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Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 4. Enhorabuena
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En torno de Carlos Darnay había varias personas que le felicitaban por haber salido absuelto. Estas eran el abogado defensor, su procurador, el doctor Manette y su hija.

La luz era muy escasa, pero aun a la del sol habría sido muy difícil de reconocer en el inteligente rostro del doctor al zapatero de la buhardilla de París. Sin embargo, en sus facciones había siempre algunas arrugas, hijas de sus pasadas agonías, y únicamente su hija conseguía ahuyentar los negros recuerdos que con tanta insistencia le perseguían.

Lucía era el hilo de oro que le unía a un pasado, anterior a sus miserias y a un presente, posterior a sus desgracias. La dulce música de su voz y la alegría que reflejaba su hermoso rostro o el contacto de su mano, ejercían casi siempre sobre él una influencia beneficiosa, y decimos casi siempre, porque, en algunas ocasiones, el poder de la niña se estrellaba contra su tristeza, aunque la joven abrigaba la esperanza de que esos casos no se repetirían.

Darnay besó la mano de la joven, con fervor y gratitud y luego se volvió a su abogado, señor Stryver, para darle efusivamente las gracias. El abogado contaba apenas treinta años de edad, pero parecía tener veinte más por su corpulencia, por el color rojo de su rostro y por su aspecto fanfarrón y refractario a todo impulso delicado; pero era hombre que sabía franquearse el paso y adaptarse a toda clase de compañías y conversaciones para salir adelante en el camino que se había trazado.

Aun llevaba la toga y la peluca, y al ir a contestar a su defendido giró sobre sus tacones de manera que eliminó del grupo al inocente señor Lorry y dijo:

—Celebro haberos sacado del trance con honor, señor Darnay. Habéis sido víctima de una infame persecución que, sin embargo, pudo haber tenido el mayor éxito.

—Me habéis dejado agradecido para toda la vida —le dijo su cliente estrechándole la mano.

—Hice cuanto pude en vuestro favor, señor Darnay. Y creo que, por lo menos, puedo haber hecho tanto como otro.

Naturalmente, estas palabras tendían a que alguien le contestase: “Mucho más que otro”, y el señor Lorry fue quien se lo dijo.

—¿Lo creéis así? —exclamó el señor Stryver.— En fin, habéis estado presente durante todo la vista y, al cabo, sois hombre de negocios.

—Y en calidad de tal —replicó el señor Lorry, —ruego al doctor Manette que ponga fin a esta conferencia y nos retiremos todos a nuestras casas. La señorita no parece encontrarse muy bien, y en cuanto al señor Darnay ha de haber sufrido mucho.

—¿Podemos marcharnos, padre mío? —preguntó la joven al anciano.

—Sí, vámonos —contestó dando un suspiro.

Se marcharon bajo la impresión de que el señor Darnay no sería libertado todavía aquella noche. El lugar estaba casi desierto y se apagaban ya las luces; se cerraban las puertas de hierro con gran ruido y la prisión quedaba vacía de público, hasta que al día siguiente volviera a poblarse y se celebrara nueva vista. El señor Stryver fue el primero en alejarse hacia el vestuario para cambiar de traje y Lucía y su padre salieron y tomaron un carruaje.

El señor Lorry y Darnay estaban juntos cuando se les acercó el señor Carton, en quien nadie había reparado hasta entonces, y dirigiéndose a los dos, les dijo:

—Ahora, señor Lorry, los hombres de negocios ya pueden hablar con el señor Darnay.

El señor Lorry se ruborizó al oír aquella alusión y contestó:

—Los hombres de negocios, que pertenecemos a una casa, no somos nuestros propios dueños, sino que hemos de pensar en ella constantemente.

—Ya lo sé —contestó el señor Carton.— No os apuréis, señor Lorry, pues sois tan buena persona como el que más y hasta mejor que muchos.

—En realidad, caballero —contestó el señor Lorry algo molesto,— no llego a comprender por qué os interesa esto. Y hasta si me permitís que haga uso de mi autoridad, como más viejo que vos, os diré que no sé a qué negocios os dedicáis.

—¡Oh, yo no tengo negocios de ninguna clase! —contestó Carton.

—Pues creed que es una lástima, porque si los tuvierais cuidaríais de ellos.

—Os equivocáis —le contestó Carton.

—Bien, hacéis mal, porque los negocios son cosa seria y respetable. Ahora, señor Darnay, permitidme que os felicite y espero que Dios os ha salvado este día para que llevéis una vida feliz y dichosa. ¡Adiós!

Y más irritado de lo que solía estar, el señor Lorry se alejó en su carruaje.

Carton que olía a vino y cuya cualidad no parecía ser la sobriedad, se echó a reír y se volvió hacia Darnay.

—Es una extraña casualidad la que nos ha puesto juntos —observó, —dado nuestro extraordinario parecido.

—Apenas me doy cuenta de nada —contestó Darnay, pues me resulta difícil comprender que aun pertenezco al mundo de los vivos.

—No es extraño. No hace mucho que estabais bastante más cerca del otro. Pero habláis con voz débil.

—Creo que, en efecto, estoy algo débil.

—¿Por qué, pues, no vais a comer? Por mi parte, mientras aquellos zoquetes deliberaban acerca del mundo a que habríais de pertenecer, me fui a cenar. Permitidme ahora que os lleve a la taberna más próxima en donde podréis comer.

Y, tomándolo del brazo, lo llevó a una taberna cercana, en Fleet-street. Allí pidieron un cuartito reservado, en donde Carlos Darnay restauró sus fuerzas con una modesta cena, en tanto que Carton, sentado ante él, se bebía tranquilamente una botella de Oporto.

—¿Empezáis a creer en la realidad de vuestra existencia en este mundo? —le preguntó.

—Todavía me siento extraordinariamente confuso por lo que respecta al tiempo y al lugar, mas empiezo a darme cuenta de que existo.

—Debe de ser una satisfacción inmensa.

Dijo esto con cierta amargura, mientras llenaba nuevamente su vaso que no tenía nada de pequeño.

—En cuanto a mí –añadió —mi mayor deseo es olvidar que pertenezco a este mundo.

Nada tiene el mundo bueno para mí, excepto el vino, y nada tengo yo bueno para el mundo. En eso somos tal para cual. Y hasta creo que vos y yo somos también parecidos en esto.

Darnay, que aun experimentaba los efectos de la emoción del día, y que estaba algo confuso por hallarse en aquel lugar con su Sosías, no encontró respuesta a aquella observación.

—Ahora que ya habéis, terminado de cenar —exclamó Carton, ¿por qué no brindáis, señor Darnay?

—¿Por quién?

—Pues por la persona cuyo nombre tenéis en la punta de la lengua. Estoy seguro de no equivocarme.

—¡Brindo, pues, por la señorita Manette!

—¡Por la señorita Manette! —exclamó Carton.

Y mirando a su compañero mientras bebía su vaso de vino, estrelló el suyo contra la pared. Luego agitó la campanilla y pidió otro.

—Es una niña deliciosa, con la que se haría muy a gusto un viaje en coche y a obscuras.

—Sí —contestó Darnay frunciendo las cejas.

—Vale la pena de compadecerse y de llorar por ella, y hasta la de que le juzguen a uno y de correr el peligro de ser condenado a muerte, sólo por ser objeto de su simpatía.

Darnay no contestó una sola palabra.

—Le complajo mucho escuchar el mensaje que por mi conducto le mandasteis. Desde luego no lo dio a entender, pero comprendí que era así.

La alusión sirvió para recordar a Darnay que su desagradable compañero le había salvado en el momento más difícil del día. Por eso dirigió en este sentido la conversación y le dio las gracias.

—No necesito el agradecimiento de nadie ni ello tiene mérito alguno —contestó Carton.— En primer lugar no tenía nada que hacer y luego no sé siquiera por qué lo hice.

Permitidme ahora, señor Darnay, que os haga una pregunta.

—Con mucho gusto, pues os estoy obligado.

—¿Creéis serme simpático?

—En realidad, señor Carton —contestó Darnay,— no me había preguntado tal cosa.

—Pues preguntáoslo.

—Habéis obrado como si os fuera simpático, pero creo que no os lo soy.

—Creo lo mismo y he de añadir que tengo formada excelente opinión de vuestra inteligencia.

—A pesar de ello —añadió Darnay agitando la campanilla,— nada de eso ha de impedir que os esté muy agradecido y que nos separemos como buenos amigos.

—Desde luego. ¿Y me estáis agradecido? —preguntó Carton. Y al ver que el otro contestaba afirmativamente, dijo al mozo que acudió al llamamiento de Darnay: —Tráeme otra pinta de este mismo vino y ven a despertarme a las diez.

Una vez pagada la cuenta, Carlos Darnay se puso en pie y le deseó buena noche. Sin devolverle el saludo, Carton se levantó exclamando:

—Una palabra más, señor Darnay. ¿Creéis que estoy borracho?

—Creo que habéis bebido, señor Carton.

—¿Lo creéis? Ya sabéis que he bebido.

—Puesto que me lo decís, he de confesar que habéis bebido.

—Pues ahora vais a saber por qué. Soy un desilusionado, señor. No me importa nadie en el mundo y a nadie le importo yo.

—Es una lástima. Podríais haber hecho mejor uso de vuestro talento.

—Es posible, señor Darnay, pero tal vez no. A pesar de todo no tengáis demasiadas esperanzas, porque aun no sabéis lo que puede reservaros la suerte. Buenas noches.

Al quedarse solo, aquel hombre raro tomó una vela, se acercó a un espejo que colgaba de la pared y se observó minuciosamente.

—¿Me es simpático ese hombre? —murmuró ante su propia imagen.— ¿Por qué ha de serme simpático un hombre que se me parece tanto? No hay en mí nada que me guste. Y no comprendo por qué has cambiado así. ¡Maldito seas! A fe que merece simpatía el hombre que me demuestra lo que yo podría haber sido y no soy. Si fuera él podría haber sido objeto de la mirada de aquellos ojos azules y compadecido por aquel lindo rostro.

Pero vale más ser franco y decirlo claro. Odio a ese hombre.

Recurrió a su pinta de uno, en busca de consuelo, se lo bebió en pocos minutos y se quedó dormido con la cabeza sobre los brazos, con el cabello tendido sobre la mesa y mientras la cera de la vela caía sobre él.