Read synchronized with  English  Romanian  Russian 
El Príncipe y el mendigo.  Mark Twain
Capítulo 19. El príncipe de los campesinos
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Cuando el rey se despertó a la mañana siguiente, muy temprano, se encontró con que una rata mojada, pero comodona, se había refugiado en el granero durante la noche, y junto a su pecho se había procurado una confortable cama, pero al ver su reposo turbado por el despertar del monarca, huyó veloz, mientras el rey sonreía, diciendo para sus adentros. «¡Pobre tonta! ¿Por qué tanto miedo? Yo estoy tan desamparado como tú. Sería vergonzoso que causara daño a un ser desvalido hallándome en la misma situación que él. Además, he de agradecerte el buen presagio de tu presencia, porque cuando un rey ha ido a caer tan bajo que hasta las ratas aprovechan su cuerpo para formar con él su cama, eso significa que su suerte tiene que cambiar forzosamente, pues no cabe duda que no le es posible ir a parar a una situación más miserable. «

Se levantó y salió del establo en el momento en que oía voces infantiles. La puerta del granero se abrió y entraron dos niñas, que al verle dejaron de hablar y reír, se detuvieron y se quedaron inmóviles, contemplándole con verdadera curiosidad. Luego se susurraron unas palabras al oído, se acercaron más al monarca, volvieron a detenerse, le miraron de nuevo con ojos escudriñadores y siguieron con sus cuchicheos. Poco después se mostraron más atrevidas y comenzaron a hablar en voz alta.

−Tiene una cara muy bonita −dijo una de ellas −Y el cabello precioso −repuso la otra.

−Pero va bastante mal vestido.

−¡Y qué aspecto tan hambriento tiene!

Se le acercaron todavía más, rodeándole tímidamente y examinándole de pies a cabeza, como si se tratara de una nueva especie extraña de animalito, y por si llegaba el caso, pudiera morder, le observaban con cautela.

Finalmente se detuvieron delante de él, y dándose la mano para protegerse mutuamente le estuvieron mirando largo rato con ojos inocentes. Entonces una de ellas, armándose de valor, se decidió a preguntarle con honesta franqueza:

−¿Quién eres, muchacho?

−Soy el rey −contestó éste, con gravedad. Las niñas experimentaron un pequeño sobresalto, abrieron desmesuradamente los ojos y permanecieron medio minuto sin pronunciar palabra. Pero la curiosidad rompió el silencio.

−¿El rey? ¿Qué rey?

−El rey de Inglaterra.

Las niñas se miraron la una a la otra, después le miraron a él y volvieron a mirarse entre sí con admiración y asombró.

Una de ellas exclamó:

−¿Lo has oído, Margarita? Dice que es el rey. ¿Será cierto?

−¿Por qué no va a ser verdad, Prissy? ¿Por qué tendría que mentir? Porque, oye, Prissy, si no fuese cierto, sería falso... Claro que lo sería.

Piénsalo bien. Pues todas las cosas que no son verdad, son mentira... Y no puedes figurarte que no sea así.

Era éste un argumento que no admitía réplica, y las dudas de Prissy no tenían base donde apoyarse.

Reflexionó un momento y luego hizo al rey todo el honor con estas simples palabras:

−Si eres verdaderamente el rey, te creo.

−Sí, en efecto, soy el rey.

El asunto quedó, pues, resuelto. La realeza de, Su Majestad fue admitida sin más preguntas ni objeciones, y las dos chiquillas comenzaron en seguida a preguntarle cómo había ido a parar a su casa, por qué iba tan mal trajeado, adónde se dirigía y otras muchas cuestiones sobre el particular. Fue un gran consuelo para el monarca poder confiar sus sinsabores a alguien que le escuchara sin dudar de sus palabras y sin burlas. Relató, pues, su historia con todo detalle y ardor, hasta el extremo de olvidar por un momento que tenía hambre. Las dos pequeñas le escuchaban con profunda y tierna simpatía. Pero cuando les explicó la última etapa de sus aventuras, y se enteraron de las largas horas que había pasado sin comer, le interrumpieron para salir corriendo del granero en busca de alimento.

El rey se sentía ahora alegre y feliz y pensaba:

«Cuando vuelva a ocupar mi puesto en palacio, honraré siempre a los niños, porque recordaré que estas dos muchachas me han tenido confianza y me han socorrido, mientras que las personas de más edad, y que se creen más inteligentes se han burlado de mí y han creído que yo era un impostor. «

La madre de las niñas recibió al rey con afabilidad y se mostró muy compasiva, porque su desamparo y su inteligencia, al parecer perturbada, conmovieron su corazón de mujer. Era viuda y bastante pobre, circunstancia que le había hecho conocer el dolor de la penuria demasiado de cerca, para no tener piedad de los desgraciados. Se figuró que el niño loco se había extraviado y procuró averiguar su procedencia para devolverlo a su familia. Pero todas sus diligencias con este objeto resultaron infructuosas. La expresión del muchacho y sus contestaciones demostraban que todo aquello a que la buena mujer aludía le era completamente desconocido.

El monarca hablaba con gravedad y sencillez de los asuntos de la corte, y más de una vez el llanto entrecortó sus palabras al hacer referencia al difunto rey su padre. Y siempre que la conversación versaba sobre otros temas menos elevados, el muchacho no sentía interés por la plática y guardaba silencio.

La buena mujer estaba en extremo intrigada; pero no desistía en su empeño, y mientras cocinaba empezó a meditar sobre cuál sería la mejor manera de inducir al jovencito a que revelara su verdadero secreto. Le habló de las vacas, de las ovejas, de los distintos rebaños, pero el muchacho le escuchó con indiferencia. Por lo tanto, su suposición que pudiera ser un pastor era equivocada. Le mencionó los molinos, los tejedores, los caldereros, los herreros y toda clase de oficios y profesiones, pero el resultado fue también negativo; hizo referencia a Bedlam, a las cárceles y a los asilos, pero con todo fracasaba. Sin embargo, no se daba por vencida, pensando que no le había hablado todavía del servicio doméstico. Sí, ahora estaba segura de que se hallaba sobre una buena pista.

Probablemente el muchacho era un criado. La buena mujer encauzó la conversación sobre este punto, pero quedó igualmente decepcionada. El tema de encender fuego y del aseo de la casa pareció fastidiarle, y, finalmente, la buena mujer, perdida ya casi toda esperanza, le habló de la cocina. Con gran sorpresa y no menor satisfacción vio que las facciones del, rey se animaban instantáneamente.

«¡Ah! −pensó−. ¡Por fin le he cazado», y se sintió orgullosa de su perspicacia y del tacto con que había conseguido su objetivo.

Ahora, su lengua, cansada de tanto charlar, aprovechó la ocasión para descansar un momento, porque el rey, inducido por el hambre y por el aroma que esparcían las sartenes y las ollas, tomó entusiasmado la palabra y detalló con tal exactitud elocuente ciertos platos exquisitos, que al cabo de tres minutos la buena mujer dijo para sus adentros: «Esta vez estoy segura que he acertado... ¡Ha sido pinche de cocina!»

Entonces se extendió sobre los manjares con tal exaltación y tanto acierto, que la buena mujer pensó:

«¡Dios mío! Pero ¿cómo puede estar enterado de tantos y tan exquisitos platos? Porque los que él cita sólo se comen en la mesa de los potentados y de la gente de alto rango.

¡Ah! ¡Ya comprendo! A pesar de lo harapiento, tiene que haber servido en palacio antes de perder la razón. No cabe duda que habrá sido pinche en la cocina del propio rey...

Voy a ponerlo a prueba. «

Ansiosa de convencerse de su astucia, dijo al rey que podría cuidarse durante un rato de la cocina y añadir, si le parecía bien, uno o dos platos a su elección y antojo.

Luego, haciendo una seña a sus hijas para que le siguieran, salió de la estancia. Entonces el monarca murmuró:

−Hubo en la antigüedad otro rey de Inglaterra que tuvo también que encargarse de un trabajo como el que yo voy a hacer ahora. No rebaja, pues, mi dignidad una ocupación que el gran Alfredo se vio obligado a desempeñar. Pero voy a procurar cumplir mí cometido mejor que lo hizo él, puesto que dejó que se quemaran los pasteles. «

La intención era buena, pero el resultado no respondió a sus esperanzas, pues este monarca, como el de antaño, no tardó en quedar abstraído con sus importantes preocupaciones y le ocurrió el mismo contratiempo: sus viandas se quemaron. La buena mujer llegó a tiempo para salvar el almuerzo de su pérdida más completa, y pronto sacó de su ensimismamiento al rey con una viva reprimenda. Pero al ver lo turbado que estaba el pobre muchacho por haber cumplido tan mal el encargo, trocó en seguida sus frases de censura por palabras de cariño y de bondad.

Comió luego el niño espléndida y satisfactoriamente, y se sintió con ello reconfortado y alegre. Fue una comida que se distinguió por un detalle curioso, y es que ambas partes prescindieron de todo cumplido, pero sin que ninguna de ellas se diera cuenta de dicha omisión.

La bondadosa mujer tenía intención de nutrir a aquel «vagabundo» con restos de comida, como se hace con un perro, pero se arrepentía tanto de haberle regañado, que hizo cuanto pudo para compensar su violencia, y con este objeto permitió que el muchacho se sentara a la mesa con la familia y comiera con sus «superiores» en términos de igualdad muy ostensibles, y el rey por su parte lamentaba tanto haber cumplido mal su cometido, después de haberse mostrado tan bondadosa para con él la familia, que se propuso hacerse dispensar su poco cuidado humillándose ahora hasta el nivel de ésta, en lugar de exigir a la mujer y a las niñas que permanecieran de pie y le sirvieran mientras él ocupaba su mesa en solitario, como correspondía a su nacimiento y dignidad. A todos nos favorece prescindir de cuando en cuando de la altanería.

La buena mujer se sintió satisfecha de su propia condescendencia generosa para con un vagabundo, y el rey, por su parte, se sintió también muy complacido por su propia humildad benigna ante una modesta campesina.

Cuando el almuerzo hubo terminado, la hacendosa mujer dijo al rey que lavara los platos. Esta orden hizo vacilar al soberano, que estuvo a punto de rebelarse, pero pensó: «Alfredo el Grande se encargó de los pasteles, y seguramente habría también lavado los platos..., por lo tanto, probaré de hacerlo. «

Y lo hizo bastante mal, con gran sorpresa suya, porque el lavado de cucharas de madera y de cuchillos le había parecido a primera vista cosa muy fácil. Era una faena fastidiosa, pero al fin la terminó. Comenzaba a impacientarse por continuar su viaje; sin embargo, no tenía que abandonar tan precipitada y desdeñosamente la compañía de aquella amable mujer. Esta le encargó cosas de poca importancia que él llevó a cabo con bastante lentitud y con éxito regular. Después le puso en compañía de las niñas a mondar manzanas de invierno, pero el monarca demostró tan poca traza en aquella ocasión, que la mujer le retiró de aquella faena y le dio un cuchillo de carnicero para que lo afilara. Luego le tuvo cardando lana tanto rato que el muchacho empezó a darse cuenta que había hecho extraordinariamente la competencia al rey Alfredo... Y decidió «dimitir» de su cargo. En efecto, cuando después de la comida, la mujer le presentó un cesto con unos gatitos para que los ahogara, consideró que aquélla era la ocasión oportuna para negarse a cumplir el encargo..., pero sobrevino una inesperada interrupción:

Juan Canty, con una caja de baratillero a cuestas y en compañía de Hugo.

. El rey descubrió a aquellos perillanes cuando se acercaban por la verja de la fachada, antes de que ellos pudieran darse cuenta de su presencia. Por consiguiente, dejó correr lo de la dimisión, cogió el cesto con los gatitos y salió por la puerta posterior sin decir palabra. Dejó los animalitos en un cobertizo contiguo a la casa y salió a escape por una angosta callejuela.