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El Príncipe y el mendigo.  Mark Twain
Capítulo 13. La desaparición del príncipe
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Una profunda modorra adormecía ahora a los dos compañeros.

−Quitadme esos harapos −dijo el reyecito, refiriéndose a su lamentable atavío.

Hendon desnudó al muchacho sin objetar nada, sin pronunciar palabra, le tendió en la cama, lo arropó y, mirando en torno de la habitación, dijo para sus adentros, tristemente:

«¡Otra vez me vuelve a quitar mi cama! ¿Y qué hago yo ahora?»

El reyecito se dio cuenta, de su perplejidad y la disipó con la siguiente indicación que pronunció soñoliento:

−Tú dormirás atravesado en la puerta y la guardarás celosamente.

Poco después se hallaba ya libre de sus desazones, sumido en un profundo sueño.

«¡Caramba con el muchacho! ¡Decididamente habría tenido que nacer rey −se dijo Hendon, admirado−, pues representa su papel a las mil maravillas! «

Y se tendió en el suelo de parte a parte de la puerta, pensando con alegre resignación: «Peor cama tuve durante siete años. Encontrar esto insoportable −sería una ingratitud hacia el Altísimo. «

No concilió el sueño hasta el amanecer. Hacia el mediodía se levantó, destapó muy cautelosa mente a su protegido y tomó la medida de su cuerpo con un cordel.

Pero no había terminado todavía la operación cuando el rey se despertó, se quejó de frío y le preguntó qué estaba haciendo.

−Ya he terminado, señor, −repuso Hendon−. Y ahora tengo que ir a hacer alguna diligencia, pero vuelvo en seguida. Dormid de nuevo, que bien lo necesitáis.

Permitidme que os tape también la cabeza y así entraréis más pronto en calor.

No había Hendon terminado de hablar que el rey vagaba ya por la región de los sueños. Entonces aquél salió silenciosamente y volvió, a entrar con gran sigilo al cabo de unos treinta o cuarenta minutos, con un traje completo de niño adquirido en una tienda de saldos: era de tela de baja calidad y mostraba señales patentes de haber sido usado, pero limpio y apropiado a la estación del año. Se sentó y se puso a examinar su compra, al mismo tiempo que se decía:

−Una bolsa más repleta habría comprado cosa mejor, pero cuando uno no dispone de buen caudal se ha de contentar con lo que le permiten obtener sus medios...

»Había una mujer en nuestra ciudad En nuestra ciudad habitaba...

Parece que se ha movido. Tendré que cantar más quedo.

No conviene turbar el sueño cuando le espera un viaje tan pesado y, además, el pobre chico está excesivamente cansado… Esta prenda está bastante bien; con un remiendo aquí y otro allí, quedará magnífica. Esta otra es mejor, pero no estará de más un pequeño repaso. Estos zapatos están en buen estado, y con ellos tendrá sus pies secos y calientes. Serán algo nuevo para él, porque, indudablemente, está acostumbrado a ir descalzo en verano y en invierno... ¡Ah, si el hilo fuese pan! ¡Con qué poco dinero se compra lo que se necesita para un año! Y, además, regalan una aguja tan linda como ésta. Pero ahora me va a costar una eternidad enhebrarla.

Y, en efecto, así fue. Como les ha ocurrido siempre a los hombres y probablemente les seguirá ocurriendo por los siglos y los siglos. Pero al cabo de muchas pruebas logró enhebrarla y cogiendo la prenda se la puso encima de las rodillas y comenzó a coser.

−La posada está pagada, incluido el desayuno que nos han de traer y, aún me queda bastante dinero para comprar un par de borricos y sufragar los pequeños gastos de viaje durante los dos o tres días de camino que nos separan de la abundancia que nos está esperando en Hendon Hall.

»Amaba a su es..

»¡Uy! Me he clavado la aguja en la uña..., pero no importa; no me viene de nuevo, aunque no por eso me hace mucha gracia... ¡Allí seremos muy felices! No te quepa duda, pequeño... Tus desazones se habrán acabado y tu malhumor también.

»Amaba a su esposo con pasión, pero otro hombre...

»¡Eso sí que son puntadas magníficas! −exclamó, admirando la prenda que remendaba−.

Tiene una grandeza majestuosa a cuyo lado esos puntos mezquinos del sastre tienen un aspecto desdeñable y plebeyo...

»Amaba a su esposo con pasión, pero otro hombre la amaba a ella… »¡Vamos, ya está! No puede negarse que ha sido un remiendo rápido y perfecto. Ahora voy a despertar al pequeño, le vestiré, le refrescaré, le daré de comer y nos dirigiremos al mercado que hay cerca de la posada del Tabardo, en Southwark y... Dignaos levantaros, señor...

¡No contesta! ¿Qué es eso? Tendré forzosamente que profanar su sagrada persona con mi tacto, puesto que su sueño le ha vuelto sordo... ¡Cómo!

Apartó la ropa... ¡El muchacho había desaparecido!

Hendon miró a su alrededor, anonadado y durante unos momentos no pudo expresar en palabras su estupefacción.

Notó también entonces que faltaban las ropas harapientas de su protegido y entonces comenzó a echar maldiciones y a llamar furioso al posadero. En aquel preciso momento se presentó un criado con el desayuno.

−¡Habla, aborto de Satanás! ¡Habla o ha llegado tu hora! −rugió Hendon, al mismo tiempo que daba tan salvaje salto hacia el camarero, que éste quedó mudo de sorpresa y de espanto durante unos momentos ¿Dónde está el muchacho?

Balbuceando sílabas confusas y entrecortadas, el criado dio con voz temblorosa la información que se le exigía.

−Apenas habíais salido de aquí, señor, cuando se presentó un muchacho corriendo y dijo que vuestra voluntad era que el pequeño que dormía aquí fuese a reunirse con vos en el extremo del puente, por el lado de Southwark. Yo lo traje aquí, y cuando, el pequeño se despertó y le di el recado, se mostró algo contrariado por haber sido despertado «tan temprano», según dijo, pero se puso precipitadamente sus andrajos y se marchó con el muchacho desconocido, murmurando que mejor hubiera sido que vos hubierais venido en persona en lugar de enviar a un extraño..., de modo que...

−¡De modo que eres un necio, un insensato, un bobo que se deja engañar fácilmente! ¡Maldita sea toda tu casta!

Pero quizá no le han hecho daño... Voy en su busca.

Mientras tanto, prepara la mesa. Pero, espera... La ropa de la cama estaba puesta en forma que pareciera tapar a alguien. ¿Fue casualidad o está hecho adrede?

−Lo ignoro, señor. Yo he visto que el muchacho desconocido revolvía la ropa de la cama.

−¡Rayos y truenos! Lo hicieron sin duda para engañarme, y procuraron ganar tiempo. Oye, ¿iba solo el rapaz en cuestión?

−Completamente solo, señor.

−¿Estás seguro?

−Segurísimo.

−Reflexiónalo bien, procura recordar..., tómalo con calma.

Después de meditar un momento, el criado declaró:

−Cuando ha llegado no iba nadie con él, pero ahora recuerdo que al salir los dos, antes de confundirse entre la multitud que había en el puente, un hombre con aspecto de rufián ha salido de un sitio próximo y en el preciso momento en que se reunía con ellos...

−¿Y qué ha ocurrido entonces? ¡Acaba de una vez!

−gritó Hendon, interrumpiéndole, con voz de trueno.

−Pues que en aquel momento la multitud les ha rodeado y no me ha sido posible ver nada más, porque me ha llamado mi amo, furioso al darse cuenta de que había olvidado un cuarto de pollo encargado por el escribano, aunque yo tomo a todos los santos por testigos de que regañarme por tal distracción es como llevar a juicio a un niño antes de nacer por sus futuros pecados...

−¡Quítate de mi vista, idiota! ¡Tu charla estúpida me vuelve loco! Pero espera... ¿Adónde vas tan de prisa? ¿No puedes aguardar un instante? ¿Se fueron hacia Southwark?

−En efecto, señor..., pues como iba diciendo, respecto a aquel maldito cuarto de pollo, el niño que no ha nacido no tiene ni más ni menos culpa que. ..

−¿Aún estás aquí? ¡Y todavía charlando! ¡Procura desaparecer si no quieres que te estrangule!

El criado se retiró. Y tras de él salió Hendon, que pasó por su lado y le adelantó bajando los escalones de dos en dos, al mismo tiempo que refunfuñaba:

−¡Ha sido ese villano ruin que lo reclamaba cómo hijo suyo! ¡Te he perdido, mi pequeño señor demente... y ése es un pensamiento muy amargo! ¡Con lo que me había encariñado ya contigo! Pero, ¡no! ¡Por los clavos de Cristo! ¡No te he perdido! No te he perdido porque voy a registrar cada rincón de Inglaterra hasta encontrarte...

¡Pobre muchacho! Allí ha quedado su almuerzo... y el mío, pero ya no tengo apetito... que se lo coman los ratones... ¡De prisa, de prisa! ¡Esta es la palabra!

Mientras se abría paso hacia el puente entre la multitud tumultuosa, dijo varias veces para sí, aferrándose a este pensamiento como si le resultara agradable:

«Regañó, se quejó, pero si se ha marchado es porque ha creído que Miles Hendon le llamaba... ¡Simpático muchacho! Estoy seguro que no hubiera obedecido la indicación de nadie más... «