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Las Confesiones.  Jean Jacques Rousseau
Capítulo 4. LIBRO CUARTO. 1731 - 1732
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Llego y no la encontró. ¡Júzguese cuál sería mi sorpresa y mi dolor! Entonces fué cuando empecé a arrepentirme de haber abandonado cobardemente al señor Le Maitre, y fué mayor mi pesar cuando supe la desgracia que había caído sobre él. Su caja de música, que contenía toda su fortuna, aquella preciosa caja salvada con tanto trabajo, había sido detenida al llegar a Lyon, gracias a la diligencia del conde de Dortan, a quien el cabildo había hecho escribir participándole esta sustracción furtiva. En vano había reclamado Le Maitre lo que constituía su fortuna y su único medio de ganarse la subsistencia> el trabajo de toda su vida. La propiedad de aquella caja estaba cuando menos en litigio; pero no hubo litigio. La cuestión quedó resuelta al instante por la ley del más fuerte, y el pobre Le Maitre perdió así el fruto de su talento, el trabajo de su juventud y el recurso de su ancianidad.

Nada faltó para hacer más abrumador el golpe que recibí. Pero me hallaba en una edad en que los pesares dejan poca huella, y no tardé en procurarme yo mismo algún consuelo. Esperaba tener en breve noticias de la señora de Warens, aunque ignoraba su paradero y ella no sabía mi regreso; y en cuanto a mi deserción, bien considerado, no la hallaba tan culpable. Había ayudado a Le Maitre durante su retirada, y éste era el único servicio que podía prestarle. Si hubiese permanecido con él en Francia, no le hubiera curado su enfermedad, no hubiera podido salvar su caja, ni hubiera hecho otra cosa que aumentar sus gastos sin poder servirle de nada. He aquí cómo pensaba entonces, ahora pienso de muy distinta manera. Una mala acción que cometemos no nos atormenta inmediatamente sino mucho tiempo después, porque su recuerdo no se extingue.

Lo mejor que podía hacer para obtener noticias de mamá era esperarlas. ¿Cómo había de hallarla en París? Y además, ¿con qué había de hacer el viaje? No había lugar más seguro que Annecy para averiguar tarde o temprano dónde estaba; por consiguiente, allí me quedé, pero me porté bastante mal. No fui a ver al obispo, que me habla protegido y todavía podía protegerme; como ya no estaba mamá para auxiliarme, temía sus reprensiones por nuestra evasión. Menos aun pensaba en acercarme al seminario; ya no estaba allí el señor Gros. No vi a ninguna persona conocida; sin embargo, de buena gana hubiera visitado a la señora intendenta, pero no pude atreverme. Aun hice peor que todo esto; hallé otra vez a Ventura, en quien, a pesar de todo mi entusiasmo, ni siquiera había pensado desde mi salida de Annecy. Halléle radiante y festejado por todas partes; las damas se lo disputaban. Aquel éxito acabó de trastornarme la cabeza, y ya no vi sino a Ventura, y por poco éste me hizo olvidar a la señora de Warens. Para aprovechar mejor sus lecciones, le propuse, cosa que admitió, de compartir su albergue. Estaba alojado en casa de un zapatero, hombre divertido y chocarrero, que, en su dialecto, no daba a su mujer otro nombre que el de gorrina, y a la verdad lo merecía bastante. A cada momento tenían altercados que Ventura procuraba prolongar fingiendo querer apaciguarlos. Con la mayor sangre fría les dirigía, en su acento provenzal, algunas palabras que producían el mayor efecto, dando lugar a escenas capaces de hacernos desternillar de risa. Así pasaba sin sentir toda la mañana; a las dos o las tres, tomábamos un bocado; Ventura se iba a sus reuniones, donde cenaba, y yo a pasearme solo, meditando sobre lo mucho que él valía, admirando, codiciando su raro talento, y maldiciendo mi mala estrella que me negaba aquella dichosa vida. ¡Ah, qué malamente juzgaba! La mía hubiera sido mil veces más hermosa, si yo hubiera sido menos simple y hubiese sabido aprovecharla mejor.

La señora de Warens se había hecho acompañar solamente por Claudio, y había dejado a Merceret, la doncella de que he hablado, a quien hallé ocupando todavía la vivienda de su ama. La señorita Merceret era una joven un poco mayor que yo, no hermosa, pero sí bastante agradable; una buena friburguesa sin malicia, en quien no observé otro defecto que el de ser a veces un poco rebelde con su ama. Yo iba a menudo a visitarla; era una antigua conocida que me recordaba otra más querida, lo cual me hacía quererla. Tenía varias amigas, entre ellas una ginebrina, llamada la señorita Giraud, que, por culpa de mis pecados, tuvo el capricho de prendarse de mí. Continuamente rogaba a Merceret que me llevase a su casa; yo me dejaba conducir, pues quería bastante a esta última y allí encontraba a otras jóvenes que no me desagradaban. En cuanto a la señorita Giraud, que me hacía toda clase de arrumacos, me causaba una aversión profunda. Cuando me acercaba a la cara su negro y seco hocico embadurnado de rapé, me acometían los más violentos deseos de escupirle; pero la soportaba con paciencia. Fuera de esto, me hallaba perfectamente en compañía de aquellas muchachas; y ya fuese para agradar a la Giraud, ya por mí mismo, el caso es que todas me festejaban a porfía. Yo en todo esto no veía más que amistad. Después he comprendido que habría dependido de mí el que hubiera algo más, pero no me daba cuenta de ello ni lo pensaba siquiera.

Por otra parte, las costureras, las doncellas y las tenderillas me tentaban poco; yo necesitaba señoritas. Cada cual tiene sus manías; ésta ha sido siempre la mía; y en este punto no pienso como Horacio. Pero no se crea por esto que me atraiga la vanidad de la posición y de la jerarquía, sino la tez mejor conservada, las ruanos más bellas, más gracia en el vestir, cierto aire de finura y limpieza en toda la persona, un gusto más delicado en el habla y en el arreglo, vestidos más elegantes, un calzado más bonito, cintas, encajes y un peinado más lindo. Siempre preferiría la menos bonita, como reuniese mejor estas cualidades. Confieso que yo mismo hallo ridícula esta preferencia, pero la siente mi corazón a pesar mío.

¡Pues bien! Se me presentó también la ocasión de satisfacer este capricho, y sólo de mí dependió el aprovecharme de ella. ¡Cuánto me gusta volver de vez en cuando a los momentos agradables de mi juventud! ¡Fueron tan dulces! ¡Fueron tan breves, tan raros, y los disfruté a tan poca costa, que su solo recuerdo inunda mi corazón de una voluptuosidad pura, de la cual necesito para reanimar mi valor y conllevar los achaques de mis años!

Un día la aurora me pareció tan hermosa que, vistiéndome precipitadamente, me lancé al campo para presenciar la salida del sol. Gocé de este placer en todo su encanto. Esto fué una semana después de San Juan. La tierra, adornada con todas sus galas, estaba cubierta de verdor y flores; los ruiseñores, en lo más alto del ramaje, se complacían en reforzarlo. Todos los pájaros despedíanse a coro de la primavera; saludaban el alba de un hermoso día de verano, de uno de esos bellos días que ya no se gozan a mi edad y que no se han visto nunca en el triste suelo donde vivo ahora.

Habíame alejado insensiblemente de la ciudad, el calor aumentaba y yo marchaba por la sombra de un valle a lo largo de un riachuelo. De pronto oí detrás de mí pisadas de caballos y voces de muchachas que parecían hallarse en algún apuro, lo cual no les impedía reír bulliciosamente. Me volví; oí que me llamaban por mi nombre; me acerqué y encontréme con dos jóvenes conocidas mías, la señorita de Graffenried y la de Galley, que, no siendo jinetes excelentes, no sabían cómo componérselas para obligar a sus cabalgaduras a pasar el río.

La de Graffenried era una joven hermosa, muy amable, que hallándose expatriada por causa de alguna locura propia de su edad, había imitado a la señora de Warens, en cuya casa la había visto yo algunas veces, pero que, no teniendo una pensión como ella, había sido harto afortunada pudiendo ampararse en la señorita Galley, que había rogado a su madre que se la tomase por compañera mientras no encontrara medio de colocarse. La de Galley, que tenía un año menos que ella, era más hermosa todavía; tenía un no sé qué de mayor distinción, de más delicadeza; al mismo tiempo era más niña y físicamente más adulta, lo cual constituye el momento más favorable para una joven. Ambas se amaban con la mayor ternura, y el buen carácter de ambas debía prolongar indefinidamente su amistad, si no venía a estorbarla algún amante. Dijéronme que iban a Toune, antiguo castillo de la señora Galley, e imploraron mi socorro para hacer pasar sus caballos, no pudiéndolo hacer por sí solas. Yo quise valerme del látigo; pero temieron por mí que me alcanzara alguna coz, y por ellas los saltos de los caballos. Entonces me valí de otro medio, y fué tomar por la rienda el de la señorita Galley y llevarlo así hasta pasado el riachuelo, con lo cual siguió el otro fácilmente, y yo me mojé hasta media pierna. Esto hecho, quise despedirme, yéndome como un bendito, mas ellas se dijeron algunas palabras en voz baja, y la señorita de Graffenried, dirigiéndose a mí, dijo: "¡Oh, no, no, señor, no nos dejaréis de este modo. Os habéis mojado por nuestra causa; por consiguiente, estamos obligadas a facilitaros el medio de poderos secar; es preciso, si no os molesta, que vengáis con nosotras, os hacemos prisionero". A mí me dió un vuelco el corazón, y consulté el rostro de la señorita Galley. "Sí, sí -añadió ésta riendo al ver mi gesto azorado-, prisionero de guerra; montad a la grupa de su caballo; queremos dar cuenta de vuestra conducta". "Pero, señorita, yo no tengo el honor de conocer a vuestra señora madre; ¿qué va a decir cuando me vea?" "Su madre, repuso la de Graffenried, no está en Toune, estamos solas; volvemos al anochecer y volveréis con nosotras -

Estas palabras me produjeron un efecto tan rápido como el de la electricidad. Temblaba de gozo al lanzarme sobre el caballo de la señorita de Graffenried; y cuando fué preciso abrazarme a ella para sostenerme, el corazón me latía con tanta fuerza que ella lo notó, y me dijo que a ella le latía también por el miedo de caerse; esto en mi posición casi era invitarme a examinarlo, mas no me atreví, y durante la travesía mis brazos ciñeron su cintura, algo apretados en verdad, pero sin moverse un instante. Mujer habrá que al leer esto me daría de bofetones, y tendría sobrada razón.

La alegría que reinaba en esa excursión y la charla de aquellas dos niñas aguzaron la mía de tal modo que hasta la noche, y mientras estuvimos reunidos, no callamos un momento. Hallábame tan a gusto, que mi lengua hablaba tanto como mis ojos, aunque no dijese lo mismo. Solamente los breves instantes en que me quedaba a solas con una de las dos, la conversación se hacía algo más dificultosa; mas la que se hallaba ausente venía en seguida y no nos dejaba tiempo para vencer aquella dificultad.

Llegados a Toune almorzamos, después de haberme secado. Luego fué preciso preparar la comida. Ellas, mientras hacían la cocina, besaban de cuando en cuando a los hijos de la granjera, y el pobre marmitón tenía que mirarlo tascando el freno. Habían enviado provisiones de la ciudad y tenían con qué disponer una excelente comida, sobre todo en punto a golosinas; pero desgraciadamente habían olvidado el vino. Esto no era de extrañar tratándose de una comida para jóvenes que apenas lo bebían; pero a mí me contrarió porque había contado un poco con él para animarme. También ellas lo sintieron, quizá por la misma razón, aunque no lo creo. Su alegría viva y simpática era la inocencia misma; y, además, ¿qué habrían hecho de mí entre las dos? Enviaron a buscar vino por todos los alrededores y no pudo encontrarse, tan pobre y sobria es la gente de aquel país. Como ellas me encarecieron cuánto lo sentían, yo les dije que no valía la pena y que no tenían necesidad del vino para embriagarme. Ésta fué la única galantería que me atreví a decirles en todo el día; aunque yo creo que las picarillas veían muy bien que la tal galantería era una realidad.

Comimos en la cocina de la granja, sentadas las dos amigas en bancos, una a cada lado de una larga mesa, y su huésped en un escabel de tres pies, en la cabecera. ¡Qué comida! ¡Qué recuerdo tan lleno de satisfacciones! ¿Por qué correr desalado en busca de otros placeres, pudiendo gozarlos a tan poca costa? Ninguna de esas cenas galantes que tienen lugar en ciertas casas de París puede compararse con aquella comida, no ya por el buen humor que reinó en ella, por la dulce alegría, sino por la misma sensualidad.

Acabada la comida, hicimos una economía: en vez de tomar el café que nos había sobrado del almuerzo, lo guardamos para saborearlo con la crema y los pastelillos que habían traído; y para excitar el apetito, fuimos a poner fin a la comida comiendo cerezas en el huerto. Yo me encaramé al árbol y les tiraba manojitos de cerezas, cuyos huesos me devolvían al través de las ramas. Hubo una ocasión en que la señorita Galley, avanzando el delantal e inclinando atrás la cabeza, se presentó tan bien y yo apunté con tanto acierto, que le dejé caer un manojito en el seno; ¡cuánto no nos reímos con eso! Yo decía para mis adentros: "Lástima que mis labios no sean también cerezas, que de buena gana se los echaría de la misma manera."

Así pasamos el día retozando con la mayor libertad; y siempre con la mayor decencia. No se oyó una sola frase de doble sentido, ni se hizo la menor broma atrevida. Y esta discreción no nos la imponíamos, sino que surgía naturalmente; era el eco de nuestros corazones. En fin, tal fué mi modestia (otros dirían mi simpleza), que la mayor libertad que se me escapó fué la de besar una sola vez la mano de la señorita Galley. Verdad es que nuestra situación daba más precio a este pequeño favor. Nos hallábamos solos, yo respiraba con dificultad, ella tenía los ojos bajos; mis labios en vez de encontrar palabras, no supieron más que estamparse en su mano, y ella la retiró despacio luego de besada, dirigiéndome una mirada que no respiraba enojo. No sé qué hubiera podido decirle, pero entró su amiga, que por cierto en este momento me pareció fea.

Al fin se acordaron de que no convenía esperar la noche para volver a la ciudad, y sólo nos quedaba el tiempo preciso para el camino si queríamos llegar de día; por eso nos apresuramos a partir, yendo en la misma forma que habíamos venido. Si yo me hubiese atrevido, habría permutado, porque la mirada de la señorita Galley me había conmovido hondamente; pero no tuve valor para proponerlo, y a ella no le correspondía. Al volver, camino de la ciudad, íbamos lamentando que se acabase el día; aunque en vez de hallar que había sido corto, estuvimos conformes en que habíamos encontrado el secreto de prolongarlo por medio de las diversiones que habíamos sabido proporcionarnos.

Dejélas poco más o menos en el mismo sitio donde nos habíamos reunido. ¡Con cuánto sentimiento nos separamos! ¡Con cuánto buen deseo nos propusimos volver a vernos! Doce horas que pasamos juntos valían tanto como siglos de familiaridad. Nada les costaba el dulce recuerdo de aquella jornada a esas amables niñas; el tierno lazo que nos unía a los tres valía tanto como otros placeres más vivos, con los cuales no hubiera subsistido; nos amábamos sin vergüenza y sin misterio, y así queríamos amarnos siempre.

La inocencia de las costumbres tiene también su voluptuosidad, que bien equivale a la otra, porque carece de intervalos y es constante. En cuanto a mí, sólo diré que el recuerdo de un día tan hermoso me es más grato, más conmovedor, se despierta más frecuentemente en mi espíritu, que el de cualquier otro placer que haya gozado en la vida. Aquellas jóvenes me interesaban vivamente, sin que yo mismo me pudiese dar cuenta del móvil de tan tierno afecto. No digo que si hubiese podido escoger, hubiera dividido mi corazón entre ellas, porque me sentía algo más inclinado a una que a otra. Ser el amante de la de Graffenried hubiera sido mi dicha; pero me parece que, a estar en mi mano, la hubiera preferido por confidente. Como quiera que sea, al despedirme de ellas me parecía que ya no podría vivir sin las dos. ¡Quién había de decirme que no las vería más en la vida, y que allí morirían nuestros efímeros amores!

Los que esto lean no dejarán de reírse de mis aventuras amorosas, viendo que, después de tantos preliminares, las que van más allá acaban con un beso en una mano. ¡Oh, lectores míos, no os dejéis engañar por este solo hecho! Quizá he gozado yo más en mis amores terminados con un beso en la mano, que vosotros en los vuestros, al comenzarlos, al menos, por allí.

Ventura, que se había acostado muy tarde la víspera, entró poco después de mí. Esta vez no le vi con tanto gusto como de costumbre, y me guardé muy bien de explicarle cómo había pasado el día. Aquellas señoritas me hablan hablado de él con menosprecio, y me habían parecido bastante descontentas de saber que me hallaba en tan malas manos; esto lo rebajó mucho en mi concepto; y además, todo cuanto me distrajera de ellas no podía serme agradable. Sin embargo, pronto me hizo pensar en él, y en mí mismo, recordándome mi situación. Era demasiado crítica para que pudiese seguir así. Aun cuando mis gastos fuesen muy reducidos, mi escaso peculio se agotaba, y yo no tenía ningún recurso. No se recibían noticias de mamá; no sabía qué hacer, y me oprimía cruelmente el corazón ver al amigo de la señorita Galley reducido a la mendicidad.

Ventura me dijo que había hablado de mí al señor teniente-juez, con quien me llevaría a comer al día siguiente; que era un hombre que podía favorecerme por sus buenas relaciones; hombre, por otra parte, de agradable trato, de ingenio, y que tenía estudios; hombre de muchas prendas y que sabía apreciarlas en los demás; luego, mezclando, como de costumbre, las mayores frivolidades con las cosas más serias, me enseñó unas graciosas coplas, venidas de París, adaptadas a la melodía de una ópera de Mouret que a la sazón se representaba. Estas coplas agradaron tanto al señor Simón (éste era el nombre del teniente-juez), que quiso escribir otras, sobre el mismo tema; había dicho a Ventura que también él hiciese algunas; y éste tuvo el capricho de inducirme a que también yo escribiera otras, con el objeto, dijo, de que al día siguiente se viesen aparecer las coplas como las parihuelas de la Novela Cómica.

No pudiendo conciliar el sueño por la noche, compuse las copias como pude. Para ser las primeras que hice, salieron bastante regulares, y mejores, o a lo menos hechas con más gusto que lo habrían sido la víspera, por ser el tema una situación muy tierna, para la cual me hallaba predispuesto. A la mañana siguiente enseñé a Ventura mis versos, y, hallándolos bonitos, se los metió en el bolsillo, sin decirme si había hecho los suyos.

Fuimos a comer a casa del señor Simón, que nos hizo muy buena acogida. La conversación fué agradable, como no podía menos de ser entre dos hombres de ingenio que habían leído mucho y con provecho. Yo desempeñaba mi papel a las mil maravillas, escuchando y callando. Ni uno ni otro hablaron de las coplas, y yo tampoco; y nunca, que yo sepa, se habló de las mías.

Parece que al señor Simón le agradó mi porte, y poco más o menos fué todo lo que vió de mí en aquella entrevista. Me había visto ya diferentes veces en casa de la señora de Warens, sin que fijara en mí su atención. Puede decirse que de aquella comida dató nuestro conocimiento, que de nada me sirvió, respecto al motivo que me impulsó a adquirirlo, pero con el que logré otras ventajas que me lo recuerdan agradablemente.

Estaría mal que no hiciese su retrato, pues por su calidad de magistrado y por el ingenio de que se envanecía, nadie podría figurárselo. Seguramente no tenía dos pies de estatura. Sus piernas rectas, delgadas y aun bastante largas, le hubieran levantado un poco si hubiesen sido verticales; pero las tenía oblicuas como las de un compás muy abierto. Su cuerpo no sólo era corto, sino delgado y de una pequeñez tal en todo sentido, que difícilmente puede concebirse. Desnudo debía parecer una langosta. Su cabeza, de un tamaño regular, con el rostro bien formado, el semblante noble, los ojos bastante bellos, parecía una cabeza postiza colocada sobre un munón. Hubiera podido excusarse de gastar nada para vestir, porque su enorme peluca le cubría enteramente de pies a cabeza.

Tenía dos voces enteramente distintas, que se oían constantemente mezcladas en su conversación, formando un contraste que al principio tenía gracia, pero que no tardaba en hacerse desagradable; una, grave y sonora, era, por decirlo así, la de la cabeza; otra, clara, aguda y penetrante, parecía la voz de su cuerpo. Cuando hablaba con parsimonia, escuchándose a sí mismo y sin esforzarse, podía conservar su voz grave; mas por poco que se animase y se expresara con energía, su acento parecía el silbido de una llave, y no podía recobrar la otra sin gran trabajo.

Con todo, a pesar de la figura que acabo de describir sin la menor exageración, era un hombre galante, gran narrador de anécdotas y agudezas, y llevaba basta en la coquetería el ornato de su persona. Como procuraba colocarse siempre en el terreno más ventajoso, gustábale dar en la cama las audiencias de la mañana; porque al ver tan bella cabeza sobre la almohada, nadie hubiera imaginado que ahí se acababa todo. Esto daba lugar, a veces, a escenas que todavía recuerda, seguramente, el pueblo entero de Annecy.

Una mañana que esperaba a los litigantes en la cama, o mejor dicho, sobre la cama, cubierto con un magnífico gorro de dormir muy blanco y fino, adornado con dos grandes lazos de cinta color de rosa, llega un campesino y llama a la puerta. La criada había salido. El señor juez, oyendo llamar repetidas veces, exclamó: Adelante, con su voz aguda, por haber tenido que hablar un poco recio. Entra el hombre, busca de dónde proviene aquella voz de mujer; y viendo en aquél lecho una cofia, una especie de moño, quiere retirarse pidiendo a la señora mil perdones. El señor Simón, incomodado, grita en tono aun más agudo. El campesino, creyendo su idea confirmada, empieza a echarle pullas, diciéndole que por lo visto no sería más que una aventurera pelandusca, y que el señor teniente no daba muy buen ejemplo en su casa. Furioso el juez, y no hallando a mano otra cosa que su vaso de noche, iba a tirarlo a la cabeza de aquel pobre hombre, cuando llegó la sirvienta.

Aquel enano, tan desfavorecido por la Naturaleza en cuanto a la figura, había sido recompensado en la parte moral; era naturalmente simpático y había tenido buen cuidado de cultivar y embellecer sus facultades. Aunque, según era fama, fuese un buen jurisconsulto, no tenía apego a su carrera, y se había dedicado a la amena literatura con buen éxito. Sobre todo había adquirido esa brillante superficie, ese barniz que hace el trato agradable, aun con las mujeres. Sabía de memoria todos los chistes, cuentos y agudezas publicados en colecciones, y poseía el arte de darles realce, refiriendo con interés, con cierto misterio y como cosa de la víspera, lo que había sucedido sesenta anos antes. Sabía música y cantaba con su voz de hombre que daba gusto oírle; en fin, para ser un magistrado, poseía multitud de agradables dotes. A fuerza de requebrar a las damas de Annecy, se había puesto de moda entre ellas y le tenían tras de sí como un mono. Hasta pretendía sus favores, y esto las divertía en extremo. Cierta señora de Épagny decía que el último favor para él era besar a una mujer en la rodilla.

Como conocía los buenos libros y se complacía en hablar de ellos, su conversación, además de ser agradable, era instructiva. Después, cuando me aficioné al estudio, cultivé su amistad, que me fué muy grata. Desde Cbambéry, donde entonces me encontraba, iba a verle algunas veces; él alababa y animaba mi emulación, y con frecuencia me daba prudentes consejos sobre lo que leía, que me fueron muy provechosos. Desgraciadamente aquel cuerpo tan raquítico encerraba un alma por demás sensible, y un disgusto que tuvo pocos años después lo llevó así al sepulcro. Fué una gran lástima, porque era un hombrecillo de quien empezaba uno por reírse y a quien acababa por querer. Aunque su vida y la mía se hallen tan poco enlazadas, como recibí de él algunas lecciones útiles, he creído que debía consagrarle este recuerdo.

En cuanto me vi libre corrí a la casa donde vivía la señorita Galley, imaginándome que vería entrar o salir a alguien o abrirse por lo menos alguna ventana; pero nada; no apareció ni una rata, y todo el tiempo que permanecí allí siguió la casa cerrada, como si hubiera estado deshabitada; y como la calle era pequeña, y estaba desierta, una persona en ella era notada enseguida. De cuando en cuando pasaba alguno, entraba o salía alguien de la vecindad, así es que yo me hallaba corrido, imaginándome que todos adivinaban por qué estaba allí, y esta idea me atormentaba sobremanera, pues siempre be preferido a mi placer el buen nombre y la tranquilidad de las personas que me eran queridas. En fin, cansado de hacer el papel de amante español, y no teniendo guitarra, resolví escribir a la señorita Graffenried. Hubiera preferido escribir a su amiga, pero no me atreví, y, además, convenía empezar por la que me había hecho conocer a la otra y con la cual tenía mayor familiaridad. Escrita una vez la carta, fuí a llevarla a la señorita Giraud, como habíamos convenido con aquellas señoritas al separarnos. La señorita Giraud era tapicera, y como trabajaba a veces en casa de la señora Galley, tenía entrada en ella. No me pareció, sin embargo, bien escogida la mensajera; pero temí que si manifestaba mi repugnancia, no me propusieran otra. Además, no me atreví a decir que aquella pretendía trabajar por su cuenta, pues me sentía humillado de que osara creer que yo había de considerarla como del mismo sexo que ellas. En fin, preferí admitir aquella medianera a quedarme sin ninguna, y la acepté a todo riesgo.

A las primeras palabras, la señorita Giraud me comprendió, lo que no era difícil; aunque la misión de llevar una carta a unas jóvenes no hubiese bastado por sí sola, me hubieran descubierto la turbación y el embarazo con que hice el encargo. Como se comprende, semejante comisión fué muy poco de su gusto; pero ella la tomó por su cuenta y la desempeñó fidelisimamente. Por la mañana temprano fui a su casa volando y encontré la respuesta. ¡ Con qué ansiedad me apresuré a salir para ir a verla y besarla sin testigos! No tengo necesidad de decirlo; pero lo que hay que saber es el partido que tomó la señorita Giraud, con el que me demostró más delicadeza y discreción de lo que hubiera podido esperar de ella. Comprendiendo demasiado que con sus treinta y siete años, sus ojos de liebre, su nariz empolvada, su voz agria y su piel negra no podía luchar contra dos jóvenes llenas de gracia y en todo el apogeo de su belleza, no quiso traicionarlas ni servirlas, y prefirió perderme a que yo fuese para ellas.

(1732) De algún tiempo atrás la Merceret, viendo que nada se sabía de su ama, pensaba volver a Friburgo; la Giraud la hizo determinarse a efectuar el viaje, le dió a entender que sería conveniente que alguien la acompañase a casa de su padre, y le propuso que ese alguien fuese yo. Merceret, a quien yo no desagradaba tampoco, encontró la idea muy buena y me hablaron del arreglo aquel mismo día como si fuera cosa hecha; como no hallé nada que me disgustase en este modo de disponer de mi, consentí en ello, creyendo que aquel viaje sería a lo más asunto de ocho días. La Giraud, que no pensaba de igual modo, lo dispuso todo. Preciso fué confesar el estado de mi bolsa. No se apuraron por esto: Merceret se encargó de pagar por mi; y para resarcirla en parte, a mi ruego, se resolvió enviar delante el equipaje y que nosotros fuésemos a pie haciendo jornadas cortas, y así se hizo.

Ya me molesta tener que presentar tantas muchachas enamoradas de mí; pero como no puedo envanecerme por el resultado obtenido de todos esos amores, me parece que puedo decir la verdad sin ningún escrúpulo. Más joven y menos ladina que la Giraud, Merceret nunca me acarició con tanta viveza; pero imitaba el tono de mi voz y mi acento, repetía mis palabras, me prodigaba las atenciones que yo hubiera debido usar con ella, y, como era muy miedosa, procuraba siempre que durmiésemos en un mismo cuarto; identidad que se limita a esto raras veces entre un joven de veinte años y una muchacha de veinticinco.

Sin embargo, a esto se redujo. Tal fué mi bobería que, a pesar de que Merceret nada tenía de desagradable, no se me ocurrió siquiera en todo el viaje la menor tentación, ni la menor idea que remotamente pudiese despertarla, y aun cuando se me hubiese ocurrido semejante pensamiento, era incapaz de aprovecharlo. Yo no comprendía cómo podían llegar a acostarse juntos un joven y una muchacha, y me parecía que se necesitaban siglos para preparar una cosa tan terrible. Si la pobre Merceret creyó resarcirse del gasto que le ocasionaba, se llevó un buen chasco, y llegamos a Friburgo tal como habíamos salido de Annecy.

Al pasar por Ginebra, no fui a ver a nadie, pero casi me sentí enfermo al llegar a los puentes. Jamás he visto las murallas de esa dichosa ciudad, nunca he entrado en ella sin sentir una especie de desmayo procedente de un exceso de enternecimiento. Al mismo tiempo que elevaba mi alma la noble imagen de la libertad, la igualdad y la fraternidad y la dulzura de las costumbres me conmovían hasta arrancarme lágrimas y me inspiraban un dolor intenso por haber perdido todos aquellos beneficios. ¡Cuánto me equivocaba, pero cuán natural era mi sentimiento! Creía ver todo esto en mi patria, porque lo llevaba en mi corazón.

Habíamos de pasar por Nyon. ¡Cómo no ir a ver a mi padre! Si no hubiese tenido valor para hacerlo, hubiera muerto de remordimiento. Dejé a Merceret en la posada y fuí a verle a todo riesgo. ¡Ah, qué poca razón tenía en temerle! A mi llegada abrió su corazón a los sentimientos paternales de que estaba henchido.

¡Cuántas lágrimas derramamos abrazados! Al principio creyó que volvía yo al hogar paterno, pero le manifesté mi resolución, después de contarle mi historia. Combatióla débilmente, haciéndome ver los peligros a que me exponía, y me dijo que las locuras más cortas eran las mejores. Por lo demás, no tuvo siquiera la intención de retenerme a la fuerza, y creo que en esto hizo muy bien; pero, a la verdad, no hizo cuanto pudo para obligarme, ya fuera juzgando que no debía volverme atrás después del paso que había dado, ya porque se encontrase embarazado para saber qué podría hacer de mí a la edad que a la sazón tenía. Después he sabido que se formó una opinión injusta de mi compañera de viaje, y que estaba muy lejos de la verdad, pero que era muy natural. Mi madrastra, buena mujer y algo meliflua, aparentó querer que me quedara a cenar- Yo no accedí, pero les dije que a la vuelta pensaba detenerme un poco más en su compañía y les dejé en depósito mi hatillo, que había venido por el barco y me molestaba, Partí a la madrugada siguiente satisfecho de haber visto a mi padre y de haber sabido cumplir con mi deber.

Llegamos a Friburgo con toda felicidad. Hacia el fin del viaje, disminuyeron un poco las atenciones de Merceret, y después de nuestra llegada no me manifestó más que frialdad. Su padre, que no nadaba en la abundancia, tampoco me hizo una gran acogida, y me fui a un bodegón. Al día siguiente fui a verles, me invitaron a comer, y acepté. Nos separamos sin derramar una lágrima; por la noche volví a mi figón y me marché a los dos días de haber llegado, sin saber a punto fijo a dónde pretendía ir.

He ahí otra circunstancia de mi vida en que la Providencia me ofrecía precisamente lo que yo necesitaba para ser dichoso. Merceret era una buena muchacha, no encantadora, ni hermosa siquiera, pero tampoco fea; poco vivaracha, muy razonable, que si bien tenía ratos de mal humor, se desahogaba llorando y nunca tenían consecuencias borrascosas. Me quería de veras; hubiera podido casarme con ella sin trabajo y seguir el oficio de su padre ~, que mi afición a la música me hubiera hecho agradable, y me hubiera establecido en Friburgo, ciudad de poca importancia, nada hermosa, pero habitada por muy buenas gentes. Indudablemente habría perdido grandes placeres; pero habría vivido en paz hasta el fin de mi vida; y yo debo saber mejor que nadie que no hay que vacilar en esta alternativa.

Partí, pero no fuí a Nyon, sino a Lausanne. Quería satisfacer mi anhelo de ver el hermoso lago que desde allí se descubre en toda su extensión. La mayor parte de los secretos motivos de mis determinaciones no han sido más sólidos que éste en ninguna ocasión, pues las miras muy lejanas raras veces son capaces de hacerme adoptar una resolución. La incertidumbre del porvenir me ha hecho mirar siempre los proyectos de ejecución lenta como señuelos engañosos. Yo me entrego a la esperanza como otro cualquiera, mientras nada me cueste alimentarla; pero si es preciso una prolongada molestia, ya no soy hombre para ello. El placer más insignificante que se ofrece a mano me atrae más que los goces del paraíso. Exceptúo, sin embargo, los placeres que traen aparejado el dolor; éstos no me tientan, porque sólo me agradan los placeres puros, y jamás se obtienen tales cuando se sabe que han de ir seguidos del arrepentimiento.

Sentía una necesidad grande de llegar a un lugar u otro, cualquiera que fuese, y el mejor era el más cercano; pues habiéndome extraviado en el camino, al anochecer me encontré en Moudon, donde gasté lo poco que me quedaba, exceptuando diez kreutzers, que volaron al día siguiente para comer; llegado por la noche a un lugar cercano a Lausanne, entré en un mesón sin tener un sueldo con qué pagar mi alojamiento y sin saber lo que seria de mi. Tenía un hambre atroz; procuré poner buen semblante y pedí de cenar como si tuviese con qué pagar de sobra. Me acosté sin inquietarme, me dormí tranquilamente, y al día siguiente, después de haber almorzado y pedido la cuenta, quise dejar la chupa en prenda por los siete batz a que ascendía. El bueno del mesonero lo rehusó y me dijo que, a Dios gracias, nunca había desnudado a nadie; que no quería empezar por siete batz, que guardase mi chupa y que yo le pagaría cuando pudiese. Su bondad me conmovió, pero no tanto como debía y como después me ha conmovido al recordarlo. No tardé mucho en enviarle el dinero y las más rendidas gracias por medio de una persona segura; pero cuando, quince años después, volví a pasar por Lausanne, a mi vuelta de Italia, tuve un verdadero sentimiento por haber olvidado el nombre del mesón y el del mesonero. Habría ido a verle; hubiera tenido un placer en recordarle su buena obra y en probarle que no había caído en mal terreno. Otros servicios sin duda más importantes pero prestados con más ostentación, no me han parecido tan dignos de gratitud como los humanitarios sentimientos de aquel buen hombre revelados sin vanagloria y con tanta sencillez.

Al acercarme a Lausanne, iba pensando en la estrechez a que me vela reducido y en el modo de salir de ella sin ir a manifestarla a mi madrastra; y en esta peregrinación pedestre me comparaba a mí amigo Ventura cuando llegó a Annecy. Tanto me penetré de semejante idea, que, sin tener en cuenta que no contaba con su despejo ni su instrucción, se me puso en la cabeza que había de ser en Lausanne un segundo Ventura, enseñar música, aunque no sabía para mí, y hacerme pasar por parisiense, aunque nunca había estado en París. En consecuencia, resuelto a llevar a cabo este proyecto, y como no habla capilla donde ir a ofrecerme, y por otra parte no tenía ningún deseo de alternar con los músicos de la población, empecé por enterarme de dónde podría hallar posada decente, sin que fuese cara. Diéronme noticia de un tal Perrotet que tenía pupilos, y resultó ser un hombre que se caía de bueno y me dispensó muy buena acogida. Hícele una mentirosa relación, tal como me la tenía estudiada, y me prometió darme a conocer y procurarme lecciones, añadiendo que no me pediría dinero hasta que lo hubiese ganado. Costaba el hospedaje cinco escudos blancos, lo cual era bien poco, pero mucho para mí. Así, pues, me aconsejó que al principio no me pusiese más que a media pensión, que consistía en una buena sopa y nada más a la comida, y en una confortable cena al anochecer. Yo convine en ello, y el pobre Perrotet me hizo todos los adelantos con la mejor buena voluntad, y nada escaseó para favorecerme.

¿Cómo es que, habiendo hallado tan buenas gentes en mi juventud, tan escasamente las encuentro a una edad avanzada? ¿Será que se ha extinguido su raza? No; sino que la categoría donde ahora tengo necesidad de buscarlas no es la misma en que en otro tiempo las hallaba. Entre la gente del pueblo, que sólo siente las grandes pasiones por intervalos, la voz de la Naturaleza se hace escuchar más a menudo. En las clases elevadas permanece completamente ahogada, y sólo hablan la vanidad o el interés bajo la máscara del sentimiento.

Desde Lausanne escribí a mi padre, que me envió el equipaje, dándome varios consejos excelentes de que hubiera debido hacer más caso. Ya he dado a conocer que me hallaba a veces poseído de una especie de delirio, durante el cual era yo un hombre enteramente distinto. He ahí uno de los ejemplos más notables. Para que se comprenda hasta qué punto había perdido la cabeza, cuán venturizado, por así decirlo, me hallaba, basta ver cuántas extravagancias hice a un tiempo. Heme constituido en maestro de canto sin saber leer música siquiera; pues aun cuando hubiese aprovechado los seis meses que permanecí al lado de Le Maitre, nunca habría sido suficiente; además de esto, me enseñaba un gran maestro, y esto era lo bastante para que no aprendiera nada.

Parisiense de Ginebra y católico en un país protestante, creí deber cambiar de nombre, así como de religión y patria. Siempre imitaba a mi gran modelo en cuanto era posible. Él se había llamado Ventura de Villeneuve; yo hice del nombre Rousseau el anagrama de Vaussore, y me llamé Vaussore de Villeneuve. Ventura sabía de composición, aunque no lo hubiese dicho; yo, sin conocerla, me jactaba de compositor delante de todo el mundo, siendo incapaz de poner en música una copla. Habiendo sido presentado al señor de Treytorens, profesor de Derecho, que era aficionado a la música y daba conciertos en su casa, quise ofrecerle una muestra de mí talento, y me puse a escribir una pieza para el concierto, con tanto atrevimiento como si hubiese conocido el terreno perfectamente. Tuve la constancia de estarme quince días componiendo esa gran obra, ponerla en limpio, sacar las diferentes partes y distribuirlas con tanta confianza como si hubiese sido una obra maestra de armonía. En fin, aun cuesta trabajo creerlo, y, sin embargo, es la pura verdad, para coronar dignamente esa producción sublime puse al fin un lindo minué, que se oía por las calles, y que tal vez muchos recuerden aún con ayuda de estas palabras tan conocidas en otro tiempo:

Quel caprice!

Quelle injustice!

Quo! ta Clarice

Trahirait tes feux!, etc.

Ventura me había enseñado el aire con el contrabajo acompañado de otra letra indecorosa, con ayuda de la cual yo lo había retenido. Así, pues, coloqué al final de mi composición este minué, con el contrabajo, suprimiendo la letra, y lo di por mío tan resueltamente como si hubiese tratado con los habitantes de la Luna.

Reuniéronse los músicos para ejecutar mi composición; expliqué a cada uno el corte y gusto de ella, y les distribuí los papeles; andaba muy atareado. Ensayaron unos y otros durante cinco o seis minutos que para mí fueron siglos. En fin, todo dispuesto, di con un rollo de papel sobre mi pupitre magistral los cinco o seis golpes preliminares de atención. Reinó un momento de completo silencio: empecé con la mayor gravedad a llevar el compás, y sonaron los instrumentos... Desde que existen óperas francesas, jamás se oyó una cencerrada semejante. Por muy mal concepto que se hubiesen podido formar de mí como músico, el efecto fué peor de lo que parecían esperar. Los músicos reventaban de risa, el auditorio abría desmesuradamente los ojos y quería taparse los oídos; pero no hubo remedio: mis verdugos, los sinfonistas, que querían divertirse, rascaban de modo que eran capaces de romper un tímpano de cuero. Tuve la constancia de seguir siempre adelante, a la verdad sudando a mares; pero retenido por la vergüenza, no me atrevía a escaparme dejándolo todo plantado. Por todo consuelo oía en derredor que hablando unos al oído de otros, o mejor, a los míos, decían: "En esta pieza no hay nada que pueda tolerarse", o bien: "¡Qué música de los diablos!", o bien: "1Qué demonio de algazara es ésta!" ¡Pobre Juan Jacobo! Cuán lejos estabas de esperar en aquel cruel momento que un día, en presencia del rey de Francia y toda su corte, tus armonías excitarían murmullos de sorpresa y aplauso, y que en todos los palcos a tu alrededor las damas se dirían a media voz: "j Qué música tan hermosa! ¡Esto conmueve las más hondas fibras del corazón!"

Pero lo que regocijó a todo el mundo fué el minué. Apenas se escucharon los primeros compases, cuando oí resonar las carcajadas de todos lados. Todos me felicitaban por mi buen gusto; me repetían que aquel minué me haría célebre y que mis inspiraciones merecían ser cantadas por todo el ámbito del globo. No necesito describir mi angustia ni confesar cuán merecida la tenía.

Al día siguiente vino a yerme uno de los músicos, llamado Lutold, y fué bastante amable para no felicitarme por tan rotundo éxito. El profundo sentimiento que me había causado mi solemne tontería, la vergüenza, el arrepentimientos mi desesperación por el precario estado en que me hallaba, la imposibilidad de tener el corazón cerrado en medio de tantas aflicciones, hicieron que me franqueara con él; solté la rienda al llanto, y, en vez de contentarme con la confesión de mi ignorancia, se lo dije todo, suplicándole que me guardara el secreto, lo cual me prometió, cumpliendo como puede imaginarse. Aquella misma noche, todo Lausanne supo quién era yo; y lo notable es que nadie me lo dió a entender, ni aun el mismo Perrotet, quien, a pesar de todo, no se desentendió de alimentarme y darme alojamiento.

Yo vivía, mas, ¡cuán tristemente! Con semejante estreno naturalmente mi estancia en Lausanne no fué muy feliz. Los discípulos no venían en tropel; ni siquiera se presentó una alumna, ni una sola persona de la ciudad. Tuve, en total, dos o tres Teutsches, casi tan estúpidos como yo ignorante, que me aburrieron a más no poder y que de mis manos no salieron grandes músicos.

Sólo en una casa me llamaron, donde a un diablo de chiquilla le dió la ocurrencia de mostrarme varias piezas de música, de las cuales no pude leer una nota, y que tuvo la malicia de cantar enseguida delante del señor maestro para enseñarle cómo se hacía. Tan lejos me hallaba de leer una pieza a primera vista, que en el brillante concierto de que he hablado no me fué posible seguir la ejecución ni un solo instante para saber si se ejecutaba bien lo que tenía delante de los ojos y lo que había compuesto yo mismo.

En medio de tantas humillaciones, tenía un consuelo en las cartas que de cuando en cuando recibía de mis dos encantadoras amigas. Siempre he hallado en el sexo femenino una virtud extraordinaria para proporcionar algún consuelo; y nada calma tanto mi aflicción en mis quebrantos como ver que una persona amable se interesa por mí. Sin embargo, esa correspondencia se acabó al poco tiempo y nunca más fué reanudada. Cuando me trasladé a otro punto no tuve el cuidado de participárselo, y, obligado por la necesidad a pensar continuamente en mí mismo, pronto las olvidé completamente.

Tiempo hace que no hemos hablado de mi pobre mamá, mas no se crea que por eso la olvidaba. No dejaba nunca de pensar en ella y deseaba hallarla nuevamente, no sólo por la necesidad de mí subsistencia sino principalmente por la de mí corazón. Por más vivo y tierno que fuese, el cariño que le tenía no cerraba mi corazón a otros amores; pero no eran de la misma especie. Todas debían el afecto que me inspiraban a sus atractivos; pero mi corazón no amaba otra cosa en las demás y no habría sobrevivido a ellos, mientras que mamá podía volverse vieja y fea sin que yo dejase de amarla con igual ternura. El homenaje rendido al principio a su belleza se habla trasmitido enteramente a su persona; y cualquier cambio que experimentase, mientras fuese ella misma, no podía hacerme cambiar de sentimientos. Ya sé muy bien que le debía agradecimiento; pero a la verdad no pensaba en ello. Que hubiese hecho o no mucho por mi, siempre hubiera sido lo mismo; no la amaba por deber, ni por interés, ni por conveniencia; la amaba porque había nacido para amarla Confieso que cuando me prendaba de otra, me distraía un poco y pensaba en ella con menos frecuencia; pero siempre la recordaba mi corazón con idéntico placer, y, enamorado o no, jamás he pensado en ella sin comprender que no podía existir en el mundo dicha verdadera para mí mientras no viviese a su lado.

A pesar de que hubiera transcurrido tanto tiempo sin tener noticias suyas, nunca creí haberla perdido, ni que ella hubiese podido olvidarme.

Yo me decía: "Ella sabrá tarde o temprano dónde me hallo errante, y dará señales de que vive; volveré a encontrarla, estoy seguro de ello". Entre tanto me servía de consuelo vivir en su país natal, recorrer las calles por donde ella habla pasado, pasar por delante de las casas donde había vivido; y todo esto lo hacía por conjeturas, pues consistía una de mis mayores tonterías en no atreverme a informarme de nada que tuviese relación con ella ni pronunciar su nombre sin la más estricta necesidad. Me parecía que al nombrarla daba a entender el afecto que me inspiraba, que mis labios revelaban el secreto de mi corazón y que hasta cierto punto la comprometía; y creo que también me hallaba dominado por cierto temor de que me hablasen mal de ella, porque su partida había dado mucho que hablar y se había murmurado un poco de su conducta. Por temor de que no me hablasen de ella como yo quería prefería que no me dijeran nada.

Como mis alumnos no me ocupaban mucho y su pueblo natal no distaba más de cuatro leguas de Lausanne, fui a pasar allí dos o tres días, durante los cuales no me abandonó una dulce emoción. El aspecto del lago de Ginebra y de sus admirables orillas tuvo siempre a mis ojos un atractivo particular que no sabría explicar y que no sólo consiste en la belleza del espectáculo sino también en no sé qué de interesante que me conmueve y enternece. Cada vez que me aproximo al país de Vaud, experimento una sensación compuesta del recuerdo de la señora de Warens, que nació en él; de mi padre, que en él vivió; de la señorita de Vulson, que obtuvo en él las primicias de mi corazón: de muchos viajes de recreo que hice por él durante mi infancia, y me parece que de alguna otra causa más secreta y todavía más viva ~. Cuando viene a inflamar mi imaginación el ardiente deseo de esta vida feliz y dulce que huye de mí y para la cual he nacido, siempre me la represento en el país de Vaud, a orillas del lago, en medio de campiñas deliciosas. No puedo prescindir de un huerto precisamente junto a este lago, con exclusión de cualquier otro; necesito un amigo seguro; una mujer amable; una vaca y una barquilla. Yo no gozaré una felicidad verdadera en este mundo basta que tenga todo esto. Cuando pienso en la simpleza con que varias veces he ido a Vaud en busca de esa felicidad imaginaria no puedo menos de reírme. Siempre me sorprendía encontrar que sus habitantes, y sobre todo las mujeres, eran completamente distintos de lo que yo me imaginaba.

¡Cuánto me chocaba esto! El país y el pueblo que lo habita nunca me han parecido formados el uno para el otro.

En esta excursión a Vevey, siguiendo aquella hermosa orilla, me entregaba a la más dulce melancolía; mi alma se lanzaba ardientemente en pos de los más inocentes placeres; me enternecía, suspiraba y lloraba como un niño. ¡Cuántas veces, deteniéndome para llorar, sentado en una gran piedra, me he entretenido en contemplar cómo caían mis lágrimas en el agua!

Llegado a Vevey, me hospedé en La Llave, y durante los dos días que permanecí en aquella población, sin ver a nadie, le cobré tal cariño que su recuerdo me ha seguido siempre en todos mis viajes, y al fin me ha hecho colocar allí al protagonista de mi novela. Yo diría a los que tienen buen gusto y son muy sensibles: "Id a Vevey, visitad el país, examinad sus paisajes, paseaos por el lago y decidme si la Naturaleza no parece haber creado aquel hermoso lugar para una Julia, una Clara y un Saint-Preux; pero no los busquéis allí".

Volvamos a mi historia.

Como yo era católico y por tal pasaba, seguía públicamente y sin escrúpulo el culto que habla abrazado. Los domingos, cuando hacia buen tiempo, iba a oír misa en Assens, a dos leguas de Láusanne. Generalmente hacia esas excursiones en compañía de otros católicos, sobre todo de un bordador parisiense, cuyo nombre se me ha olvidado. Este no era un parisiense, cuyo nombre se me ha olvidado. Éste no era un parisiense de Dios, honrado como un champañés. Amaba tan entrañablemente su patria, que jamás quiso dudar de que fuese también la mía por temor de perder la ocasión de hablar de ella. El señor Crouzas, lugarteniente del bailío, tenía un jardinero, parisiense también, pero menos complaciente, y que juzgaba comprometida la gloria de su patria si alguien osaba afirmar que había nacido en ella, no teniendo semejante honor. Me hacía preguntas en el tono de quien está seguro de coger en falta a su interlocutor, y luego sonreía maliciosamente. Un día me preguntó qué había de notable en el Mercado Nuevo. Como es fácil de comprender, respondí con un desatino. Ahora, después de haber vivido en París por espacio de veinticinco años, debo conocerlo un poco. Hoy mismo, sin embargo, si me hicieran una pregunta semejante, me vería en idénticos apuros para satisfacerla, de donde podría deducirse que nunca habla estado en París. Tan fácil es fundarse en principios erróneos, aun cuando se dé con la verdad. No podría decir exactamente cuánto tiempo permanecí en Lausanne. No llevé de allí gratos recuerdos, y sé tan sólo que, no encontrando medios de vivir, partí para Neufchátel, donde pasé el invierno. En esta dudad lo pasé mejor, pues tuve algunos discípulos y pude ganar con qué satisfacer a mi buen amigo Perrotet, que me había remitido fidelisimamente mi reducido equipaje, a pesar de haberme ido debiéndole bastante dinero. Enseñando música, iba aprendiéndola insensiblemente. Mi vida era bastante tranquila. Un hombre razonable hubiera podido contentarse con ella; pero mi corazón inquieto me pedía otra cosa. Los domingos y los días libres iba a recorrer la campiña y los bosques vecinos, errante, meditabundo y suspirando siempre; y, una vez salido de la ciudad, no volvía a entrar en ella hasta la noche. Un día, hallándome en Boudry, entré a comer en una taberna; vi a un hombre con una gran barba y un traje griego de color violeta, un gorro guarnecido de pieles, aire y traje que revelaban bastante nobleza. Mi hombre se veía a cada paso en apuros para hacerse comprender, porque hablaba una jerga casi inteligible, aunque se parecía algo al italiano. Yo comprendía casi todo lo que decía y era el único. Con el mesonero y la gente del país no podía entenderse más que por señas. Dirigíle algunas palabras en italiano y me entendió perfectamente; entonces se levantó y vino a abrazarme con la mayor alegría. A poco rato había establecido un amistoso vínculo entre los dos; en adelante le serví de intérprete. Su comida era buena, la mía menos que mediana; me invitó a comer con él, y yo acepté sin hacerme rogar mucho. Bebiendo y chapurreando acabamos de familiarizarnos, y al terminar la comida éramos inseparables. Díjome que era prelado griego y archimandrita de Jerusalén, y que estaba encargado de hacer una cuestación en Europa para el restablecimiento del Santo Sepulcro. Me enseñó unas magníficas patentes de la czanina y del emperador, y las tenía de varios otros soberanos. Estaba bastante satisfecho de lo que hasta entonces habla recogido; pero se había visto en increíbles apuros en Alemania, a causa de no entender una palabra de alemán, latín ni francés, viéndose reducido a expresarse en griego, en turco y, como último recurso, en lengua franca, lo cual hacia que obtuviese poco resultado en el país donde se había metido. Hízome la proposición de irme con él de secretario e intérprete. A pesar de mi traje color de violeta, nuevecito, y que no cuadraba mal con mi nuevo empleo, tenía yo aire de tan poca ropa que creyó ganarme fácilmente, y no se equivocó. Pronto nos arreglamos: yo no pedí nada y él me prometió mucho. Sin garantía, sin ninguna seguridad ni conocimiento, me entregué en sus manos, y desde el día siguiente heme aquí camino de Jerusalén.

Empezamos nuestra expedición por el cantón de Friburgo, donde obtuvo poca cosa. La dignidad episcopal no le permitía hacer el papel de mendigo y pedir limosna a los particulares; pero dimos parte de nuestra misión al senado, que le entregó una pequeña suma, y nos dirigimos a Berna. Nos alojamos en el Halcón posada excelente entonces, donde se hallaba uno, en buena compañía. La mesa era numerosa y bien servida. Mucho tiempo hacía que yo andaba mal comido, así es que tenía gran necesidad de reponerme; entonces se ofreció la ocasión y no dejé de aprovecharla. Monseñor el archimandrita era un buen comensal, alegre, que se expresaba muy bien con los que le entendían, bastante instruido y que revelaba su erudición griega de un modo bastante agradable. Un día, a los postres, rompiendo avellanas, se hizo una cortadura bastante honda en un dedo, y como le saliese sangre con alguna abundancia, dijo riéndose y mostrando el dedo a la concurrencia: Mírate, signori, questo é sangue pelasgo

En Berna mi concurso le fué de alguna utilidad, y no desempeñé mi cometido tan mal como temía. Fui más atrevido y me expresé mucho mejor que lo hubiera hecho tratándose de mí mismo. La cosa no fué, tan sencilla como lo había sido en Friburgo: hubo necesidad de tener frecuentes y prolongadas conferencias con los principales personajes del Estado, y el examen de los títulos no fué cosa de un día. En fin, una vez todo en debida forma, fuéle concedida una audiencia por el senado. Yo entré con él como intérprete y me dijeron que hablase. Nada estaba más lejos de mi ánimo, y ni siquiera se me ocurrió que, después de haber hablado tanto con los miembros del senado, fuese preciso dirigirse a todos en conjunto como si nada se hubiese dicho.

Considérese el apurado caso en que me hallaba. Un vergonzoso como yo tener que hablar no solamente en público, sino ante el senado de Berna, y de improviso, sin tener siquiera un minuto para prepararme. En verdad, que había sobrado motivo para sentirme anonadado. Sin embargo, ni siquiera me asusté. Expuse sucinta y sencillamente la misión del archimandrita; elogié la piedad de los príncipes que habían hecho generosos donativos; excitando la emulación de sus Excelencias, dije que no había que esperar menos de su acostumbrada munificencia: y luego traté de probar que aquella buena obra lo era igualmente para todos los cristianos sin distinción de sectas, y concluí prometiendo las bendiciones del cielo a todos los que a ella contribuyeran. No diré que mi discurso produjese efecto, pero es lo cierto que fué oído con gusto, y que al salir de la audiencia el archimandrita recibió un presente nada mezquino, y además fué felicitado por el despejo y facilidad de su secretario, cumplidos que tuve el satisfactorio encargo de traducirle, pero que no me atreví a trasmitir al pie de la letra. He aquí la única vez en mi vida que he hablado en público y ante un soberano, y quizá también la única que lo he hecho bien y con osadía. ¡Qué diferencia en el modo de ser de una misma persona! Tres años hace que, habiendo ido a Yverdun a ver a mi antiguo amigo Roguin, vino una comisión a cumplimentarme porque había regalado algunos libros a la biblioteca de aquella ciudad. Los suizos son grandes oradores; me echaron un discurso, y yo me creí obligado a contestar; pero me embrollé de tal modo en la contestación, y perdí la cabeza a tal extremo, que me quedé cortado y fui objeto de burla. Aunque naturalmente tímido, en mi juventud he sido atrevido algunas veces; pero en edad avanzada, nunca. Cuanto más he conocido el mundo, tanto menos he podido hacerme a sus maneras.

Al salir de Berna, fuimos a Soleure, pues el archimandrita se proponía tomar nuevamente el camino de Alemania y volverse por Hungría o Polonia, lo que constituía una ruta muy larga; pero como durante el camino se llenaba su bolsillo más que se vaciaba, le importaban poco los rodeos. En cuanto a mí, que casi me gustaba tanto ir a caballo como a pie, nada más hubiera querido que pasar así la vida; pero estaba escrito que no iría tan lejos.

Lo primero que hicimos al llegar a Soleure fué presentarnos al embajador de Francia. Desgraciadamente para el obispo, este embajador era el marqués de Bonac, que lo había sido de la Puerta, y que debía estar al cabo de todo lo relativo al Santo Sepulcro. El archimandrita tuvo con él una entrevista que duró alrededor de un cuarto de hora, a la cual no fui admitido, porque el señor embajador entendía la lengua franca y hablaba el italiano por lo menos tan bien como yo. Cuando salió el griego, quise seguirle, pero me detuvieron, y llegó mi vez. Habiéndome dado por parisiense, entraba de lleno bajo la jurisdicción de su Excelencia. Preguntóme quién era y me exhortó a que dijese, la verdad. Yo se lo prometí, pidiéndole una audiencia particular que me fué concedida. Condújome a su despacho y cerró la puerta; entonces, arrojándome a sus pies, cumplí mi palabra. Lo mismo hubiera dicho aun cuando nada hubiese prometido, porque una indefinible necesidad de expansión me pone continuamente el corazón en los labios; y después de haberme confiado a Lutold, no tenía para qué echarlas de misterioso con el marqués de Bonac. Tanto le agradó mi relato y la efusión con que vió que lo hacia que, tomándome por la mano y entrando en las habitaciones de la señora embajadora, me presentó a ella, haciéndole un compendio de mi historia. La señora de Bonac me acogió bondadosamente, diciendo que no convenía dejarme ir con el monje griego; y se decidió que me quedaría en palacio, mientras se resolvía lo que había de hacerse conmigo. Yo quise ir a despedirme del pobre archimandrita, a quien había cobrado afecto, más no me lo permitieron. Enviaron a darle cuenta de mi detención, y un cuarto de hora después vi llegar mi pequeña maleta.

Fuí en cierto modo encargado al secretario de la embajada, señor de La Martiniére, quien, al indicarme el aposento que se me destinaba, me dijo: "Esta habitación ha sido ocupada, cuando estaba de embajador el conde del Luc, por un hombre célebre, de vuestro mismo apellido; sólo de vos depende el reemplazarle bajo todos conceptos y hacer que se diga algún día: Rousseau primero, Rousseau segundo". Esta conformidad, que entonces estaba lejos de mi ánimo, no habría halagado tanto mis deseos si hubiese podido prever a qué precio la compraría.

Lo que me había dicho el señor de La Martiniére despertó mi curiosidad. Entonces leí las obras de aquel cuyo aposento ocupaba; y, creyendo tener disposición para la poesía por el cumplido de que había sido objeto, compuse, por vía de ensayo, una cantata en loor de la señora de Bonac. Esta afición no duró mucho. De cuando en cuando he hecho versos regulares; es un ejercicio bastante bueno para hacerse a las construcciones elegantes y aprender a escribir mejor en prosa; pero nunca he hallado bastante atractivo en la poesía francesa para entregarme a ella por completo.

El señor de La Martinkre, deseando conocer mi estilo, me pidió que pusiera por escrito la misma relación que había hecho al embajador. Escobille una larga carta que, según entiendo, conserva el señor de La Marianne, quien desde hacía largo tiempo tenía frecuente trato con el marqués de Bonac, y que después sucedió a La Martiniére, siendo embajador el señor Courteilles. He suplicado al señor de Malesherbes que procurase lograr una copia, y. si puedo obtenerla por su intermedio o el de algún otro, se hallará entre los documentos que deben unirse a las Confesiones.

La experiencia que comenzaba a tener moderaba poco a poco mis proyectos novelescos; así, por ejemplo, no sólo no me enamoré de la señora de Bonac, sino que desde luego conocí que no podía hacer carrera en casa de su marido. Colocado La Martiniére, y teniendo como presunto sucesor a de La Marianne, no me permitían esperar más que un empleo de subsecretario, que no me era sumamente halagüeño. De ahí provino que, cuando me consultaron acerca de lo que deseaba hacer, manifesté vehementes deseos de ir a París, idea que agradó al señor embajador, pues a lo menos tendía a desembarazarle de mi persona.

El secretario intérprete de la embajada, señor de Merveilleux, dijo que su amigo Godard, coronel suizo en el ejército francés, deseaba hallar un ayo para su sobrino que iba a entrar muy joven en el ejército, y añadió que le parecía que yo serviría para el caso. Tomando, pues, este consejo con bastante ligereza, se resolvió mi marcha; y yo muy contento, porque se trataba de emprender un viaje a cuyo fin estaba París. Diéronme algunas recomendaciones, cien francos para los gastos del viaje y una porción de excelentes advertencias> y me marché.

En este viaje empleé unos quince días, que pueden contarse entre los más dichosos de mi vida. Era joven, morigerado, tenía bastante dinero y muchas esperanzas; viajaba a pie y solo. Podría alguien extrañarse al oírme incluir la última circunstancia en esa enumeración de ventajas si no estuviesen ya los lectores familiarizados con mi carácter. Me hacían compañía mis gratas quimeras, y nunca las imaginó más bellas mi ardiente fantasía. Cuando me ofrecían algún asiento vacío en los coches o se me acercaba alguien por el camino, me incomodaba viendo desbaratarse la fortuna cuyo edificio construía mientras iba marchando. Esta vez eran marciales mis ideas. Iba a juntarme con un militar y a serlo yo también, pues se había tratado que yo entraría de cadete. Ya me veía vestido con el uniforme de oficial, con un magnífico plumero blanco. Mi corazón se dilataba con ese noble pensamiento. Sabía algunas nociones de geometría y fortificación, y tenía un tío ingeniero; por consiguiente era en cierto modo hijo de la milicia. Ofrecía algún obstáculo mi miopía, pero no me apuraba por esto, contando suplir esta falta a fuerza de intrepidez y sangre fría. Había leído que el mariscal Schomberg era muy corto de vista, ¿por qué no había de poder serlo el mariscal Rousseau? Tanto me entusiasmaba con esos desvaríos, que no veía sino tropas, murallas, gaviones, baterías, y me consideraba en medio del humo y del fuego dictando órdenes tranquilamente, con el anteojo en la mano. Sin embargo, cuando atravesaba campiñas agradables con sotos y riachuelos, su delicioso aspecto me hacía suspirar por tener que abandonarlos; en medio de mis lauros, el corazón me decía que no había nacido para tanto estruendo; y de repente, sin saber cómo, me hallaba rodeado de mis caros vergeles, renunciando para siempre a los trabajos de Marte.

¡Cómo se desvaneció la idea que tenía formada de París, cuando llegué a tocarle! La decoración que presencié al ver Turín, la belleza de sus calles, la simetría y alineamiento de las casas, me hacían buscar algo aun más hermoso en París. Me había figurado una ciudad tan noble como grande, de imponente aspecto, donde no se veían sino soberbias calles, palacios de mármoles y oro. Al entrar por el arrabal de Saint-Marceau sólo vi callejuelas sucias y hediondas, casas feas, negras, con todos los caracteres del descuido y la pobreza, mendigos, carreteros, remendones, vendedoras de tisanas y de sombreros viejos. Todo esto me causó un efecto tal que, cuando después he visto la verdadera magnificencia de París, no he podido borrar aquella impresión primera y siempre me ha quedado una secreta repugnancia a vivir en esa capital. Puede decirse que todo el tiempo que permanecí más tarde en ella lo empleé en procurarme medios para poder irme a otro lado. Tal es el fruto de una imaginación demasiado activa que exagera las mismas exageraciones humanas y siempre ve más de lo que le dicen. Tanto me habían alabado a París que me lo había figurado como la antigua Babilonia, de la que tal vez hubiera formado más desventajosa idea que la que tengo si hubiera llegado a vivir en ella. Lo mismo me sucedió con el teatro de la Ópera, donde me apresuré a ir al día siguiente de mi llegada; lo mismo en Versalles, y lo mismo me sucedió también más tarde cuando vi el mar; y siempre me sucederá otro tanto cuando llegue a ver lo que me hayan pintado con exageración, porque es imposible a los hombres sobrepujar la riqueza de mi imaginación y hasta muy difícil a la misma Naturaleza.

Por el recibimiento que me hicieron las personas para quienes llevaba recomendaciones, consideré hecha mi fortuna. A quien iba más especialmente recomendado, y fué el que me hizo menos cumplidos, era al señor de Surbeck, militar retirado, que vivía filosóficamente en Bagneux, donde fui a verle varias veces sin que jamás se dignase ofrecerme un vaso de agua. La señora de Merveilleux, cuñada del secretario intérprete, y su sobrino, oficial de la guardia, fueron los que se portaron mejor: no solamente me recibieron bien, así la madre como el hijo, sino que me ofrecieron su mesa, donde comí varias veces durante mi permanencia en París.

La señora de Merveilleux me pareció que debía haber sido bella. Sus hermosos cabellos negros formaban, con arreglo a la antigua moda, un bucle sobre cada sien. Le quedaba lo que los años no arrebatan; un bello carácter. Parecióme que le agradaba el mío, e hizo cuanto pudo para ayudarme; pero nadie la secundó, y pronto me desengañé de aquel interés tan grande que parecían tomar por mí unos y otros- Sin embargo, hay que hacer justicia a los franceses; no se deshacen, tanto como se dice, en protestas, y las que hacen son casi siempre hijas de la sinceridad; pero tienen un modo de manifestar el interés que uno les inspira que engaña más que las palabras mismas. Los burdos cumplimientos de los suizos no pueden engañar más que a los tontos; los modales de los franceses son más seductores, por lo mismo que son más sencillos; parece que no dicen todo lo que piensan hacer para proporcionar una agradable sorpresa. Aun me atrevo a decir más: no hay falsedad en sus demostraciones; son naturalmente obsequiosos, humanitarios, benévolos y, dígase lo que se quiera, hasta más sinceros que otra nación cualquiera; pero son ligeros y volubles. Sienten efectivamente lo que manifiestan; pero este sentimiento desaparece con Ja misma facilidad que nace. Mientras están hablando con una persona, son suyos completamente; así que vuelven la espalda, ya la olvidan. Nada hay permanente en su corazón: todo es en ellos obra del momento.

Por consiguiente, me hallé muy agasajado y poco favorecido. El coronel Godard, a cuyo sobrino me habían destinado, resultó ser un viejo ruin y avaro, quien, con ser un hombre forrado en oro, al ver mi pobreza, quiso tenerme por nada. Pretendió que fuera una especie de criado sin sueldo, más bien que un verdadero ayo, dedicado constantemente a él, y, por lo tanto, dispensado del servicio; había de vivir de la paga de cadete, es decir, de soldado; y ni aun siquiera quería pagarme el uniforme; hubiera querido que me contentase con el del regimiento. La misma señora de Merveilleux, indignada al ver tales proposiciones, me indujo a rechazarlas, y su hijo fué de la misma opinión. Dieron pasos para procurarme alguna vocación, pero no encontraron nada. Entre tanto yo comenzaba a yerme en apuros, pues los cien francos, de los cuales había tenido que pagar el viaje, no podían durar mucho. Por fortuna recibí una pequeña cantidad que me remitía el señor embajador, y me hizo un favor grande; y aun creo que no me habría abandonado si yo hubiese sabido tener paciencia; pero consumirse, esperar, solicitar son para mi cosas imposibles. Me fastidié, no aparecí más, y todo concluyó. No dejaba de acordarme de mamá, pero, ¿dónde encontrarla? ¿A dónde ir a buscarla? La señora de Merveilleux, que sabía mi historia, me habla ayudado a buscarla mucho tiempo inútilmente. Por fin averiguó que se habla vuelto hacía más de dos meses; pero ignoraban si había ido a Saboya o a Turín, y hasta algunos afirmaban que había vuelto a Suiza. No necesité más para resolverme a seguirla, seguro de que a dondequiera que hubiese ido la encontraría más fácilmente que en París.

Antes de partir ejercité mi nuevo talento poético en una epístola al coronel Godard, satirizándole a mi gusto. Enseñé aquel mamarracho a la señora Merveilleux, que, en lugar de censurar mi conducta como debió hacerlo, se rió grandemente con mis sarcasmos, lo mismo que su hijo, quien no creo tuviese el menor cariño por su padre, si bien hay que decir que no era éste muy amable. Estuve tentado de enviarle mis versos, y ellos me animaron para hacerlo. En efecto, los puse en un sobre a su dirección y, como no había entonces en París correo interior, los guardé en el bolsillo y los envié desde Auxerre a mi paso. Todavía me río alguna vez, figurándome los gestos que habría de hacer leyendo el panegírico, donde estaba retratado rasgo por rasgo. Empezaba así:

Tu croyais, vieux pénard, qu'une folle monte

D'élever fon neveu m'inspirerait l'envie'.

Esta pequeña composición, mala en verdad, pero que no carecía de sal y revelaba algún talento para la sátira, es, sin embargo, el único escrito satírico que ha salido de mi pluma. Tengo un corazón poco rencoroso para prevalerme de semejante ventaja, pero creo que por algunas polémicas escritas de cuando en cuando para defenderme puede verse, según yo entiendo, que si hubiese tenido un temperamento batallador hubiera hecho reír más de una vez a costa de mis contrarios.

Lo que más siento, en punto a detalles de mi vida que se me han olvidado, es no haber hecho un diario de mis viajes. Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie y solo. El andar tiene para mí algo que me anima y aviva mis ideas; cuando estoy quieto, apenas puedo discurrir: es preciso que mi cuerpo esté en movimiento para que se mueva mi espíritu. La vista del campo, la sucesión de espectáculos agradables, la grandeza del espacio, el buen apetito, la buena salud que se logran caminando, la libertad del mesón, el alejamiento de todo lo que me recuerda la sujeción en que vivo, de todo lo que me recuerda mí situación, desata mi alma, me comunica mayor audacia para pensar, parece que me sumerge en la inmensidad de los seres para que los escoja, los combine y me los apropie a mi gusto sin molestias ni temores. Así dispongo como árbitro de la Naturaleza entera; mi corazón, vagando de un objeto a otro, se asocia, se identifica con los que le halagan, se rodea de encantadoras imágenes, se embriaga de sentimientos deliciosos. Si para darles mayor fijeza me entretengo en describirlos dentro de mi mismo, ¡qué pincel tan vigoroso, qué frescura de colorido, qué energía de expresión logro comunicarles! Dícese que en mis obras se ha encontrado algo de todo esto, a pesar de haber sido escritas en el ocaso de mi vida. ¡Ah, si se hubiesen visto las de mis primeros años, las que he hecho durante mis viajes, todas las que he compuesto, pero que no he escrito nunca!... ¿Por qué no escribirlas?, se dirá. -¿Y para qué?, replicaré yo; ¿por qué desprenderme del encanto de mis goces para decir a los demás cuánto gozaba? ¿Qué me importaban a mi los lectores, ni el público, ni la tierra, mientras yo me cernía en los espacios? Y además, ¿llevaba acaso papel ni plumas? Si hubiese pensado en ello no se me hubiera ocurrido nada. Yo no preveía que tendría más tarde ideas que revelar al mundo. Se me ocurren cuando ellas quieren, no cuando yo quiero. O no se me ocurren, o vienen en tropel y me anonadan por su fuerza y por su número. No habrían bastado diez volúmenes diarios. ¿Ni cómo tener tiempo para tanto? Cuando llegaba a un punto, no pensaba más que en comer bien; cuando me ponía en marcha, sólo en hacer mi camino. Conocía que un nuevo paraíso me esperaba fuera, y no tenía otro pensamiento que ir en su busca.

Nunca sentí todo esto con tanta fuerza como al salir esta vez de París. Cuando a él me dirigía, mis ideas se reducían a lo que iba a hacer. Lanzábame a la carrera en que iba a entrar, y la había recorrido gloriosamente; pero no me llamaba mi corazón a ella, y los seres reales molestaban a los imaginarios. El coronel Godard y su sobrino hacían un mal papel al lado de un héroe como yo. Gracias al cielo ya estaba libre de todos esos obstáculos; podía internarme a mi sabor en los países imaginarios, pues nada más tenía en perspectiva. Así divagué de tal modo que realmente me extravié varias veces y hasta me hubiera disgustado haber ido más derecho, porque, advirtiendo que al llegar a Lyon iba a encontrarme otra vez en la tierra, hubiera querido no llegar jamás.

Un día, habiéndome desviado a propósito para contemplar más de cerca un paisaje admirable, me extasié de tal modo y di tantas vueltas en derredor que al fin me perdí completamente. Después de una correría de algunas horas buscando en vano el camino, cansado ya y muerto de hambre y de sed, entré en una casa de campo que no tenía muy buen aspecto, única que se divisaba en todo el contorno. Yo creí que sería como en Ginebra y en Suiza, donde todos los habitantes se hallan en estado de ejercer la hospitalidad a su gusto; por consiguiente, pedí a un hombre que hallé en la casa que me diese de comer pagando, y me dió leche desnatada y un pedazo de un tosco pan de cebada, diciéndome que era cuanto tenía. Bebí la leche con el mayor placer y me comí el pan con pajas y todo; pero esto era muy poco para quien estaba extenuado de fatiga. El campesino, que me estaba contemplando, juzgó por mi apetito de la verdad de mis palabras. De pronto, después de decirme que ya veía que yo era un hombre de bien 3/4 y que no había ido para venderle, levantó una pequeña trampa que había cerca de la cocina, bajó y al poco rato volvió con pan de trigo candeal, un jamón muy apetitoso, aunque empezado, y una botella de vino cuyo aspecto me regocijó más que todo lo demás. A esto añadió una tortilla bastante espesa y tuve una comida como no la habrá conocido nadie que no haya viajado a pie. Cuando fui a pagar, volvieron a apoderarse de él la inquietud y los temores; no quería absolutamente tomar el dinero que le ofrecía, rechazándolo con una turbación extraordinaria, y lo singular era que no podía yo imaginar cuáles eran sus temores. Por fin pronunció, estremeciéndose, las terribles palabras de empleado del fisco y visitador de bodegas. Dióme a entender que ocultaba el vino a causa de las contribuciones; que escondía el pan por miedo a los tributos, y que era hombre perdido si llegaban a olfatear que no se moría de hambre.

Todo lo que me dijo sobre este particular, del que no tenía yo la menor idea, me causó una impresión indeleble que no se borrará nunca. Éste fué el germen de ese odio inextinguible que después se creció en mi corazón contra las vejaciones que sufre el pueblo desdichado y contra sus opresores. Aquel hombre, a pesar de ser medianamente acomodado, no se atrevía a comer el pan que había ganado con el sudor de su frente y si quería evitar su ruina no tenía más remedio que manifestar una miseria igual a la que le rodeaba. Salí de su casa tan indignado como enternecido y deplorando el destino de esas bellas regiones que la Naturaleza ha favorecido para hacerlas presa de los bárbaros publicanos.

Éste es el único recuerdo preciso que conservo de aquel viaje. Tengo presente también que cuando me hallé cerca de Lyon, me dieron impulsos de continuar el camino hasta las márgenes del Lignon, pues, entre las novelas que había leído con mi padre, figuraba la Astrea, y era la que venía más a menudo a mi memoria. Pregunté por el camino de Forez, y una posadera me dijo que era un país ventajoso para los obreros, pues habla muchas herrerías y se trabajaba muy bien el hierro. Este elogio calmó de repente mi curiosidad novelesca y no me pareció conveniente ir en busca de Silvandros y Dianas a una población de herreros. La buena mujer que de tal suerte me animaba seguramente me había tomado por un oficial de cerrajero.

No me dirigía a Lyon sin algún fundamento. En cuanto llegué, fui a las Chasottes a visitar a la señorita du Chátelet, amiga de la señora de Warens, quien me había entregado una carta para ella cuando salí con el señor Le Maitre; así es que ya era una persona conocida. La señorita du Chátelet me dijo que, efectivamente, su amiga había pasado por Lyon, pero que ignoraba si habría seguido hasta el Piamonte, y añadió que ella misma al marcharse, vacilaba en detenerse en Saboya, y que si yo quería, ella escribiría para tener noticias suyas, y que el mejor partido que podía tomar era esperar dichas noticias en Lyon. Acepté la oferta; pero no me atreví a decir que tenía prisa por conocer la respuesta y que mi escaso caudal no me permitía esperar mucho. Lo que me contuvo no fué que me recibiese mal; por el contrario, me recibió con mucho agasajo, y me trataba con una igualdad que me quitó las fuerzas para revelar el estado en que me hallaba y descender del lugar de amigo al de mendigo infeliz.

Paréceme ver con bastante claridad la continuación de cuanto dejo consignado en este libro. Sin embargo, creo que me acuerdo de haber hecho otro viaje a Lyon, dentro de este mismo intervalo, pero no puedo apreciar la fecha y sólo recuerdo que me hallaba ya bastante apurado. Nunca lo olvidaré a causa de una aventurilla que me sucedió y que no es fácil de relatar.

Un día me hallaba en Bellecour, después de una miserable cena, meditando en los medios de salir de apuros, cuando vino a sentarse a mi lado un hombre con gorra, que parecía uno de esos tejedores de seda a quienes en Lyon llaman tafetaneros. Dirigióme la palabra, yo le respondí. Apenas hacía un cuarto de hora que estábamos conversando, cuando, siempre con la misma tranquilidad y sin cambiar de tono, me propuso que nos divirtiésemos juntos. Yo esperaba que me explicase en qué habla de consistir la diversión; pero, sin añadir palabra, creyó de su deber darme el ejemplo. Casi nos tocábamos y la oscuridad de la noche no era tanta que no me permitiese ver a qué clase de ejercicio se preparaba. Parece que no pretendía nada de mí, a lo menos nada vi que revelase lo contrario y además el sitio no le hubiera sido favorable; no quería sino exactamente lo que me había dicho, divertirse y que yo me divirtiera, cada cual por su lado; y la cosa le parecía tan sencilla que ni siquiera se le ocurrió que a mí pudiese no parecérmelo tanto. Yo me asusté de tal modo al ver tanta impudencia, que me levanté precipitadamente, sin responderle, y me eché a correr a escape, creyendo que aquel miserable me perseguía. Tan turbado me hallaba, que en vez de dirigirme a casa por la calle de Santo Domingo, me metí por el lado del malecón, y no me detuve hasta pasado el puente de madera, temblando como si acabase de cometer un crimen. Yo era presa del mismo vicio, pero este recuerdo me libró de él por mucho tiempo.

En este viaje tuve otra aventura poco más o menos del mismo género, pero que me puso en mayor peligro. Viendo que mi dinero se acababa por momentos, empleé con mayor economía lo poquísimo que me quedaba. Comía con menos frecuencia en la posada, y a poco no volví a comer en ella, pudiendo llenar el estómago en una taberna por cinco o seis sueldos lo mismo que allí por veinticinco. No yendo a comer, no sabía cómo ir a dormir a la posada, no porque debiese gran cosa, sino porque me daba vergüenza ocupar un cuarto sin dejar ganancia a la posadera. La estación era agradable; una noche que hacía mucho calor, me resolví a pasarla al raso, y ya me había acomodado sobre un banco, cuando un clérigo que pasaba, viéndome acostado en aquel sitio, se acercó preguntándome si no tenía dónde ir a dormir. Yo le confesé mi situación, que pareció afligirle; se sentó a mi lado y entramos en conversación. Hablaba bastante bien, y por lo que me dijo, formé de él la opinión más ventajosa. Cuando me vió bien dispuesto me dijo que su vivienda no era muy holgada, que no tenía más que un cuarto, pero que de todos modos no me dejaría dormir a la intemperie; que ya era tarde para procurarme alojamiento, y que, por aquella noche, me ofrecía la mitad de su cama. Yo acepté el ofrecimiento, esperando adquirir un amigo que pudiese favorecerme. Marchamos, hizo fuego con el pedernal, entramos en el cuarto, que me pareció limpio en su pequeñez, e hizo los honores con mucha urbanidad. Sacó de un bote de vidrio algunas cerezas en aguardiente, comimos un par cada uno, y nos acostamos.

Aquel hombre tenía las mismas aficiones que mi judío del hospicio, pero no las revelaba tan brutalmente. Ya sea que, sabiendo que podían oírme, temiese obligarme a defenderme, ya que en efecto no estuviese tan resuelto en su propósito, el hecho es que, no atreviéndome a hacerme una proposición abiertamente, procuraba conmoverme sin molestarme. Más instruido que la vez primera, pronto comprendí su intento, lo que me hizo estremecer, e ignorando en dónde ni en poder de quién me hallaba, temí, si metía ruido, pagarlo con la vida. Fingí no comprender lo que quería; pero dando a entender que sus caricias me molestaban y mostrando la resolución de no permitir su curso, logré que se viese obligado a contenerse. Entonces le hablé con toda la dulzura y toda la firmeza de que era capaz y, sin manifestar que sospechase nada, le expliqué, mi inquietud, contándole lo que me había pasado en el hospicio, y procuré hacerlo con tal expresión de aversión y de, horror, que me parece que a él mismo se le revolvió el estómago y renunció por completo a su repugnante designio. Tranquilamente pasamos el resto de la noche; hasta me dijo una porción de cosas muy buenas, llenas de buen sentido, y seguramente no era hombre que careciera de algún mérito, aunque fuese un gran sinvergüenza.

Por la mañana, el señor abate, que no quería parecer disgustado, habló de almuerzo, y suplicó a una de las hijas de la huéspeda, que era bonita, que lo hiciese traer. Ella respondió que no tenía tiempo. Entonces se dirigió a la otra hija, que no se dignó responder. Nosotros espera que espera, y el almuerzo no venía. Al fin nos dirigimos a la sala, donde ellas estaban. Al señor abate lo recibieron de modo muy poco halagüeño, y yo todavía tuve menos de qué envanecerme. La mayor, al volverse, apoyó su agudo tacón sobre la punta de mi pie, donde un callo que me dolía en extremo me había obligado a cortar el zapato; la otra retiró bruscamente una silla que estaba detrás de mí, donde iba a sentarme; su madre me salpicó la cara tirando agua por la ventana; donde quiera que me colocaba, me hacían apartar para buscar alguna cosa; en la vida me había visto en semejante fiesta. En sus miradas insultantes y burlonas se descubría un odio oculto que tuve la estupidez de no comprender. Pasmado, estupefacto, próximo a creerlas poseídas del demonio, empezaba a espantarme de veras, cuando el abate, que hacía como si no viera ni oyera, conociendo que era de todo punto inútil esperar el almuerzo, se resolvió a salir; yo me apresuré a seguirlo, muy contento de poder escapar de entre aquellas furias. Mientras íbamos andando, me propuso ir a almorzar al café; yo no quise aceptar, aunque tenía un hambre canina; él no insistió mucho, y nos separamos a la tercera o cuarta esquina; yo alegrándome de perder de vista cuanto se relacionaba con aquella maldita casa, y él muy satisfecho, si no me equivoco, por haberme alejado lo bastante para que no me fuese fácil reconocerla. Como nunca en París ni en ninguna otra ciudad me ha sucedido nada semejante a estas dos anécdotas, me ha quedado de Lyon una impresión desagradable, y siempre he mirado esta ciudad como ¡ la más corrompida de Europa.

Tampoco contribuye a hacerme grata la memoria de aquella población el recuerdo del extremo a que me vi en ella reducido. Si yo hubiese sido como otros y hubiese sabido pedir prestado y hacer trampa en el mesón, fácilmente hubiera salido del paso; pero en este punto mi ineptitud igualaba a mi repugnancia. Para hacerse cargo de hasta dónde llegan una y otra, basta saber que, después de haber pasado casi toda la vida en la escasez y a menudo próximo a carecer de pan, nunca me ha sucedido que habiéndome pedido dinero algún acreedor, no se lo haya dado al momento. Nunca he sabido comprar al fiado, y siempre he preferido sufrir privaciones a quedar debiendo.

No hay duda de que es doloroso verse reducido a pasar la noche en la calle, y esto me ha sucedido en Lyon diferentes veces. Prefería emplear en comer mejor que en dormir los pocos sueldos que me quedaban, porque, después de todo, era menos fácil morir de sueño que de hambre. Lo sorprendente es que en medio de tan aflictiva situación no me hallaba inquieto ni afligido. No me importaba nada el porvenir, poco ni mucho, y esperaba la contestación que debía recibir la señorita du Chatelet, acostándome al raso, y durmiendo tendido en tierra o sobre un banco tan tranquilamente como sobre un lecho de rosas. Recuerdo que hasta pasé una noche deliciosa fuera de la ciudad, en un camino que seguía el curso del Ródano o del Saona, no sé fijamente cuál de los dos. Adornaban el camino jardines escalonados por el lado opuesto al río; era el crepúsculo vespertino de un día muy caluroso; el relente humedecía la marchita hierba; no se sentía ni un átomo de viento. Se presentaba una noche tranquila; el aire era fresco sin ser frío; después de puesto el sol, había dejado el ciclo lleno de rojos matices, cuyo reflejo teñía el agua de color de rosa; los árboles de los jardines estaban llenos de ruiseñores que se respondían unos a otros. Yo me paseaba poseído de una especie de éxtasis, abandonando mis sentidos y mí corazón al goce de tanta belleza, lamentando únicamente el gozar de ella solo. Absorbido en dulce arrobamiento, continué mi paseo hasta muy entrada la noche, sin observar que me hallaba fatigado. Al fin hube de notarlo. Me acosté voluptuosamente sobre la meseta de una especie de nicho o puerta falsa que había en la pared de uno de los huertos; el techo de mi cama eran las copas de los árboles; precisamente se hallaba un ruiseñor posado en una de las ramas que sobre mí se extendían, y me dormí arrullado por su canto; dulce fué mi sueño; más dulce el despertar. Era ya bien de día: al abrir los ojos vi el agua, el verdor, un paisaje admirable. Me levanté, me limpié la ropa y me dirigí alegremente a la ciudad, resuelto a gastar en un buen almuerzo dos piezas de seis blancas que me quedaban todavía. De tan buen humor estaba, que fuí cantando todo el camino; y hasta me acuerdo que entonaba una cantata de Batistin, titulada Los baños de Thomery, que sabía de memoria. Bendito sea el buen Batistin y su cantata, que me valió un almuerzo mucho mejor de lo que yo me imaginaba, y una comida mejor todavía. He ahí que, a lo mejor de mi canto y de mi camino, oigo que alguien camina detrás de mí, me vuelvo y veo un antonino que venía detrás y parecía oírme con gusto. Se me acercó, me saludó y me preguntó si sabia de música. Contesté que un poco, para dar a entender que mucho. Siguieron las preguntas y le conté parte de mi vida. Me preguntó si había copiado música alguna vez. Respondíle que a menudo, y era la verdad: el mejor modo como podía aprenderla era copiándola. "Pues bien -me dijo-, venid conmigo; podré daros ocupación algunos días, durante los cuales no os faltará nada, con tal que os conforméis con no salir de la habitación". Yo consentí de buena gana y me fui con él.

Ese antonino se llamaba Rolíchon; era aficionado a la música, la conocía y cantaba en unos pequeños conciertos que daba con sus amigos. Nada había en esto que no fuese inocente y digno; pero esa afición degeneraba al parecer en furor y se veía obligado a ocultarla en parte. Condújome a un pequeño aposento donde quedé instalado, en el que hallé mucha música copiada por él. Dióme otras piezas para copiar y en especial la mencionada cantata, que él había de cantar al poco tiempo. Allí estuve tres o cuatro días, copiando constantemente todas las horas que no empleaba en comer, porque en la vida había estado tan hambriento ni había tenido tan buena mesa. Él mismo me traía de comer de la cocina; y por cierto que había de ser buena, si su comida correspondía a la mía. En la vida he comido con tanto gusto: si bien hay que confesar que esos bocados vinieron muy a tiempo, porque yo estaba como una espátula. Casi trabajaba con tanto ahínco como comía, que no es poco decir; si bien es cierto que no era tan correcto como diligente. Algunos días después encontré por la calle al señor Rolichon, que me dijo que mis copias habían puesto la música de modo que no podía ejecutarse, pues estaban llenas de omisiones, repeticiones y transposiciones. Preciso es confesar que escogí la ocupación que menos me convenía; no es que mis copias no fuesen limpias y hasta bellas; pero el fastidio de un trabajo interminable me causa tales distracciones que paso más tiempo raspando que escribiendo, y si no pongo la mayor atención en confrontar las partes, siempre hago estropear la ejecución. Por eso, queriendo trabajar bien, lo hice bastante mal, y por ir deprisa cometí disparates. Esto no impidió que el señor Rolichon me tratase siempre bien, y cuando hube concluido me dió un escudo, por cierto muy mal ganado, que fué mi salvación; pues a los pocos días recibí noticias de mamá, que se hallaba en Chambéry, y dinero para ir a reunirme con ella, lo que hice con la mayor satisfacción. Desde entonces mi caudal ha sido frecuentemente muy reducido, pero nunca hasta el extremo de que me haya visto en el caso de quedarme en ayunas. Recuerdo esta época de mi vida con gratitud hacia la Providencia. Es la última vez que he sufrido hambre y miseria. Todavía permanecí siete u ocho días en Lyon, esperando los encargos que mamá hizo a la señorita du Chátelet, a quien durante ese tiempo visité con más frecuencia, teniendo el placer de hablar con ella de su amiga y no sintiéndome ya perturbado por la desdicha cruel que me obligaba a ocultar mi situación. La señorita du Chátelet no era joven ni hermosa, pero no carecía de cierta gracia; era franca y afable, y su viveza daba realce a su familiaridad. Tenía esa moral observadora que induce a estudiar a los hombres, y de ella me ha provenido en primer lugar esa misma tendencia. Era aficionada a las obras de Le Sage, principalmente al Gil Bici; hablóme de él, y me lo prestó; yo lo leí con gusto; pero no tenía aún bastante madurez para esa clase de lecturas; necesitaba novelas llenas de grandes sentimientos. Así pasaba el tiempo en la reja de la señorita du Chátelet, con tanto gusto como provecho; y es muy cierto que las interesantes conversaciones de una mujer de talento son más eficaces para formar a un joven que toda la pedantesca filosofía de los libros. En las Chassotes conocí a otras amigas suyas y pensionistas, entre ellas a una niña de catorce años, llamada la señorita Serre, en quien no fijé mucho la atención entonces, pero de quien me apasioné ocho o nueve años más tarde, y con razón, porque era una joven adorable.

Absorbida mi atención por la idea de ver pronto a mamá, di alguna tregua a mis quimeras, y la felicidad real que me esperaba me dispensó de buscarla en mis visiones. No solamente volvía a encontrarla sino que a su lado y por ella obtenía una posición agradable, pues me indicaba que me había encontrado una ocupación que habría de convenirme y que me permitiría permanecer a su lado. Yo me deshacía en conjeturas para adivinar cuál sería esa ocupación, y, a la verdad, para acertar hubiera tenido que devanarme los sesos. Me encontraba con dinero bastante para hacer el viaje con comodidad y la señorita du Chátelet quería que tomase un caballo; mas no quise de ningún modo, y tuve sobrada razón; hubiera perdido el placer del último viaje a pie que he hecho en mi vida, pues no puedo dar este nombre a las excursiones que a menudo hacía a los alrededores, cuando vivía en Motiers.

Es singular que nunca se remonte más agradablemente mi imaginación como cuando me hallo en un estado menos agradable; y, al contrario, cuando todo ríe en derredor mío, entonces es menos risueña mi fantasía. Mi mala cabeza no puede sujetarse a la realidad. No puede embellecer, necesita crear. Cuando más, los seres reales se pintan en ella, tales como son; no sabe adornar más que los objetos imaginarios. Si quiero describir la primavera, es preciso que me halle en el invierno; si quiero pintar un hermoso paisaje, he de hallarme entre cuatro paredes; mil veces he dicho que si algún día me hallase preso en la Bastilla, haría el cuadro de la libertad. Al salir de Lyon, no veía otra cosa que un grato porvenir, estaba tan contento y tenía tantos motivos para estarlo como los tenía para sentirme disgustado al salir de París. Sin embargo, durante este viaje no tuve aquellos deliciosos delirios que en el otro me habían acompañado. Tenía el corazón tranquilo, y nada más. Me aproximaba enternecido a la excelente amiga que iba a ver nuevamente; gozaba por anticipado, pero sin delirio, el placer de vivir con ella; siempre lo había esperado; era como si nada nuevo me hubiese sucedido. Me inquietaba lo que iba a hacer, como si hubiese habido por qué inquietarse. Mis ideas eran agradables y apacibles, no celestiales y arrobadoras. Me fijaba en todo lo que veían mis ojos, ponía atención en los paisajes, observaba los árboles, las casas, los riachuelos; me detenía a deliberar en las encrucijadas; temía extraviarme, pero no me extraviaba. En resumen, ya no me hallaba en el empíreo; me hallaba tan pronto en el sitio en que realmente me encontraba, tan pronto en el lugar hacia donde me dirigía, pero nunca más allá.

Refiriendo mis viajes soy lo mismo que cuando los hacía; no sé nunca llegar a su término. Al aproximarme a mi cara mamá, el corazón me latía de gozo y sin embargo no apresuraba el paso. Me gusta andar tranquilamente y detenerme cuando me acomoda. La vida ambulante es la que mejor me conviene. Ir de camino con buen tiempo, por un país hermoso, sin llevar prisa, y tener un objeto agradable por término del viaje, he ahí, de todos los modos de vivir, el que más me agrada. Sabido es lo que yo entiendo por un país hermoso. Nunca me lo ha parecido el que está formado de llanuras, por más que realmente lo sea. Yo quiero torrentes, peñas, abetos, bosques sombríos, montañas, caminos escabrosos por donde tener que subir y bajar; precipicios que me hagan estremecer. Este placer tuve al acercarme a Chambéry, y lo gocé con todo su atractivo. No lejos de una montaña cortada, llamada el Paso de la Escala, debajo de la carretera abierta en la roca, en el lugar llamado Chailles, corre y bulle por un espantoso abismo un riachuelo que parece haber empleado millares de siglos en abrirse paso. A lo largo del camino hay un parapeto para evitar las desgracias que podrían ocurrir; así es que podía contemplar el fondo y tener el gusto de experimentar vértigos a mi satisfacción, porque lo más extraño que hay en mi afición a los lugares escarpados es que me causan desvanecimientos y esto me agrada con tal de que no corra peligro de caerme. Apoyado en el parapeto, avanzaba la cabeza, y así pasaba horas enteras entreviendo de cuando en cuando la espuma y el agua azulada cuyo mugido oía, mezclado con los chillidos de los cuervos y las aves de rapiña que volaban de una a otra roca y de una a otra maleza, a cien toesas debajo de mí. En los puntos donde la pendiente era bastante lisa y la maleza no muy espesa, de modo que dejase pasar los guijarros, iba a buscarlos, aunque hubiese de andar bastante, tan grandes como me permitían mis fuerzas, los amontonaba sobre el parapeto, y luego, lanzándolos uno tras otro, me deleitaba viéndolos rodar y dar botes y romperse con estrépito antes de llegar al fondo del precipicio.

Más cerca de Chambéry presencié un espectáculo semejante, pero en sentido contrario. El camino pasa junto a la cascada más hermosa que he visto en mi vida. La montaña es tan escarpada, que Él agua se desprende completamente y cae en arco bastante abierto para permitir pasar entre el agua y la peña, a veces sin temor de mojarse; pero, si no se va con cuidado, es muy fácil verse burlado, como a mí me sucedió; pues a causa de la gran altura de donde cae, una parte del agua se divide en polvo, y el que se aproxima demasiado a aquella nube, sin hacerse cargo por el momento de que se está mojando, luego se encuentra calado.

Llegué por fin, y la volví a ver. No estaba sola. En el momento de mi llegada, se hallaba en su casa el intendente general. Ella, sin decirme una palabra, me cogió por la mano y me presentó a él con aquella gracia que le granjeaba todos los corazones. "He aquí -dijo- este pobre joven; dignaos protegerle mientras lo merezca, y ya quedo tranquila por el resto de su vida". Luego añadió, dirigiéndose a mí: "Hijo mío, vais a servir al rey; dad las gracias al señor intendente que os da el pan". Yo abría desmesuradamente los ojos, sin decir palabra, sin saber qué pensar; a punto estuve de abandonarme a la naciente ambición y yerme hecho ya todo un señor intendente. No resultó mi fortuna tan brillante como me había parecido en aquella introducción; pero mientras tanto era lo suficiente para vivir, y para mí era mucho. He aquí de lo que se trataba.

El rey Víctor Amadeo juzgaba, por el éxito de las guerras precedentes y por la situación del antiguo patrimonio de sus mayores, que aquél se le escaparía de entre las manos algún día, y no procuraba otra cosa que agotarlo. Hacia algunos años que, deseando obligar a la nobleza a que pagase los pechos, había dado orden de que se hiciese un catastro general en todo el país, a fin de que, al realizar el tributo, pudiese hacerse el reparto con más equidad. Este trabajo, comenzado en vida del padre, fué concluido en el reinado del hijo. Se emplearon en él doscientos o trescientos hombres, entre agrimensores que se llamaban geómetras y escribientes que se llamaban secretarios, y mamá me hizo inscribir entre los últimos. Era un empleo que, sin ser lucrativo, daba para vivir con holgura en aquel país. El mal estaba en que era por cierto tiempo; pero daba espacio para buscar otra cosa y esperar, y ella, por previsión procuró obtenerme la protección particular del intendente, a fin de que, terminada la tarea, pudiese pasar a otro empleo más permanente.

Pocos días después de mi llegada empecé a desempeñar mi cometido, que no ofrecía ninguna dificultad, y pronto estuve al corriente. Así es como después de cuatro o cinco años de correrías, de locuras y penalidades, desde mi salida de Ginebra, empecé a ganarme honradamente la vida por vez primera.

Estos minuciosos detalles de mi primera juventud habrán parecido pueriles, y lo siento. Aunque siendo ya un hombre desde la infancia bajo ciertos puntos de vista, he sido por otra parte niño durante mucho tiempo, y todavía lo soy en bastantes cosas. No me he comprometido a presentar al público un gran personaje; he prometido manifestarme tal cual soy, y, para conocerme en mi edad avanzada, preciso es conocerme bien en mi juventud. Como generalmente los objetos me impresionan menos que su recuerdo, y todas mis ideas consisten en imágenes, los primeros caracteres que se han impreso en mi alma han sido permanentes, y los que han venido posteriormente más bien se han combinado con los primeros que no los han borrado. Existe cierta sucesión de ideas y de afectos que modifican a los que les siguen y que es necesario conocer para juzgar con exactitud- Siempre procuro desarrollar bien los principios para hacer sensible el encadenamiento de las causas y efectos. Quisiera que en cierto modo mi alma fuera transparente a los ojos del lector; y para esto procuro mostrársela desde todos los puntos de vista, presentarla bajo todos sus aspectos, hacer de modo que no pase inadvertido ningún movimiento, a fin de que pueda juzgar por sí mismo el principio que los produce.

Si yo tomase a mi cargo describir el resultado y le dijese: Éste es mi carácter, podría pensar, si no precisamente que quiero engañarle, a lo menos que me equivoco; pero detallando con sinceridad cuanto me ha pasado, todo lo que he hecho, pensado y sentido, no puedo inducirle en error, a lo menos de intento y a sabiendas; y aun cuando lo quisiera, no me sería fácil de este modo. Toca al lector reunir los elementos y determinar el ser que componen; el resultado será obra suya; y entonces, si se equivoca. no será por culpa mía. Ahora bien, para esto no basta que mis relatos sean fieles; también deben ser exactos. A mí no me corresponde juzgar la importancia de los hechos; debo decirlos todos, y dejarle el cuidado de escoger. A esto me he dedicado hasta aquí con todas mis fuerzas y no me cansaré de ello en lo sucesivo. Mas los recuerdos de la edad adulta son siempre menos vivos que los de la infancia. He comenzado por sacar de éstos el mejor partido posible. Si los demás se refrescan en mi memoria con la misma fuerza, tal vez los lectores impacientes se fastidien, pero yo no quedaré descontento de mi trabajo. Sólo una cosa tengo que temer en esta empresa: y no es decir demasiado o decir mentiras, mas no decirlo todo y callar verdades.