos de ocio a uno y otro, y además cada cual teníamos por nuestra parte en qué emplear el tiempo completamente. La ociosidad es en la sociedad, a mi entender, un mal tan grande como la soledad. Nada envilece tanto el entendimiento; nada engendra más fruslerías, chismes, murmuraciones, enredos y mentiras que el estar continuamente varias personas en una habitación, mirándose las caras, y reducidas a la necesidad de charlar continuamente por toda ocupación. Cuando cada cual tiene su quehacer, nadie habla sino cuando tiene algo que decir; pero cuando no se hace nada, es forzoso estar hablando siempre; y he ahí la más incómoda y peligrosa de todas las sujeciones. Y aun me atrevo a ir más lejos y afirmar que para formar una reunión verdaderamente agradable, es necesario, no solamente que cada cual haga alguna cosa, sino que esta cosa exija alguna atención. Hacer punto de malla es no hacer nada, y se necesita tanto cuidado para distraer a una mujer en ello entretenida como a la que está de brazos cruzados. Pero si está bordando es otra cosa: ya se halla bastante distraída para llenar los intervalos de silencio. Lo más chocante y ridículo es ver a una docena de gaznápiros levantarse, sentarse, ir y venir, girar sobre sus talones, manosear doscientas veces las figurillas de la chimenea, y apurar su facundia para mantener un interminable flujo de palabras: ¡laudable ocupación! Esas gentes, por más que hagan, siempre fastidiarán a los demás y se fastidiarán mutuamente. Yo, cuando estaba en Motiers, me iba a hacer cordones a casa de mis vecinas; si volviese a la vida de sociedad, llevaría siempre un dominguillo en mi faltriquera, y me estaría jugando todo el día para no tener que hablar cuando no supiese qué decir. Si todos hiciesen lo mismo, los hombres serían menos perversos, su trato más formal y, a mi entender, más agradable. Finalmente, y ríanse cuanto quieran los burlones, yo afirmo que la única moral aplicable al presente siglo es la del dominguillo.

Por lo demás, apenas nos dejaban ocasión de evitarnos el fastidio nosotros mismos, y los importunos nos lo traían con sobrada abundancia por su afluencia, para que lo experimentásemos al quedar solos. La impaciencia que en otro tiempo me causaban las visitas no había disminuido; no había más diferencia, sino que en la época de que voy hablando tenía menos lugar para entregarme a ella. La pobre mamá conservaba su antigua propensión a las empresas y proyectos; cuanto más apremiantes iban siendo sus necesidades domésticas, tanto más se entregaba a sus visiones para proveer a ellas; cuanto más reducidos eran sus re cursos presentes, tanto más discurría para lo porvenir.

Con el transcurso de los años iba en aumento su manía, y, a medida que iba perdiendo la afición a los placeres del mundo y de la juventud, la sustituía con la que tenía a los secretos y proyectos. La casa no cesaba de estar llena de charlatanes fabricantes, alquimistas, empresarios de todas ciases, quienes, contando el oro a montones, concluían por tener necesidad de un escudo. Ninguno salía de su casa sin llevarse algo, y una de las cosas que más me admiran es que hubiese podido bastar tanto tiempo a tanta profusión, sin agotar jamás los recursos ni fatigar a sus acreedores.

El proyecto que a la sazón la preocupaba más, que seguramente no era el más descabellado de los suyos, era el de establecer en Chambéry un jardín real de plantas, con un encargado bien remunerado, cuya plaza ya se comprende de antemano a quién se destinaba. El hallarse esta ciudad situada en medio de los Alpes le daba condiciones favorables para la botánica; y mamá, que siempre procuraba apoyar un proyecto con otro, añadió a aquél un colegio de farmacia, que, en verdad había de ser muy útil en un país tan pobre, donde casi no hay otros médicos que los mismos farmacéuticos. La circunstancia de hallarse retirado en Chambéry el proto-médico Grossi, desde la muerte del rey Víctor, le pareció muy favorable a esta idea, y tal vez también se la sugirió. Sea como fuere, empezó a agasajar a Grossi, a pesar de ser muy poco agradable, pues era el hombre más brutal y mordaz que en mi vida he conocido. Voy a citar dos o tres de sus rasgos, por los cuales podrá conocerse su carácter.

Estaba un día en consulta con otros médicos, uno de los cuales había sido llamado de Annecy, y era el médico de cabecera. Éste, joven y todavía poco experto, se atrevió a no ser del mismo parecer que el señor proto; él, por toda contestación, le preguntó cuándo se volvía, por qué camino y qué coche tomaba. El otro, después de haberle satisfecho, le preguntó a su vez si se le ofrecía algo. "Nada, nada -replicó Grossi-, sino que voy a situarme en mi ventana, para tener el placer de ver pasar un asno a caballo". Era tan avaro como rico e insensible. Un amigo suyo le pidió prestado con buenas fianzas. "Amigo mío -le dijo, apretándole el brazo y rechinando los dientes-, aunque San Pedro bajara del cielo para pedirme diez pistolas, y en garantía me ofreciese la Trinidad, no se las prestaría". Un día, que fué convidado a comer en casa del conde Picón, gobernador de Saboya, hombre muy devoto, llegó antes de la hora. Su excelencia se hallaba ocupado en rezar el rosario, y le propuso este recreo. No sabiendo cómo excusarse, se puso de rodillas haciendo una horrible mueca; mas apenas habla rezado dos avemarías, cuando, no pudiendo aguantar más, se levantó bruscamente, tomó su bastón, y se fué sin decir una palabra. El conde Picón corrió tras él, exclamando: "Señor Grossi, señor Grossi, no os vayáis; abajo tenéis, en el asador, una excelente perdiz roja". "Señor conde -replicó el otro volviéndose-, no me quedaría aunque me dieseis un ángel asado". He ahí quién era el proto-médico Grossi, a quien mamá se propuso y logró amansar. A pesar de que estaba sumamente ocupado, se fué acostumbrando a frecuentar su casa, cobró cariño a Anet, dió a entender que estimaba en mucho sus conocimientos, hablaba de él con aprecio y, lo que no podía esperarse de semejante oso, afectaba tratarle con cierta consideración para borrar las impresiones del pasado. Porque, si bien es verdad que Anet ya no estaba como criado, se sabía que lo habla sido, y bien se necesitaba el ejemplo y la autoridad del señor proto-médico para que aquél fuese tratado con un tono que ningún otro habría logrado imponer. Con su casaca negra, su peluca bien peinada, su aspecto, grave y digno, su conducta prudente y circunspecta, sus conocimientos bastante vastos en medicina y botánica, y con la protección del jefe de la Facultad, Claudio Anet podía con fundamento esperar que desempeñaría con buen éxito el puesto de encargado real de las plantas, si se llevaba a cabo el establecimiento proyectado, cuyo plan había gustado realmente a Grossi, y para proponerlo a la corte no esperaba más que el momento en que la paz permitiese pensar en las cosas de utilidad y disponer de fondos para realizarlas.

Mas este proyecto, que si hubiese llegado a plantearse, probablemente me habría hecho dedicarme a la botánica, para cuyo estudio paréceme haber nacido, fracasó a causa de uno de esos golpes inesperados que desbaratan los designios mejor concertados. Yo estaba destinado a ir siendo por grados un ejemplo de las miserias de la humanidad, pues parece que la Providencia que me destinaba a esas grandes pruebas se empeñó en apartar de mi camino todo lo que podía contribuir a que no lo fuese. En una excursión que hizo Anet a lo alto de las montañas en obsequio del señor Grossi en busca de jenipa, planta rara que sólo se cría en los Alpes, el pobre joven se fatigó tanto, que le sobrevino una pleuresía, de la cual no pudo salvarle la misma planta jenipa, a pesar de ser específico para dicho mal, según es fama, ni todo el arte de Grossi, indudablemente hombre muy hábil; y, a pesar de los infinitos cuidados de su buena ama y míos, expiró al quinto día en nuestros brazos, después de la agonía más cruel, durante la cual no tuvo otras exhortaciones que las mías, y se las prodigué con arranques de dolor y de celo que, caso de que se hallara en estado de comprenderme, debían servirle de algún consuelo. He aquí cómo perdí el amigo más fiel de toda mi vida; hombre apreciable y raro, en quien la Naturaleza suplió la falta de educación, que tuvo en la servidumbre todas las virtudes de los grandes varones y a quien no le faltó más que ocasión y vida para manifestarse como tal a la faz del mundo.

Al día siguiente hablé de él a mamá con la más viva y sincera aflicción, y, de repente, en medio de la conversación, tuve el vil e indigno pensamiento de que heredaba cuanto poseía, y sobre todo una magnífica casaca negra de que estaba prendado. Así lo pensé y así lo dije; pues estando con ella era una misma cosa. Nada le hizo sentir tanto la pérdida que acababa de sufrir como esta miserable y odiosa expresión, puesto que el desinterés y la nobleza de alma eran cualidades que el difunto habla poseído en alto grado. La pobre mujer, sin responder palabra, volvió la cabeza y se echó a llorar. ¡ Oh queridas y preciosas lágrimas, os comprendí y caísteis una a una sobre mi corazón lavando las últimas huellas de un sentimiento bajo y ruin! Jamás ha abrigado otro mi corazón desde entonces.

Esta desgracia causó a mamá tanto daño como dolor; desde aquel momento sus intereses fueron en continua decadencia.

Anet era un joven cuidadoso y muy mirado que mantenía el orden en casa de su ama. Se temía su vigilancia, y esto hacía disminuir el despilfarro. Ella misma temía su censura y era más contenida en sus gastos; porque no le bastaba su cariño, quería conservar su estimación y temía el justo cargo, que algunas veces se aventuraba a hacerle, de que prodigaba lo mismo lo ajeno que lo propio. Yo pensaba lo mismo que él y también se lo decía, pero no tenía el mismo ascendiente sobre ella y mis razones no se le imponían como las suyas. Faltando él me vi obligado a ocupar su puesto, para el que tenía tan poca aptitud como afición, desempeñándolo así mal. Yo era descuidado, muy tímido y, refunfuñando en mi interior, dejaba que las cosas siguiesen el camino que llevaban. Había obtenido, por lo demás, la misma confianza, pero no la misma autoridad. Veía el desorden, me lamentaba de él; pero no era escuchado. Era demasiado joven y exaltado para tener el derecho de ser razonable, y, cuando quería echármelas de censor, mamá me daba unos cachetitos, llamándome su joven mentor, y me obligaba a adoptar el papel que me correspondía.

El profundo sentimiento de la estrechez, a que debían reducirla más o menos tarde sus gastos desmesurados, me impresionó tanto más vivamente cuanto que, viniendo a ser el inspector de la casa, vi por mí mismo el desequilibrio entre el debe y el haber. Yo creo que de aquí dimana la inclinación que desde entonces he sentido a ser avaro. Nunca he sido muy pródigo, sino en épocas de borrascoso desarreglo, pero hasta entonces jamás me había preocupado el tener poco o mucho dinero. Por primera vez me fijé en ello y cuidé de mi bolsillo. Me volví tacaño por un motivo generoso, por3ue en verdad no pensaba más que en procurar para mamá algún recurso en la catástrofe que preveía. Temía que sus acreedores se apoderasen de su pensión y le fuese completamente suprimida; y me imaginaba, en mis estrechas miras que mis pequeños ahorros le serian entonces de provecho. Pero para realizarlos, y sobre todo para conservarlos, era menester ocultarme de ella; pues no me convenía que supiese que, mientras ella se hallaba apurada, yo tenía guardado algún dinero. Yo iba, pues, buscando escondrijos por todas partes, donde ocultaba algunos luises, contando aumentar incesantemente este depósito hasta que llegase la ocasión de ponerlo a su disposición. Pero era tan desgraciado al elegir mis escondrijos, que siempre ella los descubría; luego, para darme a entender que los había encontrado, quitaba el oro que yo había puesto y en su lugar colocaba otros objetos de más valor. Entonces, todo corrido, llevaba mi pequeño tesoro al bolsillo común, que nunca dejaba ella de emplear en bagatelas o en objetos para mi uso, como una espada de plata, un reloj u otras cosas por el estilo.

Convencido ya de que no sería posible acumular y que para ella sería un recurso mezquino, comprendí que el único que me quedaba contra la desgracia que temía era ponerme en estado de poder por mí mismo proveer a su subsistencia, cuando, dejando ella de proveer a la mía, se viera próxima a carecer de pan. Desgraciadamente, echando mis cálculos del lado de mis gustos, me obstinaba locamente en buscar mi fortuna en la música; y, sintiendo nacer en mi cabeza cantos e ideas, me hice la ilusión de creer que tan pronto como fuese capaz de aprovecharlos, iba a ser un hombre célebre, un Orfeo moderno, cuyos sones debían atraer todo el oro del Perú. Como ya comenzaba a leer regularmente música, a mi entender no había más que aprender composición. La dificultad estaba en hallar quien me la enseñase, porque sólo con mi Rameau no esperaba poder conseguirlo; y desde que se fué Le Maitre no había quedado en toda Saboya quien entendiese nada de armonía.

Aquí se verá una de esas inconsecuencias de que está llena ¡ni vida, y que tan a menudo me han hecho tomar una dirección contraria, cuando precisamente creía encaminarme en línea recta al fin que me proponía. Ventura me había hablado mucho del abate Blanchard, su maestro de composición, hombre de mucho valer y gran talento, que en aquel entonces era maestro de capilla de la catedral de Besançon, y lo es hoy día de la de Versalles. Se me puso en la cabeza que había de ir a Besançon a tomar lecciones del abate Blanchard; y me pareció tan razonable esta idea, que logré que la aceptara mamá. Hela aquí trabajando en mi pequeño equipaje, con la profusión que ponía en todo. Así, con objeto de prevenir una bancarrota y reparar en el porvenir las consecuencias de su prodigalidad, empezaba en aquel mismo instante por causarle un gasto de ochocientos francos; aceleraba su ruina para ponerme en estado de remediarla. Por más loca que fuese esta conducta, nos había ilusionado completamente; uno y otro estábamos persuadidos, yo de que trabajaba para serle útil, ella de que trabajaba para mi utilidad.

Creí encontrar a Ventura todavía en Annecy y pedirle una carta para el abate Blanchard; pero se había marchado. Tuve que contentarme por toda recomendación con una misa a cuatro voces, compuesta por él y escrita de su propio puño, que Ventura me habla dejado. Con este documento fui a I3esançon, pasando por Ginebra, donde fui a visitar a mis parientes, y por Nyon, donde vi a mi padre, que me recibió como de costumbre y se encargó de remitirme el equipaje, que venia tras de mi, porque yo iba a caballo. Llegado a Besançon, el abate Blanchard me recibió afectuosamente; me prometió enseñarme y me ofreció sus servicios. Ya estábamos dispuestos a comenzar, cuando supe por una carta de mi padre que mi equipaje habla sido detenido y confiscado en las Rousses, aduana francesa de la frontera suiza. Sorprendido con esta noticia, me valí de las relaciones que había adquirido en Besançon para averiguar el motivo de esta confiscación; porque, seguro como estaba de no llevar nada de contrabando, no podía imaginar en qué hablan podido fundarla. Súpelo al fin, y bueno será decirlo, pues es un hecho curioso.

En Chambéry había conocido a Duvivier, un viejo lionés, muy buen hombre, que fué empleado en tiempo de la regencia, y que habiendo quedado sin empleo entró a trabajar en el catastro. Había vivido en la buena sociedad, era sujeto de relevantes prendas, de vastos conocimientos, de carácter afable y muy cortés; sabia de música, y como trabajábamos en la misma sala, nos habíamos hecho amigos, manteniéndonos separados de todos aquellos patanes mal educados que nos rodeaban. Él tenía amigos en París que le remitían esas novedades efímeras, fruslerías que corren sin saber por qué, mueren sin saber cómo, y que nadie se acuerda más de ellas cuando han cesado de estar en boga. Como algunas veces lo llevaba a comer a casa de mamá, me hacía la corte, en cierto modo, y, para hacerse agradable, procuraba aficionarme a esas frivolidades, por las cuales sentí siempre tal repugnancia, que jamás he leído una por mi propio gusto. Desgraciadamente, uno de esos malhadados papeles había quedado en la faltriquera de la chupa de un traje nuevo, que sólo había llevado dos o tres veces para estar en regla con los demás oficinistas. Este papel era una parodia jansenista bastante insulsa de la hermosa escena de Mitrídates de Racine, que había dejado olvidada en el bolsillo, habiendo leído apenas diez versos. He aquí lo que produjo la confiscación de mi equipaje. Los empleados hicieron en el preámbulo del inventario de mi maleta un magnífico proceso verbal, en que, suponiendo que aquel escrito se remitía de Ginebra con el intento de ser impreso y distribuido en Francia, se extendían en piadosas invectivas contra los enemigos de Dios y de la Iglesia, y en elogios de su fervorosa vigilancia, que había evitado la ejecución de este infernal proyecto. Sin duda encontraron que mis camisas olían a herejía, porque en virtud de este terrible papel fué confiscado todo, sin que jamás me hayan dado cuenta ni noticia alguna de mi pobre pacotilla. Los empleados de hacienda, a quienes se acudió en reclamación, exigían tantas instrucciones, señas, certificados y memoriales, que, perdiéndome mil veces en este laberinto, me vi obligado a abandonarlo todo. Siento en gran manera no haber conservado el proceso verbal del resguardo de las Rousses, pues era un documento que debía figurar preferentemente en la colección de los que han de acompañar a este trabajo.

Esta pérdida me hizo volver enseguida a Chambéry sin haber hecho nada con el abate Blanchard; y bien considerado, viendo que la desgracia me perseguía en todas mis empresas, resolví unir en todo mi suerte a la de mamá, y no inquietarme más por un porvenir contra el cual nada podía. Ella me recibió como si hubiese venido cargado de tesoros; poco a poco volvió a proveerme de ropas, y mi desgracia, bastante grande para ambos, fué olvidada tan pronto como sucedió.

Aunque este contratiempo entibió mis esperanzas en la música, no dejaba de estudiar siempre mi Rameau, y a fuerza de trabajo logré al fin entenderlo y hacer algunos pequeños ensayos de composición, cuyo buen éxito me animó. El conde de Bellegarde, hijo del marqués de Antremont, volvió de Dresde después de la muerte del rey Augusto. Había vivido mucho tiempo en París, tenía una afición extraordinaria a la música, y era apasionado por la de Rameau. Su hermano el conde de Nangis tocaba el violín, y su hermana la señora condesa de la Tour cantaba un poco. Esto hizo que la música se pusiese de moda en Chambéry, cuya dirección quisieron al principio encomendarme, pero luego echaron de ver que era cargo superior a mis fuerzas, y se arreglaron de otra manera. Con todo, no dejaba yo de dar algunos trozos de mi cosecha, y entre ellos una cantata, que fué muy aplaudida. No era una pieza acabada, pero estaba llena de cantos nuevos y de efectos que no se esperaban de mí. Aquellos señores no pudieron creer que, leyendo la música tan mal, me hallase en estado de poder componer algo que pudiera pasar y no dudaron de que me había engalanado con plumas ajenas. Para cerciorarse de ello, vino a buscarme una mañana el señor de Nangis, con una cantata de Clerambault, en la cual había cambiado el tono, según decía, para comodidad de la voz, y a la que era preciso poner un acompañamiento nuevo, porque el cambio de tono hacía inejecutable el de su autor. Yo respondí que esto era un trabajo considerable y que no podía hacerse de repente, lo cual le hizo creer que trataba de buscar una evasiva, y me instó para que a lo menos compusiese el de un recitado.

Lo hice mal, sin duda, pues para dejar un trabajo bien acabado necesito estar con libertad y a mis anchas; pero a lo menos me ajusté a las reglas, y como fué en su presencia, no pudo dudar de que poseía los elementos de la composición. Así que no perdí mis alumnas, pero se enfrió un poco mi afición a la música, viendo que se daba un concierto y se prescindía de mí.

Fué poco más o menos por aquella época cuando, habiéndose firmado la paz, el ejército francés volvió a pasar los montes. Varios oficiales visitaron a mamá, entre ellos, el señor conde de Lautrec, coronel del regimiento de Orleáns, después ministro plenipotenciario en Ginebra y posteriormente mariscal de Francia, a quien me presentó. Por lo que le dijo, pareció que él se interesaba mucho en mi favor y me hizo varias promesas de que no se volvió a acordar hasta el último año de su vida, cuando ya no lo necesitaba. El joven marqués de Sennecterre, cuyo padre era embajador entonces en Turín, pasó por Chambéry al mismo tiempo. Un día que comía en casa de la condesa de Menthon, asistía yo también a la comida, y, acabada ésta, se trató de música, que él conocía perfectamente. Se habló de la ópera Jephté, que a la sazón estaba en boga, la trajeron, y me hizo temblar proponiéndome que entre los dos la ejecutásemos. Abriendo el libro al acaso se encontró con este trozo a dos coros:

La terre, ten fer, ¡e cíel méme,

Tout tremble devant le Seigneur

Me dijo: "¿De cuántas partes queréis encargaros? Yo, por mi parte, tomo estas seis". No estaba yo acostumbrado todavía a la petulancia francesa, y, aunque hubiese tarareado algunas partituras, no comprendía cómo una misma persona podía cantar seis voces a un mismo tiempo, ni siquiera dos. Nada me ha costado tanto en el ejercicio de la música como saltar con facilidad de una parte a otra, sin perder de vista el conjunto de la partitura. Por la manera de salir del paso, el señor de Sennecterre debió sospechar que yo no sabía música. Quizá para comprobarlo, me propuso que anotase una canción que quería ofrecer a la señorita de Menthon. No pude excusarme de hacerlo; la cantó y yo la escribí sin hacérsela repetir mucho. Enseguida la leyó y encontró que estaba correctamente escrita. Como había visto mi embarazo, se complació en divulgar este pequeño triunfo, a pesar de ser una cosa muy sencilla. En el fondo, yo conocía bien la música; no me faltaba más que esa facilidad de la primera ojeada que jamás tuve en ninguna cosa y que no se adquiere en música sino por una práctica consumada. Sea como quiera, le agradecí en el alma el buen cuidado que tuvo de borrar del ánimo de los demás y del mío el pequeño fiasco que había cometido, y doce o quince años después, habiéndome encontrado con él en diversas casas de París, tuve varias veces la tentación de recordarle esta anécdota, y probarle que conservaba este recuerdo. Mas como entonces había perdido él la vista, temí renovar su pena, trayéndole a la memoria el uso que había sabido hacer de ella, y me callé.

Llegó el momento que empieza a ligar mi pasado con mi presente. Algunas amistades de aquel tiempo conservadas hasta ahora, me han sido muy preciosas. Con frecuencia me han puesto en el caso de echar de menos aquella feliz oscuridad en que los que se llamaban amigos míos lo eran por mí, por pura benevolencia, no por vanidad de tener amistad con un hombre conocido o por el secreto deseo de tener más ocasiones de perjudicarle. De esta fecha data mi primer conocimiento con mi antiguo amigo Gauffecourt, que lo ha sido siempre, a pesar de los manejos que se han puesto en juego para quitarme su amistad. Siempre no, ¡ay de mí! Acabo de perderle, pero no ha dejado de quererme sino al dejar de existir; nuestra amistad sólo ha terminado con su vida. El señor de Gauffecourt era uno de los hombres más amables que han existido; era imposible verle sin quererle; imposible vivir en intimidad con él sin serle adicto de corazón. Jamás he visto fisonomía más franca, más simpática, que revelase más serenidad, más sensibilidad y más talento, y que inspirase mayor confianza. Por más reservado que uno fuese, desde la primera entrevista no podía menos de familiarizarse con él, como si le conociera de veinte años. Y yo, que generalmente no estoy a gusto cuando trato por vez primera a una persona, experimenté con él todo lo contrario desde el primer momento. Su tono, su acento, su conversación concordaban perfectamente con su fisonomía. Su hermosa voz de bajo, limpia, robusta, de buen timbre, sonora y vibrante, llenaba el oído y llegaba al corazón. Es imposible tener un carácter más alegre, afable y entero; una gracia más verdadera y sencilla y un talento natural cultivado con tanto gusto. Añádase a todo esto un corazón cariñoso; pero que lo era demasiado para todo el mundo; un carácter obsequioso, sin distinción de personas; servía a sus amigos con celo, o mejor se hacía amigo de aquellos a quienes podía servir; y sabía hacer con certeza su negocio, al paso que gestionaba con gran calor los ajenos. El señor Gauffecourt era hijo de un simple relojero, arte que también había él ejercido; pero su porte y sus méritos le llamaban a una esfera más elevada donde no tardó en colocarse. Trabó relaciones con el señor de la Closure, ministro residente de Francia en Ginebra, que le cobró afecto y le procuró otras relaciones en París que le fueron útiles, y por medio de las cuales logró tener el suministro de sales del Valais, que le valía veinte mil libras de renta. Su fortuna bastante halagüeña se limitó a esto respecto de los hombres, mas en cuanto a las mujeres se lo disputaban, así es que pudo escoger a su antojo e hizo lo que quiso. Lo más singular y lo que más le honra es que, estando relacionado con gente de todas condiciones, fué estimado en todas partes, solicitado por todo el mundo sin que jamás excitase el odio ni la envidia de nadie; y creo que murió sin tener un solo enemigo. ¡Hombre feliz! Todos los años iba a los baños de Aix, donde se reúne la buena sociedad de las comarcas vecinas. Relacionado con toda la nobleza de Saboya, desde Aix iba a Chambéry a visitar al conde de Bellegarde y a su padre el marqués de Antremont, en cuya casa le conoció mamá y me hizo conocerle. Esta amistad, que no parecía conducir a nada y siguió sin interrupción durante largos años, se renovó en la ocasión que diré, convirtiéndose en una cordial intimidad. Esto sólo me autoriza para hablar de un amigo, con quien he estado tan estrechamente unido; más aun cuando no tuviese ningún interés personal en recordar su memoria, era un hombre tan amable y dotado de tan relevantes cualidades que lo creería digno de eterna recordación para honra de la especie humana. No obstante ser tan buen sujeto, no dejaba de tener sus defectos como los demás, como se verá más adelante; pero, si no los hubiese tenido, tal vez no hubiera sido tan amable. Para que fuese todo lo interesante posible convenía que tuviese algo que perdonársele.

Otra amistad adquirida por esta misma época no se ha extinguido todavía y aún me ilusiona con esa esperanza que tenemos de la felicidad temporal y que difícilmente se apaga en el corazón del hombre. El señor de Conzié, gentilhombre saboyano, que era entonces un joven amable, tuvo el capricho de aprender música, o mejor de trabar relaciones con el que la enseñaba. Al ingenio y afición a los bellos conocimientos unía el señor de Conzié una dulzura de carácter que le hacía complaciente, y yo lo era también mucho con las personas en quienes hallaba esta cualidad. Pronto nos hicimos amigos. El germen de literatura y de filosofía, que empezaba a fermentar en mi cerebro, y que sólo aguardaba un poco de cultivo y estímulo para desarrollarse enteramente, los encontró en él. El señor de Conzié tenía escasa disposición para la música, y esto redundó en provecho mío, porque pasábamos las horas de lección en cosa muy distinta del solfeo. Almorzábamos, conversábamos, leíamos algunas noticias, sin hablar una palabra de la música. Entonces metía ruido la correspondencia de Voltaire con el príncipe real de Prusia, y a menudo tratábamos de estos dos hombres célebres, uno de los cuales, que ascendió al trono hace poco, se dejaba ya adivinar tal como después debía mostrarse al mundo; y el otro, tan desacreditado entonces como admirado ahora, nos movía a una compasión sincera por la desgracia que lo perseguía y que tan frecuentemente es el patrimonio de los grandes talentos. El príncipe de Prusia había sido poco afortunado en su juventud, y Voltaire parecía haber nacido para no serlo nunca. El interés que ambos nos inspiraban se extendía a todo lo que con ellos se relacionaba. Nada de cuanto escribía Voltaire se nos escapaba. La afición que entonces cobré a estas lecturas me inspiró el deseo de aprender a escribir con elegancia, y hacer lo posible para imitar el buen colorido de este autor que me tenía prendado. Poco tiempo después aparecieron sus Cartas filosóficas que, a pesar de no ser seguramente su mejor trabajo, fué el que más me aficionó al estudio, y esta naciente afición no se ha extinguido en mí desde entonces.

Pero no había llegado todavía el momento de entregarme a ella formalmente. Aún tenía un carácter veleidoso, un deseo de ir y venir, que más bien se hallaba amortiguado que extinguido y que alimentaba el tren de la casa de la señora de Warens, harto ruidoso para mi natural solitario. Este fárrago de desconocidos que afluían a ella cada día de todas partes, y la persuasión en que yo estaba de que toda aquella gente no buscaba otra cosa más que engañarla, cada cual a su manera, convertían mi morada en un verdadero tormento. Desde que, por haber sucedido a Claudio Anet en la confianza de su ama, me hallaba más al corriente del estado de sus intereses, veía una decadencia tan rápida que me asustaba. Mil veces se lo había hecho presente, la había apremiado, suplicado, siempre en vano. Me había echado a sus pies, haciéndole una viva pintura de la catástrofe que le amenazaba; la había exhortado fuertemente a que redujese sus gastos, empezando por mi; a que prefiriese sufrir un poco siendo joven todavía, a multiplicar continuamente sus deudas y acreedores, exponiéndose a sus vejaciones y a la miseria en la vejez. Ella, agradecida a la sinceridad de mi celo, se enternecía conmigo y me hacía las más halagüeñas promesas, pero llegaba un tunante, y al momento quedaba todo olvidado. Después de haber repetido muchísimas veces esta prueba inútilmente, ¿qué me quedaba hacer, sino apartar la vista de un mal que no podía evitar? Me alejaba de la casa cuya puerta no podía guardar; emprendía excursiones a Nyon, a Ginebra, a Lyon, que si adormecían algo mi dolor secreto, aumentaban sus motivos a causa de mis gastos. Juro que me habría abstenido de todo con el mayor gusto si mamá hubiese sabido aprovecharse verdaderamente de mis ahorros; pero, seguro de que los bribones se hubieran apoderado de mis economías, abusaba de su condescendencia para compartir los gastos con ellos, y, cual perro que vuelve del matadero, me llevaba una porción de lo que no podía salvar.

No me faltaban pretextos para todos estos viajes, y mamá por si sola me los hubiera dado, tantas eran las relaciones que tenía en todas partes, negocios, quehaceres y misiones de confianza. No deseaba otra cosa que enviarme; yo no pensaba más que en partir; de donde había de resultar para mí una vida asaz vagabunda. Estos viajes me facilitaron algunas buenas relaciones, que en lo sucesivo me han sido gratas o de utilidad; entre ellas la del señor Perrichon, que adquirí en Lyon y me arrepiento de no haber cultivado bastante, en atención a las bondades que me dispensaba; la del buen Parisot, de quien hablaré a su tiempo; en Grenoble, las de la señora Deybens y de la señora presidenta de Bardonanche, mujer de gran talento y que me hubiera cobrado afecto, si hubiese estado en mi mano verla más a menudo; en Ginebra, la del señor de la Closure, ministro residente de Francia, que me hablaba con frecuencia de mi madre, de cuyo recuerdo no había podido desprenderse su corazón, a pesar de su muerte y del tiempo transcurrido; la de los dos Barillot, de los que el padre, que me llamaba su nieto, tenía un trato muy agradable y era uno de los hombres más dignos de cuantos he conocido. Durante las agitaciones de la República, estos dos ciudadanos militaron en partidos contrarios: el hijo en el del pueblo, el padre en el de los magistrados; yo les vi, cuando en 1737 Ginebra se levantó en armas, salir armados de la misma casa cada cual en dirección a su cuartel, seguros de que al cabo de dos horas habían de hallarse el uno frente al otro, expuestos a degollarse mutuamente. Este horrible espectáculo me causó una impresión tan viva, que juré allí mismo no mezclarme jamás en ninguna guerra civil, ni sostener en el interior la libertad con las armas, ni de palabra, ni de hecho, si algún día recobraba mis derechos ele ciudadano, juramento que aseguro haber guardado en ocasión delicada; y el lector juzgará, según pienso, que esta moderación tuvo algún mérito.

Pero entonces no me hallaba todavía en la primera fermentación de patriotismo que Ginebra sublevada excitó en mi corazón. Cuán lejos me hallaba de ella, podrá comprenderse por un hecho muy grave en contra mía, que había olvidado de referir en su lugar y no debe omitirse.

Desde algunos años atrás, mi tío Bernard se hallaba en la Carolina para construir la ciudad de Charlestown, cuyo plano había diseñado, muriendo allí a poco tiempo. Mi pobre primo había muerto también al servicio del rey de Prusia, y mi tía perdió su hijo y su marido en plazo breve. Estas pérdidas aumentaron su amistad hacia el más próximo pariente que le quedaba, que era yo. Cuando iba yo a Ginebra paraba en su casa, donde me entretenía en revolver y hojear los libros y papeles que mi tío había dejado. Encontré escritos curiosos y cartas, cuya existencia difícilmente se sospecharía. Mi tía, que hacía poco caso de estos papelotes, me hubiera permitido llevarlo todo si yo hubiera querido; pero me contenté con dos o tres libros comentados por mi abuelo, el ministro Bernard, entre otros las obras póstumas de Rohault, en cuarto, cuyas márgenes estaban llenas de excelentes escolios que me hicieron aficionarme a las matemáticas. Este libro quedó entre los de la señora de Warens, y siempre me ha dolido no haberlo guardado. A éstos añadí cinco o seis Memorias manuscritas y sólo una impresa que era del famoso Micheli Ducret, hombre de gran talento, sabio esclarecido pero turbulento, que fué tratado con excesiva crueldad por los magistrados de Ginebra, y finalmente murió en la fortaleza de Arberg, donde estuvo encerrado largos años, según se decía, por hallarse complicado en la conspiración de Berna.

Esta Memoria era un juicio crítico bastante razonado del grande y ridículo plan de fortificación que en parte se ha adoptado en Ginebra, con escándalo de los entendidos, que ignoran el móvil secreto que inducía al Consejo a llevar a cabo esa grande empresa. Habiendo sido excluido de la comisión de fortificaciones por haber vituperado este plan, el señor Micheli había creído que, en calidad de miembro del Consejo de los Doscientos, y hasta como simple ciudadano, podía dar su parecer más por extenso, y esto es lo que había hecho con su Memoria, que tuvo la imprudencia de mandar imprimir, aunque no para publicarla porque no hizo más ejemplares que los que remitía a los Doscientos y fueron interceptados en el correo por orden del consejo local. Yo la encontré entre los papeles de mi tío juntamente con la réplica que éste recibió el encargo de hacer, y me llevé una y otra. Esto fué durante un viaje que realicé poco después de mi salida del catastro, quedando en amistad con su jefe, el abogado Coccelli. Algún tiempo después, el director de la aduana me rogó que le tuviera un hijo en las pilas bautismales y me dió por comadre a la señora Coccelli. Los honores me volvían loco; y, orgulloso de emparentar casi con el señor abogado, las echaba de hombre importante para mostrarme digno de semejante distinción.

Con esta idea pensé que nada podía hacer mejor que enseñarle la Memoria impresa de Micheli, que realmente era un documento raro, para probarle que yo pertenecía a los notables de Ginebra que conocían los secretos del Estado. Sin embargo, por una semireserva, que me sería difícil explicar, no le manifesté la respuesta de mi tío a esta Memoria, quizá porque estaba manuscrita y al señor abogado no le interesaba más que lo impreso. Pero tan bien apreció lo que valía el escrito que cometí la necedad de confiarle, que nunca más he podido rescatarlo, ni volver a verlo; y, plenamente convencido de la inutilidad de mis esfuerzos, haciendo de la necesidad virtud, transformé este robo en regalo. No me cabe duda de que este trabajo le valió mucho en la corte de Turín, a pesar de ser un objeto más curioso que útil, y que tuvo buen cuidado de hacerse reembolsar de un modo u otro el dinero que hubiera debido costarle su adquisición. Afortunadamente, la contingencia de que en lo porvenir el rey de Cerdeña ponga sitio a Ginebra es muy poco probable; pero, como no hay nada imposible, siempre culparé a mi estúpida vanidad el haber puesto a la vista de su tradicional enemigo los defectos capitales de esta plaza fuerte.

Así pasé dos o tres años entre la música, el magisterio, los proyectos, los viajes, fluctuando incesantemente entre varias cosas, deseando fijarme sin saber en qué, pero sintiéndome arrastrado por grados al estudio, tratando con literatos, oyendo hablar de literatura, mezclándome de vez en cuando en estas conversaciones y aprendiendo más bien la jerigonza de los libros, que los conocimientos en ellos contenidos. En mis viajes a Ginebra, iba de cuando en cuando a ver de paso a mi antiguo amigo el señor Simón, que fomentaba mucho mi naciente estímulo con las novedades más recientes en la república de las Letras, sacadas de Baillet o de Colomies. También veía con frecuencia en Chambéry á un dominico profesor de física; he olvidado el nombre de este buen fraile, que a menudo hacía pequeños experimentos con gran satisfacción de mi parte. A ejemplo suyo, quise fabricar tinta simpática y, al efecto, después de haber llenado una botella hasta casi la mitad, de cal viva, oropimente y agua, la tapé bien. La efervescencia empezó a desarrollarse casi de pronto con la mayor violencia, corrí a destaparla pero no llegué a tiempo y me saltó a la cara como una bomba. Tragué oropimente y cal y estuve a la muerte. Más de seis semanas quedé ciego y aprendí así a no meterme en experimentos sin los previos estudios elementales.

Esta aventura perjudicó notablemente mi salud, que desde tiempo atrás se alteraba visiblemente. Ignoro de dónde provenía, que teniendo un buen estómago y no cometiendo exceso de ningún género, decaía de manera ostensible. Ancho de espaldas y bastante robusto de pecho, mis pulmones debían funcionar con desahogo, y, sin embargo, era corto de resuello, me sentía oprimido, suspiraba involuntariamente, tenía palpitaciones, arrojaba sangre y me sobrevino una fiebre lenta, de que jamás me he curado por completo. ¿Cómo es posible caer en semejante estado, en la flor de la juventud, sin tener ninguna víscera dañada ni haber hecho algo que pudiera destruir mi salud?

La espada gasta la vaina, dice el proverbio. He aquí mi historia. He vivido de mis pasiones y mis pasiones me han matado.

-¿Qué pasiones? - me preguntarán -. Pequeñeces; las cosas más pueriles del mundo; pero que me afectaban como si se hubiese tratado de la posesión de Elena o del trono del Universo. Al principio fueron las mujeres; cuando hube poseído una, mis sentidos se calmaron, pero mi corazón jamás; las necesidades del amor me devoraban en medio del placer. Poseía una tierna madre; una amiga querida; pero me faltaba una amante. Yo me la representaba en su lugar; la imaginaba de mil modos para satisfacerme a mí mismo. Si cuando mamá se hallaba en mis brazos hubiera recordado yo que era ella, no la hubiera estrechado contra mi corazón con menor viveza; pero todos mis deseos se habrían amortiguado; hubiera sollozado de ternura, sin gozar. ¡Gozar! ¿Es acaso posible para el hombre? ¡Ah! ¡Si una sola vez en mi vida hubiera gustado en toda su plenitud todas las delicias del amor, creo que mi frágil existencia no hubiera podido resistirlo y hubiera muerto al instante!

Me hallaba, pues, ardiendo de amor, sin objeto, y es así como tal vez aniquila más. Me sentía inquieto y atormentado por el estado de los intereses de mi pobre mamá y de su imprudente conducta, que no podía dejar de causarle su ruina en plazo breve. Mi cruel imaginación, que siempre se anticipa a las desgracias, me representaba la suya sin cesar con toda su extensión y consecuencias. Me veía de antemano inevitablemente separado por la miseria de aquella a quien había consagrado la vida y sin la cual me hubiera sido imposible vivir. He aquí cómo mi espíritu estaba constantemente agitado. Los deseos y los temores me consumían alternativamente. La música era para mí otra pasión menos fogosa, pero no me dañaba menos por el ardor con que a ella me consagraba, por el tenaz estudio de las oscuras obras de Rameau, por mi obstinación invencible en querer recargar mi poca memoria, por mis constantes idas y venidas; por las compilaciones inmensas que amontonaba, pasando muy a menudo noches enteras copiando. ¿Y por qué he de detenerme en las cosas duraderas cuando todas las locuras que se sucedían en mi voluble mente, los placeres fugitivos de un solo día, un viaje, un concierto, una cena, el tener que dar un paseo, que leer una novela, que ver una comedia, todo lo más accidental de mis diversiones o de mis asuntos se convertía para mí en otras tantas pasiones violentas que en su ridícula impetuosidad me daban un verdadero tormento? La lectura de las desgracias imaginarias de Cleveland, ardorosamente hecha y frecuentemente interrumpida, creo que me hizo más daño que las propias.

Había un ginebrino, llamado el señor Bagueret, que estuvo empleado en la corte de Rusia, en el reinado de Pedro el Grande; era el hombre más feo y uno de los mayores locos que he visto en mi vida, siempre cargado de proyectos tan disparatados como él, que hacía caer los millones cual lluvia, y que cuidaba poco de economizar los ceros. Habiendo venido este hombre a Chambéry, por algún proceso en el Senado, se amparó en mamá, como acontecía de ordinario, y en cambio de los tesoros de ceros que le prodigaba generosamente, se llevaba sus pobres escudos uno a uno. Esto me exasperaba, él lo veía, cosa muy fácil conmigo, y no había bajeza que no emplease para engatusarme. Entonces se le ocurrió enseñarme el ajedrez, que él conocía un poco; lo ensayé casi a pesar mío; y después de haber aprendido medianamente a mover las piezas, mi progreso fué tan rápido, que antes de concluir la primera sesión yo le daba la torre, que él me había dado en las primeras partidas. Esto fué bastante para que este juego absorbiese todo mi espíritu. Me proporcioné un tablero, y compré el Calabrés; me encerré en mi cuarto, en donde pasaba días y noches empeñado en aprender de memoria todas las partidas; quería encajarlas en mi entendimiento de buen o mal grado, jugando solo sin descanso ni fin. Al cabo de dos o tres meses de este divertido ejercicio y de esfuerzos inauditos, fuí al café, delgado, amarillo y atontado. Me ensayé y volví a jugar con el señor Bagueret; me ganó una vez, dos, veinte veces; se habían enredado tantas combinaciones en mi mente, y mi imaginación se había ofuscado de tal manera, que delante de mí no veía más que una nube. Cuantas veces quise ejercitarme en el estudio de jugadas con el libro de Filidor, o con el de Stamma, me ocurrió lo mismo, y, después de haberme extenuado con la fatiga, me encontré más decaído que antes. Por lo demás, que haya abandonado el ajedrez o que jugando me haya repuesto, no he adelantado un ápice desde la primera sesión y me he encontrado siempre en el mismo punto en que me hallaba al concluirla. Aunque estuviera ejercitándome millares de siglos, siempre acabaría por poder dar la torre a Bagueret y nada más. He aquí un tiempo bien empleado, se dirá, y que no fué poco; no cejé en este primer ensayo hasta que me faltaron las fuerzas. Cuando me dejaba ver saliendo de mi cuarto, parecía un cadáver, y de haber persistido en este empeño no lo hubiera parecido mucho tiempo. Como se comprenderá es difícil, sobre todo en el ardor de la juventud, que una cabeza como la mía deje gozar siempre al cuerpo de salud.

La alteración de mi salud influyó en mi carácter y templó la impetuosidad de mi fantasía; sintiéndome decaer, me aquieté un poco, y se entibió mi furor por los viajes. Más sedentario, se apoderó de mí, no el fastidio, pero sí la melancolía; la displicencia sucedió a las pasiones, mi languidez se transformó en tristeza; lloraba y suspiraba por los motivos más insignificantes; sentía escapárseme la vida sin haberla disfrutado, me condolía del estado en que dejaba a mi pobre mamá, y de aquel en que la creía próximo a caer, y puedo afirmar que era mi única pena abandonarla a su desconsuelo. En fin, cal gravemente enfermo; ella me cuidó como jamás madre alguna cuidó a su hijo, y esto fué provechoso para ella misma, distrayéndola de los proyectos, y manteniendo alejados a los proyectistas. ¡Cuán dulce hubiera sido mi muerte, si hubiese llegado entonces! Poco había gozado del mundo, mas tampoco había experimentado sus miserias; mi alma podía partir tranquila sin el sentimiento cruel de la injusticia humana, que emponzoña la vida y la muerte. Tenía el consuelo de sobrevivirme en la mitad mejor de mí mismo; esto apenas era morir. A no ser por las inquietudes que me agobiaban acerca de su suerte, habría muerto con la tranquilidad del que se duerme, y aun estas mismas inquietudes tenían un objeto afectuoso y tierno, que templaba su amargura. Yo le decía: "Heos aquí depositaria de todo mi ser; procurad que sea dichoso". Por dos o tres veces, cuando más enfermo estaba, me sucedió levantarme por la noche y arrastrarme hasta su cuarto, para darle acerca de su conducta consejos que estoy cierto de que contenían un gran fondo de verdad y buen sentido. Mas el interés que por su suerte me tomaba, era el que más resaltaba en ellos. Como si las lágrimas fuesen para mí un alimento y un remedio, me sentía reanimado por las que vertíamos juntos, sentado yo sobre su cama y teniendo sus manos entre las mías. Las horas se deslizaban en estas nocturnas conversaciones, y me volvía mejor de lo que había ido. Contento y tranquilizado por las promesas que me había hecho y las esperanzas que me había infundido, me dormía con la paz en el corazón y resignado a la voluntad de la Providencia. Plegue a Dios que, después de tantos motivos para aborrecer la vida, de tantas tempestades como han agitado la mía convirtiéndola en una pesada carga, la muerte que debe ponerle término sea tan poco cruel como lo hubiera sido en aquellos momentos.

A fuerza de cuidados, de vigilancia y de inexplicables penas, ella me salvó, y ciertamente nadie más hubiera podido lograrlo. Tengo poca fe en la medicina de los médicos, pero la tengo pande en la de los verdaderos amigos; las cosas de que depende nuestra ventura se hacen siempre mucho mejor que las demás. Si en la vida existe algún sentimiento delicioso, es el que experimentamos recobrando al amigo que creíamos perdido. Nuestro mutuo cariño no se aumentó, pues era imposible; mas adquirió cierto no sé qué de mayor intimidad y de más ternura en medio de su gran sencillez. Venía a ser obra suya, enteramente su hijo, y más que si ella hubiera sido mi verdadera madre. Sin advertirlo, comenzamos a no separarnos más uno de otro, confundiendo en cierto modo nuestra existencia en una sola, y, sintiendo que no sólo nos éramos necesarios, sino que nos bastábamos recíprocamente, nos acostumbrábamos a no pensar en nada extraño a ambos, a limitar absolutamente nuestra dicha y nuestros deseos a esta posesión mutua y quizá única entre los humanos, que de ningún modo era, como llevo dicho, la del amor, sino una posesión más esencial que, sin radicar en los sentidos, en el sexo, en la edad, en la figura, consistía en todo lo que constituye el ser en sí y que no puede perderse más que dejando de existir.

¿De qué dependió que aquella preciosa crisis no trajera la felicidad para el resto de sus días y de los míos? No fué mía la culpa, lo cual me sirve de consuelo; tampoco lo fué suya, a lo menos de su voluntad. Estaba escrito que el invencible carácter natural recobraría en breve su imperio; mas no se verificó de repente la fatal reincidencia. A Dios gracias, hubo un intervalo; intervalo corto y precioso que no terminó por mi causa y que no tengo que arrepentirme de haber aprovechado mal.

Aunque curado de mi grave dolencia, no había recobrado mi vigor; mi pecho no estaba aún restablecido, y me quedaba siempre un resto de fiebre, que me mantenía en estado de languidez. Sólo anhelaba acabar mis días al lado de la que tanto amaba, sostenerla en sus buenas resoluciones, hacerle comprender en qué consistía el verdadero encanto de una vida feliz y hacer tal vez la suya en cuanto de mi dependiese. Mas vela y hasta experimentaba que, viviendo en una casa sombría y triste, acabaríamos por hallar triste nuestra misma soledad. El remedio se presentó por casualidad. Mamá me había prescrito la leche y quería que fuese a tomarla en el campo; yo consentí en ello bajo condición de que ella me acompañarla; no necesitó más para resolverse, faltando únicamente escoger el lugar. El jardín del arrabal no estaba propiamente en el campo; rodeado de casas y de otros jardines, no tenía los atractivos de un retiro campestre. Por otra parte, después de la muerte de Anet, hablamos dejado este jardín por razón de economía, puesto que ya no teníamos empeño en cultivar plantas, y otras miras hacían que no echásemos de menos aquel sitio.

Aprovechando ahora la aversión que en ella observaba hacia la ciudad, le propuse abandonarla enteramente y establecernos en un lugar solitario y agradable, en alguna casita bastante oculta para alejar a los importunos. Ojalá lo hubiese hecho, y esta resolución que mi buen ángel y el suyo me sugería nos hubiera asegurado probablemente días dichosos y tranquilos hasta el momento en que la muerte nos separase. Mas semejante situación no era la que nos destinaba la Providencia. Mamá debía experimentar todas las penalidades de la indigencia y del malestar, después de haber pasado su vida en la abundancia, para que sintiese menos perderla. Yo, por un cúmulo de males de todo género, había de servir de ejemplo a todo aquel que, inspirado por el solo amor del bien público y de la justicia, se atreva, escudado únicamente en su inocencia, a decir a los hombres la verdad abiertamente, sin apoyarse en las intrigas y sin procurarse partidarios que le sostengan.

Un malhadado temor la detuvo; le faltó valor para abandonar su desagradable vivienda por miedo de incomodar al propietario. "Tu proyecto de retiro es magnífico -me dijo- y muy de mi gusto; mas es preciso contar con medios de vivir. Si dejo mi prisión, me expongo a perder el pan, y, cuando en el bosque se nos haya concluido, preciso será volver a buscarlo en la ciudad. Para tener menos necesidad de venir, no la dejemos del todo; paguemos esta pequeña pensión al conde de Saint-Laurent a fin de que me deje la mía; busquemos algún sitio bastante lejano para vivir en paz, mas no tanto que no sea fácil volver siempre que lo necesitemos". Así se hizo. Después de haber buscado un poco, nos fijamos en las Charmettes, tierra del señor de Conzié, a las puertas de Chambéry, mas solitaria y oculta como si hubiera estado a cien leguas. Entre las dos laderas de bastante altura, hay un pequeño valle que se extiende de Norte a Sur, en cuyo fondo se desliza un arroyo entre árboles y guijarros. A lo largo de ese valle, en la falda de la ladera, hay situadas algunas casas dispersas muy agradables para quien busque un asilo agreste y retirado. Después de habernos detenido en dos o tres casas de éstas, escogimos finalmente la más bonita, propiedad de un gentilhombre que estaba en el servicio, llamado Noiret. Se podía vivir en ella. Por delante tenía un jardín en forma de terraza, coronado por una viña y a cuyo pie se extendía un huerto. Detrás había un bosque de castaños, con una fuente cercana. Más arriba, en la montaña, prados para el ganado. En fin, todo cuanto podía desearse para la vida sencilla que allí queríamos llevar. Por lo que puedo recordar de las épocas y de las fechas, fué a fines del verano de 1736 cuando allí nos instalamos. Yo me hallaba transportado de gozo el primer día que allí dormimos: "¡Oh mamá -dije a aquella cara amiga, abrazándola e inundando su seno con lágrimas de ternura y de alegría-, ésta es la mansión de la dicha y de la inocencia! ¡Si aquí no la encontramos, el uno con el otro, no hay que buscarla en ninguna otra parte!".