Read synchronized with  English  Romanian  Russian 
El Príncipe y el mendigo.  Mark Twain
Capítulo 10. Los apuros del príncipe
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Dejamos a Juan Canty arrastrando al verdadero príncipe a Offal Court, seguido por la plebe entregada al bullicio y a la hilaridad. No hubo entre la turba más que una persona que elevara la voz en favor del cautivo, pero no fue escuchada, ni apenas pudo oírse en medio de aquel enorme barullo. Continuó el príncipe luchando por su libertad y protestando por el brutal trato de que se le hacía objeto, hasta que Juan Canty perdió la poca paciencia que le quedaba y con repentino furor levantó su estaca de roble sobre la cabeza del príncipe, disponiéndose a asestarle un golpe. El único defensor del muchacho dio un salto para detener el brazo de aquel bruto y recibió el golpe en su propia muñeca. Canty refunfuñó:

−¿Pretendes entrometerte? ¡Pues ahí tienes tu recompensa!

La estaca cayó sobre la cabeza del mediador. Se oyó un gemido, y un cuerpo se desplomó al suelo entre los pies de la multitud, y pocos momentos después yacía allí solo en la oscuridad. La turba siguió dándose empellones sin que su algazara fuese interrumpida por aquel incidente.

Poco después, el príncipe se hallaba en la morada de Juan Canty, con la puerta cerrada para alejar a los curiosos. A la tenue luz de una bujía de sebo ajustada en una botella, contempló los detalles del inmundo cubinche y sus moradores. Dos muchachas desgreñadas y una mujer de edad madura estaban acurrucados en un rincón, apoyadas en la pared, con el aspecto de animales acostumbrados a los malos tratos, que están siempre esperando con temor. En otro rincón había una bruja cubierta de harajos, con cabello enmarañado y mirada maligna.

Juan Candy, dirigiéndose a ésta, dijo:

−¡Espera! Vamos a divertirnos de lo lindo. No lo vayas a echar a perder antes de empezar; después deja caer tu mano pesada tanto como te plazca. Ven aquí, pilluelo; repite tus majaderías, si no las has olvidado. Dime cómo te llamas. ¿Quién eres?

El insulto a su dignidad hizo subir la sangre a las mejillas del príncipe, que miró con fijeza e indignación el semblante de aquel rufián y dijo:

La mala crianza propia de los individuos de tu calaña se demuestra aquí en que me mandes a mí que hable. Te repito ahora, como ya te dije antes, que soy Eduardo, príncipe de Gales, y basta.

El asombro que causó a la bruja esta contestación le dejó los pies clavados en el suelo y el pecho casi sin aliento. Se quedó contemplando al príncipe con tal estupefacción, que el bergante de su hijo prorrumpió en una risotada estrepitosa. Pero el efecto fue distinto en la madre y en las hermanas de Tom Canty. Su temor a los daños corporales dio paso a una angustiosa preocupación de distinta índole. Se abalanzaron sobre el príncipe con semblante compungido y exclamaron, lastimeras:

−¡Oh, Pobre Tom! ¡Pobre muchacho!

La madre cayó de rodillas ante el príncipe, le puso las manos sobre los hombros y le miré la cara con fijeza, con los ojos llenos de lágrimas.

−¡Oh, pobre hijo mío! –exclamó−. ¡Tus descabelladas lecturas te han llevado al final a esta desgracia! ¡Te han perturbado la razón! ¿Por qué no escuchaste mis advertencias? ¡Has destrozado el corazón de tu madre!

El príncipe la miró a la cara y le dijo cariñosamente:

−Tu hijo goza de perfecta salud, no ha perdido el juicio, buena mujer. Tranquilízate. Llévame a palacio, donde se halla ahora, y el rey mi padre te lo devolverá inmediatamente.

−¡El rey tu padre! ¡Oh, hijo mío! No repitas estas palabras, que pueden acarrear tu muerte y la de todos los que te rodean. Aparta de tu mente esa pesadilla horrible y, recobra tu perdida memoria. Mírame. ¿No soy yo tu madre, la que te dio la vida y que tanto te quiere?

El príncipe movió ligeramente la cabeza y dijo, apesadumbrado:

−Dios sabe cuánto lamento afligir tu corazón, pero la verdad es que nunca había visto tus facciones.

La mujer se desplomó sobre el suelo, sentada, y ocultando los ojos entre sus manos, prorrumpió en llanto desgarrador.

−¡Siga la comedia! −exclamó Canty−. ¡A ver, Nan! ¡A ver, Bet! ¡Tías groseras! ¿Os atrevéis a permanecer de pie en presencia del príncipe? ¡De rodillas, miserables pordioseras! ¡Hacedle reverencia!

Dicho esto, Canty soltó una carcajada. Las muchachas comenzaron tímidamente a intervenir en favor de su «hermano».

−Como quieras, padre −dijo Nan−, pero déjale que se acueste, que descanse, y el sueño curará su locura. Te lo suplico, déjale dormir.

−¡Oh, sí, padre! −intervino Bet−. Está más fatigado que de costumbre. Mañana volverá a ser el mismo, mendigará con diligencia y no volverá a casa con las manos vacías.

Esta observación detuvo la hilaridad del padre y le indujo a meditar sobre lo positivo. Entonces, volviéndose, indignado, de cara al príncipe, le dijo:

−Mañana tendremos que pagar dos peniques al dueño de este cubinche, óyelo bien, ¡dos peniques! Y todo ese dinero únicamente para el alquiler de medio año, de lo contrario nos echarán de aquí. ¡A ver, enséñame lo que has logrado reunir con tu manera perezosa de mendigar!

El príncipe contestó:

−No me ofendáis con vuestras sórdidas elucubraciones.

Os vuelvo a repetir que soy el hijo del rey.

Un manotazo brutal dado por Canty al hombro del príncipe hizo caer a éste, tambaleando, en brazos de la bondadosa mujer del bárbaro atropellador, que lo estrechó contra su pecho y lo defendió cuanto pudo de una verdadera lluvia de puñetazos y pescozones interponiendo su propia persona. Las muchachas, asustadas, fueron a acurrucarse en su acostumbrado rincón, pero la abuela se apresuró, rabiosa, a ir a ayudar a su hijo en el vapuleo.

Entonces el príncipe se separó de la madre de Tom y dijo:

−No habéis de sufrir por mi culpa, señora. Dejadme solo que esos cochinos hagan conmigo lo que se les antoje.

Estas palabras irritaron de tal manera a los aludidos cochinos, que, enfurecidos, pusieron manos a la obra sin pérdida de tiempo. Entre ambos zarandearon y golpearon a más y mejor al pobre muchacho, luego dieron también una tunda a las dos chicas y a su madre por haber demostrado simpatía por la víctima.

−Ahora −dijo Canty− ¡todo el mundo a la cama! La diversión me ha cansado.

Apagaron la luz y todos se acostaron. Tan pronto como los ronquidos del cabeza de familia y de la abuela demostraron que los dos estaban durmiendo, las muchachas se deslizaron sigilosamente hacia el rincón donde yacía el príncipe y le resguardaron tiernamente del frío con paja y pingajos. También la madre llegó furtivamente hasta él, le acarició el cabello y vertió lágrimas sobre su cuerpo, al mismo tiempo que le susurraba al oído palabras entrecortadas de compasión y de consuelo. Le había guardado, además, un bocado para que se lo comiera, pero los dolores que sentía el muchacho habían dejado a éste sin apetito..., por lo menos para comer mendrugos negros y sosos. Se sintió conmovido por la valiente y sufrida actitud de aquella buena mujer al defenderle y por la conmiseración que le demostraba, y le testimonió su gratitud con palabras nobles y principescas, rogándole luego que se fuera a dormir y olvidara sus sinsabores. Añadió que el rey su padre no dejaría sin recompensa su bondadosa abnegación y su lealtad. Esta vuelta a su «demencia» desgarró de nuevo el corazón de la buena mujer, que estrechó repetidamente al muchacho contra su pecho y, por fin, volvió a su yacija sumida en lágrimas.

Mientras se hallaba tendida meditando con tristeza, empezó a sentir su espíritu atormentado por la idea de que aquel muchacho tenía algo indefinible que no era por cierto lo que distinguía a Tom Canty, loco o cuerdo. No le era posible determinar de qué se trataba y, sin embargo, su inteligente instinto maternal lo observaba y parecía descubrirlo. ¿Y si el muchacho no fuese realmente su hijo?. Pero no, ese pensamiento era absurdo. Y esta idea casi le hizo sonreír, a pesar de su aflicción y de sus penas.

Pero aquel pensamiento no se desvanecía y persistía en atormentarla. La perseguía continuamente, la acosaba, se pegaba a ella, la dominaba y se negaba a alejarse de su cerebro y a ser olvidado. Al fin comprendió que su espíritu no podría calmarse hasta que pudiera hacer una prueba con la cual le fuese dable comprobar de una manera que no dejase lugar a dudas si aquel muchacho era o no su hijo. Ah, sí, éste era el mejor modo de salir del atolladero.

Se puso, pues, a reflexionar cuál sería la mejor manera de llevar a cabo la prueba. Pero resultaba más difícil el proyecto que la realización. Iba meditando distintas formas, pero se veía obligada a desecharlas todas, pues ninguna ofrecía una seguridad completa, y una prueba imperfecta no podía satisfacerle. Evidentemente estaba atormentando en vano su cabeza y parecía indudable que iba a tener que desistir de su propósito. Pero mientras se sentía desanimada por esta preocupación, llegó hasta sus oídos la acompasado respiración del muchacho, que venía a anunciarle que éste se había dormido. Luego, al escuchar su regular resoplido, el niño exhaló un grito tenue de espanto, como el suspiro que interrumpe, a veces, la pesadilla de un sueño agitado. Este hecho casual sugirió a la buena mujer una idea luminosa, mil veces mejor que todos los planes que hasta entonces habíase forjado. Se puso, pues, en seguida febril y silenciosamente manos a la obra: encendió de nuevo la vela y dijo para sí: «Si entonces le hubiese visto, le habría reconocido. Desde aquel día, cuando era tan pequeño, en que se inflamó la pólvora en su cara, no se sobresaltó, tanto en sueños como despierto, sin taparse los ojos con las manos, como lo hizo aquel día, y no precisamente como lo harían otros chiquillos, con las palmas de la mano hacia dentro, sino siempre con las palmas de la mano hacia fuera. Lo observé centenares de veces y nunca dejó de hacerlo de la misma manera. Sí, ahora podré comprobarlo. «

Y con este pensamiento se deslizó hasta llegar junto al muchacho dormido, ocultando con la mano la llama de la bujía que llevaba en la otra. Se inclinó sobre él muy cautelosamente, conteniendo la respiración y la angustiosa excitación que lo dominaba y, súbitamente, acercó la luz a la cara del muchacho, al mismo tiempo que daba un golpe suave en el suelo con los nudillos de sus dedos. Los ojos del príncipe se abrieron completamente y dirigieron la mirada a su, alrededor, pero no hizo ningún gesto singular con sus manos.

La pobre mujer se quedó anonadada de sorpresa y de dolor, pero logró disimular sus emociones y tranquilizar al muchacho hasta hacerle nuevamente conciliar el sueño.

Luego se apartó y se puso a meditar muy afligida sobre el desastroso resultado de su experimento. Procuraba convencerse de que la locura de Tom había disipado en éste su gesto habitual, pero no conseguía admitir esta posibilidad.

«No −decía para sus adentros−, sus manos no están locas y no pueden haberse desacostumbrado en tan poco tiempo a un gesto que le era habitual desde hacía tantos años. ¡Oh, qué día aciago para mí!» Pero la esperanza era tan persistente en la pobre mujer como lo había sido antes la duda. No podía resignarse a admitir el veredicto de aquella prueba. Tendría que hacer otro ensayo porque tal vez el fracaso era debido a un accidente. Despertó, pues, al muchacho segunda y por tercera vez, a intervalos, con idéntico resultado, y al fin se arrastró hasta su yacija y, profundamente afligida, acabó por dormirse, diciendo:

−¡No puedo renunciar a él! ¡Tiene que ser mi hijo!

Habiendo cesado las interrupciones de la pobre madre y también, gradualmente, el dolor de su cuerpo vapuleado, el príncipe, con extrema facilidad, quedó sumido en un profundo sueño tranquilo. Transcurrió una hora tras otra y el muchacho seguía tan inmóvil como si estuviera muerto.

Pasaron así cuatro o cinco horas y, al fin, su estupor comenzó a aligerarse. De pronto, medio dormido y medio despierto, murmuró:

−¡Sir William!

Y al cabo de un rato, añadió:

−¡Hola, sir William Herbert! ¿Estáis ahí?. Venid y escuchad el sueño más raro que... ¿Me oís, sir William?.

He soñado que me convertía en mendigo y que... ¡Hola, guardias! ¡Sir William! ¿Cómo? ¿No hay aquí ningún caballero de servicio? ¡Ay! ¡Qué fastidio!

−¿Qué te pasa? −susurró una voz junto a su lecho−. ¿A quién estás llamando?

−A sir William Herbert. ¿Quién eres tú?

−¿Quién voy a ser sino tu hermana Nan? ¡Oh, Tom ¡Se me había olvidado! ¡Todavía estás loco! ¡Pobre chico!

¡Ojalá no hubiera despertado nunca más para no verte en este estado! Pero te suplico que domines tu lengua para que no nos azoten a todos hasta matamos.

El príncipe, estupefacto, se incorporó de un salto, pero el vivo dolor de sus contusiones le hizo darse cuenta de la realidad, y entonces, hundiéndose en el montón de paja inmunda en que descansaba, exclamó con un gemido:

−¡Ay! ¡Entonces no era un sueño!

Inmediatamente todo el pesar y la miseria que el sueño había disipado volvieron a anonadarle, y comprendió que no era ya un príncipe mimado en su palacio, con los ojos adoradores de todo un pueblo fijos en él, sino un simple pordiosero, un paria cubierto de pingajos, prisionero en una guarida propia sólo para bestias y en compañía de mendigos y de ladrones.

En medio de su aflicción empezó a notar gran barullo y voces de hilaridad que resonaban, al parecer, a una o dos travesías de distancia. En aquel preciso momento se oyeron varios golpes dados a la puerta, y Juan Canty, cesando de roncar, preguntó:

−¿Quién llama? ¿Qué quieres?

Una voz contestó:

−¿Sabes quién es la persona contra la cual descargaste el golpe con tu estaca?

−No lo sé ni me importa saberlo.

−Es posible que pronto cambies de parecer. Y sólo con la fuga podrás salvar tu gañote. En este momento el agredido está entregando el alma a Dios. ¡Es el cura, el padre Andrés!

−¡Válgame Dios! −exclamó Canty.

Despertó en seguida a su familia y ordenó, bruscamente:

−¡Levantaos todos y huyamos! ¡A no ser que queráis quedaros aquí para que nos maten a todos!

Apenas habían transcurrido cinco minutos que ya toda la familia Canty se hallaba en la calle huyendo para salvar su vida. Juan llevaba al príncipe de la mano y, haciéndole correr por los callejones sombríos, le iba diciendo, muy quedo:

−¡Cuidado con tu lengua, maldito loco, y no pronuncies tu nombre! Yo tomaré otro nombre para despistar a los sabuesos de la ley. ¡Cuidado con tu lengua! ¡Y que, no tenga que repetírtelo!

Y dirigiéndose a los demás de su familia, añadió, refunfuñando:

−Si por casualidad llegamos a separarnos, que cada cual vaya al puente de Londres, y el que se encuentre primero frente a la última tienda de lencería que se ve desde el puente, que espere allí hasta que aparezcan los demás, para podernos escapar todos juntos hacia Southwark.

En aquel momento, la atolondrada familia salió de la oscuridad a la luz, y no sólo a la luz, sino en medio de una multitud que, en la orilla del río, cantaba, bailaba y vociferaba jubilosamente. Una línea interminable de hogueras se extendía a uno y otro lado del Támesis hasta perderse de vista. El puente de Londres y el de Southwark estaban iluminados. Todo el río resplandecía con el fulgor continuamente variable de los farolillos de colores y de los fuegos artificiales que esparcían por el firmamento su complicada luminosidad multicolor entre una copiosa lluvia de chispas deslumbrantes. Una inmensa muchedumbre invadía las calles.

Juan Canty lanzó una furiosa maldición y ordenó retirada, pero era demasiado tarde. El y su tribu fueron engullidos por aquel inmenso océano humano y separados irremediablemente en un abrir y cerrar de ojos.

No incluimos, naturalmente, al príncipe al hablar de «tribu», pues Canty no lo soltaba ni un momento. En aquellos instantes, el corazón del muchacho latía vivamente con la esperanza de poder escapar. Un barquero robusto que a la sazón se hallaba muy exaltado por el exceso de licor, se vio rudamente empujado por Canty, que se esforzaba en abrirse paso entre la multitud, y poniendo su manaza sobre el hombro de éste, dijo:

−¿Adónde vamos con tanta prisa, amigo? ¿Está quizá tu alma gangrenándose por sórdidas preocupaciones mientras los hombres leales expresan su sincera alegría?

−Mis preocupaciones son cosa mía y nada te importan a ti −contestó Canty, con aspereza−. Quita tu mano de mi hombro y déjame pasar.

−Pues ya que demuestras tan mal humor, no pasarás hasta que hayas bebido y brindado a la salud del príncipe de Gales −replicó el barquero, cerrándole el paso resueltamente.

−¡Venga, pues, la copa, pero deprisa, de prisa!

Esta escena había llamado la atención de varios curiosos, que exclamaron:

−¡La copa de los brindis! ¡La copa de los brindis! ¡Que beba ese rufián con la copa de dos asas, si no quiere que le echemos al río para que sea pasto de los peces!

Trajeron la copa tradicional de dos asas, con la cual en la antigüedad se obligaba al bebedor a emplear sus dos manos, impidiendo así a éste que pudiera llevar a cabo alguna añagaza con una mano mientras bebía con la otra.

El barquero, cogiendo la enorme copa por una de sus asas y fingiendo sostener con la otra mano el extremo de una servilleta imaginaria, se la ofreció a Canty en la forma empleada en otros tiempos. Este tuvo que coger la otra asa y quitar la tapa, como se hacía en la antigüedad, lo cual dejó libre al príncipe durante un segundo, y éste, sin perder tiempo, se sumergió en el mar de piernas que le rodeaba y desapareció. Un momento después no habría resultado más difícil encontrar una moneda de seis peniques perdida en el fondo del Atlántico que hallar al muchacho en medio de aquel enorme torbellino humano.

El príncipe se dio pronto cuenta de esta circunstancia, y olvidando en seguida a Juan Canty, se puso a reflexionar sobre su propia situación. Inmediatamente pensó en otra cosa: que en toda la ciudad, y en su lugar, se estaba festejando a un falso príncipe de Gales, y dedujo de ello que, sin duda, el golfillo pordiosero Tom Canty había aprovechado deliberadamente aquella preciosa ocasión para convertirse en usurpador. Por lo tanto, no había más que un camino a seguir, y éste era el que conducía al Ayuntamiento, donde él podría darse a conocer y denunciaría al impostor. También resolvió que concedería a Tom un tiempo prudencial para que pudiera pedir perdón a Dios y arrepentirse, y luego sería ahorcado, arrastrado y descuartizado, como era costumbre para los casos de alta traición en aquella época.