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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 86.
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Le coeur se sature d'amour comme d'un sel divin qui le conserve; de là l'incorruptible adhérence de ceux qui se sont aimés dès l'aube de la vie, et la fraîcheur des vieilles amours prolongés. Il existe un embaume-ment d'amour. C'est de Daphnis et Chlöe que sont faits Philémon et Baucis. Cette vieillesse-là, ressemblance du soir avec l'aurore.
(VICTOR HUGO, L'homme gui rit.)

Al oír a Caleb que entraba por el pasillo hacia la hora del té, la señora Garth abrió la puerta del salón y dijo:

-Ah, estás aquí, Caleb. ¿Has comido ya? (las comidas de la señora Garth estaban siempre muy supeditadas a los «negocios»).

-Sí, una buena comida..., cordero frío y algo más. ¿Dónde está Mary?

-En el huerto con Letty, me figuro.

-¿No ha vuelto todavía Fred?

-No, ¿vas a salir de nuevo sin tomar el té, Caleb? -dijo la señora Garth viendo que su distraído marido se ponía de nuevo el sombrero que acababa de quitarse.

-No, no; voy a ver un minuto a Mary.

Mary estaba en un hermoso rincón del huerto, en donde había un alto columpio colgado entre dos perales. Llevaba un pañuelo rosa atado a la cabeza, que le salía por delante para resguardarle los ojos del sol que declinaba, mientras columpiaba con fuerza a Letty, que reía y chillaba salvajemente.

Al ver a su padre Mary dejó el columpio y se fue hacia él, retirándose el pañuelo rosado y sonriéndole de lejos con la involuntaria sonrisa de amoroso placer.

-Vine a buscarte, Mary -dijo el señor Garth-. Vamos a dar una pequeña vuelta.

Mary sabía muy bien que su padre tenía algo particular para decirle: las cejas mostraban un ángulo patético; y su voz se puso tiernamente grave: estas cosas habían sido reales para ella desde que tenía la edad de Letty. Pasó su brazo por el de su padre y pasearon por la hilera de nogales.

-Tristemente, Mary, deberás esperar un tiempo para casarte, hija -dijo su padre sin mirarla a ella, sino a la punta del bastón que llevaba en la otra mano.

-No será triste, padre..., me propongo estar contenta -dijo Mary riendo-. He estado soltera y feliz durante veinticuatro años y más; me figuro que no me quedarán otros tantos más -entonces, después de una breve pausa, dijo con más seriedad, inclinando la cara hacia la de su padre-: ¿Está usted contento con Fred?

Caleb arrugó la boca y volvió prudentemente la cabeza. -Vamos, padre, usted lo elogió el miércoles pasado. Dijo que tenía una notable noción del ganado y buen discernimiento de las cosas.

-¿Eso dije? -contestó Caleb, algo astutamente.

-Sí, lo escribió todo, con fecha Anno Domini, y todo -dijo Mary-. A usted le gustan las cosas bien consignadas. Y además, su comportamiento hacia usted, padre, es muy bueno; le tiene mucho respeto; y es imposible tener mejor temperamento que el que tiene Fred.

-Ya, ya; quieres engatusarme a pensar que es un buen partido.

-No, de verdad que no, padre. No le amo porque es un buen partido.

¿Entonces por qué?

-Pues, padre, porque siempre le he querido. Nunca podría reñir a nadie tan a gusto como a él; y este es un punto que hay que tener en cuenta en un marido.

-Entonces, ¿estás decidida, Mary? -dijo Caleb, volviendo a su tono primero-. ¿No se te ha metido otro deseo desde que las cosas han ido como lo hacen últimamente? -Caleb quería decir muchas cosas con esta frase-; porque mejor tarde que nunca. Una mujer no debe forzar su corazón..., con ello no le haría ningún bien a un hombre.

-Mis sentimientos no han cambiado, padre -dijo Mary con calma-. Yo le seré fiel a Fred mientras él me sea fiel a mí. No creo que ninguno de nosotros pudiera prescindir del otro, o querer más a otro, por mucho que le podamos admirar. Constituiría demasiada diferencia para nosotros..., sería como ver todos los antiguos lugares alterados y cambiar los nombres de todas las cosas. Tendremos que esperarnos mucho tiempo; pero Fred lo sabe.

En vez de hablar enseguida, Caleb se detuvo y hundió el bastón sobre el herboso camino. Entonces dijo con voz emocionada:

-Bueno, traigo noticias. ¿Que te parecería si Fred se fuese a vivir a Stone Court y cuidara de la tierra de allí?

-¿Cómo puede ser eso posible, padre? -dijo Mary asombrada.

-La administraría para su tía Bulstrode. La pobre mujer me ha venido a pedir y rogar. Quiere ayudar al chico, y puede ser una cosa estupenda para él. Ahorrando puede ir comprando el ganado y le tiene afición al campo.

-¡Que contento estará Fred! Es demasiado bueno para creerlo.

-Pero espera -dijo Caleb, volviendo la cabeza como con otra advertencia-, debo responsabilizarme yo y encargarme y cuidarme de todo y esto disgustará un poco a tu madre, aunque puede que no lo diga. Fred deberá tener cuidado.

-Acaso sea demasiado, padre -dijo Mary, refrenada en su dicha-. No habría felicidad trayéndole a usted nuevos trabajos.

-Deja, deja: el trabajo me encanta, hija, mientras no enoje a tu madre. Y entonces, tú y Fred podríais casaros -aquí la voz de Caleb tembló de modo perceptible-, él estará fijo y ahorrando; y tú tienes el talento de tu madre, y también el mío, adaptado a tu caso; y mantendrás a Fred en orden. Estará a punto de venir, y he querido decírtelo a ti primero, para que se lo dijeras a solas. Después lo comentaré todo con él, y podremos entrar en materia de detalle.

-¡Oh, padre, qué bueno es usted! -dijo Mary, poniendo las manos alrededor del cuello de Caleb, que bajaba plácidamente la cabeza, deseando ser acariciado-. ¡Dudo de que haya otra chica que crea que su padre es el mejor hombre del mundo!

-Tonterías, hija; mejor pensarás de tu marido.

-Imposible -contestó Mary, volviendo a su tono normal-: los maridos son una clase inferior de hombres que es preciso mantener en orden.

Cuando entraron en la casa con Letty, que había corrido a reunirse con ellos, Mary vio a Fred en la verja de la huerta, y se fue hacia él.

-¡Qué magnífico vestido llevas, joven extravagante! -dijo Mary, mientras Fred se detenía y se levantaba el sombrero con juguetona formalidad-, no aprendes a ahorrar.

-Esto es demasiado, Mary -dijo Fred-. Mira tan sólo los bordes de los puños. Es a costa de buenos cepillazos que aparezco en plan decente. Estoy guardando tres trajes..., uno para el de la boda.

-¡Qué gracioso vas a estar!... como un caballero en una anticuada revista de modas.

-En absoluto: durarán dos años.

-¡Dos años! Sé razonable, Fred -dijo Mary volviendo a caminar-. No alientes halagadoras esperanzas.

-¿Por qué no? Se vive mejor con ellas que con las que son pesimistas. Si no nos podemos casar en dos años, la verdad ya será harto mala cuando llegue el momento.

-Me contaron una historia de un joven caballero que una vez promovió halagadoras esperanzas y le causaron daño.

-Mary, si tienes algo descorazonador para decirme, me marcho; entro a casa con el señor Garth. Estoy deprimido. Mi padre está tan deshecho..., mi casa no es lo que era. Ya no puedo soportar más malas noticias.

-¿Considerarías que son malas noticias si te dijesen que ibas a vivir en Stone Court y organizar la hacienda y ser notoriamente prudente, y ahorrar dinero cada año hasta que todo el ganado y los muebles fueran tuyos, y fueras todo un señor agricultor, como dice el señor Borthrop Trumbull..., más bien fuerte, diría yo, y con el griego y el latín tristemente enmohecidos?

-No dices nada más que tonterías, Mary -dijo Fred, ruborizándose un poco, sin embargo.

-Esto es lo que mi padre me acaba de decir que puede ser que ocurra, y él nunca dice tonterías -contestó Mary mirando a Fred ahora, mientras él la cogía de la mano al andar, hasta que casi la hizo daño; pero ella no se quejó.

-Entonces sería un hombre formidablemente bueno, Mary, y nos podríamos casar inmediatamente.

-No tan rápidamente, caballero, ¿cómo sabes que no querría yo aplazar nuestro matrimonio durante unos años? Esto te daría tiempo para portarte mal y entonces si otro me gustara más, tendría una excusa para dejarte.

-Por favor, no hagas bromas, Mary -dijo Fred con emoción-. Dime con seriedad que todo esto es cierto, y que tú te alegras por ello... porque me quieres más que a nadie.

-Es verdad, Fred, y que me alegro por ello..., porque te quiero más que a nadie -añadió Mary en obediente tono de recitación.

Se entretuvieron ante el umbral, debajo del porche del inclinado techo, y Fred, casi con un suspiro, dijo:

-Cuando nos hicimos novios, con la anilla del paraguas, Mary, tú solías...

El espíritu de la alegría empezó a reír más decididamente en los ojos de Mary, pero el fatal Ben vino corriendo con Brownie ladrando detrás de él, y saltando contra ellos, dijo:

-¡Fred y Mary! ¿Vais a entrar de una vez... o puedo comerme vuestra tarta?