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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 21.
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Laurent cerró cuidadosamente la puerta tras de sí y se quedó un momento apoyado contra ella, contemplando la habitación con expresión inquieta y embarazada.

Ardía un brillante fuego en la chimenea; y sus pródigos resplandores amarillos bailaban en el techo y en las paredes. Alumbraba, pues, el cuarto una luz vivaz y temblorosa; y ese fulgor hacía palidecer la lámpara, que estaba encima de una mesa. La señora Raquin había puesto gran empeño en disponer con coquetería el dormitorio, que estaba muy blanco y perfumado, como para servir de nido a unos amores jóvenes y lozanos; había tenido el gusto de poner en la cama algunos retales de encaje y de colocar grandes ramos de rosas en los jarrones de la chimenea. Rondaban por la habitación un grato calor y tibios aromas. El ambiente era recogido y sosegado, preso en algo parecido a un entumecimiento voluptuoso. En el estremecido silencio sonaban, con leves ruidos secos, los chisporroteos del hogar. Hubiérase dicho un rincón ignoto, cálido y perfumado, cerrado a todos los gritos del exterior, uno de esos rincones preparados y pensados para las sensualidades y los imprescindibles misterios de la pasión.

Thérèse estaba sentada en una silla baja, a la derecha de la chimenea. Con la barbilla apoyada en la mano, tenía clavados los ojos en las vibrantes llamas. No volvió la cabeza al entrar Laurent. Vestida con unas enaguas y una camisa con remates de encaje, parecía crudamente blanca en la ardiente luz del hogar. La camisa le resbalaba, dejando asomar parte del hombro, sonrosado y tapado a medias por un negro mechón de pelo.

Laurent dio unos cuantos pasos sin decir nada. Se quitó la levita y el chaleco. Cuando estuvo en mangas de camisa, volvió a mirar a Thérèse, que no se había movido. Parecía vacilar. Vio luego el hombro aquel y se agachó, trémulo, para apretar los labios contra aquel trozo de piel desnuda. La joven apartó el hombro dándose bruscamente la vuelta. Clavó en Laurent una mirada tan extraña debido a la repugnancia y al espanto, que éste retrocedió, turbado e incómodo, como si el terror y el asco se hubieran apoderado también de él.

Laurent se sentó frente a Thérèse, del otro lado de la chimenea. Así se quedaron cinco minutos largos, mudos e inmóviles. De vez en cuando, ráfagas de llamas rojizas brotaban de los leños; y entonces unos reflejos sangrientos recorrían la cara de los asesinos.

Hacía cerca de dos años que los amantes no habían estado encerrados en el mismo cuarto, sin testigos y pudiendo entregarse a sus mutuos abrazos. Desde el día en que Thérèse había acudido a la calle de Saint Victor, trayendo consigo la idea del crimen y trasmitiéndosela a Laurent, no habían vuelto a tener una cita amorosa. Una pretensión de prudencia les había purgado la carne. Apenas si se habían permitido de tarde en tarde un apretón de manos, un furtivo beso. Tras el asesinato de Camille, cuando habían ardido en renovados deseos se habían contenido, esperando la noche de bodas, prometiéndose desatinados goces voluptuosos cuando tuvieran garantizada la impunidad. Y al fin había llegado esa noche de bodas; y estaban sentados uno frente al otro, aquejados de un repentino apuro. Bastaba con que tendiesen los brazos para poder estrecharse en apasionado abrazo; y tenían los brazos como desmadejados, como cansados ya y ahítos de amor. La extenuación del día los abrumaba cada vez más. Se miraban sin deseo, con medrosa desazón, padeciendo por aquel silencio y aquella frialdad. Sus ardientes sueños desembocaban en una peculiar realidad: bastaba con que hubieran conseguido matar a Camille y casarse, bastaba con que la boca de Laurent hubiera rozado el hombro de Thérèse para que la lujuria quedase satisfecha hasta la náusea y el espanto.

Comenzaron a buscar en sí mismos, con desesperación, algo de aquella pasión que antaño los consumía. Les parecía que eran pellejos vacíos de músculos y nervios. Su embarazo, su intranquilidad iban en aumento; notaban una vergüenza enfermiza por el hecho de estar así, callados y taciturnos, uno frente al otro. Habrían querido tener fuerzas para abrazarse y quebrantarse, para no pensar de sí mismos que eran unos necios. ¡Cómo, pues! Se pertenecían, habían matado a un hombre e interpretado una atroz comedia para poder refocilarse, a todas horas y con impudicia, en la saciedad; y allí estaban, a ambos lados de una chimenea, agarrotados, rendidos, con el pensamiento turbado y la carne muerta. Aquel desenlace les pareció, a la postre, de una espantosa y cruel ridiculez. Laurent intentó entonces hablar de amor, traer a colación los recuerdos de antaño, recurriendo a la imaginación para resucitar sus arrebatos de ternura.

—Thérèse —dijo, inclinándose hacia la joven—, ¿te acuerdas de nuestras tardes en esta habitación? ... Yo llegaba por esa puerta... Hoy he entrado por esta otra... Somos libres, vamos a poder querernos en paz.

Hablaba con voz titubeante y muy poco briosa. La joven, sentada en la silla baja, continuaba mirando las llamas, pensativa y sin escucharlo. Laurent siguió diciendo:

—¿Te acuerdas? Yo tenía un sueño; quería pasar contigo una noche entera, dormirme en tus brazos y que me despertasen tus besos a la mañana siguiente. Y ese sueño va a cumplirse.

Thérèse hizo un ademán, como si se sorprendiese al oír que una voz le balbucía en los oídos; se volvió hacia Laurent, en cuyo rostro caía en ese momento un intenso reflejo rojizo; miró ese rostro ensangrentado y se estremeció.

El joven siguió diciendo, más turbado, más ansioso:

—Lo hemos conseguido, Thérèse, hemos anulado todos los obstáculos y nos pertenecemos... El porvenir es nuestro, ¿verdad? Un porvenir de tranquila dicha, de amor colmado... Camille ya no está...

Laurent calló, con la garganta seca; se ahogaba y no podía seguir hablando. Al oír el nombre de Camille, Thérèse había sentido un golpe en las entrañas. Los dos asesinos se miraron, aturdidos, pálidos y temblorosos. Los fulgores amarillos de la chimenea seguían bailando en el techo y en las paredes; rondaba por el cuarto el aroma tibio de las rosas; en el silencio sonaban, con leves ruidos secos, los chisporroteos de la leña.

Ya habían dado rienda suelta a los recuerdos. Al invocar al espectro de Camille, vino éste a sentarse entre los recién casados, frente al fuego encendido. Thérèse y Laurent volvían a notar el frío y húmedo olor del ahogado en el tibio aire que respiraban; se decían que había un cadáver ahí, cerca de ellos, y se contemplaban sin atreverse a hacer un movimiento. Y entonces les pasó, completa, por lo más hondo de la memoria, la terrible historia de su crimen. Bastó el nombre de su víctima para que los invadiese el pasado, para obligarlos a volver a vivir las angustias del asesinato. No despegaron los labios, se miraron y tuvieron ambos a la vez la misma pesadilla; ambos iniciaron mutuamente con los ojos la misma historia cruel. Aquel cruce de medrosas miradas, aquel mudo relato que iban a hacerse del crimen les produjo una aprensión aguda e intolerable. Los tensos nervios amagaban un ataque; podían llegar al grito, a la pelea incluso. Laurent, para apartar los recuerdos, se forzó violentamente a salir del horrorizado éxtasis que lo obligaba a quedarse bajo la mirada de Thérèse; dio unos cuantos pasos por la habitación; se quitó las botas y se puso unas zapatillas; luego volvió a sentarse a un lado de la chimenea e intentó hablar de cosas triviales.

Thérèse se percató de su intención. Se esforzó por responder a sus preguntas. Hablaron de todo y de nada. Quisieron obligarse a una charla intrascendente. Laurent comentó que hacía calor en el cuarto. Thérèse dijo que, sin embargo, entraban corrientes por debajo de la puerta pequeña de la escalera. Y se volvieron hacia esa puerta con un súbito estremecimiento. El joven se apresuró a hablar de las rosas, del fuego, de todo cuanto tenía a la vista; la joven se esforzaba, conseguía dar con monosílabos para que no decayera la conversación. Se habían apartado uno de otro; adoptaban una expresión despreocupada; intentaban olvidarse de quiénes eran y tratarse como extraños que se habían encontrado por una casualidad cualquiera.

Y, por un curioso fenómeno contrario a su voluntad, mientras decían palabras hueras estaban adivinándose mutuamente los pensamientos que ocultaban tras la trivialidad de esas palabras. Pensaban en Camille sin poder remediarlo. Sus ojos seguían relatando el pasado; proseguían con la mirada una ininterrumpida y muda conversación, que discurría al azar por debajo de la conversación en voz alta. Las palabras que soltaban de cualquier manera no tenían significado alguno ni conexión entre sí y se desmentían; estaban entregados con todo su ser al silencioso intercambio de sus espantados recuerdos. Cuando Laurent hablaba de las rosas o del fuego, de esto o de aquello, Thérèse comprendía a la perfección que le estaba recordando la lucha en la barca y la sorda caída de Camille; y cuando Thérèse respondía con un sí o con un no a cualquier pregunta insignificante, Laurent interpretaba que se acordaba o que no se acordaba de alguno de los detalles del crimen. Y así conversaban a corazón abierto, sin necesidad de palabras, hablando de otras cosas. Por lo demás, no tenían conciencia de las palabras que pronunciaban y seguían, frase a frase, el hilo de sus pensamientos secretos; habrían podido continuar de repente, en alta voz, las confidencias entendiendo a la perfección lo que decían. Aquella suerte de adivinación, aquel empecinamiento de su memoria en brindarles sin tregua la imagen de Camille los iban sacando de quicio poco a poco; se daban cuenta de que se adivinaban el pensamiento y de que, si no callaban, las palabras iban a subírseles solas a la boca, a nombrar al ahogado, a describir el asesinato. Y entonces, apretando con fuerza los labios, dejaron de charlar.

Y en el abrumador silencio consecutivo, los dos asesinos siguieron hablando de su víctima. Les pareció que con la mirada se calaban mutuamente en la carne y se hincaban frases claras y penetrantes. A ratos, les parecía que se oían hablar en voz alta; se les falseaban los sentidos, la vista se convertía en algo así como un oído extraño y sensible; se leían con tal claridad los pensamientos mutuos en el rostro, que éstos cobraban un acento extraño y estrepitoso que les inmutaba todo el organismo. No se habrían ni oído ni comprendido mejor si se hubieran gritado con voz desgarradora: «Hemos matado a Camille y aquí está su cadáver, tendido entre nosotros, helándonos los miembros». Y aquellas terribles confidencias proseguían, más evidentes, más retumbantes, en la húmeda tibieza del aire en calma del dormitorio.

Laurent y Thérèse habían comenzado el mudo relato en el día de su primer encuentro en la tienda. Luego, los recuerdos fueron volviendo uno a uno, por orden; se refirieron las horas de voluptuosidad, los momentos de vacilación e ira, el terrible instante del crimen. Entonces fue cuando apretaron los labios y dejaron de hablar de insignificancias, por temor a nombrar de repente a Camille sin pretenderlo. Y sus pensamientos, al no detenerse, los condujeron luego por las angustias, por la amedrentada espera que había seguido al asesinato. Y así llegaron a acordarse del cadáver del ahogado tendido en una mesa de piedra de la Morgue. Laurent le dijo con una mirada a Thérèse todo su espanto, y Thérèse, al límite de sus fuerzas, siguió de pronto la charla en voz alta, al obligarla una mano de hierro a abrir los labios.

—¿Lo viste en la Morgue? —preguntó a Laurent, sin nombrar a Camille.

Laurent parecía haber estado esperando esa pregunta Llevaba un buen rato leyéndola en el rostro blanco de la joven.

—Sí —repuso con voz ahogada.

Un escalofrío estremeció a los asesinos. Se acercaron fuego; alargaron las manos hacia la llama, como si un soplo helado hubiera pasado de repente por la tibia habitación. Se quedaron unos momentos en silencio, hechos un ovillo, acurrucados. Luego Thérèse siguió diciendo con voz sorda.

—¿Tenía aspecto de haber sufrido mucho?

Laurent no pudo responder. Hizo un gesto de espanto, como pasa apartar una visión infame. Se levantó, fue hacia la cama y regresó, con violencia, abriendo los brazos y aproximándose a Thérèse.

—Bésame —le dijo, acercándole el cuello.

Thérèse se había incorporado, muy pálida en su atavío nocturno; se echó hacia atrás a medias, apoyando un codo en el mármol de la chimenea. Miró el cuello de Laurent. Acababa de columbrar en la blancura de la piel una mancha rosa. La oleada de sangre que subía la hizo crecer y la tornó de un rojo ardiente.

—Bésame, bésame —repetía Laurent, con el rostro y el cuello encendidos.

La joven echó la cabeza aún más hacia atrás, para evitar un beso, y, poniendo la yema del dedo en el mordisco de Camille, preguntó a su marido:

—¿Qué te pasa ahí? No te había visto nunca esa herida.

Le pareció a Laurent que el dedo de Thérèse le perforaba la garganta. Al sentir su contacto, retrocedió bruscamente, lanzando un leve grito de dolor.

—Es... —balbució—, es...

Vaciló, pero no fue capaz de mentir y dijo la verdad a pesar suyo.

—Me dio un mordisco Camille, ¿sabes?, en la barca. No fue nada, ya está curado... Bésame, bésame.

Y el infeliz le acercaba la quemazón del cuello. Quería que Thérèse le besase la cicatriz, contaba con que el beso de aquella mujer le calmaría las mil agujas que le desgarraban la carne. Se le ofrecía, con la barbilla levantada y el cuello tendido. Thérèse, casi recostada en el mármol de la chimenea, hizo un ademán de suprema repugnancia y exclamó con voz suplicante:

—No, no, ahí no... Hay sangre.

Y volvió a caer sentada en la silla baja, trémula, con la frente entre las manos. Laurent se quedó anonadado. Bajó la barbilla y clavó en Thérèse una mirada vaga. Luego, de pronto, con un apretón de fiera, le cogió la cabeza entre las manazas y aplastó por un momento el rostro femenino contra su piel. Thérèse cedió, lanzando sordas quejas, asfixiándose en el cuello de Laurent. Cuando consiguió zafarse de sus dedos, se limpió con violencia la boca y escupió en el fuego. No había dicho una palabra.

Laurent, avergonzado de su brutalidad, empezó a dar lentos paseos de la cama a la ventana. Sólo el sufrimiento, aquel ardor horrible, lo había movido a exigirle un beso a Thérèse; y al notar sobre la cicatriz ardiente los labios fríos de Thérèse, el sufrimiento había sido aún mayor. Aquel beso conseguido mediante la violencia acababa de quebrantarlo. Tan doloroso le resultó, que por nada del mundo habría querido recibir otro. Y miraba a la mujer con la que tenía que vivir y que tiritaba, doblada en dos ante el fuego dándole la espalda; se repetía que no quería ya a aquella mujer y que aquella mujer ya no lo quería. Thérèse se quedó allí, desplomada, casi una hora. Laurent dio paseos arriba y abajo, en silencio. Los dos admitían con terror que su pasión había muerto, que habían matado sus deseos al matar a Camille. El fuego agonizaba despacio; un cúmulo de brasas sonrosadas relucía bajo las cenizas. Poco a poco, el calor se había tornado asfixiante dentro de la habitación; las flores se marchitaban y sus densos aromas espesaban de languidez el ambiente.

Laurent, de pronto, creyó ser presa de una alucinación. Al darse la vuelta, según volvía de la ventana a la cama, vio a Camille en un rincón colmado de tinieblas, entre la chimenea y el armario de luna. El rostro de su víctima estaba verdoso y convulsionado, tal y como lo había visto en una mesa de la Morgue. Se quedó clavado en la alfombra, desfallecido, apoyándose en un mueble. Thérèse alzó la cabeza al oír su sordo estertor.

—Ahí, ahí —decía Laurent, con voz aterrada.

Con el brazo extendido, señalaba el oscuro rincón en el que divisaba el siniestro rostro de Camille. Thérèse, contagiada de su espanto, vino a acurrucarse contra él.

—Es su retrato —susurró en voz baja, como si el rostro pintado de su ex marido hubiera podido oírla.

—¿Su retrato? —repitió Laurent, a quien se le erizaban los cabellos.

—Sí, ya sabes, el cuadro que pintaste. Mi tía se lo iba a llevar hoy a su cuarto. Se le habrá olvidado descolgarlo.

—Claro, es su retrato...

El asesino no acababa de reconocer la pintura. Tan turbado se sentía que se olvidaba de que él en persona había dibujado aquellos atormentados rasgos y extendido aquellos colores sucios que lo espantaban. El temor le hacía ver el cuadro tal y como era, infame, mal construido, cenagoso, mostrando sobre un fondo negro un contorsionado rostro de cadáver. La atroz fealdad de su obra lo asombraba y lo aniquilaba. Estaban, ante todo, aquellos dos ojos blancos, que flotaban en unas órbitas blandas y amarillentas, y le recordaban fielmente los ojos podridos del ahogado de la Morgue. Estuvo un rato jadeante, creyendo que Thérèse mentía para tranquilizarlo. Luego vio el marco y se fue calmando poco a poco.

—Descuélgalo —dijo en voz baja a la joven.

—¡Ay, no! Tengo miedo —repuso ésta, estremeciéndose.

Laurent empezó a temblar otra vez. A veces, el marco se esfumaba y él no veía ya sino los dos ojos blancos que se clavaban en él durante mucho rato.

—Te lo ruego —volvió a decir, suplicante, a su compañera—, ve a descolgarlo.

—No, no.

—Lo pondremos de cara a la pared y ya no nos dará miedo.

—No, no puedo.

El asesino, cobarde y humilde, empujaba a la joven hacia el lienzo y se ocultaba tras ella para eludir la mirada del ahorcado. Thérèse se zafó y Laurent quiso mostrarse audaz; se acercó al cuadro, alzó la mano y buscó el clavo. Pero el retrato le lanzó una mirada tan aplastante, tan repulsiva, tan prolongada que Laurent, tras haber intentado sostenérsela, admitió su derrota y retrocedió, abrumado, al tiempo que susurraba:

—No; tienes razón, Thérèse, no podemos... Tu tía lo descolgará mañana.

Y siguió dando paseos arriba y abajo, con la cabeza gacha, notando que el retrato lo miraba, lo seguía con la vista. No podía evitar lanzar, de vez en cuando, una ojeada al lienzo. Entonces, en lo hondo de la sombra, seguía divisando las miradas apagadas y muertas del ahogado. Al pensar que Camille estaba allí, en un rincón, acechándolo, presenciando su noche de bodas, contemplándolos a Thérèse y a él, Laurent se volvió definitivamente loco de terror y desesperación.

Un acontecimiento que habría hecho sonreír a cualquiera que no fuese él le hizo perder por completo la cabeza. Estaba ante la chimenea cuando oyó algo así como un rozamiento. Palideció y pensó que venía del retrato, que Camille estaba bajándose del marco. Comprendió luego que el ruido venía de la puerta pequeña que daba a la escalera. Miró a Thérèse, a quien embargaba de nuevo el temor.

—Hay alguien en la escalera —susurró—. ¿Quién puede venir por ahí?

La joven no contestó. Ambos pensaban en el ahogado y un sudor frío les humedecía las sienes. Buscaron refugio al fondo del cuarto, esperando que la puerta se abriera de pronto y dejase caer sobre los baldosines el cadáver de Camille El ruido seguía, más seco, más irregular; pensaron que su víctima estaba arañando la madera para entrar. Estuvieron casi cinco minutos sin atreverse a hacer un movimiento. Por fin sonó un maullido. Laurent, al aproximarse, reconoció al gato atigrado de la señora Raquin, que se había quedado encerrado por descuido en el cuarto e intentaba salir cebándose con las uñas en la puerta pequeña. François se asustó al acercarse Laurent; se subió de un brinco a una silla; con el pelo erizado y las patas agarrotadas, miraba a su nuevo amo a la cara, con expresión dura y cruel. Al joven no le gustaban los gatos. François casi le daba miedo. En aquella hora de fiebre y temor, creyó que el gato le iba a saltar a la cara para vengar a Camille. Aquel animal debía de estar enterado de todo; en sus ojos redondos, extrañamente dilatados, había pensamientos. Laurent entornó los párpados ante la fijeza de aquella mirada salvaje. Ya iba a darle una patada a François cuando Thérèse exclamó:

—No le hagas daño.

Aquel grito causó en Laurent una peculiar impresión. Se le metió en la cabeza una idea absurda.

«Camille se ha metido en este gato, pensó. Voy a tener que matar a ese animal... Parece una persona.»

No le dio una patada por temor a oír cómo François le dirigía la palabra con la voz de Camille. Luego se acordó de las bromas de Thérèse, en la época de sus goces voluptuosos, cuando el gato presenciaba sus besos. Se dijo entonces que aquel animal sabía demasiado y que había que arrojarlo por la ventana. Pero no tuvo valor para llevar a cabo su propósito. François seguía en actitud hostil: con las uñas fuera y una sorda irritación arqueándole el lomo se fijaba en los mínimos movimientos de su enemigo con altanera tranquilidad. A Laurent lo molestaba el brillo metálico de aquellos ojos y le faltó tiempo para abrirle la puerta del comedor. El gato salió huyendo con un maullido chillón.

Thérèse había vuelto a sentarse frente al hogar apagado. Laurent volvió a caminar desde el lecho hasta la ventana. Y así esperaron a que se hiciera de día. Ni se les ocurrió acostarse; tenían la carne y el corazón definitivamente muertos. Sólo los embargaba un deseo, el deseo de salir de aquel cuarto en que se asfixiaban. Les causaba un auténtico malestar el estar encerrados juntos, respirando el mismo aire; habrían querido que hubiese con ellos alguien mas que les impidiese estar a solas, que les sacase del cruel apuro en que se hallaban, uno frente a otro, sin hablarse, sin poder resucitar su pasión. Aquellos prolongados silencios eran una tortura, estaban preñados de quejas amargas y desesperadas, de reproches mudos que oían con toda claridad en el quieto ambiente.

Llegó al fin el día, sucio y blanquecino, trayendo consigo un frío penetrante.

Cuando se llenó el cuarto de una pálida claridad, Laurent, que estaba tiritando, se sintió más tranquilo. Miró cara a cara el retrato de Camille y lo vio tal y como era, trivial y pueril; lo descolgó encogiéndose de hombros y llamándose necio. Thérèse se había puesto de pie y estaba deshaciendo la cama para engañar a su tía, para sugerir una noche feliz.

—Bueno —le dijo Laurent con brutalidad—, espero que la noche que viene durmamos Estas niñerías no pueden durar.

Thérèse le lanzó una ojeada seria e intensa.

—Comprenderás —siguió diciendo Laurent— que no me he casado para pasar las noches en blanco... Somos como niños... Eres tú la que me has sacado de mis casillas con esa cara de otro mundo. Esta noche, a ver si intentas estar alegre y no darme sustos.

Se esforzó en reírse, sin saber por qué se reía.

—Lo intentaré —respondió con voz sorda la joven.

Tal fue la noche de bodas de Thérèse y Laurent.