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El Príncipe y el mendigo.  Mark Twain
Capítulo 5. Tom en palacio
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Tom Canty, al quedar solo en el gabinete del príncipe, supo aprovechar la ocasión. Comenzó a contemplarse por un lado y por otro delante de un gran espejo, admirando su esbeltez y su elegancia. Luego anduvo de un lado para otro imitando al distinguido porte innato del príncipe y sin dejar de observar el efecto que producía en el cristal.

Desenvainó después la preciosa espada, hizo una reverencia, besó la hoja de acero y se la puso sobre el pecho, como había visto hacer a un caballero noble, que saludó al lugarteniente de la Torre, hacía unas cinco o seis semanas, cuando puso en sus manos a los grandes lores de Norfolk y Surrey en calidad de prisioneros. Tom se puso a juguetear con la daga adornada con piedras preciosas que pendía de su cinto, examinó los fastuosos adornos de la estancia, probó uno por uno todos los lujosos sillones, y pensó cuán orgulloso se sentiría si la grey de Offal Court pudiera asomarse y verle rodeado de todas aquellas grandezas. Se preguntaba si al volver a su casa creerían el relato de aquella maravillosa circunstancia, o si moverían la cabeza dudando, y dirían quizá que su imaginación exaltada había al final turbado su razón.

Al cabo de media hora se dio cuenta súbitamente de que hacía ya mucho rato que el príncipe estaba ausente, y en el mismo instante empezó a sentirse solo. No tardó en ponerse a escuchar ansioso y dejó de jugar con las bonitas cosas que le rodeaban. Se iba sintiendo cada vez más inquieto, más a disgusto y más desesperado. Si alguien se presentara en aquel momento −pensaba− y lo encontrara allí ataviado con los trajes del príncipe, sin que éste se hallara presente para explicar lo ocurrido, ¿no le ahorcarían inmediatamente, sin contemplaciones, para averiguar después lo sucedido? Había oído decir que los grandes tenían procedimientos muy expeditivos en los asuntos de poca importancia. Sus temores fueron en aumento, y, tembloroso, abrió cautelosamente la puerta de la antecámara, decidido a huir para ir en busca del príncipe y hallar con él protección y libertad. Seis criados distinguidos y lujosamente trajeados y dos pajes de alto rango, vestidos como mariposas, se pusieron instantáneamente de pie y le hicieron grandes reverencias.

Entonces el muchacho retrocedió precipitadamente y cerró la puerta, diciéndose:

«¡Oh! Se están burlando de mí. Ahora irán a contarlo todo. ¿Por qué vine aquí a perder la vida?»

Se puso a andar por el aposento, dominado por indecibles temores, escuchando y sobresaltándose al más ligero rumor. De pronto se abrió la puerta y un paje vestido de seda anunció:

−La princesa Juana Grey.

Se cerró de nuevo la puerta al mismo tiempo que una linda joven, ricamente vestida, se dirigió hacia Tom saltando alegremente, pero se detuvo de pronto, con acento compungido, preguntó:

−¡Oh! ¿Qué es lo que os entristece, mi señor?

A Tom le faltó casi el aliento, pero hizo un esfuerzo para balbucear:

−¡Oh! ¡Tenedme compasión! No soy señor, sino únicamente el pobre Tom Canty del barrio de Offal Court.

Os suplico que me permitáis ver al príncipe, que tendrá a bien devolverme mis andrajos y me dejará salir de aquí indemne. ¡Tened piedad y salvadme!

Y en esta imploración fervorosa, el muchacho se postró de rodillas ante la joven, con los ojos y las manos levantadas a tono con la vehemencia de sus palabras, La joven pareció horrorizada y exclamó:

−¡Oh, mi señor! ¡De rodillas... y a mis pies!

Dicho esto, huyó, asustada. Y Tom, anonadado por la desesperación, se desplomó al suelo, murmurando:

−Nadie me ayuda, estoy perdido. Ahora vendrán y se me llevarán preso.

Mientras yacía allí, paralizado por el terror, corrían por el palacio muy alarmantes noticias. El susurro (porque era siempre susurro) volaba de criado en criado, de dama a caballero, por los largos corredores, de piso en piso y de salón en salón. «¡El príncipe se ha vuelto loco!. » Pronto, en cada salón, en cada vestíbulo de mármol formaron grupos los caballeros y las señoras encopetados y también las personas de menor rango, igualmente elegantes, conversando afanosamente, pero muy quedo, con aire de desaliento.

En aquel momento apareció por entre los grupos un pomposo oficial que pronunció la solemne proclama:

−¡En nombre del Rey! ¡Que nadie dé crédito y divulgue o hable de esa torpe suposición, bajo pena de muerte! ¡En nombre del rey!

Los cuchicheos cesaron instantáneamente como si los murmuradores hubieran quedado mudos.

Poco después hubo un murmullo general a lo largo de los corredores:

−¡El príncipe! ¡Mirad, viene el príncipe!

El pobre Tom avanzó lentamente por entre los grupos de palaciegos que le saludaban con respetuosas reverencias, mientras él trataba de corresponder a la atención contemplando con humildad aquella extraña escena con ojos lánguidos y llenos de asombro. A ambos lados de él iban grandes caballeros nobles que le ofrecían el brazo para sostener sus pasos. Tras del muchacho venían los médicos de la corte y algunos criados.

Luego Tom entró en una suntuosa sala del palacio, cuya puerta se cerró así que hubo atravesado el umbral con sus acompañantes. A poca distancia, delante de él, había un hombre recostado muy alto y obeso, con cara ancha y abotargada y expresión severa. El pelo de su voluminosa cabeza era completamente gris, y la barba, que le ceñía el rostro como un marco, era también canosa. Vestía traje de rica tela, pero vieja y algo deshilachado en alguno de sus pliegues. Una de sus piernas hinchadas descansaba apoyada sobre un almohadón y estaba envuelta con vendas. Reinaba el silencio y no hubo cabeza que no se inclinara con reverencia, excepto la de aquel hombre.

Aquel inválido de rostro sereno era el temido Enrique VIII. Tomó, al empezar a hablar, una expresión afable y dijo:

−¿Cómo va mi señor, mi príncipe Eduardo? ¿Te has propuesto engañarme, burlar a tu padre, el buen rey, que tanto te quiere y tan bien te trata, con una lamentable chunga?

El pobre Tom prestó al comienzo de aquella peroración toda la atención que le permitió la turbación de sus sentidos, pero al oír las palabras de «el buen rey», palideció y cayó instantáneamente de rodillas, como alcanza o por un disparo. Entonces, alzando las manos, exclamó:

−¿Sois vos el rey? ¡Así pues, estoy perdido!

Estas palabras parecieron desconcertar al monarca. Sus ojos comenzaron a vagar de rostro en rostro, extraviados, y luego, atontado, se quedó mirando fijamente al muchacho, y dijo por fin, con tono de profunda decepción:

−¡Ay! Me figuraba que el rumor no tenía visos de verosimilitud, pero temo que no es así.

Y con un profundo suspiro y voz afable, prosiguió:

−Acércate a tu padre, muchacho, no te encuentras bien.

Sostenido por algunos de los presentes, Tom pudo levantarse y se acercó, humilde y tembloroso, a Su Majestad de Inglaterra. El rey cogió entre sus manos la cabeza de rostro asustado del muchacho, la contempló un momento con fijeza y cariño, como si buscara en ella alguna señal de que recobraba la razón, y estrechándola después tiernamente contra su pecho, dijo:

−¿No conoces a tu padre, hijo mío? No destroces el corazón de este anciano; di que me conoces, ¿no es verdad?

−Sí, vos sois mi temido señor rey, que Dios guarde.

−Es cierto, es cierto..., está muy bien..., cálmate, no tiembles de esta manera. No hay nadie aquí que pretenda hacerte daño. Todos te queremos... ¿Te encuentras mejor?

Ha pasado ya la pesadilla, ¿verdad? Y sabes también quién eres tú, ¿no es eso? ¿No volverás a olvidar quién eres como dicen que te ha ocurrido hace poco rato?

−Suplico a Vuestra Majestad que me crea. He dicho la pura verdad, mi muy temido señor, pues soy el más insignificante de tus súbditos. Nací mendigo y me hallo aquí por casualidad y por una muy sensible desgracia en la que nada hay que reprocharme. Soy demasiado joven para morir, y vos, señor, podéis salvarme con una sola palabra.

¡Pronunciadla, señor!

−¿Morir? Pero no digas eso, mi querido príncipe...

¡Cálmate, tranquiliza tu corazón trastornado, no morirás!

Tom volvió a caer de rodillas con un grito de alegría.

−¡Dios os premie vuestra bondad, oh, rey mío, y os salve para bien de vuestro reino!

Entonces se puso de pie de un brinco, miró con cara, jubilosa a los dos palaciegos que le acompañaban y exclamó:

−¿Lo habéis oído? No me matarán. Lo ha dicho el rey.

Nadie hizo más movimiento que el de una respetuosa reverencia, ni fue pronunciada una sola palabra. El muchacho vaciló, algo turbado, y volviéndose tímidamente hacia el monarca, le preguntó:

−¿Me puedo marchar ahora?

−¿Marcharte? Naturalmente, si éste es tu deseo... Pero ¿por qué no te quedas aquí un momento? ¿Adónde quieres ir?

Tom, entornando los párpados, contestó humildemente −Quizá no he comprendido bien, pero me creía libre y me disponía a ir en busca de la pocilga donde nací y fui criado en la más completa miseria, pero alberga a mi madre y a mis hermanas, y por eso es mi hogar, mientras que toda esta fastuosidad a la que no estoy acostumbrado...

¡Oh, señor, dejadme marchar!

El rey guardó silencio y estuvo largo rato taciturno. Sus facciones dejaban traslucir la inquietud creciente. Por fin dijo con tono esperanzado:

−Quizá su locura se reduce a este punto, y en todo lo demás razona cuerdamente. ¡Dios lo haga! Tendremos que hacer la prueba.

Seguidamente hizo una pregunta a Tom en latín y el muchacho le contestó débilmente en la misma lengua. El rey expresó su satisfacción y lo mismo hicieron los lores y los médicos. El monarca dijo:

−No lo ha hecho con la perfección que exigen su instrucción y su talento, pero la respuesta demuestra que su cerebro está enfermo, pero no completamente desquiciado. ¿Qué os parece a vos, doctor?

El médico a quien el soberano consultaba hizo una gran reverencia y contestó:

−Estoy plenamente convencido, señor, de que habéis adivinado la verdad.

Esta declaración alentadora pareció dejar al monarca muy complacido, oída de boca de autoridad tan competente, y prosiguió, muy animado:

−Ahora fijaos bien todos; vamos a hacer otra prueba.

Dirigió a Tom una pregunta en francés. El muchacho guardó silencio un momento, turbado al ver todos los ojos que le tenían fija la mirada, y luego dijo con timidez:

−No tengo la menor noción de este idioma, Majestad.

El monarca se dejó caer de espalda en el sofá.

Los criados corrieron en su auxilio, pero apartándolos, dijo:

−No me molestéis. No es más que un desfallecimiento sin importancia. Levantadme y nada más. Acércate, pequeño. Apoya tu pobre cabeza perturbada sobre el corazón de tu padre y cálmate. Pronto te repondrás. Esto no es más que un ligero desvarío. No tengas miedo. Pronto recobrarás la salud.

Y volviéndose hacia los presentes, cambié su bondadosa actitud, y con ojos que lanzaban chispas de mal presagio, exclamó:

−¡Oídme todos! Mi hijo está loco, pero su demencia no es permanente. Es el resultado de un exceso de estudio y también, tal vez, de su vida de confinamiento. ¡Basta, pues, de libros y de profesores! Que cada cual cuide de lo que ordeno. Solazadle con juegos deportivos y entretenedle con toda clase de distracciones amenas, para que pueda recobrar la salud.

Luego, irguiéndose aún con más arrogancia, prosiguió, enérgico:

−Está loco, pero es mi hijo y el heredero del trono de Inglaterra. ¡Loco o cuerdo, reinará! Es más, y oíd bien mis palabras y proclamadlas por doquier: ¡todo el que comente su enfermedad labora contra la paz y el orden de mis dominios y será condenado a las galeras! Dadme de beber..., que me estoy abrasando. Esta pena agota mis fuerzas. Retirad la copa..., aguantadme. Así está bien.

¿Conque está loco? Pues aunque lo estuviera de remate, mil veces, no dejaría de ser el príncipe de Gales, y yo el rey lo confirmaré. Mañana mismo será consagrado en su dignidad de príncipe con el ceremonial tradicional. Dad las órdenes oportunas inmediatamente, caballero Hertford.

Uno de los nobles palaciegos hincó la rodilla ante el regio diván, y dijo:

−Vuestra Majestad sabe que el gran heraldo hereditario de Inglaterra se halla encarcelado en la Torre, y no conviene que un prisionero...

−¡Silencio! ¡No ofendáis mis oídos con ese nombre odioso! ¿Por ventura ese hombre ha de vivir eternamente?

¿Se han de poner obstáculos a mi voluntad? ¿Y tiene que verse el príncipe privado de su dignidad porque, ¡maldita sea!, no hay en el reino un heraldo sin la mácula de la traición para investirle de sus honores? ¡No, por la gloria de Dios! Ordenad a los miembros de mi Parlamento que antes de la nueva aurora me traigan la sentencia de muerte de Norfolk, pues de lo contrario recaerá sobre ellos la sentencia.

−La voluntad del rey es ley −declaró lord Hertford, y, levantándose, volvió a ocupar su puesto.

Gradualmente, la expresión de ira del viejo monarca se fue disipando y dijo:

−Dame un beso, querido príncipe. Vamos, ¿qué temes?

¿No soy tu padre cariñoso?

−Sois demasiado bueno para conmigo y no soy digno de vuestra generosidad. ¡Oh, poderoso y magnánimo señor!

Conozco vuestra benevolencia, pero... pero... me horroriza pensar en el que va a morir, y...

−¡Ah! Esos son tus sentimientos, que dicen mucho en tu favor. Sé que tu corazón continúa siendo el mismo, aunque tu espíritu se haya perturbado, porque siempre tuviste un temperamento muy bondadoso, pero ese duque se interpone entre tú y los honores que te corresponden.

Pondré en su lugar otro que no deshonre su elevado cargo.

Consuélate, príncipe mío, no tortures más tu cerebro con este asunto.

−Pero ¿no soy yo el que precipita su muerte, señor? A no ser por mí, ¿cuánto tiempo hubiera vivido?

−No te preocupes por él, príncipe mío, que no lo merece. Bésame otra vez, y ve a jugar y a divertirle, porque mi enfermedad me hace padecer. Ve con tu tío Hertford y tu séquito, y vuelve a mi lado cuando mi cuerpo sienta algún alivio.

Llevaron a Tom fuera de la presencia del monarca con el corazón oprimido, porque la última frase fue un golpe mortal para la esperanza de verse libre que tenía momentos antes. Nuevamente oyó murmurar: «¡Viene el príncipe, viene el príncipe! «

Y su ánimo fue decayendo a medida que iba avanzando entre las dos flamantes hileras de respetuosos cortesanos que le hacían reverencia, pues se dio cuenta de que ahora era verdaderamente un cautivo, y de que podía quedar para siempre encerrado en su dorada jaula, como un príncipe abandonado y sin amigos, a no ser que Dios, siempre bondadoso, se apiadara de él y le dejara en libertad.

Y hacia dondequiera que se volviese le parecía ver flotando en el aire el rostro conocido del gran duque de Norfolk en la cabeza cortada del tronco, con los ojos mirándole fijamente con expresión de profundo reproche.

¡Sus antiguos sueños habían sido muy agradables, pero la realidad era tan lúgubre!