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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 8.
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¡Salvadla!
Yo soy ahora su hermano, Y tú su padre.
Toda gentil doncella debiera tener en cada caballero un guardián.
Que maravilloso para Sir James Chettam lo mucho que le siguió gustando ir a Tipton Grange tras haberse enfrentado a la dificultad de ver a Dorothea por primera vez bajo el prisma de una mujer prometida a otro hombre. Por supuesto que el bífido relámpago pareció traspasarle cuando se acercó a ella y durante todo el primer encuentro fue consciente de estar ocultando su incomodidad, pero, pese a su bondad, hay que admitir que su desazón fue menor de lo que hubiera sido de haber considerado a su rival un novio brillante y deseable. No tenía la sensación de que el señor Casaubon le hubiera eclipsado; simplemente le asombraba el que Dorothea padeciera una ilusión melancólica, y su mortificación perdió parte de la amargura al verse mezclada con la compasión.

Mas, al tiempo que Sir James se decía a sí mismo que había renunciado a ella, puesto que con la perversidad de una Desdémona Dorothea no había aceptado una unión claramente conveniente y acorde a la naturaleza, aún no podía permanecer del todo pasivo ante la idea de su compromiso con el señor Casaubon. El día que les vio juntos por primera vez a la luz de su actual conocimiento, le pareció que no se había tomado el asunto lo suficientemente en serio. Brooke era realmente culpable; debiera haberlo impedido. ¿Quién podría hablar con él? Tal vez, incluso a estas alturas, se pudiera hacer algo para al menos retrasar la boda. De camino a casa entró en la rectoría y preguntó por el señor Cadwallader. Felizmente, el rector se encontraba en casa y pasaron a la visita al despacho, donde colgaban los aperos de pesca. Pero el rector estaba en una pequeña habitación adjunta, trabajando en el torno y llamó al baronet para que se reuniera allí con él. Ambos eran mejores amigos que cualquier otro terrateniente y clérigo de la comarca, hecho significativo y acorde con la amable expresión de sus rostros.

El señor Cadwallader era un hombre grande, de gruesos labios y dulce sonrisa; sencillo y rudo exteriormente, pero con esa sólida e imperturbable tranquilidad y buen humor que resultan contagiosas y que, como las grandes colinas verdes al sol, calman incluso un irritado egoísmo y hacen que se sienta avergonzado de sí mismo.

-Bien, ¿cómo está? -dijo, extendiendo una mano poco propia para estrechar-. Siento no haber salido a recibirle. ¿Ocurre algo en particular? Parece contrariado.

El ceño de Sir James mostraba una pequeña arruga, una leve depresión de las cejas que parecía acentuar deliberadamente al tiempo que contestaba.

-Sólo se trataba de la conducta de Brooke. De verdad creo que alguien debiera hablar con él.

-¿De qué? ¿Lo de presentarse? -dijo el señor Cadwallader, continuando con el arreglo de los carretes que acababa de tornear-. No creo que vaya en serio. De todos modos, ¿qué hay de malo en ello, si es que le gusta? Los que ponen pegas al liberalismo deberían alegrarse cuando los liberales no sacan a su mejor tipo. No echarán a rodar la Constitución sirviéndose de la cabeza de nuestro amigo Brooke como ariete.

-No, no me refiero a eso -dijo Sir James, quien, tras dejar el sombrero y desplomarse en un sillón, había comenzado a mecerse la pierna y examinar la suela de la bota con gran aflicción-. Me refiero a este matrimonio. Me refiero a que deje que esa lozana joven se case con Casaubon.

-¿Qué le sucede a Casaubon? No veo nada malo en él..., si a la chica le gusta.

-Es demasiado joven para saber lo que le gusta. Su tutor debería intervenir. No debería permitir que esto se hiciera de esta forma precipitada. Me extraña que un hombre como usted, Cadwallader, un hombre con hijas, pueda tomarse este asunto con tanta indiferencia. ¡Y con el corazón que tiene usted! Le ruego que lo piense seriamente.

-No estoy bromeando. Hablo muy en serio -dijo el rector con una provocativa risita interna-. Es usted igual que Elinor. Insiste en que vaya a sermonear a Brooke; y yo le he recordado que sus amigos tenían una opinión muy pobre de la boda que hacía cuando se casó conmigo.

-Pero mire a Casaubon -dijo Sir James con indignación-. Debe de tener cincuenta años, y no creo que fuera nunca mucho más que la sombra de un hombre. ¡Mírele las piernas!

-¡Caray con ustedes, los jóvenes apuestos! Quieren que en el mundo todo se haga a su gusto. No entienden a las mujeres. No les admiran ni la mitad de lo que se admiran ustedes a sí mismos. Elinor les solía decir a sus hermanas que se casaba conmigo por mi fealdad -era tan variopinta y divertida que había vencido por completo a su prudencia.

-¡Usted no es ejemplo! Era bien fácil que cualquier mujer se enamorara de usted. Pero aquí no se trata de belleza. No me gusta Casaubon -esta era la forma más tajante de Sir James para sugerir que tenía un mal concepto del carácter de una persona.

-¿Pero por qué? ¿Qué conoce en su contra? -dijo el rector, dejando a un lado los carretes y metiendo los pulgares en las sisas con aire de atención.

Sir James se detuvo. No solía tener facilidad para explicar sus razones: le parecía raro que la gente no las supiera sin que se le dijeran, puesto que él sólo sentía lo que era sensato. Finalmente dijo:

-Vamos a ver, Cadwallader, ¿tiene Casaubon corazón? -Pues, sí. No me refiero a un corazón de la clase que se derrite, pero puede estar seguro que tiene un fondo muy válido. Se porta muy bien con sus parientes pobres: les pasa una pensión a varias de las mujeres y le está proporcionando a un ¡oven una costosa educación. Casaubon actúa conforme a su sentido de la justicia. La hermana de su madre se casó mal -con un polaco, creo-. Se perdió... en cualquier caso, su familia la desheredó. De no ser por eso, Casaubon no dispondría ni de la mitad del dinero que tiene. Tengo entendido que él mismo buscó a sus primos para ayudarles. No todos los hombres, de tantear el metal del que están hechos, sonarían así de bien. Usted sí, Chettam, pero no todos.

-No lo sé -dijo Sir James, sonrojándose-. No estoy tan seguro de mí mismo -hizo una pausa y luego añadió-: lo que hizo Casaubon está bien. Pero un hombre puede querer hacer lo que está bien y no obstante ser como un pergamino. Una mujer puede no ser feliz con él. Y pienso que cuando una chica es tan joven como la señorita Brooke, sus amigos deberían intervenir un poco para evitar que haga ninguna tontería. Usted se ríe porque piensa que hablo por motivos personales. Pero le aseguro que no es eso. Sentiría exactamente lo mismo si fuera el hermano o el tío de la señorita Brooke.

-Bien, pero, ¿y qué haría?

-Diría que no se puede fijar la boda hasta que no fuera mayor de edad. Y tenga por seguro que, en ese caso, jamás se llevaría a cabo. Me gustaría que lo entendiera como yo; me gustaría que hablara de ello con Brooke.

Sir James se levantó mientras terminaba de hablar, pues vio que la señora Cadwallader entraba por el despacho. Llevaba de la mano a la menor de sus hijas, de unos cinco años, que corrió al momento hacia su padre sobre cuyas rodillas se acomodó.

-He oído lo que decía -dijo la mujer-. Pero no convencerá a Humphrey. Mientras los peces vayan a por el señuelo, la gente seguirá siendo cada uno lo que tiene que ser. ¡Válgame el cielo, Casaubon tiene un río de truchas, y no le interesa nada la pesca!, ¿podría encontrarse a nadie mejor?

-Bueno, algo de cierto hay en eso -dijo el rector con su tranquila risa interna-. Es una gran cualidad en un hombre el tener un río truchero.

-Pero, en serio -dijo Sir James, cuya contrariedad aún no se había gastado-, ¿no cree que el rector haría bien en hablar?
-Ya le dije antes lo que diría -respondió la señora Cadwallader enarcando las cejas-. Yo he hecho lo que he podido. Me lavo las manos.

-En primer lugar -dijo el rector con aire de gravedad-, sería ridículo esperar que yo pudiera convencer a Brooke, y hacerle actuar en consecuencia. Brooke es un tipo estupendo pero inconsistente; acepta cualquier molde, pero no mantiene la forma.

-Podría mantener la forma lo suficiente como para aplazar la boda -dijo Sir James.

-Pero, mi querido Chettam, ¿por qué habría yo de usar mi influencia en contra de Casaubon, a no ser que estuviera mucho más seguro de lo que estoy de que obraría en beneficio de la señorita Brooke? No conozco nada malo de Casaubon. No me interesan su Xisuthrus(1), ni sus ogros ni todo lo demás, pero tampoco le interesan a él mis aperos de pesca. En cuanto a su actividad en la cuestión católica, fue inesperada; pero conmigo siempre se ha mostrado muy educado y no veo por qué he de estropearle el juego. ¡Qué sé yo si la señorita Brooke no será más feliz con él que con cualquier otro hombre!

-¡Humphrey, colmas mi paciencias! Sabes que preferirías cenar bajo el seto que a solas con Casaubon. No tenéis nada que deciros el uno al otro.

-¿Y eso qué tiene que ver con que la señorita Brooke se case con él? No lo hace para entretenimiento mío.

-Por sus venas no corre auténtica sangre roja -dijo Sir james.

-Pues no. Alguien puso una gota debajo de una lupa y sólo encontró puntos y comas y paréntesis -dijo la señora Cadwallader.
-¿Por qué no publica su libro, en lugar de casarse? -dijo Sir James con la repulsión que se le antojaba justificada por los sólidos sentimientos de un inglés laico.

-Hijo, sueña con notas a pie de página, que se le fugan llevándosele el cerebro. Dicen que de niño hizo un resumen de Garbancito y lleva desde entonces haciendo resúmenes. ¡Uf., Y ese es el hombre con el que Humphrey insiste que una mujer puede ser feliz.

-Pues es lo que le gusta a la señorita Brooke -dijo el rector-. No presumo de entender los gustos de cada jovencita.

-¿Y si fuera su propia hija? -dijo Sir James.

-Ese sería un asunto diferente. No es mi hija y no me siento obligado a interferir. Casaubon es tan bueno como la mayoría de nosotros. Es un clérigo erudito y lleva su profesión con dignidad. Una radical que hizo un discurso en Middlernarch dijo que aquí había tres problemas: Casaubon y su erudita entelequia, Freke con sus pies en la tierra y yo con mis señuelos de pesca. Y vive Dios, que no veo que uno sea peor o mejor que el otro -el rector finalizó con su risa queda. Siempre veía la parte jocosa de cualquier sátira que se le hiciera. Su conciencia era amplia y cómoda, como el resto de su persona: hacía sólo lo que podía hacer sin problemas.
(1) Personaje de la mitología babilónica.
Estaba claro que no habría interferencias en el matrimonio de la señorita Brooke de parte del señor Cadwallader; y Sir James pensó con cierta tristeza que Dorothea iba a tener total libertad para errar. Era sintomático de su buena disposición el que no se desdijera de su intención de llevar adelante el proyecto de Dorothea respecto a las casitas. Indudablemente esta perseverancia era el mejor camino para su dignidad, pero el orgullo sólo nos ayuda a ser generosos, no nos convierte en desprendidos, al igual que la vanidad no nos hace ingeniosos. Dorothea era ahora lo suficientemente consciente de la postura de Sir James con respecto a ella como para apreciar la rectitud de éste en sus obligaciones como terrateniente, a las cuales en un principio se había visto inclinado por su amabilidad de pretendiente. Esto la complacía lo bastante como para que lo tuviera en cuenta incluso dada su actual felicidad. Tal vez le prestó a las casitas de Sir James Chettam todo el interés que podía restarle al señor Casaubon, o tal vez fuera el producto de la sinfonía de sueños esperanzadores, confianza admiradora y apasionada autodevoción que aquel sesudo caballero había disparado en el alma de Dorothea, pero resultó que en las siguientes visitas del buen baronet, durante las que comenzó a dedicarle a Celia pequeñas atenciones, se encontró hablando con Dorothea con más y más gusto. Ésta se mostraba ahora totalmente espontánea y no sentía hacia él irritación alguna mientras que él iba descubriendo gradualmente las delicias de la amabilidad sincera y el compañerismo entre el hombre y la mujer que no tienen que ocultar o confesar pasión alguna.