Read synchronized with  English  French 
Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 26.
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

La crisis que desde hacía tiempo amenazaba a la señora Raquin llegó al fin. De repente, la parálisis que llevaba varios meses reptándole por los miembros, siempre a punto de atenazarla, se le aferró a la garganta y le ató el cuerpo. Una noche, mientras charlaba tranquilamente con Thérèse y Laurent, se quedó a la mitad de una frase con la boca abierta; sentía como si la estuvieran estrangulando. Cuando quiso gritar, pedir socorro, no pudo sino balbucir roncos sonidos. Se le había vuelto la lengua de piedra. Tenía las manos y los pies rígidos. Se hallaba en la imposibilidad de hablar y moverse.

Thérèse y Laurent se pusieron de pie, asustados ante aquel súbito rayo que dobló a la anciana mercera en menos de cinco segundos. Cuando, tras quedarse yerta, clavó en ellos miradas suplicantes, la acuciaron a preguntas para saber de qué padecía. No pudo responder y siguió mirándolos con honda angustia. Se percataron entonces de que ya sólo tenían ante sí un cadáver, un cadáver que vivía a medias, que los veía y los oía, pero que no podía hablarles; en realidad, poco les importaban los dolores de la paralítica, lo sentían por sí mismos que a partir de ese momento iban a vivir perpetuamente a solas el uno con el otro.

Desde ese día, la vida del matrimonio se hizo intolerable. Pasaron crueles veladas frente a la anciana inválida, que no aletargaba ya el espanto de ambos con su dulce parloteo. Yacía ésta en un sillón como un paquete, como un objeto, y ellos estaban solos, cada uno en un extremo de la mesa, incómodos y desasosegados. Aquel cadáver había dejado de separarlos; había ratos en que se olvidaban de él, en que lo confundían con los muebles. Y entonces los espantos de la noche se adueñaban de ellos y el comedor se convertía, al igual que el dormitorio, en un terrible lugar en el que se erguía el espectro de Camille. Así fue como padecieron cuatro o cinco horas más cada día. Desde que empezaba a caer la tarde se estremecían, bajando la pantalla de la lámpara para no verse, haciendo por creer que la señora Raquin iba a hablar, manifestando así su presencia. Si seguían teniéndola en casa, si no se libraban de ella, era porque sus ojos aún estaban vivos y, a veces, les procuraba cierto alivio mirar cómo se movían y brillaban.

Colocaban siempre a la anciana inválida bajo la cruda luz de la lámpara, para que tuviera el rostro bien iluminado y no perderlo nunca de vista. Aquel rostro fofo y macilento hubiera sido para otras personas un espectáculo intolerable; pero ellos sentían tal necesidad de compañía que ponían en él los ojos con auténtico gozo.

Habríase dicho la mascarilla desbaratada de una muerta, en cuyo centro hubiese colocado alguien dos ojos vivos; sólo se movían aquellos ojos, girando rápidamente en las órbitas; las mejillas y la boca estaban como petrificadas y tan quietas que espantaban. Cuando la señora Raquin cedía al sueño y bajaba los párpados, su rostro, blanco y mudo por entero, era realmente el de un cadáver. Thérèse y Laurent, al notar que ya no había nadie con ellos, hacían ruido hasta que la paralítica alzaba los párpados y los miraba. De esta forma la obligaban a quedarse despierta.

Era para ellos una distracción que los apartaba de sus malos sueños. Desde que estaba impedida, había que atenderla como a un niño. Los cuidados que le prodigaban los obligaban a apartar de sí sus pensamientos. Por la mañana, Laurent la levantaba y la llevaba al sillón; y, por la noche, volvía a llevarla a la cama. Pesaba aún y tenía Laurent que recurrir a toda su fuerza para alzarla con precaución en brazos y cambiarla de sitio. Era también él quien movía el sillón. Los demás cuidados eran cosa de Thérèse: vestía a la inválida, le daba de comer, intentaba captar sus mínimos deseos. La señora Raquin conservó durante unos cuantos días el uso de las manos; podía escribir en una pizarra y pedir así lo que precisaba; luego se le murieron las manos y no pudo ya alzarlas y sujetar un lapicero. No contó, a partir de ese momento, con más lenguaje que el de los ojos y su sobrina tuvo que adivinar qué deseaba. La joven se entregó a la dura tarea de atender a una enferma, lo que le proporcionó una ocupación para el cuerpo y el pensamiento que le resultó muy beneficiosa.

Para no quedarse solos, marido y mujer llevaban desde por la mañana al comedor el sillón de la pobre anciana. La colocaban entre ambos, como si la necesitasen para vivir. Hacían que asistiera a sus comidas y a todas sus conversaciones. Fingían no entenderla, cuando expresaba el deseo de volver a su cuarto. Sólo servía para impedir que estuvieran a solas, no tenía derecho a vivir aparte. A las ocho de la mañana, Laurent se iba a su estudio, Thérèse bajaba a la tienda y la paralítica se quedaba sola en el comedor hasta el mediodía; luego, después de almorzar, volvía a quedarse sola hasta las seis. Su sobrina subía frecuentemente durante el día y andaba rondando a su alrededor, mirando a ver si necesitaba algo. Los amigos de la familia no sabían ya qué alabanzas idear para enaltecer los méritos de Thérèse y Laurent.

No se interrumpieron las recepciones de los jueves y la inválida asistía a ellas, como en el pasado. Acercaban su sillón a la mesa; de ocho a once, permanecía con los ojos abiertos, mirando a los invitados por turnos con penetrantes destellos. Los primeros días, Michaud padre y Grivet se sintieron un tanto apurados frente al cadáver de su antigua amiga; no sabían cómo comportarse; no sentían sino una pena muy superficial y se preguntaban hasta qué punto era adecuado manifestar tristeza. ¿Había que hablar con aquel rostro muerto? ¿Había que hacer caso omiso de él? Poco a poco, fueron tomando la determinación de tratar a la señora Raquin como si no le hubiese sucedido nada. Acabaron por fingir que nada sabían de su estado. Hablaban con ella, hacían las preguntas y las respuestas, reían por ella y por ellos, nunca dejaban que los desconcertase la expresión rígida de aquella cara. Era un espectáculo peculiar el de aquellos hombres que parecían estar charlando sensatamente con una estatua, igual que las niñas charlan con sus muñecas. Tenían ante sí a la paralítica, tiesa y muda, y peroraban, y hacían mil ademanes, manteniendo con ella animadísimas conversaciones. Michaud y Grivet se congratularon de su atinado proceder. Pensaban que al comportase así daban muestras de finura; se ahorraban, además, el engorro de las condolencias al uso. La señora Raquin no podría por menos de sentirse halagada al ver que la trataban como a una persona sana y, en consecuencia, ya podían mostrarse alegres en su presencia sin el mínimo escrúpulo.

Grivet dio en una manía. Afirmaba que se entendía a la perfección con la señora Raquin y que ésta no podía mirarlo sin que acto seguido no entendiese él lo que deseaba. Lo que suponía también una delicadeza no menor que la otra. Sólo que, en todas y cada una de las ocasiones, Grivet se equivocaba. Interrumpía con frecuencia la partida de dominó, miraba atentamente a la paralítica, cuyos ojos seguían apaciblemente el juego, y declaraba que quería tal o cual cosa. Tras la pertinente indagación, resultaba que la señora Raquin o no pedía nada o pedía algo diferente por completo. No desanimaba ello a Grivet, que lanzaba un triunfante: «¡Si ya lo decía yo! », y a poco volvía a las andadas. Muy diferentes eran las cosas cuando la inválida manifestaba un deseo de forma evidente; Thérèse, Laurent y los invitados iban nombrando, uno tras otro, los objetos que podía solicitar. Grivet destacaba entonces por la torpeza de sus ofrecimientos. Decía al azar cuanto le pasaba por la cabeza, ofreciendo casi siempre lo contrario de lo que quería la señora Raquin, lo cual no era impedimento para que dijese una vez más:

—Yo es que leo en sus ojos como en un libro abierto. Miren, me está diciendo que tengo razón... ¿Verdad que sí, mi querida señora? Claro, claro...

No era, por lo demás, cosa fácil averiguar los deseos de la pobre anciana. Sólo Thérèse tenía esa ciencia. Se comunicaba con bastante facilidad con aquella inteligencia emparedada, aún viva y enterrada en lo hondo de una carne muerta. ¿Qué sucedía dentro de aquel ser infeliz que vivía sólo lo bastante para presenciar la vida sin tomar parte en ella? Era harto probable que viese, oyese y razonase de forma clara y lúcida, pero carecía ahora de ademanes y de voz para manifestar los pensamientos que en ella nacían. Quizá la asfixiaban las ideas. No habría podido alzar la mano ni abrir la boca aun cuando de uno de sus gestos o de una de sus palabras hubiera dependido el destino del mundo. Era su cabeza como una de esas personas a las que entierran vivas por inadvertencia y despiertan en la oscuridad de la tierra, dos o tres metros por debajo del nivel del suelo; gritan, luchan, pero los demás pisan la superficie que las cubre sin oír sus atroces quejas. Laurent miraba con frecuencia a la señora Raquin, quien, con los labios apretados y las manos abiertas encima de las rodillas, ponía toda su vida en los ojos, despiertos y veloces, y se decía:

—¿Quién sabe en qué estará pensando, tan sola? Dentro de esta muerta debe de darse un drama cruel.

Laurent estaba equivocado. La señora Raquin era feliz, feliz con los cuidados y el afecto de sus queridos hijos. Siempre había soñado con acabar así sus días, despacio, rodeada de abnegación y halagos. Cierto es que le habría gustado conservar el uso de la palabra para dar las gracias a aquellos amigos que la ayudaban a morir en paz. Pero aceptaba su estado sin rebelarse; la vida tranquila y retirada que había llevado siempre, la dulzura de su carácter le impedían notar con excesiva rudeza los padecimientos de la mudez y la inmovilidad. Había vuelto a la infancia, pasaba días enteros sin aburrirse, mirando lo que tenía delante, acordándose del pasado. Acabó incluso por disfrutar del goce de quedarse muy tranquila en aquel sillón, igual que una niña pequeña.

Día a día, iban apareciéndole en los ojos una dulzura y una claridad más penetrantes. Había llegado a usar los ojos como una mano, como una boca, para pedir y dar las gracias. Suplía así, de forma singular y encantadora, los órganos de los que carecía. Tenían sus miradas una belleza celestial, en medio de aquel rostro cuyas carnes colgaban, fláccidas y deformadas en muecas. Desde que sus labios torcidos e inertes no podían ya sonreír, sonreía con la mirada con deliciosa ternura; le pasaban por las órbitas húmedos resplandores, y rayos de aurora brotaban de ellas. Nada más extraordinario que aquellos ojos risueños como labios en aquel rostro muerto; la parte de abajo de la cara era adusta y macilenta, la de arriba resplandecía con luz divina. Era sobre todo para sus queridos hijos para quienes ponía así toda su gratitud, todos los afectos de su alma en una sencilla ojeada. Cuando, por las noches y por las mañanas, Laurent la tomaba en brazos para llevarla de un cuarto a otro, se lo agradecía amorosamente con miradas rebosantes de tierna efusión.

Vivió así varias semanas, esperando la muerte, creyéndose al amparo de cualquier nueva desdicha. Pensaba que había cumplido ya con su parte de padecimiento. Se equivocaba. Una noche, se le vino encima un pavoroso golpe.

Por más que Thérèse y Laurent la interponían entre ellos, a plena luz, no estaba ya lo bastante viva para separarlos y defenderlos de sus angustias. Cuando se olvidaban de la presencia de la señora Raquin, de que ésta los veía y los oía, se volvían locos, se les aparecía Camille e intentaban ahuyentarlo. Balbucían entonces, y se les escapaban, a su pesar, confesiones y frases que acabaron por revelárselo todo a la anciana. Sufrió Laurent algo parecido a un ataque, durante el cual habló como alucinado. De repente, la paralítica lo entendió todo.

Le pasó por el rostro una terrible contracción y tuvo tal sobresalto que Thérèse pensó que iba a incorporarse de un brinco y a gritar. Volvió luego a caer en una rigidez férrea. Aquella suerte de conmoción fue tanto más espantosa cuanto que pareció que galvanizaba a un cadáver. Desapareció la sensibilidad, recuperada por un instante; la inválida quedó aún más desmoronada, más macilenta. Sus ojos, tan dulces de ordinario, se habían vuelto negros y duros, semejantes a dos trozos de metal.

Nunca embargó desesperación mayor a un ser. La siniestra verdad abrasó, como un relámpago, los ojos de la paralítica y se hincó en ella con la suprema colisión de un rayo. Si hubiera podido incorporarse, lanzar el grito de horror que le subía a la garganta, maldecir a los asesinos de su hijo, habría padecido menos. Pero tras haberlo oído todo, tras haberlo entendido todo, tuvo que seguir inmóvil y muda, conservando dentro de sí el estallido de su dolor. Le parecía que Thérèse y Laurent la habían atado y clavado en su sillón para impedir que se abalanzase fuera de él, y que ponían un atroz deleite en repetirle: «Hemos matado a Camille», tras haberle colocado una mordaza en los labios para impedir sus sollozos. El espanto y la angustia le fluían rabiosamente por el cuerpo sin hallar salida. Hacía esfuerzos sobrehumanos para levantar el peso que la tenía aplastada, para despejarse la garganta, abriendo así paso a la oleada de su desesperación. Y en vano tensaba sus últimas energías; notaba la lengua fría pegada al paladar, no podía arrancarse a la muerte. Una impotencia de cadáver la mantenía rígida. Eran sus sensaciones semejantes a las de un hombre sumido en un letargo al que estuvieran enterrando y que, amordazado por los nudos de la carne, oyera sobre su cabeza el ruido sordo de las paletadas de arena.

El destrozo de su corazón fue aún más tremendo. Notó dentro de sí un derrumbamiento que la quebrantó. Su vida entera quedaba asolada; todas sus ternuras, todas sus bondades, todas sus abnegaciones acababan de derrumbarse brutalmente para verse pisoteadas. Tras haber tenido una vida de afecto y dulzura, en sus postreras horas, cuando iba a llevarse a la tumba la convicción de las apacibles dichas de la existencia, una voz le gritaba que todo es mentira, que todo es crimen. El velo, al desgarrarse, le mostraba, allende los amores y las amistades que le había parecido vislumbrar, un horroroso espectáculo de sangre y vergüenza. Habría injuriado a Dios si hubiera podido vocear una blasfemia. Dios la había estado engañando durante más de sesenta años al tratarla como a una niña dulce y buena, al distraerle la vista con falaces cuadros de tranquila dicha. Y ella había seguido siendo esa niña, creyendo a pies juntillas en mil cosas bobas, no percatándose de cómo la vida real se arrastraba por el sangriento barro de las pasiones. Dios era malo; debería haberle dicho antes la verdad o dejar que se fuese con su inocencia y su ceguera. Ahora, ya sólo le quedaba morir negando el amor, negando la amistad, negando la abnegación. No existían sino crimen y lujuria.

¡Pues qué! ¡Camille había muerto a manos de Thérèse y Laurent, y éstos habían fraguado el asesinato entre los bochornos del adulterio! Hallaba la señora Raquin abismo tal en aquel pensamiento que no podía someterlo a razonamiento alguno, ni captarlo de forma clara y detallada. No experimentaba sino una sensación, la de una horrible caída; le parecía que se despeñaba por un agujero negro y frío. Y se decía: «Me voy a estrellar en el fondo».

Tras la primera conmoción, la monstruosidad del crimen le pareció inverosímil. Tuvo luego miedo de volverse loca, cuando se afincó en ella el convencimiento del adulterio y del asesinato, al recordar mínimos acontecimientos que no había entendido antes. Thérèse y Laurent eran efectivamente los asesinos de Camille: Thérèse, a la que había criado, Laurent, al que había querido igual que una madre abnegada y tierna. Todo ello le daba vueltas en la cabeza como una gigantesca rueda, con un ruido ensordecedor. Intuía detalles tan infames, se adentraba en una hipocresía tan grande, presenciaba con el pensamiento un doble espectáculo de tan atroz ironía que habría querido morirse para no pensar más en ello. Una idea única, maquinal e implacable, le trituraba el cerebro, grávida y tenaz como una piedra de molino. Se repetía: «Son mis hijos quienes han matado a mi hijo», y no daba con nada más para expresar su desesperación.

Sumida en aquel brusco cambio de su corazón, se buscaba con desvarío y no se reconocía ya; la anonadaba la invasión brutal de las ideas de venganza, que desterraban toda la bondad de su anterior existencia. Cuando se remató la transformación, dentro de ella no hubo sino oscuridad; notó cómo nacía en su carne moribunda un nuevo ser, despiadado y cruel, que habría querido morder a los asesinos de su hijo.

Tras sucumbir al atenazador abrazo de la parálisis, tras comprender que no podría arremeter contra Thérèse y Laurent, a quienes soñaba con estrangular, se resignó al silencio y a la inmovilidad y fluyeron despacio de sus ojos unos lagrimones. Nada más desconsolador que aquella desesperación muda y quieta. Aquellas lágrimas, que corrían de una en una por el rostro muerto, en el que no se movía ni una arruga, aquel rostro inerte y macilento, que no podía llorar con todos sus rasgos, en el que sólo los ojos sollozaban, era un doloroso espectáculo.

Thérèse experimentó una espantada compasión.

—Hay que acostarla —dijo a Laurent, indicándole a su tía.

Laurent se apresuró a llevar el sillón de la paralítica a su cuarto. Se inclinó, luego, para tomarla en brazos. En aquel momento, la señora Raquin albergó la esperanza de que un poderoso impulso iba a permitirle ponerse de pie; intentó un supremo esfuerzo. Dios no podía consentir que Laurent la estrechase contra su pecho; contaba con que un rayo lo fulminaría si tenía esa monstruosa impudicia. Mas no la enderezó impulso alguno; y el cielo se guardó sus truenos. Siguió caída, pasiva, como un bulto de ropa. El asesino la cogió, la alzó, la llevó; notó la angustia de sentirse fláccida y entregada en los brazos del hombre que había matado a Camille. Rodó su cabeza por el hombro de Laurent, al que miró con ojos dilatados por el espanto.

—Sí, sí, mírame cuanto quieras —susurró éste—, que con los ojos no me vas a poder comer...

Y la arrojó brutalmente sobre el lecho. La inválida se desvaneció. Su último pensamiento fue de terror y asco... A partir de entonces, tendría que padecer, por la mañana y por la noche, la inmunda opresión de los brazos de Laurent.