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Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 17. Una noche
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Nunca se puso el sol con más brillante gloria en el rincón de Soho que una tarde memorable en que el doctor y su hija estaban sentados bajo el plátano, ni la luna se levantó más brillante que aquella noche, para encontrarlos sentados debajo del árbol.

Lucía iba a casarse al día siguiente y se disponía a pasar aquella última noche de soltera al lado de su padre.

—¿Sois feliz, padre mío?

—Completamente, hija mía.

Poco se habían dicho, aunque hacía ya rato que estaban allí. Mientras hubo luz para trabajar, Lucía no se dedicó a sus labores ni leyó para su padre, como solía hacer, pues aquel día no era como los demás y no podía dedicarse a las mismas cosas.

—Yo también soy feliz esta noche, padre querido. Soy feliz con el amor que el Cielo ha bendecido... el mío por Carlos y el de Carlos por mí. Mas si mi vida no hubiera de ser consagrada a vos y mi casamiento hubiese de separarnos, aunque no mediaran entre ambos más que algunas calles, me sentiría en extremo desdichada.

Y a la luz de la luna, la joven apoyó su cabeza en el pecho de su padre.

—¡Querido padre! —exclamó.— ¿Estás seguro de que los nuevos afectos que voy a crearme no se interpondrán entre nosotros?

—Completamente, hija mía. Por el contrario, creo que el porvenir será más feliz para todos.

—Si pudiera esperarlo así, padre...

—Puedes estar segura, hija querida. Es lo más natural. Tú, que eres joven aún, no puedes formarte idea de la ansiedad que ha de sentir un padre por el porvenir de su hija. Y aunque viviéramos como hasta aquí, dedicados el uno para el otro, no podría yo ser feliz si sabía que la dicha de mi hija no era completa.

—Habría continuado siendo feliz, padre, si nunca en la vida hubiese visto a Carlos.

—En eso te equivocas. De no haber sido Carlos, sería otro. Y si no hubiese sido otro, la culpa la tendría yo y, en tal caso, el período sombrío de mí vida habría proyectado su sombra más allá de mí mismo, cayendo sobre ti.

Dichas estas palabras abrazó a su hija y poco después entraron en la casa. A la boda no asistirían más invitados que el señor Lorry, y la única doncella de honor que tendría Lucía era la flaca señorita Pross. El casamiento no había de ocasionar cambio alguno en su residencia, pues se limitaron a alquilar el piso superior, que hasta entonces había ocupado un vecino invisible.

Aquella noche, mientras cenaban, el doctor estuvo bastante alegre. A la mesa eran tres: él, su hija y la señorita Pross. El doctor lamentó que Carlos no estuviese con ellos, pero bebió cordialmente a su salud.

Llegó la hora de dar las buenas noches a Lucía y se separaron, pero en el silencio de las tres de la madrugada la joven, sintiendo ciertos temores, descendió nuevamente la escalera y entró en la habitación de su padre. Pero todo estaba en su sitio y el doctor dormía tranquilo; la joven observó unos instantes aquel hermoso rostro surcado por las arrugas de los sufrimientos y rogó fervientemente que le fuera concedido ser tan fiel a su padre como deseaba. Luego lo besó en los labios y salió de la estancia.