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Las Confesiones.  Jean Jacques Rousseau
Capítulo 11. LIBRO UNDÉCIMO. 1761
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JULIA, que estaba en prensa hacía mucho tiempo, empezaba a meter ruido, aunque no apareció hasta fines de 1760. La señora de Luxembourg había hablado de ella en la corte, y la de Houdetot en París. Ésta obtuvo además, por mediación de Saint-Lambert, mi permiso de hacerla leer ante el rey de Polonia, a quien agradó en extremo. Duclos, a quien la hice leer también, había hablado de ella a la Academia. Todo París estaba impaciente por ver esta novela: las librerías de la calle de Saint-Jacques y las del Palais-Royal se llenaban de gente que preguntaban por ella. Apareció al fin, y, contra lo que suele ocurrir, su éxito correspondió a la impaciencia con que era esperada. La señora esposa del delfín, que fué de las primeras que la leyeron, habló de ella al señor de Luxembourg como de una obra encantadora. Entre los literatos las opiniones anduvieron divididas; pero en el público hubo mi sentimiento unánime; y sobre todo las mujeres se prendaron del libro y del autor, hasta el punto de haber pocas, aun entre las de alta jerarquía, a quienes no hubiese yo conquistado si me lo hubiese propuesto. Tengo de ello datos que no quiero revelar y que, sin necesidad de haber hecho la prueba, autorizan mi afirmación. Es singular que este libro haya alcanzado en Francia mayor éxito que en el resto de Europa, aunque los franceses, tanto hombres como mujeres, no quedan en ella muy bien parados. Contra lo que yo había creído, donde se recibió con más frialdad fué en Suiza, y donde más calurosamente en París. ¿Imperan, pues, más en París que en ninguna otra parte la amistad, el amor y la virtud? Indudablemente no, pero reina allí un sentido exquisito que trasporta los corazones a su imagen, y que nos hace amar en los demás los sentimientos puros, tiernos y honrados que ya nos han abandonado. La corrupción es igual en todas partes; ya no existen virtudes ni buenas costumbres en Europa; pero si aun queda algún cariño hacia ellas, debe buscarse en París.

A través de tantas preocupaciones y pasiones ficticias, es preciso saber analizar bien el corazón humano para encontrar en él los verdaderos sentimientos de la Naturaleza. Se necesita una finura de tacto que no se adquiere sino en el trato del gran mundo para sentir, si se me permite la frase, la delicadeza de sentimiento de que está llena esta obra. No vacilo en colocar su cuarta parte al lado de La princesa de Cléveris y afirmar que, si estos dos trozos no hubiesen sido leídos sino en provincias, jamás se habría comprendido todo su valor. No hay, pues, que asombrarse de que el mayor éxito de este libro fuese el que tuvo en la corte. Abunda en rasgos llenos de viveza, pero velados, que deben agradar más en ella, porque está más ejercitada en penetrarlos. Con todo, es necesario aun hacer otra distinción; esta lectura no es seguramente a propósito para esa clase de personas de ingenio que sólo son astutas y que no tienen penetración sino para comprender el mal, y que no ven nada en donde no debe verse más que el bien. Por ejemplo, si Julia se hubiese publicado en cierto país, que me callo, estoy seguro de que nadie hubiera concluido su lectura y que habría muerto al nacer.

He reunido la mayor parte de las cartas que recibí referentes a esta obra, en un legajo, que se halla en manos de la señora de Nadaillac. Si algún día aparece esta colección, se verán en ella cosas muy singulares, y un contraste de opiniones que manifiesta lo que es tener que habérselas con el público. Lo que menos se ha notado en esa obra, siendo lo que la distinguirá siempre, es la sencillez del argumento y el encadenamiento de su interés, que, concentrado en tres personas, se sostienen durante seis volúmenes, sin episodios, sin aventuras novelescas, sin maldad de ninguna clase, ni en las personas ni en las acciones. Diderot ha prodigado grandes elogios a Richardson por la prodigiosa variedad de sus cuadros y la multitud de sus personajes. En efecto, Richardson tiene el mérito de haberlos presentado bien caracterizados todos: mas en cuanto a su número, precisamente es lo que tiene de común con los más insípidos novelistas; que a fuerza de personajes y de aventuras suplen su esterilidad. Es muy fácil despertar la atención presentando incesantemente caras nuevas y acontecimientos inauditos, que pasan como las figuras de la linterna mágica; pero sostener esta atención con los mismos objetos y sin maravillosos acontecimientos es a la verdad más difícil, y si, en igualdad de condiciones, la sencillez de la acción aumenta la belleza de la obra, las novelas de Richardson, superiores en tantos otros puntos, no podrían en éste entrar en paralelo con las mías. Actualmente ha muerto, lo sé y no ignoro la causa; pero resucitará.

Todos mis temores consistían en que, a fuerza de sencillez, mi narración fuese lánguida, y en que no hubiese podido darle bastante interés para sostenerla hasta el fin; pero me tranquilizó un hecho que, por sí solo, me ha lisonjeado más que todos los parabienes que esta obra ha podido granjearme.

Apareció a principios del carnaval. Un vendedor de libros la llevó a la princesa de Talmont , un día de baile en la Ópera. Después de cenar se hizo vestir para ir al baile, y, mientras llegaba la hora, se puso a leer la novela. A medianoche ordenó que enganchasen y siguió leyendo. Fueron a decirle que el coche estaba dispuesto, y nada respondió. Viendo sus criados que iba siendo tarde, fueron a advertirla que eran las dos de la madrugada. "No hay prisa aún", replicó, siempre leyendo. Más tarde, viendo su reloj parado, llamó para preguntar la hora; le contestaron que eran las cuatro. "Siendo así -dijo-, es demasiado tarde para ir al baile; que desenganchen". Se hizo desnudar, y pasó el resto de la noche leyendo.

Desde que me contaron este rasgo, siempre he deseado ver a la señora de Talmont, no sólo para saber por ella misma si esto es exacto, sino también porque siempre he creído que es imposible sentir por La nueva Eloísa un interés tan vivo, sin poseer ese sexto sentido, ese sentido moral, de que tan pocos corazones están dotados, y sin el cual ninguno sería capaz de comprender el mío.

Lo que puso a las mujeres tan a mi favor fué la persuasión en que estaban de que yo había escrito mi propia historia y de que el héroe de esta novela era yo mismo. Esta creencia era tan firme, que la señora de Polignac escribió a la de Verdelin suplicándola que procurase lograr de mí que le dejase ver el retrato de Julia. Todo el mundo creía imposible que se pudiesen expresar con tanto calor sentimientos que no se hubiesen experimentado, ni describir así los raptos del amor sino poniendo de manifiesto el propio corazón. En esto andaban acertados; es muy cierto que escribí esta novela bajo el dominio del más ardiente éxtasis, pero se equivocaban creyendo que habían sido necesarios seres reales para producirlo; estaban lejos de concebir hasta qué punto pudieron interesarme seres imaginarios. Sin algunas reminiscencias de juventud y sin la señora de Houdetot, los amores que he sentido y descrito habrían tenido únicamente por objeto a las sílfides; pero no quise confirmar ni destruir un error que me era ventajoso. En el prefacio en diálogo que hice imprimir aparte, puede verse cómo sobre este particular dejé al público en suspenso. Los rigoristas dicen que yo hubiera debido declarar la verdad abiertamente; no veo qué es lo que podía obligarme a ello, y creo que en esta declaración hecha sin necesidad habría habido más estultez que franqueza.

Poco más o menos, por este mismo tiempo apareció La paz perpetua, cuyo manuscrito habla entregado el año anterior a cierto señor de Bastide, autor de un diario llamado El Mundo, donde, quieras que no, se empeñaba en insertar todos mis manuscritos. Era conocido de Duclos y vino en su nombre a instarme para que le ayudara a llenar El Mundo. Había oído hablar de Julia y quería que yo la publicase en su periódico: quería asimismo insertar el Emilio; y hubiera deseado hacer lo mismo con el Contrato social, si no hubiese ignorado su existencia. En fin, apurado por sus instancias, me resolví a cederle por doce luises mi extracto de La paz perpetua. Convinimos en que se imprimiría en su periódico; pero, tan luego como fué propietario de este manuscrito, juzgó conveniente hacerlo imprimir aparte, con algunas eliminaciones que exigió el censor. ¿Qué tal hubiera sido si le hubiese entregado mi juicio crítico sobre esta obra, del cual, por gran fortuna, no hablé al señor de Bastide y no entró en nuestro trato? Este juicio crítico se halla aún manuscrito entre mis papeles. Si algún día ve la luz pública, se verá en él cuánto han debido hacerme reír las burlas y la presunción de Voltaire acerca de este asunto, viendo tan bien como veía el alcance de este pobre hombre en las materias políticas de que se metía a hablar.

En el colmo de los aplausos que recibía del público y del favor de las señoras, me veía decaer en el palacio de Luxembourg, no por parte del señor mariscal, quien parecía redoblar cada día su bondad y su amistad hacia mí, sino por parte de la señora maríscala. Desde que ya no me quedaba nada que leerle, no me eran tan accesibles sus habitaciones; y durante los viajes a Montmorency, aunque yo me presentaba con bastante exactitud, casi no la veía sino en la mesa, donde el lugar que me estaba señalado no se hallaba ya junto al suyo. Como no me lo ofrecía, me hablaba poco, y yo no tenía gran cosa que decirle, prefería tomar otro, donde me hallase más libre, sobre todo por la noche; pues maquinalmente y poco a poco iba tomando la costumbre de colocarme más cerca del señor mariscal.

A propósito de la noche, recuerdo haber dicho que no cenaba en el castillo, y esto era verdad al principio de nuestras relaciones; pero como el señor de Luxembourg no comía y ni siquiera se sentaba a la mesa, resultó de ahí que al cabo de muchos meses, y teniendo ya familiaridad en la casa, todavía no había comido en su compañía, lo que tuvo la amabilidad de hacerme notar, y esto me determinó a cenar allí alguna vez, cuando había poca gente. Y me agradaba mucho, porque se comía sin aparato y, como suele decirse, en un rincón de la mesa; mientras que la cena era muy larga, porque se hacía con reposo al volver de un largo paseo; muy buena, porque el señor de Luxembourg era gastrónomo; y muy agradable, pues la señora de Luxembourg hacía los honores con una gracia encantadora. Sin esta explicación, difícilmente se comprendería el final de una carta del señor de Luxembourg (Legajo C, núm. 86), donde dice que recuerda con placer nuestros paseos; sobre todo, añade, cuando volviendo al anochecer no hallábamos en el patio huella alguna de las ruedas de carrozas; y es que, como todas las mañanas se pasaba el rastrillo sobre la arena del patio para borrar los surcos, yo deducía por el número de ellos, el de la gente que había acudido durante la tarde.

En el transcurso de este año de 1761 llegaron a su colmo las pérdidas continuas que sufrió este buen señor, desde que yo tenía el honor de verle: como si los males que me preparaba el destino hubiesen debido empezar por el hombre a quien más quería y que más merecía mí cariño. En el primer año, perdió a su hermana, la señora duquesa de Villeroy; en el segundo a su hija, la señora princesa de Robeck; en el tercero, perdió en el duque de Montmorency a su único hijo, y a su nieto en el conde de Luxembourg, los únicos y últimos herederos de su nombre y de su familia. Soportó todas estas pérdidas con un valor aparente; pero empezó a declinar su salud y su corazón no dejó de manar sangre durante el resto de su vida. La muerte imprevista y trágica de su hijo debió serle tanto más sensible, cuanto que ocurrió precisamente en el momento en que el rey acababa de concederle para dicho hijo, y prometerle para su nieto, la sucesión de su empleo de capitán de guardias de corps. Tuvo el pesar de ver extinguirse poco a poco la vida de este último, joven de las más bellas esperanzas, y esto por la ciega confianza de la madre en el médico, que hizo morir a este pobre niño de inanición, dándole medicinas por todo alimento. ¡Ah!, si me hubiesen creído, el abuelo y el nieto vivirían todavía. ¡ Cuánto no dije, cuánto no escribí al señor mariscal, qué de advertencias no hice a la señora de Montmorency sobre el régimen más que austero a que sujetaba a su hijo por su fe en el médico! La señora de Luxembourg, que pensaba como yo, no quería usurpar la autoridad de su madre; el señor de Luxembourg, hombre suave y débil, no era amigo de contrariar. La señora de Montmorency tenía en Bordeu una fe de que al fin fué víctima su hijo. ¡Cuán alegre estaba ese pobre niño cuando le permitían venir a Mont-Louis con la señora de Boufflers, a pedir de comer a Teresa y dar algún alimento a su hambriento estómago! ¡Cuánta lástima me causaban las miserias de la grandeza, cuando veía al único heredero de tantos bienes, de tan alto nombre, de tantos títulos y dignidades, devorar con la avidez de un mendigo un mezquino pedacito de pan! En fin, por más que hice y dije, triunfó el médico y el niño murió de hambre.

La misma confianza en los charlatanes, que hizo morir al nieto, abrió el sepulcro del abuelo, junto con la pusilanimidad en querer ocultar los achaques de la edad. El señor de Luxembourg había tenido por intervalos un poco de dolor en el dedo gordo del pie, y en Montmorency le dió un ataque que le produjo insomnio y un poco de fiebre. Yo me aventuré a pronunciar la palabra gota, y la señora de Luxembourg me reprendió. El ayuda de cámara, cirujano del señor mariscal, sostuvo que no era gota, y se puso a curar la parte dañada con un bálsamo tranquilo. Desgraciadamente se calmó el dolor, y cuando reapareció, no dejaron de emplear el mismo remedio que lo había calmado; su constitución se alteró, aumentaron los males y con ellos los remedios; y la señora de Luxembourg, que vió al fin que lo que tenía su marido era la gota, se opuso a aquel insensato tratamiento. Entonces se ocultaron de ella, y el señor de Luxembourg murió por su propia culpa al cabo de algunos años, por haberse obstinado en curar. Pero no nos adelantemos tanto en la relación de las desdichas: ¡cuántas otras he de referir antes de ésta!

Es singular la fatalidad con que todo lo que podía yo hacer y decir se convertía en motivo de disgusto para la señora de Luxembourg, precisamente cuando más deseo tenía de conservar su benevolencia. Las repetidas aflicciones que aquejaban al señor de Luxembourg aumentaban en mí el afecto que le tenía, y por consiguiente, el que me merecía la señora de Luxembourg, porque siempre me han parecido tan sinceramente unidos, que los sentimientos que uno de ellos me inspiraba se extendían necesariamente al otro. El señor mariscal envejecía; su asiduidad en la corte, los cuidados que le ocasionaba, las continuas cazas y, sobre todo, la fatiga del servicio, exigían el vigor de un joven, y yo no veía el suyo nada capaz de sostener esta carrera. Puesto que sus títulos debían ser dispersados, y su nombre debía 'extinguirse con él, poco le importaba continuar una vida laboriosa, cuyo principal objeto había sido obtener el favor del príncipe para sus hijos. Un día en que estábamos solos los tres, quejándose de las fatigas de la corte, como hombre a quien sus pérdidas habían descorazonado, osé hablarle de retiro, y darle el consejo que Cineas dió a Pirro. Él suspiró, sin responder decisivamente. Mas en el primer momento en que la señora de Luxembourg me vió a solas, me riñó vivamente por este consejo, que pareció haberla alarmado, añadiendo una reflexión que me pareció muy justa, y me hizo renunciar a tratar otra vez de este asunto; y es que el hábito prolongado de vivir en la corte se convertía en una necesidad verdadera, que al presente era hasta una distracción para el señor de Luxembourg, y que el retiro que yo le aconsejaba sería para él más que un reposo un destierro donde la ociosidad, el fastidio y la tristeza pronto acabarían por consumirle. Aunque ella debió ver claramente que me había persuadido, aunque debió contar con la promesa que le hice y que cumplí, jamás pareció estar completamente tranquila sobre este punto, y recuerdo que desde entonces mis entrevistas con el señor mariscal fueron más raras y casi siempre interrumpidas.

Mientras mi torpeza y mala suerte de consuno me perjudicaban respecto a ella, las personas cuyo trato más frecuentaba y a quienes más quería estaban lejos de favorecerme. Sobre todo, el abate de Boufflers, joven tan brillante cuanto es posible serlo, nunca me pareció dispuesto en favor mío; y no solamente fué el único del círculo de la señora maríscala que jamás me dispensó la menor atención, sino que hasta noté que en todos los viajes que hacía a Montmorency perdía yo algo en ella; verdad es que, aun sin quererlo él mismo, bastaba para ello su sola presencia, pues la sal y gracia de sus agudezas hacían resaltar mis pesados spropositi. Los dos primeros años vino raras veces a Montmorency, y entonces me sostuve regularmente por efecto de la indulgencia de la señora maríscala; pero tan pronto como vino más frecuentemente, quedé anonadado sin remedio. Yo hubiera querido refugiarme bajo sus alas, y hacer de modo que me cobrase amistad; pero la misma causa que me obligaba a agradarle me impidió lograrlo; y lo que hice con poca destreza a este fin, acabó de perderme con la señora maríscala, sin valerme nada por parte de él. Con tanta capacidad hubiera podido distinguirse en todo; mas la imposibilidad de aplicarse y el gusto por la disipación le han impedido pasar de una medianía. Posee, en cambio, muchos conocimientos, que es cuanto se necesita en el gran mundo, donde él quería brillar.

Versificaba regularmente, escribía buenas cartas, tocaba un poco el sistro y pintarrajeaba algo al pastel. Ocurrióle hacer el retrato de la señora de Luxembourg, y resultó un emplasto. Ella dijo que en nada se le parecía, y era la verdad. El muy pícaro me consultó a mí; y yo, como un bobo y un embustero, dije que era parecido. Quería lisonjear al abate; pero con esto hacía poco favor a la señora maríscala, quien apuntó este rasgo en el registro de mis torpezas; y el abate habiendo logrado su objeto, se burló de mí. Este tardío ensayo me enseñó a no querer halagar ni adular a despecho de Minerva.

Mi talento consistía en saber decir a los hombres verdades útiles, pero duras, con bastante valor y energía; fuerza era atenerme a esto. Yo no había nacido para decir lisonjas, ni aun siquiera para cantar alabanzas. El poco acierto de las que he querido formular me ha causado más daño que la acritud de mis censuras. Voy a citar de ello un ejemplo tan terrible, que sus consecuencias no sólo han decidido de mi destino para el resto de mi vida, sino que tal vez determinarán mi reputación en la posteridad.

Durante los viajes a Montmorency, venía alguna vez el señor de Choiseul a cenar en el castillo, adonde un día llegó a tiempo que yo salía. Se habló de mí: el señor de Luxembourg le refirió lo que me había pasado en Venecia, con el señor de Montaigu, y el de Choiseul dijo ser lástima que yo hubiese abandonado esta carrera, añadiendo que si me resolvía a entrar de nuevo en ella, tendría un gran placer en colocarme. El señor de Luxembourg me lo participó, y lo agradecí tanto más cuanto que no estaba acostumbrado a yerme mimado por los ministros; y, a pesar de mis resoluciones, quizá no hubiera sabido abstenerme de cometer la locura de aceptar, si mi salud me hubiese permitido pensar en ello. Jamás se apoderó de mí la ambición sino en los cortos intervalos que otras pasiones me dejaban libre; mas uno de estos intervalos hubiera bastado para vencerme. Esta buena intención del señor de Choiseul ganó mi corazón, o acrecentó el aprecio en que le tenía por el talento que revelaban algunas operaciones de su ministerio; particularmente el Pacto de famlza me pareció anunciar un hombre de Estado de primer orden. También le era favorable en mi estimación el poco caso que yo hacía de sus predecesores, sin exceptuar a la señora de Pompadour, a quien consideraba como un primer ministro; y cuando corrió el rumor de que uno de los dos echaría al otro, creí hacer votos por la gloria de Francia haciéndolos por que triunfase el señor de Choiseul. La señora de Pompadour siempre me había sido antipática, aun cuando, antes de su fortuna, la había visto en casa de la Popliniére llevando todavía el nombre de señorita de Etioles. Posteriormente me disgustó su silencio en la cuestión de Diderot, así como su modo de proceder conmigo, lo mismo con motivo de Las fiestas de Ramiro y de Las musas galantes, como respecto a El adivino de la aldea, que no me había valido, en ningún sentido, productos proporcionados al éxito que obtuvo; y en todas ocasiones la había encontrado poco dispuesta a favorecerme; esto no obstó para que el caballero Lorenzi me dijese que debería hacer algo en loor de la señora de Pompadour, insinuándome que esto podría serme útil. Yo me indigné, tanto más cuanto que vi claramente que no lo decía de motu pro prio. sabiendo que este hombre, nulo por sí mismo, era incapaz de obrar sino por impulso ajeno. Yo no sé contenerme bastante para haber podido ocultarle el desdén que me inspiraba su proposición, ni disimular a nadie mi poca inclinación hacia la favorita; estaba seguro de que ella lo conocía, y todo esto agregaba a mi natural inclinación mi propio interés en los votos que hacía por el señor de Choiseul. Preocupado por el aprecio que su talento me merecía, que era cuanto de él conocía lleno de agradecimiento por su buena voluntad; ignorando por lo demás totalmente, desde mi retiro, sus gustos y su modo de vivir, le miraba de antemano como el vengador del público y el mío; y, como a la sazón daba al Contrato social la última mano, indiqué en él con un solo rasgo lo que pensaba de los ministerios precedentes y del que empezaba a eclipsarlos. En esta ocasión falté a mi más constante máxima, y, además, no tuve presente que, cuando se quiere alabar o vituperar con energía, sin citar nombres, es preciso adaptar de tal modo los elogios a las personas a quienes se refieren, que el amor propio más susceptible no pueda encontrar en ellos el menor equívoco. En este punto me hallaba tan confiado que ni siquiera se me ocurrió la idea de que pudiese haber quien se equivocase. Pronto se verá si acerté.

Una de las cosas molestas que me ocurrían consistía en tener siempre autoras entre mis relaciones. Yo creía evitarlo, a lo menos con la grandeza; pero no fué así: aun allí hube de encontrarme con lo mismo. No obstante, que yo sepa, la señora de Luxembourg jamás tuvo esta manía; pero sí la señora condesa de Boufflers. Escribió ésta una tragedia en prosa, que fué leída, paseada y encomiada entre los amigos del señor príncipe de Conti, y acerca de la cual, aun no satisfecha con tantos elogios, quiso consultarme también a mí para obtener los míos, que le dispensé, aunque moderados, tales como la obra lo merecía. Además creí deber advertirle que su obra, intitulada El esclavo generoso, se parecía mucho a otra inglesa muy poco conocida, pero, sin embargo, traducida, intitulada Oroonoko. La señora de Boufflers me dió las gracias por el aviso, asegurándome, con todo, que su drama nada tenía de común con el otro. Yo jamas he hablado de este plagio a nadie más que a ella misma, y esto para cumplir una obligación que ella me había impuesto, lo que no ha obstado para que este paso me recordase a menudo desde entonces el resultado del que dió Gil Blas cumpliendo con el arzobispo predicador.

Además del abate de Boufflers, que no me quería, además de la señora de Boufflers, que tenía conmigo resentimientos que ni las mujeres ni los autores perdonan jamás, ninguno de los demás amigos de la señora maríscala me pareció nunca dispuesto a serlo mío. Uno de ellos era el presidente Hénault, el cual, relacionado con los autores, participaba de sus defectos; lo mismo la señora du Deffand y la señorita de Lespinasse, ambas muy relacionadas con Voltaire, e íntimas amigas de D'Alembert, con quien acabó por unirse la última, se entiende, dignamente y con honor, y no puede entenderse de otro modo. Al principio había empezado yo por interesarme mucho por la señora du Deffand, a quien la pérdida de la vista convertía para mí en un objeto de conmiseración; pero su modo de vivir, tan contrario al mío, que la hora de levantarse del uno era casi la de acostarse del otro; su ilimitada pasión por los ingenios juguetones; la importancia que daba, ya en bien, ya en mal, a los más miserables estropajos que aparecían: el despotismo y apasionamiento de sus oráculos; su capricho exagerado a favor o en contra de cualquier cosa, que no le permitía hablar de nada sino convulsivamente; sus increíbles preocupaciones, su invencible obstinación, el entusiasmo por disparatar a que le llevaba la terquedad de sus apasionados juicios; todo esto desvaneció rápidamente mi deseo de dedicarme a su amistad. Desde aquel momento disminuyó mi asiduidad, y bastó que lo notase para enfurecerse conmigo; yo, aunque conociendo cuán temible era una mujer de este carácter, preferí exponerme al azote de su odio que al de su amistad.

Como si no bastase tener tan pocos amigos entre los de la señora de Luxembourg, tenía además enemigos en la familia. No fué más que uno, mas por la posición en que hoy día me encuentro vale tanto como ciento. No es éste ciertamente su hermano, el señor duque de Villeroy; porque no solamente había venido a yerme, sino que me había invitado varias veces a que fuese a Villeroy; y como yo había respondido a esta invitación tan discreta y respetuosamente como me había sido posible, partiendo de esta respuesta vaga como si fuese un consentimiento, había dispuesto con los señores de Luxembourg un viaje de unos quince días, en el cual debía yo tomar parte y me fué propuesto. Como los cuidados que exigía mi salud no me permitían entonces viajar sin peligro, supliqué al señor de Luxembourg que tuviese la bondad de excusarme. Por su respuesta (legajo D, número 3), puede verse que esto se hizo con la mejor armonía imaginable; y el señor duque de Villeroy no me manifestó menos benevolencia que antes. Su sobrino y heredero, el joven marqués de Villeroy, no participó respecto a mí de los sentimientos con que su tío me honraba, y, lo confieso, tampoco del respeto que éste me merecía. Sus aires de tronera me lo hicieron insoportable, y mi frialdad me granjeó su aversión. Una noche en la mesa llegó hasta el punto de jugarme una pasada, de que salí malamente porque soy estúpido, porque no tengo presencia de ánimo, y porque el enojo, en vez de aguzar la poca que tengo, me la quita. Yo tenía un perro que me habían dado cachorro, a poco de mi llegada al Ermitage y a quien puse por nombre Duque. Este perro, no bonito, pero sí raro en su especie, en quien tenía un compañero y un amigo, y que ciertamente merecía mejor este título que la mayor parte de los que lo llevan, había llegado a ser célebre en el castillo de Montmorency, por su instinto afectuoso, sensible y por el cariño que mutuamente nos profesábamos; mas por una pusilanimidad muy tonta, había cambiado su nombre por el de Turco, como si no hubiese otros innumerables perros que se llaman Marqués, sin que ningún marqués se ofenda. El marqués de Villeroy, que supo este cambio de nombres, me atacó de tal modo con este motivo, que me vi. obligado a referir en plena mesa lo que había hecho. Lo que había en ello de ofensivo en cuanto al nombre de Duque no consistía tanto en habérselo dado al perro como en habérselo quitado, y lo peor fué que estaban presentes varios duques; el señor de Luxembourg lo era y su hijo también. El marqués de Villeroy, que había de serlo, y lo es hoy día, se gozó cruelmente con el apuro en que me había puesto, y con el efecto que esto produjo. Al día siguiente me aseguraron que su tía le había reprendido duramente por ello; puede juzgarse si, dado el caso que existiese esta reprimenda, ha podido serme muy favorable en su ánimo.

Contra todo esto no tenía, lo mismo en el palacio de Luxembourg que en el Temple, otro apoyo que el del caballero Lorenzi, que hizo profesión de ser amigo mío; pero lo era más de D'Alembert, a la sombra del cual pasaba entre las mujeres por un gran geómetra. Era aquél, a la sazón, el chichisbeo, o mejor, el comodín de la señora condesa de Boufflers, muy amiga también de D'Alembert; y el caballero de Lorenzi no existía ni pensaba sino por ella. Por consiguiente, lejos de tener alguien que sirviese de contrapeso a mi ineptitud para sostenerme cerca de la señora de Luxembourg, cuanto la rodeaba parecía concurrir a desprestigiarme. No obstante, fuera del Emilio, de que quiso encargarse, me dió por ese tiempo otra prueba de interés y benevolencia, que me hizo creer que, aun disgustándose conmigo, me conservaba y conservaría siempre la amistad que tantas veces me había prometido para toda la vida.

Tan luego como creí poder contar con este sentimiento de su parte, empecé por aliviar mi corazón con ella, confesándole todas mis faltas; teniendo la inviolable máxima de manifestarme a los ojos de amigos tal como soy exactamente: ni mejor ni peor. Le declaré las relaciones que me ligaban a Teresa, y todo lo que de ellas había resultado, sin omitir lo que había hecho de mis hijos. Ella recibió mis confesiones muy bien, hasta demasiado bien, no dirigiéndome las censuras que merecía; y lo que sobre todo me conmovió vivamente fué ver las finezas que prodigaba a Teresa, haciéndole regalitos, llamándola, exhortándola a que fuese a verla, recibiéndola con mil caricias y abrazándola con frecuencia delante de todos. Esta pobre muchacha estaba radiante de alegría y de agradecimiento, que yo compartía con ella, pues los favores que en ella me dispensaban los señores de Luxembourg me conmovían mucho más vivamente aun que los que me hacían directamente.

Durante mucho tiempo las cosas siguieron así: mas, al fin, la señora maríscala llevó su bondad hasta el punto de querer retirar uno de mis hijos. Ella sabía que yo había hecho poner una seña en las mantillas del mayor; me pidió el duplicado y se lo entregué. Para ir a buscarlo, se valió de La Roche, su ayuda de cámara y hombre de su confianza, que hizo vanas pesquisas, no hallando nada, aunque al cabo de sólo doce o catorce años, silos registros de la inclusa hubiesen estado en debido orden, o las investigaciones se hubiesen hecho con cuidado, esa señal hubiera debido encontrarse. Sea como fuere, este mal resultado no me causó tanto pesar, como si no hubiese perdido de vista al niño desde su nacimiento. Si a favor de la señal me hubiesen presentado alguno por mío, la duda de si en efecto lo era, de si no habría sido sustituido por otro, me habría oprimido el corazón a causa de la incertidumbre y no habría gozado con todo su embeleso; los verdaderos sentimientos de la naturaleza para mantenerse necesitan apoyarse en el hábito, a lo menos durante la infancia. El alejamiento prolongado de un hijo a quien no se conoce, aun debilita y destruye al fin los sentimientos paternos y maternos, y jamás amaremos tanto al que se da a una ama de leche como al que se ha criado ante nuestros ojos. Esta reflexión puede atenuar mis culpas en sus efectos, pero en cambio las agrava en su origen.

Quizá no será inútil consignar que, por medio de Teresa, este mismo La Roche conoció a la señora Le Vasseur, a quien Grimm continuaba teniendo en Deuil, junto a la Chevrette, y muy cerca de Montmorency. Cuando yo partí, me valí de La Roche para seguir remitiendo a esta mujer el dinero que nunca he cesado de enviarle y creo que a menudo le llevaba también presentes de parte de la señora maríscala; así, pues, no había por qué compadecerla, aunque ella se quejaba siempre. En cuanto a Grimm, como no me gusta hablar de las personas a quienes debo aborrecer, jamás hablé de él a la señora de Luxembourg sino a pesar mío; pero ella lo trajo a colación diversas veces, sin decirme qué concepto le merecía, y sin dejarme penetrar jamás si era o no conocido suyo. Como no me gusta ser reservado con las personas a quienes amo si no lo son conmigo, sobre todo cuando se trata de lo que les concierne a ellas, posteriormente he pensado varias veces en aquella reserva, pero sólo cuando otros hechos han traído esta reflexión naturalmente.

Después de haber pasado mucho tiempo sin oír hablar del Emilio, desde que lo había entregado a la señora de Luxembourg, supe al fin que se había vendido en París al librero Duchesne; y éste había realizado un trato acerca de la misma obra con Néaulme, de Amsterdam. La señora de Luxembourg me envió los dos duplicados del contrato celebrado con Duchesne para que los firmase. En éstos vi que la letra era de la misma mano que la de las cartas que me dirigía el señor de Malesherbes, quien no me escribía de su propio puño, y esta certeza de que aquel contrato se hacía a la vista y con anuencia del magistrado, hizo que los firmase con confianza. Duchesne me daba seis mil francos por el manuscrito, mitad al contado, y creo que cien o doscientos ejemplares. Habiendo firmado los dos duplicados, se los devolví a la señora de Luxembourg, quien así lo deseaba, y conservó uno, entregando el otro a Duchesne, sin devolverme el primero, que jamás he vuelto a ver.

El agradecimiento que debía a los señores de Luxembourg me había distraído un tanto de mi proyecto de retiro; pero no me había hecho renunciar a él. Aun en el período en que más favor gozaba por parte de la señora maríscala, siempre conocí que mi sincero afecto hacia el señor mariscal o hacia ella era lo único que podía hacerme soportable cuanto les rodeaba; y todos mis apuros consistían en conciliar esta afición con un género de vida más conforme con mis gastos y menos contraria a mi salud, que continuamente mantenían alterada aquellas cenas y molestias, a pesar de todo el cuidado que ponían en no exponerme a empeorar: porque así en este punto como en todo, las atenciones que me tenían fueron llevadas hasta donde era posible; por ejemplo, todas las noches el señor mariscal, que se acostaba temprano, quieras que no, me acompañaba al retirarme, lo que no dejó de hacer sino hasta poco antes de mi desgracia, sin que me sea posible adivinar la causa.

Aun antes de notar el enfriamiento de la señora maríscala, a fin de no exponerme a él, ya deseaba realizar mi antiguo proyecto; mas, careciendo de medios para realizarlo, me vi obligado a esperar la conclusión del contrato sobre el Emilio. Mientras tanto di la última mano al Contrato social, y se lo remití a Rey, admitiendo los mil francos que me dió por él. Tal vez no debo omitir un hecho que tiene relación con este manuscrito; remitilo bien cerrado a Duvoisin, pastor del país de Vaud y capellán del palacio de Holanda, que venía a yerme una que otra vez, y se encargó de enviarlo a Rey, con quien estaba en relaciones. Este original, escrito en letra menuda, era muy pequeño y no llenaba su faltriquera. Sin embargo, al entrar en la ciudad, no sé cómo cayó en manos de los guardas, quienes lo abrieron, lo examinaron, y cuando lo reclamó en nombre del embajador lo devolvieron en seguida; lo que le facilitó poder leerlo, como me confesó ingenuamente haberlo hecho, elogiando mucho la obra y sin decir una palabra de crítica ni de censura, reservándose indudablemente ser el vengador del cristianismo para cuando se hubiese publicado. Volvió a cerrar el manuscrito y se lo remitió a Rey. Tal fué en substancia la narración que me hizo en la carta en que me dió cuenta de este asunto, y es cuanto de ello he sabido.

Además de estos dos libros y de mi Diccionario musical, en que seguía trabajando a intervalos, tenía algunos otros escritos de menos importancia, todos en disposición de publicarse, y que aun me proponía dar a luz, separadamente o bien incluyéndolos en una colección completa de mis obras, si alguna vez llegaba a emprenderla. El principal de estos escritos, cuya mayor parte se halla aún manuscrita en poder de Peyrou, era un Ensayo sobre el origen de las lenguas, que di a leer al señor de Malesherbes y al caballero de Lorenzi, quien me lo elogió. Yo contaba con que todas estas producciones reunidas me reportarían por lo menos, pagados los gastos, un capital de ocho a diez mil francos, que quería colocar en renta vitalicia a nombre mío y de Teresa; después de lo cual iríamos, como tengo dicho, a vivir juntos en un rincón de provincia, sin dar más al público materia para ocuparse de mí y sin ocuparme yo mismo en otra cosa que en terminar apaciblemente mi carrera, continuando en sembrar alrededor mío todo el bien que me fuese posible y escribir a mis anchas las memorias que meditaba.

Tal era mi proyecto, cuya ejecución vino a facilitar la generosidad de Rey, la que no he de callar, Este librero, de quien tanto mal me dijeron en París, es, no obstante, de cuantos he tratado, el único de quien tuve siempre motivos para quedar satisfecho. A la verdad teníamos con frecuencia disputas sobre la impresión de mis obras; él era ligero, yo arrebatado. Mas en punto a intereses y a lo que se relaciona con ellos, aunque jamás formulásemos contrato alguno en forma, siempre ha obrado conmigo con la mayor exactitud y probidad. Él es también el único que me ha confesado francamente que con mis obras le iba bien; y a menudo me ha dicho que me debía su fortuna, ofreciéndome darme parte de ella. No pudiendo traducir en hechos su gratitud directamente en favor mío, quiso darme un testimonio de ella, a lo menos en la persona de mi ama, a quien señaló una pensión vitalicia de trescientos francos, consignando en el acta que era un agradecimiento a los beneficios que yo le había proporcionado. Esto lo hizo de modo que quedó entre los dos, sin ostentación, sin pretensiones, sin ruido, y si no hubiese sido yo el primero en hablar de ello a todo el mundo, nadie lo hubiera sabido. Este proceder me conmovió de tal modo que, desde entonces me hallo ligado a Rey con una amistad verdadera. Algún tiempo después deseó que fuese padrino de uno de sus hijos, yo accedí a ello, y una de las cosas que más siento en la situación a que me han reducido, es que me hayan imposibilitado de hacer que en adelante mi afecto sea útil a mi ahijada y a sus padres. ¿Por qué, siendo tan sensible a la modesta generosidad de este librero, lo soy tan poco a las ruidosas demostraciones de tantas personas de alto copete que pregonan pomposamente el bien que han querido hacerme y que jamás he experimentado? ¿Es culpa suya o mía? ¿Son ellos vanidosos o soy yo ingrato? Sensato lector, pesa y decide; yo por mi parte me callo.

Esta pensión fué un gran recurso para la manutención de Teresa y un grande alivio para mí. Mas fuera de esto, estaba yo bien lejos de aprovecharme de ella directamente para mí, así como tampoco de los regalos que le hacían. Siempre ha dispuesto de todo ella misma. Cuando yo guardaba su dinero, le rendía cuentas con toda fidelidad, sin emplear jamás un ochavo en nuestros gastos comunes, aun cuando ella tenía más dinero que yo. Lo que es mío es de los dos, le decía, y lo tuyo te pertenece a ti sola. Jamás he dejado de portarme con ella en conformidad con esta máxima que le he repetido con frecuencia. Los que han cometido la bajeza de acusarme de que recibía en sus manos lo que rehusaba en las mías, juzgaban sin duda de mi corazón por los suyos y me conocían muy mal. Yo aceptaría sin escrúpulo el pan que ella hubiese ganado, pero nunca lo que le hubiesen dado. En este punto apelo a su propio testimonio ahora y cuando, según el curso natural de las cosas, me sobreviva. Desgraciadamente es poco económica bajo todos conceptos, poco cuidadosa y gasta mucho, no porque sea vana y golosa, sino únicamente por negligencia. Nada es perfecto aquí abajo; y puesto que es preciso que sus excelentes cualidades tengan un contrapeso, prefiero que tenga defectos a que tenga vicios, aunque aquéllos nos causen tal vez más daño a entrambos. Los cuidados que me he tomado por ella, como en otro tiempo por mamá, a fin de acumularle algunos ahorros que pudiesen servirle algún día de recurso, son inimaginables; pero siempre fueron trabajo perdido. Ni una ni otra han podido contar jamás consigo mismas; y, a pesar de todos mis esfuerzos, siempre han gastado cuanto han recibido. Por más sencillamente que Teresa vista, la pensión de Rey jamás le habría bastado para ello, si yo no le hubiese añadido algo todos los años. Ni ella ni yo hemos nacido para ser ricos jamás;, pero esto no lo cuento en el número de nuestras desdichas.

El Contrato social se imprimía con bastante rapidez. No así el Emilio, cuya publicación esperaba para realizar el proyecto de retiro que acariciaba. De cuando en cuando Duchesne me enviaba modelos de impresión para escoger, y cuando había elegido, en vez de empezar me remitía otros. Cuando al fin hubimos resuelto acerca de la forma y de la letra, y cuando había ya muchas hojas impresas, por una ligera modificación que hice en una prueba, lo empezó todo de nuevo, y al cabo de seis meses nos encontrábamos como él primer día. Durante todos estos ensayos vi claramente que la obra se imprimía en Francia al mismo tiempo que en Holanda, y que se hacían a la vez dos ediciones. Lejos de haber sido cómplice en la edición de Francia, siempre me había opuesto a que se hiciese; mas al fin, puesto que de grado o por fuerza se llevaba a cabo, y puesto que servía de modelo para la obra, era forzoso verla y corregir las pruebas a fin de evitar que estropeasen y desfigurasen mi libro. Por otra parte, el magistrado se conformaba de tal modo con la impresión de esta obra, que en cierto modo era él mismo quien dirigía la empresa, me escribía muy a menudo y hasta vino a yerme con este motivo en la ocasión de que voy a hablar en breve.

Mientras que Duchesne avanzaba a paso de tortuga, retenido por él, Néaulme seguía aun más lentamente, pues no le remitían con fidelidad los pliegos a medida que se imprimían. Creyó éste notar mala fe en el proceder de Duchesne, es decir, de Guy, que hacía sus veces; y viendo que no se cumplía lo pactado, me escribía carta tras carta llenas de clamores y quejas que yo podía remediar menos aun que las que yo mismo tenía. Su amigo Guérin, que a la sazón me veía con frecuencia, me hablaba incesantemente de este libro, pero siempre con la mayor reserva. Sabía y no sabía que se imprimía en Francia; sabía y no sabía que el magistrado andaba en ello; compadeciéndome por los quebrantos que me iba a causar este libro, parecía acusarme de imprudencia sin quererme decir jamás en qué consistía; siempre hablaba con segunda intención y buscaba rodeos; parecía no hablar sino para hacerme hablar a mí. Mi confianza era entonces tan completa, que me reía del tono circunspecto y misterioso que empleaba en este asunto, como de una costumbre contraída en los despachos de los ministros y magistrados que frecuentaba. Seguro de haber procedido en toda regla bajo todos conceptos respecto de esta obra, firmemente persuadido de que no sólo podía contar con las simpatías y la protección del magistrado, sino que basta merecía y tenía el favor del ministerio, me felicitaba de mi valor para hacer bien, y me reía de mis pusilánimes amigos que parecían temer por mí. Uno de ellos fué Duclos, y confieso que mi confianza en su rectitud y en sus luces hubiera podido alarmarme, como lo estaba él, si la hubiese tenido menos en la utilidad de la obra y en la probidad de sus patrocinadores. Desde casa del señor Baille vino a yerme a tiempo en que el Emilio estaba en prensa y me habló del mismo. Yo le leí la Profesión de fe del vicario saboyano; escuchó muy tranquilamente y me parece que con gran placer. Cuando hube concluido, me dijo: "Esto, ciudadano, ¿forma parte de un libro que se imprime en París?" "Sí -dije yo- y deberían imprimirlo en el Louvre, por orden del rey". "Convengo en ello -replicó-, pero hacedme el favor de no decir a nadie que me habéis leído este trozo". Esta sorprendente manera de expresarse me extrañó sin asustarme. Sabiendo que Duclos veía con frecuencia a Malesherbes, me parecía extraño que pensase de un modo tan diferente sobre un mismo objeto.

Hacía más de cuatro años que vivía en Montmorency sin haber pasado un solo día en cabal salud. Aunque allí el aire es excelente, las aguas son malas, y esto podía muy bien ser una de las causas que contribuían a empeorar mis habituales dolencias. Hacia fines del otoño de 1761 se agravó mi enfermedad, y pasé un invierno entero sufriendo sin descanso. El mal físico era aumentado con mil inquietudes, de ahí que éstas fuesen aun más sensibles. Hacía algún tiempo que me turbaban sordos y tristes presentimientos, sin que yo mismo supiese el objeto. Recibía cartas anónimas bastante singulares y también otras firmadas que no lo eran menos. Entre ellas recibí una de un consejero del Parlamento de París, quien descontento del orden de cosas establecido, y no augurando un porvenir lisonjero, me consultaba sobre la elección de un asilo en Ginebra o en Suiza para retirarse con su familia. Otra recibí del señor de..., magistrado presidente en el Parlamento de..., quien me proponía redactar para este Parlamento, que a la sazón estaba mal con la corte, memorias y representaciones: ofreciéndome todos los documentos y materiales que necesitase. Cuando sufro soy susceptible de mal humor; en esta situación me hallaba al recibir estas cartas y se vió en mis respuestas, rehusando redondamente lo que me ofrecían. No me arrepiento de mis denegaciones, porque esas cartas podían ser lazos tendidos por mis enemigos y lo que me pedían era contrario a principios de que entonces menos que nunca quería apartarme; mas, pudiendo rehusar con dulzura, lo hice con dureza y en esto es en lo que hice mal.

Las dos cartas que acabo de citar se hallarán entre mis papeles. La del consejero no me sorprendió del todo, porque yo pensaba, como él y muchos otros, que el estado de Francia amenazaba un próximo trastorno. Los desastres de una guerra desgraciada, que procedían de faltas todas del gobierno; el increíble desorden de la hacienda; la continua incertidumbre de la administración, presa hasta entonces de dos o tres ministros en guerra abierta entre sí, y que, para hacerse mutuamente daño, precipitaban el reino a su ruina; el descontento general del pueblo y de todos los cuerpos del Estado; la contumacia de una mujer obstinada que, sacrificando siempre a sus gustos sus luces, si es que las tenía, separaba siempre de los empleos a los más capaces para colocar a los que le agradaban más, todo concurría a justificar la previsión del consejero, del público y la mía. Esta previsión me puso varias veces en el caso de pensar yo mismo en buscar un asilo fuera del reino, antes de que sobreviniesen las sublevaciones que parecían amenazarle; pero tranquilizado por la idea de mi pequeñez y de mi carácter apacible, creí que ninguna tempestad podía penetrar hasta cl seno de la soledad donde yo deseaba vivir, y sólo me inquietaba ver que, en este estado de cosas, el señor de Luxembourg se prestaba a desempeñar comisiones que debían hacerle perder algo del buen concepto que merecía su gobierno. Yo hubiera querido que él se procurase una retirada a todo evento, por si llegaba el caso de que la gran máquina se desplomase, como parecía de temer en semejante estado de cosas; y aún hoy mismo me parece indudable que si las riendas del gobierno no hubiesen parado al fin a una sola mano, la monarquía francesa se hallaría ahora reducida al último extremo. A medida que empeoraba mi estado, iba con más lentitud la impresión del Emilio, y fué al fin suspendida, sin que pudiese saber por qué motivo, sin que Guy se dignase escribirme ni responderme, sin que pudiese saber nada de nadie, ni de cuanto pasaba, pues de Malesherbes se hallaba a la sazón en el campo. Una desdicha, cualquiera que sea, jamás me turba ni abate, mientras sepa en qué consiste; pero tengo propensión a temer las tinieblas: me asusta y me repugna su lobreguez; lo misterioso me inquieta siempre, es harto contrario a mi carácter, abierto hasta la imprudencia. Creo que el aspecto del más horroroso monstruo me asustaría poco; mas si de noche creo ver una figura bajo un lienzo blanco, tengo miedo. He ahí, pues, cómo mi imaginación se inflamaba con este prolongado silencio y se empeñaba en forjar fantasmas. Cuanto más a pecho tomaba la publicación de mi mejor y última obra, más me atormentaba buscando qué podía detenerla; y llevándolo siempre todo al extremo, en la suspensión de la impresión del libro, creía ver su supresión. Entre tanto, no pudiendo imaginar ni el por qué ni el cómo, estaba en la incertidumbre más cruel del mundo. Escribía carta tras carta a Guy, al señor de Malesherbes, a la señora de Luxembourg, y las respuestas no venían o no llegaban cuando las aguardaba, lo que me preocupaba de tal modo que me hacía delirar. Por desdicha supe en aquel mismo tiempo que el padre Griffet, jesuita, había hablado del Emilio y había citado algunos pasajes. En aquel instante mi imaginación voló como un rayo y me descubrió todo el misterio de iniquidad; vi en ello la marcha tan clara y seguramente como si me hubiese sido revelada. Figúreme que los jesuitas, furiosos por el tono despreciativo con que hablaba de los colegios, se habían apoderado de mi obra; que eran los que hablan detenido la edición; que instruidos por Guérin, su amigo, de mi estado presente, y previendo mi muerte próxima, de la que yo no dudaba, querían retardar la impresión hasta entonces, con el designio de cortar y alterar mi obra, y de achacarme, para llenar sus miras, sentimientos distintos de los míos. La multitud de hechos y de circunstancias que vinieron a agolparse en mi ánimo a causa de esta locura, a darle verosimilitud, más aun, a manifestarme su evidencia y demostración, fué extraordinaria. Yo sabía que Guerin estaba entregado en cuerpo y alma a los jesuitas; y a consejo de éstos atribuía todas las manifestaciones de amistad que aquél me había hecho; creí que por instrucción suya me habla instado a tratar con Néaulme; que habían obtenido los primeros pliegos de mi obra de dicho Néaulme; que luego habían encontrado medio de detener la impresión en casa de Duchesne, y tal vez de apoderarse de mi manuscrito para modificarlo a su comodidad, hasta que mi muerte les dejase libres para publicarlo disfrazado a su gusto. A pesar de la zalamería del padre Berthier, siempre había sentido que los jesuitas distaban mucho de quererme, no sólo por ser enciclopedista, sino porque todos mis principios eran aun más opuestos a sus máximas y a su influencia que la incredulidad de mis compañeros, puesto que el fanatismo ateo y el fanatismo devoto, siendo afines por su común intolerancia, pueden hasta llegar a unirse, como lo han hecho en la China y como lo hacen contra mí; mientras que la religión razonable y moral, destruyendo todo poder humano sobre las conciencias, deja sin recurso a los árbitros de este poder. Yo sabía que el señor canciller era también muy amigo de los jesuitas, y temía que el hijo, intimidado por el padre, se viese obligado a abandonarles la obra que había protegido. Hasta creía ver el efecto de este abandono en los embrollos que comenzaban a suscitarme con motivo de los dos primeros libros: exigían cartones por meras bagatelas; cuando los otros dos volúmenes estaban, como lo sabían muy bien, tan llenos de cosas más fuertes, que hubiera sido necesario refundirlos completamente, si hubiesen querido censurarlos al tenor de los primeros. Además sabía, y el mismo señor de Malesherbes me lo había dicho, que el abate de Grave, a quien había encargado inspeccionase esta edición, era también partidario de los jesuitas. No veía más que jesuitas por todas partes, sin pensar que, en vísperas de ser anonadados y enteramente ocupados en su propia defensa, les importaba más ocuparse en otras cosas que en ir a entorpecer la impresión de un libro donde no se trataba de ellos. No digo bien al decir sin pensar, porque lo cierto es que pensé en ello; y fué también una objeción que no se olvidó de hacerme el señor de Malesherbes tan luego como tuvo noticia de mi desvarío; pero por una de esas extravagancias del hombre que desde el fondo de su retiro quiere dar con el secreto de los grandes negocios, de que no sabe una palabra, jamás quise creer que los jesuitas estuviesen en peligro, y el rumor que en este sentido se esparcía me pareció ser un señuelo armado por ellos para adormecer a sus adversarios. Sus pasadas victorias, que jamás se habían desmentido, me daban una idea tan terrible de su poder, que yo deploraba ya la vileza del Parlamento. Sabia que el señor de Choiseul había estudiado con los jesuitas, que la señora de Pompadour no estaba mal con ellos, y que su liga con las favoritas y los ministros había parecido siempre a unos y a otros ventajosa contra sus comunes enemigos. La corte parecía no meterse en nada; y persuadido de que si la Compañía recibía algún rudo golpe, jamás lo recibiría del Parlamento, porque éste no sería bastante fuerte para asestárselo, en esta inacción de la corte hallaba yo el fundamento de su confianza y el augurio de su triunfo. En fin, no viendo en todos los rumores que corrían más que un artificio suyo para poder acudir a todo, no dudaba de que a poco aplastarían al jansenismo, al Parlamento, a los enciclopedistas y a cuantos no hubieran tolerado su yugo; y que si al fin dejaban aparecer mi libro, no sería sin haberlo transformado de modo que les sirviese de arma, prevaliéndose de mi nombre para sorprender a mis lectores.

Me sentía morir. No comprendo cómo esta extravagancia no acabó de sepultarme; tan horrible era para mí la idea de que mi memoria sería deshonrada después de mi muerte en mi mejor y más digna obra. Jamás he temido tanto la muerte; y creo que si me hubiese abandonado la vida en estas circunstancias, habría muerto desesperado. Hoy mismo que veo desarrollarse sin obstáculo la más negra, la más horrenda trama que jamás se ha formado contra la memoria de un hombre, moriré mucho más tranquilo, seguro de dejar en mis escritos un testimonio que triunfará tarde o temprano de las maquinaciones de los hombres.

(1762.) El señor de Malesherbes, testigo y confidente de mis inquietudes, empleó para calmarlas una diligencia que prueba la inagotable bondad de su corazón. La señora de Luxembourg contribuyó a esta buena obra, y fué muchas veces a casa de Duchesne para saber lo que sucedía con esta edición. Al fin se volvió a trabajar en esta impresión y siguió con más regularidad, sin que jamás haya podido saber por qué se había suspendido. El señor de Malesherbes tuvo la amabilidad de venir a Montmorency para tranquilizarme, y pudo lograrlo; mi perfecta confianza en su rectitud triunfó del extravío de mi pobre cabeza e hizo eficaz todo lo que él llevó a cabo para calmarme. Habiendo visto mi angustia y mi delirio, era natural que me hallase digno de compasión, y así fué. Entonces recordó las murmuraciones constantemente desmentidas de la cábala filosófica que lo rodeaba. Cuando fui a vivir al Ermitage, divulgaron, como tengo dicho, que yo no aguantaría mucho tiempo. Cuando vieron que perseveraba, dijeron que era por obstinación, por orgullo, por vergüenza de retractarme; pero que me fastidiaba atrozmente y que vivía allí infeliz. El señor de Malesherbes lo creyó así y me lo escribió. Impresionado al ver que participaba de este error un hombre a quien tenía en tanto aprecio, le escribí cuatro cartas consecutivas, donde, haciendo la exposición de los verdaderos motivos de mi conducta, le describí fielmente mis gustos, mis inclinaciones, mi carácter y lo que mi corazón sentía. Estas cuatro cartas, escritas sin borrador, precipitadamente, a vuela pluma y aun sin ser releídas, son quizá la única cosa que he escrito con facilidad en toda mi vida, y, lo que es muy sorprendente, en medio de mis sufrimientos y del extremo abatimiento en que me hallaba. Gemía, sintiéndome desfallecer, al pensar que dejaba en el ánimo de las gentes honradas una opinión tan falsa de mí; y por medio del bosquejo trazado rápidamente en estas cuatro cartas, procuraba suplir en algún modo la falta de las Memorias que me había propuesto escribir. Estas cartas, que agradaron al señor de Malesherbes, el cual las mostró en París, son una especie de sumario de lo que refiero aquí más detalladamente, y por esto mismo merecen ser conservadas. Entre mis papeles se hallará la copia que hizo sacar él a ruego mío y me remitió algunos años después.

Lo único que en lo sucesivo me afligió, creyendo hallarme próximo a la muerte, fué no tener ningún literato de confianza en cuyas manos pudiese depositar mis papeles para que hiciese una elección después de mi muerte. Desde mi viaje a Ginebra había contraído amistad con Moultou, hacia quien me sentía inclinado y deseaba que viniese a cerrar mis ojos. Yo le manifesté mi deseo y creo que él habría hecho con gusto este acto de humanidad si sus negocios y su familia se lo hubiesen permitido. Privado de este consuelo, quise a lo menos manifestarle mi confianza, remitiéndole la Profesión de fe del vicario, antes de su publicación. Esto le fué grato; mas por su respuesta vi que no participaba de la confianza con que yo esperaba el efecto que había de hacer. Deseó poseer algún trozo mío que no lo tuviese nadie más, y le remití una Oración fúnebre del difunto duque de Orleáns, que había compuesto para el abate de Arty y que no fué pronunciada por no habérsele encargado a él, contra lo que esperaba.

Cuando se reanudó la impresión, fué siguiendo hasta el fin, tranquilamente, y ocurrió la singularidad de que, habiendo exigido severamente varias correcciones en los dos primeros tomos, dejaron pasar los dos últimos sin decir nada y sin que su contenido obstase en lo más mínimo para la publicación. Con todo, aun experimentaba algún temor que no debo pasar en silencio. Después de haber temido a los jesuitas, temí a los jansenistas y a los filósofos. Enemigo de cuanto lleva el nombre de partido, facción o cábala, jamás he esperado nada bueno de las personas que a ellos pertenecen. Las Comadres habían abandonado hacía algún tiempo su antigua estancia y se habían establecido en mi vecindad; de modo que desde su vivienda se oía cuanto se hablaba en la mía y en mi azotea, y desde su jardín podía escalarse muy fácilmente mi torrecilla. En ésta había yo establecido mi gabinete de estudio, de suerte que allí estaba mí mesa cubierta de pruebas y hojas del Emilio y del Contrato social; y cosiendo estas hojas a medida que me las remitían, tenía mis volúmenes mucho tiempo antes de su publicación. Mi indiscreción, mi dejadez, mi confianza en el señor Mathas, dentro de cuyo jardín me hallaba encerrado, hacía que, olvidándome con frecuencia de cerrar mi torrecilla, la hallase abierta por la mañana; cosa que no me hubiera inquietado si no hubiese creído notar trastorno en mis papeles. Después de haber hecho esta observación diferentes veces, tuve más cuidado en cerrar la torre, aunque el cerrojo era malo y no podía darse más que media vuelta a la llave. Parando mejor atención, hallé entonces aun más desarreglo que cuando lo dejaba todo abierto. En fin, uno de mis volúmenes quedó eclipsado durante un día y dos noches, sin que me fuese posible dar con él hasta la mañana del tercer día que lo hallé sobre mi mesa. Jamás he sospechado del señor Mathas, ni de su sobrino Dumolin, porque ambos me querían y tengo confianza completa en ellos. En cambio empezaba a tenerla menor en las Comadres. Sabia que, a pesar de ser jansenistas, estaban algo relacionadas con D'Alembert y vivían en la misma casa. Esto me inquietó y me obligó a estar más atento. Llevé los papeles a mi cuarto y cesé completamente de ver a aquella gente, porque supe que se vanagloriaban, en muchas casas, de tener el primer volumen del Emilio, que yo había cometido la imprudencia de prestarles; y, aunque continuaron siendo mis vecinos, hasta que yo me marché, desde entonces no he vuelto a tener comunicación con ellos.

El Contrato social salió a luz uno o dos meses antes que el Emilio. Rey, de quien siempre había exigido que no introducirla furtivamente en Francia ninguno de sus libros, se dirigió al magistrado para obtener el permiso de introducir éste por Rouen, adonde hizo el envío por mar. No logró respuesta alguna, y sus fardos permanecieron en Rouen muchos meses, al cabo de los cuales se los devolvieron, después de haber intentado confiscarlos; pero metió Rey tanto ruido, que se los devolvieron. Algunos curiosos trajeron de Amsterdam unos cuantos ejemplares que circularon con poco ruido. Mauléon, que había oído hablar de este libro y que había leído alguna cosa, me habló de él con un tono tan misterioso, que me sorprendió, y basta me hubiera inspirado cuidado, si, seguro de estar en regla bajo todos conceptos y no tener que reprobarme nada, no me hubiese tranquilizado con mi gran máxima. Además, no dudaba de que el señor de Choiseul, ya dispuesto en favor mío, y agradecido al elogio que el aprecio que me merecía me había dictado al escribir esta obra, me sostendría en esta ocasión contra la malevolencia de la señora de Pompadour.

A la sazón tenía motivos para contar más que nunca con la bondad del señor de Luxembourg, y en caso necesario con su apoyo, porque nunca me dió pruebas de amistad más frecuentes ni más afectuosas. En el viaje de Pascuas no me permitió ir al castillo el triste estado en que me hallaba; entonces él fué a yerme todos los días; y viéndome sufrir sin tregua, tanto se empeñó, que me determinó a ser visitado por el hermano Cóme le envió a buscar, lo trajo él mismo, y tuvo el valor, a la verdad raro y meritorio en un gran señor, de quedarse durante la operación, que fué cruel y larga. Sin embargo, no se trataba sino de sondar; pero jamás había podido serlo, ni aun por Morand, que lo probó muchas veces, siempre en vano. El hermano Cóme, que tenía una destreza y una ligereza de manos sin igual, logró al fin introducir una algalia muy pequeña, después de haberme hecho sufrir dos horas, durante las cuales me esforcé por retener las quejas, a fin de no desgarrar el compasivo corazón del buen mariscal. Al primer examen, el hermano Cóme creyó encontrar una gran piedra, y me lo dijo; al segundo no la encontró ya. Después de haber comenzado la operación por segunda y tercera vez, con un cuidado y una exactitud que me hicieron hallar más largo el tiempo, declaró que no había piedra, pero que la próstata era cirrosa y de un tamaño extraordinario; halló la vejiga grande y en buen estado, y acabó por declararme que yo sufriría mucho y que viviría largo tiempo. Si la segunda predicción se cumple como la primera, no está próximo el fin de mis males.

Así es como, después de haber sido tratado sucesivamente durante tantos años por males que no tenía, supe al fin que mi enfermedad, incurable sin ser mortal, duraría tanto como yo. Mi imaginación, reprimida por este conocimiento, no me presentó ya la perspectiva de una muerte cruel en medio de los dolores del cálculo. Cesé de temer que un cabo de candelilla que hacía mucho tiempo se me había roto en la uretra, hubiese formado el núcleo de una piedra. Libre de los males imaginarios, para mí más crueles que los reales, sobrellevé mejor estos últimos. Desde entonces he sufrido constantemente mucho menos de mi enfermedad, y nunca puedo acordarme de que debo este alivio al señor de Luxembourg sin enternecerme nuevamente con su memoria.

Vuelto, por decirlo así, a la vida, y más que nunca ocupado en el plan con arreglo al cual quería pasar el resto de ella, para ejecutarlo sólo esperaba la publicación del Emilio. Pensaba en la Turena, donde había estado ya, y que me agradaba mucho, tanto por la dulzura del clima, como por la de los habitantes.

La terra molle e lieta e dilettosa

Símili a se gli abitator produce.

Yo había hablado ya de mi proyecto al señor de Luxembourg, que quiso hacerme desistir de él; mas otro día le volví a hablar del mismo, como de cosa resuelta. Entonces me propuso el castillo de Merlou, a quince leguas de París, como un asilo que podía convenirme, y en el cual él y la duquesa tendrían un placer en establecerme. Esta proposición me conmovió y no me desagradó. Ante todo era preciso ver el lugar y convinimos el día en que el señor mariscal había de enviar a su ayuda de cámara con un coche para llevarme allá. El día convenido me hallé muy incómodo; preciso fué aplazar el viaje, y los contratiempos que sobrevinieron me privaron de llevarlo a cabo. Posteriormente supe que Merlou no pertenecía al señor mariscal, sino a su señora, y esto me consoló más fácilmente de no haber ido.

Al fin apareció el Emilio sin que oyese hablar más de cartones ni de ninguna otra dificultad. Antes de su publicación el señor mariscal me pidió todas las cartas de Malesherbes referentes a esta obra. La gran confianza que ambos me merecían y mi profunda tranquilidad de espíritu me impidieron reflexionar en lo que esto tenía de extraordinario y aun de alarmante. Anteriormente el señor de Malesherbes me había indicado que retiraría las cartas escritas por mí a Duchesne durante mi inquietud acerca de los jesuitas, y fuerza es confesar que vio hacían mucho honor a mi razón. Mas yo le dije que en ningún caso quería pasar por mejor de lo que era y que podía dejarle aquellas cartas. Ignoro lo que hizo.

Este libro no fué recibido con aquel estrépito de aplausos que alcanzaban todos mis escritos. Jamás hubo publicación alguna que obtuviese tantos elogios particulares, ni tan poca aprobación del público. Lo que de ella me dijeron, lo que me escribieron las personas más capaces de juzgarla, me confirmaron en la creencia de que ésta era la mejor y más importante de mis obras. Mas todo esto fué dicho con las más singulares precauciones, como si hubiese importado conservar secreto lo bien que de ella se pensaba. La señora de I3oufflers, que me indicó que el autor de este libro merecía estatuas y el homenaje de todo el género humano, me rogó sin rodeos, al final de su carta, que se la devolviera. D'Alembert, el cual me escribió diciéndome que esta obra ponía fuera de duda mi superioridad, y había de colocarme a la cabeza de todos los literatos, no firmó su carta, aunque había firmado todas las que hasta entonces me había dirigido. Duclos, amigo seguro, hombre veraz, pero circunspecto, que apreciaba este libro, evitó hablarme de él por escrito. La Condamine se fijó en la Profesión de fe, y se escapó por la tangente. Clairant en su carta se limitó al mismo trozo: pero no temió expresar la emoción que le había causado; y textualmente me dijo que esta lectura había reanimado su viejo espíritu: de todas las personas a quienes remití mi libro fué el único que dijo alta y libremente a todo el mundo el buen concepto que le merecía.

Mathas, a quien asimismo di un ejemplar antes de que se pusiese en venta, lo prestó al señor de Blaire, consejero del Parlamento, padre del intendente de Estrasburgo. Blaire tenía una quinta en Saint-Gratien, y Mathas, antiguo conocido suyo, iba a verle allí algunas veces cuando podía. Dióselo a leer antes de haber circulado, y Blaire, al devolvérselo, le dijo estas mismas palabras, que me fueron repetidas el mismo día: "He aquí un libro magnífico, señor Mathas, pero del cual se hablará en breve más de lo que desearía su autor". Cuando éste me lo dijo me eché a reír, no viendo en ello más que la importancia de un togado que hace de todo un misterio. Ninguna de las frases alarmantes que se me dirigieron me causó más impresión, y lejos de prever de ningún modo la catástrofe que tan cerca estaba, seguro de la utilidad y de la bondad de mi libro; seguro de haber obrado en toda regla bajo todos conceptos; seguro, como creía estarlo, de la influencia de la señora de Luxembourg, y hasta del favor del ministerio, yo mismo me aplaudía la resolución de retirarme en lo mejor de mis triunfos, y cuando acababa de aplastar a todos mis émulos.

Sólo una cosa me inquietaba en la publicación de esta obra, y esto menos por mi seguridad que por descargo de mi corazón. En el Ermitage y en Montmorency, había visto de cerca y con indignación las vejaciones que un exceso de celo en favor de los placeres de los príncipes hace caer sobre los infelices labradores, obligados a sufrir los perjuicios que causa la caza en sus campos, sin osar defenderse a no ser a fuerza de ruido, y viéndose en la necesidad de pasar la noche junto a sus habas y guisantes, con calderos, tambores y cascabeles, para ahuyentar los jabalíes. Testigos de la bárbara crueldad con que el señor conde de Charolais hacía tratar a esas pobres gentes, habla dicho algo sobre esta crueldad hacia el fin del Emilio. Ésta fué otra infracción de mis máximas que no ha quedado impune. Supe que los servidores del señor príncipe de Conti no se portaban con mucha menos dureza en sus tierras; temí que este príncipe, a quien tenía un respeto y agradecimiento profundos, creyese dicho para él lo que me habla inspirado el sentimiento de humanidad irritado contra su tío y se ofendiese por ello. No obstante, como mi conciencia estaba completamente segura acerca de este punto, me tranquilicé apoyándome en ella e hice bien. A lo menos nunca he sabido que este gran príncipe se haya fijado en este pasaje, escrito mucho tiempo antes de que él me conociera.

Pocos días antes o después de la publicación de mi libro, porque no recuerdo exactamente el tiempo, apareció otra obra sobre cl mismo tema, sacada, palabra por palabra, de mi primer tomo, a excepción de algunas vulgaridades que hablan mezclado en este extracto. Este libro llevaba el nombre de un ginebrino llamado Balexsert, y en la portada decía haber ganado el premio en la academia de Harlem. Fácilmente comprendí que esta academia y este premio eran una creación flamante para ocultar el plagio a los ojos del público; mas también vi que habla en esto alguna intriga previa de que no comprendí una palabra; ya porque se hubiese comunicado mi manuscrito, sin lo cual no hubiera podido hacerse este robo, ya con el objeto de inventar la historia de este pretendido premio, a la cual era preciso dar algún fundamento. Hasta muchos años después no penetré el misterio, y entreví lo que había puesto en juego el señor Balexsert por algunas palabras escapadas a Ivernois.

Los sordos mugidos que preceden a la tempestad empezaban a dejarse oír, y todas las personas de alguna penetración vieron claramente que, con motivo de mi libro y de mí, se tramaba una conjuración que no tardaría en estallar. Por mi parte, tal fué mi confianza y mi estupidez, que, lejos de prever mi desdicha, ni siquiera sospechaba la causa después de haber sentido sus efectos. Empezaron por divulgar con bastante destreza, que pues había tal encono contra los jesuitas, no podía manifestarse una indulgencia parcial para con los libros y los autores que atacaban a la religión. Me echaban en cara haber puesto mi nombre en el Emilio, como si no hubiese hecho lo mismo con todos mis demás escritos, a lo que nada habían tenido que oponer. Parecían temer verse obligados a practicar algunas diligencias desagradables, pero que harían necesarias las circunstancias a que había dado lugar la imprudencia mía. Llegaron a mí estos rumores sin inquietarme en lo más mínimo; ni siquiera se me ocurrió la idea de que pudiese haber en todo esto nada tocante a mi persona, pues me sentía perfectamente irreprensible, apoyado en regla bajo todos conceptos, y no temía que la señora de Luxembourg me dejase en un atolladero, por una culpa que, si existía, era completamente suya. Pero sabiendo cómo van las cosas en semejantes ocasiones, y que es costumbre proceder contra los libreros, dejando a los' autores, estaba con cuidado por el pobre Duchesne, si el señor de Malesherbes le llegaba a abandonar.

Yo seguí tranquilo. El ruido aumentó y pronto cambió de tono. El público, y sobre todo el Parlamento, parecían irritarse al ver mi tranquilidad. Al cabo de algunos días, la fermentación fué terrible; y cambiando de objeto las amenazas, se encaminaron directamente a mi. Oíase decir sin rebozo a los individuos del Parlamento, que de nada servía quemar los libros, y era necesario quemar a sus autores. En cuanto a los libreros, nadie se ocupaba de ellos. La primera vez que llegaron a mí estos propósitos, más dignos de un inquisidor de Goa que de un senador, creí firmemente que sería una invención de la jauría holbáquica que tendría por objeto asustarme para hacerme huir. Me reí de esta trama pueril, y me decía, burlándome de ellos, que si hubiesen sabido la verdad de las cosas, habrían buscado otro medio para infundirme miedo; mas tales llegaron a ser los rumores, que se vió claramente que la cosa iba de veras. Los señores de Luxembourg habían adelantado este año su segundo viaje a Montmorency, de suerte que ya estaban allí a principios de junio. Oí hablar muy poco de mis nuevos libros, a pesar del ruido que metían en París, y los dueños de la casa no me hablaron de ellos una sola palabra. Sin embargo, una mañana en que me hallaba solo con el señor de Luxembourg, éste me dijo: "¿Habéis hablado mal del señor de Choiseul en el Contrato social?" "¿Yo? -le dije, retrocediendo de sorpresa-; no, os lo juro; al contrario, con una pluma que no es lisonjera, he hecho de él el mejor elogio que ministro alguno haya recibido". Y en seguida le cité el pasaje. "~Y en el Emilio?" -volvió a preguntar.- "Ni una palabra -respondí yo-; allí no hay nada que a él se refiera?" "¡Ah! -dijo con más viveza que de ordinario-; era preciso hacer lo mismo en el otro libro, o ser más claro". "Yo he creído serlo -añadí-; le apreciaba bastante para ello". Iba a tomar de nuevo la palabra, le vi próximo a abrir los labios; pero se detuvo y calló. ¡Desdichada política de cortesano, que en los mejores corazones domina a la amistad misma!

Esta conversación, aunque corta, me dió luz sobre mi situación, a lo menos, bajo cierto punto de vista, y me hizo comprender que, en efecto, era a mí a quien querían dañar. Deploré esta inaudita fatalidad que hacía redundar en perjuicio mío cuanto bien hacía o debía. Sin embargo, puesto que en este asunto la señora de Luxembourg y el señor de Malesherbes eran mi escudo, no comprendí cómo podían componérselas para descartarlos a ellos y venirse directamente a mí; porque conocí muy bien desde entonces que ya no se trataba de equidad ni de justicia, y que no se andarían con reparos para examinar si yo era o no culpable. Entre tanto la tempestad mugía más y más. No había nadie, hasta el mismo Néaulme, que en el exceso de su habladuría no manifestase arrepentimiento por haberse metido en nada tocante a esta obra, y la certeza en que parecía estar de la suerte que amenazaba al libro y a su autor. Había con todo una cosa que siempre me daba ánimo; veía a la señora de Luxembourg tan tranquila, tan contenta y hasta tan risueña, que era necesario estar muy satisfecha de su proceder para no tener la menor zozobra respecto a mí, para no dirigirme una sola palabra de conmiseración ni de excusa, para ver el giro que tomaba este asunto con la misma sangre fría que si no hubiese tomado en él parte alguna y como si nunca se hubiese interesado por mí. Lo asombroso es que no me decía nada absolutamente, cuando a mí me parecía que hubiera debido decirme alguna cosa. La señora de Boufflers parecía menos tranquila. Iba y venía con alterado semblante, se agitaba mucho y me aseguraba que el señor príncipe de Contí trabajaba mucho también con el objeto de parar el golpe que me preparaban, y que atribuía siempre a las circunstancias, en las cuales importaba mucho al Parlamento no dejarse acusar por los jesuitas de indiferencia en materia de religión. No obstante, parecía contar poco con el resultado de los pasos que daba él y de los suyos. Sus conversaciones, más alarmantes que tranquilizadoras, tendían todas a persuadirme a que me ocultara, y me aconsejaba siempre que fuese a Inglaterra, donde me ofrecía muchos amigos, entre ellos, el célebre Hume, que lo era suyo hacía mucho tiempo. Viendo que persistía en permanecer tranquilo, acudió a un medio más capaz de doblegarme, y fué darme a entender que si me prendían y me interrogaban, no podría menos de nombrar a la señora de Luxembourg, y que la amistad que me tenía la hacía acreedora a que no me expusiese yo por no comprometerla. Respondí que en tal caso podía estar tranquila, pues no la comprometería jamás. Ella replicó que era más fácil tomar que cumplir semejante resolución; y en esto tenía razón, sobre todo tratándose de mí, que estaba resuelto a no perjurar ni mentir jamás ante los jueces, cualquiera que fuese el riesgo que pudiese correr diciendo la verdad.

Viendo que esta reflexión me había impresionado algún tanto, sin que, no obstante, pudiese resolverme a huir, me habló de pasar algunas semanas en la Bastilla, como medio de sustraerme a la jurisdicción del Parlamento, que no entiende de los prisioneros de Estado. Nada objeté a esta singular gracia, con tal que no fuese solicitada en mi nombre. Como no me habló más de esto, posteriormente pensé que sólo me había hecho esta proposición para sondearme, y que no habían querido emplear un medio que ponía término a todo.

Pocos días después, el señor mariscal recibió del cura de Deuil, amigo de Grimm y de la señora de Épinay, una carta en que le decía saber por buen conducto que el Parlamento debía proceder contra mí con la mayor severidad, y que en tal día, que precisaba, se daría orden de prenderme. Este aviso me pareció venir de los holbáquicos; sabía que el Parlamento era muy afecto a los procedimientos legales y que era infringirlos todos el comenzar en este caso por un auto de prisión, antes de saber jurídicamente si yo admitía el libro y si realmente era su autor. Solamente, decía yo a la señora de Boufflers, los crímenes que envuelven una amenaza a la seguridad pública pueden motivar un decreto de prisión contra el acusado, por temor de que eluda el castigo. Mas cuando se quiere castigar un delito como el mío, que merece honores y recompensas, se procede contra el libro, evitando habérselas con el autor. A esto respondió haciendo una distinción sutil que he olvidado, encaminada a probarme que decretaban mi prisión para hacerme un favor, en vez de señalarme día para ser oído. Al día siguiente recibí una carta de Guy, que me participaba, que, habiéndose hallado aquel mismo día en casa del procurador general, habla visto en su despacho el borrador de una requisitoria contra el Emilio y su autor. Nótese que el expresado Guy era el socio de Duchesne, quien había impreso la obra; el cual, por su parte, perfectamente tranquilo, daba por caridad este aviso al autor. Puede juzgarse cuán poco digno de crédito juzgué todo esto. ¿Era tan sencillo, tan natural, que un librero, admitido en audiencia por el señor procurador general, leyese tranquilamente los manuscritos y los borradores esparcidos sobre el despacho de este magistrado? La señora de Boufflers y otros me confirmaban lo mismo. En vista de los absurdos con que me atronaban incesantemente los oídos, tentado estuve de creer que todos se habían vuelto locos.

Conociendo perfectamente que había en todo esto algún misterio que no querían revelarme, esperaba tranquilamente los acontecimientos, descansando en mi rectitud y en mi inocencia, y teniéndome por harto afortunado, cualesquiera que fuesen las persecuciones que me esperasen, con ser llamado al honor de sufrir por la verdad. Lejos de temer y ocultarme, iba todos los días a palacio y todas las tardes daba el paseo de costumbre. El día 8 de junio, víspera del decreto, lo di en compañía de los dos profesores oratorianos, el padre Alamanni y el padre Mandard. Nos llevamos a los Champeaux una merienda, que saboreamos con muy buen apetito. Habíamos olvidado los vasos; suplimos su falta con pajas de centeno, con las cuales aspiramos el vino de la botella, jactándonos de elegir tubos muy anchos, para chupar a cual más. En mi vida he estado tan alegre.

Ya dije cómo perdí el sueño en mi juventud. Desde entonces tenía la costumbre de leer por la noche en la cama, hasta que sentía cerrárseme los ojos. Entonces apagaba la luz y procuraba adormecerme algunos instantes que no eran muy largos. Mi lectura ordinaria de la noche era la Biblia, y de esta suerte la leí toda lo menos cinco o seis veces seguidas. Aquella noche, hallándome más desvelado que de ordinario, prolongué más mi lectura, y leí todo el libro que termina con el levita de Efraim, y que, si no me equivoco, es el Libro de los Jueces; pues desde entonces no he vuelto a verlo. Esta historia me impresionó vivamente y me hallaba preocupado por una especie de sueño cuando de repente fui distraído de él por el ruido, y la luz. Teresa, que la llevaba, alumbraba al señor La Roche, quien, viéndome incorporarme bruscamente, me dijo: "No os alarméis; vengo de parte de la señora maríscala, que os escribe y os envía una carta del señor príncipe de Conti". En efecto, en la carta de la señora de Luxembourg hallé la que un expreso del señor príncipe acababa de llevarle avisándole que, a pesar de todos sus esfuerzos, se había resuelto proceder contra mí con todo rigor. "La fermentación, le decía, es extrema; nada puede evitar el golpe; lo exige la corte y lo quiere el Parlamento: a las siete de la mañana se decretará su prisión e irán a prenderle en seguida. He logrado que si se aleja, no se le persiga; mas, si persiste en dejarse coger, se le prenderá". La Roche me instó, de parte de la señora maríscala, a que me levantase y fuese a conferenciar con ella. Eran las dos y acababa de acostarse. "Os espera -añadió La Roche-, y no quiere dormirse sin haberos visto". Yo me vestí aprisa y corrí hacia allá.

Me pareció hallarla agitada, siendo la primera vez que así la vela. Su turbación me conmovió, y en este momento de sorpresa en medio de la noche, yo mismo no estaba exento de emoción; mas, al verla, me olvidé de mí mismo para no pensar sino en ella, y en el triste papel que iba a representar si yo me dejaba prender; porque, sintiéndome con bastante valor para no decir nunca más que la verdad, aunque debiese perjudicarme y perderme, no me sentía con bastante presencia de ánimo ni suficiente destreza, ni quizá con la firmeza necesaria para no comprometerla si me vela acosado. Esto me decidió a sacrificar mi gloria a su tranquilidad, a hacer en esta ocasión por ella lo que nada hubiera sido capaz de obligarme a hacer por mí. Desde el momento en que me hube resuelto, se lo declaré, no queriendo disminuir el precio de mi sacrificio, haciéndoselo comprar. Estoy seguro de que no pudo equivocarse acerca del motivo de mi determinación; sin embargo, ni una sola palabra me dijo que revelase agradecimiento. Esta indiferencia me chocó tanto que hasta tuve impulsos de retractarme: pero vino el señor mariscal y a poco llegó de París la señora de Boufflers. Ellos hicieron lo que hubiera debido hacer la señora de Luxembourg. Yo me dejé adular; me dio vergüenza el retractarme, y ya no se trató sino del lugar dónde me escondería, y de la ocasión de mi marcha. El señor de Luxembourg me propuso permanecer en su casa algunos días de incógnito para deliberar y tomar despacio las medidas necesarias; yo no consentí en ello, como tampoco en la proposición de ir secretamente al Temple, y me obstiné en querer partir aquel mismo día antes que permanecer oculto en parte alguna.

Conociendo que tenía en el reino enemigos secretos y poderosos, juzgué que, a pesar de mi apego a Francia, debía salir de ella para mi tranquilidad. Mi primer impulso fué retirarme a Ginebra; pero un instante de reflexión bastó para disuadirme de cometer esa necedad. Sabía que el ministerio francés, más poderoso aun en Ginebra que en París, no me dejaría más tranquilo en una de estas ciudades que en la otra, si había resuelto atormentarme. Sabía que el Discurso sobre la desigualdad había excitado contra mí en el consejo un odio tanto más peligroso, cuanto que no osaba manifestarse. Y sabía, por último, que cuando apareció La nueva Eloísa, a instancias del doctor Tronchin, se había apresurado a prohibirla; pero viendo que nadie le imitaba, ni aun en París, se avergonzó de esta ligereza y levantó la prohibición: por consiguiente no me cabía duda de que, hallando ahora una ocasión más propicia, tendría buen cuidado de aprovecharla. Además no ignoraba que, a pesar de ponerme buena cara, en todos los corazones ginebrinos reinaba contra mí una secreta envidia, que no esperaba más que una ocasión oportuna para saciarse. Con todo, el amor a la patria me atraía hacia la mía, y si hubiese podido lisonjearme de vivir en paz en ella, ni un instante hubiera vacilado: mas no permitiéndome el honor ni la razón refugiarme allí como un fugitivo, resolví acercarme solamente a ella, e ir a esperar en Suiza la determinación que tomasen en Ginebra respecto a mí. Luego se verá que esta incertidumbre no duró mucho tiempo.

La señora de Boufflers desaprobó grandemente este plan y se esforzó nuevamente para determinarme a pasar a Inglaterra; mas no pudo vencerme. Jamás he tenido simpatía ni por Inglaterra ni por los ingleses; y, sin que acertase a comprender la causa, lejos de vencer mi repugnancia, toda la elocuencia de la señora de Boufflers parecía aumentarla.

Resuelto a partir en aquel mismo día, desde la mañana me marché para todo el mundo, y La Roche, a quien envié a buscar mis papeles, no quiso decir ni aun a Teresa si estaba o no ausente. Desde que me había resuelto a escribir algún día mis Memorias, había acumulado muchas cartas y otros papeles; de suerte que fueron necesarios varios viajes para transportarlos. Puse aparte un montón de esos papeles ya escogidos, y empleé el resto de la mañana en seguir escogiendo entre los demás, a fin de no llevarme sino lo que pudiese servirme y quemar lo demás. El señor de Luxembourg quiso ayudarme en este trabajo, el cual resultó tan largo que no pudimos concluirlo en toda la mañana, y no me quedó tiempo para quemar nada. El señor mariscal me ofreció encargarse de terminarlo, quemar él mismo lo que no sirviese, sin fiarse de nadie más, y remitirme todo lo que hubiera separado. Yo acepté la oferta, contento con poder librarme de este cuidado, para poder pasar las pocas horas que me quedaban con personas queridas que iba a dejar para siempre. Tomó la llave del cuarto donde dejé esos papeles, y, a ruego mío, envió a buscar a mi pobre Teresa, que se consumía en la mortal duda de lo que habría sido de mí y de lo que sería de ella, esperando a cada instante a los alguaciles, sin saber cómo conducirse ni qué responderles. La Roche la condujo al castillo sin decirle nada: ella me creía muy lejos ya, y al yerme llenó el aire con sus gritos y se precipitó en mis brazos. ¡ Oh amistad, correspondencia de los corazones, hábito, intimidad! En este dulce y cruel momento se compendiaron todos los días de felicidad, de ternura y de paz pasados juntos, para hacerme sentir mas lo desgarrador de la primera separación, después de haber vivido cerca de diecisiete años casi sin perdernos de vista ni un solo día. El mariscal, testigo de este abrazo, no pudo contener las lágrimas y nos dejó. Teresa no quería apartarse de mi lado; mas yo le hice comprender el inconveniente que había en seguirme en aquellos momentos, y la necesidad de que se quedara para liquidar mis efectos y recoger mi dinero. Cuando se de. creta la prisión de un hombre, es costumbre el apoderarse de sus papeles, sellar sus efectos, o inventariarlos y nombrar un depositario. Era, pues, necesario, que se quedase para observar lo que ocurriera, y sacar de todo el mejor partido posible. Le prometí que nos reuniríamos en breve; el señor mariscal confirmó mi promesa; mas nunca quise decirle a dónde iba, a fin de que, al ser interrogada por los que fueran a prenderme, pudiese alegar con verdad su ignorancia sobre este punto. Al abrazarla en el momento de separarnos, yo mismo experimenté una conmoción muy extraordinaria, y en un momento de transporte, ¡ay de mí!, harto profético, le dije: "Hija mía, es necesario que te armes de valor. Has compartido conmigo la prosperidad de mis días más felices; ahora sólo te queda compartir mis miserias, ya que lo quieres. No esperes más que afrentas y calamidades en mi compañía. La suerte que para mí empieza en este triste día me perseguirá hasta mi hora postrera."

No tenía que hacer sino pensar en la marcha. Los alguaciles debían haber venido a las diez. Eran las cuatro de la tarde cuando partí, y aún no habían llegado. Se había resuelto que tomarla la posta. Como yo no tenía silla, el señor mariscal me dió un birlocho y me prestó caballos y un postillón hasta la primera posta, donde, en virtud de sus diligencias, no tuvieron dificultad en proporcionarme caballos.

Como no había comido en la mesa, ni me había dejado ver en el castillo, las señoras vinieron a despedirse de mí en el entresuelo, donde había pasado el día. La señora maríscala me besó varias veces, con semblante asaz triste; pero ya no sentí en estos besos el calor que animaba los que me había prodigado dos o tres años antes. La señora de Boufflers me besó también y me dirigió muy lisonjeras frases. El beso que más me sorprendió fué el de la señora de Mirepoix; pues también estaba presente. La señora maríscala de Mirepoix tiene un temperamento extremadamente frío, es muy honesta y reservada, y me parece que no está completamente exenta de la altivez propia de la casa de Lorena. Nunca había hecho gran caso de mí. Sea porque me halagase este inesperado honor, y procurase aumentar su precio, o que este abrazo llevase de su parte algo de esa conmiseración que es natural en los corazones generosos, ello es que hallé en su acción y en su mirada no sé qué de enérgico que me llegó al alma. Pensando con frecuencia nuevamente en ello, he sospechado después que, no ignorando la suerte a que estaba condenado, no había podido evitar un momento de compasión por mi destino.

El señor mariscal no decía una palabra; estaba pálido como un cadáver, y quiso acompañarme de todos modos hasta la silla que me esperaba en el abrevadero. Atravesamos todo el jardín sin desplegar los labios. Yo tenía una llave del par. que, de que me serví para abrir la puerta; hecho lo cual, en vez de guardármela, se la devolví sin decir nada, y él la tomó con sorprendente vivacidad, hecho en que no he podido menos de pensar a menudo desde entonces. Jamás he tenido un instante tan amargo como el de esta separación. El abrazo fué largo y mudo: uno y otro presentíamos que era nuestro último adiós.

Entre la Barre y Montmorency hallé una carroza de alquiler donde iban cuatro hombres vestidos de negro que me saludaron sonriendo. Por lo que Teresa me ha dicho acerca del aspecto de los alguaciles, de la hora de su llegada y del modo cómo procedieron no me cabe duda de que eran ellos; sobre todo habiendo sabido posteriormente que en vez de darse a las siete la orden de prenderme, como me lo habían anunciado, no se había dado hasta mediodía. Fué preciso atravesar todo París. En un calesín completamente descubierto no se puede ir muy oculto, y en las calles vi a muchas personas que me saludaron como conocidas, mas no reconocí a ninguna. Por la noche me desvié del camino con el objeto de pasar por Villeroy. En Lyon los correos deben ser presentados al comandante, cosa que podía ser embarazosa para mí, que no quería mentir ni cambiar de nombre. Por tanto, fui con una carta de la señora de Luxembourg a suplicar al señor de Villeroy que hiciese de modo que se me exceptuase de esta obligación. El señor de Villeroy me dió una carta de que no hice uso porque no pasé por Lyon, y ha quedado cerrada aún entre mis papeles. El señor duque me instó grandemente a que pasase la noche en Vileroy; mas yo preferí volver a tomar el camino, y en el mismo día anduve dos postas.

Mi silla era ruda, y yo me hallaba harto incómodo para poder hacer largas jornadas. Por otra parte mi aspecto era poco imponente para que me sirviesen bien; y es sabido que en Francia los caballos de posta no corren sino dando latigazos al postillón. Creí suplir el ademán y las palabras pagando con exceso; esto fué peor aun. Me tomaron por un patán que viajaba por encargo y que iba en posta por vez primera en su vida. Desde entonces no me dieron sino rocines, siendo juguete de los postillones, y acabé por donde hubiera debido empezar> teniendo paciencia y resignándome a callar e ir como mejor les pluguiese.

Para no fastidiarme por el camino, tenía en qué ocuparme entregándome a las reflexiones que se me ocurrían sobre cuanto acababa de sucederme, pero ni mi cabeza ni la situación de mi corazón estaban para ello. La facilidad con que olvido el mal pasado, por muy reciente que sea, es extraordinaria. Cuanto más me asusta y me turba preverlo mientras está por venir, tanto más se debilita su recuerdo en mi memoria y se extingue fácilmente después de haberlo pasado. Mi cruel imaginación, que se atormenta sin cesar con los males no presentes todavía, divierte mi memoria y me impide recordar los que han pasado. Contra lo que ha pasado no es necesario precaverse, y es inútil ocuparse en ello. En cierto modo sufro de antemano mis desdichas; y cuanto más pesar me ha costado su perspectiva, tanto mayor facilidad hallo en olvidarlas; mientras que, por el contrario, constantemente preocupado por mi pasada felicidad, la recuerdo pensando y fijándome en ella, hasta el punto de poder gozarla nuevamente cuando quiero. A esta feliz disposición debo el no haber conocido nunca ese humor rencoroso que fermenta en un corazón vengativo por efecto del continuo recuerdo de las ofensas recibidas, y se atormenta a sí mismo con todo el daño que quisiera causar a su enemigo. Naturalmente colérico, he sentido la ira, y hasta el furor en los primeros impulsos; pero jamás se ha arraigado en mi corazón un deseo de venganza. Me acuerdo poco de la ofensa para que me preocupe mucho su autor. No pienso en el mal que me ha hecho, sino en el que puede causarme todavía, y si estuviese seguro de no recibir otro alguno, en el mismo instante olvidaría el que me hubiese inferido. Se nos predica mucho el perdón de las ofensas; indudablemente es una virtud muy hermosa, pero que yo no tengo. Ignoro si mi corazón sería capaz de sofocar su rencor, porque jamás lo ha sentido, y olvido demasiado a mis enemigos para tener el mérito de perdonarlos, y no diré cuánta molestia se dan ellos mismos para molestarme a mí. A su merced estoy: pueden hacer cuanto quieran, y hacer uso de esa facultad. Sólo una cosa está por encima de su poder, y en esto los desafío: y es que, atormentándose por mí, no pueden obligarme a que me atormente por causa suya.

Al día siguiente de haberme puesto en camino, tan completamente había olvidado cuanto acababa de suceder al Parlamento, a la señora de Pompadour, al señor de Choiseul, Grim, D'Alembert y sus tramas, y a sus cómplices, que ni siquiera me habría vuelto a acordar de ellos durante todo el viaje, a no ser por las precauciones que me veía obligado a tomar. Lo que recordé en lugar de todo esto fué mi última lectura de la víspera de mi partida. Asimismo recordé los Idilios, de Gessner, que me había enviado su traductor Hubert, hacia algún tiempo. Estas dos ideas se refrescaron de tal modo en mi memoria, se mezclaron de tal suerte en mi mente, que probé a reunirlas tratando el tema del Levita de Efraim al estilo de Gessner. Ese estilo bucólico y candoroso parecía poco a propósito para un asunto tan atroz, y tampoco era de presumir que mi situación me sugiriese ideas muy risueñas para amenizarlo. Apenas lo hube ensayado, cuando me sorprendió lo florido de mis ideas y la facilidad con que las vertía. En tres días compuse los tres primeros cantos de este pequeño poema, que acabé posteriormente en Motiers; y estoy seguro de no haber hecho en mi vida otra obra en que reine una pureza de costumbres más tierna, tan colorido más fresco, pinturas más candorosas, mayor propiedad, una sencillez más al gusto antiguo en todo, y esto a pesar de lo horrible del asunto, que en el fondo es abominable; de suerte que además tuve el mérito de la dificultad vencida. Si el Levita de Efraim no es la mejor de mis obras, será siempre para mí la más querida. Jamás la he vuelto a leer, ni lo haré sin sentir el aplauso interno de un corazón sin hiel, que, lejos de agriarse por sus desdichas, se consuela consigo mismo, y en sí mismo encuentra medio de desquitarse. Que se junten todos esos grandes filósofos, tan superiores, según sus libros, en la adversidad que no sufrieron jamás; póngaseles en una situación semejante a la mía, y en los primeros momentos de la indignación del honor ultrajado, déseles a componer una obra de este género; veremos cómo salen del paso.

Al partir de Montmorency para Suiza, había determinado pararme en Iverdun, en casa de mi antiguo y buen amigo el señor de Roguin, que se había retirado allí hacía algunos años y me había invitado a que fuese a verle. Por el camino supe que yendo por Lyon se daba un rodeo; esto me dispensó de pasar por él. Mas en cambio era preciso pasar por Besançon, plaza de guerra y, por consiguiente, sujeta al mismo inconveniente. Entonces se me ocurrió desviarme del camino y pasar por Salins, so pretexto de ir a ver al señor de Mayrand, sobrino de Dupin, que tenía un empleo en las salinas, y tiempo atrás me había instado vivamente a que le hiciese una visita. Este recurso me produjo buen efecto; no encontré al señor de Mayrand; satisfecho al yerme dispensado de detenerme, seguí mi camino sin que nadie me molestase.

Al entrar en territorio de Berna, hice parar el calesín; bajé, me prosterné, abracé, besé la tierra y exclamé en un momento de arrebato: ¡Oh cielo, protector de la virtud, te doy gracias! ¡Estoy al fin en tierra de libertad! De esta suerte, confiado y ciego en mis esperanzas, siempre me he apasionado por lo que había de ser causa de mis desgracias. El postillón, sorprendido, me creyó loco; volví a subir en mi silla, y pocas horas después tuve el placer tan puro como vivo de hallarme en los brazos del respetable Roguin. ¡Ah, respiremos algunos instantes en casa de este digno huésped! Necesito cobrar valor y fuerzas; pronto hallaré en qué emplearlos.

Si me he extendido en el relato que acabo de hacer, sobre todo en las circunstancias que he podido recordar, no ha sido sin motivo. Aunque no parezcan muy luminosas, cuando se tiene el hilo de la trama pueden arrojar luz sobre su curso, y, por ejemplo, sin dar la primera idea del problema que voy a proponer, facilitan mucho su resolución.

Supongamos que para el buen éxito de la maquinación, cuyo objeto era yo, fuese absolutamente necesario mi aleja. miento; para lograrlo, todo debía pasar, poco más o menos, como pasó; pero si, no dejándome asustar por la embajada nocturna de la señora de Luxembourg y turbar por sus alarmas, hubiese continuado con la firmeza con que había empezado, y en vez de permanecer en palacio me hubiese vuelto a mi cama a dormir tranquilamente la fresca mañana, ¿se hubiera decretado igualmente mi prisión? Tesis magna de que depende la solución de muchas otras, y para el examen de la cual no es inútil tener presentes la hora del decreto conminatorio y la del decreto real. Ejemplo grosero, pero palpable, de la importancia de los menores detalles en la exposición de los hechos, cuyas secretas causas se buscan, para descubrirlas por inducción.