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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 12.
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Laurent, en el oscuro rincón del coche de transporte público que lo condujo a París, acabó de madurar su plan. Tenía la casi completa certeza de quedar impune. Le rebosaba una alegría torpe y ansiosa, la alegría del crimen consumado. Al llegar al portazgo de Clichy, tomó un coche de punto y mandó que lo condujese a casa de Michaud padre, en la calle de Seine. Eran las nueve de la noche.

El ex comisario de policía estaba con Olivier y Suzanne. Había ido allí Laurent en busca de protección, por si en algún momento sospechaban de él, y para ahorrarse tener que comunicar personalmente la espantosa noticia a la señora Raquin. Era ésta una misión que le producía una extraña repugnancia; presentía una desesperación de tal envergadura que temía no desempeñar su papel con la suficiente cantidad de lágrimas; y, además, el dolor de aquella mujer le resultaba penoso, por más que, en el fondo, no le importase gran cosa.

Cuando Michaud lo vio entrar, con aquellas rústicas ropas que le estaban estrechas, lo interrogó con la mirada.

Laurent refirió el accidente con voz quebrada, como si el dolor y el cansancio le quitasen el resuello.

—He venido a buscarlo a usted —dijo, al acabar—; no sabía qué hacer con esas dos pobres mujeres que reciben tan cruel golpe... No me he atrevido a ir solo a ver a la madre. Le ruego que venga conmigo.

Mientras Laurent hablaba, Olivier lo contemplaba fijamente, con miradas directas que lo llenaban de espanto. El asesino se había metido a ciegas entre aquellos policías en un golpe de audacia que había de salvarlo. Pero no podía por menos de estremecerse al notar cómo lo examinaban con la mirada; veía desconfianza en donde no había sino estupor y compasión. Suzanne, más quebradiza y más pálida, estaba al borde del desmayo. Olivier, al que asustaba la idea de la muerte y cuyo corazón permanecía, por lo demás, totalmente frío, mostraba una mueca de dolorosa sorpresa al tiempo que escrutaba el rostro de Laurent por rutina, sin sospechar ni poco ni mucho la siniestra verdad. En cuanto a Michaud padre, éste lanzaba exclamaciones de espanto, de compasión, de asombro; se revolvía en la silla, juntaba las manos, alzaba los ojos al cielo.

—¡Ay, Señor! —decía con voz entrecortada—. ¡Ay, Señor, qué cosa más espantosa!... Sale uno de su casa, y se muere así, de repente... Es horrible... Y esa pobre señora Raquin, esa madre, ¿qué vamos a decirle?... Desde luego que ha hecho usted bien en venir a buscarnos... Lo acompañamos...

Se puso de pie; dio unas cuantas vueltas; anduvo por la habitación, buscando el bastón y el sombrero; y, mientras se azacanaba, le pidió a Laurent que le repitiese los detalles de la catástrofe, con nuevos aspavientos en cada frase.

Bajaron a la calle los cuatro. A la entrada del pasadizo de Le Pont-Neuf, Michaud detuvo a Laurent.

—No venga —le dijo—; su presencia sería como una confesión brutal que hay que evitar... La desventurada madre se maliciaría una desgracia y nos obligaría a confesar la verdad antes del momento oportuno para decírsela... Espérenos aquí.

Este arreglo supuso un alivio para el asesino, que temblaba sólo de pensar en entrar en la tienda del pasadizo. Notó que nacía en él la calma; empezó a caminar acera arriba y abajo, yendo y viniendo completamente en paz. A ratos, olvidaba lo que estaba sucediendo, echaba una ojeada a las tiendas, silbaba entre dientes, se daba la vuelta para mirar a las mujeres que lo rozaban al pasar. Estuvo así, en la calle, media hora larga, recuperando cada vez más la sangre fría.

No había comido nada desde por la mañana; sintió hambre, entró en una pastelería y se atiborró de pasteles. En la tienda del pasadizo transcurría una escena desgarradora. Pese a las precauciones, pese a las frases prudentes y amistosas de Michaud padre, momento llegó en que la señora Raquin comprendió que le había ocurrido una desgracia a su hijo. Exigió entonces la verdad con arrebatada desesperación, con una violencia de lágrimas y gritos que obligaron a su antiguo amigo a ceder. Y cuando supo la verdad, fue trágico su dolor. Lloró con sordos sollozos; tuvo convulsiones que la doblaban hacia atrás, un desatentado ataque de terror y angustia; se quedó quieta, asfixiándose, y se le escapaba a ratos un chillido agudo entre el hondo rugido de su dolor. Se habría arrastrado por el suelo si Suzanne no la hubiese tomado por la cintura, llorando en su regazo, alzando hacia ella el pálido rostro. Olivier y su padre estaban a pie firme, nerviosos y mudos, volviendo la cabeza, ingratamente conmovidos por aquel espectáculo con el que padecía su egoísmo.

Y la pobre madre veía cómo se llevaban a su hijo las turbias aguas del Sena, veía el cuerpo rígido y espantosamente hinchado; y, al tiempo, lo veía, de muy niño, en la cuna, cuando ella espantaba la muerte, inclinada sobre él. Lo había echado al mundo más de diez veces, lo amaba con todo el amor que le había dado desde hacía treinta años. Y ahora se le moría, lejos de ella, de repente, en el agua fría y sucia, como un perro. Se acordaba entonces de las tibias mantas en que lo envolvía. Cuántos cuidados, qué infancia cálida, cuantos mimos y tiernas efusiones. ¡Y todo para verlo un día ahogarse miserablemente! Al pensarlo, a la señora Raquin se le ponía un nudo en la garganta; albergaba la esperanza de morirse, de que la estrangulase la desesperación.

Michaud padre se apresuró a salir de allí. Dejó a Suzanne con la mercera y fue, con Olivier, a buscar a Laurent para ir a toda prisa a Saint-Ouen.

Durante el camino, apenas si cruzaron unas cuantas palabras. Cada uno iba hundido en un rincón del coche de punto, que los zarandeaba por los adoquines. Iban quietos y mudos, sumidos en la sombra que llenaba el coche, y, por momentos, el rápido haz de luz de un farol de gas les iluminaba el rostro con intenso fulgor. El siniestro acontecimiento que los había reunido allí los envolvía en algo semejante a un lúgubre abatimiento.

Cuando llegaron por fin al restaurante a orillas del río, encontraron a Thérèse acostada, con las manos y la cabeza ardiendo. El hostelero les dijo a media voz que la señora joven tenía mucha fiebre. Lo cierto era que Thérèse, al notarse débil y cobarde, temiendo confesar el crimen durante un ataque, había tomado la determinación de enfermar. Guardaba un hosco silencio, apretaba los labios y los párpados, no quería ver a nadie por miedo a hablar. Con la sábana subida hasta la barbilla y la cara medio enterrada en la almohada, se encogía cuanto podía y escuchaba ansiosamente cuanto se decía a su alrededor. Y en el centro del resplandor rojizo que se le filtraba por los párpados cerrados, seguía viendo a Camille y a Laurent peleando al borde de la barca; divisaba a su marido macilento, horroroso, de crecido tamaño, alzándose, muy erguido, sobre un agua cenagosa. Aquella visión implacable le activaba la fiebre de la sangre.

Michaud padre intentaba hablarle, consolarla. Thérèse hizo un gesto de impaciencia, se dio media vuelta y empezó a sollozar de nuevo.

—Déjela, caballero —dijo el hostelero—; el mínimo ruido le da escalofríos... Necesitaría descansar, ¿sabe usted?

Abajo, en el local, un agente de policía estaba redactando el atestado del accidente. Michaud y su hijo bajaron; y Laurent fue tras ellos. Cuando Olivier hubo dado a conocer su condición de empleado de rango superior en la Prefectura, todo se remató en diez minutos. Los remeros aún no se habían ido, y estaban contando el percance por lo menudo, describiendo cómo habían caído al agua los tres excursionistas, dándoselas de testigos oculares. En el supuesto de que Olivier y su padre hubieran albergado la menor sospecha, dicha sospecha se habría desvanecido ante testimonios tales. Pero ni por un instante habían dudado de la veracidad de Laurent; antes bien, se lo presentaron al agente de policía como el mejor amigo de la víctima y se ocuparon de que constase en el atestado que el joven se había arrojado al agua para salvar a Camille Raquin. Al día siguiente, los diarios refirieron el accidente con gran lujo de detalles; la infortunada madre, la viuda inconsolable, el amigo noble y valeroso, nada le faltó a aquel suceso, que apareció en toda la prensa parisiense para ir luego a enterrarse en los periódicos de provincias.

Una vez concluido el atestado, Laurent notó una cálida alegría que le inundó la carne de una renovada vida. Desde el momento en que su víctima le hincó los dientes en el cuello estaba agarrotado, actuaba de forma mecánica siguiendo un plan trazado con mucha antelación. Sólo lo movía el instinto de supervivencia; sólo él le dictaba las palabras y le aconsejaba los ademanes. Ahora, con la certidumbre de la impunidad, volvía a correrle la sangre Por las venas con dulce morosidad. La policía había pasado junto a su crimen y la policía no había visto nada; se dejaba engañar, acababa de absolverlo. Estaba salvado. Este pensamiento le hizo sentir por todo el cuerpo trasudores gozosos, calideces que devolvieron la flexibilidad a sus miembros y su inteligencia. Siguió representando su papel de amigo desconsolado con habilidad y aplomo incomparables. En el fondo, sentía un contento de animal irracional: pensaba en Thérèse, que estaba acostada en la habitación de arriba.

—No podemos dejar aquí a esta pobre muchacha —le dijo a Michaud—. Es posible que esté expuesta a una dolencia de gravedad. Es imprescindible llevarla a París... Acompáñeme, la convenceremos para que venga con nosotros.

Al llegar arriba, tomó la palabra, rogó a Thérèse personalmente que se levantase, que les dejase llevarla al pasadizo de Le Pont-Neuf. Cuando la joven oyó el sonido de su voz, se sobresaltó, abrió mucho los ojos y lo miró. Estaba atontada, temblorosa. Se incorporó trabajosamente, sin contestar nada. Los hombres salieron y la dejaron a solas con la mujer del hostelero. Cuando estuvo vestida, bajó, titubeante, y subió al coche de punto, sostenida por Olivier.

El trayecto fue silencioso. Laurent, con audacia e impudicia absolutas, deslizó la mano por las faldas de la joven y le asió los dedos. Estaba sentado enfrente de ella, en una oscuridad ondulante; no le veía el rostro, porque lo llevaba agachado hacia el pecho. Tras cogerle la mano, se la estrechó con fuerza y la sostuvo en la suya hasta la calle Mazarine. Notaba el temblor de aquella mano que, no obstante, no se apartaba, sino que, antes bien, le daba repentinas caricias. Y, así prendidas, ambas manos ardían; las sudorosas palmas se pegaban una a otra; y los dedos, estrechamente enlazados, se lastimaban en cada sacudida. Les parecía a Laurent y a Thérèse que la sangre de uno iba hasta el pecho del otro a través de los puños unidos; esos puños se convertían en un hogar ardiente en el que hervían sus vidas. En medio de la noche y el silencio consternado que rondaba entorno, el rabioso apretón de manos que intercambiaban era como un peso aplastante que colocaban sobre la cabeza de Camille para mantenerlo bajo el agua.

Cuando se detuvo el coche de punto, Michaud y su hijo fueron los primeros en bajar. Laurent se inclinó hacia su amante y le susurró muy bajo:

—Sé fuerte, Thérèse... Tendremos que esperar mucho tiempo... Recuérdalo.

La joven no había dicho aún palabra alguna. Despegó los labios por primera vez desde la muerte de su marido.

—Claro que lo recordaré —dijo, estremeciéndose, con una voz tan tenue como un soplo.

Olivier le tendía la mano, invitándola a bajar. Laurent fue ahora hasta la tienda. La señora Raquin estaba acostada, presa de un violento delirio. Thérèse fue a rastras hasta su cama, y a Suzanne no le dio casi tiempo a desnudarla. Tranquilizado, viendo que todo se arreglaba a pedir de boca, Laurent se retiró. Fue despacio hasta su cuchitril de la calle de Saint Victor.

Era más de medianoche. Un aire fresco corría por las calles desiertas, y silenciosas. El joven no oía sino el ritmo regular de sus pasos retumbando en las baldosas de las aceras. El frescor lo inundaba de bienestar; el silencio y las sombras le aportaban raudas sensaciones de voluptuosidad. Iba dando un paseo.

Al fin se había librado de su crimen. Había matado a Camille. Un asunto zanjado, del que no habría que volver a hablar. Iba a vivir en paz, mientras esperaba el momento de poder tomar posesión de Thérèse. Pensar en el crimen lo había asfixiado a veces; ahora que ya estaba consumado, notaba el pecho libre, respiraba a gusto, se había curado de los padecimientos que la indecisión y el temor le causaban.

En el fondo, estaba un tanto embotado; el cansancio le entorpecía los miembros y el pensamiento. Llegó a su casa y se durmió profundamente. Durante el sueño, leves crispaciones nerviosas le recorrían el rostro.