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El Príncipe y el mendigo.  Mark Twain
Capítulo 22. Víctima de una traición
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Nuevamente «el rey Fufú I» se halló entre los vagabundos y malhechores, de cuyas burlas y bromas soeces volvió a ser blanco otra vez, y, de cuando en cuando, víctima del despecho de Canty y de Hugo, tan pronto como el jefe volvía la espalda. Sólo estos dos le odiaban, pues todos los demás forajidos le admiraban por su valor y firmeza, e incluso había alguno que le quería.

Durante dos o tres días, Hugo, a cuyo cargo y custodia se hallaba el rey, hizo ocultamente todo lo que pudo para fastidiar al muchacho, y por la noche, durante las orgías habituales, divirtió a los reunidos, causándole pequeñas molestias malignas, siempre fingidamente por casualidad..

Dos veces pisó los pies del rey, como sin querer, y el monarca, como convenía a su realeza, aparentó desdeñosamente no darse cuenta de los pisotones pero a la tercera vez que Hugo repitió la mofa, el, rey le derribó al suelo de un garrotazo, con gran alegría de la tribu. Hugo, enfurecido y avergonzado, dio un salto, cogió a su vez una estaca y se lanzó furiosamente contra su pequeño adversario. Se formó inmediatamente un corro en torno de los gladiadores y comenzaron las apuestas y los vítores.

Pero el pobre Hugo estaba de mala suerte. Su esgrima vulgar e inhábil no podía servirle de nada al contender con un brazo que había sido adiestrado por los primeros maestros de Europa en el arte de las paradas, ataques a fondo y toda clase de bastonazos y estocadas. El reyecito, alerta, desviaba y paraba la copiosa lluvia de golpes con tal graciosa y ágil desenvoltura, y con una facilidad y precisión tales, que causaron la admiración y el entusiasmo de los espectadores; y de vez en cuando, tan pronto como sus ojos escudriñadores hallaban la ocasión, rápido como un relámpago, descargaba un golpe sobre la cabeza de Hugo, con lo cual había que oír la tempestad de aplausos y risas que se desencadenaba entre aquella turba maravillada.

Al cabo de quince minutos, Hugo, apaleado, lleno de chichones, magullado y convertido en el blanco de un inclemente bombardeo de befas y escarnios, abandonó el campo, y el héroe indemne de la lucha fue cogido y llevado en hombros alegre y tumultuosamente por aquella chusma hasta el puesto de honor, al lado del jefe, donde con aparatosa ceremonia fue coronado rey de los gallos de pelea3.

Luego se anunció solemnemente que su título anterior de «Rey Fufú» quedaba suprimido y que quien, en lo sucesivo, lo pronunciara incurriría en la pena irremisible de ser expulsado de la cuadrilla. Sin embargo, fracasaron todas las tentativas de aquellos perillanes para que el rey prestara su colaboración en sus numerosas fechorías, pues éste se negaba a hacer nada, y continuamente intentaba escapar. El primer día después de su regreso, fue arrojado a la cocina y dejado allí sin ningún género de vigilancia, y no sólo salió de ella con las manos vacías, sino que trató de soliviantar a sus compañeros. Luego le mandaron a ayudar a un calderero, pero no quiso trabajar y amenazó a éste con el hierro de soldar. Hugo y el artesano se pasaron el rato forcejeando con él para impedir que huyera. No hacía sino lanzar amenazas, con toda la fuerza de su real autoridad, a todo aquel que coartara sus derechos o quisiera darle órdenes. Junto con Hugo, una mujer harapienta y un niño enfermo, fue enviado a mendigar por

3 La lucha de gallos, llamada en inglés "cocks fight" o “cocks game", es un espectáculo muy popular en Inglaterra. Tiene lugar en un pequeño "ring"; los animalitos van provistos de espolones metálicos, y las apuestas no se pagan hasta que el gallo vencedor entona el canto de la victoria, señal segura de que el contrincante ha muerto, (N. del T.) las calles, con muy pobre resultado, pues rehusó tomar parte en las actividades del grupito.

Transcurrieron algunos días, y todas las miserias, la vulgaridad, el cansancio y la bajeza de aquella existencia errante llegaron a hacerse tan insoportables para el cautivo, que éste comenzó a pensar que el haberse librado del cuchillo del ermitaño, era todo lo más un breve aplazamiento de la muerte.

Pero por la noche, en sueños, lo olvidaba todo y disfrutaba con la ilusión de verse de nuevo gobernando, sentado en su trono. Esto, naturalmente, aumentaba el desespero ante la dolorosa realidad al despertar, y así la mortificación de cada nueva mañana, de las pocas que transcurrieron entre su vuelta a la esclavitud y la pelea con Hugo, fue cada vez más amarga y más insoportable.

A la mañana siguiente después de la referida contienda, Hugo se levantó con el corazón henchido de deseos de venganza contra el rey. Entre sus mal intencionados propósitos, tenía en particular dos planes: Uno de ellos consistía en infligir a aquel muchacho una humillación singular a su espíritu altanero y a su pretendida realeza «imaginaria»; y en caso de fracasar, su otro plan era acusar al rey de haber cometido un crimen de cualquier índole y entregarlo a las implacables garras de la justicia.

Para llevar a cabo su primer plan, se propuso poner un «clima» en la pierna del rey, lo cual comprendió que le mortificaría extraordinariamente, y tan pronto como el referido «clima» surtiera su efecto, pensaba lograr la ayuda de Canty para obligar al rey a exponer la pierna a los transeúntes de cualquier camino y pedir limosna.

«Clima» era el término de la jerigonza que hablaban los perillanes para designar una llaga artificial que producían por medio de una pasta o cataplasma de cal viva, jabón y moho de hierro viejo, extendida sobre un pedazo de cuero y atada después fuertemente en contacto con la pierna.

Esta aplicación hacía saltar pronto la piel dejando a la vista la carne viva y muy irritada. Después frotaban sangre sobre la parte llagada que, al secarse, quedaba con un color oscuro y repugnante, y por último, aplicaban un vendaje de trapos manchados muy hábilmente, para que asomara la asquerosa úlcera e inspirara compasión a los transeúntes.

Hugo consiguió la colaboración del calderero a quien el rey había amenazado con el soldador. Lleváronse al muchacho a una fingida correría en busca de trabajo, y tan pronto como consideraron que nadie podía verles desde el campamento de la cuadrilla, le derribaron al suelo, y mientras el calderero le sostenía fuertemente Hugo le aplicó la cataplasma en la pierna.

El rey, enfurecido y entre una tempestad de protestas y de amenazas, prometió rabiosamente que les haría ahorcar a los dos tan pronto como tuviera de nuevo el cetro en sus manos. Pero los dos rufianes le sujetaron todavía con más fuerza y se divirtieron haciendo mofa de su impotente indignación y de sus amenazas.

Así continuaron hasta que comenzó a producir sus efectos la cataplasma, y poco rato después el resultado hubiera sido completo si no hubiese habido interrupción...

Pero la hubo, pues el esclavo que había pronunciado el discurso censurando las leyes de Inglaterra apareció en escena y puso término a la indigna operación, arrancando y rasgando las vendas y la cataplasma.

Entonces el rey pretendió coger el palo que llevaba su libertador para calentar inmediatamente la espalda de los dos rufianes, pero el hombre aquel le aconsejó que no lo hiciera, porque su actitud podría causar disgustos y mejor sería dejar el asunto para por la noche, puesto que entonces, cuando toda la tribu estuviera reunida, la gente extraña no se arriesgaría a venir a interrumpirles para intervenir en sus asuntos. Volvieron los cuatro al campamento y el libertador del rey relató al jefe todo lo ocurrido.

Este escuchó, meditó, y finalmente decidió que no dedicaran al jovencito a mendigar, pues, evidentemente, era digno de una ocupación mejor y más elevada... Por consiguiente, le ascendió a la categoría de ladrón.

Hugo estaba más que satisfecho, pues había procurado que el rey robara sin conseguirlo, pero ahora no podría negarse a hacerlo, pues era una orden del jefe y no iba a atreverse a desobedecer. Planeó, pues, una correría para aquella misma tarde, con el propósito de hacer caer al muchacho en manos de la ley, en forma tan hábil que pareciese casualidad y no cosa hecha adrede, porque el «rey de los gallos de pelea» era ya popular, y la cuadrilla seguramente no trataría con mucha consideración a uno de los suyos que cometiese la grave traición de entregar a un compañero al enemigo común, que era la justicia.

Hugo salió, pues, oportunamente, con su víctima en dirección a un pueblo vecino, y los dos fueron andando lentamente de calle en calle, uno de ellos esperando la ocasión propicia que ofreciera la seguridad de consecución de su miserable propósito, y el otro esperando con no menos interés ansioso el momento favorable de poder huir y librarse para siempre de su infamante cautiverio.

Ambos se dejaron perder algunas ocasiones bastante prometedoras, porque en su fuero interior el uno y el otro estaban decididos a proceder aquella vez con toda seguridad y a no dejarse llevar nunca más por febriles impulsos de resultado dudoso.

Fue a Hugo a quien se le presentó primero la ocasión anhelada, porque al fin apareció una mujer que llevaba un gran paquete en un cesto. Los ojos de Hugo lanzaron destellos de júbilo perverso. Este dijo para sus adentros:

«¡Magnífico! ¡Si puedo acusarte de este delito, estarás bien fresco, "rey de los gallos de pelea!"«

Aguardó al acecho, al parecer con paciencia, pero en realidad con gran excitación interior, hasta que hubo pasado la mujer y consideró que había llegado ya el momento. Entonces dijo, muy quedo:

−Espera aquí hasta que yo vuelva. Y fue, cautelosamente, al encuentro de su víctima.

El corazón del rey se llenó de alegría, pues si el proyecto de Hugo llevara a éste algo lejos, él podría escaparse. Pero no tuvo esta suerte.

Hugo se deslizó detrás de la mujer, le arrebató el paquete, y volvió corriendo mientras lo envolvía en un pedazo de manta vieja que llevaba en el brazo. La mujer, al notar la disminución de peso del contenido de su cesto, se dio cuenta del hurto comenzó a dar gritos. Hugo, sin detenerse, puso el paquete en manos del rey, diciéndole:

−Ahora echa a correr tras de mí gritando: «¡Ladrones!

¡Ladrones!», pero procura despistarlos.

Un momento después, Hugo dio vuelta a una esquina, penetró en un callejón, y volvió a aparecer en seguida ostensiblemente, con perfecta indiferencia y aire inocente, y, situándose detrás de un poste, se quedó observando el resultado de su añagaza.

El ofendido rey tiró el paquete al suelo y la manta lo dejó al descubierto en el preciso momento en que llegaba la mujer robada, seguida de un tropel de gente. La mujer asió con una mano la muñeca del rey, cogió con la otra el fardo que recuperaba y comenzó a dirigir una serie de improperios al jovencito que se esforzaba en vano para desasirse. Hugo acababa de presenciar lo suficiente. Su enemigo había sido capturado y la ley se encargaría ahora del resto. Se escurrió, pues, satisfechísimo y sonriente y se encaminó hacia el campamento de la cuadrilla, mientras iba ideando una versión verosímil del suceso para contársela al jefe.

Seguía el rey forcejeando para que la mujer le soltara, y muy indignado, exclamaba:

−¡Suéltame de una vez, estúpida! No he sido yo el que te ha quitado esas mezquindades de tu pertenencia.

La multitud se agrupó en torno del rey y le dirigió un sinfín de insultos y amenazas. Un herrero muy robusto, con delantal de cuero y arremangado hasta los codos, pretendió abalanzarse sobre él, declarando que, como lección, iba a darle una buena paliza, pero en aquel preciso momento brilló en el aire el acero de una espada que cayó de plano, contundentemente, sobre el brazo del mal intencionado herrero, al mismo tiempo que el fantástico individuo que la blandía, exclamaba:

−¡Vamos a ver, almas bondadosas! Obremos con nobleza y no con mala sangre y palabras soeces. Este es un caso que tiene que ser resuelto por la justicia y no como se le antoje a cualquiera. Soltad al muchacho, buena mujer.

El herrero se quedó un momento observando a aquel soldado fornido y se alejó refunfuñando y frotándose el brazo. La mujer soltó de mala gana la muñeca del reyecito, y el gentío miró al desconocido con poca simpatía, pero por prudencia, guardó silencio. El monarca saltó al lado de su libertador, y con mejillas encendidas y ojos centelleantes, exclamó:

−Es lamentable que hayáis tardado tanto en venir, pero al menos os habéis presentado en un momento oportuno, sir Miles. ¡Despedazad a toda esa chusma!