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Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 2. La vista de una causa
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—¿Conocéis Old Bailey, verdad? — preguntó uno de los empleados más antiguos a Jeremías.

—Sí señor, lo conozco.

—Perfectamente. ¿Conocéis, también al señor Lorry?

—Mejor todavía —contestó Jeremías.

—Muy bien. Entrad por la puerta de ingreso de los testigos y enseñad al portero esta nota para el señor Lorry. Os dejará entrar.

—¿Al patio, señor?

—Al patio.

—¿He de esperar en el patio?

—Ahora os diré lo que debéis ha esta nota al señor Lorry y vos, mientras tanto, haced alguna señal a este último para que os vea y sepa dónde estáis, Luego os quedáis allí, por si acaso él os necesita.

—¿Nada más?

—Nada más. Quiere tener un mensajero a su disposición. Por esto se le avisa de que estaréis allí.

El empleado dobló la nota y el señor Roedor, tomándola, preguntó:

—¿Se juzga algún caso de falsificación de esta mañana?

—De traición.

—Pues en tal caso habrá descuartizamiento. Esto es muy bárbaro.

—Es la Ley —observó el viejo empleado.

—Por más que sea la Ley, ya basta con matar a un hombre. No hay necesidad de descuartizarlo.

—Tened cuidado de cómo habláis de la Ley. No os metáis en lo que no os importa. Recordad este buen consejo. Tomad la nota y marchad en seguida.

Jeremías tomó el papel, saludó y, al pasar por delante de su hijo, le avisó del lugar adonde iba y se alejó.

La prisión era un lugar infame, en el cual se desarrollaban las enfermedades con una facilidad pasmosa y, a veces, no solamente hacían presa de los encarcelados, sino que, incluso, se adueñaban del mismo presidente del Tribunal. Más de una vez el juez pronunciaba su propia sentencia y moría mucho antes que el pobre hombre a quien acababa de condenar a muerte. Por lo demás la prisión de Old Bailey era famosa por un patio que tenía y del cual salían continuamente numerosos viajeros, pálidos y demacrados, en carros y coches, en dirección al otro mundo, y atravesando por entre el numeroso público que iba a presenciar tales espectáculos. Era también famosa por el pilorí, antigua y sabia institución que infligía un castigo cuya extensión no era posible mover y, también, por la pena de azotes que allí se aplicaba, muy humanitaria y reformadora.

Abriéndose camino por entre la multitud que siempre rodeaba la cárcel, el mensajero del Banco Tellson halló la puerta que buscaba y entregó la carta a través de un ventanillo. Después de ligera demora se abrió la puerta un poco y el señor Jeremías Roedor pudo penetrar en el patio.

—¿Qué juicio se está celebrando? —preguntó a un empleado.

—Uno de traición.

—Entonces lo descuartizarán si lo encuentran culpable.

—¡Oh, no hay cuidado! —replicó el otro, —será culpable.

La atención del señor Roedor fue solicitada entonces por el portero, que se dirigía hacia el señor Lorry para entregarle el papel que acababa de recibir. El señor Lorry estaba sentado a una mesa, en compañía de otros señores que llevaban pelucas, y no muy lejos se veía al defensor del reo, con un gran montón de papeles ante él. Enfrente estaba otro caballero, también con peluca, con las manos metidas en los bolsillos y mirando al techo con la mayor atención. Jeremías procuró con señas y con algunas toses significativas que el señor Lorry le mirase.

Entró, por fin, el juez y, a poco, dos carceleros introdujeron al acusado. Todos los que estaban en la sala miraron al desgraciado, a excepción del personaje que tenía los ojos fijos en el techo. Jeremías miró como todos los demás y vio que era un hombre joven, de unos veinticinco años, de excelente aspecto, de noble apostura, moreno y de ojos negros. Parecía un caballero. Vestía de negro o de gris muy obscuro, y su cabello, que era largo y negro, estaba recogido y atado con una cinta en el cogote, más, tal vez, para evitar que le molestase, que por adorno. Por lo demás parecía muy tranquilo, y después de hacer una reverencia ante el juez se quedó inmóvil.

Empezó la acusación. Según ella, Carlos Darnay era reo de traición a nuestro sereno, ilustre, excelente, etc., y amado rey, por haber, en diversas ocasiones y de varios modos, auxiliado a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra nuestro sereno, ilustre, excelente, etc., Señor; es decir, yendo y viniendo entre los dominios de nuestro sereno, ilustre, excelente, etc., Señor y los del rey francés, y revelando, falsa y traidoramente a dicho rey de Francia, cuáles eran las fuerzas que nuestro sereno, ilustre, excelente, etc., Señor tenía preparadas para mandar al Canadá y a Norte América.

El acusado, a quien todos consideraban ya ahorcado, decapitado y descuartizado, no parecía impresionarse gran cosa ante aquella horrenda acusación. Permanecía inmóvil y estaba atento; escuchaba con el mayor interés y tan quieto estaba que no había, siquiera, apartado una de las hojas de que estaba cubierto el suelo, el cual se regaba, también, con vinagre como precaución contra la fiebre que hacía estragos en la cárcel.

El acusado paseó luego su mirada alrededor de la sala y observó que en un rincón, inmediato al asiento de sus jueces, había dos personas, una de ellas una señorita de poco más de veinte años y la otra un caballero, que, evidentemente, era su padre; hombre notable por el hecho de tener el cabello absolutamente blanco. A veces se le habría creído muy viejo, pero cuando dirigía la palabra a su hija, parecía rejuvenecerse y hallarse en la primera parte de su vida.

Su hija estaba sentada junto a él y cogía la mano de su padre como atemorizada por la escena que presenciaba y llena de compasión hacia el acusado, y tan vivo fue este sentimiento, que se traslució en su rostro, y todos los circunstantes, se preguntaban quiénes serían el padre y la hija.

Jeremías, el mensajero, que también se había fijado en ello, oyó cómo alguien preguntaba:

—¿Quiénes son?

—Testigos.

—¿En favor del acusado?

—No, sino de la acusación.

El juez, que también se había fijado en aquellos dos personajes, volvió a mirar al acusado, mientras el fiscal se levantaba para retorcer la cuerda, afilar el hacha y clavar los clavos en el catafalco.