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Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 14. El honrado menestral
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Todos los días se ofrecían a las miradas del señor Jeremías Roedor y su feo hijo numerosos y variados objetos en la calle Fleet, mientras el padre estaba sentado en su taburete. Con una paja en la boca el señor Jeremías observaba la corriente humana que iba en dos direcciones, con la esperanza de que se presentara la ocasión de realizar algún negocio, pues una parte de los ingresos del señor Jeremías la ganaba sirviendo de piloto a algunas tímidas mujeres, muchas de ellas en la segunda mitad de su vida, para atravesar la calle de una parte a otra. Mas a pesar de que aquellas relaciones habían de ser forzosamente de breve duración, nunca el señor Roedor dejaba de expresar su ardiente deseo de tener el honor de beber a la salud de la mujer que acompañaba. Y los regalos que recibía con motivo de este benévolo propósito, constituían una parte de sus ingresos, como ya se ha dicho.

Estaba un día el señor Roedor en uno de los momentos más desagradables, pues apenas pasaban mujeres y sus negocios tomaban tan mal cariz, que llegó a sospechar que su esposa estuviera rezando contra él, según tenía por costumbre, cuando le llamó la atención numeroso gentío que seguía por la calle Fleet hacia el oeste. Mirando en aquella dirección el señor Roedor se dio cuenta de que era la comitiva de un entierro y que, al parecer, los ánimos estaban excitados contra él, pues se oían numerosas protestas.

—Un entierro, pequeño —dijo a su retoño.

—¡Viva! —exclamó el joven Roedor.

El muchacho dio a este “viva” un significado misterioso, pero ello sentó tan mal al autor de sus días, que dio a su hijo un papirotazo en la oreja.

—¿Qué es eso? —exclamó el padre.— ¿Por qué das un viva? ¡Que no vuelva a oírte, porque, de lo contrario, nos veremos las caras!

—No hice nada malo —protestó el joven Roedor frotándose la mejilla.

—Mejor es que te calles. Súbete al taburete y mira.

Obedeció el hijo mientras se acercaba la multitud silbando y gritando en torno de un mal ataúd en un coche fúnebre bastante destartalado, y al que seguía un solo plañidor vestido con el traje del oficio, nada nuevo, que se consideraba indispensable para la dignidad de su posición. De todos modos esta posición no parecía agradarle, en vista de que la multitud lo rodeaba gritando, burlándose de él, haciéndole muecas y exclamando a cada momento: “¡Espías! ¡Mueran los espías!” y otros cumplidos por el estilo, aunque imposibles de repetir.

Los entierros habían tenido siempre especial atractivo para el señor Roedor, quien parecía excitarse cuando una de las fúnebres comitivas pasaba ante el Banco Tellson. Y como es natural un entierro con tan extraño acompañamiento como aquél, despertó aún más su interés y preguntó al primer hombre que pasó por su lado:

—¿Qué ocurre?

—No lo sé —le contestó el interpelado.— ¡Espías! ¡Mueran los espías!

En vista de que no le habían contestado lo que deseaba, el señor Roedor preguntó a otro hombre quién era el muerto.

—Lo ignoro —contestó éste. Y en seguida se llevó las manos a la boca a guisa de bocina y gritando con el mayor entusiasmo: —¡Espías! ¡Mueran los espías!

Por fin pasó una persona mejor informada acerca del caso y por ella el señor Roedor averiguó que el entierro era el de un tal Roger Cly.

—¿Era un espía? —preguntó el señor Roedor.

—Sí, de Old Bailey —le contestó su informador.— ¡Espías! ¡Mueran los espías de Old Bailey!

—Sí, es verdad —exclamó el señor Roedor recordando el juicio a que asistiera.— Lo vi una vez. ¿Ha muerto?

—No puede estar más muerto. ¡Sacadlo de ahí! ¡Fuera los espías! ¡Que lo saquen del coche!

La idea fue tan del gusto de la multitud, que se encariñó inmediatamente con ella y ante todo se dedicó a interrumpir la marcha del vehículo. Se apoderaron del plañidor, pero éste anduvo tan listo, que se deslizó de entre las manos que lo sujetaban y huyó por una calleja cercana, aunque no sin abandonar en el camino el sombrero, con su gasa fúnebre, el manto, el pañuelo blanco y otras lágrimas simbólicas.

Estos trofeos fueron inmediatamente destrozados por la muchedumbre, en tanto que los tenderos cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos, porque en aquellos tiempos la multitud no se paraba en barras y era de temer. Se disponía ya a sacar el féretro del coche, cuando otro genio expuso la idea de dejarlo allí como estaba y conducirlo a su destino entre el regocijo general. Los consejos oportunos eran muy necesarios y éste fue admirablemente acogido. Enseguida montaron ocho individuos en el coche y entre ellos se hallaba el señor Roedor que con la mayor modestia escondía su cabeza para no ser observado desde el Banco.

Los empleados de la funeraria protestaron contra aquella modificación en las ceremonias, pero como el río se hallaba a muy poca distancia y algunas voces estaban ya haciendo observaciones acerca de la eficacia de un baño frío para ahogar ciertas protestas, aquéllos no persistieron en ellas. Reanudó la marcha el modificado cortejo, conducido por un deshollinador, asesorado por un cochero de profesión y ayudado por un pastelero. Pero se juzgó también muy apropiado que figurase en la comitiva un húngaro con su oso, tipo muy popular en aquellos tiempos, y el pobre oso que era negro y flaco, armonizaba perfectamente con la procesión en que tomaba parte.

Así, bebiendo cerveza, fumando, gritando y burlándose de todas maneras, prosiguió la marcha aquella procesión desordenada, reclutando más gente a medida que avanzaba y haciendo cerrar todas las tiendas que hallaba al paso. Su destino era la iglesia de San Pancracio, situada en pleno campo y allí llegó la comitiva a su debido tiempo. Se hizo el enterramiento en el cementerio, aunque rodeando la ceremonia de prácticas completamente caprichosas, con la mayor satisfacción del numeroso cortejo.

Una vez enterrado el cadáver de Roger Cly, la muchedumbre se vio en la necesidad de buscar alguna otra distracción. Uno propuso la idea de acusar a los transeúntes de espías de Old Bailey y vengarse en ellos. Se dio, pues, caza a una veintena de personas inofensivas que nunca se habían acercado siquiera a Old Bailey, y se las hizo objeto de insultos y malos tratos. Luego, la transición de empezar a romper vidrios de las ventanas y saquear las tiendas fue naturalísima. Por fin, tras algunas horas, cuando ya se habían saqueado algunas casas de campo y destruido numerosas verjas de hierro que proporcionaron armas a los ánimos más exaltados, empezó a circular el rumor de que venían los guardias; entonces la multitud empezó a disolverse aunque tal vez los guardias no pensaran siquiera en acercarse a aquel lugar.

El señor Roedor no tomó parte en las diversiones finales, sino que se quedó en el cementerio hablando con los empleados de la funeraria. Aquel lugar tenía cierto encanto melancólico para él. Se procuró una pipa de una taberna vecina, y mientras fumaba se quedó mirando la verja y haciendo algunas consideraciones.

—Jeremías —se dijo,— aquel día viste con tus ojos a ese pobre Roger Cly. Era un hombre joven, robusto, y ahora...

Después de fumar la pipa y de reflexionar un poco más, se volvió para estar de regreso al Banco antes de la hora de cerrar. Y ya fuese porque lo hubiesen conmovido mucho sus meditaciones acerca de la muerte, porque su salud no anduviese bien o porque deseara dispensar un honor a su consejero médico, lo cierto es que fue a visitar a un distinguido cirujano en su camino de regreso.

El joven Jeremías substituyó a su padre durante su ausencia, y al verlo se dio cuenta de que no había tenido nada que hacer. Cerró el Banco sus puertas, salieron los viejos dependientes, se estableció la acostumbrada guardia y el señor Roedor y su hijo se dirigieron a su casa a tomar el té.

—Ahora te prevengo —dijo a su mujer al entrar— de que si yo, como honrado menestral, estoy de malas esta noche, será porque habrás estado rezando contra mí y a mi regreso te arreglaré las cuentas, lo mismo que si te hubiera estado viendo.

La pobre señora Roedor meneó la cabeza.

—¿Te atreves a hacerlo en mi cara? —exclamó el señor Roedor con indicios manifiestos de cólera.

—No digo nada.

—Pues no pienses tampoco. El mismo mal puedes hacerme hablando como pensando. Créeme, vale más que dejes de hacer una cosa y otra.

—Está bien, Jeremías.

Esta expresión de conformidad a sus órdenes no calmó al señor Roedor, el cual, refunfuñando, tomó un poco de pan y manteca.

—¿Sales esta noche? —preguntó la pobre mujer.

—Sí.

—¿Puedo ir contigo, padre? —preguntó el chico.

—No, no puede ser. Voy, como sabe tu madre... a... a pescar. Eso es. Voy a pescar.

—Y la caña debe estar oxidada, ¿verdad, padre?

—No te importa.

—¿Traerás pescado, padre?

—Si no traigo, mañana tendrás poco que comer —contestó el padre meneando la cabeza— Y no preguntes más. No saldré hasta que te hayas acostado.

Durante el resto de la velada el señor Roedor se ocupó en vigilar a su mujer y en hablar con ella para evitar que pudiera meditar siquiera algunas oraciones en su perjuicio. Pero no cesaba, en sus quejas contra su mujer, haciéndola responsable de cuanto malo le ocurría y acusándola de que, por su causa, estaba tan delgado el joven Jeremías.

Por fin el padre mandó a éste que se acostara y después de hacerse repetir la orden, obedeció. El señor Jeremías pasó las primeras horas de la noche fumando algunas pipas y no salió hasta la una de la madrugada. A tal hora se levantó, sacó una llave del bolsillo y abrió un armario del que extrajo un saco, una barra de hierro de tamaño conveniente, una cuerda y una cadena, así como otros avíos de pesca parecidos. Dispuso hábilmente estos objetos, dirigió una mirada desconfiada hacia su mujer y salió.

El joven Jeremías, que había estado fingiendo que dormía, no tardó en salir tras de su padre, al que siguió al amparo de la obscuridad. Impelido por la noble ambición de estudiar el arte de la pesca, echó a andar siguiendo a su padre, el cual se alejó rápidamente hacia el norte. Al poco rato se le reunió otro discípulo de Isaac Walton, y los dos prosiguieron su camino.

Al cabo de media hora de marcha habían dejado atrás las luces de la ciudad y se hallaban en un camino solitario. Allí encontraron a otro pescador y se les reunió tan silenciosamente que si Jeremías el chico hubiera sido supersticioso, más le habría parecido que el segundo personaje se había dividido en dos.

Continuaron la marcha los tres hombres, seguidos por el joven Jeremías, hasta llegar a un talud que se elevaba a un lado del camino. Sobre lo alto del talud había una pared de ladrillo, coronada por una verja de hierro. Los tres hombres se deslizaron cautelosamente y subieron lo necesario para situarse al pie de la pared de ladrillo, y entonces el muchacho pudo ver que su padre se encaramaba para saltar la verja, ejercicio en el cual lo siguieron sus dos compañeros. Luego se quedaron acurrucados en el suelo, como escuchando y a los pocos instantes prosiguieron su camino andando sobre las manos y las rodillas.

Llegó el turno al muchacho para escalar la verja. Lo hizo con el corazón palpitante, y una vez dentro del recinto vio que los tres hombres avanzaban arrastrándose por entre la hierba y las losas sepulcrales. Las cruces blancas semejaban fantasmas y la torre de la iglesia parecía el fantasma de un gigante monstruoso. No anduvieron mucho los tres hombres, pues a poco se detuvieron y empezó la pesca. Al principio empezaron a pescar con una azada. Luego el señor Roedor se dedicó a preparar un instrumento semejante a un enorme sacacorchos y los tres hombres trabajaban afanosamente con aquellas extrañas herramientas. De pronto resonaron las lentas campanadas del reloj de la iglesia y aquel ruido aterrorizó tanto a Jeremías el chico, que huyó con el cabello erizado como el de su padre.

Pero la curiosidad que sentía no solamente le hizo cesar en su fuga, sino que lo indujo a volver. Los tres hombres seguían pescando con la mayor perseverancia. Por fin pareció haber picado algún pez. Se oyó el ruido quejumbroso de algo y los tres se inclinaron y hacían esfuerzos como agobiados por gran peso que, finalmente, dejaron sobre el suelo. El joven Jeremías sabía bien lo que era aquello, mas al ver que su venerado padre se inclinaba para abrirlo, se horrorizó tanto, que echó a correr sin detenerse, esta vez hasta que se halló a una o dos millas de distancia.

No se habría detenido si no fuera por la necesidad que tenía de recobrar el aliento, pues deseaba terminar cuanto antes con la pesadilla que lo agobiaba. Le parecía que lo perseguía el ataúd que viera y al correr le parecía que a cada momento estaba a punto de apoderarse de él. Y lo acosaba de tal manera, se le echaba delante para hacerlo caer o lo cogía por el brazo con tal fuerza, que cuando el muchacho llegó a su casa estaba medio muerto de miedo. Y ni aun entonces lo dejó el maldito ataúd, sino que subió la escalera, se metió en la cama con él y se echó sobre su pecho cuando el pobre muchacho se quedó dormido.

De su agitado sueño, el joven Jeremías fue despertado al salir el sol por su padre que estaba en la casa. Evidentemente algo malo le había ocurrido, pues el muchacho vio que su padre agarraba a su madre por las orejas y la sacudía contra la cabecera de la cama.

—¡Te dije que te acordarías! —exclamaba el padre.— ¡Y ahora vas a verlo!

—¡Jeremías! ¡Jeremías! —imploraba la pobre mujer.

—Te empeñas en estropearme los negocios —dijo— y yo y mis socios lo pagamos. Tu obligación era obedecerme. ¿Por qué no lo has hecho?

—¡Hago todo lo que puedo por ser una buena mujer! —gemía la infeliz entre lágrimas.

—¿Acaso es ser buena mujer oponerse a los negocios del marido? ¿Es honrar al marido oponerse constantemente a sus negocios?

—¡No deberías dedicarte a negocios tan horribles, Jeremías!

—No es de tu incumbencia decirme lo que debo hacer o lo que dejo de hacer. La mujer honrada deja que su marido se desenvuelva como quiera. ¿Y tienes el valor de llamarte una mujer piadosa? ¡Mejor preferiría una que no creyera en nada!

Prosiguió el altercado en voz baja y terminó cuando el honrado menestral se quitó sus botas llenas de barro y se tendió en el suelo, con las manos cruzadas debajo de la cabeza a guisa de almohada.

No hubo pescado para el almuerzo, que fue muy escaso. El señor Roedor estaba de un humor de perros y se puso al alcance de la mano una tapadera de hierro para tirársela por la cabeza a su mujer a la menor sospecha de que se dispusiera a rezar una oración.

Por fin se cepilló el traje y se lavó y acompañado de su hijo se marchó a cumplir sus deberes.

El muchacho, que andaba al lado de su padre, con el taburete bajo el brazo, era muy distinto de cuando, la noche anterior, iba tras los tres pescadores. Ya no tenía tanto miedo y sus terrores se habían disipado con la noche.

—Padre —le dijo alejándose un poco e interponiendo el taburete para mayor precaución,— ¿qué es un desenterrador?

—¿Cómo quieres que lo sepa? —contestó el señor Roedor.

—Creí que lo sabías todo, padre.

—Pues bien, es —contestó después de quitarse el sombrero para dejar libres por un momento las púas de sus cabellos— es un menestral.

—¿Y en qué comercia, padre?

—Los artículos que vende —dijo el padre después de ligera reflexión— son de naturaleza científica.

—¿Cadáveres humanos, verdad?

—Creo que es algo de eso.

—¡Oh, padre! ¡Cuánto me gustaría ser desenterrador cuando tenga más años!

El señor Roedor se sintió complacido, pero meneó la cabeza y dijo:

—Eso depende de cómo desarrolles tu talento. Procura desarrollar tu talento y no ser hablador. Ahora no puede decirse todavía para qué cosa llegarás a servir.

Y mientras el joven Jeremías dejaba el taburete ante la puerta del Banco y a la sombra del Tribunal, el señor Roedor se decía:

—Jeremías, honrado menestral, puedes abrigar la esperanza de que ese muchacho será una bendición para ti y una compensación por la mujer que tienes.