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Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 19. Una opinión
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Derrengado por su vigilancia llena de ansiedad, el señor Lorry se quedó dormido en su puesto de observación, y a la décima mañana se sintió despertado por un rayo de sol que entraba en la estancia.

Se restregó los ojos y se puso en pie, pero creyó que aun dormía, porque al mirar a la habitación del doctor vio que la banqueta y las herramientas estaban en un rincón. El doctor leía atentamente junto a la ventana, vestido como de costumbre, y a excepción de que su rostro estaba muy pálido, nadie hubiese advertido ninguna cosa extraña en él.

Pero las dudas que sintiera el buen señor Lorry quedaron disipadas por la presencia de la señorita Pross, la cual le dirigió algunas palabras en voz baja referentes al cambio que había experimentado el doctor. Y así convinieron en que no le dirían una palabra hasta que llegase la hora de la comida y que entonces el banquero se presentaría al doctor como si nada hubiera ocurrido.

En efecto, el señor Lorry se presentó a la hora de comer; llamaron al doctor como de costumbre y éste acudió al comedor.

El señor Lorry, deseoso de no alarmar a su amigo, dio a entender en la conversación que el matrimonio de Lucía había tenido lugar el día anterior, pero luego hizo una ligera alusión al día en que se hallaban de la semana, y eso pareció intranquilizar al doctor.

Pero, por lo demás, estuvo tan sereno y apacible como de costumbre y el señor Lorry resolvió llevar a cabo el plan que se había trazado.

Una vez se quedaron solos, el banquero dijo a su amigo:

—Mi querido Manette, deseo conocer vuestra opinión confidencial acerca de un caso muy curioso que me interesa sobremanera.

El doctor miró sus manos, manchadas por su reciente trabajo, y pareció dispuesto a escuchar con la mayor atención.

—Se trata de un querido amigo mío, doctor Manette— continuó el señor Lorry.— Por eso busco vuestro consejo en beneficio de él y de su hija... pues tiene una hija, querido doctor.

—Si no me equivoco —dijo el doctor en voz baja — se trata de algún choque mental...

—Precisamente.

—Haced el favor de darme toda clase de detalles.

El señor Lorry observó que su amigo le entendía perfectamente y continuó diciendo:

—En efecto, mi querido Manette, mi amigo sufrió un choque mental hace ya mucho tiempo, choque que afectó su mente. No sé cuánto tiempo estuvo sufriendo su desgracia; porque mi amigo lo ignora por completo. El caso es que se repuso, aunque mi amigo ignora cómo, pero ha llegado a ser un hombre normal, inteligente, capaz, de dedicarse a trabajos intelectuales y de aumentar sus conocimientos, que ya eran notables. Pero, por desgracia, ha habido... una ligera recaída.

—¿De qué duración? —preguntó el doctor en voz baja.

—De nueve días con sus noches.

—¿Qué hizo vuestro amigo en ese tiempo? Si no me equivoco haría lo mismo que cuando había perdido su inteligencia.

—Precisamente.

—¿Lo visteis, antiguamente, dedicado a la misma ocupación?

—Una vez tan sólo.

—¿Observasteis si hacía lo mismo en su recaída?

—Creo que obraba exactamente de la misma manera.

—Me habéis hablado de su hija. ¿Está enterada de la recaída?

—No. Se le ha ocultado por completo y creo que no lo sabrá nunca. Solamente estamos enterados yo y una persona en la que puedo fiar por completo.

—Habéis obrado perfectamente —dijo el doctor estrechando la mano de su amigo.

—Ahora bien, mi querido Manette, ya sabéis que soy hombre de negocios y, por lo tanto, incapaz de ver claro en asuntos tan difíciles. Necesito vuestro consejo y vuestra opinión acerca de las causas que originaron esta recaída. ¿Creéis que haya peligro de que sobrevenga otra? ¿Podría evitarse? ¿En caso de que ocurriera a pesar de todo, cómo puede tratarse? ¿Qué puedo hacer en obsequio de mi amigo? Probablemente con vuestra sagacidad, vuestros conocimientos y vuestra inteligencia, podréis darme el remedio que busco.

—Creo muy probable —dijo el doctor después de ligera pausa —que vuestro amigo temía ya la recaída.

—¿Lo creéis así?

—En efecto. No podéis tener idea del peso que en la mente del enfermo tienen esos temores y de cuán difícil es obligarles a hablar del motivo de su preocupación.

—¿No creéis que sería para él un alivio confiarse en otra persona?

—Es probable, pero ya os he dicho que casi no es posible que se decida a ello.

—¿Y a qué podéis atribuir su ataque? —preguntó el señor Lorry.

—Desde luego se puede atribuir a que despertaron los recuerdos que fueron causa de su enfermedad. El paciente trataría de resistir, pero no le fue posible conseguirlo.

—¿Creéis que mi amigo puede recordar lo que hizo durante su recaída?

El doctor meneó la cabeza y miró a su alrededor. Luego contestó:

—Absolutamente nada.

—Veamos ahora, mi querido doctor, cuál es vuestra opinión acerca del porvenir.

—Tengo las más firmes esperanzas acerca de él. Ya que el Cielo quiso que recobrase la lucidez tan pronto, crea que ha pasado lo peor para él.

—Perfectamente. No sabéis cuánto me contenta eso. Pero quisiera conocer vuestra opinión acerca de otros dos puntos.

—Os escucho.

—El primero es el siguiente: Mi amigo es hombre muy estudioso, enérgico y trabaja constantemente para adquirir nuevos conocimientos en su carrera. ¿No creéis que trabaja demasiado?

—No lo creo. Probablemente es mejor que su mente esté siempre ocupada. Y creo que más bien le conviene el estudio y el trabajo.

—El segundo punto que deseo consultaros es éste: La ocupación que reanudó mi amigo en su ataque, del que felizmente se ha repuesto, es... la de herrero, eso es, de herrero. En sus tiempos de desgracia tenía la costumbre de trabajar en una pequeña forja, y mientras duró su recaída volvió, a trabajar en ella. ¿No creéis que hace mal conservándola a su lado?

El doctor no contestó, pero se pasó la mano por la frente.

—Siempre la ha tenido en su habitación —continuó el señor Lorry. ¿No sería mejor que la tirase de una vez?

El doctor no contestó inmediatamente, pero luego dijo:

—Es muy difícil explicar ciertas cosas. El pobre enfermo había deseado tanto, en un tiempo, que se le dejara trabajar, para olvidar con el trabajo el dolor que lo agobiaba, que, sin duda, no se ha resuelto a alejar de sí lo que tanto consuelo le dio durante largos años de dolor. Y aun ahora, ya restablecido, al pensar en la posibilidad de que necesitara ocuparse en el mismo trabajo sin hallar las necesarias herramientas, siente terror comparable solamente al que causaría a cualquiera el verse separado de su hija.

—Perdonadme si insisto, pero ¿no creéis que la conservación de esas herramientas contribuye al recuerdo de las ideas con ella relacionadas?

El doctor guardó silencio, pero a los pocos instantes dijo:

—Haceos cargo de que se trata de un antiguo amigo.

—A pesar de eso, creo que mi amigo hace muy mal en conservar esos objetos —exclamó el señor Lorry con mayor firmeza al advertir que se debilitaba la resolución del doctor.— Estoy seguro de que le es perjudicial y que por el amor de su hija debería separarse de ellos.

—Por el amor de su hija puede autorizarse que se los quiten —contestó el doctor después de dudar un poco;— pero yo, en vuestro lugar, no me llevaría la fragua y las herramientas mientras él estuviera presente. Quitadlo todo cuando él no esté.

El señor Lorry se conformó y así terminó la conferencia. Pasaron un día en el campo y el doctor acabó de restablecerse. Pasó muy bien los tres días siguientes y al cuarto marchó a reunirse con Lucía y su marido. El señor Lorry le había explicado ya las precauciones que se tomaron para ocultar su estado, y así Lucía no pudo sospechar cosa alguna.

Por la noche del día en que el doctor salió de Londres, el señor Lorry se encaminó a la habitación del padre de Lucía, provisto de una cuchilla, de una sierra, de un formón y de un martillo, escoltado por la señorita Pross que llevaba una luz. Y allí, después de haber cerrado la puerta y con el mayor misterio, como si se dispusieran a cometer un crimen, el señor Lorry destrozó la banqueta, alumbrado por la señorita Pross. Luego quemaron las astillas en la cocina y las herramientas y los zapatos fueron enterrados en el jardín. Y tanto el señor Lorry como la señorita Pross, mientras estaban ocupados en su tarea, llegaron a creerse, y casi a parecer cómplices de un crimen horrible.