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Las Confesiones.  Jean Jacques Rousseau
Capítulo 2. LIBRO SEGUNDO. 1728 - 1731
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Cuanto más triste me pareció el primer momento en que el terror me sugirió el proyecto de la huida, más encantador me pareció el momento de ejecutarlo. Niño todavía, abandonar mi país, mis parientes, mis protectores y mis recursos; dejar una profesión sin haberla aprendido lo bastante para ganarme la vida con ella; entregarme a los horrores de la miseria sin medio alguno para combatirla; en la edad de la inocencia y la flaqueza, exponerme a todas las tentaciones de la desesperación y del vicio; ir al encuentro de los males, los errores, los engaños, la esclavitud y la muerte, bajo un yugo mucho más inflexible que el que no había podido soportar: a todo esto me lanzaba; ésta era la perspectiva que hubiera debido contemplar.

¡Cuán diferente era lo que yo me imaginaba! El sentimiento de la independencia que creía haber conquistado era lo único que me embargaba. Libre y dueño de mí mismo, creía poder hacerlo todo, lograrlo todo; no tenía más que lanzarme para elevarme y volar por los aires. Entraba con planta firme en el vasto espacio del mundo; mi mérito iba a llenarlo todo; iba a encontrar a cada paso festines, tesoros, aventuras, amigos dispuestos a servirme, mujeres ávidas de complacerme; el universo iba a llenarse con mi aparición; aunque no precisamente el universo todo: ya le dispensaba en parte de ello, no siéndome necesario tanto; contentábame con un círculo agradable; lo demás nada importaba. Mi moderación me inscribía en una esfera limitada, pero deliciosamente escogida, cuyo imperio tenía asegurado. Reducíase mi ambición a un solo palacio: ser el favorito de los señores, el amante de la hija, el amigo del hermano y el protector de los vecinos. Y ya estaba satisfecho; nada más necesitaba.

Mientras llegaba este modesto porvenir, anduve algunos días errante no lejos de la ciudad, acogido por algunos campesinos conocidos, que me recibieron con más amabilidad que lo hubieran hecho personas urbanas. Me acogían dándome alimento y abrigo harto buenos para ser tan sólo una acción meritoria. Tampoco podía llamarse una limosna, pues no se daban aires de superioridad.

A fuerza de viajar y recorrer el mundo, fui a parar a Confignon, país de Saboya, a dos leguas de Ginebra. El cura párroco se llamaba Pontverre. Este nombre, famoso en la historia de la República, me llamó sobremanera la atención. Tenía curiosidad de saber cómo eran los descendientes de los Caballeros de la Cuchara. Fuí, pues, a ver al señor de Pontverre, que me recibió muy bien: me habló de la herejía de Ginebra, de la autoridad de la santa madre Iglesia, y me dió de comer. Yo no sabía qué contestar a argumentos que acababan de tal manera, y juzgué que los párrocos que daban tan buena comida valían, por lo menos, tanto como nuestros ministros. Seguramente sabía yo mucho más que el cura, a pesar de su nobleza; pero no podía ser tan buen teólogo como buen convidado; y su vino de Frangi, que me pareció excelente, argumentaba con tanta fuerza en favor suyo que me hubiera avergonzado de hacer callar a tan buen huésped. Cedía, pues, o al menos no le resistía de frente. Cualquiera que hubiese visto mis rodeos me hubiera creído falso, equivocadamente; lo cierto es que no era más que agradecido. La lisonja, o, mejor dicho, la condescendencia no es siempre un vicio; frecuentemente es más bien un acto virtuoso, sobre todo en la juventud. La bondad con que nos trata una persona nos atrae a ella y no cedemos para engañarla sino para no entristecerla, para no devolverle mal por bien. ¿Qué interés más que el mío propio podía mover al señor de Pontverre a darme hospitalidad y buen tratamiento y a querer convencerme? Mi joven corazón me lo decía y estaba lleno de reconocimiento y respeto hacia el buen sacerdote. Conocía mi superioridad, pero no quería agobiarlo en pago de su hospitalidad. No había en esta conducta la menor hipocresía; no tenía intención alguna de cambiar de religión, y, lejos de familiarizarme rápidamente con esta idea, me causaba tal horror que debía alejarla de mi durante mucho tiempo; sólo quería no disgustar a los que me halagaban con esta mira; quería mantener su benevolencia y dejarlos en la esperanza de lograr su objeto, apareciendo peor armado de lo que realmente estaba. Mi falta en esto se parecía a la coquetería de las mujeres honradas, que a veces, para lograr sus fines, sin permitir ni prometer nada, saben hacer esperar más de lo que se proponen conceder.

La razón, la piedad, el amor al orden, sin duda exigían que, lejos de favorecer mi locura, se me alejara de la perdición a que corría, volviéndome al seno de mi familia. Esto es lo que hubiera hecho o intentado cualquier hombre verdaderamente virtuoso; pero el señor de Pontverre estaba muy lejos de serlo, a pesar de ser un buen hombre; al contrario, era de éstos que no conocen otras virtudes que adorar los santos y rezar el rosario; una especie de misionero que no pensaba en nada mejor para el servicio de la fe que publicar folletos contra los pastores de Ginebra. Lejos de devolverme a mi casa, aprovechó mi deseo de alejarme de ella para imposibilitarme la vuelta, aun cuando yo lo hubiese deseado. Podía asegurarse que me ponía en camino de ser un granuja o de morir de miseria. Pero no reparó en ello. Él no vió más que un alma arrancada a la herejía y llevada a la Iglesia. ¿Qué le importaba que fuese yo un tunante o un hombre de bien, con tal de que fuese a misa? Pero no se crea que tal modo de pensar sea peculiar de los católicos; es propio de toda religión dogmática cuya esencia no comiste en obrar sino en creer.

"El Señor os llama -me dijo-; id a Annecy; allí encontraréis a una buena señora, muy caritativa, a quien los beneficios que el rey le dispensa, le permiten apartar a otras almas del error en que ella misma se ha visto sumida". Referíase a la señora de Warens, recién conversa, a quien los curas obligaban a compartir una pensión que le tenía asignada el rey de Cerdeña con la gentuza que iba a vender su fe. La necesidad de recurrir a una buena señora muy caritativa me humillaba. Me agradaba, sí, que me diesen lo necesario, pero no que me hiciesen limosna, y una devota no tenía para mí atractivo alguno. Mas empujado por el cura,' por el hambre que me apretaba y por el deseo de emprender un viaje y de llevar un fin determinado, resolvíme, aunque con dolor, y partí a Annecy. Podía ir en un día fácilmente; pero no me apresuraba, y tardé tres. No divisaba castillo a derecha o izquierda del camino adonde no corriese en busca de las aventuras que estaba en la seguridad de que me esperaban en ellos. No me atrevía a entrar ni llamar a sus puertas porque mi timidez era extrema; pero cantaba al pie de la ventana que mejor me parecía, extrañándome sobremanera no ver asomarse, después de haberme desgañitado, damas ni doncellas atraídas por la belleza de mi voz o la gracia de las canciones, atendido que sabía algunas admirables, aprendidas de mis camaradas, y a que las cantaba divinamente.

Llegué, en fin, y vi a la señora de Warens. Aquella época de mi vida determinó mi carácter; no puedo resolverme a pasar por ella a la ligera. Tenía yo dieciséis años. Sin ser lo que se llama un joven guapo, era, aunque de baja estatura, bien formado; tenía el pie pequeño, la pierna bien contorneada, la expresión despejada, el rostro animado, la boca chiquita, las cejas y el cabello negros, los ojos pequeños y un poco hundidos, pero que lanzaban con vigor el fuego en que yo ardía. Por desgracia, ignoraba todo esto, y en mi vida sólo se me ha ocurrido pensar en mi aspecto cuando ya no era tiempo de valerme de él. A la timidez natural de mi edad se reunía la de un carácter afectuoso, turbado siempre por el temor de disgustar. Por otra parte, aunque mi entendimiento estaba regularmente cultivado, como no conocía el mundo, carecía completamente de urbanidad, y, lejos de suplirla, mis conocimientos no hacían más que aumentar mi timidez, porque me hacían comprender cuántos me faltaban todavía por adquirir.

Temiendo, por consiguiente, que mi presentación produjera mal efecto, me previne de otra suerte escribiendo una magnífica carta en estilo oratorio, en que, colocando frases que había encontrado en los libros, con locuciones de aprendiz, desplegué toda mi elocuencia para bienquistarme con la señora de Warens. En esta carta incluí la del señor cura, y me dirigí a la temible audiencia. Era el Domingo de Ramos del año 1728. Cuando llegué a la casa me dijeron que la señora acababa de salir y que se dirigía a la iglesia. Corro en su seguimiento, la diviso, la alcanzo, le hablo... Debo recordar aquel lugar venturoso que posteriormente he regado de lágrimas y cubierto de besos muchas veces. ¡ Que no pueda rodearlo con una balaustrada de oro y atraerle el homenaje del mundo entero! Todo aquel que sea aficionado a honrar los monumentos que han salvado a los hombres no debería llegar hasta allí sin postrarse de rodillas.

Era un pasadizo que había detrás de su casa, entre un arroyo a la derecha que lo separaba del jardín y la pared del patio a la izquierda, y conducía a una puerta falsa de la iglesia de los franciscanos. Estaba ya junto a la puerta, cuando se volvió al oír mi voz. ¡Qué sorpresa la mía! Habíame figurado una beata vieja y ceñuda, pues no podía ser de otro modo la buena señora del señor de Pontverre. Pero vi un rostro lleno de gracias, bellos ojos azules llenos de dulzura, una tez deslumbradora, una garganta de contorno encantador. Nada se escapó a la rápida ojeada del joven prosélito, porque lo fuí suyo desde aquel instante, seguro de que una religión predicada por tales misioneros no podía por menos de conducir al Paraíso. Toma sonriendo la carta que, con mano trémula, le presenté; ábrela, pasa los ojos sobre la del cura y los vuelve a la mía, que lee toda, y que habría leído otra vez si un criado no le hubiera advertido que era hora de entrar. "¡ Tan joven, y errante ya por el mundo!", me dijo con un tono que me hizo estremecer. "! Es una verdadera lástima!" Luego añadió sin esperar mi respuesta: "Aguardadme en mi casa y decid que os den de almorzar, ya hablaremos cuando salgamos de misa»,

Luisa Leonor de Warens era una señorita de la Tour de Pil, antigua y noble familia de Vevey, ciudad del país de Vaud. Se habla casado muy joven con el señor de Warens, de la casa de Loys, hijo mayor del de Villardin, de Lausanne. Este matrimonio, que no tuvo sucesión, fué desgraciado. Un día la señorita de Warens, impulsada por algún pesar doméstico, aprovechó la ocasión de hallarse el rey Víctor Amadeo en Evian, y, atravesando el lago, fué a echarse a sus pies, abandonando así a su marido, su familia y país por una ligereza muy semejante a la mía, y que igualmente ha tenido ocasión de lamentar. El rey, amigo de mostrarse católico ferviente, la tomó bajo su amparo, señalándole una pensión de mil quinientas libras piamontesas, que para un príncipe tan poco pródigo era mucho, y, viendo que por esta acogida se lo juzgaba enamorado, la envió a Annecy con una escolta de guardias reales, donde, bajo la dirección de Miguel Gabriel de Bernex, obispo de Ginebra, abjuró en el convento de la Visitación.

Seis años hacía entonces que allí estaba, y tenía veintiocho, habiendo nacido con el siglo. Era una de esas bellezas que se conservan, porque consisten más en la fisonomía que en los rasgos; así, la suya mantenía por completo su esplendor primero. Tenía el ademán cariñoso y tierno, muy dulce la mirada, la sonrisa angelical, la boca como la mía, los cabellos cenicientos de rara belleza, peinados con cierto descuido que le daba una expresión graciosísima. Era baja, muy baja, y un poco llena para su estatura, aunque sin deformidad; pero no puede darse una cabeza más hermosa, más bello seno, manos más delicadas y brazos mejor contorneados.

Su educación habla sido muy variada; como yo, habla perdido su madre al venir al mundo, y, adquiriendo conocimientos sin método, según se presentaban, aprendió un poco de su aya, un poco de su padre, un poco de sus maestros y mucho de sus amantes, principalmente de un señor de Tavel, que comunicó a la que amaba parte del buen gusto y de los conocimientos que le adornaban. Pero la diversidad de géneros hizo que se dañaran entre si, y el orden incompleto que les impuso ella misma impidió que sus diferentes estudios alcanzaran el desarrollo que su capacidad permitía. Por esto, a pesar de conocer algunos principios de filosofía y de física, no pudo librarse de la afición de su padre a la medicina empírica y la alquimia; componía elixires, tinturas, bálsamos, magisterios, y pretendía poseer secretos. Los charlatanes, aprovechándose de su debilidad, la arruinaron, y, entre drogas y hornillos, consumieron su ingenio, su talento y sus gracias, que hubieran podido hacer las delicias de Ja sociedad más escogida.

Pero si algunos malvados abusaron de su mal dirigida educación para oscurecer Ja luz de su inteligencia, su corazón excelente resistió a la prueba, conservándose siempre el mismo. Su carácter afectuoso y dulce, su compasión para los desgraciados, su bondad inagotable, su buen humor, franco y expansivo, no se alteraron jamás, y en las cercanías de la ancianidad, sumida en la indigencia, abrumada de males y calamidades, la serenidad de su alma le conservó, hasta el fin de su vida, la alegría de sus más hermosos días.

Sus errores provenían de un fondo de actividad inagotable que exigía una ocupación constante. No le, convenían intrigas mujeriles, sino grandes empresas que combinar y dirigir. Había nacido para los grandes negocios. En su lugar, la señora de Longueville no hubiera pasado de ser una enredadora. Ella, en cambio, habría gobernado el Estado. Su capacidad no fué convenientemente empleada y lo que la habría hecho célebre, colocada en una posición más elevada, sirvió para perderla en la que tuvo. En lo que estaba a su alcance, siempre organizaba un plan en su interior, viendo engrandecido su objeto; y de ahí resultaba que, empleando medios más bien proporcionados a, sus miras que a sus fuerzas, fracasaba por culpa de los demás; y, una vez fracasados sus proyectos, quedaba arruinada donde otros no hubieran perdido sino muy poco. Este carácter emprendedor le proporcionó muchos males, haciéndole en cambio el gran bien de impedir que se recluyera para el resto de su vida en un convento, como tenía pensado hacerlo. La vida sencilla y monótona de las religiosas y su cháchara de locutorio no podían cautivar un carácter siempre inquieto que, trazando cada día planes nuevos, necesitaba libertad para entregarse a ellos. El buen obispo de Bernex, con menos inspiración, tenía muchos puntos de contacto con Francisco de Sales, y la señora de Warens, a quien llamaba su hija y que se parecía mucho a la señora de Chantal, hubiera podido parecérsele además en su retiro, si sus inclinaciones no la hubiesen desviado de la ociosidad del convento. Si aquella amable mujer no se dedicó a las minuciosas prácticas de devoción, que parecían convenir a una nueva convertida que vivía bajo la dirección de un prelado, no fué seguramente por falta de celo. Cualquiera que fuese el motivo que la indujo a cambiar de religión, fué sincera en la que había abrazado. Pudo haberse arrepentido de la falta cometida, pero no deseaba volver atrás; no solamente murió siendo buena católica, sino que vivió como tal, de buena fe, y yo, que creo haber leído en el fondo de su corazón, me atrevo a afirmar que si no se las echaba de devota en público era únicamente por aversión a las gazmoñerías. Poseía una piedad harto sólida para afectar devoción. Pero no es éste el momento oportuno para extenderme sobre sus principios; sobrarán ocasiones para tratar de ellos.

Expliquen, si pueden, los que niegan la existencia de las simpatías entre dos almas, cómo desde la primera entrevista, desde la primera palabra, desde la primera mirada, no sólo me inspiró la señora de Warens un vivo afecto sino también una confianza completa que jamás se ha desmentido. Supongamos que mi afección por ella fuese verdadero amor, cosa que parecerá por lo menos dudosa a cualquiera que examine nuestras relaciones, ¿cómo pudo esta pasión ir, desde el primer instante, acompañada de los sentimientos que menos le convienen: la paz del corazón, la calma, la serenidad, la confianza, la seguridad? ¿Cómo, hallando por vez primera una mujer amable, fina, seductora, una señora de rango superior al mío, que no había conocido igual, de quien en parte dependía mi suerte según el mayor o menor interés que por mí tomase; cómo, digo con todo esto me encontré desde luego tan libre, tan tranquilo cual si hubiese estado segurísimo de caerle en gracia? ¿Cómo no tuve un momento de embarazo, de timidez, de turbación? Naturalmente vergonzoso, retraído, sin conocer el mundo, ¿cómo, tratando con ella, hallé desde el primer día, desde el primer instante, las maneras fáciles, el lenguaje afectuoso, el tono familiar que tenía diez años después cuando la intimidad entre nosotros o izo natural? ¿Puede tenerse amor, no digo sin deseo, porque yo lo tuve, pero sin inquietudes, sin celos? ¿No se quiere saber a lo menos si es uno correspondido del objeto amado? Es una pregunta que en la vida se me ocurrió hacerle ni una sola vez, como preguntarme a mí mismo si yo me amaba; y ella tampoco se mostró nunca más curiosa conmigo.

Hubo, si, algo singular en mi cariño hacia aquella mujer encantadora, y en lo que sigue se hallarán extrañezas que no es fácil esperar.

Húbose de tratar de mi suerte> y, para hacerlo más despacio> me hizo quedar a comer. Por vez primera faltóme el apetito; y su doncella, que nos servía, declaró asimismo que no había visto faltarle a ningún viajero de mí edad y condición. Esta observación, que en nada me rebajaba a los ojos de su señora, caía de lleno sobre un palurdo que comía con nosotros y que devoró él solo una ración que hubiera sido decente para seis personas. En cuanto a mí, me hallaba tan extasiado que no pensaba en comer. Mi corazón se alimentaba de un sentimiento nuevo que inundaba todo mi ser y no me dejaba libertad de espíritu para ninguna otra cosa.

La señora de Warens quiso conocer los detalles de mi historia, en cuyo relato recobré todo el calor que había perdido en casa de mi amo. A medida que se interesaba en mi relación, más se lamentaba de la suerte a que iba a exponerme. Su tierna compasión se reflejaba en su semblante, en su ademán. No se atrevía a aconsejarme que volviese a mi casa; por su posición hubiera sido un crimen de leso catolicismo, y sabía muy bien cuán vigilada estaba y que todas sus palabras eran comentadas. Pero me habló de la aflicción que debió haber sufrido mi padre, en tono tan conmovedor, que bien claramente revelaba su aprobación a que fuera a consolarle. No sabía ella cómo, sin sospecharlo, abogaba en contra de sí misma. Aparte de que mi resolución, como creo haberlo dicho, era irrevocable, cuanto más elocuente, más persuasiva la encontraba, tanto más me interesaba y no podía resolverme a separarme de ella. Sabía que regresar a Ginebra era colocar entre los dos una barrera casi insuperable, a menos de volver a las andadas, y para esto más valía continuar adelante. A esto me atuve. La señora de Warens, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, no llegó hasta comprometerse; pero, mirándome compasivamente, dijo: "Pobre niño, irás a donde Dios te llama; pero cuando seas hombre, te acordarás de mí. No creo yo que imaginase cuán cruelmente se cumpliría su predicción.

Quedaba en pie la misma dificultad. ¿Cómo subsistir, tan joven, lejos de mi país? A la mitad apenas de mi aprendizaje, estaba muy lejos de poder ejercer mi profesión, y, aunque la hubiese conocido bastante, tampoco hubiera podido vivir en Saboya, país harto pobre para que en él prosperasen las artes. El patán que comía por nosotros, obligado a hacer un alto para dar descanso a sus mandíbulas, emitió un pensamiento que dijo inspirado por el cielo y que, a juzgar por sus consecuencias, debió venir del lado opuesto: consistía en que fuese yo a Turín, donde hallaría, en un hospicio establecido para la instrucción de los catecúmenos, el alimento del cuerpo y del espíritu hasta tanto que, admitido en el seno de la Iglesia, encontrase almas caritativas que me proporcionasen una colocación conveniente. "En cuanto a los gastos del viaje, prosiguió nuestro hombre, su eminencia monseñor el obispo no dejará de proveer caritativamente, si la señora le propone tan santa obra; y la señora baronesa, añadió inclinándose sobre los platos, se apresurará también a contribuir seguramente".

Todas esas caridades las encontraba yo muy duras; tenía el corazón oprimido, no decía nada, y la señora de Warens, sin acoger este proyecto con tanto calor como fué expuesto, se contentó con responder que cada cual debía contribuir al bien según sus facultades, y que hablaría a monseñor; pero aquel hombre endemoniado, que tenía algún interés en el asunto, temiendo que ella no lo tomase con empeño, corrió a prevenir a los limosneros, y embaucó tan bien a aquellos buenos clérigos, que, al ir a ver al obispo, la señora de Warens, que temía por mí aquel viaje, todo lo encontró arreglado; de suerte que recibió de él desde luego el dinero destinado para mi pequeño viático. Ella no se atrevió a insistir para que me quedase; me iba acercando a una edad en que una mujer como ella no podía retenerme cerca de sí por decoro.

Así dispuesto mi viaje por las personas que por mí se interesaban, fué necesario someterme, y lo hice sin gran repugnancia. Aunque Turín estaba más lejos de allí que Ginebra, pensé que, siendo la capital, tendría con Annecy más relaciones que una ciudad extranjera y de otra religión; además, yéndome para obedecer a la señora de Warens, me consideraba bajo su dirección, y esto era más aun que vivir a su lado. En fin, la idea de un viaje, de un gran viaje, halagaba mi espíritu ambulante que ya empezaba a declararse. Parecíame muy bello a mi edad atravesar los montes y elevarme sobre mis camaradas desde tod4 la altura de los Alpes. Visitar un país es un incentivo a que no hay ginebrino capaz de resistir; di, por tanto, mi consentimiento. Nuestro palurdo debía marchar con su mujer a los dos días y les fuí recomendado: les entregaron mi peculio aumentado por la señora de Warens; además, ésta me dió en secreto alguna cantidad que acompañó con amplias instrucciones, y partimos el Miércoles Santo.

Al día siguiente de mi salida de Annecy, llegó allí mi padre siguiéndome los pasos con su amigo Rival, relojero también, hombre de ingenio y de singular talento, que componía mejores versos que La Motte y hablaba casi tan bien como éste; además, era hombre perfectamente honrado, pero cuya abandonada literatura no sirvió más que para hacer comediante a un hijo suyo.

Estos señores vieron a la señora de Warens y lloraron con ella mi suerte, en vez de seguir y alcanzarme, como hubieran fácilmente logrado, ya que ellos iban a caballo y yo a pie. Lo mismo ocurrió con mi tío Bernard. Fué a Confignon, desde donde volvió a Ginebra, sabiendo que yo había salido para Annecy. Parecía que mis parientes conspiraban con mi estrella para entregarme al destino que me esperaba. Mi hermano se perdió por una negligencia parecida y tan de veras, que nunca se supo lo que fué de él.

Era mi padre un hombre, no solamente de honor, sino de una probidad completa. Tenía una de esas almas fuertes que producen las grandes virtudes y. además, era un buen padre. sobre todo para mí. Me amaba tiernamente, pero amaba también sus placeres, y, desde que viví alejado de él, otros afectos entibiaron el afecto paternal. Se había casado en Nyon por segunda vez. Su mujer no estaba en edad de darle hijos, pero tenía padres, y de aquí resultó una nueva familia, nuevos objetas y una nueva casa que le impedía recordarme con tanta frecuencia. Mi padre envejecía y no podía contar con nada en su ancianidad; mi hermano y yo teníamos alguna cosa que nos había dejado mi madre, y, ausentes nosotros, para él quedaba nuestra renta. No es que le ocurriese esta idea y le impidiese cumplir con su deber; pero le movía ocultamente, sin que él mismo se percatase, y enfriaba algunas veces su celo, que sin esto hubiera sido más vivo. He aquí, según creo, por qué, siguiendo mis pasos hasta Annecy, no continuó hasta Chambéry, donde estaba moralmente seguro de alcanzarme. He aquí también por qué, habiendo ido a verle con frecuencia, después de mi huida, me prodigó siempre caricias paternales, pero sin hacer grandes esfuerzos para retenerme.

Semejante conducta de mi padre, cuya virtud y cariño he conocido tan bien, me han sugerido, acerca de mí mismo, reflexiones que han contribuido no poco a mantenerme sano el corazón. He sacado de esto una gran máxima moral, quizá la única que puede adaptarse a la práctica: evitar las ocasiones que colocan nuestros deberes en oposición con nuestros intereses y que ponen nuestra conveniencia en el daño ajeno, seguro de que en tales situaciones, por muy sincero que sea nuestro afecto, tarde o temprano sucumbimos sin sentirlo, haciéndonos injustos y malvados de hecho sin haber dejado de ser justos y buenos en los sentimientos.

Impresa profundamente esta máxima en mí alma y, aunque un poco tarde, puesta en práctica en la conducta, es una de las que me han hecho aparecer en público, y, sobre todo, al os ojos de mis conocidos, como extravagante y loco. Me han imputado querer ser original y obrar de modo distinto de los demás, cuando, en verdad, no pensaba en hacer lo que los otros, ni tampoco lo contrario. Deseaba sinceramente hacer lo que estuviese bien. Con todas mis fuerzas huía de cualquier situación en que mi interés estuviese en oposición con el de otra persona, y, por consecuencia, pudiese sentir un deseo secreto, aunque involuntario, del mal de esta persona.

Hace dos años que milord Marechal quiso favorecerme en su testamento, a lo que me opuse con todas mis fuerzas. Hícele observar que por nada del mundo quisiera saber que estaba incluido en el testamento de quien quiera que fuese, y mucho menos en el suyo, y cedió a mis instancias. Ahora quiere señalarme una pensión vitalicia, a lo que no me opongo. Se dirá que me conviene el cambio: puede ser; pero, ¡oh, bienhechor y padre mío!, si tengo la desgracia de sobreviviros, sé que al perderos lo pierdo todo y nada podré ganar.

Ésta es, a mi entender, la buena filosofía, la única verdaderamente conforme con el corazón humano. Cada día me convenzo más de su solidez, y la he desarrollado de mil modos en todos mis últimos escritos; pero el público, que es frívolo, no ha sabido reconocerla. Si sobrevivo al fin de este trabajo lo bastante para emprender otro, me propongo ofrecer en la continuación del Emilio un ejemplo tan notable y bello de esta misma máxima, que el lector se ve obligado a fijar su atención en ella. Mas para un viajero ya son muchas reflexiones y es tiempo de continuar nuestro camino.

Lo encontré más agradable de lo que podía esperar, y el patán no fué tan áspero como parecía. Era un hombre de mediana edad que llevaba en forma de coleta sus cabellos negros medio encanecidos; tenía aspecto de granadero y voz recia; era bastante divertido, buen andador, mejor comedor, y desempeñaba todos los oficios por no conocer ninguno. Se había propuesto establecer no sé qué industria en Annecy, plan en que la señora de Warens no dejó de trabajar, y hacía aquel viaje a Turín, bien pagado, para procurar que el ministro lo aprobara. Tenía nuestro hombre talento de intrigante, colándose siempre entre los curas, y haciéndose el solícito en servirles; aprendió en su escuela una jerga devota que usaba constantemente, preciándose de gran predicador. Hasta sabía en latín algún pasaje de la Biblia, y le valía tanto como si hubiese sabido mil, porque lo repetía mil veces cada día. Por lo demás, raras veces carecía de dinero, mientras supiese quien lo tenía. Era, sin embargo, más que pícaro, ladino, y endilgando siempre sus ramplones discursos con tono de reclutador, parecía Pedro el Ermitaño predicando la Cruzada con el sable al cinto.

En cuanto a la señora Sabran, su esposa, era una mujer bastante regular, más quieta de día que de noche. Como yo dormía siempre en su cuarto, frecuentemente me despertaban sus ruidosos insomnios, que más me habrían despertado al haber comprendido su causa. Pero ni siquiera la sospechaba, siendo tan ignorante sobre este capítulo, que mi instrucción quedó sólo al cuidado de la naturaleza.

Caminé alegremente con mi devoto gula y su bulliciosa compañera. Ningún accidente perturbó el viaje; yo me hallaba en la mejor disposición física y moral que haya experimentado en mi vida. Joven, vigoroso, tranquilo, lleno de salud y de confianza en mi mismo y en los demás, me hallaba en este breve, pero precioso período de la vida, en que su plenitud expansiva extiende nuestro ser por todas nuestras sensaciones y embellece a nuestros ojos la Naturaleza entera con el encanto de nuestra existencia. Mi tierna zozobra tenía un objeto que la hacía menos errante y fijaba mi imaginación. Me consideraba como la obra, el discípulo, el amigo, casi el amante de la señora de Warens. Las cosas amables que me había dicho, sus caricias, sus atenciones, el interés tan tierno que pareció tomar por mí, sus hechiceras miradas, que me parecían llenas de amor, porque a mí me lo inspiraban, todo esto alimentaba mi mente durante el camino y me hacia soñar deliciosamente. Ningún temor ni duda de mi destino turbaban estos delirios. Enviarme a Turín era, a mi entender, obligarse a sostenerme allí, a colocarme convenientemente. No tenía cuidado por mí, otros se encargaban de ello. Así andaba yo ligero y libre de este peso; los deseos juveniles, la esperanza encantadora, los proyectos brillantes llenaban mi espíritu. Cuantos objetos veía me parecían fiadores de mi próxima felicidad. Imaginaba festines rústicos en las casas, en los prados bulliciosos juegos, paseos, baños, pescas en las riberas, sabrosa fruta en los árboles, voluptuosas entrevistas a su sombra, jarros de leche y de nata en las montañas, una agradable holganza, la paz, la sencillez, el placer de ir sin saber a dónde. En fin, cuanto se ofrecía a mis ojos llevaba a mi corazón algún motivo de gozo. La grandeza, la variedad, la belleza real del espectáculo que presenciaban lo hacían digno de la razón, la misma vanidad mezclaba en ello su partecita. Ir a Italia tan joven, haber visto ya tanto terreno, seguir a Aníbal atravesando montes, me perecía una gloria que estaba por encima de mi edad. Añádase a todo esto frecuentes y largas detenciones, mi buen apetito y tener con qué satisfacerlo, aunque a la verdad no valía la pena de hablar de ello, pues, comparado con el señor Sabran, lo que yo comía parecía nada.

No recuerdo haber tenido en todo el curso de mi vida un intervalo más perfectamente exento de cuidados y penas que el de los siete u ocho días que echamos en aquel viaje, porque el paso de la mujer de Sabran, al cual teníamos que adaptar el nuestro, lo convirtió en un paseo. Este recuerdo me ha dejado una afición viva a todo lo que con él se relaciona, sobre todo por las montañas y los viajes pedestres. No he viajado a pie más que en mis días hermosos y siempre agradablemente. Pronto los deberes, los negocios, tener que llevar un equipaje, me obligaron a echármelas de caballero y tomar un coche, donde subían conmigo el roedor desasosiego, el engorro y la molestia, y desde entonces, en lugar del placer de andar que antes sentía en mis viajes, sólo he sentido el anhelo de llegar pronto. Durante mucho tiempo he buscado en París dos amigos de igual gusto que el mío que quisiesen consagrar cada uno cincuenta luises y un año a un viaje por Italia hecho así, juntos, sin más equipaje que un saco de noche llevado por un muchacho que viniese con nosotros. Muchos se manifestaron prendados de este proyecto, pero en el fondo lo consideraban como un castillo en el aire, cosa que se proyecta en la conversación, pero que nadie tiene el designio de llevar a cabo. Recuerdo que, hablando apasionadamente de este proyecto con Diderot y Grimm, logré que desearan hacerlo. Esta vez ya creí la cosa resuelta; pero todo se redujo a querer hacer un viaje por escrito, en el cual Grimm nada hallaba tan gracioso como hacer cometer muchas impiedades a Diderot y hacerme meter a mi en la Inquisición en lugar suyo.

El disgusto que me causó llegar tan pronto a Turín fué templado por el placer de visitar una gran ciudad y la esperanza de desempeñar en ella un papel digno de mí, porque ya los humos de la ambición se me subían a la cabeza; ya me juzgaba infinitamente por encima de mi antigua posición de aprendiz; ¡cuán lejos estaba de prever que dentro de poco iba a estar muy por debajo!

Antes de continuar debo dar al lector una excusa o, mejor dicho, justificar todos los pequeños detalles que acabo de enumerar y los que todavía relataré en adelante, y que a él poco le interesan. En la empresa a que me he lanzado de mostrarme enteramente al público, es preciso que no quede oscuro u oculto nada mío; es necesario que me ofrezca constantemente a sus ojos, que me siga en todas las vicisitudes de mi corazón, en todos los rincones de mi vida; que ni un solo instante me pierda de vista, temeroso de que, hallando en mi relato la menor laguna, el menor vacío, y preguntándose: ¿qué hizo en este tiempo?, Me acuse de no haber querido decirlo todo. Ya doy bastante materia de crítica a la malignidad de los hombres con lo que refiero, para darle más aun con mi silencio.

Había desaparecido mi reducido peculio; charlé demasiado y mis guías no echaron la indiscreción en saco roto. La señora de Sabran encontró medio de arrancarme hasta una cinta guarnecida de plata que la señora de Warens me había dado para la espada; esta pérdida me dolía más que todo lo demás, y la misma espada hubiera quedado en sus garras si me hubiese resistido menos. Habían pagado fielmente mis gastos durante el camino, pero no me dejaron nada, y llegué a Turín sin vestidos, sin dinero, sin ropa blanca, quedándome enteramente el honor de la fortuna que iba a hacer por cuenta de mi solo mérito.

Llevaba algunas cartas, que presenté, y enseguida fui conducido al hospicio de catecúmenos para instruirme en la religión, a precio de la cual me vendían la subsistencia. Vi al entrar una gruesa puerta con barras de hierro que se cerró tras de mí, y alguien echó doble vuelta a la llave. Este principio me pareció más imponente que agradable y comenzaba a darme que pensar, cuando me hicieron entrar en una sala bastante grande, donde no había más muebles que un altar de madera y encima un gran crucifijo en el fondo de la sala; alrededor, cuatro o cinco sillas que parecían haber sido barnizadas, pero que estaban lustrosas a fuerza de servir y ser frotadas. Se hallaban en aquella sala de juntas cuatro o cinco horribles bandidos, mis compañeros de instrucción, que más parecían ministros del diablo que aspirantes a ser hijos de Dios. Dos de aquellos ruines perillanes eran esclavones, que se decían judíos o moros, y, como ellos mismos me lo confesaron, vivían recorriendo España e Italia, abrazando el cristianismo y haciéndose bautizar donde quiera que hallaban con ello un producto que valiese la pena. Abrióse otra puerta de hierro que dividía en dos un gran balcón que daba al patio, y entraron por ella nuestras hermanas las catecúmenas, que venían, como yo, a regenerarse, no por medio del bautismo, sino por una abjuración solemne. Eran, sin duda, las más grandes prostitutas y las más repugnantes aventureras que han apestado jamás el aprisco del Señor. Sólo una me pareció bonita y algo interesante. Tenía poco más o menos mi edad, quizá uno o dos años más, y unos ojos ladinos que a veces se encontraban con los míos, lo que me inspiró el deseo de trabar conversación con ella; mas, durante los dos meses que todavía permaneció en aquella casa, donde estaba hacia ya otros tres, me fué absolutamente imposible acercarme a ella a causa de lo recomendada que estaba a nuestra vieja carcelera y lo asediada que la tenía el santo misionero, que trabajaba en convertirla con más celo que diligencia. Preciso es que fuese excesivamente estúpida, aunque no lo parecía, porque jamás se ha visto instrucción más larga. El santo hombre nunca la encontraba en estado de abjurar; pero ella se cansó de la clausura y declaró que se quería marchar, cristiana o no. Fué preciso cogerla por la palabra mientras aun consentía en serlo, por temor de que se rebelara y no quisiese.

En honor del recién venido se juntó toda la pequeña comunidad, y nos hicieron una corta exhortación: a mí para excitarme a corresponder a la gracia que Dios me hacía; a los otros para que me recomendasen en sus preces y me edificasen con su ejemplo. Después de esto, nuestras vírgenes entraron de nuevo en su clausura, y me quedó tiempo para sorprenderme a mi sabor de aquella en que yo estaba metido.

Al siguiente día por la mañana nos reunieron de nuevo para la conferencia, y entonces fué cuando empecé a reflexionar por primera vez en el paso que iba a dar y en las circunstancias que me habían arrastrado a ello.

He dicho ya, y repetiré quizá otras veces, algo de que cada día estoy más convencido: que si alguna vez se dió a un niño una educación razonable y sana, fué precisamente a mi. Hijo de una familia que se distinguía del pueblo por sus costumbres, no había recibido de todos mis parientes más que lecciones de buena conducta y ejemplos de honradez. Aunque amigo de diversiones, no sólo era mi padre un hombre de probidad intachable, sino también religioso. Galanteador en sociedad, cristiano en el seno de la familia, desde muy temprano me había inspirado los sentimientos de que estaba poseído. De mis tres tías, prudentes todas y virtuosas, las dos mayores eran devotas, y la tercera, joven llena de gracia, de viveza y talento a la vez, lo era quizá más que ellas, aunque con menos ostentación. Del seno de tan apreciable familia pasé a manos del señor Lambercier, quien, aunque hombre de iglesia y predicador, era creyente de puertas adentro y hacía casi tanto bien como decía. Él y su hermana cultivaron con una enseñanza juiciosa y agradable los principios de piedad que en mi corazón hallaron. Aquellas dignas personas emplearon con tal objeto medios tan verdaderos, tan discretos, tan razonables, que, lejos de aburrirme en el sermón, nunca salía sin estar interiormente conmovido y sin hacer propósito de bien vivir, a que faltaba raras veces. En casa de mi tía Bernard, la devoción me fastidiaba un poco más, porque hacía de ella una ocupación. En la de mi amo apenas me acordé de religión, sin pensar por esto de diferente modo, ni hallé compañeros que me pervirtieran; así es que me volví tunante, pero no disoluto.

Tenía, pues, toda la religión que puede tener un niño a la edad en que me encontraba, y aun más, pues, ¿a qué ocultar aquí mi pensamiento? Mi infancia no fué la de un niño; yo sentía y pensaba siempre como un hombre. Sólo he pertenecido a la clase vulgar a medida que me desarrollé y crecí, pues por mi nacimiento estaba fuera de ella. Cualquiera se reirá al ver que me doy modestamente por un prodigio. Enhorabuena; pero, cuando se haya reído bastante, que encuentre un niño que a la edad de seis años se aficione a las novelas, que tome interés en la lectura hasta el punto de llorar con ella a lágrima viva; entonces hallaré mi vanidad ridícula y convendré en que no tengo razón.

Así es que, al decir que de ningún modo convenía hablar de religión a los niños, si se quería que la tuviesen algún día, y que eran incapaces de conocer a Dios, aun a nuestra manera, he sacado esta convicción de mis observaciones, no de mi experiencia propia, porque sabía que no me podía servir de argumento para los demás. Encontrad otros Juan Jacobo Rousseau de seis años, y habladles de Dios a los siete; yo respondo de que no correréis peligro alguno.

Créese generalmente que el tener religión un niño, y basta un hombre, consiste en seguir aquella en que ha nacido. Con el tiempo, a veces el fervor disminuye; otras, más raras, se robustece; la fe dogmática es un producto de la educación. Además de este principio común que me ataba al culto de mis padres, tenía al catolicismo la aversión peculiar a nuestra ciudad, donde lo consideraban como una horrible idolatría y nos pintaban al clero con los más negros colores. Este sentimiento era en mí tan dominante, que al principio no podía entrever el interior de una iglesia, encontrar a un sacerdote con sobrepelliz, ni oír la campanilla de una procesión, sin estremecerme de terror y miedo, que se disipó pronto en las ciudades, pero que se ha reproducido frecuentemente en las parroquias del campo, más semejantes al lugar donde lo había adquirido. Verdad es que esta repulsión era singularmente contrastada por el recuerdo de los halagos que prodigan de buen grado a los niños de Ginebra los párrocos de las cercanías. Mientras que la campanilla del Viático me hacía temblar, la campana que anunciaba la misa o las vísperas me recordaban un almuerzo, una merienda, manteca fresca, frutas o algún manjar aderezado con leche. La buena comida del señor de Pontverre había producido también su buen efecto. Así es que me había ilusionado agradablemente con todo esto. No considerando al papismo más que en su relación con las diversiones y las golosinas, me había familiarizado sin trabajo con la idea de vivir en su seno; pero no se me había ocurrido la de ingresar en él solemnemente sino en mi escapatoria y en un porvenir lejano. A la sazón, ya no había que engañarme y vi con el horror más vivo la suerte de compromiso que había contraído y su inevitable consecuencia. Los futuros neófitos que me rodeaban no eran muy a propósito para darme valor con su ejemplo, y no pude ocultar a mis ojos que la santa obra que iba a hacer no era más que un acto de bandido. Aunque muy joven, no dejaba de advertir que, sea cual fuere la religión verdadera, iba a vender la mía, y que, aun cuando escogiese bien, mentiría en el fondo de mi alma al Espíritu Santo y merecerla el desprecio de la humanidad. Cuanto más pensaba en ello más me indignaba contra mí mismo y me lamentaba de la suerte que me había conducido allí como si no hubiese sido cosa mía. Hubo momentos en que estas reflexiones fueron tan vivas que de haber encontrado la puerta de par en par me habría escapado: pero no me fué posible ni tampoco tenía una resolución muy enérgica.

Muchos deseos secretos la combatían para no vencerla. Desde luego, la persistencia en mi designio de no volver a Ginebra, la vergüenza, la dificultad de atravesar de nuevo las montañas, el embarazo de yerme lejos de mi país sin amigos y recursos, todo ello concurría a presentarme los remordimientos de mi conciencia como arrepentimiento tardío; afectaba reprocharme lo que había hecho para disculpar lo que iba a hacer. Agravando los errores pasados, miraba al porvenir como una consecuencia necesaria. No me decía: "Todavía no hay nada hecho; si quieres, puedes ser inocente"; sino: "Llora el crimen que has cometido y que tú mismo te has puesto en la necesidad de consumar

En efecto, ¿cuán rara fortaleza de espíritu no era necesaria a mi edad para revocar todo cuanto hasta entonces había podido prometer o dejar esperar, para romper las cadenas que me había puesto, para declarar intrépidamente que deseaba continuar en la religión de mis padres, arrostrando cuanto pudiera acontecer? Semejante fuerza no era propia de mis años, y es muy probable que no hubiera tenido feliz éxito. Se había ido demasiado lejos para que quisiesen sufrir un desaire, y, cuanto mayor hubiese sido mi resistencia, tanto más se hubieran empeñado de un modo u otro en sobrepujarla.

El sofisma que me perdió es el mismo de la generalidad de los hombres que se lamentan de carecer de energía cuando ya no es tiempo de necesitarla. Si la virtud nos cuesta trabajo, es por culpa nuestra, y si quisiésemos ser siempre buenos, rara vez tendríamos necesidad de ser juiciosos; pero nos dejamos llevar por inclinaciones fácilmente combatibles, cedemos a pequeñas tentaciones cuyo peligro despreciamos, e insensiblemente llegamos a encontrarnos en situaciones peligrosas que hubiéramos podido evitar muy fácilmente y de que luego no podemos escapar sino por medio de heroicos esfuerzos que nos espantan. Y caemos, al fin, en el precipicio clamando a Dios: "¿Por qué me hiciste tan débil?" Pero, a pesar nuestro, responde su voz en nuestras conciencias: "Te he hecho harto débil para salir del abismo, porque te he hecho bastante fuerte para no caer en él".

No tomé precisamente el partido de hacerme católico, sino que, viendo la ocasión aun lejana, me tomé tiempo para acostumbrarme a esta idea, figurándome que mientras tanto ocurriría algún imprevisto acontecimiento que me sacaría de apuros. Para ganar tiempo, me propuse defenderme lo mejor que pudiera, y a poco mi vanidad me dispensó de tener presente mi propósito, pues, tan luego como noté que a veces ponía en apuros a los que me querían enseñar, no necesité más para procurar confundirlos completamente. Hasta desplegué en la empresa un empeño ridículo, porque, mientras trataban de convencerme, yo quería hacer lo mismo con ellos. Creía de buena fe que bastaba convencerlos para persuadirlos de que se hicieran protestantes.

Por consiguiente, no hallaron en mí tanta facilidad como esperaban, ya respecto a los conocimientos, ya respecto a la voluntad. Generalmente, los protestantes son más instruidos que los católicos. Es muy natural: la doctrina de los primeros exige discusión; la de los segundos, sumisión. El católico debe aceptar la decisión que le dan; el protestante debe conocer para decidirse. Esto lo sabían muy bien: pero no esperaban, por mi posición y mi edad, dificultad grande para gente ejercitada. Además, yo no había hecho todavía la primera comunión, ni recibido la enseñanza que con ella se relaciona, y esto lo sabían también; pero ignoraban que habla sido, en cambio, muy bien enseñado en casa del señor Lambercier y que poseía por mi padre un pequeño caudal, que les era muy molesto, sacado de la historia de la Iglesia y del Imperio, que habla aprendido casi de memoria en casa de mi padre y poco menos que olvidado después, pero que nuevamente recordaba a medida que la discusión se acaloraba.

Nos hizo la primera conferencia en común un anciano sacerdote, pequeño de cuerpo, pero bastante venerable. Para mis compañeros fué, más que controversia, catecismo, y más bien habla que enseñarles que no resolver sus objeciones. No sucedió otro tanto conmigo. Cuando me tocó el turno, le detenía a cada paso, sin perdonarle ninguna de las dificultades que podía oponerle, lo que hacia la sesión larga y enojosa para los asistentes. El viejo hablaba por los codos, se acaloraba, desatinaba y salía de apuros diciendo que no comprendía bien el francés.

Al día siguiente me pusieron aparte, temerosos de que mis indiscretas objeciones escandalizasen a los demás, en otra sala y con otro sacerdote, más joven, que hablaba bien, es decir, que se expresaba en cláusulas extensas, doctor satisfecho de sí mismo, silos hay. Sin embargo, no me dejé subyugar, pese a su imponente gesto, y, conociendo que desempeñaba mi papel, empecé a responderle con bastante aplomo y atacarle por uno y otro lado lo mejor que podía. Se figuró aplastarme con San Agustín, San Gregorio y los otros Padres, y halló con increíble espanto que yo manejaba todos aquellos autores casi tan diestramente como él, y no es que los hubiese leído nunca, ni quizá él tampoco, pero recordaba muchos pasajes que habla leído en mi Le Sueur, y así que aducía una cita, sin ponerla en duda, le replicaba con otra contraria del mismo Padre, que muchas veces le desconcertaba. Al fin, ganó la partida por dos razones: porque era el más fuerte, y yo, conociendo que me hallaba en sus manos, juzgué muy bien, a pesar de mi juventud, que no convenía apurarle, porque sabía que el sacerdote viejo no había visto con agrado mi erudición ni mi persona; la otra razón fué que el joven tenía estudios y yo no. De esto resultaba que no podía seguirle en el método de argumentación que empleaba, y, al verse estrechado por una objeción imprevista, la aplazaba para el día siguiente, diciendo que yo me salía del asunto. A veces rechazaba mis citas, sosteniendo que eran falsas, y, ofreciéndome traer el libro, me desafiaba a que las encontrara. Muy bien sabía que con esto no corría gran riesgo, pues con toda mi prestada erudición tenía muy poca costumbre de manejar los libros, y no conocía bastante el latín para encontrar un pasaje en un gran volumen, aun teniendo la seguridad de que en él se hallaba. Sospecho que hasta echó mano de la infidelidad de que acusaba a los ministros, y. de haber inventado algunos pasajes para librarse de objeciones que le confundían.

Mientras duraban éstas, y pasaban los días disputando, refunfuñando oraciones y haciendo el holgazán, me sucedió una aventurilla bastante desagradable y que estuvo a punto de traerme mal resultado.

No hay alma tan vil ni corazón tan bárbaro que no sea capaz de alguna especie de afecto. Uno de aquellos bandidos que pasaban por moros, me cobró gran cariño, y se me acercaba placentero, me hablaba en su jerga, era servicial conmigo, en la mesa me daba a veces parte de su porción y, sobre todo, me besaba muy a menudo con un calor que me era muy molesto. Por mucho que me repugnase aquella cara de pan de especia adornada con una cicatriz enorme, y aquella mirada encendida, que más parecía de furor que de ternura, soportaba sus caricias, diciéndome: Este pobre hombre siente por mi una amistad muy viva; yo haría mal en rechazarle. Gradualmente iba creciendo la viveza de sus demostraciones, y a veces me venía con unas conversaciones tan extrañas, que pensé que perdía la cabeza. Una noche quiso venir a dormir en mi cama, a lo que yo me opuse diciéndole que era muy pequeña; entonces se empeñó en que habla de ir yo a la suya; rehusélo también, porque aquel miserable era tan sucio y olía tan fuertemente a tabaco mascado, que me daba náuseas.

Al día siguiente estábamos los dos sentados muy de mañana en la sala de juntas, y empezó a renovar sus caricias, pero con movimientos tan violentos que daba miedo. En fin, quiso pasar gradualmente a las más extravagantes confianzas y forzar mi mano a hacer lo mismo. Yo me desprendí bruscamente lanzando un grito y, dando un paso hacia atrás y sin revelar indignación ni coraje, pues no tenía la menor idea de lo que se trataba, di a entender con tanta energía mi sorpresa y disgusto, que me dejó en paz; pero, mientras daba fin a sus movimientos, vi dispararse hacia la chimenea y caer en tierra no sé qué de glutinoso y blancuzco que me dió náuseas. Me lancé al balcón, más agitado, más perturbado, más horrorizado de lo que había estado en toda mi vida, y a punto de caer enfermo.

No podía comprender qué tenía aquel infeliz, me lo figuré víctima de un ataque de epilepsia o de cualquier otro frenesí aun más terrible, y, en efecto, para una persona que esté en su sano juicio no creo que haya espectáculo más asqueroso que ese obsceno y sucio entretenimiento y ese rostro inflamado por la más brutal concupiscencia. Nunca he visto otro hombre en semejante estado; mas si estamos así con las mujeres, es preciso que se hallen muy fascinadas para que no les causemos horror.

El deseo de contar a todo el mundo lo que había pasado me apremiaba. Nuestra vieja intendenta me dijo que me callase, pero yo vi que mi relato la habla trastornado mucho y le oía murmurar entre dientes: ¡Can maledet!, ¡brutta bestia! Como yo no comprendía por qué había de callarme, seguí divulgando el hecho a pesar de la prohibición, e hice tantos aspavientos, que a la mañana siguiente uno de los administradores vino a darme una reprimenda bastante viva, acusándome de comprometer el honor de una casa santa y meter mucho ruido por poco daño.

Prolongó su reprensión explicándome muchas cosas que yo ignoraba, pero que no creía él enseñarme, juzgando que me había defendido sabiendo lo que querían de mí. Me dijo, muy grave, que era un acto reprobado como la fornicación, pero que, por lo demás, la intención no podía ofender a la persona que lo inspiraba, y que no había que irritarse porque a uno lo encontrasen amable. Luego añadió sin rodeos que él había tenido el mismo honor en su juventud, y que habiendo sido cogido en ocasión en que no podía oponer resistencia, no había encontrado en ello nada de cruel. Llevó su impudencia hasta valerse de las voces propias, y, creyendo que la causa de mi resistencia era miedo al dolor, me aseguró que era un temor vano y que no había que alarmarse.

Escuchaba yo a aquel miserable con tanta mayor sorpresa cuanto que no hablaba para sí, pareciendo que me instruía para bien mío. Su discurso le parecía tan natural, que ni siquiera procuró que estuviésemos solos, y teníamos allí un eclesiástico que no se sorprendía más que el otro. Esta naturalidad me produjo tal efecto que acabé por creer que era aquello, sin duda, una costumbre admitida en el mundo, que no había tenido ocasión de conocer hasta entonces. Esto hizo que lo escuchara sin enojo, aunque no sin disgusto. La idea de lo que me había sucedido, y sobre todo lo que había visto, quedó tan profundamente impresa en mi memoria que todavía me daban náuseas de sólo pensar en ello. Sin que yo mismo lo notara, la aversión que me inspiraba el hecho se extendió a su apologista y no pude contenerme lo bastante para que no viera el mal efecto de sus lecciones. Lanzóme una mirada muy poco cariñosa, y desde entonces no perdonó nada para hacerme desagradable mi estadía en el hospicio, y logró tan bien su objeto que, no viendo más que un solo medio de salir de allí, me apresuré a admitirlo, así como hasta entonces me había esforzado en alejarlo.

Esta aventura me libró en el futuro de los homosexuales, y la vista de los que pasaban por serlo me causaba tal horror, recordándome el horrible moro, que me costaba mucho trabajo disimularlo. Por el contrario, con esta comparación ganaron mucho en mi ánimo las mujeres: parecía deberles en ternura y deferencia la reparación de las ofensas de mi sexo, y la más fea tarasca me parecía un objeto adorable al recordar aquel falso africano.

En cuanto a éste, ignoro lo que le dirían, pero me pareció que, exceptuando la señora Lorenza, nadie le vió con peores ojos que antes. Sin embargo, no se me acercó ni me habló más. Ocho días después fué bautizado con toda solemnidad, vestido de blanco de pies a cabeza para representar el candor de su alma regenerada. Al siguiente día salió del hospicio y nunca más lo he vuelto a ver.

A mí me tocó el turno un mes más tarde, porque todo este tiempo fué necesario para dar a mis directores el honor de una conversión difícil y me hicieron examinar todos los dogmas para triunfar de mi nueva docilidad.

En fin, suficientemente instruido y preparado a gusto de mis maestros, fui conducido en procesión a la iglesia metropolitana de San Juan, para abjurar allí solemnemente y recibir los accesorios del bautismo, aunque en realidad no volvieron a bautizarme: mas como la ceremonia es poco menos la misma, sirve para hacer creer al pueblo que los protestantes no son cristianos.

Iba yo envuelto en un ropaje gris guarnecido con alamares blancos, destinado para tales ocasiones. Dos hombres, uno delante y otro detrás de mí, recogían en una bandeja de cobre, que golpeaban con una llave, las limosnas que cada cual depositaba según su piedad o el interés que el recién convertido le inspiraba. Nada, en fin, del fausto católico fué omitido a fin de hacer la ceremonia más edificante para el público y más humillante para mí. Sólo me habría sido útil el vestido blanco; y no me lo dieron, como se lo habían dado al moro, en atención a que yo no tenía el honor de ser judío.

No paró aquí todo. Fué preciso ir a la Inquisición para que me absolvieran del crimen de herejía y entrar en el seno de la Iglesia con la misma ceremonia a que se vió sometido Enrique IV por su embajador. El semblante y ademán del muy reverendo padre inquisidor no eran lo más a propósito para disipar el secreto horror que me había inspirado aquel lugar a mi entrada. Después de varias preguntas sobre mis creencias, mi estado, mi familia, me preguntó bruscamente sí mi madre estaba condenada. El espanto contuvo el primer movimiento de mi indignación y me contenté con responder que yo deseaba que no lo estuviese y que Dios pudo haberla inspirado en sus últimos momentos. Callóse el fraile, pero hizo una mueca que no me pareció de ningún modo un signo de aprobación.

Hecho todo esto, y cuando creía que iban a colocarme al fin según mis esperanzas, me plantaron en la calle con poco más de veinte francos que había producido la cuestación recogida para mí. Encomendáronme que viviese como buen cristiano, que fuera fiel a la gracia, me desearon buena fortuna, cerraron la puerta tras de mí, y todo se acabó.

Así, en un instante, se desvanecieron mis grandes esperanzas, y de mi comportamiento interesado no me quedó más que el recuerdo de haber sido apóstata y engañado a la vez. Fácil es comprender la brusca revolución que tuvo lugar en mis ideas cuando, desde la más brillante fortuna, me vi caer en la miseria más completa, y que habiendo por la mañana deliberado acerca del palacio que habitaría, me veía por la noche reducido a dormir en la calle. Creerá tal vez el lector que empecé por abandonarme a una desesperación tanto más cruel cuanto debía exaltarse el remordimiento de mis faltas, reprochándome que toda mi desdicha era obra mía. Nada de esto. Acababa de yerme encerrado por vez primera en mi vida durante más de dos meses. Así, pues, el primer sentimiento que experimenté fué el de la libertad que había recobrado. Después de larga esclavitud me veía dueño de mí mismo y de mis acciones, en medio de una gran ciudad donde abundaban los recursos, llena de personas de posición, donde mis talentos y méritos no podían menos de proporcionarme buena acogida tan luego como fueran conocidos. Tenía además tiempo para esperar y veinte francos en el bolsillo que me parecían un tesoro inagotable de que podía disponer a mi antojo sin que nadie pudiera pedirme cuentas. Era la vez primera que me veía tan rico. Lejos de abandonarme a la desesperación y a las lágrimas, no hice más que cambiar de esperanzas, y nada perdió en ello el amor propio. Jamás me había sentido con tanta confianza y seguridad; creía ya hecha mi fortuna, encontraba bellísimo no quedar por ello obligado a nadie más que a mí mismo.

La primera cosa que hice fué satisfacer mi curiosidad, y recorrí la población, aunque no fuese más que para hacer uso de mi libertad. Fui a ver montar la guardia, pues los aprestos militares me agradaban mucho. Seguí las procesiones; era aficionado al canto de los sacerdotes. Fuí luego a ver el palacio del rey; acerquéme temeroso, pero viendo que otros entraban hice lo mismo, y me dejaron libre entrada, lo que debí tal vez al paquete que llevaba debajo del brazo; mas, sea como fuere, concebí una opinión ventajosa de mí mismo: hallándome dentro de aquel palacio, ya me consideraba casi como su habitante. En fin, a fuerza de ir y venir, me hallé fatigado, tenía apetito y hacía calor; entré en una lechería. Diéronme giunca y requesones, con excelente pan de Piamonte, que prefiero a cualquier otro, y por cinco o seis sueldos tuve una de las mejores comidas de mi vida.

Fué preciso buscar donde albergarme, y, como ya conocía bastante el piamontés para darme a entender, no me fué difícil encontrarlo, y tuve la prudencia de escogerlo más conforme a mi bolsillo que a mi gusto. Me indicaron en la calle del Po la mujer de un soldado, en cuya casa dormían por un sueldo diario los criados que no tenían colocación. Allí había un lecho desocupado y quedó para mí. La mujer era joven y recién casada, aunque tenía ya cinco o seis hijos, y todos dormíamos en el mismo cuarto: la madre, los hijos y los huéspedes, siguiendo así mientras estuve en aquella casa. Era, en resumen, una buena mujer que juraba como un carretero, siempre despeinada y despechugada, pero de corazón blando, oficiosa, que me cobró afecto y que hasta llegó a serme útil.

Pasé muchos días entregándome únicamente a los placeres de la independencia y de la curiosidad. Iba errante dentro y fuera de la ciudad, huroneando, visitando cuanto me parecía curioso y nuevo; y todo lo era para un joven que acababa de salir del cascarón y aun no había visto ninguna capital. Sobre todo era muy asiduo en hacer la corte, asistiendo por las mañanas con toda regularidad a la misa del rey. Me agradaba yerme en la capilla con aquel príncipe y su séquito; pero mi pasión por la música, que empezaba a declararse, influía en mi asiduidad más que la pompa de la corte, que, una vez vista, es siempre la misma y no llama la atención mucho tiempo. El rey de Cerdeña tenía entonces la mejor orquesta sinfónica de Europa: Somis, Desjardins, los Bezuzzi brillaban alternativamente. No se necesitaba tanto para atraer a un joven a quien el sonido de cualquier instrumento, con tal de que fuera exacto y justo, transportaba de gozo. Por lo demás, no sentía más que una admiración estúpida y sin codicia por aquella deslumbradora magnificencia. Lo único que me interesaba en todo el esplendor de la corte, era ver si habría alguna joven princesa que mereciera mis homenajes y con la cual pudiese vivir una novela.

Poco faltó para que la empezara, no en clase tan elevada, sino en otra donde, si la hubiese llevado a cabo, habría obtenido placeres mil veces más deliciosos.

Aunque vivía con suma economía, mi bolsillo insensiblemente se agotaba. Por otra parte, aquella economía era menos efecto de prudencia que de una sencillez de gustos que aun hoy día la costumbre de las mesas suntuosas no ha alterado en nada. No conocí ni conozco aún comida mejor que la de una mesa rústica. Con lacticinios, huevos, hierbas, queso, pan moreno y vino regular, puede cualquiera regalarme seguramente; mi buen apetito hará lo demás, siempre que no me harten con su aspecto importuno un maestresala y un hatajo de lacayos. Entonces comía mucho mejor por seis o siete sueldos que después por seis o siete francos. Por tanto, era sobrio por carecer de tentación para no serlo, y aun no debo decir sobrio, porque en mis comidas procuraba satisfacer la sensualidad todo lo posible. Con algunas peras, mi giunca, mi queso, mis "grisines" y algunos vasos de vino común de Montferrato, que se podía cortar, era el más feliz de los golosos. Pero con todo esto podían acabarse mis veinte francos. Esto es lo que notaba más sensiblemente cada día, y, a pesar de la ligereza de mi edad, mi inquietud por el porvenir llegó hasta el espanto. De todos mis castillos en el aire no me quedó más que el de encontrar una ocupación que me permitiera vivir, y aun esto no era fácil. Pensaba en mi antiguo oficio, pero no lo conocía bastante para ir a trabajar en un establecimiento, y éstos no abundaban en Turín. Entre tanto me resolví a ir de tienda en tienda a ofrecerme para grabar cifras o escudos en las vajillas, esperando tentar por lo módico del precio, poniéndome a discreción. En esta prueba no fui muy afortunado: casi en todas partes me desairaban, y lo que encontraba era tan poca cosa que apenas me daba para comer algunas veces. Un día, sin embargo, pasando bastante temprano por la Contra nova, a través de los cristales de un escaparate vi a una joven tendera tan graciosa y seductora, que, a pesar de mi timidez con las mujeres, entré sin vacilar y le ofrecí mis pobres servicios. Esta vez no me vi rechazado: hízome sentar y referirle mi vida, y compadecióse de mí, diciéndome que tuviese valor y que los buenos cristianos no me abandonarían; luego, mientras enviaba a un platero vecino por las herramientas que dije necesitaba, subió a la cocina y me trajo de almorzar ella misma. Este comienzo me pareció de buen agüero, y el tiempo no lo desmintió. Pareció quedar satisfecha de mi pequeño trabajo y todavía más de mi conversación cuando me hube repuesto un poco; porque estaba tan compuesta y tan radiante que, a pesar de su afabilidad, me habla impuesto. La acogida llena de bondad, su tono compasivo, sus maneras dulces y cariñosas me tranquilizaron: Vi que producía buen efecto y esto me hizo producirlo mejor. Mas, aunque italiana y demasiado bonita para no ser algo coqueta, era muy modesta y yo tan tímido que difícilmente podíamos llegar a un desenlace en breve tiempo. No nos lo dejaron para llevar a término la aventura. Con el más grato placer recuerdo los cortos instantes que pasé con ella, y puedo decir que gocé en sus primicias los más dulces y más puros placeres del amor.

Era una morena muy viva y con tan buen natural reflejado en el rostro, que hacía más conmovedora aquella vivacidad. Se llamaba la señora de Basile. Su marido, de más edad y medianamente celoso, durante sus viajes la dejaba bajo la custodia de un dependiente harto desapacible para ser seductor, y que no dejaba de tener pretensiones, si bien no las manifestaba más que con su mal humor. Me tomó ojeriza, aunque me gustase a mi oírle tocar la flauta, lo que hacía bastante bien. Este nuevo Egisto gruñía siempre que me veía en casa de su señora, y me trataba con un desdén que ella le devolvía con creces. Hasta parecía complacerse en acariciarme en su presencia para atormentarle, y esta especie de venganza, muy de mi gusto, más lo hubiera sido sin testigos. No la llevó más allá, y a solas no se conducía del mismo modo.

Sea que me encontrase demasiado joven, sea que no supiese tomar la iniciativa, o que quisiese formalmente seguir honrada, observaba entonces una especie de reserva que, aunque no me rechazaba, me intimidaba sin saber por qué. Aunque no sentía hacia ella aquel respeto tan tierno como sincero que me inspiraba la señora de Warens, me sentía más temeroso y con menos familiaridad. Me hallaba embarazado, tembloroso; no me animaba a mirarla; a su lado no me atrevía a respirar, y, sin embargo, temía su ausencia más que la muerte. Miraba con ojos ávidos cuanto podía descubrir sin ser notado: los adornos de su vestido, la punta de su bonito pie, la parte de un brazo blanco y redondo que aparecía entre guante y manga, y el espacio que se formaba entre su garganta y su pañoleta al volver la cabeza. Cada objeto reforzaba la impresión de los demás. A fuerza de mirar lo que podía ver y algo más, mis ojos se turbaban, mi pecho se oprimía, mi respiración se tornaba de un momento a otro más dificultosa, me costaba mucho contenerla, y todo lo que podía hacer era dejar escapar suspiros ahogados, muy molestos por lo indiscretos en el silencio en que estábamos con frecuencia. Pero, ocupada en su labor, no lo notaba a lo que parecía; mas, alguna vez, como por una especie de simpatía, su pecho latía con bastante rapidez. Este peligroso espectáculo me acababa de perder, y, cuando yo estaba próximo a ceder a mi exaltación, me dirigía alguna palabra en tono tranquilo, que inmediatamente me volvía a mi sano juicio.

Así la vi a solas varias veces sin que jamás una palabra, un gesto o una mirada expresiva revelasen la menor inteligencia entre nosotros. Este estado, para mí penoso, era, sin embargo, mi delicia, y en la sencillez de mi corazón apenas podía imaginar en qué consistía mi tormento. Parecía que estas pequeñas entrevistas tampoco a ella le desagradaban; a lo menos, trataba que se repitiesen, cuidado seguramente inútil por el uso que de él hacía yo y por el que ella me permitía hacer.

Un día que, fastidiada de la estúpida conversación del dependiente, había subido a su cuarto, procuré concluir mi pequeña tarea en la trastienda, donde estaba, y me apresuré a subir. Su habitación estaba entreabierta, y entré sin ser visto. Estaba bordando junto a la ventana, vuelta de espaldas a la puerta. No podía yerme entrar, ni oírme, a causa del ruido que hacían los carros que pasaban por la calle.

Vestía siempre con esmero; pero aquel día lo estaba con un gusto que tenía asomos de coquetería. Hallábase en una actitud graciosa: su cabeza; un poco inclinada, dejaba ver su garganta; su cabello, recogido con elegancia, estaba adornado con flores, y en toda su figura reinaba un encanto que pude contemplar a mi sabor y trastornó mis sentidos. Echéme de rodillas a la entrada del cuarto, tendiendo los brazos hacia ella con un movimiento apasionado, convencido y seguro de que no podía yerme ni oírme; pero había en la chimenea un espejo que me hacía traición. Ignoro el efecto que pudo producirle mi arrebato, porque, sin mirarme, sin decirme nada absolutamente, pero volviendo la cabeza, con un simple movimiento de la mano, me indicó la estera que a sus pies había. Estremecerme, lanzar un grito y precipitarme al sitio que me había señalado, fué obra de un instante; pero, lo que se creerá difícilmente, en esta situación nada osé emprender, ni pronunciar una sola palabra, ni levantar los ojos hacia ella, ni aun tocarla, en una actitud tan ocasionada para apoyarme un instante en sus rodillas. Estaba mudo, inmóvil, pero no seguramente tranquilo; todo indicaba en mí la agitación; el gozo, el agradecimiento, los deseos ardientes inciertos en su objeto, contenidos por el temor de disgustarla atormentaban mi joven corazón.

No parecía ella más tranquila ni menos tímida 3ue yo. Turbada de yerme allí, cortada por habérmelo permitido, y comenzando a sentir todas las consecuencias de un signo escapado, sin duda, antes de reflexionar, no me acogía ni me rechazaba; trataba de hacer como si no me hubiese visto a sus pies, no apartando los ojos de su labor; mas toda mi estolidez no me impedía ver que participaba de mi embarazo, quizá de mis deseos, y que se hallaba encogida por una vergüenza semejante a la mía, sin que esto me diera bastante fuerza para vencerla. Los cinco o seis años que tenía más que yo me parecía que la obligaban a que el atrevimiento estuviese de su parte, y yo me decía que, puesto que no hacía nada para excitar el mío, no quería que lo tuviese. Aún hoy día encuentro que juzgaba bien, y seguramente tenía ella harta penetración para no ver que un novicio como yo necesitaba, no sólo que le animasen, sino que le instruyesen.

No sé cómo habría concluido esta escena muda y viva, ni cuánto tiempo habría yo permanecido inmóvil, en un estado tan ridículo como delicioso, si no hubiésemos sido interrumpidos. En el momento más violento de mi agitación oí abrir la puerta de la cocina, situada junto a la habitación donde estábamos, y la señora de Basile, alarmada, me dijo vivamente con el gesto y la voz: "Levantaos; viene Rosina". Levantándome aprisa, tomé una de sus manos, que me tendía, y estampé en ella dos besos ardientes, sintiéndola, al segundo, oprimir ligeramente mis labios. En mi vida he tenido un momento tan dichoso; mas la ocasión que había perdido ya no volvió, y nuestros jóvenes amores así quedaron.

Quizá por esto mismo conservo impresa en el fondo de mi alma la imagen de aquella amable mujer, con rasgos tan hermosos. Aun se ha ido haciendo más bella a medida que fui conociendo el mundo y las mujeres. Por poca experiencia que ella hubiese tenido, hubiera obrado de otro modo para animar a un jovencito; pero, si su corazón era débil, era también honrado; cedía involuntariamente a la inclinación que la arrastraba, y. según todas las apariencias, aquélla era su primera infidelidad, y tal vez me habría costado más vencer su vergüenza que la mía.

Sin llegar a esto, gocé junto a ella inexplicables dulzuras. Nada de cuanto me ha hecho sentir la posesión de las mujeres vale tanto como los dos minutos que pasé a sus pies, sin atreverme a tocar su ropa. No; no existen goces iguales a los que puede proporcionar una mujer honrada a quien se ama. Cuanto procede de ella son favores: una indicación con el dedo; una mano que apenas oprimieron mis labios, son los únicos favores que recibí de esta mujer, y el recuerdo de ellos me llena de gozo todavía.

Aunque los dos días siguientes estuve espiando con afán la ocasión de una entrevista a solas, no pude hallarla ni observé en ella empeño por lo mismo. Estuvo, si no más fría, más reservada que de costumbre, y creo que evitaba mis miradas, temiendo no poder contener las suyas. Su maldito dependiente estuvo más inoportuno que nunca y, burlón y chocarrero, díjome que me vería favorecido de las mujeres. Yo temía, además, haber cometido alguna indiscreción y, considerándome ya de inteligencia con ella, quise cubrir nuestro afecto con el misterio, del que hasta entonces no habla tenido gran necesidad, por cuyo motivo luí más cauto en aprovechar las ocasiones y, a fuerza de serlo tanto, ya no encontré ninguna.

He aquí otra locura novelesca de que nunca pude desprenderme y que, unida a mi natural timidez, ha contribuido mucho a desmentir la predicción del dependiente. Amaba con mucha sinceridad y acaso demasiado bien para poder ser fácilmente afortunado. Nunca hubo pasiones más vivas ni a la vez más puras que las mías; nunca un amor más tierno, verdadero y desinteresado.

Habría sacrificado mil veces mi felicidad a la de la persona que amaba; su reputación me era más cara que mi vida, y por todos los placeres del mundo no hubiera querido comprometer su tranquilidad ni un solo instante. Esto me ha hecho emplear tanto cuidado, tanto secreto, tantas precauciones en mis empresas amorosas, que ninguna ha podido llegar nunca a buen término. Mi poca fortuna con las mujeres ha sido siempre el resultado de amarlas demasiado.

Volviendo al flautista Egisto, lo que ofrecía de singular era que, haciéndose más insoportable, el tunante parecía más complaciente. Desde el instante en que su señora me cobró afecto, había pensado colocarme en el almacén. Yo sabía bastante de aritmética, y le propuso que me enseñara a llevar los libros, pero mi regañón recibió muy mal la propuesta, temiendo quizá verse suplantado. Así es que, después del buril, todo mi trabajo se reducía a copiar algunas cuentas y notas, poner en limpio algunos libros y traducir algunas cartas del italiano al francés.

De repente nuestro hombre pensó en la proposición que había rechazado, y dijo que me enseñarla la partida doble, poniéndome en estarlo de ofrecer mis servicios al señor Basile cuando estuviese de vuelta. Había en su tono y en su semblante un no sé qué de falso, de maligno, de irónico, que no me inspiraba confianza. Su ama, sin esperar mi respuesta, le dijo secamente que yo quedaba reconocido a sus ofertas y que ella esperaba que al fin la fortuna favorecería mis merecimientos, añadiendo que sería una gran lástima si yo, con tanta capacidad, no llegaba a ser más que un dependiente.

Varias veces me había dicho que quería hacerme conocer una persona que podría serme muy útil. Pensaba bastante cuerdamente para advertir que era tiempo de separarme de ella. Nuestras mudas declaraciones habían tenido lugar el jueves. El domingo dió una comida a la que asistí, y donde se halló también un dominico de agradable presencia a quien me presentó. El fraile me trató muy afectuosamente; me felicitó por mi conversión y me dijo varias cosas sobre mi historia, comprendiendo yo que ella se la había contado detalladamente, y después, dándome dos golpecitos en el carrillo con el revés de la mano, me dijo que fuese bueno, que tuviera valor y que fuese a verle para hablar más despacio.

Por las atenciones que le guardaban todos, imaginé que sería una persona de consideración, y, por el tono paternal con que hablaba a la señora de Basile, que era su confesor.

Recuerdo muy bien que su decente familiaridad iba mezclada con señales de estimación y aun de respeto hacía su penitente, que entonces me causaron menos impresión que ahora. Si hubiese conocido el mundo mejor, ¡cuánto no me hubiera conmovido ver que merecía el afecto de una mujer joven respetada por su confesor!

La mesa no era muy grande y hubo que utilizar otra pequeña donde yo estaba en la agradable compañía del señor dependiente. No perdí con ello nada, tocante a las atenciones y buena comida; muchos platos vinieron a la mesa pequeña, que no iban seguramente dirigidos al dependiente. Hasta aquí todo iba bien. Las mujeres estaban muy divertidas y los hombres muy galantes. La señora hacia los honores de la mesa con una gracia sorprendente; pero, a lo mejor de la fiesta, oyóse parar un coche a la puerta, y luego alguien que subía. Era el señor Basile. Todavía le estoy viendo como si fuese ahora, con un traje escarlata, color que desde entonces me ha repugnado, con botones de oro.

Era el señor Basile un hombre alto y guapo, que sabia presentarse muy bien. Entró con estruendo y con aire de quien sorprende a su gente, aunque no había allí más que amigos suyos. Su mujer le saltó al cuello, le cogió las manos y le hizo mil caricias, que él recibió sin devolverle. Saludó a los demás, púsose un cubierto para él y comió. Apenas se había empezado a hablar de su viaje cuando, dirigiendo la vista a la mesa pequeña, preguntó con tono severo: "¿Quién es ese muchacho que veo allá?" A lo cual contestó ella, explicándoselo con la mayor ingenuidad. Pregunta después si vivo en la casa. Dícenle que no. "¿Por qué no? -replica groseramente-, estando aquí de día, bien puede estar de noche". El fraile tomó la palabra y, tras un elogio grave y verdadero de la señora, hizo brevemente el mío, añadiendo que, lejos de vituperar la piadosa caridad de su mujer, debía asociarse a ella, puesto que en nada se traspasaban los límites de la discreción. El marido contestó con mal disimulado humor, contenido por la presencia del fraile; pero lo bastante claro para darme a entender que tenía instrucciones con respecto a mí y que el dependiente se había despachado a su gusto.

Apenas se había levantado la mesa, cuando me compadeció éste con aire de triunfo, diciéndome de parte del amo que saliera inmediatamente de su casa para no volver a poner los pies en ella. El mensaje fué sazonado con cuanto podía hacerlo cruel y humillante. Salí sin decir palabra, con el corazón lacerado, no tanto por tener que apartarme de una mujer tan amable, cuanto por verla presa de la brutalidad de su marido. Sin duda tenía éste razón en querer que su mujer no le fuera infiel, mas, aunque juiciosa y bien nacida, era italiana, esto es, sensible y vengativa, y él obraba mal a mi entender, pues empleaba los medios más adecuados para atraerse la desdicha que temía. Tal fué el resultado de mi primera aventura. Dos o tres veces pasé por la calle, esperando ver nuevamente a esa mujer que echaba de menos mi corazón; pero, en su lugar, no hallé más que al marido y al vigilante dependiente, que, habiéndome visto, me hizo un signo más expresivo que halagüeño con la vara de medir. Viéndome tan espiado, perdí el valor y no pasé más. Quise a lo menos ir a ver al protector que ella me había procurado; mas por desgracia ignoraba su nombre. Varias veces rondé inútilmente el convento buscando hallarle, hasta que al fin otros sucesos me quitaron los gratos recuerdos de la señora de Basile, y a poco la olvidé tan completamente, que, tan simple y novicio como antes, ni siquiera me quedó afición a las mujeres hermosas.

Sin embargo, su liberalidad había aumentado un poco mi reducido equipaje, aunque con mucha modestia y con la precaución de una mujer prudente que se atenía más a la limpieza que al ornato, y que deseaba evitarme sufrimientos y no hacerme lucir. El traje que había traído de Ginebra todavía estaba en buen estado; a él sólo agregó un sombrero y alguna ropa blanca. Yo no tenía puños vueltos, y ella no quiso dármelos por más que mostré deseos de ellos. Contentóse con facilitarme medio de vestir con limpieza; cuidado que no era necesario recomendarme mientras tuve que andar en su presencia.

Pocos días después de esta catástrofe, mi patrona, que, como tengo dicho, me habla cobrado afecto, me dijo que tal vez me habla encontrado una colocación, y que una señora de posición quería yerme. Al oír estas palabras creía de veras que iban a comenzar las famosas aventuras, porque ésta era siempre mi manía; pero no resultó ni con mucho lo que yo me había figurado. Fui a la casa de aquella señora acompañado por el criado que le había hablado de mi. Me interrogó, me examinó, no le desagradé, y enseguida quedé a su servicio, mas no en calidad de favorito sino de lacayo. Me vistieron del color de sus criados, con la única diferencia que ellos llevaban agujetas y a mí no me las pusieron, y como en su librea no había galones, resultaba poco más o menos un traje ordinario. He aquí el inesperado término de mis grandes esperanzas.

La señora condesa de Vercellis, a cuyo servicio entré, era una viuda sin hijos: su marido era piamontés; a ella la he tenido siempre por saboyana, no pudiendo imaginar que una piamontesa hablara tan bien el francés y tuviese un acento tan puro. Era de mediana edad, noble figura, inteligencia cultivada, aficionada a la literatura francesa, que conocía bastante. Escribía mucho y siempre en francés. Sus cartas tenían el corte y casi la gracia de las de la señora de Sevigné, de suerte que con algunas de ellas era fácil equivocarse. Mi principal trabajo consistía en escribirlas, dictándome ella, porque no podía hacerlo por si misma a causa de tener en el seno un cáncer que la hacia sufrir mucho.

La señora de Vercellis no sólo tenía mucho talento, sino también un alma fuerte y elevada. Yo seguí su última enfermedad, y la vi sufrir y morir sin dar nunca una señal de debilidad, ni hacer el menor esfuerzo por reprimirse ni apartarse un ápice de su carácter de mujer, y sin acordarse de que en ello hubiese filosofía, palabra que aún no estaba de moda y que ni siquiera conocía en el sentido que tiene hoy.

Esta entereza de carácter llegaba a veces a la sequedad. Siempre me pareció tan poco sensible para con los otros como para sí; cuando favorecía a los desgraciados, era para hacer el bien por el bien, pero no por una verdadera conmiseración. Esa insensibilidad la experimenté yo un tanto en los tres meses que estuve a su lado. Era natural que se interesase por un joven lleno de esperanzas, a quien tenía constantemente a la vista, y que pensase, sintiéndose morir, que al faltar ella, yo necesitaría apoyo y protección. Sin embargo, sea que no me creyese digno de particular atención, o que los demás no la dejaran pensar más que en ellos, lo cierto es que nada hizo por mi.

A pesar de todo, recuerdo perfectamente que había manifestado alguna curiosidad por conocerme. A veces me hacía preguntas y le agradaba que le enseñase las cartas que dirigía a la señora de Warens y que le diese a conocer mis sentimientos; pero para obtenerlo no seguía el buen procedimiento de mostrarme los suyos. Mi corazón era expansivo siempre que hallara otro que lo fuese. Las preguntas secas y frías, sin ningún signo de aprobación ni de censura a mis respuestas, no me inspiraban ninguna confianza. Como nada me indicaba si le era grata o no mi conversación, estaba siempre temeroso y, mas bien que manifestar mi pensamiento, procuraba no decir nada que me pudiera perjudicar. Mucho después he observado que este modo seco de interrogar a las personas para conocerlas es un vicio bastante común en las mujeres que se precian de tener talento. Se imaginan que no dejando aparecer su modo de sentir, lograrán penetrar el de los demás; pero no comprenden que de este modo le quitan a uno el valor para exponerlo. Sólo por esta causa, la persona a quien se interroga comienza a ponerse en guardia y si cree que, sin tomarse por ella un interés verdadero, sólo se desea hacerla hablar, miente o se calla o anda con suma cautela, prefiriendo pasar por tonta a ser juguete de la sola curiosidad. En fin, siempre es un mal sistema, para leer en el corazón ajeno, dar a entender que se oculta el propio.

La señora de Vercellis nunca dijo una palabra que revelase afección, ni piedad, ni benevolencia. Me interrogaba fríamente, yo respondía con reserva. Mis respuestas eran tan tímidas que debió hallarlas insulsas, y se fastidió, no preguntándome ya nada a la postre, ni hablándome más que para que yo la sirviera. Me juzgaba menos por lo que yo era que por lo que había hecho por mí, y a fuerza de no ver en mí más que un lacayo, no pude parecerle otra cosa.

Creo que desde entonces experimenté ese juego maligno de los intereses ocultos que ha perturbado toda mi vida y me ha inspirado una aversión muy natural hacia el orden aparente que los produce. No teniendo hijos la señora de Vercellis, la heredaba su sobrino, el conde de La Roque, que le hacía la corte asiduamente. Fuera de éste, sus criados principales, que velan su fin cercano, no se descuidaban, y había tantos oficiosos junto a ella, que difícilmente podía quedarle tiempo para acordarse de mí. Estaba al frente de todo en su casa un cierto señor Lorenzi, hombre mañoso, cuya mujer, más ladina aun, habla sabido granjearse tan bien la voluntad de su ama, que estaba en su casa más bien como amiga que como sirvienta. Le había llevado por camarera a una sobrina suya llamada la señorita Pontal, muchacha astuta que se daba aires de doncella acompañante y ayudaba a su tía a asediar tan bien a su ama, que ésta no vela más que por sus ojos ni obraba más que por sus manos. Yo tuve el honor de no agradar a estas tres personas; las obedecía, pero no las servía, ni pensaba que, además de servir a nuestra común ama, tuviese también que ser criado de sus criados. Por otra parte, era yo para ellos una especie de personaje que les tenía intranquilos. Veían perfectamente que no estaba en el lugar que me correspondía, y temían que también lo viese la señora, y que lo que hiciese para colocarme convenientemente disminuyera sus porciones, porque esta clase de gente, harto ávida para ser justa, mira los legados hechos a los demás como usurpaciones de su parte. Así, pues, se confabularon para apartarme de su vista. Le gustaba escribir cartas; era en su estado una distracción para ella: pues se lo hicieron desagradable y lograron que se lo prohibiera el médico, persuadiéndola de que la fatiga. So pretexto de que yo no sabía cuidarla, en lugar mío pusieron dos palurdos de portasillas para servirla; en fin, se manejaron tan bien, que cuando se formuló el testamento, hacía ocho días que yo no había estado en su cuarto. Verdad es que después de esto entraba allí lo mismo que antes, y aun fui más asiduo que otro alguno, porque los padecimientos de aquella pobre mujer, me desgarraban el corazón; la constancia con que los soportaba me la hacían en extremo respetable y querida, y en su cuarto he derramado muchas lágrimas sinceras sin que ni ella ni nadie lo notara.

En fin, la perdimos para siempre. Yo la vi expirar. Su vida había sido la de una mujer de talento y de juicio; su muerte fué la de un sabio. Puede decirse que ella me hizo amable la religión católica por la serenidad de espíritu con que llenó sus deberes, sin descuido ni afectación. Era naturalmente seria, y hacia el fin de su existencia tuvo una especie de alegría demasiado constante para ser fingida, y que no era otra cosa sino compensación de la razón misma por la tristeza de su estado. Sólo guardó cama los dos días que precedieron al de su muerte, y nunca dejó de conversar con todo el mundo. Cuándo dejó de hablar, y ya en el combate de la agonía, soltó una ruidosa ventosidad, y, volviéndose, dijo "¡Bueno! Mujer que ventosea no está muerta". Tales fueron sus últimas palabras.

Había legado a sus criados inferiores un año de sueldo; mas, no hallándome incluido en la lista de sus servidores, no tuve nada. No obstante, el conde de La Roque me hizo dar treinta libras y me dejó el vestido nuevo que llevaba puesto y que el señor Lorenzi quería quitarme. Prometióme, además, que me colocarla, permitiéndome que fuese a verle. Fui dos o tres veces sin que pudiera lograrlo, y como a mí me costaba poco amostazarme, no volví más. Luego se verá que hice mal.

¡Cuánto siento que esto no sea todo lo que tenía que decir de mi permanencia en casa de la señora de Vercellis! Pero, si exteriormente mi situación siguió siendo la misma, no salí de su casa tal cual había entrado. De allí me llevé el indeleble recuerdo del crimen y el insoportable peso del remordimiento, del cual, después de cuarenta años, todavía mi conciencia está oprimida; pesar amargo que, lejos de debilitarse, se irrita a medida que voy envejeciendo. ¿Quién diría que el delito de un niño pudiera tener tan crueles consecuencias? De estas consecuencias más que probables es de lo que no podía consolarse mi corazón. Tal vez he hecho morir en el oprobio y en la miseria a una niña amable, honrada, apreciable y que, seguramente, valía más que yo.

Es muy difícil que la disolución de una casa no lleve consigo alguna confusión, y que no se pierdan cosas. Sin embargo, era tal la fidelidad de los criados y la vigilancia de los señores Lorenzi, que no se encontró que faltara nada en el inventario. Únicamente la señorita Pontal perdió una cinta rosa y plata, ya usada. Podía haber echado yo mano de innumerables cosas mucho mejores; pero sólo me tentó aquella cinta. La cogí y, como no tenía gran cuidado en ocultarla enseguida, me la encontraron. Me preguntaron dónde la había hallado. Yo me turbé, balbuceé y, al fin, poniéndome como una amapola, dije que Marion me la había dado. Marion era una muchacha maurienesa que la señora de Vercellis había puesto de cocinera cuando, dejando de dar comidas, habla despedido la suya, porque necesitaba un buen caldo más bien que sabrosos manjares. No solamente era una linda muchacha, sino que tenía una frescura de color que no se halla más que en las montañas y, además, un ademán tan modesto que no era posible verla sin amarla, siendo también buena, discreta y de una probidad a toda prueba. Por esto, al nombrarla, todos quedaron sorprendidos. Pero como yo gozaba de igual confianza, fué el caso de averiguar cuál de los dos era el culpable. Hiciéronla comparecer; la asamblea era numerosa, y el conde de La Roque estaba allí presente. Así que llegó le mostraron la cinta y yo la acusé descaradamente; ella se quedó aterrada; se calló y me dirigió una mirada que habría desarmado al mismo diablo y a la que mi bárbaro corazón pudo resistir. En fin, negó con firmeza, pero sin enojo; me apostrofó, me exhortó a que volviese en mí y a que no deshonrase a una joven inocente que ningún' daño me había hecho; mas yo, con una impudencia infernal, confirmé mi declaración y sostuve cara a cara que ella me regaló la cinta. La pobre niña se echó a llorar y no me dijo más que estas palabras: "¡Ah, Rousseau, yo había creído que erais bueno! ¡Cuán desdichada me hacéis, pero yo no quisiera estar en vuestro lugar!" Nada más. Continuó defendiéndose con menor invectiva contra mí. Esta misma moderación, comparada con mi tono resuelto, le hizo daño, pues no parecía natural suponer de una parte tan diabólica audacia y tan angelical dulzura de la otra. Con todo esto no se falló terminantemente la cuestión, pero las apariencias inclinaban los ánimos en mi favor: con el trastorno que había no se detuvieron a deslindar Ja verdad, y el conde se contentó con decir, despidiéndonos a los dos, que la conciencia del culpable vengaría al inocente. No ha sido vana su predicción, porque ni un solo día deja de cumplirse.

Ignoro lo que ha sido de esta víctima de mi calumnia, mas no es de suponer que con aquel antecedente hallase con facilidad una buena colocación. Pesaba sobre su honor una acusación terrible bajo todos los conceptos. El robo no era más que una bagatela; pero al fin era un robo, y, lo que es peor, verificado para seducir a un joven; luego, ¿qué podía esperarse de la mentira y terquedad de quien tantos vicios reunía? Aun la miseria y el abandono a que la expuse no son los mayores peligros; ¿quién sabe a dónde pudo conducirla en aquella edad el desaliento de la inocencia envilecida? Y si el remordimiento de haber podido hacerla desgraciada es insoportable, júzguese cómo será el de haber podido hacerla peor que yo.

A veces este recuerdo me conturba y me trastorna hasta el punto de ver en mis insomnios venir hacia mí aquella pobre niña a reprocharme mi crimen como silo hubiese cometido el día anterior. Mientras he vivido con tranquilidad poco me ha atormentado, pero, en medio de una vida borrascosa, me arrebata el consuelo más dulce la imagen de la inocencia perseguida, haciéndome experimentar lo que creo haber dicho en alguna obra: que los remordimientos se adormecen en el estado próspero y en la adversidad se recrudecen. Nunca he podido resolverme a aliviar mi corazón de este enorme peso, confesando mi culpa en el seno de un amigo; ni la confianza de la mayor intimidad me lo ha arrancado nunca, ni siquiera la señora de Warens. Todo lo que he podido hacer ha sido confesar que tenía que reprocharme una acción atroz; pero nunca dije en qué consistía. Por lo tanto, hasta hoy ha permanecido sin aligerarse mi conciencia, y puedo asegurar que el anhelo de libertarme de él en cierto modo ha contribuido a la resolución de escribir mis confesiones.

Lisa y llanamente he expuesto lo que acabo de hacer, y, a buen seguro, no dirá nadie que he procurado paliar la fealdad de mi delito. Pero faltaría al objeto de este libro si no manifestara la disposición de mi ánimo y temiese excusarme conforme a la verdad. Nunca ha estado la malicia más lejos de mí que en aquel cruel momento; cuando calumniaba a esa desdichada joven-será extravagante, pero es la verdad- fué por causa del amor que le tenía. Me excusé con la primera persona que se me ocurrió y ella ocupaba mi mente. Acuséla de haber hecho lo que yo quería hacer: haberme dado la cinta, porque yo quería dársela. Así, cuando la vi comparecer se me desgarró el corazón, mas Ja presencia de tanta gente pudo más que mi arrepentimiento. Poco miedo me daba el castigo, sólo la vergüenza me causaba espanto, pero la temía más que a la muerte, más que al crimen, más que a todo en el mundo. Hubiera querido hundirme y ahogarme en el centro de la tierra. La invencible vergüenza imperó sobre todo, ella sola fué causa de mi impudencia, y cuanto más criminal era, tanto más osado me hacía el temor de confesarlo. Sentía tan sólo el horror de yerme reconocido y públicamente declarado, en presencia mía, por ladrón, mentiroso, calumniador. Una turbación general me tenía ajeno a todo sentimiento fuera de éste. Sin duda habría declarado Ja verdad si me hubiesen dejado volver en mí, si el señor de La Roque me hubiese llamado aparte y me hubiese dicho: "No perdáis a esta pobre niña; si sois culpable confiádmelo a mí"; inmediatamente me hubiera echado a sus plantas, estoy seguro de ello; mas no hicieron sino intimidarme cuando debían haberme alentado. También hay que tener en cuenta la edad; yo apenas había salido de la infancia o, mejor dicho, estaba en ella todavía. Las verdaderas maldades son en la juventud aun más criminales que en la edad adulta; pero lo que es debilidad únicamente, lo es mucho menos, y en el fondo casi no era otra cosa mi delito. Por eso su recuerdo me aflige menos por el mal que era en sí, que por el que debe haber causado, y todavía le debo un bien: guardarme para siempre de toda acción que tendiese al crimen, a consecuencia de la terrible impresión que me ha dejado el único que en la vida he cometido; y conozco que mi adversión a la mentira proviene en grande parte del sentimiento de haber llegado a decir una tan enorme. Si es un crimen que puede ser expiado, como me atrevo a creerlo, debe haberlo sido por el cúmulo de males que me agobian hacia el fin de mi existencia, por cuarenta años de probidad y honradez en circunstancias difíciles; y la pobre Marion halla tantos vengadores en este mundo, que, por grande que sea cl agravio que por mí le fué inferido, no temo mucho llevar conmigo el pecado. He aquí cuanto sobre este asunto tenía que decir. Séame permitido no volver a hablar de ello jamás.