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El Príncipe y el mendigo.  Mark Twain
Capítulo 7. La primera comida regia de Tom
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Poco después de la una de la tarde, Tom sufrió resignadamente la tradicional costumbre palaciega de que le vistieran para comer. Se vio cubierto de ropas tan ricas como las que llevaba momentos antes, pero todas distintas, todas cambiadas, desde la golilla hasta las medias. Luego fue conducido pomposamente a una sala espaciosa decorada con gran fastuosidad, en la que había ya una mesa preparada para una sola persona. El servicio era de oro macizo, embellecido con dibujos que le daban un valor incalculable, puesto que eran obra del famoso Benvenuto Cellini. La estancia estaba medio llena de nobles servidores. Un capellán bendijo la mesa, y Tom se disponía a caer sobre ella con avidez, impulsado por el hambre, que era crónica en él desde hacía mucho tiempo, cuando fue retenido por milord el conde de Berkeley, que le sujetó una servilleta alrededor del cuello, porque el elevado cargo de Mantelero de Su Alteza el Príncipe de Gales era hereditario en la familia de aquel noble. Se hallaba allí presente el copero del príncipe que se anticipaba solícito a todas las tentativas de Tom de servirse vino. También estaba allí el catador de Su Alteza el Príncipe de Gales, dispuesto a probar, si así se lo ordenaban, cualquier manjar que pareciera sospechoso, corriendo el riesgo de envenenarse. En la referida época no era más que un apéndice decorativo, y eran muy raras las veces que tenía que cumplir el cometido que le imponía su profesión; pero había habido épocas, y no precisamente muy remotas, en que el oficio de catador tenía sus peligros y no era un alto cargo muy envidiable.

Parece extraño que no echaran mano de un perro o de un plebeyo cualquiera, pero todas las costumbres de la realeza son singulares. Milord d'Argy, primer paje de cámara, también se hallaba en la sala, Dios sabrá el porqué de su presencia, pero allí estaba, y esto basta. El lord jefe despensero estaba igualmente allí, de pie detrás de la silla que ocupaba Tom, vigilando el servicio, bajo las órdenes del lord primer mayordomo y del lord cocinero-jefe, también de pie a poca distancia. Además de éstos, Tom tenla a su servicio trescientos ochenta y cuatro criados, que no estaban, naturalmente, todos presentes en la sala, ni siquiera la cuarta parte, de los mismos y cuya existencia Tom ignoraba.

Todos los que se hallaban allí presentes habían sido severamente advertidos de que no tenían que olvidar que el príncipe sufría demencia temporal y no debían demostrar sorpresa ante sus antojos extravagantes. Estos antojos no tardaron en ponerse de manifiesto a los criados, en quienes no despertaron hilaridad, sino compasión y pesadumbre. Se sintieron profundamente afligidos al ver a su amado príncipe en tan lamentable estado.

El pobre Tom comía casi siempre con los dedos, pero sus modales vulgares no hacían sonreír a nadie y todos fingían no verlos. Se quedó observando con interés y curiosidad su servilleta, porque era una pieza de tejido muy hermoso y fino y dijo con ingenuidad:

−Lleváosla, os lo ruego, porque tengo miedo de mancharla distraídamente.

El mantelero hereditario retiró la servilleta con actitud respetuosa sin pronunciar palabra u objeción de ninguna clase.

El muchacho examinó con mucho interés los nabos y la lechuga y preguntó qué era aquello y si era comestible; y su ignorancia no era de extrañar, porque hacía poco tiempo que se había comenzado a cultivar aquella especie de vegetales en Inglaterra, en vez de importarlos de Holanda1 como artículo de lujo. La pregunta de Tom fue contestada con profundo respeto y sin demostrar sorpresa.

Cuando hubo terminado los postres, el muchacho llenó sus bolsillos de nueces, pero nadie pareció prestar atención a lo que estaba haciendo. Pero unos momentos después, fue él quien se mostró contrariado, porque se dio cuenta de que aquél había sido el único servicio que durante la comida le hablan permitido llevar a cabo por sus propias manos, y no le cabía duda de que acababa de cometer una incorrección impropia de un príncipe. En aquel preciso instante, su nariz tuvo un temblor nervioso, y en esta situación Tom comenzó a dar señales de hallarse muy apurado. Miró con aire suplicante primero a uno y después a otro de los lores que se hallaban a su lado, y asomaron lágrimas en sus ojos. Los lores, acercándose más a él con la ansiedad pintada en el rostro, le rogaron que les indicara cuál era el motivo de su disgusto. Tom dijo con verdadera angustia:

−Pido vuestra indulgencia, pero la nariz me pica a rabiar... ¿Cuáles son los usos y costumbres en este caso?

¡Contestad pronto, porque no voy a poder aguantarlo mucho rato!

Nadie sonrió. Todos se quedaron perplejos y se miraron unos a otros pidiéndose consejo, atribulados. No hay que olvidar que aquella circunstancia era algo así como un muro enorme y la historia inglesa no explicaba la manera de franquearlo. No se hallaba presente el maestro de ceremonias y no había nadie que se aventurara a meterse en aquel mar inexplorado o se atreviera a correr el riesgo 1 Hasta el final del reinado de Enrique VIII no se cultivaron en Inglaterra lechugas, zanahorias, nabos y otros tubérculos comestibles. Lo poco que se consumía de estos vegetales habla sido hasta entonces importado de Holanda y de Flandes. Cuando la reina Catalina deseaba comer ensalada se vela obligada a enviar un recadero a dichos países.

de intentar solucionar un problema de tal trascendencia.

¡Ay, no había rascador hereditario! Entretanto, las lágrimas habían desbordado su dique y empezaban a deslizarse por las mejillas de Tom. La nariz contraída de éste estaba pidiendo auxilio con más urgencia que nunca.

Por fin, la Naturaleza derribé las barreras de la etiqueta.

Tom elevó mentalmente una plegaria de perdón por si estaba obrando mal, y tranquilizó los angustiosos corazones de sus cortesanos decidiéndose a rascarse la nariz por sí mismo.

Al terminar la comida, se presentó un lord con una ancha jofaina de oro que contenía fragante agua de rosas, para que el príncipe se enjuagara la boca y se lavara los dedos, y milord el mantelero hereditario se acercó y le ofreció una servilleta para secarse. Tom miró intrigado la jofaina durante unos dos segundos, y luego la cogió, y, acercándola a sus labios, bebió gravemente un sorbo. Pero se la devolvió en seguida al lord y le dijo:

−No me gusta, milord. Tiene un aroma agradable, pero le falta fuerza.

Esta nueva extravagancia de la mente perturbada del príncipe dejó muy apesadumbrados los corazones de todos los presentes, y el triste espectáculo, a la vez grotesco, no despertó la hilaridad de nadie.

La siguiente torpeza inconsciente de Tom fue levantarse y abandonar la mesa en el preciso momento en que el capellán se situaba detrás de la silla del príncipe, y con las manos levantadas y los ojos en alto, pero con los párpados medio entornados, se disponía a comenzar la acción de gracias. Sin embargo, nadie pareció darse cuenta de que el príncipe acababa de cometer un acto indebido.

A petición suya, nuestro amigo fue conducido a su gabinete particular, donde le dejaron solo y a sus anchas.

De unos garfios que había en el friso de madera pendían varias piezas de una bruñida armadura de acero, toda cubierta de hermosos dibujos exquisitamente incrustados de oro. Aquella panoplia marcial pertenecía al verdadero príncipe, y era un regalo reciente de madame Parr, la reina. Tom se puso las grebas, los guanteletes, el yelmo empenachado y todas las demás piezas de que pudo revestirse sin valerse de nadie y hubo un momento en que sintió la tentación de llamar para que le ayudaran a completar su singular atavío. Pero de pronto se acordó de las nueces que se había reservado durante la comida, y pensó con alegría que iba a poder comérselas sin que nadie le estuviera contemplando y sin grandes hereditarios que le importunaran con sus atenciones oficiosas que él no requería. Volvió, pues, a colocar las flamantes piezas en su lugar respectivo, y en seguida se puso a cascar nueces, sintiéndose, naturalmente, feliz por primera vez desde que Dios le había convertido en príncipe como castigo por sus pecados. Cuando hubo terminado de comerse las nueces, se fijó en unos libros llamativos que había en una estantería, y entre los cuales figuraba uno relativo a la etiqueta en la corte de Inglaterra. Aquello era un hallazgo afortunado. El muchacho cogió el volumen, se tendió en un suntuoso diván y comenzó a hojearlo para instruirse con honrada intención y muy fervoroso celo. Dejémosle, pues, ahí por ahora.