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El Príncipe y el mendigo.  Mark Twain
Capítulo 9. El festival en el río
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A las nueve de la noche, toda la extensa ribera del Támesis frente al palacio resplandecía con vivos fulgores de iluminación fastuosa. El mismo río, en toda la distancia que podía alcanzar la vista en dirección a la ciudad, estaba tan lleno de botes y barcas de recreo, adornados con farolillos de colores y movido suavemente por las olas, que parecía un inmenso jardín de flores mecidas por el aire estival. La gran terraza, cuya escalinata de peldaños de piedra servía de embarcadero, era lo bastante espaciosa para dar cabida a todo el ejército de un principado alemán, era un espectáculo digno de verse, con sus filas de alabarderos que ostentaban sus bruñidas armaduras y toda una pléyade de servidores lujosamente trajeados, que iban de un lado a otro con la presteza de los preparativos urgentes.

De pronto se dio una orden e inmediatamente no quedó ni un alma en los peldaños de la escalinata. Había gran expectación. Hasta donde alcanzaba la vista, se observaba que los ocupantes de los botes se levantaban, y, protegiendo sus ojos contra el excesivo resplandor de faroles y antorchas, dirigían la mirada hacia palacio.

Una hilera de unas cuarenta a cincuenta barcas vino a atracar en el embarcadero de la terraza. Iban ricamente adornadas y sus proas y popas encasilladas lucían primorosas esculturas. Algunas iban empavesadas con banderas y gallardetes, otras lucían brocados y tapices con escudos de armas, y en muchas flotaban banderolas de seda con innumerables campanillas de plata, formando una cascada de sones armoniosos, y otras, en fin, de mayores pretensiones, pues pertenecían a nobles al servicio inmediato del príncipe, tenían sus costados pintorescamente protegidos por flamantes escudos fastuosamente blasonados de armas e insignias. Cada una de estas suntuosas barcas iba remolcada por un bote.

Además de los remeros, iban en el bote cuatro hombres con cascos, corazas y armas relucientes y también una banda de música.

Apareció luego un grupo de alabarderos, vanguardia del esperado desfile, que se situó en el amplio portal de la terraza. Formaban dos largas hileras que llegaban hasta el borde del agua. Luego fue extendida una grueso alfombra de rayas entre las dos referidas hileras de alabarderos, colocada allí cuidadosamente por criados que iban ataviados con libreas escarlata y oro, colores distintivos del príncipe. Una vez hecho esto, resonó un toque armonioso de trompetas y siguió en seguida un alegre preludio ejecutado por los músicos de las barcas. Dos ujieres con sendas varas blancas salieron del anchuroso portal con paso lento y solemne. Iban seguidos por un oficial que llevaba la maza cívica, detrás del cual iba otro con la espada de la ciudad. Luego varios sargentos de la guardia de la villa y el rey de armas, seguidos de varios caballeros de la Orden del Baño, que ostentaban un lazo blanco en la manga, y tras de ellos sus escuderos, después los jueces con sus togas escarlata y sus pelucas, el lord gran canciller de Inglaterra, una comisión de regidores y, finalmente, los jefes de las distintas compañías cívicas en traje de ceremonia. Bajaron después por la escalinata doce caballeros franceses que vestían ricos jubones de damasco blanco listado de oro y capas cortas de terciopelo carmesí, forradas de tafetán violeta. Constituían el séquito del embajador de Francia e iban seguidos por doce caballeros del sé quito del embajador de España, con traje de terciopelo negro sin el menor adorno. Detrás de éstos venían varios grandes nobles ingleses con toda su servidumbre.

Se dejó oír nuevamente el toque de las trompetas, y el tío del príncipe, el futuro gran duque de Somerset, salió de la verja ataviado con un jubón negro bordado de oro y una capa de raso carmesí con flores también de oro, ribeteada de redecilla de plata y, quitándose su sombrero de plumas, se volvió, hizo una muy parsimonioso reverencia, y empezó a bajar de espaldas; saludando a cada paso. Siguió un prolongado y muy sonoro toque de trompetas, y una voz gritó, « ¡Paso a Su Alteza Real, el lord Eduardo, príncipe de Gales! » En lo alto de los muros de palacio se vio en seguida una larga hilera de rojas lenguas de fuego y, simultáneamente, se dejó oír un estruendo atronador; la multitud apiñada en el río prorrumpió en un griterío de bienvenida entusiasta Y ensordecedora; y Tom Canty, el admirado personaje objeto de todo aquel júbilo ruidoso, apareció a la vista de todos e hizo con su cabeza principesco una ligera reverencia.

Iba magníficamente ataviado, con un justillo de raso blanco, pechera de púrpura y oro con diamantes y ribetes de armiño. Sobre el justillo llevaba una capa de blanco brocado de oro, cubierto con un sombrero rematado por un penacho de tres plumas, forrado de raso azul y adornado con perlas y piedras preciosas, y sujetado con un broche de brillantes. De su cuello pendía la insignia de la Orden de la Jarretera y ostentaba también varias condecoraciones extranjeras, y cada vez que le daba la luz, las joyas resplandecían con deslumbrantes destellos. ¡Oh, Tom Canty, nacido en una pocilga, criado en el arroyo de Londres y familiarizado con los andrajos, la inmundicia y la miseria! ¿Qué espectáculo es ése?