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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 24.
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Tal y como esperaba Michaud padre al fraguar el matrimonio de Thérèse y Laurent, las veladas de los jueves recuperaron su anterior amenidad nada más celebrarse la boda. Dichas veladas habían corrido gran peligro al morir Camille. Los invitados no acudían ya sino medrosamente a aquella casa enlutada; todas las semanas sentían el temor de que los despidiesen de forma definitiva. Pensar que la puerta de la tienda acabaría seguramente por cerrárseles espantaba a Michaud y Grivet, que se apegaban a sus costumbres con instinto y empecinamiento de animales irracionales. Se decían a sí mismos que la anciana madre y la joven viuda acabarían por irse un buen día a Vernon, o a cualquier otro lugar, a llorar a su muerto, con lo que ellos se quedarían en la calle los jueves por la noche y sin saber qué hacer; se veían ya en el pasadizo, vagando de forma lastimosa, soñando con grandiosas partidas de dominó. Mientras esperaban la llegada de esos días malos, disfrutaban tímidamente de sus últimos momentos gozosos y acudían con expresión inquieta y empalagosa a la tienda, repitiéndose en cada nueva ocasión que quizá no volviesen nunca más. Sintieron tales temores durante más de un año, sin atreverse a explayarse ni reírse ante las lágrimas de la señora Raquin y los silencios de Thérèse. No se sentían ya en su propia casa, como en tiempos de Camille; podía decirse que robaban cada una de las veladas que pasaban alrededor de la mesa del comedor. Fue en esas desesperadas circunstancias cuando el egoísmo de Michaud padre lo urgió a dar un golpe maestro casando a la viuda del ahogado.

El jueves siguiente a la boda, Grivet y Michaud hicieron una entrada triunfal. Habían vencido. El comedor les pertenecía de nuevo, no temían ya que los despidieran. Entraron como personas dichosas, se explayaron, sacaron a relucir, una tras otra, sus viejas bromas. En su comportamiento beatífico y confiado se notaba que opinaban que acababa de suceder una revolución. El recuerdo de Camille no estaba ya presente; el marido vivo había ahuyentado al marido muerto, ese espectro que les quitaba toda espontaneidad. Resucitaban el pasado y sus dichas. Laurent sustituía a Camille, todo motivo para estar triste había desaparecido, los invitados podían reírse sin disgustar a nadie, e incluso debían reírse para alegrar a aquella excelente familia que accedía a recibirlos. A partir de entonces, Grivet y Michaud, quienes desde hacía casi dieciocho meses venían con el pretexto de consolar a la señora Raquin, pudieron dar de lado su pequeña hipocresía y venir sin disimulo a descabezar un sueño, uno enfrente del otro, mecidos por el seco ruido de las fichas de dominó.

Y cada semana trajo un jueves por la noche, cada semana volvió a reunir en torno a la mesa aquellas cabezas muertas y grotescas que antaño exasperaban a Thérèse. La joven habló de poner de patitas en la calle a esas personas. La irritaban con sus carcajadas necias y sus estúpidos comentarios. Pero Laurent le hizo comprender que sería un error despedirlas; era menester que el presente se pareciese cuanto fuera posible al pasado; ante todo había que conservar la amistad de la policía, de esos imbéciles que los protegían contra cualquier sospecha. Thérèse cedió; los invitados, bien acogidos, vieron con beatitud cómo se extendía ante ellos una larga procesión de cálidas veladas.

Fue mas o menos por entonces cuando la vida del matrimonio se desdobló, si es que así puede decirse.

Por la mañana, cuando la luz del día ahuyentaba los espantos de la noche, Laurent se vestía a toda prisa. No estaba a gusto ni recuperaba su tranquilidad egoísta más que en el comedor, sentado ante un gigantesco tazón de café con leche que le preparaba Thérèse. La señora Raquin, quien por su invalidez apenas si podía bajar a la tienda, lo miraba comer con maternales sonrisas. Se atracaba de pan tostado, se llenaba el estómago, se iba tranquilizando poco a poco. Después del café, se tomaba una copita de coñac, con lo que se reponía por completo. Les decía a la señora Raquin y a Thérèse: «Hasta la noche», sin darles un beso siquiera, y luego se iba a la oficina dando un paseo. Llegaba la primavera; los árboles de los muelles se estaban llenando de hojas, de un liviano encaje verde claro. Abajo, corría el río con susurros acariciadores; arriba, los rayos de los primeros soles eran de dulce calidez. Laurent se sentía renacer en el aire fresco; aspiraba a pleno pulmón aquellos hálitos de vida joven que bajaban de los cielos de abril y mayo; buscaba el sol, se detenía para mirar los reflejos de plata que convertían el Sena en un muaré, escuchaba los ruidos de los muelles, dejaba que lo invadiesen los ásperos olores de las primeras horas del día, disfrutaba con los cinco sentidos de la mañana clara y dichosa. Y, por descontando, apenas si se acordaba de Camille; a veces miraba maquinalmente la Morgue, del otro lado de agua; pensaba entonces en el ahogado como lo haría un hombre valiente que recordase un necio temor que tuvo. Con el estómago lleno, con el rostro refrescado, recuperaba su temperamento obtuso, llegaba a la oficina y allí se pasaba todo el día bostezando y esperando la hora de salir. No era ya sino un empleado como cualquier otro, entontecido y hastiado, con la cabeza vacía. No pensaba entonces en nada que no fuera despedirse del trabajo y alquilar un estudio; soñaba vagamente con una nueva existencia perezosa, y con eso bastaba para tenerlo ocupado hasta última hora de la tarde. Nunca venía a alterarlo el recuerdo de la tienda del pasadizo. Por la tarde, tras haber estado desde por la mañana deseando que fuera la hora de salir, se iba de mala gana, volvía a recorrer los muelles presa de sorda turbación, intranquilo. Por más despacio que caminase, no le quedaba más remedio que llegar por fin a la tienda. Y en ella lo estaba esperando el espanto. Thérèse pasaba por idénticas sensaciones. Mientras Laurent no estaba junto a ella, se sentía a gusto. Había despedido a la asistenta, alegando que todo andaba manga por hombro, que todo estaba sucio en el local y en la vivienda. Le entraron ansias de orden. Lo cierto era que necesitaba caminar, hacer cosas, cansar los miembros agarrotados. Estaba toda la mañana de acá para allá, barriendo, quitando el polvo, limpiando los cuartos, fregando los cacharros, dedicándose a tareas que antaño le habrían dado asco. Hasta las doce la mantenían en pie esas tareas domésticas, activa y muda, sin dejarle tiempo de pensar en otra cosa que no fuesen las telarañas que colgaban del techo y la grasa que ensuciaba los platos. Luego, se ponía a guisar, preparaba el almuerzo. Mientras comían, la señora Raquin se lamentaba de que anduviera levantándose continuamente para ir a buscar las fuentes; la enternecía y la enojaba la actividad de que daba muestras su sobrina; la reñía, y Thérèse contestaba que había que ahorrar. Después de comer, la joven se vestía y se decidía al fin a reunirse con su tía tras el mostrador. Allí se amodorraba; dormitaba, quebrantada por las vigilias, consentía en el voluptuoso entumecimiento que se adueñaba de ella no bien estaba sentada. No eran sino livianos duermevelas, colmados de un inconcreto encanto, que le aplacaban los nervios. Desaparecía el pensamiento de Camille y Thérèse disfrutaba de ese profundo descanso de los enfermos que, de repente, dejan de sentir dolor. Se notaba la carne dúctil, la cabeza libre, se sumergía en algo así como un tibio y reparador anonadamiento. Sin esos breves momentos de calma, la tensión del sistema nervioso le habría hecho estallar el organismo; sacaba de ellos las fuerzas necesarias para seguir sufriendo y espantándose durante la noche siguiente. Por lo demás, no dormía, apenas si entornaba los párpados, perdida en lo hondo de un ensueño de paz; cuándo entraba una cliente, abría los ojos, despachaba los pocos céntimos de género que le pedía y volvía luego a caer en su flotante ensoñación. Pasaba así tres o cuatro horas, perfectamente dichosa, respondiendo a su tía con monosílabos, cediendo con auténtico deleite a esos desvanecimientos que la privaban de pensar y la sumían en sí misma. Apenas si, de tarde en tarde, echaba una ojeada al pasadizo; se encontraba a gusto sobre todo cuando el tiempo estaba gris, cuando había poca luz y ella ocultaba su cansancio en lo hondo de la sombra. El pasadizo, húmedo e infame, por el que cruzaba una caterva de pobres diablos mojados, con los paraguas goteando en el pavimento, le parecía el pasillo de un sitio de mala nota, algo así como un corredor sucio y siniestro al que nadie vendría a buscarla ni a molestarla. A ratos, al ver las luces terrosas que andaban rondando a su alrededor, al notar el agrio olor de la humedad, se imaginaba que acababan de enterrarla viva; creía estar entre la tierra, en lo hondo de una fosa común en que bullían los cadáveres. Y aquella perspectiva la consolaba y la calmaba; se decía que por fin estaba a salvo, que se iba a morir, que ya no seguiría sufriendo. En otras ocasiones, no podía cerrar los ojos; Suzanne venía a verlas y se pasaba la tarde bordando junto al mostrador. La mujer de Olivier, con aquella cara blanda, aquellos ademanes lentos, agradaba ahora a Thérèse, que notaba un peculiar alivio al mirar a aquel pobre ser tan desintegrado; la había tomado por amiga; le gustaba tenerla a su lado, sonriendo con su sonrisa desvaída, viva a medias, dejando en la tienda un desabrido olor a cementerio. Cuando los ojos azules de Suzanne, de vidriosa transparencia, se clavaban en los suyos, Thérèse notaba un frío bienhechor en lo más hondo de las pupilas. Así esperaba a que dieran las cuatro. Volvía entonces a la cocina, buscaba de nuevo el cansancio, preparaba la cena de Laurent con febril apresuramiento. Y cuando se presentaba su marido en el umbral de la puerta, se le apretaba la garganta y volvía a retorcerse de angustia.

Todos los días, el matrimonio pasaba por sensaciones casi idénticas. Durante el día, cuando no estaban uno en presencia del otro, gozaban de gratísimas horas de descanso; por la noche, en cuanto estaban reunidos, se adueñaba de ellos un doloroso malestar.

Por lo demás, las veladas transcurrían en calma. Thérèse y Laurent, que temblaban sólo con pensar en meterse en su cuarto, las alargaban cuanto podían. La señora Raquin, medio tendida en un sillón hondo y ancho, se hallaba entre ambos y charlaba con su plácida voz. Hablaba de Vernon, seguía acordándose de Camille, pero evitaba nombrarlo por una suerte de pudor; sonreía a sus queridos hijos, hacía proyectos de futuro para ellos. La lámpara le ponía pálidos resplandores en el rostro blanco; sus palabras adquirían una extraordinaria dulzura en el ambiente muerto y silencioso. Y junto a ella, los dos asesinos, mudos, inmóviles, parecían escucharla con recogimiento; en realidad, no intentaban atender al sentido de la charla de la bondadosa anciana, sino que, sencillamente, los complacía aquel rumor de palabras suaves que les impedía oír el estruendo de sus pensamientos. No se atrevían a mirarse; miraban a la señora Raquin para tener así una pauta de comportamiento. Nunca decían nada de irse a dormir; se habrían quedado allí hasta por la mañana, amparados en el tierno parloteo de la anciana mercera, en el apaciguamiento que transmitía, pero ella manifestaba el deseo de irse a la cama. Sólo entonces se iban del comedor y se metían en su cuarto con desesperación, como quien se arroja a lo hondo de un precipicio.

No tardaron en preferir con mucho las veladas de los jueves a las que pasaban en la intimidad. Cuando estaban a solas con la señora Raquin no podían aturdirse; el delgado hilillo de voz de su tía, su enternecido buen humor no sofocaban los gritos que los desgarraban. Sentían que se acercaba la hora de acostarse, se estremecían cuando, por azar, se topaban sus ojos con la puerta del dormitorio; la espera del instante en que acabarían por hallarse a solas se tornaba cada vez más cruel a medida que iba avanzando la velada. Los jueves, en cambio, se emborrachaban de necedad, se olvidaban de su mutua presencia, sufrían menos. La propia Thérèse acabó por ansiar vehementemente los días de visita. Si Michaud y Grivet no hubieran venido, habría ido a buscarlos. Cuando había personas de fuera en el comedor, interponiéndose entre ella y Laurent, se sentía más sosegada; habría querido tener siempre invitados, ruido, cualquier cosa que la aturdiese y la aislase. Delante de la gente, hacía gala de algo así como un júbilo nervioso. También Laurent volvía a sus bromas toscas de labriego, sus risas recias, sus gracias de ex aprendiz de pintor. Nunca habían sido tan alegres y bulliciosas aquellas recepciones.

Tal era la forma en que Laurent y Thérèse podían, una vez por semana, estar frente a frente sin temblar.

No tardó en apoderarse de ellos un temor. La parálisis iba adueñándose poco a poco de la señora Raquin; y veían venir el día en que se quedaría clavada en su sillón, inválida y alelada. La pobre anciana empezaba ya a balbucir retazos de frases sin ilación; se le estaba debilitando la voz, sus miembros perdían la vida uno a uno. Se iba convirtiendo en un objeto. Thérèse y Laurent veían con espanto cómo se alejaba aquel ser que aún los mantenía separados y los sacaba de sus malos sueños. Cuando la inteligencia hubiera abandonado ya a la anciana mercera y ésta se hubiese quedado muda y agarrotada en lo hondo del sillón, estarían solos; no podrían ya evitar, a última hora de la tarde, el temible encuentro a solas. Su espanto empezaría entonces a las seis de la tarde, en vez de a las doce de la noche; y se volverían locos.

Todos sus esfuerzos tendieron a que la señora Raquin conservase una salud que tan valiosa les resultaba. Llamaron a médicos, estuvieron pendientes de ella, llegaron incluso a hallar en aquel papel de enfermeros un olvido, un sosiego que los indujo a desempeñarlo con celo cada vez mayor. No querían perder a aquella tercera persona que conseguía que las veladas fuesen soportables; no querían que el comedor, que toda la casa se convirtiesen en un lugar tan cruel y siniestro como su dormitorio. A la señora Raquin la conmovieron de forma muy singular los afanosos cuidados que la prodigaban; se congratulaba, entre lágrimas, de haberlos unido y haber puesto en sus manos sus cuarenta mil y pico francos. Tras morir su hijo, no había contado nunca con hallar tanto cariño en sus horas postreras; el tierno afecto de sus queridos hijos caldeaba su vejez. No se percataba de la llegada de la implacable parálisis.

Thérèse y Laurent seguían adelante, en tanto, con su existencia doble. Había en cada uno de ellos algo así como dos seres claramente distintos: un ser nervioso y espantado que se echaba a temblar en cuanto llegaba el crepúsculo, y otro ser embotado y olvidadizo, que respiraba a gusto en cuanto salía el sol. Vivían dos vidas, gritaban de angustia en cuanto estaban juntos a solas, y sonreían apaciblemente cuando había gente. Nunca dejaba traslucir su rostro, en público, los sufrimientos que los destrozaban en la intimidad; parecían tranquilos y felices, ocultaban sus males de forma instintiva.

Nadie habría podido sospechar, al verlos tan apacibles durante el día, que todas las noches padecían la tortura de las alucinaciones. Habríase dicho que formaban una pareja bendecida por el cielo y que vivía en plena dicha. Grivet los llamaba, galantemente, «los tortolitos». Cuando tenían ojeras por causa de los prolongados insomnios, les gastaba bromas y les preguntaba para cuándo tenían previsto el bautizo. Y todos los demás se echaban a reír. Laurent y Thérèse apenas si se ponían pálidos y conseguían esbozar una sonrisa; se iban acostumbrando a las gracias atrevidas del anciano empleado. Mientras estaban en el comedor, podían dominar sus terrores. No había imaginación que pudiera intuir el espantoso cambio que se daba en ellos cuando se encerraban en su dormitorio. Los jueves en especial el cambio era de una brusquedad tan brutal que parecía acontecer en un mundo sobrenatural. El drama de las noches de Laurent y Thérèse superaba, por su singularidad y sus salvajes arrebatos, cualquier suposición y seguía profundamente enterrado en lo hondo de sus doloridas personas. Si se lo hubieran contado a alguien, habría pensado que estaban locos.

—¡Pero qué felices son estos dos enamorados! —decía con frecuencia Michaud padre—. No se hablan casi, pero seguro que todo va por dentro. Apuesto a que se comen a besos en cuanto nos vamos.

Así pensaba todo el mundo. Llegaron a considerar a Thérèse y Laurent como un matrimonio modelo. El pasadizo de Le Pont-Neuf, sin excepciones, se congratulaba del afecto, la apacible dicha, la perpetua luna de miel de ambos cónyuges. Sólo ellos sabían que el cadáver de Camille dormía entre los dos; sólo ellos notaban, tras la sosegada carne de sus rostros, las contracciones nerviosas que por las noches les deformaban espantosamente los rasgos y convertían su expresión plácida en una facies infame y atormentada.