Read synchronized with  Chinese  English  German  Italian 
Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 22. La marea sube todavía
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Solamente durante una semana de triunfo pudo el terrible San Antonio ablandar el pan duro y amargo que se comía, en la medida que le fue posible, con la alegría de abrazos fraternales y de felicitaciones, cuando ya la señora Defarge estaba sentada como de costumbre junto a su mostrador, presidiendo la reunión de los parroquianos. La señora Defarge no llevaba ya rosa alguna en el peinado, porque en una semana la gran hermandad de los espías se había vuelto muy circunspecta y no se atrevía a confiarse a la merced del santo. Los faroles que colgaban a través de las calles tenían para ellos un balanceo siniestro.

La señora Defarge, cruzada de brazos, estaba sentada, vigilando la taberna y la calle. En ambas había algunos grupos de holgazanes, escuálidos y miserables, pero en su miseria se advertía la expresión del poderío que habían conquistado. Todas las débiles manos, que hasta entonces carecieran de trabajo, tenían ya ocupación constante en herir y matar. Los dedos de las mujeres que se dedicaran a hacer calceta, estaban ya aficionados a otra cosa, desde que sabían que podían desgarrar, Hubo un gran cambio en el aspecto de San Antonio, que permaneció invariable durante muchos siglos, pero últimamente había alterado por completo su expresión.

Todo lo observaba la señora Defarge con la complacencia propia del jefe de las mujeres de San Antonio. Una de ellas, que formaba parte de la hermandad, hacía calceta a su lado. Era gruesa y rechoncha, esposa de un tendero medio muerto de hambre y madre de dos hijos, y se había constituido en teniente de la tabernera, conquistando el halagüeño nombre de “La Venganza”.

—¡Escuchad! —dijo La Venganza.— ¿Quién llega?

Como reguero de pólvora llegaron los rumores a la taberna.

—¡Es Defarge! —dijo su mujer.— ¡Silencio, patriotas!

Llegó Defarge jadeando, se quitó el gorro encarnado que llevaba y miró a su alrededor, en tanto que su mujer exclamaba:

—¡Escuchad, todos! ¡Habla, marido! ¿Qué ocurre?

—Hay noticias del otro mundo.

—¡El otro mundo! —exclamó la mujer con acento burlón.

—¿Se acuerda alguno del viejo Foulon, que dijo al pueblo hambriento que comiera hierba y que luego se murió y fue al infierno?

—Sí, lo recordamos.

—Pues hay noticias de él. Está entre nosotros.

—¿Entre nosotros? ¿Muerto?

—No está muerto. Nos temía tanto... y con razón..., que se hizo pasar por muerto y se celebró su entierro y su funeral. Pero lo han encontrado vivo, escondido en el campo, y lo han traído. Acabo de verlo en el Hôtel de Vílle. Está preso. Tengo razón al decir que nos temía. Decid, ¿tenía razón?

Habríase muerto de terror aquel desgraciado pecador, de más de setenta años si hubiese podido oír el grito general que contestó a las palabras del tabernero.

Hubo un momento de silencio. Se miraron marido y mujer, La Venganza se inclinó y se oyó el redoblar de un tambor.

—¿Estamos listos, patriotas? —exclamó el tabernero.

Instantáneamente apareció el cuchillo de la señora Defarge; el tambor redoblaba por las calles como si él y quien lo tocaba hubiesen aparecido por arte de magia; y La Venganza, profiriendo espantosos gritos y levantando los brazos, semejante, no a una, sino a cuarenta Furias, iba de casa en casa para excitar a las mujeres.

Terribles eran los hombres que, animados por la cólera, asomaban sus rostros por las ventanas asiendo las armas que estaban a su alcance, salían a la calle; pero el aspecto de las mujeres bastaba para helar la sangre del más valiente. Iban con el cabello suelto, excitándose unas a otras, hasta que enloquecían profiriendo salvajes gritos y se agitaban con descompuestos ademanes.

—¡Muera el villano Foulon que me robó a mi hermana!

—¡Maldito sea, que me robó a mi madre!

—¡A mí me quitó a una hija!

—¡El asesino que dijo al pueblo que comiera hierba!

Y, gritando y pidiendo a los hombres que les dieran la sangre del malvado Foulon, se ponían frenéticas, y después de aullar como fieras y de arañar a sus mismos amigos, rodaban por el suelo presa de convulsiones y desmayos, costando no poco a los suyos salvarlas de ser pisoteadas.

Mas no se perdió un sólo instante. Foulon estaba en el Hôtel de Ville y capaces eran de dejarlo en libertad, pero eso no sería si San Antonio podía impedirlo y vengar sus sufrimientos, insultos e injusticias. Hombres y mujeres armados salieron tan aprisa del barrio que, al cabo de un cuarto de hora, no había nadie en San Antonio, excepción hecha de los viejos y de los llorosos niños.

Pronto llegaron a la sala del Hôtel de Ville en que se hallaba aquel viejo, feo y malvado. Los Defarge, marido y mujer, La Venganza y Jaime Tres estaban en primera fila y a poca distancia del objeto de sus iras.

—Mirad —dijo la tabernera señalando al viejo con la punta de su cuchillo.— Mirad al viejo villano atado con cuerdas. Lo mejor sería atarle a la espalda un haz de hierba. ¡Ja, ja! ¡Que se la coma ahora!

Estas palabras corrieron de boca en boca y fueron del gusto general, porque todos aplaudieron. Casi inmediatamente Defarge saltó la barrera que lo separaba del viejo y lo estrechó en mortal abrazo, en tanto que su mujer, que lo había seguido, agarró una de las cuerdas que sujetaban al preso.

Enseguida se oyeron gritos de: “¡Sacadlo! ¡Colgadlo de un farol!” El desgraciado fue arrastrado hasta la calle. A veces se veía obligado a seguir de cabeza y otras se arrastraba sobre las rodillas. Numerosas manos lo golpeaban y le llenaban la boca de hierba y de paja; y así arrastrado, desgarrado, herido, jadeante y ensangrentado, aunque siempre pidiendo misericordia, fue izado al farol más cercano.

Rompióse la cuerda y cayó al suelo; por segunda vez lo izaron y nuevamente se rompió la cuerda. Lo recogieron gemebundo y la tercera vez la cuerda fue compasiva y resistió su peso; poco tardó su cabeza en ser clavada a una pica, con suficiente hierba en la boca para que San Antonio pudiera bailar de contento.

Pero la tarea del día no acabó aquí, porque tanto bailó y gritó San Antonio, que empezó a hervir su sangre, y al oír que un yerno del muerto, otro enemigo del pueblo, estaba a punto de entrar en París, escoltado por quinientos jinetes armados, fue a su encuentro, se apoderó de él, clavó su corazón y su cabeza en otras tantas picas y, llevando los tres trofeos de la jornada, organizó una alegre procesión por las calles.

Poco antes de cerrar la noche hombres y mujeres volvieron al lado de sus hijos llorosos y privados de pan. Entonces las tiendas de los panaderos se vieron sitiada por largas filas de gente que esperaba pacientemente turno para comprar pan; y mientras esperaban con los estómagos débiles y vacíos, engañaban el tiempo abrazándose unos a otros para celebrar las victorias del día y sin cesar de hablar. Gradualmente se acortaron las filas y se disiparon; entonces empezaron a brillar pobres luces en las altas ventanas y en la calle se encendieron míseras hogueras en las que los vecinos guisaban en común, para ir después a cenar ante sus puertas respectivas.

Pobres e insuficientes eran aquellas cenas, limpias de carne y de salsas que pudieran acompañar al mísero pan, mas la fraternidad humana había infundido mejor sabor en aquellas pobres viandas y encendió en ellos algunos destellos de alegría. Padres y madres que tomaron parte activa en lo peor de la jornada jugaban cariñosamente con sus desnutridos hijos, y los enamorados, a pesar del mundo que les rodeaba, se amaban y esperaban.

Era ya casi de día cuando se retiraron de la taberna de Defarge los últimos parroquianos, y mientras el señor Defarge cerraba, la puerta, dijo a su mujer:

—¡Por fin llegó, querida!

—Sí... casi —contestó su mujer.

San Antonio dormía, los Defarge dormían y hasta La Venganza dormía al lado de su tendero medio muerto de hambre y el tambor callaba. La de éste era la única voz en San Antonio que no cambiara a pesar de la sangre y de la violencia.