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Middlemarch.  George Eliot
Prefacio. Final
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Todo límite es un comienzo a la vez que un final. ¿Quién puede dejar vidas jóvenes después de haber estado tanto tiempo con ellas sin desear saber lo que les ocurrió después? Porque un fragmento de vida, por típico que sea, no es la muestra de un tejido uniforme: puede que las promesas no se hayan cumplido, y que a un comienzo ardoroso siga un desfallecimiento; fuerzas latentes pueden encontrar su muy esperada oportunidad: un error pasado puede inspirar una gran recuperación.

El matrimonio, que ha sido el final de tantas narraciones, es aún el gran comienzo, como lo fue de Adán y Eva, que pasaron la luna de miel en el Edén, pero tuvieron su primer hijo entre las espinas y los cardos del erial. Es todavía el comienzo del poema épico familiar..., la conquista gradual o la pérdida irremediable de esa perfecta unión que hace que los años avancen hacia una culminación, y la edad sea una cosecha de dulces recuerdos en común.

Algunos parten como los cruzados de antaño, con un glorioso equipo de esperanza y entusiasmo, y se quiebran por el camino, pues les falta paciencia con unos y otros y con el mundo.

Todos los que se han interesado por Fred Vincy y Mary Garth desearán saber que esta pareja no fue un fracaso, sino que alcanzaron una sólida y mutua felicidad. Fred sorprendió a sus vecinos de varias maneras. Llegó a ser muy famoso por los alrededores del condado como agricultor teórico y práctico, y escribió un libro titulado Cultivo de verdurasy economía de la alimentación del ganado, que le granjeó muchas felicitaciones en las reuniones agrícolas. En Middlemarch la admiración fue más reservada: muchas personas de allí se inclinaban a creer que el mérito de Fred como autor se debía a su mujer, ya que jamás habían esperado que Fred Vincy escribiera sobre nabos y remolachas.

Pero cuando Mary escribió un librito para sus niños, llamado Historia de grandes hombres, según Plutarco, impreso y publicado por Gripp y Cia., Middlemarch, todo el pueblo se lo adjudicó a Fred, observando que había estudiado en la universidad, «donde se estudiaban los antiguos», y hubiera podido ser clérigo de habérselo propuesto.

De este modo, estaba claro que a Middlemarch nunca se la engañó, y que no era necesario elogiar a nadie por escribir un libro, ya que siempre lo escribía otra persona.

Además, Fred permaneció invariablemente constante. Algunos años después de su matrimonio le dijo a Mary que la mitad de su felicidad se la debía a Farebrother, que le dio un buen empujón en el momento decisivo. No puedo decir que no se equivocara nunca más en sus esperanzas: las cosechas o los provechos de la venta del ganado generalmente eran inferiores a lo que él calculaba; y siempre se inclinaba a creer que podía sacar dinero con la compra de un caballo que no salía bien..., aunque esto, consideraba Mary, era culpa del caballo, no del juicio de Fred. Mantuvo su afición por la equitación, pero raramente se permitía salir un día de caza; y cuando lo hacía, era corriente que se rieran de él por su cobardía ante las vallas, pues le parecía que veía a Mary y a los niños sentados en la verja de cinco barrotes o mostrando sus cabezas rizadas entre le seto y la acequia.

Había tres niños. Mary, no estaba disgustada de haber traído al mundo sólo chicos; y cuando Fred deseaba tener una niña como ella, ella decía riendo: «Esto sería un infortunio demasiado grande para tu madre.» La señora Vincy en sus años de decadencia, y en el disminuido lustre de su casa, se sentía muy consolada de que al menos dos de los chicos de Fred fueran verdaderos Vincy, y no tuvieran «parecido con los Garth». Pero Mary se regocijaba secretamente de que el más pequeño de los tres fuera mucho lo que su padre debió haber sido cuando llevaba chaqueta redonda, y mostraba una maravillosa precisión jugando a las canicas, o tirando piedras para hacer caer las peras maduras.

Ben y Letty Garth, que eran tío y tía antes de bien entrados en adolescencia, disfrutaban mucho acerca de si era más deseable tener sobrinos o sobrinas; Ben argüía que estaba claro que las niñas valían menos que los niños, de otro modo no llevarían siempre faldas, lo que mostraba lo poco que significaban; ante lo cual Letty, que sacaba mucho de los libros, se enfadaba diciendo que Dios hizo vestidos de piel tanto para Adán como para Eva..., y se le ocurrió también que en el Oriente los hombres también llevan faldas.

Pero este último argumento, que oscurecía la majestad del primero, fue demasiado porque Ben contestó despectivamente: «¡Así son de acaramelados!», y acudió inmediatamente a su madre a ver si los niños no eran mejores que las niñas. La señora Garth declaraba que todos eran igualmente traviesos, pero que los niños eran indudablemente más fuertes, corrían más y tiraban con más precisión a una mayor distancia. Con esta sentencia de oráculo Ben quedó satisfecho sin que le diera importancia a ser majos; pero Letty se lo tomó a mal, porque su sentido de superioridad era más fuerte que el de sus músculos.

Fred nunca se hizo rico... sus esperanzas no le habían dejado esperar esto; pero fue ahorrando tenazmente para llegar a ser el dueño de los enseres y mobiliario de Stone Court, y la labor que el señor Garth puso en sus manos la llevó con suficiencia a través de aquellos «malos tiempos» que siempre están presentes en la vida de los agricultores. Mary en sus días de madre de familia, se convirtió en una figura tan sólida como su madre; pero, distinta de ella, dio a sus niños poca enseñanza formal, de modo que la señora Garth estaba alarmada de que no estuvieran bien preparados en gramática y geografía. Sin embargo, se les encontró muy adelantados cuando fueron al colegio; quizá porque nada les había gustado tanto como estar con su madre. Cuando Fred cabalgaba hacia su casa en los atardeceres de invierno, tenía de antemano la visión placentera del brillante hogar en el salón de madera, y sentía que otros hombres no pudieran tener a una mujer como Mary por esposa; sobre todo el señor Farebrother. «Te merecía diez veces más que yo», le podía ahora decir Fred con magnanimidad. «Con toda seguridad», contestaba Mary; «y por esta razón podía pasarse sin mí. Pero tú... me estremezco de pensar lo que hubieras sido... un cura en deuda por el alquiler del caballo y por los pañuelos de hatista.»

Al informarse, sería posible todavía encontrar a Fred y Mary viviendo en Stone Court.... que las enredaderas todavía arrojan la espuma de sus flores sobre las hermosas parcelas de piedra del campo donde los nogales se levantan en majestuosa hilera..., y que en los días de sol se puede ver a los dos amantes que se hicieron novios con la anilla del paraguas, instalados con la placidez de sus cabellos grises ante la ventana abierta desde la que Mary Garth, en los días del viejo Peter Featherstone, con frecuencia tenía que ver si llegaba el señor Lydgate.

El cabello de Lydgate nunca se le volvió blanco. Murió cuando sólo tenía cincuenta años, dejando a su mujer y a sus hijos bien amparados, debido a un importante seguro de vida. Se hizo con una excelente clientela alternando, según la estación, entre Londres y un balneario continental, habiendo escrito un libro sobre la gota, enfermedad que lleva mucha riqueza consigo. Su pericia era tenida en gran estima por muchos y buenos pacientes, pero él se consideró siempre como un fracasado: no hizo lo que una vez tenía intención de hacer. Sus conocidos pensaban que era un hombre envidiable por tener una mujer tan encantadora, y nada ocurrió nunca para hacer vacilar su opinión. Rosamond no cometió jamás una segunda y comprometida indiscreción. Continuó siendo suave de temperamento, inflexible en su juicio, dispuesta a amonestar a su marido, y capaz de frustrarle mediante estratagemas. A medida que pasaban los años él se le oponía cada vez menos, de lo cual Rosamond concluyó que su esposo había aprendido el valor de su opinión; por otro lado ella tenía una convicción casi total de su talento ahora que tenía buenos ingresos, y en vez de la despreciable jaula de Bride Street se había proporcionado una llena de flores y dorados, ajustada al ave del paraíso que ella parecía. En resumen, Lydgate fue lo que se llama un hombre de éxito. Pero murió prematuramente de difteria, y Rosamond se casó después con un médico mayor y rico, que era muy amable con sus cuatro hijos. Componía una bonita escena con ellos, paseando en su propio coche, y a menudo hablaba de su felicidad como «recompensa»:.. no decía de qué, pero probablemente quería decir que era una recompensa por su paciencia con Tertius, cuyo temperamento nunca careció de faltas, y hasta el final dejaba escapar de vez en cuando un amargo discurso que era más memorable que las señales que ofrecía de su arrepentimiento. Una vez la llamó su planta de albahaca; y cuando ella le pidió la explicación, él le dijo que era una planta que había florecido maravillosamente en el cerebro de un hombre asesinado. Rosamond tenía una plácida pero decidida respuesta a tales discursos. ¿Por qué, pues, la había escogido? Fue una pena que no hubiese tenido a la señora Ladislaw, a la que siempre elogiaba y ponía por encima de ella. Y así la conversación se terminaba con ventaja para Rosamond. Pero sería injusto no decir que jamás pronunció una palabra de desprecio hacia Dorothea, manteniendo un religioso recuerdo de la generosidad con que había venido en su ayuda en la crisis más aguda de su vida.

En cuanto a Dorothea, no soñaba en ser elogiada por encima de las demás mujeres, y sentía que siempre había algo mejor que pudiera haber hecho, de haber sido ella mejor y haber sabido más. De todos modos, jamás se arrepintió de haber abandonado su posición y fortuna para casarse con Will Ladislaw, y él lo hubiera tenido como una gran vergüenza y un gran dolor si ella se hubiese arrepentido. Estaban unidos por un amor más fuerte que ninguno de los impulsos que lo hubiesen podido deteriorar. Ninguna vida le hubiera sido posible a Dorothea de no estar llena de emoción, y ahora tenía también una vida llena de una benéfica actividad que no se tomaba la dudosa pena de descubrir y planear por sí misma. Will se convirtió en un ardoroso hombre público, que trabajaba bien en aquellos tiempos en que comenzaron las reformas con una joven esperanza de inmediatos beneficios, que se ha visto muy frenada en nuestros días, y pasando después al Parlamento por una circunscripción que corría con sus gastos. Dorothea no hubiera deseado nada mejor, ya que los males existían, que su marido estuviera en el meollo del combate contra ellos, y que ella le pudiera prestar su ayuda de esposa. Muchos que la conocían pensaban que era una pena que una persona tan cabal y extraordinaria hubiera sido absorbida por la vida de otro, y sólo fuera conocida en ciertos círculos como esposa y madre. Pero nadie manifestaba exactamente qué otras cosas que estaban en su poder hubiese podido hacer... ni siquiera Sir James Chettam, que no iba más allá de la negativa prescripción de que no debía haberse casado con Will Ladislaw.

Pero esta opinión no causó ninguna alienación duradera; y el modo en que la familia volvió a agruparse era característica de todos los que formaban parte de ella. El señor Brooke no pudo resistir el placer de escribirse con Will y Dorothea; y una mañana, cuando su pluma se había mostrado notablemente fluida ante- la perspectiva de la reforma municipal, pasó a una invitación a Tipton Grange, que, una vez escrita no se podía borrar sin el sacrificio (apenas concebible) del total de la valiosa carta. Durante los meses de esta correspondencia, y en sus charlas con Sir James Chettam, el señor Brooke había presupuesto o dado a entender continuamente que la intención de suprimir la herencia se mantenía; y el día en que su pluma escribió la atrevida invitación se dirigió expresamente a Freshitt para comunicar que tenía una intención más firme que nunca acerca de las razones de tomar esta enérgica decisión como precaución contra toda mezcla de sangre inferior en el heredero de los Brooke.

Pero esa mañana había ocurrido algo efervescente en Freshitt Hall. Le había llegado una carta a Celia que la hizo llorar silenciosamente mientras la leía; y cuando Sir James, que no estaba acostumbrado a verla con lágrimas, preguntó con ansiedad qué era lo que pasaba, ella rompió en sollozos tal como no se habían oído nunca antes.

Dorothea tiene un niño. Y tú no me dejas ir a verla. Y estoy segura de que quiere verme. Y no sabrá quéhacer con el niño... lo hará todo mal. Y pensaron que se moría. ¡Es espantoso! ¡Suponte que hubiese sido yo y el pequeño Arthur, y que a Dodo no la hubieran dejado venir a verme! ¡Quisiera que fueses menos malvado, Sir James!

-¡Santo cielo, Celia! -dijo Sir James muy apesadumbrado-, ¿qué es lo que deseas? Haré lo que me digas. Te llevaré mañana a Londres si quieres -y Celia dijo que sí quería. Fue después de esto que vino el señor Brooke y encontrádonse con el baronet en el parque, empezó a charlar con él ignorando la noticia, y Sir James por alguna razón no se interesó en pasársela inmediatamente. Pero cuando tocó el asunto de la herencia del modo en que se solía dijo:

-Mi querido señor Brooke, no me toca a mí decirle lo que debe hacer, pero por mi parte dejaría el asunto. Dejaría las cosas como están.

El señor Brooke se sorprendió tanto que, de momento, no se dio cuenta de lo aliviado que se sentía por el hecho de que no se esperara que hiciera nada en particular.

Siendo tal la inclinación del corazón de Celia, fue inevitable que Sir James consintiera en reconciliarse con Dorothea y su marido. Cuando las mujeres se quieren entre sí, los hombres aprenden a suavizar sus mutuos desagrados. A Sir James nunca le gustó Ladislaw, y Will siempre prefería mezclar la compañía de Sir James con la de otros; se hallaban sobre la base de una tolerancia recíproca que se hacía muy fácil sólo cuando Dorothea y Celia estaban presentes.

Se dio como cosa entendida que el señor y la señora Ladislaw hicieran por lo menos dos visitas al año a Tipton Grange, y allí concurría gradualmente una pequeña fila de primos de Freshitt, que disfrutaban tanto jugando con los dos primos que visitaban Tipton, como si la sangre de ésos hubiese estado menos dudosamente mezclada.

El señor Brooke alcanzó una edad muy avanzada, y sus posesiones fueron heredadas por el hijo de Dorothea, el cual hubiese podido ser un representante por Middlemarch, pero rehusó, pensando que sus opiniones tendrían menos ocasión de ser rebatidas si se quedaba fuera del Parlamento.

Sir James nunca cesó de considerar el segundo matrimonio de Dorothea una equivocación, y esta fue la tradición que pervivió en Middlemarch, en donde se hablaba de ella a la generación más joven como de una excelente muchacha que se casó con un clérigo enfermizo, tan mayor como para ser su padre, y a poco más de un año después de su muerte abandonó su herencia para casarse con el primo de él... lo bastante joven como para haber sido hijo del difunto, sin fortuna, y tampoco de buena cuna. Los que no sabían nada de Dorothea solían observar que no pudo haber sido una «mujer como debe ser», de otro modo no se hubiese casado ni con el uno ni con el otro.

En realidad, esos actos decisivos de su vida no fueron hermosos. Eran el resultado de la mezcla de unos jóvenes y nobles impulsos que luchaban en medio de las condiciones de una situación social imperfecta, en la que los grandes sentimientos tomaban a veces el aspecto del error, y la fe el aspecto de la ilusión. Porque no hay persona cuyo interior sea tan entero que no se vea firmemente determinada por lo que existe a su alrededor. Una nueva Teresa apenas tendría la oportunidad de transformar la vida conventual; como tam-oco una nueva Antígona aplicaría su heroica piedad en arriesgarlo todo para enterrar a su hermano; el ambiente en el que se cuajaron sus ardientes actos ha desaparecido para siempre. Pero nosotros, gente insignificante, con nuestros actos y palabras de cada día preparamos las vidas de muchas Dorotheas, algunas de las cuales pueden ofrecer un sacrificio mucho más triste que el de la Dorothea cuya narración conocemos.

Su bien modelado espíritu tuvo hermosas consecuencias, aunque no fueron más visibles. Su cabal naturaleza, como la de aquel río cuyo empuje Cirol quebró, se derramó en canales que no fueron muy distinguidos en la tierra. Pero el efecto de su ser en los que tuvo a su alrededor fue incalculablemente expansivo, porque el creciente bien del mundo depende en parte de hechos sin historia, y que las cosas no sean tan malas para ti y para mí como pudieran haber sido, se debe en parte a los muchos que vivieron fielmente una vida oculta, y descansan en tumbas no frecuentadas.

1 Ciro el Grande, fundador del imperio persa.

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