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El Príncipe y el mendigo.  Mark Twain
Capítulo 12. El príncipe y su libertador
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Tan pronto como Miles Hendon y el joven príncipe se vieron libres de la turba se dirigieron hacia el río por callejones angostos. No hallaron obstáculos en el camino hasta que estuvieron cerca del puente de Londres, y entonces volvieron a meterse entre la multitud, pero Hendon no soltó todavía al príncipe, es decir, al rey, que llevaba cogido de la mano. La gran noticia se había divulgado ya por doquier, y Eduardo se enteré de ella por millares de voces que exclamaban al unísono «¡El rey ha muerto!» El anuncio de este importante suceso hizo estremecer el corazón, del pobre muchacho desamparado, que comenzó a temblar por efecto de la intensa emoción.

Dándose cuenta de su pérdida incalculable, se sintió dominado por un muy profundo pesar, porque el tirano cruel que había aterrorizado a todo su pueblo le había demostrado siempre a él generosidad y cariño. Asomaron las lágrimas a sus ojos y le turbaron la vista. Durante unos instantes se juzgó la más abandonada e infeliz de las criaturas de Dios. Poco después resonó en la noche hasta muchas millas a la redonda otro grito atronador de «¡Viva el rey Eduardo! » y esto hizo centellear los ojos del muchacho y le estremeció de orgullo hasta las yemas de los dedos.

−¡Ah! −pensó−. ¡Cuán extraordinario e inexplicable parece! ¡ Soy rey! «

Nuestros héroes se abrieron paso lentamente por entre la multitud que ocupaba por completo el puente. Aquella construcción, que contaba seiscientos años de existencia y había sido durante todo ese tiempo un lugar muy frecuentado y ruidoso, era curioso, porque había en él toda una hilera de tiendas y de almacenes, con habitaciones para las familias en su piso superior, que se extendía a ambas orillas del río. Aquel puente constituía, por sí solo una especie de ciudad, con sus hosterías, sus mercados, sus cervecerías y panaderías, sus manufacturas e incluso su iglesia. Se hallaba entre los dos distritos vecinos que ponía en comunicación, Londres y Southwark, a los que parecía considerar sus propios suburbios, sin concederles, desde luego, particular importancia. Era una especie de sociedad cerrada, por así decirlo; era una ciudad estrecha, de una sola calle de una quinta parte de milla de largo; su población no era más que la de un simple villorrio, y todo el mundo en ella conocía íntimamente a sus conciudadanos, y había tratado con igual intimidad a sus padres antes que a ellos, perfectamente enterado de los más ínfimos asuntos familiares del prójimo. Tenía, naturalmente, también su aristocracia, sus distinguidas y viejas familias de carniceros, panaderos y otros comerciantes por el estilo que venían ocupando aquellos mismos locales desde hacía quinientos o seiscientos años, y conocían de cabo a rabo la gran historia del puente, con todas sus extrañas leyendas. Aquella gente había acabado por hablar un lenguaje particular creado en el puente, y hasta sus pensamientos y su afición peculiar a mentir eran también propias del puente. Era una especie de población que por fuerza tenía que ser tan jactancioso como ignorante. Los niños nacían en el puente, se criaban en él Y allí llegaban a viejos sin haber puesto los pies en ninguna parte del mundo que no fuera el Puente de Londres. La vecindad en cuestión se imaginaba, naturalmente, que la interminable procesión bulliciosa que circulaba por su calle noche y día, con su confuso barullo de voces, gritos, relinchos y pateos, era la cosa más grande del mundo, y que ella, en cierto modo, era la dueña de aquel lugar. Y así lo era, en efecto... o por lo menos como tales podían considerarse sus moradores desde sus ventanas, particularmente cuando un rey o un héroe que regresaban daban motivo a algunos festejos, pues no había mejor sitio que aquél para poder presenciar perfectamente el desfile de las largas y pomposas comitivas.

Los que habían nacido en el puente, cuando se alejaban de él, encontraban la vida aburrida e insoportable. La historia nos habla de uno de esos habitantes del puente que lo abandonó a la edad de setenta y un años para ir a vivir retirado en el campo, pero el silencio de la campiña le puso nervioso, y como por la noche le impedía conciliar el sueño, desesperado y casi enfermo, decidió por fin volver a su antiguo hogar. Su carácter se había vuelto intratable y se había convertido en un espectro macilento. Cuando se halló de nuevo en Londres, se entregó al descanso reparador y a los sueños deliciosos, mecido por el agradable rumor de las aguas y por el bullicio atronador del Puente de Londres.

Por aquel entonces, el puente suministraba «lecciones prácticas» de historia de Inglaterra a los niños, al permitirles contemplar las lívidas y putrefactas cabezas de los hombres famosos, hincadas en las afiladas puntas de sus portalones de hierro. Pero me estoy apartando de mi narración.

Hendon se hospedaba en la pequeña posada del puente.

Al acercarse, pues, al umbral de ésta, acompañado de su amiguito, se oyó una voz bronca que decía:

−¡Ah! ¡Por fin has vuelto! ¡Ahora ya no vas a escaparte más! ¡Te lo aseguro! Y ten por cierto también que voy a machacarle los huesos hasta hacerlos papilla para que aprendas a no hacerme esperar en otra ocasión cualquiera.

Y dicho esto, Juan Canty alargó la mano con intención de agarrar al muchacho, pero Miles Hendon se interpuso, diciendo:

−No tan de prisa, amigo. Me parece que no tienes necesidad de ser tan brusco. ¿Qué te importa a ti este muchacho?

−Si tu ocupación es meterte en los asuntos de los demás, te diré que este chico es mi hijo.

−¡Es mentira! −exclamó, indignado, el reyecito.

−Muy bien dicho y te creo, hijo mío, tanto si tu cabecita está sana como si la tienes trastornada. Pero poco importa que ese rufián sea o no sea tu padre, pues no te entregaré a él para que te pegue y te maltrate como amenaza, si es que prefieres quedarte conmigo.

−¡Sí quiero quedarme con vos! ¡No conozco a ese hombre, me repugna, y antes que ir con él prefiero morir!

−Entonces, asunto concluido. No hay más que hablar.

−¡Eso ya lo veremos! −vociferó Juan Canty, acercándose a Hendon con intención de coger al muchacho−. De buen grado o por la fuerza.

−Si te atreves a tocarlo, desperdicio viviente, te ensartaré como a un pato −repuso Hendon, cerrándole el paso y empuñando la espada.

Canty retrocedió y Hendon continuó diciendo −Te advierto que he tomado a este muchacho bajo mi protección cuando una turba de individuos de tu calaña pretendía maltratarlo y quizá lo habría matado. ¿Te figuras, pues, que ahora voy a entregarlo a un destino peor? Porque tanto si eres su padre como no... y me permito decir y creer que eso es una mentira, una muerte decorosa e instantánea sería mucho mejor para él que la vida en manos tan brutales como las tuyas. Sigue, pues, tu camino y pronto, porque no me gusta hablar en vano ni me sobra la paciencia.

Juan Canty optó por alejarse refunfuñando maldiciones y amenazas hasta que desapareció entre la muchedumbre.

Hendon subió tres tramos de escalera hasta llegar a su habitación acompañado del chiquillo, después de ordenar que les sirvieran de comer. Era un cuarto pobre con una cama destartalada y alguna que otra pieza suelta de mobiliario viejo. Estaba muy tenuemente iluminado por dos cabos de vela. El reyecito se arrastró hasta la cama y se tendió en ella, casi exhausto de hambre y de fatiga.

Había estado de pie una gran parte del día y de la noche, pues eran entonces las dos o las tres de la madrugada y además, no habla probado bocado. Soñoliento, murmuró:

−Os ruego que me llaméis cuando esté puesta la mesa.

Y dicho esto se quedó profundamente dormido.

Hendon, con una sonrisa en los labios, murmuró para sí:

−¡Vaya con el pordioserillo ese! Se mete en el aposento del prójimo y le usurpa la cama con una graciosa desenvoltura tan natural como si fuese el dueño, sin ni siquiera decir «con permiso», «dispensadme» o algo por el estilo. En el desvarío de su demencia, ha afirmado que era el príncipe de Gales, y lo cierto es que sostiene gallardamente su rango. ¡Pobre ratoncillo sin amigos! Sin duda los malos tratos han perturbado su cerebro. Pues bien, yo seré su amigo. Le he salvado y hay en él algo que me atrae irresistiblemente. Siento cariño por ese golfillo procaz. ¡Con qué actitud marcial ha hecho frente a la chusma y le ha lanzado su reto arrogante! ¡Y qué cara tan bonita, tan dulce y fina tiene ahora que el sueño ha disipado sus contratiempos y sus pesares! Yo le educaré, curaré su enfermedad... Sí, seré su hermano mayor, le cuidaré y velaré por él constantemente. ¡Y quien pretenda avergonzarse o hacerle algún daño, ya puede encargar su propia mortaja, porque la necesitará, aunque por ello me condenen a ser quemado vivo!

Se inclinó sobre el chiquillo, le contempló con interés bondadoso y compasivo, le dio unos suaves golpecitos en la mejilla, y le desenmarañó cuidadosamente los rizos con su manaza de piel morena. Un ligero escalofrío recorrió el cuerpo del joven, y Hendon dijo para sus adentros: «¡Vaya torpeza la mía! ¡Dejarlo yacer aquí sin taparlo, para que el reuma se apodere de su cuerpo! ¿Qué voy a hacer ahora?

Si lo cojo y lo meto dentro de la cama, se despertará; y necesita, indudablemente, descansar. » Miró a su alrededor en busca de ropa para cubrirlo, y no encontrando nada, se quitó el jubón y envolvió con él al muchacho, diciendo para sí: «Como estoy acostumbrado a las punzadas del viento y a la falta de abrigo, no sufriré mucho por el frío. «

Y se puso a andar por el cuarto con objeto de mantener su sangre en continua moción, mientras seguía su monólogo.

«Su mente perturbada le hace creer que es el príncipe de Gales. Será algo muy original continuar teniendo aquí a un príncipe de Gales ahora que el que era príncipe ha dejado de serio, para convertirse en rey. Porque su pobre cerebro tiene sólo una idea fija, y en su desvarío no razonará que ahora tiene que dejar de llamarse príncipe y considerarse rey. Si mi padre vive todavía, después de estos siete años en que no he sabido nada de mi casa en mi mazmorra extranjera, acogerá bien al infeliz muchacho, y en atención a mí, consentirá en albergarlo en casa. Lo mismo hará mi buen hermano mayor, Arturo. Mi otro hermano, Hugo..., pero si se interpone le voy a romper la crisma, por zorro y mal intencionado. Sí, hacia allí nos iremos, y más que de prisa. «

Entró un criado con comida humeante; la colocó encima de una mesita, arrimó a ésta las sillas y se retiró, dejando que los modestos huéspedes se sirvieran ellos mismos.

Cerré la puerta tras de él con tal estrépito, que el muchacho se sentó en la cama y miró alegremente a su alrededor. Pero en seguida sus facciones expresaron una profunda aflicción y sus labios murmuraron:

−¡Ay! ¡No era más que un sueño! ¡Qué desgraciado soy!

Se fijó luego en el jubón de Miles Hendon que le cubría, y mirando al dueño de la prenda, comprendió e sacrificio que éste había hecho por él, y le dijo, cariñosamente −Sois muy bueno para conmigo, sí, muy bueno. Tomad esto y ponéoslo, yo ya no lo necesito.

Entonces se levantó, y dirigiéndose a un rincón donde había un palanganero, se quedó allí esperando. Hendon, muy animado, le dijo:

−Bien, ahí tenemos una sopa sabrosa y un buen bocado, todo humeante y oloroso. Eso y tu sueño reparador volverán a hacer de ti un hombrecito intrépido.

El muchacho no contestó y sólo dirigió una mirada de sorpresa y de cierta impaciencia al alto caballero de la espada. Hendon preguntó extrañado:

−¿Qué te pasa?

−Buen señor, quisiera lavarme.

−¡Ah! ¿Nada más que eso? No pidas permiso a Miles Hendon para nada que te apetezca. Bienvenido a esta casa.

Puedes hacer lo que te convenga con entera libertad.

Pero el muchacho seguía inmóvil, es más: una o dos veces pateó ligeramente con impaciencia. Hendon, perplejo, preguntó:

−Pero ¿qué esperas?

−Os ruego que echéis el agua en el palanganero y no gastéis tantas palabras.

Hendon contuvo una risotada y dijo para sus adentros:

«¡Por todos los santos del cielo, eso es admirable!» Se adelantó presuroso y cumplió la orden del pequeño insolente. Luego se quedó como atontado por una especie de estupefacción, hasta que una nueva orden le despertó de su azoramiento.

−¡La toalla... pronto!

Cogió la toalla bajo las mismas narices del muchacho y se la entregó sin chistar. Después procedió a lavarse, a su vez, la cara, y mientras lo estaba haciendo, su hijo adoptivo se sentó a la mesa y se dispuso a comer. Hendon terminó su aseo con presteza y luego, cogiendo otra silla, se disponía a sentarse también cuando el muchacho, indignado, le advirtió:

−¿Qué es eso? ¿Te atreves a sentarte en presencia del rey?

Este golpe llegó hasta lo más hondo del alma de Hendon, pero pensó: «La locura de este pobre chiquillo está a la altura de las circunstancias actuales. Ha variado con el gran cambio habido en el reino, y ahora se le antoja que es el monarca... Pero le seguiremos la corriente, puesto que no hay más remedio... ¡no vaya a ser que me mande a la Torre!»

Y encontrando esta broma agradable, apartó la silla de la mesa, se situó detrás del rey y se dispuso a servirle con los modales más cortesanos de que se viera capaz.

Mientras el rey comía, el rigor de su real dignidad disminuyó un poco, y con una satisfacción que iba en aumento, sintió el deseo de hablar y dijo.

−Si no me equivoco, tengo entendido que os llamáis Miles Hendon.

−Sí, señor −repuso Miles mientras iba pensando: «Para seguirle la corriente a este muchacho loco tendré que llamarle "señor" y "majestad". No conviene hacer las cosas a medias y no he de detenerme ante nada de lo que se refiere al papel que estoy representando, pues, de lo contrario, cumpliré mal mi cometido y no serviré bien esta causa bondadosa y caritativas El rey se reanimó con un nuevo vaso de vino, y dijo:

−Me gustaría saber quién eres. Cuéntame tu historia.

Tienes un carácter generoso e hidalgo. ¿Naciste noble?

−Nos hallamos en la cola de la nobleza, Majestad. Mi padre es barón, uno de los lores de menor importancia que obtuvo el título por servicios caballerescos. Se llamaba Ricardo Hendon, de Hendon Hall, junto a Monk's Holm, en el condado de Kent.

−No recuerdo tal nombre. Continúa. Cuéntame tu historia.

−No es muy larga, Majestad, pero tal vez os pueda distraer, a falta de otra. Mi padre, sir Ricardo era muy rico, y de carácter en extremo generoso. Mi padre falleció cuando yo era todavía un niño. Tengo dos hermanos:

Arturo, el mayor, con un alma igual a la del padre, y Hugo, menor que yo, que es un espíritu mezquino, codicioso, traidor, vicioso, astuto... un verdadero reptil.

Así nació en su cuna, y tal vez era hace diez años, cuando le vi por última vez: un rufián de diecinueve años. En aquel entonces yo tenía veinte y Arturo veintidós. No tengo más familia, exceptuando a mi prima lady Edith, que a la sazón era una joven de dieciséis abriles, hermosa y muy buena muchacha. Es hija de un conde, la última de su estirpe, heredera de una gran fortuna y de un título prescrito. Mi padre era su tutor. Yo le amaba y ella también me quería, pero quedó prometida a Arturo desde la cuna; y sir Ricardo no consintió que se deshiciera el contrato. Arturo estaba enamorado de otra joven, y nos alentaba con dulces esperanzas, prediciendo que con el tiempo la suerte favorecería nuestros propósitos. Hugo codiciaba la fortuna de lady Edith, pero fingía amar a mi prima. Siempre tuvo la costumbre de decir lo contrario de lo que pensaba. Pero su picardía no consiguió burlar a la doncella. Pudo engañar a mi padre, pero a nadie más. Mi padre le quería más a él que a los demás, y le tenía una confianza ciega, porque era el hijo menor y los demás le odiaban, circunstancias éstas que en todas las épocas fueron siempre suficientes para granjearse el amor de un padre. Hugo tenía una manera de hablar muy afable y persuasiva y una disposición extraordinaria para la mentira, cualidades que constituyen una buena ayuda para conseguir el más acendrado de los afectos. Yo estaba furioso..., podría decir más que furioso, furiosísimo, aunque era un furor salvaje, pero ingenuo, puesto que a nadie perjudicaba como no fuera a mí mismo, ni trajo baldón ni pérdida, ni germen alguno de crimen o de bajeza que no alcanzara a mi noble condición.

»Sin embargo, mi hermano Hugo supo sacar partido de estos defectos y de mi indignación, al ver que la salud de nuestro hermano Arturo dejaba mucho que desear, pues esperaba que su muerte podría beneficiarle si yo le dejaba el camino expedito, de manera que..., pero éste sería un relato demasiado largo que no vale la pena explicar. Diré, pues, brevemente, que mi hermano procuró exagerar mis defectos hasta convertirlos en crímenes y terminó su labor miserable y calumniosa fingiendo haber hallado en mi habitación una escalera de seda, que él mismo puso en mi dormitorio, y convenció a mi padre con ella y con la falsa declaración de algunos criados sobornados y otros villanos, de que yo proyectaba raptar a Edith para casarme con ella, en manifiesto desacato a la voluntad paterna.

»Como consecuencia de todo eso, mi padre dijo que tres años de destierro lejos de mi hogar y de Inglaterra podrían convertirme en un soldado, en un hombre entero y al mismo tiempo prudente. Sufrí duras pruebas en las guerras continentales, durante las cuales aprendí lo que eran los rudos golpes, las terribles privaciones y las arriesgadas aventuras, pero en la última batalla fui hecho prisionero, y durante los siete años que han transcurrido desde entonces, he vivido en tierra extraña encerrado en una mazmorra.

Con ingenio e intrepidez logré evadirme y vine directamente aquí, donde acabo de llegar falto de recursos, y de ropa, y más falto todavía de noticias relativas a Hendon Hall, de cuyos moradores no he sabido nada durante esos siete años sombríos. Y con esto, señor, queda explicada mi insignificante historia.

−Os hicieron víctima de un vergonzoso ultraje −exclamó el pequeño monarca, con ojos centelleantes.

Pero yo os vengaré... ¡Os lo juro por la cruz! ¡Lo ha dicho el rey!

Entonces, enardecido por el relato de los agravios de Miles, dio rienda suelta a su lengua y se vertió la historia de sus recientes desgracias en los oídos de su atónito interlocutor. Cuando hubo acabado, Miles se dijo para sus adentros:

«¡Caramba, qué imaginación tiene el muchacho!

Decididamente no es un espíritu vulgar, pues si lo fuera, loco o cuerdo, no le sería posible pintar un cuadro tan real y pintoresco, ni representar una escena tan original. ¡Pobre cabecita enferma! ¡No te faltará un amigo y un amparo mientras yo figure entre los vivos! Te tendré siempre a mi lado. Serás mi niño mimado, mi pequeño compañero... Y recobrarás la salud. Entonces se hará un nombre y yo podré decir: Sí, este muchacho es mío, yo lo recogí cuando era un miserable golfillo sin hogar, pero comprendí que anidaban en su alma ideas muy elevadas y que llegaría un día en que seria famoso... Miradle, observadle... ¿Tuve o no tuve razón?»

El rey habló con voz mesurada y semblante pensativo:

−Me habéis librado de la injuria y de la vergüenza y, tal vez, me habéis salvado también la vida, y con ello mi corona. Un favor como éste merece muy espléndida recompensa. Dime qué deseas, y tu pretensión está al alcance de mis atribuciones reales, será complacida.

Esta proposición fantástica sacó a Hendon de sus meditaciones. Estaba ya a punto de dar gracias al rey y dejar la cuestión de lado, manifestando que no había hecho más que cumplir con su deber y que no anhelaba recompensa, cuando, de pronto, acudió a su mente una idea más sensata, y pidió permiso para guardar silencio durante unos momentos y reflexionar la generosa oferta, a lo cual accedió gravemente el monarca, considerando que era mejor no precipitarse en un asunto de tanta importancia.

Miles meditó durante breves instantes y dijo para sus adentros: «Sí, ese es. Por cualquier otro medio me sería imposible lograrlo... y por cierto que la experiencia de estas últimas horas pasadas me ha demostrado que sería penosísimo e inconveniente seguir como ahora. Sí, lo propondré... Fue una casualidad afortunada que no dejara perder la ocasión. «

Después de pensado esto, Miles hincó la rodilla y dijo:

−Mi pobre servicio no ha llegado a más que al simple deber de un vasallo y, por lo tanto, no tiene ningún mérito; pero puesto que Vuestra Majestad considera que merece una recompensa, voy a permitirme hacer una petición a tal efecto: Hará cosa de unos cuatrocientos años, como Vuestra Majestad no ignora, estando enemistados Juan, rey de Inglaterra, y el rey de Francia, se decretó que dos campeones; tendrían que combatir en el palenque con objeto de poner fin a la disputa con lo que se dio en llamar juicio de Dios. Reunidos, pues, los dos mencionados monarcas y el rey de España para ser testigos del combate y juzgarlo, apareció el campeón francés, tan temible, que nuestros caballeros ingleses se negaron a medir sus armas con él. Por ello, aquella cuestión, por cierto muy grave, estuvo a punto de ser fallada en contra del soberano inglés por falta de contrincante en la lucha decisiva. Lord de Courcy, el más potente brazo de Inglaterra, se hallaba a la sazón en la Torre, despojado de sus honores y de sus posesiones y consumiéndose en largo cautiverio. Se recurrió, pues, a el, que accedió y se presentó armado de punta en blanco para el combate, y apenas contempló el francés su cuerpo hercúleo y oyó su famoso nombre, huyó más que de prisa, y el rey de Francia perdió su causa.

Entonces el rey Juan restituyó a De Courcy sus títulos y sus posesiones y le dijo: «Dime lo que deseas y te lo concederé, aunque haya de costarme la mitad de mi reino.

» A lo cual De Courcy, hincando la rodilla como ahora yo estoy haciendo, contestó a su soberano: «Pido una sola cosa, señor, y es que yo y mis sucesores tengamos y conservemos el privilegio de permanecer cubiertos delante del rey de Inglaterra mientras perdure el trono. », Como Vuestra Majestad no ignora, la merced fue concedida, y como en estos cuatrocientos años a la familia nunca le ha faltado hasta el día de hoy el jefe de la antigua casa lleva ante la majestad del rey la cabeza cubierta con el sombrero o el yelmo, sin la menor dificultad y sin que nadie más pueda hacerlo. Invocando, pues, este precedente, en apoyo de mi petición, suplico a Vuestra Majestad que me otorgue esta gracia y privilegio... como más que suficiente recompensa para mí... y ninguna otra cosa más, sino sólo que yo y mis herederos tengamos para siempre autorización para sentarnos en presencia del rey de Inglaterra.

−Levantaos, sir Afiles Hendon, caballero −dijo gravemente el rey, dando a aquél el espaldarazo con su propia espada−. Levantaos y sentaos. Vuestra petición queda concedida. Mientras Inglaterra exista y continúe su corona, vuestro privilegio no desaparecerá.

Su Majestad se apartó y comenzó a andar por la habitación, cavilando, y Hendon, dejándose caer en una silla, se quedó contemplándole, pensando: «Ha sido una idea acertada que me ha procurado un gran consuelo, porque mis piernas están fatigadísimas. De no habérseme ocurrido, indudablemente habría tenido que estar de pie durante semanas enteras, hasta que el cerebro del pobre muchacho hubiera recobrado la salud... ¡Y heme aquí convertido en un caballero del reino de los sueños y de las sombras! Para un hombre tan realista como yo, esta situación es, en verdad, muy particular y extraña. No quiero reírme, ¡Dios me libre!, porque esto que para mí es tan inverosímil, tan insustancial, para el muchacho es real.

Y para mí, de cierto modo, tampoco es una falsedad, porque refleja fielmente el espíritu dulce y generoso de este jovencito.

−Y después de una pausa, reflexionó finalmente−: ¡Ah, si me llamara con mi elevado título delante de la gente!

¡Vaya contraste entre mi gloria y mis pobres prendas de vestir! Pero no importa, llámeme como quiera, si éste es su gusto, estaré muy contento. «