Read synchronized with  English  French 
Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 3.
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Ocho días después de la boda, Camille le comunicó muy claramente a su madre que quería irse de Vernon y vivir en París. La señora Raquin puso el grito en el cielo: tenía la vida organizada y no quería cambiar ni una sola de sus circunstancias. A su hijo le dio un ataque de nervios; y la amenazó con caer enfermo si no le daba ese capricho.

—Nunca me he opuesto a tus proyectos —le dijo—; me he casado con mi prima, he tomado cuantos remedios me has querido dar. Qué menos que ahora quiera algo y tú estés de acuerdo conmigo... Nos iremos a finales de mes.

La señora Raquin no durmió en toda la noche. La decisión de Camille daba un vuelco a su vida; y ella intentaba con desesperación cambiar el rumbo de su existencia. Poco a poco, fue recuperando la calma. Pensó en que el joven matrimonio podría tener hijos y entonces ya no bastaría con su modesta fortuna. Había que ponerse otra vez a ganar dinero, volver al comercio, dar con una ocupación lucrativa para Thérèse. Al día siguiente, ya estaba hecha a la idea de irse y había edificado el plan de una vida nueva.

A la hora de comer, estaba muy alegre.

—Esto es lo que vamos a hacer —les dijo a sus hijos—. Me voy a ir a París mañana, para buscar una mercería pequeña, y Thérèse y yo volveremos a vender hilos y agujas. Así no nos aburriremos. Tú, Camille, puedes hacer lo que quieras, o salir de paseo a tomar el sol o buscarte un empleo.

—Me buscaré un empleo —respondió el joven.

Lo cierto era que lo único que había impulsado a Camille a esa partida era una necia ambición. Quería estar empleado en unas oficinas importantes; se ruborizaba de gusto cuando se veía a sí mismo, en sueños, en un amplio despacho, con unos manguitos de lustrina y una pluma en la oreja.

A Thérèse no le consultaron; siempre había hecho gala de tanta obediencia pasiva que su tía y su marido no se molestaban ya en pedirle una opinión. Iba a donde ellos iban, hacía lo que ellos hacían, sin una protesta, sin un reproche, como si ni siquiera se diese cuenta de que cambiaba de lugar.

La señora Raquin fue a París y se encaminó directamente al pasadizo de Le Pont-Neuf. Una solterona anciana de Vernon le había dado las señas de una pariente suya que llevaba un comercio de mercería en dicho pasadizo y quería dejarlo. A la ex mercera le pareció la tienda un poco pequeña y un poco oscura; pero, al cruzar París, la habían amedrentado el barullo de las calles y el lujo de los artículos expuestos en los comercios; y aquel estrecho pasadizo, aquellos escaparates modestos le recordaron su antigua tienda, tan tranquila. Pudo creerse aún en provincias, respiró, pensó que sus hijos tan queridos serían felices en aquel ignoto rincón. El precio moderado que pedían por las existencias la decidió: se las vendían por dos mil francos. El alquiler del local y del piso primero era sólo de mil doscientos francos. La señora Raquin, que tenía ahorrados cerca de cuatro mil francos, calculó que podía pagar las existencias y el alquiler del primer año sin merma de su caudal. El sueldo de Camille y los beneficios del comercio bastarían, se decía, para atender las necesidades cotidianas; de esta forma, no tendría que tocar sus rentas y dejaría que el capital fuese creciendo para sus nietos.

Volvió radiante a Vernon; dijo que había encontrado una joya, un rincón delicioso en pleno París. Poco a poco, al cabo de unos cuantos días, la tienda húmeda y oscura se convirtió, en las charlas de por la noche, en un palacio: volvía a verla, en sus recuerdos, cómoda, amplia, tranquila, dotada de mil considerables ventajas.

—¡Ay, mi buena Thérèse! —decía—. ¡Lo felices que vamos a ser en ese rinconcito! Hay tres habitaciones muy hermosas en el piso de arriba... El pasadizo está muy animado... Pondremos unos escaparates preciosos... Ya verás que no nos va a dar tiempo a aburrirnos.

Hablaba y hablaba. Se le despertaban todos los instintos de sus tiempos de mercera. Daba consejos de antemano a Thérèse en lo tocante a la venta, las compras, las artimañas del pequeño comercio. La familia dejó, por fin, la casa a orillas del Sena; ese mismo día, al caer la tarde, se estaba instalando en el pasadizo de Le Pont-Neuf.

Cuando Thérèse entró en la tienda en la que iba a vivir en adelante, le pareció que la estaban metiendo en la tierra de miga de una fosa. Se le puso en la garganta algo semejante a una náusea, le entraron escalofríos de miedo. Miró el pasadizo sucio y húmedo, inspeccionó el local, subió al primer piso, recorrió todas las habitaciones; aquellos cuartos desnudos, sin muebles, asustaban por su soledad y su deterioro. La joven no hizo gesto alguno; no dijo ni palabra. Se sentía como de hielo. Su tía y su marido habían bajado; se sentó encima de un baúl con las manos agarrotadas y la garganta colmada de sollozos, pero sin poder llorar.

La señora Raquin sintió un gran apuro al enfrentarse con la realidad y se avergonzó de sus sueños. Probó a defender su adquisición. Para cada nuevo inconveniente que se iba presentando, se le ocurría una solución, justificaba la oscuridad diciendo que estaba nublado y, a guisa de recapitulación, aseguraba que bastaría con pasar una escoba.

—¡Bah! —contestaba Camille—. Es todo muy aceptable... Además, aquí sólo subiremos por la noche. Yo no volveré antes de las cinco o las seis... Y vosotras dos estaréis juntas y no os aburriréis.

Nunca habría aceptado el joven vivir en semejante tugurio si no hubiera contado con la acogedora comodidad de su oficina. Se decía que: estaría todo el día en ella, bien calentito, y por la noche se acostaría temprano.

La tienda y la vivienda estuvieron desordenadas una semana larga. Ya desde el primer día, Thérèse se sentó detrás del mostrador y no se movió de ahí. La señora Raquin se extrañó ante aquel estado de ánimo tan apagado; había creído que la joven intentaría hacer más acogedora su casa; que pondría flores en las ventanas; que pediría empapelados nuevos, visillos, alfombras. Cuando le proponía algún arreglo, alguna mejora, su sobrina le respondía apaciblemente:

—¿Y para qué? Así estamos muy bien. No necesitamos lujos.

La señora Raquin tuvo que arreglar ella las habitaciones y poner un poco de orden en la tienda. Thérèse acabó por ponerse nerviosa al ver cómo daba vueltas sin parar; cogió una asistenta y obligó a su tía a que se sentase a su lado.

Camille tardó un mes en encontrar empleo. Procuraba ausentarse de la tienda cuanto le era posible y andaba ocioso y de paseo todo el día. Acabó por aburrirse tanto que habló de regresar a Vernon. Por fin entró en las oficinas de los ferrocarriles de Orleáns. Ganaba cien francos al mes. Su sueño se había cumplido.

Por las mañanas, salía a las ocho. Bajaba por la calle de Guénégaud hasta llegar a los muelles. Entonces, a pasitos cortos y con las manos metidas en los bolsillos, iba bordeando el Sena desde el Instituto hasta el Jardín Botánico. Aquel largo recorrido, que hacía dos veces al día, nunca le resultaba cansado. Miraba cómo fluía el agua, se detenía para ver pasar los trenes de madera que iban río abajo. No pensaba en nada. Con frecuencia, se quedaba a pie firme delante de Notre-Dame, mirando los andamios que cubrían la iglesia, que estaba en obras por entonces. Aquellos maderos gruesos le hacían gracia, aunque no sabía por qué. Luego, al pasar, echaba una ojeada al Puerto de los Vinos, contaba los coches de punto que venían de la estación. Por la tarde, atontado, dándole vueltas en la cabeza a cualquier necedad que habían contado en la oficina, cruzaba por el Jardín Botánico e iba a ver a los osos si no tenía mucha prisa. Se quedaba allí media hora, inclinado sobre el foso, siguiendo con la mirada a los osos, que se bamboleaban torpemente; le agradaba la apariencia de aquellos animalotes; los miraba fijamente con los labios entreabiertos y los ojos redondos, sintiendo una satisfacción estúpida al verlos ir de un lado para otro. Al fin se decidía a volver a su casa, arrastrando los pies, pendiente de los transeúntes, los coches, las tiendas.

Cenaba nada más llegar y se ponía a leer a continuación. Había comprado las obras de Buffon y, cada noche, se fijaba la obligación de leer veinte o treinta páginas, pese al aburrimiento que sentía con semejante lectura. Leía también, en entregas de diez céntimos, la Historia del Consulado y del Imperio de Thiers, y la Historia de los girondinos de Lamartine. Y, además, obras de vulgarización científica. Creía que así velaba por su formación. A veces, obligaba a su mujer a que atendiese y le leía algunas páginas, algunas anécdotas. Lo asombraba sobremanera que Thérèse pudiera quedarse pensativa y en silencio toda una velada, sin sentir la tentación de coger un libro. En el fondo de sí mismo, admitía que su mujer era de inteligencia muy pobre.

Thérèse rechazaba los libros con impaciencia. Prefería estar sin hacer nada, con los ojos fijos y el pensamiento indeciso y perdido. Por lo demás, mostraba siempre un humor uniforme y acomodaticio; ponía toda su voluntad en hacer de sí un instrumento pasivo, de complacencia y abnegación sumas.

El negocio iba sin sobresaltos. Las ganancias eran regularmente iguales todos los meses. La clientela la componían las operarias del barrio. Cada cinco minutos, entraba una joven y se gastaba unos pocos céntimos. Thérèse atendía a las compradoras con palabras siempre idénticas y una sonrisa que le subía mecánicamente a los labios. La señora Raquin hacía gala de más ductilidad, era más charlatana y, a decir verdad, era ella quien atraía y conservaba la parroquia.

Los días fueron transcurriendo iguales durante tres años. Camille no faltó ni una vez a la oficina; su madre y su mujer apenas si salieron de la tienda. Thérèse vivía en una oscuridad húmeda, en un silencio taciturno y agobiante y veía cómo la vida se extendía ante ella, desnuda, trayendo consigo cada noche el mismo lecho frío y cada mañana el mismo día huero.