Read synchronized with  English  French  Finnish  Russian 
El Hombre invisible.  Herbert George Wells
Capítulo 23. En Drury Lane
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

-Te habrás empezado a dar cuenta –dijo el hombre invisible- de las múltiples desventajas de mi situación. No tenía dónde ir, ni tampoco ropa y, además, vestirme era perder mis ventajas y hacer de mí un ser extraño y terrible. Estaba en ayunas, pero, si comía algo, me llenaba de materia sin digerir, y era hacerme visible de la forma más grotesca.

-No se me había ocurrido -dijo Kemp.

-Ni a mí tampoco. Y la nieve me había avisado de otros peligros. No podía salir cuando nevaba, porque me delataba, si me caía encima. La lluvia también me convertía en una silueta acuosa, en una superficie reluciente, en una burbuja. Y, en la niebla, sería una burbuja borrosa, un contorno, un destello, como grasiento, de humanidad. Además, al salir, por la atmósfera de Londres, se me ensuciaron los tobillos y la piel se me llenó de motitas de hollín y de polvo. No sabía cuánto tiempo tardaría en hacerme visible por esto, pero, era evidente, que no demasiado.

-Y menos en Londres, desde luego.

-Me dirigí a los suburbio cercanos a Great Portland Street y llegué al final de la calle en la que había vivido. Pero no seguí en esa dirección porque aún había gente frente a las ruinas, humeantes, de la casa que yo había incendiado. Mi primera preocupación era conseguir algo de ropa y todavía no sabía qué iba a hacer con mi cara. Entonces, en una de esas tiendas en las que venden de todo, periódicos, dulces, juguetes, papel de cartas, sobres, tonterías para Navidad y otras cosas por el estilo, vi una colección de máscaras y narices. Así que vi mi problema solucionado y supe qué camino debía tomar. Di la vuelta y, evitando las calles más concurridas, me encaminé hacia las calles que pasan por detrás del norte del Strand, porque, aunque no sabía exactamente dónde, recordaba que algunos proveedores de teatro tenían sus tiendas en aquella zona. Hacía frío y un viento cortante soplaba por las calles de la parte norte. Caminaba deprisa para evitar que me adelantaran. Cada cruce era un peligro y tenía que estar atento a los peatones. En una ocasión, cuando iba a sobrepasar a un hombre, al final de Bedford Street, éste se volvió y chocó conmigo, echándome de la acera. Me caí al suelo y casi me atropella un cabriolé. El cochero dijo que, probablemente, aquel hombre había sufrido un ataque repentino. El encontronazo me puso tan nervioso, que me dirigí al mercado de Covent Garden, y me senté un rato al lado de un puesto de violetas, en un rincón tranquilo. Estaba jadeando y temblaba. Había cogido otro resfriado y, después de un rato, tuve que salir fuera para no atraer la atención con mis estornudos. Pero, por fin, encontré lo que buscaba: una tienda pequeña, sucia y cochambrosa, en una calleja apartada, cerca de Drury Lane. La tienda tenía un escaparate lleno de trajes de lentejuelas, bisutería, pelucas, zapatillas, dominós y fotografías de teatro. Era una tienda oscura y antigua. La casa que se alzaba encima tenía cuatro pisos, también oscuros y tenebrosos. Eché un vistazo por el escaparate y, al ver que no había nadie, me colé dentro. Al abrir la puerta, sonó una campanilla. La dejé abierta, pasé por el lado de un perchero vacío y me escondí en un rincón, detrás de un espejo de cuerpo entero. Estuve allí un rato sin que apareciera nadie, pero después oí pasos que atravesaban una habitación y un hombre entró en la tienda. Yo sabía perfectamente lo que quería. Me proponía entrar en la casa, esconderme arriba y, aprovechando la primera oportunidad, cuando todo estuviera en silencio, coger una peluca, una máscara, unas gafas y un traje y salir a la calle. Tendría un aspecto grotesco, pero por lo menos parecería una persona. Y, por supuesto, de forma accidental, podría robar todo el dinero disponible en la casa. El hombre que entró en la tienda era más bien bajo, algo encorvado, cejudo; tenía los brazos muy largos, las piernas muy cortas y arqueadas. Por lo que pude observar, había interrumpido su almuerzo. Empezó a mirar por la tienda, esperando encontrar a alguien, pero se sorprendió al verla vacía, y su sorpresa se tornó en ira. «¡Malditos chicos!», comentó. Salió de la tienda y miró arriba y abajo de la calle. Volvió a entrar, cerró la puerta de una patada y se dirigió, murmurando, hacia la puerta de su vivienda. Yo salí de mi escondite para seguirlo y, al oír el ruido, se paró en seco. Yo también lo hice, asombrado por la agudeza de su oído. Pero, después, me cerró la puerta en las narices. Me quedé allí parado dudando qué hacer, pero oí sus pisadas que volvían rápidamente. Se abrió otra vez la puerta. Se quedó mirando dentro de la tienda, como si no se hubiese quedado conforme. Después, sin dejar de murmurar, miró detrás del mostrador y en algunas estanterías. Acto seguido, se quedó parado, como dudando. Como había dejado la puerta de su vivienda abierta, yo aproveché para deslizarme en la habitación contigua. Era una habitación pequeña y algo extraña. Estaba pobremente amueblada, y en un rincón había muchas máscaras de gran tamaño En la mesa, estaba preparado el desayuno. Y no te puedes imaginar la desesperación, Kemp, de estar oliendo aquel café y tenerme que quedar de pie, mirando cómo el hombre volvía y se ponía a desayunar. Su comportamiento en la mesa, además, me irritaba. En la habitación había tres puertas; una daba al piso de arriba y otra, al piso de abajo, pero las tres estaban cerradas. Además, apenas me podía mover, porque el hombre seguía estando alerta. Donde yo estaba, había una corriente de aire que me daba directamente en la espalda, y, en dos ocasiones, pude aguantarme el estornudo a tiempo. Las sensaciones que estaba experimentando eran curiosas y nuevas para mí, pero, a pesar de esto, antes de que el hombre terminara de desayunar, yo estaba agotado y furioso. Por fin, terminó su desayuno. Colocó los miserables cacharros en la bandeja negra de metal, sobre la que había una tetera y, después de recoger todas las migajas de aquel mantel manchado de mostaza, se lo llevó todo. Su intención era cerrar la puerta tras él, pero no pudo, porque llevaba las dos manos ocupadas; nunca he visto a un hombre con tanta manía de cerrar las puertas. Lo seguí hasta una cocina muy sucia, que hacía las veces de office y que estaba en el sótano. Tuve el placer de ver cómo se ponía a fregar los platos y, después, viendo que no merecía la pena quedarse allí y dado que el suelo de ladrillo estaba demasiado frío para mis pies, volví arriba y me senté en una silla, junto al fuego. El fuego estaba muy bajo y, casi sin pensarlo, eché un poco más de carbón. Al oír el ruido, se presentó en la habitación y se quedó mirando. Empezó a fisgonear y casi llega a tocarme. Incluso después de este último examen, no parecía del todo satisfecho. Se paró en el umbral de la puerta y echó un último vistazo antes de bajar. Esperé en aquel cuarto una eternidad, hasta que, finalmente, subió y abrió la puerta que conducía al piso de arriba. Esta vez me las arreglé para seguirlo. Sin embargo, en la escalera se volvió a parar de repente, de forma que casi me echo encima de él. Se quedó de pie, mirando hacia atrás, justo a la altura de mi cara, escuchando. «Hubiera jurado ... N, dijo. Se tocó el labio inferior con aquella mano, larga y peluda y, con su mirada, recorrió las escaleras de arriba abajo. Luego gruñó y siguió subiendo. Cuando tenía la mano en el pomo de la puerta, se volvió a parar con la misma expresión de ira en su rostro. Se estaba dando cuenta de los ruidos que yo hacía, al moverme, detrás de él. Aquel hombre debía tener un oído endiabladamente agudo. De pronto, y llevado por la ira, gritó: «¡Si hay alguien en esta casa...!», y dejó ese juramento sin terminar. Se echó mano al bolsillo y, no encontrando lo que buscaba, pasó a mi lado corriendo y se lanzó escaleras abajo, haciendo ruido y con aire de querer pelear. Pero esta vez no lo seguí, sino que esperé sentado en la escalera a que volviera. Al momento estaba arriba de nuevo y seguía murmurando. Abrió la puerta de la habitación y, antes de que yo pudiera colarme, me dio con ella en las narices. Decidí, entonces, echar un vistazo por la casa, y a eso le dediqué un buen rato, cuidándome de hacer el menor ruido posible. La casa era muy vieja y tenía un aspecto ruinoso; había tanta humedad, que el papel del desván se caía a tiras, y estaba infestada de ratas. Algunos de los pomos de las puertas chirriaban y me daba un poco de miedo girarlos. Varias habitaciones estaban completamente vacías y otras estaban llenas de trastos de teatro, comprados de segunda mano, a juzgar por su apariencia. En la habitación contigua a la suya encontré mucha ropa vieja. Empecé a revolver entre aquella ropa, olvidándome de la agudeza de oído de aquel hombre. Oí pasos cautelosos y miré justo en el momento de verle cómo fisgoneaba entre aquel montón de ropa y sacaba una vieja pistola. Me quedé quieto, mientras él miraba a su alrededor, boquiabierto y desconfiado. «Tiene que haber sido ella», dijo. «¡Maldita sea!». Cerró la puerta con cuidado e, inmediatamente, oí cómo echaba la llave. Sus pisadas se alejaron y me di cuenta de que me había dejado encerrado. Durante un minuto me quedé sin saber qué hacer. Me dirigí a la ventana y luego volví a la puerta. Me quedé allí de pie, perplejo. Me empezó a henchir la ira. Pero decidí seguir revolviendo la ropa antes de hacer nada más y, al primer intento, tiré uno de los montones que había en uno de los estantes superiores. El ruido hizo que volviera de nuevo, con un aspecto mucho más siniestro que nunca. Esta vez llegó a tocarme y dio un salto hacia atrás, sorprendido, y se quedó asombrado en medio de la habitación. En ese momento se calmó un poco. «¡Ratas!», dijo en voz baja, tapándose los labios con sus dedos. Evidentemente, tenía un poco de miedo. Me dirigí silenciosamente hacia la puerta, fuera de la habitación, pero, mientras lo hacía, una madera del suelo crujió. Entonces aquel bruto infernal empezó a recorrer la casa, pistola en mano, cerrando puerta tras puerta y metiéndose las llaves en el bolsillo. Cuando me di cuenta de lo que intentaba hacer, sufrí un ataque de ira, que casi me impidió controlarme en el intento de aprovechar cualquier oportunidad. A esas alturas yo sabía que se encontraba solo en la casa y, no pudiendo esperar más, le di un golpe en la cabeza.

-¿Le diste un golpe en la cabeza? -exclamó Kemp.

-Sí, mientras bajaba las escaleras. Le golpeé por la espalda con un taburete que había en el descansillo. Cayó rodando como un saco de patatas.

-¡Pero...! Las normas de comportamiento de cualquier ser humano...

-Están muy bien para la gente normal. Pero la verdad era, Kemp, que yo tenía que salir de allí disfrazado y sin que aquel hombre me viera. No podía pensar en otra forma distinta de hacerlo. Le amordacé con un chaleco Luis XIV y le envolví en una sábana.

-¿Que le envolviste en una sábana?

-Sí, hice una especie de hatillo. Era una idea excelente para asustar a aquel idiota y maniatarlo. Además, era difícil que se escapara, pues lo había atado con una cuerda. Querido Kemp, no deberías quedarte ahí sentado, mirándome como si fuera un asesino. Tenía que hacerlo. Aquel hombre tenía una pistola. Si me hubiera visto tan sólo una vez, habría podido describirme.

-Pero -dijo Kemp- en Inglaterra... actualmente. Y el hombre estaba en su casa, y tú estabas ro... bando.

-¡Robando! ¡Maldita sea! ¡Y, ahora, me llamas ladrón! De verdad, Kemp, pensaba que no estabas tan loco como para ser tan anticuado. ¿No te das cuenta de la situación en la que estaba?

-¿Y la suya? -dijo Kemp.

El hombre invisible se puso de pie bruscamente.

-¿Qué estás intentando decirme?

Kemp se puso serio. Iba a empezar a hablar, pero se detuvo.

-Bueno, supongo que, después de todo, tenías que hacerlo -dijo, cambiando rápidamente de actitud-. Estabas en un aprieto. Pero de todos modos...

-Claro que estaba en un aprieto, en un tremendo aprieto. Además, aquel hombre me puso furioso, persiguiéndome por toda la casa, jugueteando con la pistola, abriendo y cerrando puertas. Era desesperante. ¿No me Irás a echar la culpa, verdad? ¿No me reprocharás nada?

-Nunca culpo a nadie -dijo Kemp-. Eso es anticuado. ¿Qué hiciste después?

-Tenía mucha hambre. Abajo encontré pan y un poco de queso rancio, lo que bastó para saciar mi apetito. Tomé un poco de coñac con agua y, después, pasando por encima del improvisado paquete, que yacía inmóvil, volví a la habitación donde estaba la ropa. La habitación daba a la calle. En la ventana había unas cortinas de encaje de color marrón muy sucias. Me acerqué a la ventana y miré la calle tras las cortinas. Fuera, el día era muy claro, en contraste con la penumbra de la ruinosa casa en la que me encontraba. Había bastante tráfico: carros de fruta, un cabriolé, un coche cargado con un montón de cajas, el carro de un pescadero. Cuando me volví hacia lo que tenía detrás, tan sombrío, había miles de motitas de colores que me bailaban en los ojos. Mi estado de excitación me llevaba de nuevo a comprender, claramente, mi situación. En la habitación, había cierto olor a benzol, e imagino que lo usaría para limpiar la ropa. Empecé a rebuscar sistemáticamente por toda la habitación. Supuse que aquel jorobado vivía solo en aquella casa desde hacía algún tiempo. Era una persona curiosa. Todo lo que resultaba, a mi parecer, de utilidad, lo iba amontonando y, después, me dediqué a hacer una selección. Encontré una cartera que me pareció que se podía utilizar, un poco de maquillaje, colorete y esparadrapo. Había pensado pintarme y maquillarme la cara y todas las partes del cuerpo que quedaran a la vista, para hacerme visible, pero encontré la desventaja de que necesitaba aguarrás, otros accesorios y mucho tiempo, si quería volver a desaparecer de nuevo. Al final, elegí una nariz de las que me parecían mejores, algo grotesca, pero no mucho más que la de algunos hombres, unas gafas oscuras, unos bigotes grisáceos y una peluca; no pude encontrar ropa interior, pero podría comprármela después; de momento, me envolví en un traje de percal y en algunas bufandas de cachemir blanco. Tampoco encontré calcetines, pero las botas del jorobado me venían bastante bien, y eso me resultaba suficiente. En un escritorio de la tienda encontré tres soberanos y unos treinta chelines de plata, y, en un armario de una habitación interior, encontré ocho monedas de oro. Equipado como estaba, podía salir, de nuevo, al mundo. En este momento me entró una duda curiosa: ¿mi aspecto era realmente... normal? Me miré en un espejo; lo hice con minuciosidad, mirando cada parte de mi cuerpo, para ver si había quedado alguna sin cubrir, pero todo parecía estar bien. Quedaba un poco grotesco, como si hiciera teatro; parecía representar la figura del avaro, pero, desde luego, nada se salía de lo posible. Tomando confianza, llevé el espejo a la tienda, bajé las persianas y, con la ayuda del espejo de cuerpo entero que había en un rincón, me volví a mirar desde distintos puntos de vista. Aún pasaron unos minutos, por fin me armé de valor, abrí la puerta y salí a la calle, dejando a aquel hombrecillo que escapara de la sábana cuando quisiera. Cinco minutos después estaba ya a diez o doce manzanas de la tienda. Nadie parecía fijarse en mí. Me pareció que mi última dificultad se había resuelto.

El hombre invisible dejó de hablar otra vez.

-¿Y ya no te has vuelto a preocupar por el jorobado? -preguntó Kemp.

-No -dijo el hombre invisible-. Ni tampoco sé qué ha sido de él. Imagino que acabaría desatándose o saldría de algún otro modo, porque los nudos estaban muy apretados.

Se calló de nuevo y se acercó a la ventana.

-¿Qué ocurrió cuando saliste al Strand?

-Oh, una nueva desilusión. Pensé que mis problemas se habían terminado. Pensé también que, prácticamente, podía hacer cualquier cosa impunemente, excepto revelar mi secreto. Es lo que pensaba. No me importaban las cosas que pudiera hacer ni sus consecuencias. Lo único que debía hacer era quitarme la ropa y desaparecer. Nadie podía pillarme. Podía coger dinero de allá donde lo viera. Decidí darme un banquete, después, alojarme en un buen hotel y comprarme cosas nuevas. Me sentía asombrosamente confiado, no es agradable reconocer que era un idiota. Entré en un sitio y pedí el menú, sin darme cuenta de que no podía comer sin mostrar mi cara invisible. Acabé pidiendo el menú y le dije al camarero que volvería en diez minutos. Me marché de allí furioso. No sé si tú has sufrido una decepción de ese tipo, cuando tienes hambre.

-No, nunca de ese tipo -dijo Kemp-, pero puedo imaginármelo.

-Tenía que haberme liado a golpes con aquellos tontos. Al final, con la idea fija de comer algo, me fui a otro sitio y pedí un reservado. «Tengo la cara muy desfigurada», le dije. Me miraron con curiosidad, pero, como no era asunto suyo, me sirvieron el menú como yo quería. No era demasiado bueno, pero era suficiente; cuando terminé, me fumé un puro y empecé a hacer planes. Fuera, empezaba a nevar. Cuanto más lo pensaba, Kemp, más me daba cuenta de lo absurdo que era un hombre invisible en un clima tan frío y sucio y en una ciudad con tanta gente. Antes de realizar aquel loco experimento, había imaginado mil ventajas; sin embargo, aquella tarde, todo era decepción. Empecé a repasar las cosas que el hombre considera deseables. Sin duda, la invisibilidad me iba a permitir conseguirlas, pero, una vez en mi poder, sería imposible disfrutarlas. La ambición... ¿de qué vale estar orgulloso de un lugar cuando no se puede aparecer por allí? ¿De qué vale el amor de una mujer, cuando ésta tiene que llamarse necesariamente Dalila? No me gusta la política, ni la sinvergonzonería de la fama, ni el deporte, ni la filantropía. ¿A qué me iba a dedicar? ¡Y para eso me había convertido en un misterio embozado, en la caricatura vendada de un hombre!

Hizo una pausa y, por su postura, pareció estar echando un vistazo por la ventana.

-¿Pero cómo llegaste a Iping? -dijo Kemp, ansioso de que su invitado continuara su relato.

-Fui a trabajar. Todavía me quedaba una esperanza. ¡Era una idea que aún no estaba del todo de finida! Todavía la tengo en mente y, actualmente, está muy clara. ¡Es el camino inverso! El camino de restituir todo lo que he hecho, cuando quiera, cuando haya realizado todo lo que deseé siendo invisible. Y de esto quiero hablar contigo.

-¿Fuiste directamente a Ipirig?

-Sí. Simplemente tenía que recuperar mis tres libros y mi talón de cheques, mi equipaje y algo de ropa interior. Además, tenía que encargar una serie de productos químicos para poder llevar a cabo mi idea te enseñaré todos mis cálculos en cuanto recupere mis libros), y me puse en marcha. Ahora recuerdo la nevada y el trabajo que me costó que la nieve no me estropeara la nariz de cartón.

-Y luego -dijo Kemp-; anteayer, cuando te descubrieron, tú a juzgar por los periódicos...

-Sí, todo eso es cierto. ¿Maté a aquel policía?

-No -dijo Kemp-. Se espera una recuperación en poco tiempo.

-Entonces, tuvo suerte. Perdí el control. ¡Esos tontos! ¿Por que no me dejaban solo? ¿Y el bruto del tendero?

-Se espera que no haya ningún muerto -dijo Kemp.

-Del que no sé nada es del vagabundo -dijo el hombre invisible, con una sonrisa desagradable-. ¡Por el amor de Dios, Kemp, tú no sabes lo que es la rabia! ¡Haber trabajado durante años, haberlo planeado todo, para que después un idiota se interponga en tu camino! Todas y cada una de esas criaturas estúpidas que hay en el mundo se han topado conmigo. Si esto continúa así, me volveré loco y empezaré a cortar cabezas. Ellos han hecho que todo me resulte mil veces más difícil.

-No hay duda de que son suficientes motivos para que uno se ponga furioso -dijo Kemp, secamente.